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Deseo de Navidad.

Miré el reloj, habían pasado más de seis horas desde que el avión debería haber despegado y todavía no habíamos embarcado. El retraso se debía al temporal de viento y nieve que afectaba a todo el país y a gran parte de Europa. El aeropuerto de Múnich estaba lleno de pasajeros frustrados que esperaban poder pasar la Navidad con sus seres queridos.

Me senté en la sala de espera de embarques y esperé dos horas más, hasta que nos informaron por megafonía que todos los vuelos habían sido cancelados a causa del temporal. Una de las azafatas de la aerolínea, se acercó y nos informó de la situación:

—Todos los vuelos han sido cancelados por motivos de seguridad debido al temporal que azota Alemania y la mayor parte de Europa. Según nos han informado, ésta situación se mantendrá hasta la madrugada del día 26 de diciembre, que es cuando se prevé que remita el temporal.

— ¿Qué va a pasar con nuestros vuelos perdidos? ¿Nos van a devolver el dinero? —Exigió saber uno de los afectados.

—A los pasajeros que deseen volar cuando se restablezca el servicio se les abonará el 50% del coste; a los pasajeros que no puedan o quieran viajar más tarde, se les devolverá el dinero.

Todo el mundo comenzó a lamentarse, a blasfemar contra cualquier cosa o incluso a golpear el mobiliario del aeropuerto.

Suspiré con resignación, sería la primera Navidad que pasaría lejos de casa, lejos de mi familia y amigos. Llamé a mi madre y le di la mala noticia.

—Lo siento, mamá —le dije con un hilo de voz—. Te prometo que iré a veros en cuanto se restablezca el servicio aéreo.

—No te preocupes, cielo —me consoló mi madre—. Solo son tres días y celebraremos todos juntos el fin de año y Reyes.

Me esforcé por mantener la compostura, no quería derrumbarme con mi madre al otro lado del teléfono, ella también lo estaba pasando mal.

Cogí un taxi para regresar a casa. El centro estaba abarrotado de gente y varias calles estaban cortadas por el mercadillo navideño, así que el tráfico era infernal.

—Déjeme aquí, haré el resto del trayecto a pie —le dije al taxista.

Me apeé del taxi y, cargando con la maleta, caminé por las calles del centro. Me encantaba la Navidad, siempre me había encantado. Mi espíritu navideño nunca me abandonaba, al menos hasta ese momento. La nostalgia y la melancolía me invadieron, no había nada peor que pasar la Navidad sola.

—Una señorita tan guapa no puede estar tan triste el día antes de Nochebuena —me dijo un tipo disfrazado de elfo—. ¿Quieres pedirle un deseo a Santa Klaus?

—No creo que Santa Klaus pueda ayudarme, pero gracias.

—Santa Klaus puede conseguirlo todo, pídele un deseo por Navidad, no pierdes nada por intentarlo —me animó una mujer, también disfrazada de elfo—. Ven, solo será un minuto y podrás pedirle a Santa Klaus lo que quieras.

No me dio tiempo a negarme, la mujer elfo me agarró del brazo y me llevó al centro de la plaza, donde se encontraba Santa Klaus y sus renos rodeados de decenas de niños.

—No pienso sentarme en el regazo de Santa Klaus —protesté de mal humor.

— ¡Ho, ho, ho! ¿Quién es ésta señorita de ojos tristes? —Preguntó el tipo disfrazado de Santa Klaus, con un aspecto muy logrado—. ¿Quieres que te conceda un deseo por Navidad? Coge una de éstas velas.

Cogí una de las velas que me señalaba y añadió:

—Ahora, pide un deseo y sopla, pero no lo digas en voz alta, ¿eh?

Con la vela en mis manos, miré fijamente la pequeña llama y pedí mi deseo: No quería pasar sola la Nochebuena y Navidad. Soplé con fuerza y apagué la llama.

—Deseo concedido —anunció Santa Klaus a su público. Los niños y los adultos aplaudieron y Santa Klaus me susurró—: Nadie debe pasar la Navidad solo.

Aturdida por aquellas palabras y por el cansancio de pasar ocho horas trabajando más ocho horas en el aeropuerto, regresé a casa y me metí en la cama sin cenar.

A la mañana siguiente me despertó el timbre de la puerta. Haciendo un esfuerzo, me levanté de la cama y fui a abrir la puerta. Era Mónica, mi vecina española que vivía en la casa de la esquina.

—Buenos días —la saludé deprimida.

— ¡Oh, lo siento! —Me dijo al mismo tiempo que me abrazaba—. Acabo de verlo en las noticias, han cancelado todos los vuelos del país.

Invité a entrar a Mónica y le indiqué que se sentara en uno de los taburetes de la cocina mientras preparaba café y unas tostadas. Tan solo hacía seis meses que conocía a Mónica, pero se había convertido en mi mejor amiga en Múnich. Ella también era española, pero dejó España por amor cuando conoció a Sebastian Müller, su marido.

—No abrirán el aeropuerto hasta día veintiséis, así que pasaré la Navidad en Múnich y, con un poco de suerte, para fin de año y Reyes estaré en España.

—Lo sé, por eso he venido a verte —me interrumpió—. Sebastian y yo pasaremos Nochebuena y Navidad con mi cuñado y su mujer en una cabaña que tienen en el bosque. Ella también es española, sé que no es lo mismo que estar con tu familia, pero al menos seremos tres españolas en la mesa.

—Te lo agradezco, pero no creo que…

—No vayas a decir ninguna tontería, ¡eh! —Me regañó antes de que pudiera articular una sola palabra—. No pienses que voy a dejar que te quedes sola en Navidad, así que ya puedes recoger tus cosas que nos vamos a la cabaña. Y no te preocupes, te llevaremos al aeropuerto en cuanto lo abran.

—Está bien, de acuerdo —acepté finalmente.

No pasar la Navidad sola era mi deseo, Santa Klaus me había concedido un deseo por Navidad.

Dos horas más tarde, iba sentada en el asiento trasero del coche de Sebastian y Mónica para dirigirnos a la cabaña.

Cuando llegamos, me sorprendí al ver lo que ellos llamaban cabaña. Era una casa de dos plantas construida con piedra y madera, de aspecto rústico y romántico. Un lugar perfecto para una escapada romántica.

—Vaya, es una casa fantástica —comenté.

—Mi hermano Peter planeó un fin de semana romántico con Edurne y alquiló la cabaña, pero a ambos les gustó tanto que decidieron comprarla —me dijo Sebastian.

—Seb, ¿ese no es el coche de Jakob? —Le interrumpió Mónica.

—Sí, pero creía que Jakob iba a pasar la Navidad en Londres.

—Han cancelado todos los vuelos, no habrá podido viajar.

Bajamos del coche y una pareja, que deduje serían el hermano mayor de Sebastian y su esposa, salió a recibirnos. Hacía muchísimo frío, mucha más que en la ciudad.

—Entrad en la cabaña antes de que os congeléis —nos dijo la mujer.

Pasamos al salón y entramos en calor gracias al fuego de la chimenea. No pude evitar sonreír con tristeza al ver la perfecta decoración navideña, me recordaba lo lejos que estaba de mi familia.

—Edurne, Peter —dijo Mónica haciendo las presentaciones oportunas—, ella es Carla, mi amiga española.

—Encantada de conocerte, Carla —me saludó Edurne—. Lamento que no puedas estar con tu familia, pero aquí te haremos sentir una más de nuestra familia.

—Bienvenida, Carla —me saludó Peter.

—Gracias por invitarme —les agradecí.

—Hemos visto el coche de Jakob —dijo Seb—. ¿No ha podido viajar a Londres?

—También cancelaron su vuelo, pasará la Navidad con nosotros —informó Peter.

— ¿Dónde están mis dos diablillos? —Quiso saber Mónica.

—Han ido con Jakob a por leña, no tardarán en llegar.

Hablaban de Claudia y Nico, los hijos de Peter y Edurne, unos mellizos de seis años que, según Sebastian y Mónica, eran dos diablillos.

Edurne se encargó de mostrarme la habitación de invitados para que me instalara y se aseguró de que tuviera todo lo que me hiciera falta. Cuando bajé al salón, Jakob ya había regresado con los niños.

—Carla, ven —me dijo Mónica cuando me vio entrar—. Quiero presentarte a mi cuñado Jakob, el menor de los hermanos Müller.

Jakob estaba sentado en el sofá que quedaba de espaldas a la puerta. Se puso en pie y se volvió para mirarme. Nuestras miradas se cruzaron y pudimos comprobar la expresión de sorpresa en el rostro del otro. No era la primera vez que nos veíamos. Mi cuerpo se estremeció al recordar la única noche que habíamos pasado juntos compartiendo algo más que la cama.

—Carla es una buena amiga y, además, española —añadió Mónica—. También han cancelado su vuelo a España.

Me dedicó una sonrisa maliciosa y, fingiendo que no me conocía, me saludó con cordialidad:

—Encantado de conocerte, Carla.

—Lo mismo digo —murmuré tratando de mantener la compostura.

—Tío Jakob, ¿nos ayudarás a construir la casa del árbol? —Le preguntó el pequeño Nico echándose a los brazos de su tío.

—Por supuesto, pero tendrá que ser otro día, esta noche viene Santa Klaus y tenemos que irnos a dormir temprano porque si pasa por aquí y ve la luz encendida no nos dejará ningún regalo —le dijo Jakob.

Sonreí al comprobar lo bien que se le daban los niños, jamás lo hubiera creído y si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Conocí a Jakob en un bar de copas, cuando un tipo se me acercó y trató de ligar conmigo. El tipo no aceptaba un no por respuesta y trató de propasarse conmigo, pero Jakob apareció de la nada, le dio un puñetazo a aquel idiota y después me invitó a una copa. Bebimos, bailamos y acabamos en su casa dando rienda suelta a la pasión que sentíamos. Me desperté al amanecer, estaba desnuda con un hombre al que acaba de conocer y en una cama que no era la mía. Me sentí vulnerable y hui. Me levanté y me vestí sin hacer ruido, recogí mis cosas y me marché a casa sin despedirme.

—Carla, ¿estás bien? —Me preguntó Sebastian preocupado.

—Sí, perdona —respondí ruborizándome—. Tengo la cabeza en otra parte.

Pasamos la tarde charlando en el salón y bromeando. Echaba de menos a mi familia, pero me sentí afortunada de poder pasar la Navidad con los Müller.

—Tío Jakob, le hemos pedido a Santa Klaus una novia para ti —dijo de repente la pequeña Claudia.

— ¿Y para qué quiero yo una novia? —Preguntó Jakob sorprendido.

—La abuela dice que tienes que casarte y darnos primitos, para eso hace falta una novia —le respondió Claudia.

Todos tratamos de contener la risa, pero nadie lo consiguió, ni siquiera Jakob.

—Voy a tener que hablar muy seriamente con la abuela —murmuró Jakob entre dientes.

—Frida tiene razón, ya tienes una edad en la que tienes que asentar la cabeza, no puedes ir de flor en flor toda la vida —le replicó Edurne—. ¿No te cansas de despertarte en una habitación de hotel con una mujer del que no recuerdas su nombre?

—Norma número uno: nunca lleves a una mujer a casa —dijeron al unísono Peter y Sebastian con mofa.

Todos se rieron, todos menos yo. A mí no me había llevado a un hotel, me llevó a su casa. Aunque eso no cambiaba el hecho de que era un mujeriego reputado, hasta su propia familia bromeaba sobre el tema.

Me ofrecí a ayudar a Edurne y Sebastian a preparar la cena de Nochebuena, pese a no tener ni idea de lo que estaban cocinando. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que evitara que me quedara a solas con Jakob.

Cenamos todos juntos, brindamos y disfrutamos de una agradable y divertida Nochebuena. Edurne acostó a los niños después de cenar y Claudia, que había estado toda la noche a mi lado, me pidió que le leyera un cuento antes de dormir. No pude ni quise negarme, aquella niña de seis años me había robado el corazón.

Les leí un cuento y, cuando conseguí que los niños se durmieran, salí de la habitación sin hacer ruido y cerré la puerta.

—Esperaba volver a verte, aunque nunca imaginé que sería aquí —escuché su seductora voz a mi espalda—. Espero que esta vez no se te ocurra salir huyendo de madrugada.

— ¿Acaso hubieras preferido despertarte y verme allí durmiendo? Supongo que por eso prefieres los hoteles —le reproché.

—No te llevé a un maldito hotel, te llevé a mi casa —me replicó agarrándome del brazo para evitar que saliera huyendo de nuevo.

— ¿Qué está pasando aquí? ¿Va todo bien? —Nos preguntó Peter preocupado al ver cómo me agarraba Jakob.

Jakob y yo nos separamos al instante. Consciente de que Peter no estaría pensando nada bueno, intenté arreglarlo:

—Todo genial, los niños acaban de dormirse.

—Gracias, Carla. Edurne y Mónica están es la cocina tratando de hacer mojitos —me dijo sutilmente para que me marchara y yo obedecí.

Entré en la cocina y ayudé a las chicas a preparar unos mojitos, fingiendo que todo iba bien aunque no pudiera quitarme a Jakob de la cabeza.

Tras tomarnos los mojitos y cantar varios villancicos, nos dimos las buenas noches y nos fuimos a dormir. La habitación de Jakob estaba junto a la mía y, tras intentar dormir sin conseguirlo, decidí ir a su habitación. Abrí la puerta y entré sin hacer ruido. Cerré la puerta y caminé despacio, pero me detuve al oír su voz:

—Has pasado de salir huyendo de mi habitación a colarte a hurtadillas.

Su tono de guasa me hizo saber que no estaba enfadado, al menos no lo suficiente como para echarme de allí.

—Lo siento, necesitaba hablar contigo.

—No te preocupes, Peter no sabe nada.

—Eso no me preocupa —le dije un poco molesta porque pensara que fuera tan superficial.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—No lo sé, quizás porque no me llevaste a un hotel —bromeé.

—Ahora tampoco estamos en un hotel —susurró acercando sus labios a los míos. Se detuvo a un escaso centímetro de mi boca y añadió—: Y tampoco vas a desaparecer de nuevo, ¿verdad?

—No voy a desaparecer —le aseguré.

Nos miramos a los ojos durante un par de segundos, tratando de confirmar en el otro la verdad de aquellas palabras y, finalmente, me besó. Me besó con urgencia, con auténtica necesidad. No pensé en nada, tan solo me dejé llevar por lo que sentía. No me importaba dónde estábamos ni qué pasaría al día siguiente, solo sabía que quería estar con él, nada más importaba.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, me encontré con la sonrisa de Jakob. Estaba abrazada a su pecho y él me envolvía con sus brazos. Estar con él era como estar en casa.

—Buenos días, preciosa —me saludó besándome en la frente—. Santa Klaus me concedió mi deseo.

— ¿A qué te refieres? —Pregunté con curiosidad.

—Estaba en el aeropuerto y, cuando cancelaron mi vuelo, regresé a casa. Nada más bajarme del taxi, un par de elfos se me echaron encima y me llevaron con Santa Klaus —me explicó divertido—. Santa Klaus me dijo que me concedía un deseo y me hizo soplar una vela para que se cumpliera. No tenía la más mínima intención de seguirle el juego, pero estábamos rodeados de niños así que lo hice. Pedí encontrarte y soplé la vela.

—Qué extraño, a mí también me ocurrió lo mismo. De camino a casa dos elfos me llevaron a la plaza donde se encontraba Santa Klaus y me concedió un deseo ¡y se ha cumplido! —Exclamé sin acabar de creérmelo.

— ¿Cuál era tu deseo?

—Pedí no pasar la Navidad sola —le confesé con tristeza.

—Echas de menos a tu familia, es duro no estar con ellos en Navidad —adivinó mis pensamientos. Me besó en los labios y añadió—: Duerme un poco más, todavía es muy temprano.

— ¿A dónde vas?

—Voy a abusar de la confianza de Santa Klaus y a pedirle otro deseo, a ver si tengo suerte y me lo concede.

Me guiñó un ojo con complicidad, me besó de nuevo en los labios y se levantó de la cama. Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Me acomodé de nuevo en la cama y seguí durmiendo.

Jakob me despertó horas más tarde susurrándome al oído:

—Feliz Navidad, Carla.

—Mm… Feliz Navidad —murmuré medio dormida.

—Santa Klaus me ha concedido otro deseo, ¿quieres saber cuál es?

—Sí.

—El temporal está remitiendo y han abierto el aeropuerto, pero de momento solo dejan despegar a vuelos privados, no a vuelos comerciales. En dos horas sale un vuelo privado a Barcelona y hay un asiento libre, si salimos ahora, podrás estar en España con tu familia a la hora de comer.

Me levanté de la cama de un salto.

— ¿De verdad? —Pregunté emocionada.

—Así es —me confirmó divertido —Vístete y recoge tus cosas, te llevo al aeropuerto.

Me arrojé a sus brazos y le abracé con fuerza, sin duda era el mejor regalo de Navidad que me podían hacer.

—Un momento —le detuve agarrándolo del brazo—. ¿Qué le has dicho a tu familia?

—Les he dicho la verdad, que un amigo viaja a Barcelona en avión privado y le he pedido que te lleven —me contestó con fingida inocencia.

—Ya sabes a qué me refiero.

—No les he dicho nada, antes debemos hablar, pero me temo que tendrá que esperar a que regreses a Múnich. Prométeme que no huirás de mí y que hablaremos cuando vuelvas.

—Te lo prometo —le aseguré y acto seguido le besé en los labios.

—Será mejor que me vaya y deje que te vistas o me encerraré contigo en la habitación y no te dejaré salir de la cama.

—Suena muy tentador, pero tendrá que ser otro día —bromeé.

Jakob salió de la habitación sonriendo divertido y yo también sonreí como una idiota. Miré el reloj, eran las nueve de la mañana. Me di una ducha rápida, me vestí y recogí mis cosas en media hora, un tiempo récord.

Cuando bajé al salón todos estaban junto al árbol observando cómo Nico y Claudia abrían sus regalos emocionados por la llegada de Santa Klaus. Al verme, todos sonrieron y me felicitaron la Navidad, contentos de que pudiera pasarla con mi familia.

—Carla, Jakob se ha ofrecido a llevarte al aeropuerto, pero si prefieres que te llevemos nosotras no hay problema —se ofreció Edurne, probablemente debido a que Peter le contaría lo que vio la noche anterior.

—No hay problema, Jakob me llevará —sentenció con una sonrisa en los labios, confirmándoles que no pasaba nada entre Jakob y yo, al menos nada malo.

—Llámanos cuando llegues a España —intervino Mónica.

—Yo no quiero que te vayas —me dijo la pequeña Claudia con lágrimas en los ojos.

Me agaché para ponerme a su altura y le dije antes de abrazarla:

—Solo serán unos días y te prometo que cuando regrese vendré a buscarte para ir juntas al parque, ¿de acuerdo?

Claudia se conformó con aquella promesa. Nico también se me echó a los brazos y me dio un beso en la mejilla.

— ¿Y también nos leerás un cuento? —Me preguntó con esa vocecilla de diablillo.

—Os leeré todos los cuentos que queráis —les dije con ternura.

Tras despedirme de la familia Müller, Jakob me llevó al aeropuerto. Allí me presentó a Alfred Fischer, un empresario alemán amigo de Jakob que me llevaría a Barcelona en avión privado.

—Disfruta de la Navidad con tu familia y piensa en mí de vez en cuando —me susurró al oído.

—Será difícil no hacerlo todo el tiempo —le respondí con sinceridad. Le besé en los labios y añadí—: Me has dado el mejor regalo de Navidad, no lo olvidaré nunca.

—Entonces, no olvides que tenemos una conversación pendiente.

Me despedí de Jakob y subí al avión con Alfred.

Tres horas más tarde, aterrizábamos en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona.

—Muchísimas gracias por tu amabilidad, Alfred. Significa mucho para mí poder estar con mi familia en Navidad.

—Ha sido un placer disfrutar de tu compañía durante el vuelo —me aseguró Alfred con modestia—. Puede que Jakob haya tardado en sentar la cabeza, pero me alegra saber que ha escogido a la mujer perfecta.

Sonreí ligeramente avergonzada, pero también halagada por el comentario de Alfred. Me despedí de él con un sincero abrazo y corrí hacia la parada de taxi cargando con mi maleta.

Eran casi las tres de la tarde cuando llegué a casa de mis padres. La puerta del edificio estaba abierta y subí en el ascensor hasta la cuarta planta. Suspiré antes de llamar al timbre y, cuando la puerta se abrió y aparecieron mis padres, exclamé:

— ¡Feliz Navidad, familia!