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El último verano (II/V).

Tras pasar la primera semana en la costa haciendo turismo y relajándose en la playa, las chicas estaban cargadas de energía y deseaban divertirse a lo grande: había llegado el momento de proyectar ese verano de locura en el que llevaban pensando todo el año.

Las tres amigas estaban tomando el sol en una pequeña cala a la cual solo se podía acceder a pie y de la que habían oído hablar a un grupo de chicas. Las oyeron decir que era una cala paradisíaca a la que no iba casi nadie, así que decidieron ir a pasar el día. Cuando llegaron a la cala tras caminar más de treinta minutos bajo el sol abrasador, las tres estaban exhaustas. Dejaron todas sus cosas cerca de la orilla y se dieron un rápido chapuzón para refrescarse.

Una hora más tarde, estaban tumbadas sobre una toalla y cada una pensaba en sus cosas: Ruth pensaba en David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio donde pararon a desayunar y del que no tenía ninguna noticia; Eva leía una novela erótica y pensaba que ojalá pudiera ser como la protagonista, una mujer fuerte, segura de sí misma y dispuesta a descubrir todo el placer que el sexo le pueda otorgar; y Ana escuchaba música en su IPod mientras pensaba en las ganas que tenía de salir por ahí a bailar.

Tan exhortas estaban en sus pensamientos que no se dieron cuenta que había llegado un grupo de visitantes a la pequeña cala. Cuatro chicos esbeltos y musculosos cargaban con sus tablas de surf hacia a la orilla y un perro de tamaño medio les seguía. El grupo de chicos reparó en seguida en las tres forasteras totalmente ajenas a su presencia y que tomaban el sol haciendo topless.

El perro de los cuatro chicos, un labrador de color canela, se acercó a las chicas sigilosamente y, sin que Eva se diera cuenta, el perro agarró con la boca la parte superior de su bikini y, cuando Eva se percató, gritó histérica:

— ¡Maldito chucho, suelta eso! —El perro se asustó ante los gritos de Eva y huyó con la parte superior de su bikini. Eva se levantó dispuesta a salir tras el perro, pero entonces vio a los cuatro chicos y se tapó los pechos con ambos brazos—. Joder, ¡vuestro chucho me ha robado el bikini! —Vociferó Eva.

Ruth y Ana no podían parar de reír, Eva las fulminó con la mirada pero ellas todavía rieron con más ganas. Ambas se habían puesto la parte superior del bikini en cuanto Eva lanzó el primer grito. Eva se colocó el pareo a modo de top y se acercó a los chicos hecha una furia.

— ¿Podéis quitarle mi bikini a vuestro chucho? —Les espetó malhumorada—. Y no estaría mal que, ya que no le habéis adiestrado bien, al menos lo atarais.

—Thor, ven aquí —le ordenó uno de los chicos al perro.

Thor obedeció de inmediato y se acercó junto al chico, que sonreía burlonamente bajo la atenta mirada de sus tres amigos, de Eva y de las otras dos chicas.

Se agachó para quedar a la altura del perro y, colocando su mano bajo el hocico del animal, le ordenó:

—Thor, dámelo.

Thor obedeció de nuevo, soltó la parte superior del bikini que cayó sobre la mano del chico. Thor miró de reojo a Eva y dio media vuelta, marchándose con parsimonia hacia a la orilla.

—Aquí tiene, mi lady —le dijo el chico sin dejar de sonreír mientras le entregaba su bikini a Eva—. Quizás quieras enjuagarlo antes de ponértelo, me temo que Thor lo ha babeado un poco —se mofó, causando las risas de Ana y Ruth, que fueron silenciadas de inmediato tras una fulminante mirada de Eva. El chico sonrió ampliamente y, guiñándole un ojo, le dijo a Eva con descaro—: Pero, si te soy sincero, yo prefiero que no te lo pongas.

— ¡Tú eres un salido! —Vociferó Eva.

Ana y Ruth volvieron a estallar en carcajadas, contemplando aquella divertida escena. Pero los chicos no conocían a Eva, así que se sorprendieron bastante ante la reacción de ella. El chico rubio que le había devuelto el bikini dejó de sonreír y la miraba con el ceño fruncido, sin terminar de creerse lo que estaba ocurriendo.

—Eva, no ha pasado nada —trató de mediar Ana.

—No es necesario que montes un drama —la regañó Ruth.

—Chicas, ¿qué os parece si os invitamos a unas cervezas y hacemos como si nada de esto hubiera ocurrido? —Propuso uno de los chicos, el pelirrojo de ojos verdes—. Por cierto, soy Jaime y ellos son mis amigos Derek, Víctor y Javier.

Jaime señaló primero a Derek, el chico rubio de ojos azules que había rescatado el bikini de Eva; después señaló a Víctor, el moreno exótico de ojos oscuros; y por último a Javier, el chico alto y delgaducho con el cabello de rastas.

—Yo soy Ruth y ellas son mis amigas: Ana y Eva —se presentó Ruth amablemente.

Eva resopló, ladeó la cabeza y caminó hacia a la orilla para enjuagar su bikini en el mar.

— ¿Siempre es así de simpática? —Preguntó Derek con sarcasmo.

—No, por regla general suele ser más borde —le respondió Ruth divertida—. Habéis tenido suerte de que esté de vacaciones, si estuviera con los exámenes finales como hace un par de meses, ¡os habría comido!

Todos se echaron a reír y Eva, cada vez más molesta por la presencia de aquellos cuatro chicos y el perro, se dirigió directamente de la orilla a su toalla, donde se tumbó boca abajo para quitarse el pareo de top mientras esperaba que su bikini se secara.

Thor se acercó a Ana y ella lo acarició, le encantaban los animales.

—Le gustas —confirmó Derek mientras sacaba unos botellines de cerveza de la nevera portátil que habían traído. Le entregó un botellín a Ana y Ruth y después a cada uno de los chicos. Se detuvo para observar a Eva a pocos metros de donde estaban, tumbada en la toalla boca abajo. Suspiró y le preguntó a las chicas—: Si le llevo una cerveza, ¿me la tirará a la cabeza?

—Es probable, pero yo me arriesgaría —lo animó Ana—. Eva necesita relajarse, es como si hubiera crecido en un cuartel militar.

Ana y Ruth se quedaron junto a los recién llegados tomando una cerveza fresquita, pero Derek decidió arriesgarse y, tras coger un par de botellines más de la nevera portátil, caminó con una sonrisa socarrona en los labios hacia donde estaba Eva.

—Creo que hemos empezado con mal pie —empezó a decir Derek. Eva resopló, pero agarró el pareo para cubrirse el pecho y se incorporó sentándose en la toalla. Derek le entregó el botellín de cerveza y ella lo acepto con una media sonrisa—. Vaya, pero si sabes sonreír.

—Tienes una curiosa forma de firmar una tregua —le reprochó Eva.

—También es curiosa tu forma de hacer amigos —replicó Derek molesto por la actitud de ella.

—A lo mejor es que no quiero que seas mi amigo.

—A lo mejor yo tampoco quiero que una amargada como tú sea mi amiga —gruñó Derek cuando se le acabó la paciencia—. Mi lady, creo que debes recordar que no estás en una base militar. Te vendría bien relajarte y desinhibirte un poco, darle una alegría al cuerpo es lo que más necesitas.

Dicho eso, Derek dio media vuelta y regresó junto a sus amigos y las chicas, ninguno se había perdido detalle de la conversación.

— ¿Todo bien, Derek? —Le preguntó Jaime al ver a su amigo con la mandíbula tensa, apretando los dientes.

—Sí, voy a hacer un poco de surf respondió Derek de malhumor.

Derek cogió su tabla de surf y se adentró en el mar. Víctor y Javier le siguieron, pero Jaime, el pelirrojo del grupo, prefirió quedarse a charlar con las chicas.

—Conozco a Derek desde que tengo uso de razón y jamás lo había visto perder la paciencia de esta manera —comentó Jaime.

—Eva suele causar ese efecto, pero es un amor, solo hay que conocerla un poco para poder quererla —opinó Ruth.

— ¿Es que no os habéis dado cuenta de la tensión sexual que hay entre esos dos? —Les preguntó Ana rodando los ojos ante lo evidente.

—Derek no es para nada el tipo de Eva —declaró Ruth—. Y me temo que Eva tampoco es para nada el tipo de Derek.

—Los polos opuestos se atraen —dejó caer Jaime.

Finalmente, Eva decidió acercarse de nuevo a donde estaban sus amigas y Jaime, aprovechando que Derek seguía practicando surf con Víctor y Javier. Sin decir nada, se sentó en una toalla de los chicos junto a Ana y contempló las vistas desde la orilla. Detuvo su mirada en Derek, verlo sobre la tabla de surf montando las olas la excitó. Eva tuvo que reconocerse a sí misma que, aunque Derek la había puesto de los nervios, le atraía y mucho.

— ¿Tú no haces surf? —Le preguntó Ruth a Jaime.

—No se me da demasiado bien —confesó Jaime.

Thor empezó a ladrar y salió corriendo hacia el sendero por dónde habían llegado. Ana volteó la cabeza pero no vio a nadie llegar, así que llamó a Thor para que no se alejara.

—Thor, ven aquí —gritó.

—Tranquila, debe ser Nahuel, el hermano de Derek —le dijo Jaime—. Vive en la gran ciudad, pero ha venido a pasar unos días a la costa para ver a la familia y a los amigos.

Ana fue la primera en ver aparecer a Nahuel, pero se quedó tan impresionada que no pudo ser capaz de avisar a los demás. Ana supo que era él nada más verlo, era la misma imagen que Derek pero con unos seis o siete años más y con más cuerpo de hombre. Ana lo observó caminar hacia donde ellos estaban y se mordió el labio inferior cuando lo vio quitarse la camiseta y dejó al descubierto su torso firme y sus abdominales bien definidos.

—Jaime, te veo muy bien acompañado —saludó Nahuel mirando a Ana, quien no había dejado de observarle.

—No podría estar mejor acompañado —lo saludó Jaime estrechándole la mano al recién llegado—. Ellas son Eva, Ruth y Ana —añadió señalando a las chicas al mismo tiempo que las nombraba—. Chicas, él es Nahuel, el hermano de Derek.

—Encantada de conocerte —lo saludó Ruth.

—Lo mismo digo —le respondió Nahuel con una amplia sonrisa. Eva lo saludó con un leve gesto de mano y Nahuel le respondió de igual manera. Dio media vuelta y quedó frente a Ana—. Un placer conocerte, Ana.

—Lo mismo digo, Nahuel —lo saludó Ana mostrándole una sonrisa coqueta.

Nahuel enceró su tabla de surf y, cuando se puso en pie para dirigirse a la orilla, se volvió hacia Ana y le preguntó mirándola con intensidad:

— ¿Quieres surfear?

—Me encantaría, pero me temo que para eso necesitaré algún curso intensivo de aprendizaje —le respondió Ana con tono sugerente.

—Estás de suerte, el curso intensivo de aprendizaje acaba de comenzar —le respondió Nahuel divertido. Le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie y añadió—: ¿Has hecho surf alguna vez?

—Jamás en la vida —confesó Ana.

—Genial, adoro los retos —le susurró Nahuel al oído.

Ambos caminaron hacia a la orilla y se adentraron en el mar. Nahuel le explicó a Ana la teoría resumida para ponerse en pie sobre la tabla de surf, pero ella estaba más pendiente de sus carnosos labios y de su cuerpo de infarto que de lo que decía Nahuel. Cuando llegó la parte práctica, Ana no fue capaz de ponerse de pie sobre la tabla, perdía el equilibrio constantemente y caía al agua.

—Me temo que vas a necesitar más de un curso intensivo de aprendizaje —bromeó Nahuel una hora más tarde, cuando Ana consiguió por fin ponerse en pie sobre la tabla de surf y mantener el equilibrio.

—Tendré que hablar con mi profesor para que me dé más clases —le siguió la broma Ana.

—Si de verdad quieres aprender, me ofrezco a enseñarte —le propuso Nahuel—. Pero debes comprometerte a tomártelo en serio.

—Acepto —le confirmó Ana sonriendo.

—De acuerdo, todos los días de lunes a viernes a las ocho de la mañana en esta misma cala —sentenció Nahuel—. Pasaré a recogerte al apartamento donde te alojas con tus amigas.

Regresaron junto a las chicas y Jaime y pocos minutos después se unieron a ellos Derek, Javier y Víctor. Se acomodaron cada uno en una toalla y se tomaron una cerveza tras otra mientras charlaban alegremente, pero la conversación estrella del día fue el motivo por el cual las chicas habían hecho ese viaje.

Derek y Nahuel se miraron y se sonrieron con complicidad cuando las chicas les dijeron que habían viajado a la costa para disfrutar del último verano sin responsabilidades, para disfrutar de un verano de locuras y nuevas experiencias.

El sol se estaba poniendo cuando todos decidieron regresar: las chicas a su apartamento alquilado y los chicos a sus respectivas casas. Ana le dio la dirección del apartamento a Nahuel y él le aseguró que pasaría a recogerla a las ocho de la mañana del día siguiente.

Cuando llegaron al apartamento, Ruth reparó en que se había olvidado su teléfono móvil sobre la encimera de la cocina y lo cogió para comprobar si tenía llamadas perdidas o algún mensaje. Efectivamente, tenía dos llamadas perdidas: una de su madre y otra de David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio. También tenía un mensaje de David: “Lo siento, preciosa. No voy a poder ir a la costa hasta dentro de un par de días, me ha surgido un imprevisto. Pero si continuas queriendo que vaya, seguiré estando encantado de ir. Tengo grabado a fuego tu `no te arrepentirás`. Besos. David.”

Ruth se puso a gritar y a saltar loca de contenta, llevaba unos días un poco de bajón por la falta de noticias de David, pero finalmente había dado señales de vida y, lo más importante, le había dicho que vendría en un par de días.

El último verano (I/V).

Ana estaba nerviosa. Hizo y deshizo su maleta tantas veces que había perdido la cuenta, no quería olvidarse nada.

Tan solo habían pasado unos días desde que se había licenciado en derecho y ya había dejado la habitación que compartía con Ruth y Eva en la universidad. Echarían de menos sus años universitarios, pues además de estudiar se habían divertido muchísimo en la facultad. Las tres amigas se conocieron en el instituto y desde entonces eran inseparables. A pesar de estudiar carreras distintas, las tres escogieron la única universidad de la región en la que podrían estudiar juntas, una universidad situada a 300km de su pueblo natal. Las tres tenían varias entrevistas de trabajo en septiembre, así que decidieron quedarse en la ciudad y alquilar un apartamento de tres habitaciones en el que poder instalarse juntas.

Era el último verano antes de adentrarse en la edad adulta, centrarse en su trabajo y puede que en unos años formar una familia, así que decidieron hacer un viaje a la costa para celebrar el fin de sus estudios.

— ¡Deja de hacer y deshacer la maleta, me estás poniendo nerviosa! —Le repitió Ruth a Ana por enésima vez—. Lo llevas todo, lo has comprobado quince veces.

—Será mejor que vayamos a dormir ya, nos espera un largo viaje y saldremos al amanecer para llegar a la costa antes de que anochezca —les recordó Eva.

Se fueron a dormir, o al menos lo intentaron. Estaban demasiado nerviosas pensando en todo lo que les depararía ese viaje. Sin lugar a dudas, ese viaje marcaría un antes y un después en sus vidas.

Una hora después de que amaneciera, las tres amigas cargaban su equipaje en el maletero del coche de Ana, un viejo monovolumen heredado de su madre.

—Conduciremos por turnos, dos horas cada una y vuelta a empezar. Serán un total de doce horas, las horas en coche que nos separan de la costa —organizó Eva, recién licenciada en dirección de empresas—. Ruth, tú conducirás en el último turno, estás aquí de pie y tengo dudas de si sigues despierta.

—Sigue dormida —le confirmó Ana. Abrió la puerta trasera del coche y, haciendo un gesto para que Ruth se acomodara en los asientos, le ordenó—: Ruth, a dormir.

Ruth no les replicó, se subió al vehículo y se acomodó en los sillones para seguir durmiendo. Ana se ofreció a conducir en el primer turno, una vez levantada ya no volvería a coger el sueño. Durante las siguientes dos horas Ana condujo concentrada en la carretera y en las indicaciones que Eva le iba dando para no desviarse del camino.

—Para en la siguiente área de servicio y despertamos a la marmota para desayunar —le dijo Eva a Ana, refiriéndose a Ruth.

—Te he oído, bruja —protestó Ruth medio dormida.

Las tres amigas se echaron a reír a carcajadas. Ana aparcó el coche y caminaron alegres hacia a la cafetería.

—Pedirme un café y un bocadillo de longaniza, por favor —pidió Ruth—. Voy a lavarme la cara a ver si me despejo un poco.

—No olvides quitarte la baba de la mejilla —se mofó Eva.

Ruth le sacó la lengua y se marchó sonriendo en busca de un baño.

—Estoy hambrienta, vamos a pedir algo de comer —decidió Ana acercándose a la barra donde un joven camarero la recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —las saludó el joven camarero.

—Buenos días —saludaron ambas al unísono y Ana añadió—: Por favor, pónganos tres cafés cortados, uno de ellos con la leche natural. Y también un bocadillo de tortilla con queso.

—Yo quiero un bocadillo de jamón y para Ruth un bocadillo de longaniza —le dijo Eva.

—Podéis tomar asiento, en seguida os lo llevo a la mesa —les dijo el camarero dedicándoles su mejor sonrisa.

Eva y Ana también sonrieron, el chico era muy atractivo y además simpático. Se acomodaron en una de las mesas y pocos minutos después apareció Ruth, ya con la cara lavada y más despejada. Al mismo tiempo que Ruth tomaba asiento con sus amigas, el camarero se acercaba sosteniendo con una mano la gran bandeja que contenía todo lo que habían pedido.

—Aquí tenéis el desayuno, chicas —anunció el sonriente camarero.

— ¿De dónde ha salido este bombón? —Preguntó Ruth sin dejar de mirar al aludido. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: Vivo en la ciudad, a un par de horas de aquí, y me voy de vacaciones a la costa, a unas diez horas de aquí. Pero, si estás dispuesto a recorrer todos esos kilómetros, no te arrepentirás —le guiñó un ojo con complicidad y anotó su número de teléfono en una servilleta que doblo e introdujo con descaro en el bolsillo delantero del camarero—. Llámame si no me encuentras.

El camarero, lejos de ofenderse o de tomar a Ruth por una loca, le dedicó una sonrisa que confirmó que haría todo lo posible por ir a su encuentro, aunque tuviera que conducir toda una noche.

Después de desayunar, las chicas se despidieron del camarero, Ruth se acercó a él y le susurró al oído antes de besarle levemente en los labios y marcharse:

—No te arrepentirás, no lo olvides.

—No lo olvidaré, te lo aseguro —le aseguró—. Por cierto, me llamo David. Y tú eres…

—Ruth, pero tú puedes llamarme como quieras.

David agarró a Ruth por la cintura, la estrechó contra su firme torso y le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estarás todo el mes en la costa?

—Sí.

—Dame siete días para organizarme y allí estaré, iré a por ti, pequeña leona.

Ruth ronroneó cerca del oído de David y él tuvo que contener sus ganas de poseerla allí mismo. Ambos se despidieron con una intensa mirada y una promesa no verbal de lo que ocurriría si volvían a encontrarse.

— ¿A qué ha venido eso? ¿Es que te has vuelto loca? —Le espetó Eva a Ruth en cuanto se subieron al coche.

—Estoy de vacaciones, es el último verano que puedo permitirme hacer locuras y las voy a hacer todas —sentenció Ruth—. ¡Y vosotras deberíais hacer lo mismo o dentro de veinte años os arrepentiréis!

— ¡Sí, señor! —Exclamó Ana llevándose la mano a la frente a modo de saludo militar al mismo tiempo que estallaba en carcajadas.

—Brujas —refunfuñó Ruth sin poder aguantar la risa.

Continuaron con el itinerario previsto y, cuando Eva cumplió sus dos horas conduciendo, le tocó el turno a Ruth. Tan solo pararon en un área de descanso para cambiar de conductor y siguieron su camino. Dos horas más tarde le tocó el turno a Ana y decidieron parar a almorzar en una masía rural que les había recomendado una compañera de la universidad.

—Este lugar es fantástico, pararemos de nuevo a la vuelta —comentó Eva animada.

—Chicas, antes de seguir conduciendo, creo que deberíamos escribir algo en el diario de abordo —sugirió Ruth emocionada—. Si no os importa, yo me voy a poner a ello.

El diario de abordo no era otra cosa que tres libretas que habían comprado en la papelería de la esquina de la calle de su nuevo apartamento. Habían decidido escribir la experiencia de este viaje e ilustrarlo con fotos (habían comprado una Polaroid) con la intención de crear un bonito recuerdo para el futuro.

Las tres amigas redactaron unas líneas en sus respectivas libretas sobre cómo se sentían en el inicio del tan esperado viaje en el que apenas habían recorrido la mitad del trayecto para llegar a su destino.

—Vamos a sacarnos una foto para añadirla al diario de abordo —propuso Ana.

—Necesitaremos tres fotos —comentó Eva, siempre tan precisa.

—Disculpe, caballero —le dijo Ruth a un hombre de unos cuarenta años que leía el periódico sentado en la mesa de al lado. El hombre prestó toda su atención a Ruth y ella añadió con una amplia sonrisa—: ¿Le importaría tomarnos tres fotos?

—Será un placer hacer de fotógrafo para tres bellezas —asintió el hombre encantado.

Las chicas posaron sonrientes y el hombre les tomó tres fotos, una para cada una.

—Muchas gracias —le agradecieron ellas.

Cada una pegó su foto en su diario de abordo y decidieron continuar con su viaje hacia a la costa.

Cuando llegaron al pueblecito costero donde habían alquilado el apartamento en primera línea de playa, ya eran más de las ocho de la tarde. Entraron en el edificio de cinco plantas y montaron en el ascensor para llegar a la última planta, donde se encontraba su apartamento. Se quedaron maravilladas al entrar: era un apartamento de nueva construcción, de arquitectura y decoración moderna y con una enorme piscina que compartían con los vecinos de los otros diecinueve apartamentos. Se instalaron cada una en sus respectivas habitaciones y después decidieron salir a la calle en busca de algún establecimiento de comida rápida para cenar. Encontraron un restaurante chino con servicio take away y no se lo pensaron dos veces: encargaron comida china para llevar.

Cenaron en el apartamento, estaban tan cansadas del viaje en coche y decidieron quedarse allí la primera noche.

—No me había imaginado nuestra primera noche aquí de esta manera, pero estoy demasiado cansada hasta para levantarme del sofá —comentó Ruth.

—Podríamos aprovechar para repasar el planning de las vacaciones —propuso Eva provocando las risas de Ruth y que Ana rodara los ojos—. Quiero que sean unas vacaciones perfectas, puede que sean las últimas vacaciones que coincidimos las tres con días libres para viajar.

—Está bien, Eva —la complació Ana—. Repasemos el planning.

—Bien —aplaudió Eva satisfecha—. Vamos a pasar cuatro semanas en la costa. La idea principal del viaje es pasar el último verano juntas antes de entrar en la edad adulta.

—Dicho así suena fatal —protestó Ruth.

—También queremos que sea un verano de locuras —continuó Eva ignorando la interrupción de Ruth—. Propongo que la primera semana la disfrutemos juntas, podemos hacer turismo, ir a la playa a tomar el sol o a donde queráis. Durante las siguientes dos semanas tendremos libre albedrío para hacer lo que queramos, juntas o separadas, será nuestra oportunidad para cometer las locuras que queramos.

— ¿Y la última semana? —Quiso saber Ana al ver que Eva se quedaba callada.

—La última semana la dedicaremos a descansar y a contarnos con todo detalle lo que hemos hecho durante todo el viaje —concluyó Eva.

—Chicas, vamos a hacer un brindis —propuso Ana. Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para coger una botella de champagne que habían traído de la ciudad. Cogió tres copas y regresó al salón para servirlas—. Por nuestras últimas vacaciones sin responsabilidades —entrechocaron sus copas y dieron un largo trago—. Y porque, lo que pase en la costa…

— ¡Se queda en la costa! —Gritaron las tres al unísono y se echaron a reír.

Tras las risas y los brindis, decidieron hacerse una nueva foto con la Polaroid para añadir a sus diarios de abordo.

Durante los días siguientes las chicas lo dedicaron a hacer turismo por la zona, haciéndose las típicas fotos junto a los monumentos, los edificios significativos y los más bellos paisajes; fueron a la playa a tomar el sol, hicieron snorkel y alquilaron una barca a pedales; pasearon por las calles del centro del pueblo contemplando los escaparates de las tiendas, diseñados para atraer y distraer a los turistas.

Cumplieron con el planning creado por Eva para la primera semana, pero ahora venían las dos semanas de libre albedrío que las tres amigas tanto ansiaban y necesitaban.

Ella.

No supe lo mucho que me importaba hasta que llegué a la ciudad y me atrapó la amarga soledad de mi casa. Tan solo había pasado una semana desde que nos conocimos, pero esos siete días a su lado fueron más intensos que cualquier misión. Sin pretenderlo, ella me había envuelto con su fragilidad y su ternura, me había hechizado.

El día siguiente no fue mejor, no podía concentrarme en el trabajo y terminé mirando por la ventana del despacho mientras pensaba en ella. ¿Qué estaría haciendo? Probablemente, estaría en la universidad, a estas horas tendría clase. Resoplé frustrado y traté de concentrarme en el trabajo, pero desistí un par de horas después al no quitármela de la cabeza. Miré mi teléfono móvil y contuve las ganas de llamarla, ¿qué le iba a decir? Una vez más, resoplé con frustración. ¿Qué me estaba pasando?

Sam y Alan entraron en el despacho, Sam me miró con guasa y Alan con desaprobación. Se acomodaron en los sillones frente a mí y adiviné que iban a darme una charla.

—Llevas toda la mañana ahí sentado y no has hecho nada —comenzó a decir Alan con un ligero tono de reproche en su voz.

—Por no hablar de esas ojeras, ¿acaso no has dormido? —Apuntó Sam, tratando sin éxito de ocultar su sonrisa burlona—. Esa chica te tiene suspirando por los rincones —se mofó con descaro.

—Es una cría, Matt —me recordó Alan—. Le sacas más de diez años, va a la universidad y no tiene nada qué ver contigo, sois de mundos distintos.

— ¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? —Repliqué molesto.

—No tendríamos que interrogarte si hablaras con nosotros —alegó Sam.

—No tengo nada que decir —sentencié.

—En ese caso, quizás debamos facilitarte las cosas y hablar con ella…

— ¡Ni se te ocurra! —Le amenacé con tono severo.

—Es que no te entiendo, es un negocio redondo, podrás heredar el Castillo y, si estás encaprichado con ella, es la mejor forma de pasar tiempo con ella y enamorarla —opinó Sam con sorna.

— ¿Cómo va a casarse con una desconocida y convivir con ella durante al menos un año si no tiene una relación estable desde el instituto? —Protestó Alan, que en ese momento era que parecía más sensato de los tres—. Es una locura, saldrá mal y lo perderá todo. Deberíamos centrarnos en el trabajo, llevas una semana fuera de la ciudad y tenemos que ponernos al día con las operaciones.

Resoplé de nuevo, aquello empezaba a superarme. Miré el reloj, ella estaría a punto de salir de clase. Me puse en pie, cogí la cartera y las llaves y salí del despacho.

— ¿Se puede saber a dónde vas? —Me preguntó Alan siguiéndome por el pasillo.

—A zanjar esto, ya veremos cómo termina —respondí antes de entrar en el ascensor.

Sí, era una locura, pero ya tenía un motivo para ir a verla y hablar con ella. Y, si con un poco de suerte aceptaba mi propuesta, viviríamos bajo el mismo techo al menos durante un año.

La suerte estaba echada, ahora solo quedaba mostrar las cartas.

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.

Lección de vida.

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Si algo había aprendido, era a no malgastar su tiempo. Estaba seguro de que jamás podría volver a amar a una mujer, no después de la traición y el abandono de la innombrable. Desde entonces, no confiaba en las mujeres.  Su tormentosa experiencia le había vuelto un hombre frío, con el corazón congelado.

No quería perder su tiempo ni tampoco hacérselo perder a nadie, por eso siempre era claro y rotundo con cada una de sus conquistas: una sola noche juntos y, a la mañana siguiente, cada uno por su lado. Nada de intercambiar teléfonos ni de volverse a ver, todo acababa ahí.

Así de sencillo, al menos hasta que coincidió de nuevo con su última conquista. Aquella chica de ojos verdes y sonrisa descarada había conseguido captar su interés como ninguna otra lo había hecho. Deseaba otra noche con ella, deseaba acariciarla, abrazarla, besarla y hacerla suya.

Quizás no podía volver a amar, pero era consciente de lo que ella le hacía sentir y la deseaba, la anhelaba como nunca había anhelado a nadie. Deseaba despertarse y verla, mirarla antes de dormirse, disfrutar con ella de un largo baño de espuma en un día lluvioso o abrazarla mientras veían una película en el salón. Siempre había disfrutado de aquellos placeres en soledad, sin embargo, ahora anhelaba disfrutarlos con ella.

¿Cómo se podía echar tanto de menos algo que jamás se había tenido?

No sabía cómo, pero tenía que conseguirlo. Iba a encontrarla y a enamorarla, quería despertarse a su lado todas las mañanas y sentirla desnuda entre las sábanas. La soledad de la que tanto disfrutaba se había convertido en su peor enemigo desde que la conoció.

Había aprendido una valiosa lección y, ahora que había encontrado a una mujer que le hacía sentir, no iba a desperdiciar ninguna oportunidad de seducirla.