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Una tentación irresistible 30.

Una tentación irresistible

Pasadas dos semanas, Samuel y Helena regresan a la ciudad. El día anterior Ray les había informado que la policía había detenido a Eduardo Vidal por secuestro y tentativa de homicidio, además de otros delitos como fraude. Helena no entendía muy lo que aquello significaba, pero se relajó cuando Samuel le explicó que pasaría veinte años a la sombra.

Helena se había puesto tan contenta que llamó a las chicas, incluyendo a Sarah, Noelia y Cristina, para organizar una noche de chicas para el viernes, a la cual se acabaron invitando los chicos, lo que hizo que Samuel tuviera que adelantar un par de días el regreso a la ciudad, pese a que él hubiera preferido disfrutar a solas de la compañía de Helena.

Llegaron a Barcelona por la tarde y Helena quiso ir a su piso para ducharse y arreglarse, pero Samuel la convenció para ir al ático alegando que no quería separarse de ella. Helena cedió y los dos acabaron duchándose juntos en el ático y llegando tarde al bar de Pepe donde sus amigos les esperaban, fueron los últimos en llegar.

–          Ya era hora, pensábamos que os habíais entretenido aparcando… – Se mofó Laura, que sonreía sentada al lado de Miguel.

–          Bueno, ¿qué tal han ido las vacaciones, parejita? – Pregunta Sarah divertida.

–          Demasiado cortas. – Opinó Samuel besando en los labios a Helena.

La cena transcurre entre risas y bromas, doce amigos, seis parejas, disfrutando de una noche alegre de verano. Después fueron a tomar una copa al Queen y Helena aprovechó para hablar con Silvia y terminar de arreglar la disputa que habían tenido la noche en que Silvia invitó a Jorge al Queen. Aunque por su parte ya estaba olvidado, Helena quería dejarlo claro.

Samuel no era capaz de separarse de Helena más de un par de minutos e iba en su busca, la envolvía entre sus brazos y la besaba en los labios apasionadamente para luego decirle a modo de susurro al oído:

–          Cariño, me vuelves loco.

–          Mmm… Me gusta que me llames así. – Le susurró Helena sonriendo con picardía. Tenía ganas de jugar y Samuel se lo estaba poniendo fácil. – Pero me gusta más cuando me llamas nena con esa voz ronca y excitada.

–          Helena… – Le advirtió Samuel.

–          Uf, cuando me llamas por mi nombre es porque estás enfadado o molesto, y te aseguro que en este momento no estoy buscando al Samuel ogro gruñón. – Le respondió Helena colocando sus manos alrededor de su cuello.

–          Nena, ¿estás tratando de volverme aún más loco? – Le preguntó Samuel estrechándola entre sus brazos. – Porque creo que lo estás consiguiendo…

–          ¡Por favor, dejad algo para cuando lleguéis a casa! – Les dijo Laura bastante achispada despegándolos. Y, tirando del brazo de Helena, le dijo a Samuel: – Te robo a Helena un momento, necesito hablar con ella.

–          ¿Qué ocurre? – Le preguntó Helena cuando se apartaron en un rincón del pub.

–          Creo que he encontrado a mi príncipe azul, al de verdad, pero necesito que me des tu opinión, tú siempre has sido la más normal de las tres. – Le suelta Laura animada por las copas de más.

–          ¿Quieres que te dé mi opinión sobre Miguel?

–          Sí, bueno, tu opinión sobre lo mío con Miguel. – Le confirmó Laura.

–          Laura, apenas conozco a Miguel, tan solo sé de él lo que tú me has contado, no puedo darte una opinión sobre él ni sobre lo vuestro. – Le contestó Helena. – Lo único que puedo decirte es que si te trata bien y te hace sentir bien, no tienes nada de lo que tener miedo y seguir adelante, que pase lo que tenga que pasar.

–          La verdad es que nos divertimos mucho juntos, es una auténtica fiera en la cama, ¡tendrías que verlo!

–          ¿Eres consciente de lo que acabas de decir? – Se burló Helena.

–          Tienes razón, no quiero que lo veas en la cama. – Rectificó Laura riendo a carcajadas.

–          ¿Se puede saber qué cotilleáis tanto las dos? – Las reprendió Miguel.

–          Hazme caso, no quieres saberlo. – Le respondió Laura sin dejar de reír.

Samuel se les une y, abrazando a Helena desde atrás, les pregunta:

–          ¿Qué os parece tan divertido?

–          Dicen que no lo queremos saber, así que mejor no preguntar. – Le contesta Miguel divertido.

–          Conociéndolas, seguro que hablaban de sexo. – Apuntó Ramiro que se unió a la conversación abrazado a Sarah. – Se suponía que era una noche de chicas y, aunque al final haya sido una noche de parejas, ¿de qué esperabais que hablaran?

–          Ya que lo mencionas, aún no le hemos preguntado a Sarah qué tal eres en la cama. – Le suelta Laura sin pudor. – Dime Sarah, ¿es de los que te lo hacen de pie sobre la encimera de la cocina o sobre la cama y con la luz apagada?

–          Dios, yo no quiero escuchar la respuesta. – Les dijo Helena tapándose los oídos con las manos como si fuera una niña de cinco años.

–          Yo tampoco quiero oírlo. – Sentenció Samuel. Pegó sus labios al oído de Helena y le susurró con voz ronca: – Vámonos a casa, nena.

Helena no se lo pensó dos veces, asintió con la cabeza y se apresuró en despedirse de todos sus amigos. Cuando se despidió de su hermano Ramiro, éste le dijo que Lourdes quería que fueran a comer el domingo y quería que fuesen acompañados por Sarah y Samuel. Helena le respondió que lo hablaría con Samuel y al día siguiente lo llamaría. Después se despidió de las chicas, recordándoles que tenían pendiente una noche solo de chicas y todas la secundaron, aunque a los chicos no les hacía demasiada gracia.

Cuando llegaron al ático, Samuel tenía la mosca detrás de la oreja y, mirando a Helena a los ojos un tanto incómodo, le preguntó:

–          ¿Hay algo entre nosotros que no funcione?

–          ¿Por qué me preguntas eso?

–          No sé, supongo que porque me gustaría que si hay algo que no funciona me lo dijeses a mí antes que a tus amigas. – Le responde Samuel frunciendo el ceño.

–          Creo que vas a tener que explicármelo mejor, me he perdido.

–          ¿De qué os reíais Laura y tú que no nos lo habéis querido decir?

Helena sonrío. No esperaba para nada aquella salida y le gustó que Samuel se preocupara por el bienestar de su relación, aunque no tenía motivo alguno para hacerlo. Helena le abrazó y le besó en el cuello antes de decirle con voz dulce:

–          Laura estaba poniendo por las nubes a Miguel, me dijo que se lo pasaba muy bien en la cama con él y que tendría que verlo en acción.

–          ¿Te dijo que tenías que verlo? – Preguntó Samuel medio enfadado y medio sorprendido.

–          Eso dijo, pero cuando lo pensó rectificó y ambas nos echamos a reír, fue entonces cuando apareció Miguel y preguntó de qué nos reíamos, ¿qué querías que le dijésemos? – Le explicó Helena riendo.

–          ¿Les hablas a las chicas de mí? – Le preguntó Samuel alzando las cejas y sonriendo maliciosamente.

–          Sí.

–          Y, ¿qué les cuentas?

–          Básicamente, todo.

–          Entonces, será mejor que empiece a hacerte el amor antes de que les digas que no cumplo con mis obligaciones.

–          ¿Desde cuándo está entre tus obligaciones satisfacerme sexualmente? – Le preguntó Helena entre risas.

–          Desde que somos… ¿pareja? Novios me suena a la adolescencia. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros. – Mi prioridad ahora es satisfacer todos tus deseos, ya sean sexuales o de cualquier otro tipo, nena.

Samuel la cogió en brazos y la llevó a la suite, donde salieron a la terraza y activó el jacuzzi. La dejó un momento en el suelo y entró en el baño para coger un par de albornoces, los necesitarían después. Se desnudaron e hicieron el amor apasionadamente en el jacuzzi. En el regazo de Samuel subida a horcadas sobre él y envuelta por sus brazos, Helena susurró con un hilo de voz:

–          Te quiero.

–          Yo también te quiero, cariño. – Le respondió Samuel sonriendo y estrechándola con fuerza sobre su pecho. – Empezaba a pensar que jamás te lo oiría decir.

Ambos se besaron con verdadera devoción y volvieron a hacer el amor. Aquella noche, ambos perdieron la cuenta de las veces que se dijeron “te quiero”.

 

FIN

Una tentación irresistible 29.

Una tentación irresistible

Helena no se despierta hasta que llegan a Cadaquès. Cuando abre los ojos y ve a través de la ventanilla del coche las casas blancas con el mar de fondo una sonrisa se dibuja en su cara. Sin duda un lugar así la inspiraría para seguir escribiendo. Levanta la cabeza para mirar a Samuel y también le ve sonreír, le gusta ver su sonrisa nada más despertarse.

–          Debes pensar que soy una marmota, me paso el día durmiendo. – Le dice Helena avergonzada.

–          Me encanta mirarte mientras duermes y me gusta ser lo primero que ves al despertarte.

–          Y a mí me gusta abrir los ojos y encontrarme con tu sonrisa. – Le responde Helena devolviéndole la sonrisa. Samuel la mira sorprendido y sonríe. – ¿Qué pasa?

–          Nada. – Le responde Samuel besándola en los labios. Ray detiene el coche y Samuel anuncia: – Ya hemos llegado, cariño.

Helena bajó del coche antes de que a Samuel le diera tiempo a detenerla, pero no tardó en alcanzarla. Helena se alejó hasta apoyarse en el muro de piedra que rodeaba el terreno y se quedó en silencio contemplando las hermosas vistas que tenía desde allí. Sin duda alguna Cadaquès es un pueblo muy tranquilo y eso la relajó, no tenía ganas de ruidos, gentíos y alborotos. Samuel la abrazó desde la espalda y le preguntó:

–          ¿Quieres que te enseñe la casa?

Helena asintió con la cabeza y Samuel la guio hacia a la entrada principal de la casa colocando una mano sobre la parte baja de la espalda de Helena. Mientras Ray sacaba el equipaje del maletero y lo entraba en casa, Samuel se dedicó a enseñarle la planta baja a Helena, que era tipo loft. Nada más entrar un hall abierto daba acceso a tres direcciones: en el centro, las escaleras que llevaban a la planta superior; a la izquierda estaba la cocina-comedor, una amplia estancia muy iluminada; a la derecha, un enorme salón con chimenea, sofás, una mesa de billar y una televisión de por lo menos cincuenta pulgadas. Debajo de las escaleras, ocupando unos 6 m2, hay un aseo. Ray entra con el equipaje y con un matrimonio de unos sesenta años que saludan a Samuel afectuosamente.

–          Cariño, ellos son Jesús y Juana, los cuidadores de la casa. – Le dice Samuel a Helena. Se vuelve hacia el matrimonio y añade: – Ella es Helena, mi… pareja.

Helena les saludó con timidez al mismo tiempo que las palabras de Samuel retumbaban en su cabeza. ¿Su pareja? Decidió ignorar aquel comentario, no quería preocuparse por lo que aquello pudiera significar y mucho menos hacerse ilusiones. Samuel continuó enseñándole la casa y la lleva a la planta superior. Le pide a Ray que deje el equipaje en la habitación principal y le enseña a Helena las otras habitaciones, dejando la suya para la última. Cuatro habitaciones y un despacho, cinco en total.

–          Esta es nuestra habitación, ¿te gusta? – Le pregunta Samuel abriendo la puerta de la habitación y mostrándole a Helena una amplia estancia pintada de blanco, muy iluminada, con una cama enorme, una cómoda, un tocador y un sofá de dos plazas también de color blanco. – Ahí están el vestidor y el baño. – Añade señalando las dos puertas que Helena contempla. La rodea con sus brazos y le susurra al oído: – Ven, quiero enseñarte las vistas desde nuestra terraza.

Samuel la coge de la mano y tira de ella para salir a la terraza. Helena se queda prendada de la maravillosa vista que desde allí se contempla. Mar, montaña y serenidad.

–          ¿No vas a decir nada? – Pregunta Samuel algo tenso. – Si no te gusta podemos ir dónde tú quieras y…

–          Es perfecto. – Le interrumpió Helena dando media vuelta para quedar frente a él y poder besarle en los labios. – Gracias, Samuel.

–          No tienes nada que agradecerme.

–          Puede que al principio fueras un ogro gruñón, pero últimamente estás siendo muy bueno conmigo, demasiado diría yo. – Bromeó Helena.

–          Y eso, ¿es algo malo? – Pregunta Samuel desconcertado.

–          Puede que me acostumbre. – Le responde Helena ruborizada.

–          Será mejor que te acostumbres, nena. – Le susurra Samuel estrechándola entre sus brazos. – Voy a cuidarte como a una reina, o mejor dicho como a una princesa de las guerreras.

Helena y Samuel pasaron los días tomando el sol y bañándose en la playa, paseando por el precioso pueblo de casitas impecablemente blancas y haciendo el amor numerosas veces por la noche. A Helena le alegró saber que la habitación de Ray daba al otro lado de la casa, se moría de la vergüenza solo de pensar que podía oírles por las noches. Por las tardes Helena se dedicaba a continuar escribiendo su novela y Samuel aprovechaba para ponerse al día con Ray sobre la investigación. Esa tarde Ray tenía novedades y no le iban a gustar a Samuel.

–          La familia de Carla la ha ingresado en una clínica privada, al parecer ha intentado suicidarse. – Le empieza a decir Ray. – También hemos confirmado que la información que obtuvo Eduardo Vidal sobre Helena la averiguó a través de Carla, que a su vez lo supo por Jorge Sanz, el ex prometido de Helena. A Carla no le pasó por alto con quién había acudido a la inauguración del rascacielos y supo dónde encontrarlo. Carla solo tuvo que preguntar y el despecho que él sentía hizo el resto. – Samuel asintió y Ray prosiguió hablando: – Hay algo más que quiero decirte, Samuel. Pero no quiero que te lo tomes a mal ni que te ofendas.

–          Dime lo que sea, Ray.

–          Si ese tipo está despechado, estoy seguro de que ha intentado interferir en vuestra relación indirectamente. – Le dice Ray. – Creo que deberías hablar con Helena, puede que ella sepa algo que nosotros no sepamos.

–          ¿Insinúas que me está ocultando algo? – Le pregunta Samuel desconcertado.

–          Yo no insinúo nada, tan solo te pido que te asegures de que no sabe nada que nosotros no sepamos. – Lo corrigió Ray que tenía presente eso de “entre parejas y hermanos no metas la mano”.

Samuel asintió, confiaba en Ray y sabía que era un buen profesional. Salió del despacho y se dirigió a su habitación en busca de Helena, donde la encontró en la terraza escribiendo en su portátil. Se quedó en silencio unos minutos observando cómo escribía, sin querer interrumpirla, hasta que ella se percató de su presencia y, volviéndose para mirarle, le preguntó:

–          ¿Ocurre algo?

–          ¿Podemos hablar un momento?

–          Claro. – Le respondió Helena poniéndose en pie.

Samuel le sonrió, la cogió de la mano y la hizo entrar en la habitación para sentarse en el sofá de dos plazas. No sabía muy bien cómo plantearle la cuestión a Helena con tacto, así que, siendo todo lo objetivo que pudo, se limitó a repetir lo que le había dicho Ray:

–          Sabemos que la información que Eduardo Vital tenía de ti la obtuvo de Carla que, a su vez, la había obtenido de tu ex. – Samuel la miró a los ojos, suspiró y finalmente le preguntó suavizando su tono de voz: – Cariño, ¿hay algo que sepas sobre él que no me hayas dicho? Es importante que lo sepa.

Helena lo miró, cerró los ojos e intentó hacer memoria. Lo único que le venía a la mente era la visita que Jorge les había hecho a sus padres y fue lo que le dijo:

–          El día que fuimos a comer a casa de mis padres, mi madre me dijo que Jorge les había hecho una visita la semana anterior.

–          ¿Fue a visitar a tus padres a su casa? – Preguntó Samuel frunciendo el ceño. – ¿Y qué les dijo?

–          Les dijo que me había vuelto loca y que me había ido con un tío mayor. – Le confesó Helena ruborizándose. – No pudo decir nada más, mi padre lo echó.

–          Supongo que por eso tus padres querían conocerme y ver con quién se va su hija de vacaciones. – Concluyó Samuel.

–          Sí, supongo que sí. – Helena le besa en los labios y le dice: – Lo siento, si lo hubiera sabido antes de llevarte allí te lo hubiera dicho.

–          No pasa nada, cariño. – Le susurra Samuel estrechándola con fuerza entre sus brazos. – Pero tienes que prometerme que, si se pone en contacto contigo, no me ocultarás nada y me lo dirás en cuanto lo sepas.

–          Te lo prometo. – Le promete Helena.

Helena le sonríe con picardía, le besa de nuevo en los labios y se sube a horcajadas sobre el regazo de Samuel que la mira alzando las cejas sorprendido y la agarra por las caderas. Ella sonríe y le mira con travesura al mismo tiempo que mueve su pelvis en círculos sobre la entrepierna de Samuel. Samuel coloca las manos sobre las rodillas de Helena y asciende por sus muslos desnudos bajo el vestido para después deslizarlas hacia su trasero y apretarle las nalgas.

–          ¿Quieres jugar, nena? – Le preguntó Samuel con voz ronca y sensual. A Helena se le escapó un gemido y Samuel le respondió sonriendo: – Me lo tomaré como un sí.

Se deshizo del vestido de Helena sacándoselo por la cabeza y se detuvo a observarla en ropa interior a horcajadas sobre él. Helena hizo lo mismo con la camiseta de Samuel y pasó sus manos por su musculoso pecho y abdomen que tanto la excitan. Samuel alza la pelvis y le hace saber a Helena lo excitado que está bajo el pantalón. Helena vuelve a gemir y Samuel se pone en pie con ella en brazos. La deja en el suelo y se deshace del pantalón y el bóxer de un tirón, quedándose completamente desnudo. Helena se recrea con la vista de semejante cuerpo desnudo y nota como sus braguitas están húmedas. Samuel la mira y sonríe, le encanta ver el rubor en sus mejillas cuando van a hacer el amor. La besa en los labios y desciendo por su cuello con un reguero de besos bordeando la tela del sujetador mientras sus manos ascienden por su espalda hasta que se detienen para desabrochar su sujetador. Con extrema lentitud, Samuel le quita el sujetador a Helena: primero baja un tirante, luego otro; después los desliza por sus brazos y lo deja caer al suelo mientras sus manos acarician los pechos desnudos de Helena. Las manos de Helena encuentran la enorme erección de Samuel y la acaricia con ritmo, pero él se retira para quitarle las braguitas y terminar de desnudarla. Se coloca de rodillas sobre la alfombra y le hace levantar un pie y después el otro para deshacerse de ellas. Después, coloca sus manos tras las rodillas de ella y la obliga a abrir un poco las piernas. Una de sus manos asciende por el interior de sus muslos y le acaricia la entrepierna haciendo que Helena se arquee y gima de nuevo. Puede constatar su humedad y, metiendo un dedo en su interior, susurra:

–          Me encanta encontrarte siempre tan húmeda para mí, nena.

Se pone en pie y la coge en brazos de forma que Helena le rodea la cintura con sus piernas y el cuello con sus brazos, la sienta a los pies de la cama y la obliga a apoyar la espalda sobre la cama. Él se arrodilla en el suelo junto a ella y hunde la cabeza entre sus muslos. Helena se arquea y, tras dos lametones en el clítoris, lo agarra de la cabeza y lo obliga a ponerse a su altura. Con una voz lujuriosa que jamás se había escuchado a sí misma, le dice:

–          Te necesito dentro.

Samuel la agarra por la cintura y, como si de una pluma se tratara, la coloca de rodillas sobre la cama de espaldas a él. Samuel adopta la misma postura detrás de ella y, abriendo las piernas de Helena, la agarra de las caderas y la aprieta contra él de forma en que sus cuerpos encajen. La penetra despacio pero con profundidad mientras con la mano izquierda le acaricia los pechos y con la derecha le acaricia el clítoris con movimientos circulares y presionando de vez en cuando. Helena alza las manos hacia atrás y rodea el cuello de Samuel con sus brazos, arqueando su cuerpo y obteniendo un mayor placer. Samuel la besa en el cuello y Helena siente como está a punto de explotar.

–          Vamos nena, quiero sentir cómo te corres.

Tan solo esas palabras le bastan a Helena para alcanzar el orgasmo y Samuel se deja ir tras ella. Ambos caen exhaustos sobre la cama, pero Samuel se las ingenia para colocar a Helena sobre su pecho y abrazarla. Necesita seguir sintiéndola cerca.

Una tentación irresistible 28.

Una tentación irresistible

A la mañana siguiente, Helena abrió los ojos y se encontró de nuevo con la sonrisa de Samuel. Lo besó en los labios y pensó que ese hombre jamás dormía, pese a que se pasaba la vida diciendo a los demás que debían descansar.

Tras darse una larga ducha juntos, hicieron las maletas y Ray se encargó de llevar el equipaje al parking y cargarlo todo en el maletero del coche. Tenían que ir a comer a casa de los padres de Helena y habían decidido que de allí se irían directamente a Cadaquès, donde disfrutarían de unos días de descanso e intimidad que ambos necesitaban.

–          ¿Llevamos vino o postre? – Le pregunta Samuel. Al ver que Helena le mira confundida, le aclara – A casa de tus padres, cariño. ¿Preferirán vino o tarta? Da igual, compraremos las dos cosas.

–          No tienes que comprar nada, estoy segura de que mi madre ya ha comprado todo lo necesario. – Le responde Helena sonriendo divertida. Lo besa en los labios y le pregunta burlonamente: – ¿Estás nervioso?

–          Un poco. – Confiesa Samuel. – Es la primera vez que tengo una relación estable, nunca antes he ido a casa de los padres de una chica, al menos no para conocerlos.

–          Vale, eso será mejor que no lo menciones delante de mis padres. – Le sugiere Helena sin dejar de sonreír. – Mi madre adora a Noelia y a Sarah, muy mal se te tiene que dar para que no te adore a ti también. Mi padre es otra historia, a él no te lo ganarás con palabras, sino con hechos, así que tendrás que tener paciencia.

Helena evita contarle que pese a que pasó diez años con Jorge, ocho de ellos viviendo juntos, a su padre nunca le gustó, aunque al final tal vez tuviera razón.

–          ¿Cómo era tu padre con tu ex? – Le pregunta Samuel.

–          Supongo que como cualquier padre con el novio de su hija pequeña. – Le contesta Helena sonriendo. – Vamos a llegar tarde, venga.

Una hora más tarde, tras hacer parar a Ray en una bodega y en una pastelería para comprar la botella de vino y el pastel que a Samuel le pareció perfecto, llegaron a casa de los padres de Helena. Nada más entrar en el portal, Samuel agarra a Helena por la cintura y la atrae hacia a él para besarla en los labios y le susurra al oído:

–          Pase lo que pase, no olvides que te quiero.

–          No lo olvidaré. – Le asegura Helena devolviéndole el beso.

Suben en el ascensor y cuando las puertas se abren Lourdes les recibe en el mismo rellano con una amplia sonrisa y los brazos extendidos para abrazar a su hija. Helena se deja abrazar por su madre hasta que recuerda que no está sola y le presenta a Samuel:

–          Mamá, él es Samuel.

–          Encantado de conocerla, señora. – La saluda Samuel.

–          Lo mismo digo y, por favor, llámame Lourdes. – Le responde Lourdes dándole dos besos al recién llegado. – Pasad, tu padre está en el salón viendo las carreras de coches por la televisión. Ahora os llevo algo de beber. Samuel, ¿tú qué bebes?

–          Hemos traído una botella de vino tinto pero, si no le importa, beberé una cerveza.

–          Ahora voy a buscarlas yo, mamá. – Interviene Helena. – Voy a saludar primero a papá y a presentarle a Samuel.

Lourdes asiente con aprobación y se dirige a la cocina al mismo tiempo que Helena agarra de la mano a Samuel y lo guía al salón, donde Ramón está sentado en el sofá concentrado en la carrera de Fórmula 1 que están televisando.

–          Hola, papá. ¿Cómo va Alonso? – Se interesa Helena por la carrera. Su padre le ha hecho ver tantas veces las carreras de la Fórmula 1 que le han acabado gustando.

–          Alonso va cuarto, pero de aquí al final estoy seguro que es capaz de quedar segundo o incluso ganar la carrera. – Le contesta Ramón poniéndose en pie y abrazando a su hija, que por mucho que crezca siempre será su niña pequeña. – ¿Cómo estás, cielo?

–          Muy bien, papá. – Se vuelve hacia a Samuel y le dice: – Samuel, él es Ramón, mi padre.

–          Encantado. – Lo saluda Samuel estrechándole la mano.

–          Lo mismo digo, aunque dudo que pueda repetirlo dentro de un mes. – Lo saluda Ramón.

–          Papá. – Le advierte Helena con una mirada serena. Ramón levanta las manos en señal de inocencia y Helena añade: – Voy a buscar un par de cervezas, ¿quieres una, papá?

–          Sí, cielo. – Le responde Ramón a su hija.

Helena sale del salón temiendo que su padre asuste a Samuel o Samuel asuste a su padre… En cualquier caso, sabe que Samuel se las apañará, es un ogro gruñón y no dejará que su padre le amilane, aunque tampoco se fía lo suficiente como para dejarlos solos más de un par de minutos, el tiempo necesario para entrar en la cocina, abrir la nevera, coger tres cervezas y regresar al salón.

–          Así que te llevas a mi hija unos días de vacaciones, ¿eh? – Comenta Ramón dejando a un lado la carrera para prestarle toda la atención al invitado. – ¿A dónde la vas a llevar?

–          Hemos pensado en pasar unos días en Cadaquès, tengo allí una pequeña casa frente a la playa y es un pueblo muy tranquilo.

–          ¿Estaréis los dos solos? – Pregunta Ramón con naturalidad.

–          Técnicamente no, también estarán el matrimonio que cuida de la casa y el chófer.

–          Helena es impulsiva y testaruda, pero bajo esa apariencia fuerte se esconde una chica sensible y con un corazón enorme. Espero que seas un hombre y, si no eres capaz de hacerla feliz, la dejes libre.

–          Helena es lo mejor que me ha pasado en la vida, puede estar seguro que haré todo lo posible y más por hacerla feliz. – Le asegura Samuel.

–          Eso espero, hacía tiempo que no la veía sonreír cómo sonríe hoy.

Helena entra en el salón con los tres botellines de cerveza y le entrega uno a su padre, uno a Samuel y ella se queda con otro.

–          ¿Todo bien por aquí? – Pregunta Helena.

–          Samuel me estaba contando que os vais a Cadaquès unos días. – Comenta Ramón con total naturalidad. – Unos días de sol y playa te sentarán muy bien, últimamente se te veía cansada.

Los tres se quedan viendo y comentando la carrera de Fórmula 1 mientras Lourdes termina de preparar la comida en la cocina. Apenas diez minutos después, entra en el salón llevando consigo una paella para seis personas.

–          Venga, a la mesa. – Les dice Lourdes. – A ver cómo me ha salido la paella.

–          Huele divinamente, cariño. – Le dice Ramón a su esposa.

–          A ti todo lo que hago te parece divino. – Le responde Lourdes con dulzura. – Samuel, espero que te guste la paella, sino, puedo hacerte otra cosa.

–          La paella me encanta y esta tiene una pinta deliciosa. – Le dice Samuel con sinceridad.

Todos se sientan a comer y Lourdes, con sutileza, empieza a hacerles preguntas sin que parezca que les está sometiendo a un tercer grado. Cuando terminan de comer, Helena ayuda a su madre a recoger la mesa mientras Ramón se encarga de preparar café. Helena saca de la nevera el pastel que Samuel ha comprado y lo lleva a la mesa.

–          ¿Va todo bien? – Le pregunta acercándose a Samuel con una mirada pícara y una sonrisa seductora en los labios. – Creo que le has caído bien a mi padre.

–          No quiero saber cómo sería si no le cayera bien. – Murmura Samuel.

–          Le caes bien, hazme caso. – Le asegura Helena antes de darle un beso rápido en los labios. – Voy a ayudar a mi madre, ahora vuelvo.

Helena se cruza con su padre que lleva la cafetera y cuatro vasos, haciendo malabares para no derramar el café, romper los vasos o quemarse. Samuel ayuda a Ramón y ambos sirven el café mientras Helena regresa a la cocina junto a su madre.

–          Parece un buen chico. – Empieza a decir Lourdes. – Sarah nos dijo que tenía su propia empresa y tiene treinta y ocho años, Ramiro también nos dijo que ha comprado el único ático del rascacielos que Jorge diseñó.

–          Así es, mamá. – Le confirma Helena. – Te has molestado mucho en averiguar cosas sobre Samuel, ¿cuál es el problema?

–          El problema es que mi hija no me lo ha dicho hasta ahora y yo me he tenido que enterar por Jorge.

–          ¿Jorge? ¿Has hablado con él?

–          Vino a vernos la semana pasada, dijo que te habías vuelto loca y que te habías ido con un tío mayor que tú y con dinero. – Le confesó Lourdes. – No dijo nada más, tu padre lo echó de casa, ya sabes que nunca lo soportó aunque hacía lo posible por intentarlo.

–          Mamá, no quiero que habléis con Jorge. – Le ruega Helena. – La otra noche salimos a tomar una copa y coincidí con él en el Queen, la cosa no fue muy bien y Samuel tuvo que intervenir. Me asustó, nunca lo había visto así y no quiero que os involucréis.

–          Cariño, ¿dejaste a Jorge por Samuel? – Le pregunta Lourdes a su hija sin reproche alguno en la voz.

–          No, mamá. – Contesta Helena suspirando. – Conocí a Samuel tres meses después de dejarlo con Jorge y te recuerdo que lo dejamos de mutuo acuerdo.

–          Y él ha estado de acuerdo hasta que te ha visto con otro. – Ata cabos Lourdes. – Los hombres son idiotas, hija. Si encuentras uno que no lo es, será mejor que no lo dejes escapar.

Madre e hija regresaron al salón donde Ramón y Samuel seguían comentando la carrera, apenas quedaban dos vueltas para el final. Samuel se encarga de cortar el pastel por órdenes de la anfitriona y Ramón de servir los cafés. Helena observa la escena y sonríe. Recuerda la primera vez que llevó a Jorge a comer a casa de sus padres. Habían pasado diez años desde entonces, pero en todos estos años Jorge no había conseguido la sintonía y la normalidad que Samuel transmitía con sus padres. Puede que Noelia y Sarah le hayan allanado el camino, pero es su saber estar y su carisma lo que hace que sus padres sigan teniendo una buena opinión de él o incluso la hayan mejorado.

Después de tomar el café y el postre, Helena y Samuel se despiden, no sin antes prometerle a Lourdes que les visitarían de nuevo en cuanto regresen de sus vacaciones, y salen del edificio, donde se encuentran con Ray esperándoles apoyado en el coche.

–          Vamos, nena. – Le dice Samuel a Helena abriendo una de las puertas traseras del vehículo tras saludar a Ray con un leve gesto de cabeza. – Te va a encantar la casa, ya lo verás.

Helena sube al coche y Samuel se sienta con ella en la parte trasera. Ray se sube en el asiento del conductor y arranca el motor del coche para ponerse en marcha, queda un largo camino hasta llegar a Cadaquès, un par de horas como mínimo. Helena se abraza a Samuel y acaba quedándose dormida en su regazo, con él se siente segura y puede relajarse.

Una vez se asegura que Helena está dormida, Samuel le pregunta a Ray por la investigación que está llevando a cabo la policía sobre Eduardo Vidal.

–          Lo tienen en busca y captura, el muy cabrón ha desaparecido. – Le responde Ray. – Pero tenemos otro problema, Samuel.

–          ¿Otro problema?

–          El ex prometido de Helena, puede que tenga algo que ver con la información que ha obtenido Eduardo Vidal sobre ella. – Le explica Ray. – No tienen pruebas de ello, pero es una sospecha bastante posible.

Samuel asiente con la cabeza y da por finalizada la conversación, no quiere seguir hablando de eso en presencia de Helena aunque esté dormida.

Una tentación irresistible 27.

Una tentación irresistible

Samuel se estaba encargando de ayudar a Rosa a preparar la cena para los invitados mientras Helena guardaba reposo en la cama, obedeciendo a Samuel que había puesto el grito en el cielo cuando la había visto levantarse decidida a echarle una mano a Rosa. Para que se quedara en la cama, Samuel le había prometido que se encargaría de todo para que ella no tuviera nada de lo que preocuparse.

Helena está leyendo tumbada en la cama cuando la llama su madre por teléfono. Lleva varios días sin hablar con ella y sabe que no puede alargarlo más. Decide no contarle nada de lo ocurrido, pero sabe que no puede ocultarle que estará unos días fuera de la ciudad.

–          ¡Hola mamá! – La saluda Helena alegremente nada más descolgar.

–          ¡Hija, por fin te localizo! – Le responde su madre aliviada. – Esta tarde he hablado con tu hermano y me ha dicho que iba a cenar contigo en casa del hermano de Sarah, ¿es cierto? Y, ¿no piensas venir a vernos a tu padre y a mí?

–          Mamá, he estado un poco liada con la novela, no la llevo muy avanzada. Perdona que no te haya llamado. – Se disculpa Helena. Acto seguido, miente: – Necesito relajarme y mi  editora me ha aconsejado que me vaya unos días de vacaciones y eso es lo que tengo pensado hacer.

–          Cielo, soy tu madre, pero sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? – Le dice Lourdes con suavidad, sabe que le ocurre algo a su hija pero no quiere presionarla para que se lo cuente, le basta con que sepa que ella va a estar ahí siempre para escucharla y apoyarla en todo lo que haga. – Sé que últimamente pasas mucho tiempo con el hermano de Sarah y eso es bueno, no pasa nada. ¿Te vas con él de vacaciones?

Su madre la había calado y ni siquiera había tenido que mirarla para darse cuenta, Lourdes conocía demasiado bien a su hija. Helena suspira profundamente para infundirse valor y le dice a su madre:

–          Sí, me voy unos días de vacaciones con Samuel, el hermano de Sarah. – Confiesa. – Es todo un poco complicado de explicar, mamá. Pero te aseguro que estoy bien, tan solo necesito descansar unos días.

–          Necesito verte y comprobar que estás realmente bien y, si vienes acompañada de Samuel, mucho mejor, así me quedo más tranquila.

–          Mamá, acabo de decirte que es un poco complicado y de momento solo nos estamos conociendo, es demasiado pronto. – Le dice Helena tratando de evitar lo inevitable tratándose de Lourdes.

–          Cielo, solo quiero conocerlo, quiero saber quién es el hombre que mantiene a mi niña tan ocupada como para no llamar a sus padres. – Le replica Lourdes recurriendo a su papel de mártir. – Venid mañana a comer, te prometo que no haré ninguna pregunta inoportuna y me comportaré como la madre perfecta.

–          Lo intentaré, pero no te prometo nada. – Cede finalmente Helena. – Luego te envío un mensaje y te digo algo.

Lourdes se conforma con la respuesta de su hija y, tras despedirse, Helena cuelga la llamada y decide darse una ducha rápida antes de bajar a cenar, los invitados no tardarán en llegar.

Cuando Samuel va a buscarla a la habitación, Helena está saliendo del baño envuelta tan solo con una diminuta toalla. Samuel la observa sonriendo, sin lugar a dudas ya se ha acostumbrado a convivir con Helena y encontrarla en cualquier parte le hace sonreír, sobre todo si se la encuentra vestida tan solo con esa escueta toalla. Pero su sonrisa se desvanece en cuanto sus ojos se encuentran con los de Helena, algo no va bien.

–          ¿Ocurre algo, cariño? – Pregunta Samuel.

–          Sí, pero la verdad es que no sé cómo decírtelo. – Le contesta Helena mientras se viste.

–          Empieza por el principio, Helena. – Le dice Samuel preocupado.

–          Me ha llamado mi madre, sabe que estoy contigo y quiere conocerte antes de irnos de vacaciones, quiere que vayamos mañana a comer. – Le dice Helena de carrerilla.

–          ¿Eso es todo?

–          ¿Te parece poco?

–          Me parece que te preocupas demasiado. – Le responde Samuel antes de besarla en los labios. – Es normal que tus padres quieran saber con quién te vas de vacaciones y es una buena razón para que los conozca, tú ya conoces a los míos. – La estrecha entre sus brazos y añade: – Todo saldrá bien, nena. Y ahora termina de vestirte o empezaré a desnudarte.

–          Empieza a desnudarme. – Le provoca Helena.

–          Nena, los invitados ya han llegado, pero no tengo problema en hacerles esperar. – Le responde Samuel sonriendo con picardía.

Helena hace un mohín, pero al final termina de vestirse y ambos bajan al salón, donde Ramiro, Sarah, Álvaro y Noelia los esperan sentados en el sofá y tomando una cerveza que Rosa se ha encargado de servirles.

Ramiro es el primero en levantarse cuando los ve llegar y escruta con la mirada a su hermana pequeña para asegurarse que está bien. Helena le sonríe para tranquilarle y se acerca a él saludándolo con dos besos en la mejilla y un abrazo.

–          ¿Seguro que estás bien? – Le pregunta Ramiro.

–          Sí, estoy bien. – Le asegura Helena. – Solo ha sido un pequeño susto pero por suerte Samuel estaba allí.

Ramiro se da por satisfecho, sabe que hay algo más que su hermana le está ocultando, pero a él solo le interesa comprobar que ella está bien, el resto es algo personal que solo le atañe a ella y si ella no quiere hablar de ello él no puede hacer nada.

Después la saludan Sarah, Noelia y Álvaro mientras Ramiro aprovecha para saludar y hablar con Samuel. No le pide ninguna explicación, tan solo le dice:

–          Cuida de mi hermana, es demasiado orgullosa para pedir ayuda aunque la necesite y, aunque es una de las personas más fuertes que conozco, todos tenemos un límite de peso que cargar a nuestras espaldas.

–          Te aseguro que voy a cuidar de ella, Ramiro. – Le asegura Samuel sin dejar de observar a Helena, que sonríe y trata de quitar importancia al asunto delante de sus hermanos y su cuñada. – Ella es lo único que me importa.

A Ramiro le basta con la contestación de Samuel y con la devoción con la que mira y habla de Helena para darse cuenta que de verdad Samuel está interesado en ella. No entiende cómo han pasado de discutir a cada momento a enamorarse, el caso es que así ha sido.

Cuando todos pasan a la cocina para cenar, Helena se ve obligada a explicar lo que ocurrió presionada por las preguntas de los invitados. Samuel trata de cambiar de tema alegando que Helena debe dejar de darle vueltas al tema y que eso no la ayuda, pero Helena le interrumpe sabiendo que si no acaban con eso ahora estarán toda la vida preguntándoles. A regañadientes, Samuel termina cediendo y deja hablar a Helena, que les cuenta a grandes rasgos lo ocurrido y omite muchas cosas, como que el tipo que ordenó su secuestro es un marido furioso que quiere vengarse de Samuel por arrebatarle a su mujer y Samuel agradece aquella omisión.

Como era de esperar, también le preguntan sobre su relación, pero aquí Samuel es el que contesta:

–          Es obvio que estamos juntos y pretendemos seguir estándolo.

–          Eso suena a que vais en serio. – Opina Noelia entusiasmada.

–          Eso parece, mañana conoceré a mis suegros. – Comenta Samuel divertido.

Todos se echan a reír, incluida Helena. Estaba asustada por cómo iba a reaccionar Samuel ante la insistencia de su madre en conocerlo, pero lo cierto era que se lo había tomado muy bien y parecía tener más ganas que Lourdes de que llegara el día de mañana.

A medianoche, los invitados se despidieron y se marcharon, sabían que Helena debía descansar y ninguno quería interferir en las recomendaciones médicas que le habían pautado a Helena y mucho menos se atrevían a contradecir a Samuel, que estaba siempre atento a lo que comía y bebía Helena. Cuando se quedaron a solas, Samuel cogió en brazos a Helena y la llevó a la suite mientras ella no dejaba de reír por la manía de Samuel de llevarla en brazos a todas partes pese a que ella le recordaba una y otra vez que tenía piernas y sabía cómo usarlas. Era una batalla perdida, a Samuel le gustaba demasiado llevarla en brazos como para que alguien tratara de impedírselo.

Una tentación irresistible 26.

Una tentación irresistible

Samuel sigue estando a su lado cuando Helena se despierta. Está algo desorientada y parpadea varias veces tratando de que sus ojos se acostumbren a la luz blanca que invade la habitación. Por su cabeza empiezan a pasar imágenes sobre todo lo que ocurrió la noche anterior: la llamada de teléfono de Samuel antes de salir de casa, el secuestro nada más salir del portal, el viaje eterno en coche hasta llegar a la masía, la visita del tipo que había ordenado su secuestro y que pretendía que la mataran solo para hacerle daño a Samuel, la historia que le contó sobre el motivo de su venganza, el tipo que se quedó con ella en el sótano y las cosas horribles que le decía, el forcejeo con él, el ruido de la pistola al dispararse cuando cayeron al suelo, abrir los ojos y encontrarse con unos ojos saltones inexpresivos que le aterraban, la sangre caliente fluyendo sobre su hombro y su brazo…

La máquina que registraba las constantes vitales de Helena empezó a pitar, su corazón estaba latiendo ciento veinte veces por minuto, el doble de rápido que lo debería hacer. Helena empieza a hiperventilar y Samuel la coge de las manos con ternura y le susurra con voz trémula:

–          Cariño, estoy aquí. No pasa nada, estamos en el hospital y estás a salvo.

El doctor que les atendió anoche entra en el box junto a una enfermera y rápidamente, la enfermera le pone una máscara de oxígeno a Helena. Helena siente la mano de Samuel aferrándose a la suya y le mira a los ojos. Él la mira con la misma preocupación y temor que la noche anterior y entonces Helena recuerda más cosas: cómo Samuel la encontró, la abrazó y la acunó hasta que llegó la ambulancia, cómo discutió con aquel médico imbécil que intentó que se separara de ella para llevarla al hospital, cómo le dijo que la quería y que nunca más se separaría de ella. También recuerda que había dejado de llamarla “nena” y había empezado a llamarla “cariño”. Con la mirada clavada en los ojos de Samuel, Helena encuentra la fuerza y la serenidad que necesitaba y empieza a respirar con normalidad.

–          ¿Qué ha ocurrido? – Le pregunta el doctor a Samuel.

–          No lo sé, se ha despertado y ha empezado a hiperventilar, después la máquina ha empezado a pitar y…

–          No se preocupe, señor Ferreira. – Le dice el doctor para tranquilizarlo. Se vuelve hacia a Helena y le pregunta: – ¿Estás más tranquila o te damos algo para que te relajes?

–          Estoy bien, solo me he despertado algo confusa y asustada. – Responde Helena buscando el contacto con Samuel. – Quiero irme a casa, doctor.

–          Voy a darte el alta, pero quiero que guardes reposo durante unos días. – Le dice el doctor muy serio. – Te recomiendo que te tomes unos días de vacaciones y, en caso de que los ataques de ansiedad persistan, deberás regresar al hospital de urgencias. Si todo va bien, te veré en diez días para un control rutinario.

Helena asiente con la cabeza y el doctor le entrega todos los informes y documentos a Samuel mientras ella se ducha y se cambia de ropa. Cuando sale del baño, Samuel la está esperando con una amplia sonrisa a pesar de que no ha pegado ojo en toda la noche. Helena se acerca a él y le abraza, necesita sentir su constante contacto.

Ray les espera apoyado en el coche frente a la puerta del hospital para llevarles a casa. Cuando llegan al ático, Samuel la coge en brazos y sube las escaleras para llevarla a la suite.

–          Puedo caminar, no me han dejado de funcionar las piernas. – Le dice Helena divertida por la manía de Samuel de llevarla en brazos.

–          Lo sé, pero me gusta mimarte y me gusta aún más tenerte entre mis brazos. – Le responde Samuel divertido. La deja con cuidado sobre la cama y añade: – Y ahora tienes que hacerle caso al doctor y guardar reposo.

–          ¿No vas a quedarte conmigo?

–          No pienso salir de casa, cariño. – Le asegura Samuel. – Voy a llamar a Alberto y Cristina para decirles que ya estamos en casa, también llamaré a Laura para que se quede tranquila y creo que deberíamos llamar a tu hermano y a los míos. – Helena resopla y se acomoda en la cama, no está preparada para todo lo que se le viene encima. – No te preocupes, yo me ocuparé de todo.

–          Samuel, no estoy preparada para contar lo que ha pasado una y otra vez. Solo quiero pensar en ello lo menos posible y olvidarlo. – Le confiesa Helena. – Creo que le voy a hacer caso al doctor y me voy a tomar unos días de vacaciones.

–          Me parece una buena idea, ¿dónde quieres que vayamos?

–          ¿Los dos? – Pregunta Helena desconcertada.

–          Sí, los dos. – Confirma Samuel. – Ya te he dicho que no pienso separarme de ti, mi princesa guerrera. – La besa levemente en los labios y añade: – Tú piensa dónde quieres ir mientras yo voy a hacer unas llamadas y a hablar con Ray.

–          Tú también necesitas descansar.

–          Después de comer nos echamos juntos la siesta.

–          De acuerdo, pero yo me encargo de llamar a mi hermano y a Laura. Creo que será lo mejor.

–          Dile a tu hermano que venga a cenar con Sarah, yo llamaré a Álvaro y le diré que venga con Noelia. Lo aclaramos todo y mañana nos vamos a donde tú quieras. – Le dice Samuel besándola de nuevo en los labios. – Voy a pedirle a Rosa que prepare la comida, ¿qué te apetece comer?

–          ¿Podemos pedir comida china? – Le pregunta Helena sonriendo con travesura.

–          Claro que sí, ¿pido lo de siempre?

Helena asiente con la cabeza y Samuel vuelve a besarla antes de salir sonriendo de la suite, le gusta ver sonreír de esa manera tan suya a Helena y le contagia la sonrisa.

Helena decide llamar primero a Laura, con ella será más fácil hablar que con su hermanos Ramiro, ya que Laura sabe todo sobre su relación con Samuel, o al menos casi todo. Helena se limita a decirle que está bien, que el médico le ha aconsejado reposo y que tiene previsto marcharse unos días de vacaciones con Samuel. Promete llamarla todos los días y mantenerla al corriente y también le pide que hable con Silvia y le diga que cuando regrese de sus días de vacaciones quedará con ella y hablarán para solucionarlo.

Después de colgar a Laura, Helena decide llamar a su hermano Ramiro. Con él la conversación es más difícil de dirigir, pero decide empezar por el principio. Le explica su relación con Samuel, los dos encuentros que tuvo con Carla (en la inauguración del rascacielos de Jorge y en el portal de su casa) y por último le cuenta su rápido secuestro y su aún más rápida liberación. Ramiro no da crédito a sus oídos y no deja de hacerle preguntas sin dejar que Helena conteste a ninguna, así que se ve obligada a interrumpirle diciendo:

–          Ven a cenar con Sarah esta noche, Álvaro y Noelia también estarán y os lo contaremos todo.

–          Está bien, nos vemos a la hora de la cena. – Acepta Ramiro.

Mientras tanto, Samuel llama a Álvaro y, tras hacerle un breve resumen de lo ocurrido, lo invita a cenar, a él y a su cuñada Noelia, y le promete que se lo explicará todo. Después hace lo mismo con Sarah, a quién le dice que Helena también ha llamado a Ramiro para invitarlo a cenar. Una vez resuelto el asunto de las llamadas a la familia, Samuel se encierra en el despacho con Ray, que tiene que hablar con él.

–          Espero que sea importante, no quiero dejar a Helena sola. – Le dice Samuel agotado.

–          Lo es. – Le contesta Ray. – La masía tenía un sistema de video vigilancia y hemos podido acceder a la grabación del sótano, creo que deberías verlo.

Samuel asiente con la cabeza y se sirve un vaso de agua con hielo mientras Ray se encarga de encender el DVD y reproducir el vídeo. Samuel presta atención y descubre todo lo que ocurrió anoche en el sótano de aquella masía abandonada. No puede creérselo, está furioso e iracundo con Eduardo Vidal, ahora sabe que es él quién está detrás de todo esto y tiene las pruebas para demostrarlo.

–          Con esta prueba a Vidal le pueden caer de tres a cinco años, pero por buena conducta pueden rebajar la condena a la mitad, por lo que no cumplirá más de dos años y medio en el mejor de los casos. Eso sumado al poder económico que tiene, puede que llegue a un acuerdo con la fiscalía y ni siquiera entre en prisión. – Le informa Ray. – Unos amigos me deben un favor y se van a encargar de vigilarle para estar al corriente de todos sus movimientos, aunque no debemos descartar vuestra seguridad.

–          De momento quiero tenerlo vigilado, pero hablaré con Helena cuando esté más tranquila antes de tomar una decisión definitiva. – Le dice Samuel agotado. – No entiendo por qué no me ha dicho nada de esto, le dijeron que iban a violarla y matarla y no ha dicho nada a nadie, ni siquiera a mí.

–          Eres al único que le ha contado que recibió la visita de Eduardo Vidal, tal vez solo quiere protegerte y evitar que te sientas aún más culpable. – Opina Ray. – Helena es más fuerte de lo que parece.

Samuel se despide de Ray y, tras ordenarle que le mantenga al corriente de cualquier novedad, se dirige a la cocina donde Rosa está sirviendo en dos platos la comida china que ha encargado por teléfono. Samuel lo coloca todo en una bandeja y lo sube a la suite, donde Helena lo espera tumbada en la cama vestida con su diminuto pijama.

–          Traigo comida china para la señorita López, espero que tenga hambre. – Le dice Samuel entrando en la suite con la bandeja de comida y tratando de sonreír para no alertar a Helena.

–          Estoy hambrienta. – Le confirma Helena.

–          Pues a comer. – Le ordena Samuel dejando la bandeja sobre una mesa auxiliar. – ¿Has hablado con tu hermano?

–          Sí, le he pedido que venga a cenar esta noche con Sarah para explicarle todo… – Le dice Helena con un hilo de voz.

–          ¿Qué pasa, Helena?

–          Nada, es solo que creo que lo mejor es mantener a todo el mundo al margen de todo esto, no quiero que se vean involucrados.

–          Cariño, no podemos hacer como si nada de esto hubiera pasado. – Samuel la agarra por la cintura y Helena se coloca sobre su regazo. – ¿Ya has decidido a dónde nos vamos de vacaciones?

–          Aún no, ¿alguna sugerencia?

–          ¿Qué te parece si vamos a Cadaquès? Tengo una pequeña casa a pie de playa, no tiene las mismas comodidades que el ático, pero estoy seguro de que te encantará.

–          Suena muy bien.

–          Pues ya está decidido. Ahora a comer y a descansar. – Le dice Samuel con ternura.

Después de comer, Samuel baja la bandeja con los platos vacíos a la cocina y regresa a la suite para echarse una siesta con Helena. Ambos necesitan descansar y por la noche recibirán la visita de sus hermanos.

Tres horas más tarde, Helena abre los ojos y se encuentra con la mirada de Samuel, que le dedica una amplia sonrisa nada más despertar. Helena lo abraza y él la rodea con sus brazos al mismo tiempo que la coloca sobre él y le acaricia la espalda con delicadeza.

–          Me estás malacostumbrando. – Le advierte Helena sonriendo.

–          Me gusta mimarte y el doctor me ha aconsejado que lo hiciera. – Se defiende Samuel bromeando. Helena se coloca a horcajadas sobre él y se quita la camiseta. – Nena, vas a volverme loco.

Samuel le devora la boca y la estrecha contra su cuerpo. La besa y la acaricia en cada centímetro de piel, adorándola como si fuera una diosa. Le hace el amor despacio y con ternura y, cuando alcanzan juntos el clímax, Samuel la abraza y le susurra al oído:

–          Se supone que debes guardar reposo, pero eres una tentación irresistible.

Helena le sonríe y le abraza con más fuerza, se siente feliz, segura y relajada entre los brazos de Samuel, su ogro gruñón convertido en príncipe.