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Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.