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Tú eres mi destino 18.

Tal y cómo le había dicho, Alysa salió de la habitación duchada y vestida media hora más tarde. Se había puesto un conjunto de ropa interior nuevo de color fucsia muy sexy, una blusa de tirantes atados al cuello del mismo color fucsia y unos tejanos pitillo. A pesar de que estaban a mediados de abril, en Termes refrescaba mucho más que en la isla del maestro Lee, por lo que Alysa decidió ponerse una fina chaqueta de punto.

Bajó las escaleras y se dirigió a la cocina, donde se encontró a Alberto poniendo la mesa y preparándola para la cena.

—Treinta minutos, ni uno más ni uno menos —le dijo Alysa de buen humor.

—Estaba a punto de subir a buscarte —bromeó Alberto. Uno de los discípulos del maestro Lee les trajo la comida china que Alberto había pedido por teléfono y, mientras cogía la bolsa que el discípulo le entregaba y le daba las gracias haciendo un gesto con la cabeza, se volvió hacia Alysa y añadió con un tono de voz suave pero autoritario a la vez—: A partir de este momento, queda terminantemente prohibido hablar de cualquier cosa relacionada con Ronald Red, el gobierno y nuestra venganza. ¿De acuerdo?

—Totalmente de acuerdo —le contestó Alysa con una sonrisa traviesa.

Alysa había decidido que esa misma noche, si Alberto continuaba en el mismo plan de mantener las distancias, sería ella quién cogiera las riendas de la situación y diera el primer paso. En todas sus relaciones, siempre había dejado claro a la otra parte que únicamente buscaba una relación sexual sin compromiso y cortaba por lo sano en cuanto la otra parte insinuaba que quería algo más. Dave y el maestro Lee siempre bromeaban con ella diciendo que nunca pasaba de la quinta cita con sus pretendientes.

A ella nunca antes le había interesado mantener una relación estable, su prioridad era vengar la muerte de sus padres y tener novio significaba tener que dar ciertas explicaciones difíciles de entender para una persona normal y en su sano su sano juicio, por lo que siempre había optado por el camino fácil.

—Queda prohibido hablar y también pensar en trabajo —le recordó Alberto al que Alysa con la mirada perdida y totalmente distraída.

—Tendrás que esforzarte un poco si pretendes que deje de pensar en lo que llevo pensando más de quince años —le provocó Alysa sonriendo pícaramente.

Alberto le sostuvo la mirada, aquello estaba pasando de castaño a oscuro. Él pretendía comportarse como todo un caballero y respetarla, al menos hasta que hubieran llevado a cabo la venganza, pero Alysa había decidido ponérselo difícil. Dormir con ella teniendo que contenerse para no devorarla le estaba matando, pero tampoco quería dejar de dormir con ella, a pesar de que aquello le suponía tener que ducharse todas las mañanas con agua fría.

Alysa le aguantó la mirada hasta que Alberto desistió y le dedicó una sonrisa al mismo tiempo que meneaba la cabeza de un lado a otro divertido.

Se sentaron a cenar a la mesa de la cocina y cada uno se sirvió en su plato la comida china que habían encargado a domicilio. Tras comentar lo deliciosa que estaba la comida, a ambos solo se les ocurría dos temas de conversación: hablar de la sed de venganza o de la sed de sexo y pasión que ambos sentían.

— ¿De qué quieres hablar? —Le preguntó Alysa divertida.

—De ti —le contestó Alberto—. Dime qué tipo música te gusta, cuál es tu color favorito, qué película has visto millones de veces y volverás a ver otros millones de veces,… Quiero saberlo todo sobre ti.

—De acuerdo —respondió Alysa divertida—. Me gusta casi todo tipo de música, pop para bailar, baladas para relajarme. Me gusta el color rosa, aunque tampoco diría que es mi color favorito. He visto millones de veces la película “la cosa más dulce”, de Cameron Díaz, y no me canso de verla. Es una comedia romántica muy divertida, aunque totalmente surrealista.

—Continúa, lo estás haciendo muy bien —la animó Alberto.

—También me gusta leer, hacer ejercicio o tumbarme en el jardín por la noche para contemplar las estrellas —añadió Alysa encogiéndose de hombros—. De hecho, en verano se puede decir que duermo en el jardín.

— ¿Dormir en el jardín en verano? Puede que lo pruebe —bromeó Alberto. Continuaron hablando animadamente hasta que terminaron de cenar y le preguntó—: ¿Qué te apetece hacer ahora? ¿Quieres ver una película o prefieres que nos tumbemos en el jardín a contemplar las estrellas?

— ¿Tengo que escoger necesariamente entre esas dos opciones? —Quiso saber Alysa.

— ¿En qué estás pensando? —Le preguntó Alberto con picardía—. A mí también se me están ocurriendo muchas otras cosas que podemos hacer.

— ¿Cómo seguir torturándome? —Murmuró Alysa y Alberto la escuchó.

— ¿Cómo dices? —Le reprochó Alberto—. ¿A qué ha venido eso?

— ¡Oh, vamos! —Protestó Alysa—. Te metes en mi cama todas las noches, me abrazas y me acaricias pero te quedas ahí. Si eso no es una tortura, ya me dirás tú qué es.

— ¿Te resulta una tortura que duerma contigo, te abrace y te acaricie? —Le preguntó Alberto confundido.

—Me resulta una tortura tenerte tan cerca y no poder besarte —le confesó Alysa mirándole a los ojos al mismo tiempo que se acercaba a él lentamente.

Alberto ya no pudo contenerse más, la rodeó por la cintura, la estrechó contra su cuerpo y la besó apasionadamente y con urgencia.

—Si tanto lo deseabas, sólo tenías que pedírmelo —le susurró Alberto con la voz ronca.

—Me temo que esta noche te voy a pedir muchas cosas.

—No esperaba menos de ti —le contestó Alberto con una sonrisa en los labios.

Alberto cogió a Alysa en brazos y la llevó a su habitación. Dejó que sus pies tocaran el suelo y cerró la puerta sin apenas dejar de abrazarla. Ninguno de los dos pudo contener la necesidad que sentían el uno por el otro y, en un abrir y cerrar de ojos, ambos estaban desnudos, tumbados en la cama y besándose apasionadamente. Alberto deslizó su mano por la entrepierna de Alysa y, cuando comprobó lo húmeda que estaba, le susurró al oído:

—Me encanta que estés tan mojada —introdujo un dedo en su vagina y después lo sacó para introducir dos dedos, provocando un gemido en la garganta de Alysa. Con la mano que le quedaba libre, empezó a acariciar los pechos de Alysa, pellizcando levemente los duros pezones—. Quiero probar tu sabor —le dijo antes de inclinar su cabeza entre las piernas de Alysa y perderse en el centro de su placer.

Alberto recorrió con su lengua cada recoveco y presionó con ella sobre el clítoris una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más fuerte. Alysa arqueó su cuerpo rindiéndose por completo al placer que Alberto le estaba dando y se dejó llevar cuando él le susurró con la voz ronca:

—Córrete cariño, córrete para mí.

Y aquellas palabras hicieron que Alysa se corriera. Con los espasmos del orgasmo todavía invadiendo su cuerpo y sin haber recuperado la respiración normal, sintió la dulce embestida de Alberto, provocándole otra ola de placer que la llevó de nuevo al orgasmo, esta vez acompañada de Alberto.

Tú eres mi destino 17.

Tras un par de horas de vuelo y habiendo comido en el avión, llegaron al pequeño aeropuerto de Sunville y nada más bajarse del avión se subieron en el coche de Alysa, el cual había dejado allí tres semanas atrás.

Junto a los dos discípulos del maestro Lee que les habían obligado a llevar con ellos, Alysa y Alberto se dirigieron al laboratorio principal de los Morales situado en la ciudad de Termes, dónde tenían planeado usar la tarjeta médica de Ronald Red. Tanto Alberto como Alysa sabían que aquello no les reportaría gran información sobre Ronald, pero estaban dispuestos a averiguarlo todo sobre él, les llevara el tiempo que les llevara.

Aparcaron el coche en la plaza de garaje privada de Alberto y accedieron al laboratorio desde el ascensor del garaje en vez de hacerlo por la entrada principal.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Alberto a Alysa al notarla nerviosa cuando salieron del ascensor y entraron en el hall del laboratorio. La cogió de la cintura y le susurró al oído—: Tendré que hacer una presentación oficial de mi futura esposa ante los empleados.

—Alberto, ¡menos mal que has venido! —Exclamó una chica pelirroja de grandes pechos que se acercó a saludar a Alberto con un abrazo demasiado cariñoso para el gusto de Alysa—. Esto sin ti es un caos y hace semanas que no vienes.

—Claudia —la saludó Alberto un poco incómodo al mismo tiempo que colocaba de nuevo su brazo alrededor de la cintura de Alysa acercándola y añadió—: Te presento a la señorita Sofía López, mi prometida y pronto mi esposa.

—Oh, felicidades —les dijo Claudia visiblemente sorprendida por la noticia y tratando de sonreír sin demasiado éxito.

—Gracias, Claudia —le respondió Alberto educadamente—. Si nos disculpas, me gustaría enseñarle el laboratorio a Sofía.

Alberto dibujó una sonrisa en su rostro y guió a Alysa por los pasillos hasta llegar a una sala de investigación sin empleados y donde tenían una máquina para poder leer la tarjeta de Ronald Red.

—Me temo que a tu recepcionista no le ha hecho gracia que su jefe se haya prometido —comentó Alysa divertida—. Aunque a ti parece haberte venido muy bien aparecer con tu supuesta prometida.

—No se te escapa una —afirmó Alberto con una sonrisa traviesa en los labios.

Alysa encendió su portátil y lo conectó a la máquina para instalar un programa que hiciera de espejo y les mostrara la información que querían saber sin que enviara los datos de la lectura de la tarjeta al gobierno.

— ¿Estás segura de que va a funcionar? —Le preguntó Alberto nervioso.

— ¿Confías en mí? —Le preguntó Alysa.

Ambos se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos y no hicieron falta las palabras para entenderse, así que Alysa continuó con lo que estaba haciendo.

—Esto ya está, dame la tarjeta —le dijo Alysa cuando hubo acabado.

Alberto le entregó la tarjeta y Alysa la colocó en el lector. Un segundo más tarde, todo el historial médico de Ronald Red apareció ante sus ojos en la pantalla del portátil de Alysa. Rápidamente, Alysa descargó toda la información y la guardó en un pendrive, retiró la tarjeta del lector y desinstaló el programa para hacer de espejo que había instalado.

— ¿No quieres ver lo que hay dentro? —Le preguntó Alberto extrañado por la reacción de ella.

—Aquí no, se supone que me estás enseñando el laboratorio —le recordó Alysa.

—Podemos fingir que nos ha dado un arrebato de amor y pasión y refugiarnos en mi despacho —le propuso Alberto.

—Prefiero que termines de ensañarme el laboratorio y nos marchemos después para ver en casa qué clase de información hemos descargado —le contestó Alysa.

Ella hubiera preferido que le propusiera que fueran a su despacho para hacer lo que todos hubieran pensado que estarían haciendo, pero trató de apartar aquello de su mente hasta que llegara la noche y pudiera llevar a cabo su otro plan que nada tenía que ver con la venganza.

A Alberto no le gustó aquella respuesta de Alysa, parecía molesta y no entendía por qué. Por si acaso, decidió no tentar a la suerte y la complació, le enseñó el laboratorio, les presentó a algunos empleados y la llevó a la villa junto a los dos discípulos que les escoltaban.

Alberto quería darse una ducha y cenar tranquilamente antes de empezar a revisar toda la información que habían conseguido descargar de la tarjeta de Ronald Red, pero Alysa se empeñó en revisar la información antes para poder cenar después tranquilamente.

—Cómo quieras —la complació Alberto y añadió: – Vamos al salón, estaremos más cómodos que en el despacho.

Pasaron más de tres horas revisando toda la información relacionada con la salud de Ronald Red y lo único que les llamó la atención fue descubrir que Ronald Red era alérgico a las nueces.

—Mira el lado positivo, tenemos otra forma de matarlo —bromeó Alberto.

—Tendremos que inventarnos algo para hacerle una visita o hacer que sea él quien venga visitarnos a nosotros —comentó Alysa pensando en cómo fingir un encuentro casual.

—Deja de pensar en eso ahora, me doy una ducha rápida y pedimos algo para cenar —le contestó Alberto molesto por haber pasado la tarde trabajando en vez de divertirse con Alysa—. ¿Te apetece que pidamos comida china? Dave me dijo que te gustaba.

— ¡Me encanta! —Dijo Alysa de buen humor—. Yo también voy a darme una ducha rápida, no tardo más de media hora.

— ¿Para ti una ducha rápida es una ducha de treinta minutos? —Se mofó Alberto—. Me temo que tenemos conceptos distintos respecto a lo de darse una ducha rápida.

Alysa le lanzó una mirada coqueta y le deleitó con una amplia sonrisa que hizo que Alberto se derritiera y le cambió el humor.

—Si tardas más de media hora vendré a por ti —le dijo Alberto sonriendo con picardía.

—Entonces, quizás decida retrasarme un poco —bromeó Alysa.

—No me tientes, cariño —le respondió Alberto. Contuvo las ganas de besarla, cogerla en brazos y llevarla a su habitación y añadió—: Treinta minutos, ni uno más.

Tras decir aquellas palabras, Alberto se encaminó a su habitación y se dio una ducha de agua fría para calmarse. Ya era bastante difícil mantener las distancias con Alysa, pero si encima ella le decía aquellas insinuaciones aunque fuera bromeando, mantener las distancias se volvía toda una tortura.

Con cualquier otra chica, Alberto hubiera ido directo al grano, pero con Alysa quería ir despacio para hacer las cosas bien, conquistarla y pasar el resto de su vida juntos.

Tú eres mi destino 16.

Alberto se dedicó a observar con detalle la habitación de Alysa, esa misteriosa mujer que había puesto su mundo patas arribas en cuanto la conoció. Las paredes estaban pintadas de color magenta y los muebles eran de un blanco inmaculado que contrastabas con aquellas paredes. Era una estancia espaciosa a pesar de que la cama era de king size y estaba acompañada de una cómoda, un tocador, un escritorio, una estantería enorme y un sofá de dos plazas. Todo el mobiliario era del mismo tono blanco que la cama, decorado con cojines, cortinas y demás objetos que pasaban por una amplia gama de tonalidades de color rosa. Por suerte no tenía armario, pues una pequeña habitación paralela hacía de vestidor.

Aburrido e impaciente de tanto esperar, Alberto suspiró y le dijo a Alysa con tono de advertencia desde el otro lado de la puerta:

—Si no sales en un minuto, entro a buscarte.

Alysa abrió la puerta y le dijo a Alberto:

—Necesito tu ayuda dio media vuelta y, dándole la espalda a Alberto, añadió—: – Por favor, abróchame el sujetador.

Alberto cogió aire y tuvo que respirar profundamente para calmarse antes de hacer lo que Alysa le pedía, pero lo hizo. Y cuando le abrochó el sujetador no pudo evitar acariciar la suave piel de su espalda. Alysa no se apartó ni se incomodó ante aquel contacto, por lo que Alberto siguió acariciándola y acabó abrazándola desde la espalda y estrechándola entre sus brazos.

—Será mejor que te metas en la cama y descanses mientras siga siendo capaz de contener el deseo que siento por ti —le susurró Alberto.

—Yo no te he pedido que lo contengas —susurró Alysa en respuesta.

—No juegues con fuego, cariño —le contestó Alberto divertido al mismo tiempo que la cogía en brazos y la llevaba a la cama—. Primero tienes que descansar, mañana seguiremos con esta conversación —la arropó como si de una niña pequeña se tratara y añadió—: Me quedaré a dormir en tu sofá, avísame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

—Mi cama es grande, hay sitio para los dos —comentó Alysa con cara de no haber roto un plato en su vida—. No podré descansar si pienso que por mi culpa tienes que dormir en ese sofá, me sentiré culpable.

—Alysa… —Le dijo Alberto con la voz ronca—. Necesitas descansar y conmigo al lado no lo harás.

—Por favor, quédate conmigo —le rogó Alysa.

Alberto no tuvo fuerzas ni ganas para decirle que no y se metió con ella en la cama, la abrazó con cuidado de no hacerle daño y la besó en la mejilla antes de desearle buenas noches.

A la mañana siguiente, Alysa se despertó entre los brazos de Alberto, que ya estaba despierto y la miraba con una sonrisa divertida en los labios.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, mentiroso —le contestó Alysa devolviéndole la sonrisa.

— ¿Mentiroso?

—Debo estar horrible, despeinada y con la cara hinchada de tanto dormir —le respondió Alysa escondiendo su rostro entre el cuello de Alberto y la almohada—. Pero me gusta dormir contigo, duermo un montón de horas del tirón.

—Si eso era un cumplido, lamento decirte que no te ha salido demasiado bien —le respondió Alberto divertido—. Pero me alegro de que al menos te guste dormir conmigo y hayas dormido bien.

—Era un cumplido —le confirmó Alysa—. Desde que mataron a mis padres no he conseguido dormir ni una sola noche más de cuatro horas, excepto cuando duermo contigo.

—Entonces, tendré que dormir contigo todas las noches —le respondió Alberto estrechándola contra su cuerpo—. ¿Cómo te encuentras? Dave está preocupado y ya se ha asomado un par de veces. Por cierto, a él también le ha sorprendido que durmieras tanto.

—Dave solo ha venido a cotillear, nada más —concluyó Alysa.

Ambos se levantaron, se dieron una ducha por separado y bajaron a la cocina a desayunar.

Durante los días siguientes, Alysa tuvo que volver a empezar con todo el proceso de recuperación y en un par de semanas más volvió a estar como nueva.

Alberto hizo un gran esfuerzo durante esas dos semanas y, a pesar que dormía junto a Alysa todas las noches, se había limitado a abrazarla y nada más. Alysa estaba a punto de volverse loca, sabía que Alberto la deseaba tanto como ella lo deseaba a él, pero no entendía por qué seguía manteniendo las distancias.

Pero Alysa estaba cansada de esperar que Alberto diera el primer paso y tenía un plan al que él no se iba a poder resistir.

Esa mañana Alysa se despertó y sonrió al ver que Alberto seguía dormido. No quiso despertarlo, así que se levantó sin hacer ruido y entró en el baño para darse una ducha. Cuando salió del cuarto de baño, Alberto ya estaba levantado y la observó de arriba a abajo al verla totalmente desnuda cubierta tan solo con una diminuta toalla.

—Buenos días, dormilón —le saludó Alysa con una sonrisa coqueta en los labios—. Voy a hacer la maleta, avísame cuando bajes a desayunar y voy contigo.

—Buenos días, preciosa —le dijo Alberto y la besó en la mejilla antes de añadir—: Voy a darme una ducha y vengo a buscarte.

Un par de horas más tarde, ambos estaban sentados en los sillones del jet privado del maestro Lee junto a dos de sus discípulos y se dirigían al pequeño aeropuerto privado de Sunville para regresar a Termes.

Alysa tenía metida entre ceja y ceja aquella venganza y Alberto había decidido apoyarla en su afán de vengarse y sobre todo después del ataque que habían sufrido, pero a Diego no le pareció tan buena idea. Por suerte, el maestro Lee también les apoyó en aquella decisión y a Diego no le quedó más remedio que aceptar la decisión de ambos.

Tú eres mi destino 15.

Durante toda una semana, Alberto fue capaz de retener a Alysa dentro de la casa del maestro Lee, pero no sin alguna que otra discusión para hacerla entrar en razón. Alberto ya no tenía ninguna excusa para dormir con ella y dormía todas las noches en la habitación de en frente.

Alysa continuaba teniendo pesadillas todas las noches, pero conseguía volver a dormirse al pensar que él estaba en la habitación de en frente. Le hubiera gustado que Alberto se quedara con ella en su habitación, pero no se atrevía a pedírselo. Desde que habían llegado a la isla del maestro Lee, Alberto había estado pendiente de ella en todo momento, pero siempre de una manera fraternal y protectora. Alysa había decidido darle tiempo creyendo que simplemente estaba siendo precavido porque Dave le había dicho que debía mantenerme relajada y no realizar ningún esfuerzo, pero había pasado una semana, ella ya estaba recuperada (con la excepción de que aún tenía los puntos de sutura en el hombro) y Alberto no había intentado ningún acercamiento.

Esa mañana, Alysa se levantó de muy mal humor. Ya le costaba bastante tratar de no pensar en Alberto cuando no lo tenía delante, pero era imposible centrarse con él pegado a ella todo el día y siendo tan atento y encantador.

— ¿Te ocurre algo? —Le preguntó Alberto después de desayunar y tras observar que Alysa no había abierto la boca en ningún momento—. Estás muy callada, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien —mintió Alysa.

Pero aquella respuesta no le gustó nada a Alberto porque sabía que algo le pasaba a Alysa, así que se puso en pie y le dijo:

—Hoy hace un buen día, ¿te apetece salir a pasear?

Alysa aceptó aquella invitación pero no se hizo ilusiones, pues él seguía tratándola como si fuera una niña pequeña y la sobre protegía.

Caminaron hacia a la playa y se sentaron sobre unas rocas bajo el calor de los rayos del sol y frente a las cristalinas aguas del mar que bañaban la isla.

— ¿Sigues sin querer contarme qué te pasa? —Le preguntó Alberto.

—Estoy bien, quizás un poco agobiada por no poder hacer lo que me apetece —le contestó Alysa tratando de sonreír.

— ¿Qué te apetece hacer? —Quiso saber Alberto—. Prometo hacer todo lo que esté en mi mano para complacerte.

—No prometas lo que no puedas cumplir —le aconsejó Alysa.

—Dime qué te gustaría hacer y yo veré qué puedo hacer —la animó Alberto—. Pero tiene que ser en la isla, dudo mucho que nos dejen salir de aquí.

—Cuando era pequeña, mis padres me llevaban de acampada en verano y por la noche nos tumbábamos sobre la hierba y contemplábamos las estrellas —le dijo Alysa con la mirada perdida—. Lo que más me gustaba de aquellos momentos era que, a pesar de estar en silencio, sabía que ellos estaban conmigo y me protegían, me hacían sentir segura. Contigo me pasa lo mismo, me gusta disfrutar de tu compañía aunque estemos en silencio, me haces sentir cómoda y segura.

Alberto la agarró de la cintura con ambas mano, la arrastró para colocarla sobre su regazo y la estrechó entre sus brazos al mismo tiempo que le susurró:

—No sabes cuánto me alegra oír eso —la besó en la mejilla y añadió—: Pero aún no me has dicho qué te apetece hacer.

—Ahora mismo, me apetece hacer lo que estoy haciendo —le respondió Alysa sonriendo.

Alberto y Alysa pasaron el resto de la mañana y la tarde en la playa, sentados sobre una roca y bajo los rayos del sol, con la increíble vista del cielo fundiéndose con el mar.

Aunque pasaron el día juntos, cuando llegó la noche cada uno se fue a dormir a su habitación y Alysa volvió a tener pesadillas. Se despertó a las tres y media de la madrugada gritando, como cada noche y notó que tenía el brazo empapado. Reconoció en seguida el olor tan peculiar de la sangre y se mareó. Alargó el brazo sano y encendió la luz para coger su móvil que estaba sobre la mesilla y llamó a Dave.

—No me lo digas, ¿una pesadilla? —Le dijo Dave nada más descolgar.

—Sí, pero no te llamo por eso —le respondió Alysa con un hilo de voz—. Creo que se me han saltado los puntos, estoy llena de sangre y me estoy mareando con el olor.

—No te muevas, voy para allí —le contestó Dave antes de colgar.

Dos minutos después, Dave entraba en la habitación de Alysa cargando con su maletín. Rápidamente, ayudó a Alysa a quitarse la camiseta y retiró el vendaje de su hombro que estaba completamente empapado en sangre. Dave limpió la sangre del hombro de Alysa con unas gasas y examinó la herida.

—No sé qué habrás hecho, pero se han soltado por lo menos una docena de puntos —le dijo Dave mientras continuaba limpiando la herida—. Tengo que volver a coser casi toda la herida, por suerte la parte de atrás parece estar bien. ¿Se puede saber qué has hecho para hacerte semejante carnicería?

—No lo sé, me he despertado así —le contestó Alysa con un hilo de voz.

Alberto dormía en la habitación de en frente cuando se despertó y oyó ruido procedente de la habitación de Alysa. Le pareció escuchar a Dave y se levantó de la cama de un salto temiendo que le hubiera podido ocurrir algo a Alysa y no se equivocó. La puerta de su habitación estaba abierta y vio a Dave depositando varias gasas ensangrentadas en una bolsa, así que entró sin llamar y, al ver a Alysa tumbada en la cama con la herida al descubierto y todo lleno de sangre, preguntó preocupado acercándose a Alysa:

— ¿Qué ha pasado? —Se volvió hacia a Dave y le preguntó molesto—: ¿Por qué no me has avisado?

—No me has dado tiempo, ni siquiera he terminado de ponerle el vendaje—. Le respondió Dave—. De hecho, me viene bien que estés aquí porque así terminas tú.

— ¿Cómo que termino yo? —Le preguntó Alberto sin entender nada—. Yo no soy médico.

—Solo tienes que ponerle el vendaje, ella te ayudará —le contestó Dave sonriendo. Le guiñó un ojo con complicidad y añadió—: Yo me voy a dormir, buenas noches.

—Muchas gracias por tu profesionalidad —le reprochó Alysa con sarcasmo.

— ¿De qué va todo esto? ¿Por qué no ha querido ponerte el vendaje? —Le preguntó Alberto confundido.

—Le ha parecido más divertido que lo hicieras tú —respondió Alysa molesta con Dave—. ¿Te importaría cerrar la puerta, por favor?

Alberto asintió y cerró la puerta como Alysa le había pedido. Regresó junto a Alysa segundos después y se sentó en el filo de la cama para revisar la herida de cerca.

—Ha tenido que coserte la herida de nuevo, ¿qué ha pasado? —Le preguntó.

—Me desperté y se me habían soltado los puntos —le respondió Alysa quitándole importancia al asunto—. Necesito ir al baño para asearme y cambiarme el sujetador antes de que me pongas el vendaje.

—Eh… Te preguntaría si necesitas ayudas pero me da miedo que me mal intérpretes —le respondió Alberto entendiendo ahora la diversión de Dave—. Te acompaño hasta la puerta del baño y haces lo que tengas que hacer sentada para que no te marees y te caigas, ¿de acuerdo? —Alysa trató de contener la risa pero no pudo—. ¿Se puede saber qué te parece tan gracioso?

—Me has visto desnuda, no entiendo a qué viene esa reacción —le contestó Alysa sonriendo—. No te preocupes, no me caeré al suelo ni nada por el estilo.

Alberto la acompañó hasta la puerta del baño, entrecerró la puerta y, mientras esperaba a que Alysa se aseara, cambió las sábanas de la cama manchadas de sangre y puso unas nuevas.

Tú eres mi destino 14.

Alysa y Alberto permanecieron el resto del día en la habitación de Alysa, ella en la cama y él en el sofá cama, pero ninguno de los dos durmió nada. Cuando llegó la noche ambos estaban agotados y finalmente cayeron rendidos en un sueño profundo.

Sobre las cuatro de la mañana, cuatro horas después de quedarse dormida, Alysa empezó a tener sus habituales pesadillas. Desde que mataron a sus padres, tenía pesadillas todas las noches y por eso no solía dormir más de cuatro horas diarias. Soñaba que se despertaba en un charco de sangre y con cientos de cadáveres a su alrededor y se despertaba empapada en sudor y muy alterada.

Alberto se despertó al escuchar a Alysa hablar en sueños y, aunque no entendió lo que ella decía, supo que estaba teniendo una pesadilla cuando Alysa gritó y se incorporó súbitamente. Alysa tenía la cara empapada en lágrimas y respiraba con dificultad, casi hiperventilaba. Alberto se levantó y se acercó hacia a ella despacio para no asustarla al mismo tiempo que le susurraba:

—Eh, tranquila. Solo ha sido una pesadilla —se sentó en el borde de la cama, la abrazó con ternura y añadió—: Estoy aquí contigo y no dejaré que nada malo te ocurra.

Alysa se dejó abrazar, le gustaba estar entre los brazos de Alberto porque la hacía sentir segura y en esos momentos lo necesitaba, estaba demasiado cansada como para fingir que no era así.

—Quédate conmigo —le pidió Alysa a con un hilo de voz.

—No pienso irme a ninguna parte —le aseguró Alberto mientras se metía en la cama con Alysa y la rodeaba con sus brazos.

Entre los brazos de Alberto, Alysa volvió a quedarse dormida y pocos minutos después Alberto también se durmió.

A las once de la mañana, preocupados por no saber nada de Alberto ni Alysa, el maestro Lee y Diego decidieron asomarse a la habitación de Alysa para comprobar que ambos estaban bien y les encontraron abrazados el uno al otro, completamente dormidos. El maestro Lee sonrió, le hizo una señal a Diego para que retrocediera y cerró la puerta de la habitación para que tuvieran más intimidad, pese a que tan solo estaban durmiendo.

Cuando Alysa se despertó una hora más tarde, Alberto la seguía manteniendo entre sus brazos y la miraba con una sonrisa en los labios.

—Buenos días, bella durmiente —le dijo Alberto besándola en la frente—. ¿Has dormido bien?

—Sí, gracias a ti. Necesito darme un baño de agua caliente y espuma.

— ¿Es una invitación? —Bromeó Alberto. La ayudó a incorporarse y a sentarse en la cama y añadió—: Iré a buscar a Soledad para que te ayude, no te muevas, solo será un minuto.

Alberto bajó al salón y buscó a Soledad para que ayudara a Alysa a darse un baño y después regresó a su habitación para darse una ducha. Cuando salió de la ducha, Marcos le esperaba sentado a los pies de la cama y le miraba sonriendo divertido.

— ¿A qué viene esa sonrisa? —Quiso saber Alberto.

—Dímelo tú, he oído que tú y Alysa habéis dormido en la misma cama y abrazados —le respondió Marcos burlonamente.

—No es nada de lo que te imaginas —le respondió Alberto mientras se vestía—. Lo único que me interesa es que Alysa esté bien.

—Creo que te interesa algo más que su bienestar —opinó Marcos—. Pero únicamente deberías centrarte en eso hasta que ella se recupere.

Alberto y Marcos bajaron a la cocina y se reunieron de nuevo con Diego y el maestro Lee, que llevaba una bandeja con zumo, tortitas y fruta que había preparado para Alysa desayunara.

El maestro Lee le llevó el desayuno a Alysa a su habitación, donde se la encontró con Soledad.

—Te traigo el desayuno, ¿qué tal has dormido? —La saludó el maestro Lee.

—No demasiado bien —le respondió Alysa. Soledad la besó en la mejilla, se marchó para dejarles a solas y Alysa continuó hablando—: Me desperté gritando a las cuatro de la mañana porque tuve una de mis pesadillas.

—Pero después volviste a dormirte, ¿no? —Le dijo el maestro Lee sonriendo.

—Sí, gracias a Alberto —le confesó Alysa—. La otra noche dormí con Alberto y no tuve ninguna pesadilla, creo que dormí casi diez horas seguidas. Puede que solo haya sido casualidad pero, ¿qué probabilidades hay de que no tenga pesadillas cuando él está durmiendo a mi lado?

—Quizás no se trate de casualidades ni de probabilidades —comentó el maestro Lee—. A lo mejor simplemente ocurre porque te sientes segura y en paz cuando estás con él.

— ¿Qué se supone que debo hacer? —Preguntó Alysa—. No entraba en mis planes enamorarme de él, pero tampoco tengo voluntad para alejarlo.

— ¿Por qué crees que deberías alejarlo? —Le preguntó el maestro Lee—. Ese chico ha estado pendiente de ti en todo momento, desde que llegó no ha querido moverse de tu lado pese a que estaba agotado y necesitaba descansar. Ese chico te quiere, no entiendo por qué quieres alejarlo.

—Yo no puedo darle una vida normal, legalmente ni siquiera estoy viva —se lamentó Alysa—. Por no mencionar que mi principal prioridad es la venganza.

—Las prioridades cambian —comentó el maestro Lee—. Y, por lo que he podido comprobar, creo que Alberto está más que dispuesto a unirse a tu causa.

Dave entró en la habitación de Alysa y le preguntó:

— ¿Cómo está mi enferma favorita?

—No estoy enferma, estoy bien  —le replicó Alysa—. ¿Cuándo voy a poder salir de aquí?

—Deja que te examine y, según cómo tengas esa herida, puede que te levante el castigo de reposo absoluto en cama para castigarte solo con reposo —bromeó Dave.

Dave le quitó el vendaje a Alysa del hombro, limpió y examinó la herida y los puntos de sutura. Cuando comprobó que todo estaba bien, volvió a ponerle un vendaje en el hombro y le dijo:

—Todo está perfecto, la herida no está infectada y está cicatrizando muy rápido. Pero tu cuerpo aún se está recuperando de la anemia producida por la pérdida de sangre, así que aunque te levante el castigo de guardar reposo en cama, no quiero que te muevas mucho y por supuesto no hagas ningún esfuerzo si no quieres que se te salten los puntos —le advirtió Dave—. Voy a buscar a Alberto, me pidió que lo avisara después de examinarte y que le informara de tu estado.

Dave salió de la habitación y bajó a la cocina en busca de Alberto, a quien encontró con Marcos desayunando. Le confirmó que Alysa estaba bien y que la herida estaba cicatrizando muy bien y muy rápido, pero también le advirtió que Alysa no podía hacer esfuerzos.

—Alysa es muy testaruda y siempre termina saliéndose con la suya, no dejes que te líe —le puso Dave sobre aviso a Alberto—. Sospecha si empieza a ponerte ojitos y cara de niña buena.

Alberto y Marcos rieron al escuchar las palabras de Dave. Habían conocido muy bien a Alysa desde que se instaló en la villa y sabían que lo que decía Dave era cierto.

Tras recibir algunos consejos por parte de Dave, Alberto se dirigió a la habitación de Alysa y allí la encontró hablando con el maestro Lee.

—Alberto, pasa —le invitó a entrar el maestro Lee cuando Alberto llamó a la puerta—. Le estaba explicando a Alysa que cincuenta de mis chicos se están ocupando de limpiar y vigilar vuestra villa y todas sus pertenencias.

—No deberías preocuparte por eso ahora —le replicó Alberto a Alysa—. Dave me ha dicho que te ha dado luz verde para que no te quedes todo el día en la cama, pero me ha advertido que no puedes hacer el más mínimo esfuerzo.

El maestro Lee les dejó a solas y Alberto ayudó a Alysa a ponerse en pie y la acompañó hasta el salón caminando despacio según las recomendaciones de Dave para que ella no se mareara.

Pasaron lo que quedaba de mañana en el salón, sentado en el sofá uno al lado del otro, mientras charlaban con Marcos, Dave, Diego y el maestro Lee sobre cómo actuar con Ronald Red y cómo enfocar el siguiente paso en la investigación.