Archivo

Mi rosa de Sant Jordi.

Laia se levantó temprano, se dio una ducha y, tras vestirse, bajó a la calle con la intención de dar un paseo y sentarse en la terraza de la cafetería donde iba a desayunar todos los días antes de ir a la oficina. Era domingo y no tenía que trabajar, un domingo especial, ya que era el 23 de abril de 2017, el día de Sant Jordi.

Como amante de los libros, Sant Jordi era la fiesta local favorita de Laia. Le encantaba pasear viendo los puestos de libros ambulantes por las calles de Barcelona y los vendedores de rosas en cada esquina. Mientras paseaba, la portada de uno de los libros de un pequeño puesto le llamó la atención: “Te amo, ¿cómo te lo digo?” Sin pensarlo dos veces, lo agarró rápidamente para que nadie se lo quitara y leyó la sinopsis en la contraportada. Aquel libro narraba la historia de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo y no sabía cómo decírselo. Pensó en Arnau, su vecino de al lado. Apenas le conocía y le amaba como jamás había amado a nadie, pero no sabía cómo decírselo, por no mencionar el miedo que sentía al imaginar un posible rechazo. Se armó de valor y compró el libro con la intención de dejarlo frente a la puerta de su vecino con un pequeño mensaje.

Sentada en la terraza de aquella cafetería, se tomó un café con leche mientras observaba a los transeúntes pasear en busca de nuevos libros que leer y a los curiosos turistas que admiraban todo aquel jolgorio sin entender qué ocurría.

Sacó de su bolso el libro que había comprado y con el pulso acelerado, escribió en una de las primeras páginas bajo el título del libro: “Te amo, ¿cómo te lo digo? Mi cabeza no deja de darle vueltas a la misma pregunta desde que te conocí y hoy, al ver el título del libro y leer la sinopsis, he podido imaginar cómo se siente la protagonista. No sé cómo acaba la historia de amor de los protagonistas del libro igual que tampoco sé cómo acabará nuestra historia, si es que algún día llega a empezar. Pero no lo sabré si nunca te lo digo: Te amo. Firmado: Laia, tu vecina de al lado.” Suspiró profundamente, cerró el libro y lo guardó de nuevo en su bolso. Ahora solo tenía que encontrar el valor necesario para dejar el libro frente a la puerta de Arnau.

Continuó viendo a la gente pasar hasta que una joven pareja llamó su atención. Paseaban cogidos de la mano, se susurraban al oído y se sonreían con complicidad. En definitiva, una pareja feliz que disfrutaba de un domingo soleado paseando por las calles de la ciudad.

Pensó de nuevo en Arnau, su guapo vecino con el que apenas se atrevía a hablar cuando se encontraba con él en el ascensor. Imaginaba que probablemente él no sabía ni que ella existía, pero Laia se equivocaba. Arnau se había enamorado de ella desde el primer momento que la vio el primer día que se mudó al edificio, cuando trataba de cargar ella sola con un enorme y pesado sillón que no cabía en el ascensor. Arnau se ofreció a ayudarla y entablaron una pequeña conversación que se vio interrumpida por la simpática bienvenida que le brindaron el resto de vecinos. Desde entonces, habían pasado varios meses cruzándose por el rellano, pero ninguno de los dos se atrevía a decirle nada al otro, tan solo se saludaban con un leve gesto de cabeza o comentaban el frío o el calor que hacía en la calle.

Pero ese domingo Arnau la vio salir de cada y decidió seguirla hasta la cafetería donde ella se sentó a desayunar. Se detuvo ante el puesto ambulante de rosas de la esquina y compró una preciosa rosa roja envuelta en papel transparente y atada con un precioso lazo de color rojo. Acto seguido, entró en la cafetería sin que Laia le viera y, tras darle una generosa propina al camarero, le dijo que le entregara la rosa a la chica que estaba sola sentada en una de las mesas de la terraza. El camarero aceptó alegremente, emocionado por formar parte de aquella bella sorpresa que Arnau quería darle a la chica.

Laia seguía pensando en Arnau cuando el camarero se acercó y, tras entregarle la rosa con una amplia sonrisa en los labios, le anunció guiñándole un ojo:

—Esta bella rosa es para la bella señorita, creo que tiene a un caballero completamente enamorado.

Laia aceptó la rosa sin entender nada hasta que se volvió hacia a dónde miraban los ojos del camarero y entonces le vio. Arnau estaba de pie a escasos dos metros de ella y sonría nervioso, esperando la reacción de ella.

— ¿Es para mí tu rosa de Sant Jordi? —Le preguntó Laia sorprendida y emocionada.

—Tú eres mi rosa de Sant Jordi —le respondió él antes de besarla con dulzura.

—Yo también tengo algo para ti —le dijo tímidamente. Sacó del bolso el libro que le había comprado y añadió—: Feliz día de Sant Jordi.

Arnau sonrió al leer el título del libro y, antes de besarla nuevamente, le susurró al oído:

—Te amo, preciosa. Feliz día de Sant Jordi.

Lección de vida.

leccion-de-vida

Si algo había aprendido, era a no malgastar su tiempo. Estaba seguro de que jamás podría volver a amar a una mujer, no después de la traición y el abandono de la innombrable. Desde entonces, no confiaba en las mujeres.  Su tormentosa experiencia le había vuelto un hombre frío, con el corazón congelado.

No quería perder su tiempo ni tampoco hacérselo perder a nadie, por eso siempre era claro y rotundo con cada una de sus conquistas: una sola noche juntos y, a la mañana siguiente, cada uno por su lado. Nada de intercambiar teléfonos ni de volverse a ver, todo acababa ahí.

Así de sencillo, al menos hasta que coincidió de nuevo con su última conquista. Aquella chica de ojos verdes y sonrisa descarada había conseguido captar su interés como ninguna otra lo había hecho. Deseaba otra noche con ella, deseaba acariciarla, abrazarla, besarla y hacerla suya.

Quizás no podía volver a amar, pero era consciente de lo que ella le hacía sentir y la deseaba, la anhelaba como nunca había anhelado a nadie. Deseaba despertarse y verla, mirarla antes de dormirse, disfrutar con ella de un largo baño de espuma en un día lluvioso o abrazarla mientras veían una película en el salón. Siempre había disfrutado de aquellos placeres en soledad, sin embargo, ahora anhelaba disfrutarlos con ella.

¿Cómo se podía echar tanto de menos algo que jamás se había tenido?

No sabía cómo, pero tenía que conseguirlo. Iba a encontrarla y a enamorarla, quería despertarse a su lado todas las mañanas y sentirla desnuda entre las sábanas. La soledad de la que tanto disfrutaba se había convertido en su peor enemigo desde que la conoció.

Había aprendido una valiosa lección y, ahora que había encontrado a una mujer que le hacía sentir, no iba a desperdiciar ninguna oportunidad de seducirla.

El corazón te delata.

El corazón te delata

Entró en el pub y le vio. Estaba con dos amigos tomando una cerveza y parecía estar divirtiéndose.

Cerró los ojos tratando de olvidarle aunque solo fuera por una noche. Hacía mucho tiempo que no salía de copas con sus amigas y esa era una noche de chicas, pero no surtió efecto.

Él seguía estando en su cabeza y sus ojos le buscaban y sus miradas se encontraron. Él sonrió, ella miró hacia otro lado y suspiró con resignación, su papel de mujer fría y distante se venía abajo.

– No puedes pasarte la vida evitándolo ni mintiéndote a ti misma, no sé por qué te cuesta tanto admitir lo obvio -le dijo su mejor amiga al ver que sus ojos miraban en la dirección donde él se encontraba.

– Ahora vuelvo, voy al baño -le respondió a modo de excusa para evitar escuchar por enésima vez la opinión y los consejos de su amiga.

Se encaminó hacia el baño sorteando a la multitud que por allí bailaba y bebía como si se fuera a acabar el mundo. Cuando estaba a punto de atravesar la puerta del baño de mujeres, alguien la agarró del brazo y la detuvo.

No tuvo que dar media vuelta para saber de quién se trataba, su cuerpo lo reconoció de inmediato y toda su piel se erizó. No tenía ninguna duda, era él.

– ¿Hasta cuándo vas a seguir huyendo de mí? -Quiso saber él. No obtuvo respuesta y, tras acercar sus labios a los de ella, añadió con la voz ronca: – Mírame a los ojos y dime que no me deseas, dime que no sientes nada. Dímelo.

Se sostuvieron la mirada, el corazón de ella comenzó a palpitar con fuerza, tanto como para que él lo escuchara.

– Da igual lo que digas, tu corazón te delata -insistió él.- Ambos anhelamos lo mismo, pequeña.

No esperó más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó con urgencia y necesidad. Ambos sabían lo que aquello significaba, se estaban entregando el corazón el uno al otro en aquel beso.

Sorpresa de San Valentín.

El día de San Valentín llegó y yo decidí pasar la tarde estudiando, sin ninguna intención de salir a la calle y odiando cada vez más a Alec por no dar señales de vida. Quizás Kate tuviera razón, tal vez Alec me había dicho que estaría fuera de la ciudad por trabajo para evitar estar conmigo en San Valentín. Tan solo hacía un mes que nos conocíamos y apenas habíamos intercambiado un par de besos, una cita el día de San Valentín era demasiado para el punto en el que se encontraba nuestra relación, si es que podía llamarse así.

Cansada de estudiar leyes y procedimientos jurídicos, me preparé un baño con sales aromáticas y me hundí en el agua caliente de la bañera. Me fumé un cigarro y me bebí una copa de vino disfrutando del baño hasta que el agua comenzó a enfriarse. Estaba secándome con una toalla cuando escuché el timbre de la puerta. Miré el reloj, eran las ocho de la tarde. Me puse el albornoz y me dirigí al hall. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta y me quedé paralizada al ver quién era. Era él. Alec estaba frente a mi puerta y la noche de San Valentín, había aparecido en el momento más oportuno y había echado por tierra las sospechas de Kate. Nuestras miradas se encontraron, una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios y, mirándome de arriba abajo, me saludó manteniendo las distancias:

—Quizás debería haber llamado antes de venir… ¿estás ocupada?

Adiviné lo que estaba pensando y no pude evitar sonreír al comprobar cómo contenía su curiosidad para no preguntar lo que realmente quería saber.

— ¿Cuándo has llegado? —Fue lo único que fui capaz de decir.

—He aterrizado hace un par de horas, me he dado una ducha en el trabajo y he venido a verte, ni siquiera he pasado por casa. ¿Me invitas a entrar?

Asentí con un leve gesto de cabeza y me eché a un lado para dejarle entrar en casa. Pasó por mi lado y, tras cerrar la puerta, se paró frente a mí y me susurró:

—Estás preciosa.

Acarició mi mejilla con el dorso de la mano y cerré los ojos al notar cómo se erizaba mi piel debido al contacto. Rodeó mi cintura con su brazo y me estrechó contra su cuerpo al mismo tiempo que me besaba con extrema lentitud. Despegó sus labios de los míos haciendo un gran esfuerzo y, tras un suspiro cargado de frustración, musitó entre dientes:

—Será mejor que te vistas, no quiero que cojas frío.

Aquellas palabras no presagiaban nada bueno, pero tampoco me adelanté a preguntar. Era la primera vez que un hombre me pedía que me tapase con más ropa y no sabía cómo interpretarlo. En lugar de pensar que quizás Alec no me deseaba como mujer, me armé de seguridad y le dije:

—Iré a vestirme, sírvete una copa de vino mientras regreso.

Di media vuelta y me dirigí a mi habitación para vestirme. Decidí ponerme unos tejanos pitillo, un jersey de cuello de cisne y unas botas altas. Me quería tapada y así me iba a tener. Ni siquiera me maquillé, tan solo me sequé el pelo y fui en su busca.

Le encontré sentado en el sofá del salón bebiendo de su copa de vino mientras echaba un vistazo a mis apuntes de derecho penal. Estaba muy sexy sin pretenderlo, se sentía cómodo y natural vestido con unos tejanos y un jersey negro. Se volvió hacia a mí al notar mi presencia y se puso en pie. Me miró de arriba abajo con sorpresa, talvez esperaba verme con un vestido elegante y que tuviera planes para esta noche. Miré el reloj, solo eran las ocho.

—Todavía no me has dicho si tienes planes para esta noche —comentó mirándome a los ojos.

No era una pregunta, pero esperaba una respuesta. Le hice un gesto para que se sentara de nuevo en el sofá, me senté junto a él y, mientras rellenaba nuestras copas de vino, le dije:

—Tenía pensado pedir algo de comida a domicilio y ver una película, probablemente alguna comedia romántica y así tener una excusa para comerme el bote de helado de chocolate que guardo en el congelador —bromeé.

—Es un plan muy tentador —se mofó—. ¿Te importa si te hago compañía?

—Para nada, pero si te vas a quedar debes saber que pienso ponerme cómoda —le advertí.

—Me he arrepentido de pedirte que te vistieras en cuanto las palabras han salido de mi boca, no me hagas caso si vuelvo a decírtelo.

—Lo tendré en cuenta. Dime, ¿qué te apetece cenar? ¿Comida japonesa, china, pizza, kebab?

—Si esas son las opciones, prefiero la pizza.

—Genial, coge uno de los folletos de publicidad y pide lo que quieras —le dije señalando los papeles que había junto al teléfono de la mesa auxiliar—. Voy a ponerme cómoda.

Media hora más tarde, Alec y yo estábamos sentados en el sofá comiendo pizza y viendo una película de comedia romántica en la televisión. Alec me abrazó todo el tiempo, pero no intentó un mayor acercamiento hasta que la película terminó.

—Ha sido una película… interesante —comentó haciendo un esfuerzo por encontrar la palabra adecuada.

—No te ha gustado —deduje divertida.

—No es un género que me guste, pero puedo soportarlo solo por verte sonreír.

— ¿Aunque te haya obligado a ver una película ridícula y vaya vestida con un pijama de corazones?

—Sobre todo si vas vestida con ese pijama de corazones tan sexy —bromeó en un susurro mientras acercaba sus labios a los míos—. Giselle…

Me excitaba oírle pronunciar mi nombre de aquella manera tan sensual y premonitoria. Me besó despacio y se abrió paso por mi boca para acabar besándonos salvajemente. Me colocó a horcajadas sobre él y me quitó la parte superior del pijama, quedándome en sujetador. Siguió besándome mientras sus manos recorrían mi cuerpo, pero se detuvo cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar por enésima vez.

—Nena, si no vas a cogerlo será mejor que lo apagues.

—Dame dos minutos, puede que sea importante.

Me levanté y cogí el teléfono móvil, era Steve quien llamaba con tanta insistencia.

—Espero que sea importante —bufé nada más descolgar.

— ¿Te he fastidiado el plan de San Valentín?

— ¿Qué quieres?

—Supongo que eso es un sí —se mofó—. En fin, solo llamaba para decirte que iré a verte la próxima semana, pasaré unos días en Virginia Beach y me preguntaba si podía hospedarme en tu nueva casa.

—Ya sabes que mi casa es tu casa, Steve. Además, tengo ganas de verte.

—Y yo a ti, pequeña —me confesó con sinceridad—. Diviértete y llámame si tengo que partirle la cara a alguien, recuerda que todos los hombres son unos capullos.

—Tranquilo, sé cuidarme sola. Buenas noches, Steve —me despedí antes de colgar.

Regresé de nuevo junto a Alec, pero lo noté distante.

— ¿Va todo bien?

—Iba a preguntarte lo mismo —me respondió con cierto tono de reproche en la voz.

—Toda va bien, era Steve, me llamaba para decirme que la próxima semana pasará unos días en la ciudad…

—Y le has ofrecido tu casa para que se hospede —acabó la frase.

—Así es —le confirmé.

— ¿Puedo preguntarte quién es ese Steve?

—Steve es mi mejor amigo, es como un hermano mayor para mí.

—Si es como un hermano, entonces no…

—No, no hay ninguna relación sentimental ni sexual entre Steve y yo, si es eso lo que quieres saber —zanjé la cuestión—. Y, si has terminado con el interrogatorio, me gustaría seguir con lo que estábamos haciendo antes de que nos interrumpieran.

—Ven aquí, caprichosa —me ordenó al mismo tiempo que me agarraba de la cintura y me colocaba de nuevo a horcajadas sobre él—. Creo que, antes de que nos interrumpieran, estábamos besándonos mientras acariciaba cada milímetro de tu piel que había quedado al descubierto.

Continuó besándome y desnudándome despacio. Acarició los bordes de mi sujetador rozando la piel de mis pechos, siguiendo por la espalda hasta encontrar el cierre y abrirlo, dejando mis pechos al descubierto.

—Eres preciosa —susurró con la voz ronca antes de llevarse a la boca uno de mis pezones para lamerlo y mordisquearlo, y a continuación hacer lo mismo con el otro. Soltó un gruñido gutural de la garganta y añadió poniéndose en pie conmigo en brazos—: Necesitaremos un sitio más cómodo, ¿dónde está tu habitación?

—En la planta de arriba —respondí rodeando su cuello con mis brazos.

Subió las escaleras cargando conmigo en brazos y le guie hasta mi dormitorio. Abrió la puerta y recorrió toda la estancia con la mirada antes de entrar. Caminó hacia a la cama y me depositó suavemente sobre ella. Hizo que me tumbara y terminó de desnudarme deshaciéndose de mis pantalones y mis braguitas.

—Me temo que no estamos en igualdad de condiciones —ronroneé colocándome de rodillas sobre la cama y quedando a la altura de su pecho—. Ahora me toca a mí.

Alec sonrió excitado, sus ojos estaban brillantes y su intensa mirada recorría mi cuerpo una y otra vez como si quisiera devorarme. Agarré el borde inferior de su jersey y lo deslicé hacia arriba para quitárselo con su ayuda. Hice lo mismo para deshacerme de su camiseta y seguí desabrochando los botones de su pantalón tejano, pero Alec se impacientó y acabó quitándose el pantalón y los bóxer él mismo.

—Supongo que la paciencia no es una de tus virtudes —bromeé con coquetería.

—No lo es cuando se trata de ti —me respondió abalanzándose sobre mí para apoderarse de mi boca. Acarició mi entrepierna para comprobar si estaba húmeda y añadió—: Nena, quiero estar dentro de ti.

Alargué el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y saqué un preservativo, cortesía de Steve para que estrenara mi nueva casa de la manera más divertida. A Alec no le pareció tan divertido cuando alzó la vista y vio el cajón repleto de preservativos.

—Supongo que debo parecerte una pervertida, pero te aseguro que tengo una explicación —le dije tratando de contener la risa.

—No es algo que esté acostumbrado a ver —bromeó y añadió sonriendo—: Ya hablaremos de eso en otro momento.

Se puso el preservativo, colocó su miembro en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente. Sonrió lascivamente cuando estuvo por completo dentro de mí y se me escapó un gemido de la garganta que no fui capaz de contener.

—No te reprimas, nena —me ordenó en un susurro al mismo tiempo que comenzó a entrar y salir de mí una y otra vez.

Traté de moverme para cambiar de posición, el misionero no era una de mis posturas favoritas, y Alec, adivinando mis intenciones, me dejó hacer. Me coloqué a horcajadas sobre él y llevé el ritmo de las embestidas mientras él me ayudaba a subir y bajar agarrándome del trasero. Nos besamos con urgencia, mis manos recorrieron su musculoso tórax y noté cómo se tensaba. Deslizó una de sus manos entre nuestros cuerpos hacia mi entrepierna, encontró mi clítoris y lo estimuló con movimientos circulares y con unos suaves toques de presión con el pulgar. Todo mi cuerpo se estremeció, el orgasmo estaba cerca y no quería que ese momento terminara nunca.

—Vamos nena, córrete conmigo.

Aquellas palabras fueron más una orden que una petición, pero mi cuerpo obedeció al instante y ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y me arrastró con él, envolviéndome con sus brazos mientras seguía dentro de mí. Me mantuvo abrazada hasta que nuestras respiraciones se normalizaron y, sin quitarme de encima, salió de mí, se quitó el preservativo y lo anudó antes de dejarlo en el suelo. Me besó en la cabeza y me preguntó con voz ronca:

— ¿Estás bien, nena?

—Hacía tiempo que no estaba tan bien.

—Me alegra oír eso —murmuró entre dientes .

Alec no me dio tregua y se abalanzó sobre mí, intercambiando nuestras posiciones con un rápido movimiento. Se puso un preservativo que cogió del cajón de la mesita de noche, colocó mis manos por encima de mi cabeza y las unió a las suyas, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Un gemido arrollador salió de mi garganta y Alec, dedicándome una sonrisa socarrona, me dijo:

—Feliz San Valentín, nena.

Unió de nuevo su cuerpo al mío con una suave estocada, deslizándose dentro de mí y llenándome por completo.

Hicimos el amor una y otra vez hasta que nos quedamos dormidos por el agotamiento. El sonido de la alarma del teléfono móvil me despertó y al abrir los ojos mi mirada se encontró con la de Alec. Me estrechó entre sus brazos, me besó en la sien y me susurró al oído:

—Creo que ya hemos hecho suficiente ejercicio como para no salir a correr esta mañana, quédate un rato más en la cama, yo te llevaré a la universidad.

—Creo que hoy no voy a ir a clase, me voy a tomar el día libre —estaba cansada y me sentía demasiado bien entre los brazos de Alec—. Le enviaré un mensaje a Kate para que no me espere.

Entorné los ojos para que la luz del teléfono móvil no me deslumbrara, busqué el contacto de Kate en la agenda y le escribí un mensaje: “He pasado mala noche y apenas he dormido, no iré a clase hoy, nos vemos mañana.”

— ¿Por qué le has dicho que has pasado mala noche? —Me preguntó Alec con el ceño fruncido al leer el mensaje que le había enviado a Kate.

—Si le hubiera dicho la verdad, es capaz de presentarse aquí para someterme a un interrogatorio —le respondí acurrucándome contra su pecho—. Prefiero quedarme en la cama contigo.

Me coloqué a horcajadas sobre él y, con un sugerente movimiento circular, comencé a rozar mi entrepierna con la suya.

—Nena…

No dijo nada más, intercambió nuestras posiciones y me devoró la boca. Me satisfacía por completo, pero no me saciaba de él.

—Vas a acabar conmigo —murmuró mientras se colocaba un preservativo.

Me penetró lentamente, con una suavidad extrema e innecesaria. Traté de moverme y mostrarme activa, pero Alec me lo impidió como todas las otras veces exceptuando la primera, le gustaba tener el control y marcar el ritmo. Por alguna razón, Alec se lo tomó con calma. Entró y salió de mí despacio, recorrió mi cuello con la boca dejando un reguero de besos hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo mordisqueando y lamiendo mis pezones. Una vez más, me hizo tocar el cielo con las manos. Todo mi cuerpo se convulsionó y estallé en mil pedazos, gimiendo sin reprimirme al sentir la intensidad de aquel orgasmo. Alec se tensó y, tras dos embestidas, soltó un gruñido gutural al alcanzar el clímax. Se dejó caer a un lado para no aplastarme, se quitó el preservativo, lo anudó y lo tiró al suelo. Cogió un par de servilletas de papel que habíamos dejado sobre la mesita de noche y se limpió para después limpiarme a mí. Volvió a acomodarse a mi lado, me envolvió con sus brazos y, antes de volver a quedarme dormida, me susurró al oído:

—No me sacio de ti, nena.

Ahora o nunca.

Ahora o nunca

“A veces no hay próxima vez, ni segundas oportunidades; a veces, es ahora o nunca.”

 

Diana estaba nerviosa, caminaba de un lado a otro de la habitación y de vez en cuando se le escapaba una risita nerviosa. Su madre sonrió con ternura al verla y, creyendo que esos nervios se debían a los nervios típicos de horas antes de la boda, se acercó a ella y le aseguró:

−Estás preciosa, cariño. Rubén se quedará sin palabras cuando te vea entrar en la iglesia.

Diana trató de forzar una sonrisa, pero solo logró hacer una pequeña mueca. Su madre la besó en la mejilla y la dejó a solas unos minutos para que se calmara. Esperó a que su madre se hubiera marchado y se miró de nuevo en el espejo.

Se suponía que aquél tendría que ser el día más feliz de su vida, iba a casarse con el hombre con el que tantas veces había soñado: un hombre bueno, responsable, trabajador y, lo más importante, con un hombre que la adoraba. Sin embargo, no se sentía feliz. Entre ellos no existía esa magia especial, no sentía mariposas en el estómago cuando lo miraba ni se le aceleraba el corazón cuando lo besaba.

Quería a Eduardo, pero no estaba enamorada de él. Eduardo lo sabía, pero confiaba en enamorarla con el tiempo y con eso se conformaba. Habían pasado dos años desde el inicio de su relación y hoy era el Gran Día, pero Diana tenía más dudas que nunca.

−Si te casas con Eduardo, no serás feliz.

Dio media vuelta y se encontró a Estela, su mejor amiga. Diana suspiró abatida y se sentó a los pies de la cama, jugando con su anillo de compromiso. Estela nunca había aprobado aquella relación, Eduardo era un hombre perfecto, pero no era el adecuado para Diana. La conocía mejor que nadie y sabía que su amiga solo estaba con Eduardo por la comodidad que le daba, pero no porque lo amara. Además, durante los dos últimos meses había podido observar cómo Diana coqueteaba con Rubén, el vecino policía. Entre ambos existía una tensión sexual no resuelta que era palpable en el ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso: él porque sabía que ella estaba prometida; ella porque su vida era demasiado cómoda y no quería fastidiarla.

−Rubén fue a verme anoche al apartamento –comenzó a decir Diana, iniciando una de esas terapias de amigas que tanto detestaba pero que en aquel momento necesitaba.− Me confesó que estaba enamorado de mí y que, aunque no pretendía arruinar nuestra amistad, tampoco podía quedarse de brazos cruzados y sin hacer nada cuando yo estaba a punto de casarme con otro hombre. Y me besó y le correspondí, pero se separó de mí a los pocos segundos, me deseó que fuera feliz y se marchó. Minutos después oí cerrarse la puerta de su apartamento, miré por la mirilla y lo vi entrar en el ascensor cargando con una maleta. Se ha ido –añadió conteniendo las ganas de llorar.− Creo que estoy enamorada de él y estoy a punto de casarme con otro hombre.

− ¡Por fin lo reconoces! –Exclamó Estela aliviada de ver que su amiga entraba en razón.− Aunque ya lo podrías haber hecho un poco antes. ¡Joder, has tenido que esperar a tener el vestido de novia puesto!

− ¡No me presiones más! –Le reprochó Diana a su amiga y añadió sollozando: − No sé qué voy a hacer…

−No quería decírtelo tan tajante, pero tienes que cancelar la boda –opinó Estela.− No puedes casarte con Eduardo si estás enamorada de Rubén.

−No puedo cancelar la boda sin más, tengo que hablar con Eduardo.

−Y, ¿qué piensas hacer con Rubén? ¿Vas a dejar que se marche? Él ya ha hecho todo lo que está en su mano, ha dejado la pelota en tu tejado y te toca mover ficha.

−Me caso en tres horas y estoy a punto de cancelar la boda, creo que ya es bastante.

−Te equivocas, estás cancelando la boda porque Eduardo no es el hombre con quien quieres pasar el resto de tu vida. Rubén te ha confesado que está enamorado de ti, pero tú no le has dado una respuesta –insistió Estela.

−Necesito tu coche.

−Voy contigo, no puedes conducir así –dijo señalando su vestido de novia.

−Ya me apañaré, tú tienes que quedarte aquí y evitar que descubran que me he marchado, al menos el tiempo suficiente para salir de aquí sin que nadie me vea. Dame las llaves del coche y tu móvil, tú quédate el mío y, cuando descubran que me he marchado, di que he dejado mi móvil aquí.

Estela hizo lo que su amiga le había pedido. Bajó al salón junto a la familia de Diana y los entretuvo mientras Diana salía a hurtadillas de la casa, se subía al todoterreno de Estela y, tras arremangarse el vestido, arrancó el motor del vehículo y salió de allí sin ser vista.

Diana se dirigió directamente a casa de Eduardo. Sabía que le había dado el día libre al personal de servicio y que había quedado con su familia una hora antes de la boda, así que estaría solo en casa. Aparcó el todoterreno frente a la puerta principal y entró en la casa. Caminó hacia el despacho donde intuyó que lo encontraría y no se equivocó.

−Diana, ¿qué estás haciendo aquí? –Le preguntó sorprendida al verla con el vestido de novia y a falta de tres horas para la boda.

−No puedo hacerlo, Eduardo. Lo siento.

Diana se echó a llorar y Eduardo la abrazó. Sabía que ella no lo amaba, pero confiaba en lograrlo con el paso del tiempo. Durante las últimas semanas la había notado distraída y distante, sospechó que algo no iba bien y confirmó sus sospechas cuando una noche el vecino de al lado fue hacerle una visita. La notó incómoda e intuyó que algo sucedía, pero tampoco le dio demasiada importancia. Hasta que la noche anterior, el vecino decidió hacerle una visita y le confesó que estaba enamorado de su prometida. Le pidió que la dejase ir, que no arruinara la vida de ella atándola de por vida a un hombre del que no estaba enamorada porque la haría infeliz. Eduardo sabía que aquel hombre tenía razón, Diana no sería del todo feliz a su lado, pero no iba a ser él quien la dejara el día antes de la boda.

−No lo sientas, solo promete que serás feliz y ve a buscarle –la animó Eduardo.

Diana agradeció aquellas palabras de comprensión, le dio un abrazo de despedida y subió de nuevo al todoterreno. Ahora tenía que encontrar a Rubén. Llamó a Estela por teléfono, quién la informó que ya habían descubierto que se había fugado, también había llamado a un compañero de Rubén con el que se veía de vez en cuando y le había dicho que Rubén había pedido unos días libres en el trabajo y se había marchado al pueblo de sus padres, situado a dos horas en coche de distancia.

Diana no se lo pensó dos veces y, tras insertar la dirección en el GPS del vehículo, se dirigió hacia allí. Toda la valentía y seguridad que sentía se esfumó en cuanto aparcó frente a la casa de los padres de Rubén. Se sintió estúpida y ridícula vestida con el traje de novia, no sabía qué decir y se avergonzaba al imaginar lo que pensaría la familia y los vecinos de Rubén.

−Ahora o nunca –se dijo para armarse de valor.

Bajó del coche decidida a encontrarse con el hombre que la hacía feliz. Atravesó la puerta del jardín y lo vio jugando a la pelota con dos niños pequeños. Sus miradas se cruzaron y ambos se quedaron paralizados. Él la miraba sin poder creerse que estuviera allí, pero rápidamente sus labios esbozaron una enorme sonrisa que ella le devolvió al instante. Rubén se acercó a ella, la agarró por la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

−Yo también te amo –le confesó Diana con un hilo de voz cuando sus labios se despegaron.