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Deseo de Navidad.

Miré el reloj, habían pasado más de seis horas desde que el avión debería haber despegado y todavía no habíamos embarcado. El retraso se debía al temporal de viento y nieve que afectaba a todo el país y a gran parte de Europa. El aeropuerto de Múnich estaba lleno de pasajeros frustrados que esperaban poder pasar la Navidad con sus seres queridos.

Me senté en la sala de espera de embarques y esperé dos horas más, hasta que nos informaron por megafonía que todos los vuelos habían sido cancelados a causa del temporal. Una de las azafatas de la aerolínea, se acercó y nos informó de la situación:

—Todos los vuelos han sido cancelados por motivos de seguridad debido al temporal que azota Alemania y la mayor parte de Europa. Según nos han informado, ésta situación se mantendrá hasta la madrugada del día 26 de diciembre, que es cuando se prevé que remita el temporal.

— ¿Qué va a pasar con nuestros vuelos perdidos? ¿Nos van a devolver el dinero? —Exigió saber uno de los afectados.

—A los pasajeros que deseen volar cuando se restablezca el servicio se les abonará el 50% del coste; a los pasajeros que no puedan o quieran viajar más tarde, se les devolverá el dinero.

Todo el mundo comenzó a lamentarse, a blasfemar contra cualquier cosa o incluso a golpear el mobiliario del aeropuerto.

Suspiré con resignación, sería la primera Navidad que pasaría lejos de casa, lejos de mi familia y amigos. Llamé a mi madre y le di la mala noticia.

—Lo siento, mamá —le dije con un hilo de voz—. Te prometo que iré a veros en cuanto se restablezca el servicio aéreo.

—No te preocupes, cielo —me consoló mi madre—. Solo son tres días y celebraremos todos juntos el fin de año y Reyes.

Me esforcé por mantener la compostura, no quería derrumbarme con mi madre al otro lado del teléfono, ella también lo estaba pasando mal.

Cogí un taxi para regresar a casa. El centro estaba abarrotado de gente y varias calles estaban cortadas por el mercadillo navideño, así que el tráfico era infernal.

—Déjeme aquí, haré el resto del trayecto a pie —le dije al taxista.

Me apeé del taxi y, cargando con la maleta, caminé por las calles del centro. Me encantaba la Navidad, siempre me había encantado. Mi espíritu navideño nunca me abandonaba, al menos hasta ese momento. La nostalgia y la melancolía me invadieron, no había nada peor que pasar la Navidad sola.

—Una señorita tan guapa no puede estar tan triste el día antes de Nochebuena —me dijo un tipo disfrazado de elfo—. ¿Quieres pedirle un deseo a Santa Klaus?

—No creo que Santa Klaus pueda ayudarme, pero gracias.

—Santa Klaus puede conseguirlo todo, pídele un deseo por Navidad, no pierdes nada por intentarlo —me animó una mujer, también disfrazada de elfo—. Ven, solo será un minuto y podrás pedirle a Santa Klaus lo que quieras.

No me dio tiempo a negarme, la mujer elfo me agarró del brazo y me llevó al centro de la plaza, donde se encontraba Santa Klaus y sus renos rodeados de decenas de niños.

—No pienso sentarme en el regazo de Santa Klaus —protesté de mal humor.

— ¡Ho, ho, ho! ¿Quién es ésta señorita de ojos tristes? —Preguntó el tipo disfrazado de Santa Klaus, con un aspecto muy logrado—. ¿Quieres que te conceda un deseo por Navidad? Coge una de éstas velas.

Cogí una de las velas que me señalaba y añadió:

—Ahora, pide un deseo y sopla, pero no lo digas en voz alta, ¿eh?

Con la vela en mis manos, miré fijamente la pequeña llama y pedí mi deseo: No quería pasar sola la Nochebuena y Navidad. Soplé con fuerza y apagué la llama.

—Deseo concedido —anunció Santa Klaus a su público. Los niños y los adultos aplaudieron y Santa Klaus me susurró—: Nadie debe pasar la Navidad solo.

Aturdida por aquellas palabras y por el cansancio de pasar ocho horas trabajando más ocho horas en el aeropuerto, regresé a casa y me metí en la cama sin cenar.

A la mañana siguiente me despertó el timbre de la puerta. Haciendo un esfuerzo, me levanté de la cama y fui a abrir la puerta. Era Mónica, mi vecina española que vivía en la casa de la esquina.

—Buenos días —la saludé deprimida.

— ¡Oh, lo siento! —Me dijo al mismo tiempo que me abrazaba—. Acabo de verlo en las noticias, han cancelado todos los vuelos del país.

Invité a entrar a Mónica y le indiqué que se sentara en uno de los taburetes de la cocina mientras preparaba café y unas tostadas. Tan solo hacía seis meses que conocía a Mónica, pero se había convertido en mi mejor amiga en Múnich. Ella también era española, pero dejó España por amor cuando conoció a Sebastian Müller, su marido.

—No abrirán el aeropuerto hasta día veintiséis, así que pasaré la Navidad en Múnich y, con un poco de suerte, para fin de año y Reyes estaré en España.

—Lo sé, por eso he venido a verte —me interrumpió—. Sebastian y yo pasaremos Nochebuena y Navidad con mi cuñado y su mujer en una cabaña que tienen en el bosque. Ella también es española, sé que no es lo mismo que estar con tu familia, pero al menos seremos tres españolas en la mesa.

—Te lo agradezco, pero no creo que…

—No vayas a decir ninguna tontería, ¡eh! —Me regañó antes de que pudiera articular una sola palabra—. No pienses que voy a dejar que te quedes sola en Navidad, así que ya puedes recoger tus cosas que nos vamos a la cabaña. Y no te preocupes, te llevaremos al aeropuerto en cuanto lo abran.

—Está bien, de acuerdo —acepté finalmente.

No pasar la Navidad sola era mi deseo, Santa Klaus me había concedido un deseo por Navidad.

Dos horas más tarde, iba sentada en el asiento trasero del coche de Sebastian y Mónica para dirigirnos a la cabaña.

Cuando llegamos, me sorprendí al ver lo que ellos llamaban cabaña. Era una casa de dos plantas construida con piedra y madera, de aspecto rústico y romántico. Un lugar perfecto para una escapada romántica.

—Vaya, es una casa fantástica —comenté.

—Mi hermano Peter planeó un fin de semana romántico con Edurne y alquiló la cabaña, pero a ambos les gustó tanto que decidieron comprarla —me dijo Sebastian.

—Seb, ¿ese no es el coche de Jakob? —Le interrumpió Mónica.

—Sí, pero creía que Jakob iba a pasar la Navidad en Londres.

—Han cancelado todos los vuelos, no habrá podido viajar.

Bajamos del coche y una pareja, que deduje serían el hermano mayor de Sebastian y su esposa, salió a recibirnos. Hacía muchísimo frío, mucha más que en la ciudad.

—Entrad en la cabaña antes de que os congeléis —nos dijo la mujer.

Pasamos al salón y entramos en calor gracias al fuego de la chimenea. No pude evitar sonreír con tristeza al ver la perfecta decoración navideña, me recordaba lo lejos que estaba de mi familia.

—Edurne, Peter —dijo Mónica haciendo las presentaciones oportunas—, ella es Carla, mi amiga española.

—Encantada de conocerte, Carla —me saludó Edurne—. Lamento que no puedas estar con tu familia, pero aquí te haremos sentir una más de nuestra familia.

—Bienvenida, Carla —me saludó Peter.

—Gracias por invitarme —les agradecí.

—Hemos visto el coche de Jakob —dijo Seb—. ¿No ha podido viajar a Londres?

—También cancelaron su vuelo, pasará la Navidad con nosotros —informó Peter.

— ¿Dónde están mis dos diablillos? —Quiso saber Mónica.

—Han ido con Jakob a por leña, no tardarán en llegar.

Hablaban de Claudia y Nico, los hijos de Peter y Edurne, unos mellizos de seis años que, según Sebastian y Mónica, eran dos diablillos.

Edurne se encargó de mostrarme la habitación de invitados para que me instalara y se aseguró de que tuviera todo lo que me hiciera falta. Cuando bajé al salón, Jakob ya había regresado con los niños.

—Carla, ven —me dijo Mónica cuando me vio entrar—. Quiero presentarte a mi cuñado Jakob, el menor de los hermanos Müller.

Jakob estaba sentado en el sofá que quedaba de espaldas a la puerta. Se puso en pie y se volvió para mirarme. Nuestras miradas se cruzaron y pudimos comprobar la expresión de sorpresa en el rostro del otro. No era la primera vez que nos veíamos. Mi cuerpo se estremeció al recordar la única noche que habíamos pasado juntos compartiendo algo más que la cama.

—Carla es una buena amiga y, además, española —añadió Mónica—. También han cancelado su vuelo a España.

Me dedicó una sonrisa maliciosa y, fingiendo que no me conocía, me saludó con cordialidad:

—Encantado de conocerte, Carla.

—Lo mismo digo —murmuré tratando de mantener la compostura.

—Tío Jakob, ¿nos ayudarás a construir la casa del árbol? —Le preguntó el pequeño Nico echándose a los brazos de su tío.

—Por supuesto, pero tendrá que ser otro día, esta noche viene Santa Klaus y tenemos que irnos a dormir temprano porque si pasa por aquí y ve la luz encendida no nos dejará ningún regalo —le dijo Jakob.

Sonreí al comprobar lo bien que se le daban los niños, jamás lo hubiera creído y si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Conocí a Jakob en un bar de copas, cuando un tipo se me acercó y trató de ligar conmigo. El tipo no aceptaba un no por respuesta y trató de propasarse conmigo, pero Jakob apareció de la nada, le dio un puñetazo a aquel idiota y después me invitó a una copa. Bebimos, bailamos y acabamos en su casa dando rienda suelta a la pasión que sentíamos. Me desperté al amanecer, estaba desnuda con un hombre al que acaba de conocer y en una cama que no era la mía. Me sentí vulnerable y hui. Me levanté y me vestí sin hacer ruido, recogí mis cosas y me marché a casa sin despedirme.

—Carla, ¿estás bien? —Me preguntó Sebastian preocupado.

—Sí, perdona —respondí ruborizándome—. Tengo la cabeza en otra parte.

Pasamos la tarde charlando en el salón y bromeando. Echaba de menos a mi familia, pero me sentí afortunada de poder pasar la Navidad con los Müller.

—Tío Jakob, le hemos pedido a Santa Klaus una novia para ti —dijo de repente la pequeña Claudia.

— ¿Y para qué quiero yo una novia? —Preguntó Jakob sorprendido.

—La abuela dice que tienes que casarte y darnos primitos, para eso hace falta una novia —le respondió Claudia.

Todos tratamos de contener la risa, pero nadie lo consiguió, ni siquiera Jakob.

—Voy a tener que hablar muy seriamente con la abuela —murmuró Jakob entre dientes.

—Frida tiene razón, ya tienes una edad en la que tienes que asentar la cabeza, no puedes ir de flor en flor toda la vida —le replicó Edurne—. ¿No te cansas de despertarte en una habitación de hotel con una mujer del que no recuerdas su nombre?

—Norma número uno: nunca lleves a una mujer a casa —dijeron al unísono Peter y Sebastian con mofa.

Todos se rieron, todos menos yo. A mí no me había llevado a un hotel, me llevó a su casa. Aunque eso no cambiaba el hecho de que era un mujeriego reputado, hasta su propia familia bromeaba sobre el tema.

Me ofrecí a ayudar a Edurne y Sebastian a preparar la cena de Nochebuena, pese a no tener ni idea de lo que estaban cocinando. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que evitara que me quedara a solas con Jakob.

Cenamos todos juntos, brindamos y disfrutamos de una agradable y divertida Nochebuena. Edurne acostó a los niños después de cenar y Claudia, que había estado toda la noche a mi lado, me pidió que le leyera un cuento antes de dormir. No pude ni quise negarme, aquella niña de seis años me había robado el corazón.

Les leí un cuento y, cuando conseguí que los niños se durmieran, salí de la habitación sin hacer ruido y cerré la puerta.

—Esperaba volver a verte, aunque nunca imaginé que sería aquí —escuché su seductora voz a mi espalda—. Espero que esta vez no se te ocurra salir huyendo de madrugada.

— ¿Acaso hubieras preferido despertarte y verme allí durmiendo? Supongo que por eso prefieres los hoteles —le reproché.

—No te llevé a un maldito hotel, te llevé a mi casa —me replicó agarrándome del brazo para evitar que saliera huyendo de nuevo.

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Va todo bien? —Nos preguntó Peter preocupado al ver cómo me agarraba Jakob.

Jakob y yo nos separamos al instante. Consciente de que Peter no estaría pensando nada bueno, intenté arreglarlo:

—Todo genial, los niños acaban de dormirse.

—Gracias, Carla. Edurne y Mónica están es la cocina tratando de hacer mojitos —me dijo sutilmente para que me marchara y yo obedecí.

Entré en la cocina y ayudé a las chicas a preparar unos mojitos, fingiendo que todo iba bien aunque no pudiera quitarme a Jakob de la cabeza.

Tras tomarnos los mojitos y cantar varios villancicos, nos dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir. La habitación de Jakob estaba junto a la mía y, tras intentar dormir sin conseguirlo, decidí ir a su habitación. Abrí la puerta y entré sin hacer ruido. Cerré la puerta y caminé despacio, pero me detuve al oír su voz:

—Has pasado de salir huyendo de mi habitación a colarte a hurtadillas.

Su tono de guasa me hizo saber que no estaba enfadado, al menos no lo suficiente como para echarme de allí.

—Lo siento, necesitaba hablar contigo.

—No te preocupes, Peter no sabe nada.

—Eso no me preocupa —le dije un poco molesta porque pensara que fuera tan superficial.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—No lo sé, quizás porque no me llevaste a un hotel —bromeé.

—Ahora tampoco estamos en un hotel —susurró acercando sus labios a los míos. Se detuvo a un escaso centímetro de mi boca y añadió—: Y tampoco vas a desaparecer de nuevo, ¿verdad?

—No voy a desaparecer —le aseguré.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos, tratando de confirmar en el otro la verdad de aquellas palabras y, finalmente, me besó. Me besó con urgencia, con auténtica necesidad. No pensé en nada, tan solo me dejé llevar por lo que sentía. No me importaba dónde estábamos ni qué pasaría al día siguiente, solo sabía que quería estar con él, nada más importaba.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me encontré con la sonrisa de Jakob. Estaba abrazada a su pecho y él me envolvía con sus brazos. Estar con él era como estar en casa.

—Buenos días, preciosa —me saludó besándome en la frente—. Santa Klaus me concedió mi deseo.

— ¿A qué te refieres? —Pregunté con curiosidad.

—Estaba en el aeropuerto y, cuando cancelaron mi vuelo, regresé a casa. Nada más bajarme del taxi, un par de elfos se me echaron encima y me llevaron con Santa Klaus —me explicó divertido—. Santa Klaus me dijo que me concedía un deseo y me hizo soplar una vela para que se cumpliera. No tenía la más mínima intención de seguirle el juego, pero estábamos rodeados de niños así que lo hice. Pedí encontrarte y soplé la vela.

—Qué extraño, a mí también me ocurrió lo mismo. De camino a casa dos elfos me llevaron a la plaza donde se encontraba Santa Klaus y me concedió un deseo ¡y se ha cumplido! —Exclamé sin acabar de creérmelo.

— ¿Cuál era tu deseo?

—Pedí no pasar la Navidad sola —le confesé con tristeza.

—Echas de menos a tu familia, es duro no estar con ellos en Navidad —adivinó mis pensamientos. Me besó en los labios y añadió—: Duerme un poco más, todavía es muy temprano.

— ¿A dónde vas?

—Voy a abusar de la confianza de Santa Klaus y a pedirle otro deseo, a ver si tengo suerte y me lo concede.

Me guiñó un ojo con complicidad, me besó de nuevo en los labios y se levantó de la cama. Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Me acomodé de nuevo en la cama y seguí durmiendo.

Jakob me despertó horas más tarde susurrándome al oído:

—Feliz Navidad, Carla.

—Mm… Feliz Navidad —murmuré medio dormida.

—Santa Klaus me ha concedido otro deseo, ¿quieres saber cuál es?

—Sí.

—El temporal está remitiendo y han abierto el aeropuerto, pero de momento solo dejan despegar a vuelos privados, no a vuelos comerciales. En dos horas sale un vuelo privado a Barcelona y hay un asiento libre, si salimos ahora, podrás estar en España con tu familia a la hora de comer.

Me levanté de la cama de un salto.

— ¿De verdad? —Pregunté emocionada.

—Así es —me confirmó divertido —Vístete y recoge tus cosas, te llevo al aeropuerto.

Me arrojé a sus brazos y le abracé con fuerza, sin duda era el mejor regalo de Navidad que me podían hacer.

—Un momento —le detuve agarrándolo del brazo—. ¿Qué le has dicho a tu familia?

—Les he dicho la verdad, que un amigo viaja a Barcelona en avión privado y le he pedido que te lleven —me contestó con fingida inocencia.

—Ya sabes a qué me refiero.

—No les he dicho nada, antes debemos hablar, pero me temo que tendrá que esperar a que regreses a Múnich. Prométeme que no huirás de mí y que hablaremos cuando vuelvas.

—Te lo prometo —le aseguré y acto seguido le besé en los labios.

—Será mejor que me vaya y deje que te vistas o me encerraré contigo en la habitación y no te dejaré salir de la cama.

—Suena muy tentador, pero tendrá que ser otro día —bromeé.

Jakob salió de la habitación sonriendo divertido y yo también sonreí como una idiota. Miré el reloj, eran las nueve de la mañana. Me di una ducha rápida, me vestí y recogí mis cosas en media hora, un tiempo récord.

Cuando bajé al salón todos estaban junto al árbol observando cómo Nico y Claudia abrían sus regalos emocionados por la llegada de Santa Klaus. Al verme, todos sonrieron y me felicitaron la Navidad, contentos de que pudiera pasarla con mi familia.

—Carla, Jakob se ha ofrecido a llevarte al aeropuerto, pero si prefieres que te llevemos nosotras no hay problema —se ofreció Edurne, probablemente debido a que Peter le contaría lo que vio la noche anterior.

—No hay problema, Jakob me llevará —sentenció con una sonrisa en los labios, confirmándoles que no pasaba nada entre Jakob y yo, al menos nada malo.

—Llámanos cuando llegues a España —intervino Mónica.

—Yo no quiero que te vayas —me dijo la pequeña Claudia con lágrimas en los ojos.

Me agaché para ponerme a su altura y le dije antes de abrazarla:

—Solo serán unos días y te prometo que cuando regrese vendré a buscarte para ir juntas al parque, ¿de acuerdo?

Claudia se conformó con aquella promesa. Nico también se me echó a los brazos y me dio un beso en la mejilla.

— ¿Y también nos leerás un cuento? —Me preguntó con esa vocecilla de diablillo.

—Os leeré todos los cuentos que queráis —les dije con ternura.

Tras despedirme de la familia Müller, Jakob me llevó al aeropuerto. Allí me presentó a Alfred Fischer, un empresario alemán amigo de Jakob que me llevaría a Barcelona en avión privado.

—Disfruta de la Navidad con tu familia y piensa en mí de vez en cuando —me susurró al oído.

—Será difícil no hacerlo todo el tiempo —le respondí con sinceridad. Le besé en los labios y añadí—: Me has dado el mejor regalo de Navidad, no lo olvidaré nunca.

—Entonces, no olvides que tenemos una conversación pendiente.

Me despedí de Jakob y subí al avión con Alfred.

Tres horas más tarde, aterrizábamos en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

—Muchísimas gracias por tu amabilidad, Alfred. Significa mucho para mí poder estar con mi familia en Navidad.

—Ha sido un placer disfrutar de tu compañía durante el vuelo —me aseguró Alfred con modestia—. Puede que Jakob haya tardado en sentar la cabeza, pero me alegra saber que ha escogido a la mujer perfecta.

Sonreí ligeramente avergonzada, pero también halagada por el comentario de Alfred. Me despedí de él con un sincero abrazo y corrí hacia la parada de taxi cargando con mi maleta.

Eran casi las tres de la tarde cuando llegué a casa de mis padres. La puerta del edificio estaba abierta y subí en el ascensor hasta la cuarta planta. Suspiré antes de llamar al timbre y, cuando la puerta se abrió y aparecieron mis padres, exclamé:

— ¡Feliz Navidad, familia!

Historia de amor eterno.

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Se conocieron en el colegio cuando eran unos niños y no tardaron en hacerse amigos. En aquella época no tenían más preocupaciones que las de un niño: jugar y divertirse con los amigos. Él siempre se había sentido muy protector con ella, sus ojos azules, su piel blanca, su corta estatura y su delgadez siempre la habían hecho parecer débil y vulnerable; aunque en realidad ella era una persona fuerte, capaz de afrontar cualquier tempestad que le viniera encima.

En el instituto, ese sentimiento de protección hacia ella creció. También se añadió otro más intenso, el amor. No quería que sus sentimientos influyeran negativamente en su relación con ella, prefería tenerla como amiga a no tenerla por intentar algo más. Sin embargo, ella sentía lo mismo y no estaba dispuesta a dejar escapar a su gran amor. Como él no le pidió que la acompañara al baile, ella se armó de valor y se lo propuso. Por supuesto, él aceptó aquella invitación.

Desde aquel baile de celebración y despedida del instituto, no se separaron ni un solo día. Alquilaron un pequeño apartamento cerca del campus y la convivencia les unió todavía más. Cuando por fin acabaron sus respectivas carreras universitarias, se casaron y se mudaron a una pequeña casa familiar con jardín a las afueras de la ciudad.

En cuanto encontraron un empleo estable, con la seguridad que aquello les daba, decidieron ampliar la familia y, en pocos años, pasaron de ser dos a ser cinco. Tuvieron un niño y dos niñas, los tres fuertes y sanos como sus padres. Verles crecer hasta convertirse en adultos y formar su propia familia era el aliciente más grande que la vida les había dado a ambos, que ya disfrutaban de la jubilación y de los viajes que habían soñado hacer en su juventud.

Como en todos los matrimonios, pasaron por momentos buenos y malos, pero el amor que sentían el uno por el otro les daba la fuerza que necesitaban para seguir adelante y superar todos los obstáculos. Los últimos años habían sido igual de intensos y románticos que los primeros y, con ese pensamiento, miró a su marido por última vez antes de que cerraran el ataúd.

Tras el funeral, regresó a casa acompañada por sus hijos y sus nietos y se retiró a su habitación para descansar. Se metió en la cama y cerró los ojos tratando de no pensar en cómo continuaría su vida sin él y, sin darse cuenta, se quedó dormida para siempre.

Su alma abandonó a su cuerpo para seguir a su amado al más allá y continuar allí su historia de amor eterno.

No me reconozco.

No me reconozco

Siempre había vivido disfrutando del presente, sin preocuparse por el futuro y, mucho menos, por el qué dirán. Nunca había tenido que preocuparse de dar explicaciones a nadie, porque nunca nadie se había preocupado por él, con la única excepción de su hermano mayor.

Sus padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando eran pequeños, él ni siquiera los recordaba, tan solo era un bebé de dos años y, por suerte o por desgracia, no conservaba recuerdos de aquella época. Como no tenían más familia que sus difuntos padres, los servicios sociales se hicieron cargo de ellos y fueron a parar a un pequeño orfanato a las afueras de la gran ciudad. Su hermano, además de su papel de hermano mayor, también ejerció de protector y, gracias a él, todos los niños del orfanato le respetaban.

En cuanto su hermano cumplió la mayoría de edad, buscó un trabajo, un apartamento y consiguió hacerse con su tutela para poder seguir cuidando de él. Combinaba sus estudios con un trabajo de camarero en el que le pagaban lo suficiente para pagar los gastos y poco más, pero se apañaban con lo poco que tenían.

Por desgracia, la vida se había empeñado en arrebatarle lo único que le quedaba: su adorado y protector hermano mayor. Tras pasar unos días enfermo en el hospital, los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad. Tan solo le quedaban unos pocos días de vida.

Desde aquel momento, no se separó ni un solo segundo de él. Durante tres largos días con sus largas noches, se quedó a su lado, sentado en un viejo sillón que había junto a la cama donde yacía su hermano.

Pocos minutos antes de morir, su hermano mayor le había hecho prometer que disfrutaría de cada día como si fuese el último, quería que su hermano pequeño disfrutara de la vida como él no había podido hacer.

Después del funeral, a él solo le importó cumplir aquella promesa, no quería ni podía defraudar a la única persona que siempre le había apoyado, protegido y cuidado hasta el último minuto.

Recorrió el mundo cargando con una mochila a su espalda y la soledad en el corazón. Visitó lugares que jamás hubiera imaginado que existían; descubrió culturas que le descubrieron un sinfín de maneras de vivir; disfrutó de numerosas fiestas hasta perder la consciencia; sedujo a miles de mujeres con las que pasó una sola noche; y se dejó regalar los oídos con absurdos cumplidos y promesas de alcoba.

Sin embargo, nada de todo aquello le reconfortaba. Los hermosos paisajes, las alocadas fiestas y las apasionadas noches con distintas mujeres no llenaban el vacío que había en su corazón. Continuaba cumpliendo con su promesa, o al menos eso creía él. Pero lo cierto era que todo aquello no le hacía disfrutar de la vida de una manera especial, como quería su hermano.

No se dio cuenta de ello hasta que un día cualquiera, se levantó como todas las mañanas en una cama ajena junto a una mujer desconocida y, mientras se aseaba antes de marcharse, no reconoció al hombre que vio en el espejo.

Se había centrado en seguir su promesa al pie de la letra que se había olvidado de la esencia de aquellas palabras que le transmitió su hermano antes de morir. Tal era su obsesión que, después de haber recorrido el mundo, de conocer diversas culturas y de dormir en tantas camas, sabía más de la humanidad en general que de él mismo.

Había olvidado quién era realmente, se había convertido en un camaleón que sabía adaptarse a su entorno, pero que jamás sacaba a luz su propia personalidad.

Se lavó la cara con agua fría y, tras volver a mirarse en el espejo, murmuró:

−Ha llegado el momento de conocerme, de asentarme en un lugar donde formar un hogar y disfrutar de la vida a otro ritmo.

Encontré la paz en ti.

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Salió a correr por el bosque para tratar de aclarar sus ideas. Todo aquello era nuevo para él, necesitaba asimilar y aceptar lo que estaba sintiendo. Se detuvo a descansar cuando llegó a una pequeña explanada que le llenó de la paz y la tranquilidad que tanto ansiaba. El verde de la hierba se combinaba con los diversos colores de las flores que allí brotaban y, sin pretenderlo, ella se apoderó de sus pensamientos. Aquellas flores eran como ella: sencillas, hermosas, delicadas y casi le transmitían la misma calma que ella le otorgaba.

Se sentó sobre una roca y suspiró. Últimamente todo le recordaba a ella.  Añoraba verla sonreír, escuchar su voz, estrecharla entre sus brazos y hacerle el amor hasta oírla gritar su nombre entre gemidos. Añoraba la paz y la armonía que sentía cuando estaba con ella, sus incesantes preguntas y sus réplicas descaradas.

No supo retenerla y la había perdido. Ella quería más de lo que él podía darle, más de lo que él era capaz de afrontar. La echaba de menos desde que se marchó de su casa dando un portazo pero ya no podía más. Cinco días sin saber nada de ella era demasiado, mucho más de lo que podía soportar. Necesitaba sentirla suya, la necesitaba de nuevo a su lado y, esta vez, para siempre.

Suspiró de nuevo, se frotó la cara con ambas manos y, mirando con esperanza aquellas flores llenas de vida y de color, dijo en voz alta:

– Voy a buscarte, voy a encontrarte y voy a conquistarte como debí hacer la primera vez.

 

El Infierno puede estar en cualquier lugar.

El Infierno puede estar en cualquier lugar

Apenas fue capaz de dormir un par de horas en toda la noche, las pesadillas le acechaban en cuanto cerraba los ojos y no le dejaban descansar.

Revivir aquellos días de guerra, inmersos en un frondoso bosque bajo la lluvia, sin apenas comida y tratando de sobrevivir a los ataques del bando enemigo mientras veía cómo sus compañeros y amigos perdían la vida sumergidos en un río de sangre, le atormentaban.

Y no era el único, todos los supervivientes de aquella batalla se encontraban en la misma situación: las pesadillas les acechaban, se habían vuelto fríos y distantes. Ninguno seguía siendo el mismo desde que volvieron de aquella misión, hacía ya cinco años.

Logró salir de aquel infierno pero, por desgracia, cuando regresó a casa, otro infierno distinto le estaba esperando: a su mujer solo le interesaba salir de fiesta y divertirse, ni siquiera se preocupaba por su hija de apenas unos meses de vida. Ella no quería esa vida, no quería una familia y decidió abandonarle y renunciar a sus derechos como madre, no quería saber nada de él ni de su hija.

Ni siquiera intentó retenerla, era lo mejor para todos. No quería que su hija creciera acostumbrada al desprecio y la indiferencia de su madre.

Se frotó la cara con las manos para borrar aquellos recuerdos, se levantó de la cama y se dirigió hacia a la habitación de su hija. Sin hacer ruido, se detuvo junto a la puerta y la contempló mientras dormía. Puede que su hija nunca tuviera una madre, pero jamás le faltaría el amor incondicional de su padre y de sus abuelos.