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Solo tuya 21.

Solo tuya

“Hay dolores que matan, pero los hay más crueles: los que nos dejan la vida sin permitirnos gozar de ella.” Antoine L. Apollinarie Fée.

Tras pasar un estupendo fin de semana en casa de Philip y Grace Higgins, Gonzalo y yo regresamos a casa. Solo hemos estado un par de días fuera, pero he echado mucho de menos esta casa, la casa de mis sueños convertida en realidad. Aunque no es de mi propiedad, siento que esta casa tiene un pedacito de mí y me alegro de haberla construido para Gonzalo, por muy extraño que me resultara al principio.

Unos días más tarde, tengo una pesadilla en mitad de la noche y me despierto llorando. Estiro la mano en busca de Gonzalo, pero su lado de la cama está vacío y frío. Enciendo la luz de la mesita de noche y miro la hora en el despertador digital de Gonzalo, son las cuatro de la mañana. Preocupada por lo que pueda estar pasando, me pongo una bata encima del camisón y salgo de la habitación. Escucho murmullos procedentes del salón, así que despacio y sin hacer ruido bajo las escaleras y me detengo frente a la puerta cerrada del salón. Oigo una voz femenina que no reconozco y, a hurtadillas, intento escuchar la conversación.

–          No sé qué diablos estás haciendo aquí pero ya te estás marchando. – Le dice Gonzalo incómodo y nervioso. – Si Yasmina te ve aquí me buscas un problema.

–          Oh, claro, tu prometida. – Se mofa quién quiera que sea esa arpía. – La verdad es que ella no me preocupa, es solo uno de tus caprichos, Gonzalo. Un capricho del que te cansarás en un par de meses y volverás a mí como haces siempre.

–          No tienes ni idea, Alexia.

–          Dime una cosa, Gonzalo, ¿sabe ella que mientras tratabas de seducirla por el día era conmigo con quién pasabas la noche?

El corazón me late tan rápido que creo que se me va a salir del pecho, siento náuseas y me mareo. Estoy aterrorizada, estoy furiosa y, sobre todo, estoy muy confusa. La cabeza me da vueltas y cierro los ojos tratando de serenarme. Entonces, solo escucho el silencio. Un silencio de los que no presagian nada bueno, un silencio que me eriza la piel. Decidida a afrontar la verdad, abro un poco la puerta del salón sin hacer ruido y miro por una fina rendija. Y allí está lo que más me temía. Una arpía pelirroja se le ha echado prácticamente encima a Gonzalo y lo está besando mientras él trata de apartarla de su lado molesto pero sin malos modales.

Dos lágrimas brotan de mis ojos y regreso a la habitación abatida. Podría haber montado un numerito pero, ¿de qué serviría? Ni siquiera sé quién es la arpía pelirroja, pero puede que tenga razón. Puede que yo solo sea un capricho que durará un par de meses y después volverá con ella como hace siempre, o al menos eso ha dicho. ¿Y a qué ha venido eso de que Gonzalo trataba de seducirme a mí por el día mientras pasaba con ella la noche? No quiero pensar en esto, esto no me puede estar pasando a mí. Me asomo por la ventana y veo a Gonzalo acompañando a la arpía pelirroja hasta a su coche, un Mini de color rojo. Mike está de pie en el porche de la entrada principal, esta noche está de guardia y debe de haber visto entrar a esa arpía, puede que Mike me aclare algunas cosas.

Decido no hacer nada. Por primera vez en mi vida estoy tan asustada de la verdad que no quiero conocerla, al menos no ahora. Me meto en la cama y trato de dormir, aunque solo consigo dar vueltas en la cama y más vueltas a la cabeza.

Me duermo al amanecer y consigo descansar un par de horas, cuando mi teléfono móvil empieza a sonar. El lado de la cama de Gonzalo continúa vacío, anoche no regresó a la habitación y fue lo mejor, no creo que hubiera podido contener mi ira, mi furia ni mi desprecio. Alargo el brazo hacia la mesita de noche y alcanzo mi teléfono móvil con la intención de silenciarlo, no me apetece hablar con nadie. Pero cambio de opinión al ver que es Claudia quién me llama. Puede que en estos momentos odie a Gonzalo, pero su familia no tiene nada que ver con todo esto y se han portado bien conmigo, ellos no se merecen que les haga un desprecio.

–          Hola Claudia. – Trato de sonar alegre.

–          Hola, mi ángel. – Escucho al otro lado del teléfono y reconozco al instante esa voz, es James.

–          James, ¿eres tú? – Me escucho preguntar.

–          Sí, mi ángel. – Me confirma. – Estoy tratando de ir a por ti para que estemos juntos, como debe ser, precioso ángel. Pero me lo están poniendo muy difícil, quieren apartarte de mí. – Empieza a decir James y no lo noto muy lúcido, cuerdo nunca ha estado. – Es nuestro destino, está escrito que vivamos y muramos juntos, precioso ángel.

–          ¿Dónde está Claudia, James? – Le pregunto apretando los puños, rezándole a todos los dioses habidos y por haber para que ella esté bien. – ¿Dónde está, James?

–          La utilizaremos como moneda de cambio, mi ángel. – Me contesta James con una voz espeluznante que me pone la piel de gallina. – Ella será tu liberación.

–          No te entiendo.

–          La pequeña de la familia Cortés no regresará a casa hasta que mi ángel vuelva conmigo.

–          Si yo regreso a tu lado, ¿dejarás que Claudia se marche? – Le pregunto con un hilo de voz.

–          Eso es, precioso ángel. – Me confirma. – Si no estás conmigo antes de medianoche, la mataré.

–          ¡No! – Exclamo con la voz temblorosa. – Yo quiero estar contigo, soy tu ángel. – Le digo mientras las lágrimas invaden mi cara. – Dime a dónde tengo que ir.

–          Un coche te estará esperando frente al portal del edificio de tu apartamento a medianoche. – Me responde. – Si no te llevan, la mataré. Si vienen contigo, también la mataré. Solo la soltaré cuando tú estés junto a mí.

–          Conseguiré estar allí y reunirme contigo, pero no le hagas daño a ella, Claudia es buena, es mi amiga. – Le suplico.

–          Si nos dejan estar juntos, todo irá bien, mi precioso ángel. – Me dice James y se despide antes de colgar – A medianoche estaremos juntos, ángel. A partir de ahora, todo nos va a ir bien, ya lo verás.

James cuelga y yo en lo único que pienso es en que nada podría ir peor. Si a Claudia le pasa algo por mi culpa jamás me lo perdonaré.

Me meto en la ducha y trato de aclarar mis ideas. No sé cómo, pero a medianoche tengo que estar en mi apartamento y para eso antes debo salir de aquí. James no liberará a Claudia hasta que me tenga a mí con él, así que solo hay una solución posible. Tampoco puedo ir acompañada, James me ha advertido lo que pasaría. Puede que, cómo ha dicho James, este sea mi destino. Quizás mi destino no es otro que resignarme a lo que venga, ya no me importa nada.

Me visto con un short tejano y una camiseta de tirantes cruzados a la espalda y bajo a la cocina a desayunar.

–          Cielo, qué mala cara tienes. – Observa Adela nada más verme. – ¿Estás enferma?

–          He pasado una mala noche y no me siento muy bien. – Le respondo diciendo una verdad a medias.

–          Siéntate y deja que te prepare el desayuno. – Me ordena Adela con voz firme pero cariñosa. – ¿Sabe Gonzalo que ya te has levantado? – Me pregunta alzando las cejas, sabedora de mi respuesta.

–          No, cuando me he despertado él no estaba en la habitación. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Pensaba encontrarlo aquí, pero supongo que estará en su despacho con Bruce y Derek y no quiero molestarle.

–          Últimamente todos estáis muy estresados, necesitáis relajaros.

Creo que Adela piensa que Gonzalo y yo hemos discutido. Probablemente ella también sepa que no ha pasado la noche conmigo, puede que también sepa quién es la arpía pelirroja que estuvo aquí anoche, pero a ella no puedo preguntarle nada, sé que Gonzalo se enteraría al instante.

Desayuno en compañía de Adela y, cuando termino, ella sube a la primera planta para arreglar las habitaciones, es una mujer de costumbres y muy inquieta. Me asomo por la ventana y veo a Mike en el jardín, está haciendo el cambio de guardia con otro agente. Lo observo con curiosidad hasta que finalmente se despide de su compañero y se dirige a la casa. Decido abordarlo en la puerta de acceso del jardín, justo antes de que ponga un pie dentro de la casa.

–          Señorita Soler, buenos días. – Me saluda alegremente.

–          Buenos días, Mike. – Le saludo tratando de esbozar una sonrisa. – Por favor, llámame Yas.

–          Lo haría, pero al señor Cortés no creo que le hiciera mucha gracia.

–          El señor Cortés no está aquí ahora mismo y, aprovechando que no está, me gustaría hablar contigo. – Quiero preguntarte algo.

–          De acuerdo, salgamos al jardín.

Caminamos por el jardín hasta que decidimos sentarnos en un banco bajo la sombra de varios árboles, estamos en agosto y hace calor pese a que solo son las diez de la mañana.

–          Tú dirás. – Me anima a hablar Mike.

–          La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. – Empiezo a decir. – Anoche me levanté de la cama y vi a una chica pelirroja con Gonzalo en el salón. Has estado de guardia esta noche y seguro que has visto algo…

–          No tienes nada de lo que preocuparte, a Cortés no le interesa lo más mínimo esa chica, te lo puedo asegurar.

–          Anoche vi como ella le besaba.

–          Y yo vi cómo Cortés la recibió y se despidió de ella. – Me replica Mike. – Yas, conozco la reputación que tiene Cortés, pero he sido testigo de cómo te mira, de cómo te trata y de cómo cuida de ti. Te aseguro que a ella no la miraba cómo te mira a ti.

–          ¿Puedo pedirte algo?

–          Lo que quieras.

–          No le cuentes a nadie nuestra conversación. – Le pido.

–          No te preocupes, será un secreto entre los dos. – Me asegura Mike sonriendo con complicidad. – Por ahí viene tu hombre y creo que no le ha hecho ninguna gracia vernos juntos.

Mike y yo nos quedamos en silencio observando cómo Gonzalo se acerca con cara de pocos amigos. Gonzalo llega hasta nosotros, nos mira con el ceño fruncido durante unos instantes y finalmente me dice:

–          Adela me ha dicho que no te sentías bien, ¿qué haces aquí?

–          He salido al jardín para que me diera el aire y me mareado un poco, pero por suerte Mike estaba cerca. – Miento descaradamente.

–          Vamos, te acompañaré a la habitación. – Sentencia Gonzalo.

Sé que está molesto, caminamos en silencio de regreso al interior de la casa y sigue sin hablarme cuando entramos en la habitación.

–          Parece que ese Mike siempre tiene el don de aparecer en los momentos más oportunos, ¿no crees? – Me recrimina más que molesto.

–          No tengo ganas de discutir, Gonzalo. – Le advierto sin poder evitar un ligero tono furioso en la voz. – No me siento demasiado bien y, si no te importa, voy a tumbarme un rato.

–          Está bien, avísame si necesitas algo, a menos que prefieras avisar a Mike. – Me lanza sus palabras como si fueran dagas antes de salir de la habitación.

Me muerdo la lengua para no echarle en cara la visita nocturna de la pelirroja, ahora ya nada de eso importa, tengo que centrarme en lo importante.

Con la excusa de que no me encuentro bien, paso el día encerrada en la habitación, devanándome los sesos para idear un plan que me permita escapar de aquí y conseguir estar frente al portal de mi apartamento a medianoche.

Antes de la hora de la cena, ya lo tengo todo pensado, solo necesito lograr llevarlo a cabo y no me va a ser nada fácil.

Cuando Gonzalo viene a buscarme para cenar, finjo que sigo enferma para no tener que bajar a cenar junto al resto y Gonzalo, como sigue molesto conmigo, decide pedirle a Adela que me suba la cena a la habitación y así zanja el asunto.

Después de cenar llevo la bandeja con los platos vacíos a la cocina y le digo a Adela, que es la única persona que encuentro en la cocina, que me voy a dormir para que nadie me moleste, lo último que quiero es que alguien entre en la habitación y descubra antes de tiempo que me he ido. Tarde o temprano lo descubrirán, pero necesito tener tiempo para salir de aquí y llegar hasta mi apartamento.

Lo tengo todo planeado, solo tengo que esperar que los agentes de Derek hagan el cambio de guardia a las diez de la noche, a esa hora los agentes se reúnen en grupos de dos y después, los que han finalizado su turno, se reúnen con Derek, Bruce y Gonzalo. Tengo media hora para salir de la casa, atravesar el jardín y llegar a la carretera sin que me vean, no va a ser fácil, pero creo que puedo conseguirlo.

A las diez en punto de la noche, llamo a la empresa de taxi y pido que me vengan a buscar a la entrada de la urbanización, no puedo ir andando a la ciudad o no llegaría ni mañana. Cuando cuelgo el teléfono, activo el modo vibrador y lo guardo en el bolsillo de mi short tejano. Abro la puerta de la habitación y, tras comprobar que no hay nadie en el pasillo, salgo de la habitación y bajo las escaleras sigilosamente. Cojo aire y respiro para tratar de calmarme, el corazón me va tan rápido que parece que se me vaya a salir del pecho. Echo un vistazo y, tras asegurarme de que no hay nadie en el hall, lo atravieso y cruzo rápidamente el estrecho pasillo que me lleva hasta el garaje. No puedo salir por la puerta principal porque me descubrirían, así que decido salir por la puerta lateral del garaje y cruzar el jardín rodeando el muro de contención, camuflándome entre los árboles y la oscuridad de la noche hasta llegar a la puerta de la verja y consigo salir de la propiedad de Gonzalo. Ha sido más fácil de lo que pensaba y eso no me tranquiliza en absoluto porque si yo me he paseado por la casa y el jardín sin que me vean cualquiera podría hacerlo, o bien me han visto y han dejado que me vaya para seguirme, aunque dudo que el carácter de Gonzalo le permitiera quedarse de brazos cruzados y mucho menos con el mal humor que se gasta hoy.

Corro un par de manzanas hacia la entrada de la urbanización donde el taxista ya me está esperando, subo al taxi y le doy la dirección de mi apartamento.

Cuando el taxista para frente al portal de mi edificio, le pago la carrera dándole una generosa propina y entro en el edificio para dirigirme al ático, todavía falta más de una hora para la medianoche, así que decido esperar en el ático, hace ya varias semanas que no paso por aquí.

Solo tuya 20.

“Somos amantes, no podemos dejar de amarnos.” Marguerite Duras.

Dos semanas y media más tarde, Gonzalo y yo viajamos a Londres acompañados por Bruce, Derek y varios de sus agentes. A mí padre no le ha gustado mucho la idea de que viajemos, está muy preocupado, pero Gonzalo ha logrado calmarle prometiéndole que no me ocurriría nada. Las chicas también están muy preocupadas, me llaman constantemente y me visitan de vez en cuando, pero no es lo mismo. No he vuelto a recibir ningún ramo de orquídeas ni nada por el estilo, pero Gonzalo insiste en que no es buena idea que salga sola con mis amigas, así que me reúno con ellas aquí. Cuando ellas vienen a visitarme nadie nos molesta, por lo que podemos hablar de cualquier cosa con tranquilidad, y eso incluye hablar de chicos.

Lorena le ha prometido a Erik que harán pública su relación después de las vacaciones en Alemania; Paula sigue en su nube de amor con Mario; Rocío ha tenido un par de citas con su vecino; y yo tengo una peculiar, apasionada e intensa relación con Gonzalo.

Lo cierto es que no puedo quejarme, Gonzalo está pendiente de mí en todo momento, me complace en todo, es amable, cariñoso y tiene mucha paciencia.

–          Cariño, estás muy callada. – Observa Gonzalo.

–          Estaba pensando. – Le respondo volviéndome para mirarle. Nada más bajarnos del avión nos hemos metido en un coche y ya llevamos dos horas en la carretera, necesito bajarme y estirar las piernas, así que pregunto: – ¿Falta mucho para llegar a casa de Philip?

–          Ya casi hemos llegado, en cinco minutos estaremos en casa de Philip. – Me asegura Derek.

Tal y cómo Derek me ha asegurado, cinco minutos después entramos en una villa y diviso una casa enorme en primera línea de playa. La verja se abre y Derek conduce atravesando el camino y aparca frente al porche de la entrada principal de la casa, donde Philip y su esposa Grace nos esperan para recibirnos.

Los saludamos a ambos con un afectuoso abrazo y Gonzalo se encarga de presentar a nuestros acompañantes.

–          Philip, Grace, ellos son Bruce y Derek, nuestros escoltas. – Gonzalo hace las presentaciones oportunas. – Debido al revuelo que la prensa ha formado con nuestro compromiso, hemos aumentado nuestra seguridad.

–          Tenemos un sistema de seguridad inquebrantable, el jefe de seguridad les llevará a la sala de vigilancia y colaborará con ustedes en lo que necesiten. – Les dice Philip amablemente a Derek y Bruce. – Pero antes os acompañaremos a todos a vuestras habitaciones para que os instaléis y os aséis antes de cenar.

Grace y Philip se encargan de repartir las habitaciones y nos instalamos. Estamos guardando la ropa en el armario cuando de la maleta de Gonzalo se caen dos sobres cerrados. Observo un gesto de sorpresa en el rostro de Gonzalo y le pregunto:

–          ¿Qué es?

–          Son los resultados de nuestros análisis, los recogí de la clínica justo antes de que me hablaras de la existencia de James Hilton. – Me confiesa Gonzalo. – Ese día no era el idóneo para hablar de eso, así que los metí en la maleta ya que al día siguiente nos trasladamos a la casa.

–          Están cerrados. – Observo recogiéndolos del suelo.

–          Quería que lo viésemos juntos, por eso no los abrí. – Me responde Gonzalo y, abrazándome desde la espalda, me pregunta: – ¿Quieres que los abramos ahora?

Asiento con la cabeza y ambos nos sentamos a los pies de la cama. Gonzalo me sonríe y me hace un gesto para que abra los sobres. Primero abro el mío, como no entiendo los resultados, voy directamente al final de la página donde la doctora que lo firma corrobora que todo está bien. Después abro el de Gonzalo y hago exactamente lo mismo, me dirijo hacia el final de la página donde la misma doctora firma los resultados y constata que todo está correcto.

–          Todo está bien aunque, si no hubiera sido así, ya nada podríamos hacer. – Apunto.

–          Cariño, te dije que yo siempre usaba protección, tú eres la única excepción. – Insiste Gonzalo. – Soy solo tuyo, Yasmina.

–          ¿Solo mío?

–          Solo tuyo. – Me asegura.

Gonzalo me besa y, lo que en principio iba a ser un beso breve, se convierte en una maraña de caricias, roces y ropa amontonada en el suelo. Gonzalo hace el intento de tumbarme sobre la cama pero tomo las riendas de la situación y soy yo quién lo tumba a él. Me coloco a horcadas sobre él y Gonzalo me agarra con fuerza de los muslos apretándome contra su entrepierna para hacerme sentir su excitación.

–          No seas impaciente. – Le regaño con voz seductora.

–          ¿Estás juguetona?

Le sonrío con picardía y le doy un casto beso en los labios, para acto seguido deslizar mi boca por su cuello, sus hombros, su pecho y seguir la línea que divide su tórax y su abdomen en dos hasta llegar a su ombligo. Gonzalo trata de cambiar la postura y yo lo inmovilizo al mismo tiempo que le susurro:

–          Sé un chico bueno y estate quieto.

–          Cariño, si sigues así no tardaré en correrme. – Me advierte.

–          Entonces, concéntrate en disfrutar y déjate llevar. – Le sugiero.

Continúo con mi descenso de besos hasta llegar a la pelvis, besos sus ingles, lamo la base de su miembro completamente erecto y me meto la punta de su pene en la boca, arrancando un gemido ronco de las profundidades de la garganta de Gonzalo. Introduzco su erecto pene por completo en mi boca y aprieto los labios al sacarlo, succionando y lamiendo al mismo tiempo, una y otra vez, cada vez más rápido.

–          Quieta. – Me ordena de repente, cogiéndome en brazos al mismo tiempo que se sienta a los pies de la cama y me coloca sobre su regazo, con mi espalda pegada su pecho. – Me encanta lo que acabas de hacer, pero yo también quiero complacerte.

Frente a nosotros, un enorme espejo nos devuelve nuestro reflejo, excitándonos. Gonzalo me acaricia los pechos, pellizca mis pezones y desliza una de sus manos hacia el interior de mis muslos, abriendo mis piernas y exponiéndome frente al espejo. Introduce un dedo en mi vagina y esparce mi humedad hacia el clítoris, estimulándolo con suaves caricias circulares y presionando ligeramente, hasta llevarme al límite.

–          ¿Te gusta, cariño? – Me pregunta cuando nuestras miradas se cruzan en el espejo.

Gimo a modo de respuesta y Gonzalo me penetra sin contemplaciones, entrando y saliendo de mí sin dejar de acariciarme, besándome en el cuello y los hombros, arrastrándome hacia el más puro placer para alcanzar juntos un tremendo orgasmo que nos deja a ambos exhaustos durante varios minutos.

Cuando nuestras respiraciones se acompasan, Gonzalo me besa en los labios y me mira con intensidad, abre la boca para decir algo, pero finalmente se arrepiente, me vuelve a besar y me pregunta con total naturalidad:

–          ¿Nos damos una ducha?

No me da tiempo a responder, Gonzalo me coge en brazos y me lleva al cuarto de baño, donde juntos nos damos una ducha rápida antes de reunirnos con Philip y Grace en el salón.

Cuando entramos en el salón, Derek le está explicando a Philip lo importante que es la discreción para protegernos, así que acuerdan que tanto Derek como Bruce sean considerados como dos invitados más, así podrán tener contacto con todos los invitados y vigilarlos más de cerca.

Pasamos a cenar al comedor y poco después nos retiramos a nuestra habitación a descansar. La fiesta de los Higgins empieza a las once de la mañana y termina después del amanecer, necesitamos estar descansados.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Gonzalo no está en la cama. Me levanto y entro en el cuarto de baño, pero allí solo queda su aroma. Me doy una ducha rápida, me pongo un bikini y un vestido ibicenco. Gonzalo entra en la habitación justo cuando estoy a punto de salir.

–          Hola preciosa. – Me saluda Gonzalo estrechándome entre sus brazos. – Estaba con Bruce y Derek planeando nuestro día y haciendo un recado. – Me besa en los labios y añade sonriendo: – La fiesta se celebra en el jardín, entre la piscina y la zona de barbacoa.

–          Lo sé, me he puesto el bikini que tanto te gusta. – Le contesto divertida.

Gonzalo me escruta con la mirada, frunce el ceño y después me sonríe divertido antes de decirme entre risas:

–          Cariño, será mejor que no me provoques o Philip y su esposa nos echarán de su casa por comportarnos de forma inadecuada, puede que también nos detenga la policía por escándalo público.

Entre bromas y risas, bajamos a desayunar a la cocina, donde nos encontramos a Philip y Grace terminando de desayunar con prisa para empezar a recibir a los primeros invitados que ya deben estar por llegar.

A las doce del mediodía la casa de los Higgins está abarrotada de gente que disfruta nadando en la piscina, tomando el sol sobre el césped o charlando bajo a la sombra de varios árboles. Cómo era de esperar, Gonzalo no se separa de mí ni un solo segundo y Derek y Bruce siempre están a nuestro alrededor, a escasos metros de distancia.

Antes de comer, Gonzalo me propone que nos demos un baño en la piscina, aprovechando que el calor empieza a apretar y que la mayoría de invitados se dirigen a la zona de barbacoa donde han instalado una improvisada barra de bar. Estamos a punto de zambullirnos en la piscina cuando el teléfono móvil de Gonzalo empieza a sonar.

–          Cógelo pero no tardes, te estaré esperando en el agua. – Le susurro al oído.

Gonzalo me dedica una sonrisa y contesta al teléfono sin quitarme los ojos de encima, no quiere perderse ni un solo detalle. Me quito el vestido ibicenco y lo dejo sobre una de las hamacas. Me vuelvo para mirar a Gonzalo y, tras guiñarle un ojo, me recoloco el bikini provocándole, me dirijo hacia a las escaleras para entrar en la piscina y me zambullo en el agua. Observo a Gonzalo como se apresura en despedirse de su interlocutor y se reúne conmigo. Cómo dos críos, nos salpicamos y nos hacemos ahogadillas. Después nos reunimos con el resto de invitados y comemos en el jardín, bajo unas pérgolas para escondernos del sol.

Después de comer pasamos la tarde en el jardín charlando con otros invitados y divirtiéndonos con los anfitriones de la fiesta.

A la cena es obligatorio asistir de etiqueta, así que Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación para darnos una ducha y arreglarlos para la cena. Cuando salgo del baño envuelta en una diminuta toalla, me encuentro a Gonzalo ya vestido. Me sonríe pícaramente y me entrega una caja envuelta en papel de regalo.

–          ¿Qué es esto? – Le pregunto sorprendida.

–          Ábrelo, es un regalo. – Me responde sin dejar de sonreír.

Como si fuera una niña pequeña, agarro con entusiasmo el enorme paquete y desgarro el papel de regalo, dejando al descubierto una caja. Miro a Gonzalo con curiosidad y lo veo observándome con una sonrisa en los labios y un brillo especial en los ojos. Abro la caja y reconozco en seguida la tela: es un vestido negro de encaje. Concretamente, es el mismo vestido que me probé en una de las tiendas de Londres cuando compré el vestido para la gala anual sobre la exposición y la subasta de objetos de decoración que organiza Philip.

–          No me lo puedo creer, ¿cuándo lo has comprado? – Le pregunto emocionada por el regalo, pero todavía más por el detalle de recordar que el vestido me encantaba. – Es perfecto, pero no puedo aceptarlo, Gonzalo. Este vestido cuesta una fortuna.

–          Lo he comprado esta mañana, anoche recordé lo indecisa que estabas al decidir qué vestido comprar para la gala cuando estuvimos en Londres el mes pasado. – Me empieza a decir Gonzalo. – También recordé lo bien que te quedaba y no he podido resistirme. En realidad, es un regalo para los dos, así que sí puedes aceptarlo. Y también te he comprado esto. – Me dice divertido mostrándome una bolsa de La Perla. Espero haber acertado.

–          Gonzalo, el vestido ya viene preparado para… En fin, que no se necesita ropa interior para llevarlo. – Le contesto ruborizada.

–          Lo sé, la dependienta me lo ha repetido varias veces esta mañana, pero no quería que pensaras que soy un pervertido. – Me confiesa un poco avergonzado.

No puedo evitar estallar en carcajadas y contagio a Gonzalo. Ambos nos reímos hasta sentir dolor en la barriga y las mejillas.

–          Voy a vestirme.

–          ¿Necesitas ayuda?

–          Si me ayudas no saldremos de esta habitación en toda la noche. – Rechazo su oferta sonriendo burlonamente.

Entro en el baño y me pongo el vestido. Estoy tratando de subir la cremallera del vestido cuando Gonzalo entra en el baño y, colocándose a mi espalda, me ayuda a terminar de vestirme.

–          Estás preciosa. – Me susurra al oído. – Será mejor que bajemos a cenar o empezaré a desnudarte.

Sé que Gonzalo habla en serio, así que decido no provocarle y nos dirigimos al jardín trasero donde los anfitriones están recibiendo de nuevo a los invitados y los guían hasta sus asientos. Las mesas están repartidas a ambos lados de una glamurosa alfombra roja y constan de ocho asientos cada una. Gonzalo y yo nos sentamos con otras tres parejas que deben rondar los treinta y muchos o cuarenta y pocos. Somos los más jóvenes de la mesa, puede que incluso los más jóvenes de la fiesta, pero rápidamente entablamos conversación con el resto de componentes de la mesa. Brian Thomson, el hombre que se sienta a mi lado, un tipo bastante simpático y muy atractivo, no deja de darme conversación, algo que hace rato que irrita a su pareja y, cómo no, a Gonzalo.

–          Y dime, ¿habéis empezado a salir juntos hace poco? – Me pregunta Brian.

–          El suficiente, al menos si se tiene en cuenta que vivimos juntos y además estamos prometidos. – Interviene Gonzalo con un tono nada amistoso.

–          Lo siento, como no he visto ningún anillo en su dedo he supuesto mal. – Le responde Brian burlonamente.

Noto como el cuerpo de Gonzalo se tensa y no tengo ninguna necesidad de mirarle para averiguarlo.

–          ¡Oh, cariño! – Exclamo como una actriz de Hollywood. – Te dije que no me entretuvieras al salir de la ducha y se me ha olvidado ponerme el anillo.

Gonzalo me mira con el ceño fruncido, pero después sonríe y me dice antes de besarme en los labios con verdadera adoración:

–          Tienes razón, pero ya sabes que no puedo resistirme a ti.

A Brian parece habérsele quitado las ganas de hablar y su pareja, que ha estado de morros toda la noche, espera a que sirvan el postre y que Philip y Grace den su discurso de agradecimiento a los invitados por su asistencia y se marchan.

Tras el discurso, los camareros empiezan a recoger los platos y las copas vacías y pasamos al otro lado del jardín. Junto a la piscina, han improvisado una pista de baile.

–          ¿Quieres bailar? – Me propone Gonzalo cuando empieza a sonar la canción “por fin” de Pablo Alborán.

Acepto encantada su invitación y nos hacemos un hueco en la pista de baile. Bailamos abrazados, escuchando la suave y dulce melodía acompañada por la increíble voz de Pablo Alborán. Cuando la canción termina, Gonzalo me susurra:

–          Me gusta lo que dice esta canción, describe exactamente lo que tú me haces sentir.

–          Señor Cortés, ¿se me está declarando? – Bromeo.

–          Por supuesto que no, tan solo estoy constatando un hecho. – Me contesta sonriendo burlonamente. – Pero un anillo en tu dedo nos evitaría muchos malos entendidos, ¿no crees?

Gonzalo coge mi dedo anular y lo acaricia justo en el sitio preciso donde debería ir un anillo de compromiso. No dice nada, se limita a besar mi mano y después me besa en los labios, pero mantiene el ceño fruncido y sé que está cavilando algo.

Tomamos un par de copas, bailamos un par de canciones más y, cuando todos los invitados están ya lo suficiente alegres y contestos gracias a los efectos del alcohol, Gonzalo y yo decidimos retirarnos a hurtadillas a nuestra habitación.

–          Cariño, llevo toda la noche queriendo quitarte ese vestido. – Me confiesa. – Saber que no llevas nada debajo me ha estado volviendo loco.

Le doy la espalda y me aparto la melena a un lado, dándole acceso a la cremallera de mi vestido que Gonzalo no tarda en bajar y el vestido cae a mis pies. Completamente desnuda, me vuelva frente a él, rodeo su cuello con manos y le susurro al oído:

–          Soy solo tuya.

Sé que esas tres palabras lo han vuelto loco. Sus ojos brillan con intensidad, sus manos acarician todo mi cuerpo y, sin darme apenas cuenta, ambos caemos completamente desnudos en la cama y nos fundimos el uno con el otro con un ritmo suave. Gonzalo me hace el amor con adoración y delicadeza, no es que las otras veces no haya sido delicado, pero esta vez es diferente. Es su manera de expresar lo que siente y, aunque no se lo digo, yo también lo quiero.

Solo tuya 19.

Solo tuya

“Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.” William Shakespeare.

Hace siete días, con sus correspondientes siete noches, que nos trasladamos a la nueva casa de Gonzalo y todo sigue igual que el primer día que llegamos. Seguimos sin tener pistas de James, pero me ha enviado otros dos ramos de orquídeas con dos notas, en ambas notas ponía lo mismo pero con diferentes palabas: tenía planeado rescatar a su ángel. Derek y sus agentes continúan custodiándonos y Gonzalo y yo nos hemos amoldado a nuestra nueva rutina. Gonzalo se levanta cuando yo me despierto y se da una ducha mientras yo remoloneo un rato más en la cama, cuando sale de la ducha, me da un beso en los labios y se viste. Entonces yo me levanto, me doy una ducha y me reúno con él en la cocina para desayunar juntos, el resto ya hace rato que desayunaron. Después nos encerramos en su despacho y trabajamos desde allí con nuestros respectivos portátiles, también con la presencia de Bruce y algunos días también con la presencia de Roberto. A la hora de comer nos reunimos todos en el salón y tratamos de hacer un poco de vida social por eso de mantener la cordura. Pasamos la tarde igual que la mañana hasta la hora de cenar, momento en el que volvemos a reunirnos todos y aprovechamos para ponernos al corriente de lo que vamos a hacer al día siguiente y después cada uno se retira a su habitación. Gonzalo y yo dormimos abrazados, como dos buenos amigos, y así hasta que me despierto y el día se vuelve a repetir. Hasta hoy.

Esta mañana cuando me he despertado Gonzalo ya no estaba en la cama. Me he levantado, me he dado una ducha y he bajado a la cocina, donde Adela me ha informado de que Gonzalo ha salido con Bruce y Derek. Me ha sentado fatal, se ha ido y no ha sido capaz de despertarme, me prometió que estaría en todo momento conmigo.

Desayuno y subo de nuevo a la habitación dispuesta a darle una lección a Gonzalo. Me pongo el bikini más sexy que he traído y un pareo a juego y me dirijo al jardín, dispuesta a darme un chapuzón en la piscina sin importarme ser el centro de las miradas de los agentes que hay por la casa y el jardín.

Me tumbo en una de las hamacas y tomo el sol. Como hace mucho calor, al rato decido darme un chapuzón en la piscina y nado unos largos antes de regresar de nuevo a la hamaca. De reojo veo como uno de los agentes que merodea por el jardín no me quita los ojos de encima y cuando nuestras miradas se cruzan me dedica una tímida sonrisa. El chico es muy atractivo, pero Gonzalo no tiene nada que envidiarle. Escucho el coche de Bruce aparcar en la cochera, he subido tantas veces en ese todoterreno que ya reconozco el sonido de su motor. Gonzalo debe estar entrando en casa y entonces se me ocurre algo:

–          Perdona, ¿podrías echarme una mano? – Le pregunto al agente que no ha dejado de mirarme al mismo tiempo que le muestro el bote de crema con protector solar.

El agente me dedica una amplia sonrisa y se acerca rápidamente. Coge el bote de crema y me tumbo boca abajo en la hamaca mientras el atractivo agente se encarga de cubrir mi espalda con protector solar.

–          ¿Cómo te llamas? – Le pregunto.

–          Me llamo Mike, señorita Soler.

–          ¿Qué tal llevas estar aquí encerrado?

–          Bastante bien, pero echo de menos mi libertad. – Me responde divertido. – Y tú, ¿cómo lo llevas?

–          Bastante mejor de lo que esperaba, la verdad. – Le confieso. – Pero también echo de menos mi libertad.

Tal y cómo había previsto, Gonzalo atraviesa el jardín hasta llegar a la piscina para buscarme y me encuentra tumbada y al agente de Derek masajeándome la espalda.

–          ¿Me puedes explicar qué estás haciendo? – Me pregunta Gonzalo furioso. Se vuelve hacia al agente y le espeta furioso: – Lárgate y aléjate de ella.

El agente asiente con la cabeza y me dirige una última mirada antes de marcharse y yo le dedico una sonrisa tranquilizadora, al fin y al cabo he sido yo quien le ha metido en este lío.

–          Mike me estaba echando crema para protegerme del sol, te lo hubiera pedido a ti, pero no estabas. – Le contesto más que molesta.

–          ¿Mike? – Me pregunta furioso. – ¿Os habéis hecho amigos?

–          No hemos llegado a tanto, nos has interrumpido. – Le replico.

–          Pero, ¿se puede saber qué cojones te pasa? – Me gruñe acabando con su paciencia.

–          ¿Qué cojones te ocurre a ti? – Le espeto furiosa. – Me tienes todas las noches y no me tocas, pero tampoco puedes dejar que otro me toque. ¿Qué quieres de mí?

Gonzalo coge la toalla y me tapa con ella, acto seguido me coge en brazos y carga conmigo como si fuera un saco de patatas. Cruza el jardín conmigo acuestas y entramos por la puerta del salón, donde veo a Bruce, Derek, Roberto y Esther que contemplan la escena divertidos.

–          Bájame, Gonzalo. – Le ordeno enfurruñada.

–          Ahora mismo volvemos. – Les dice Gonzalo sin importarle estar montando un numerito.

Sube conmigo las escaleras hasta la primera planta y no deja que mis pies toquen el suelo hasta que entramos en la habitación. Con gesto serio y un tono de voz frío y duro, me ordena:

–          Ponte algo de ropa y baja al salón, tenemos visita.

Da media vuelta y se marcha, dejándome con un palmo de narices. Desafortunadamente, mi estrategia solo ha servido para complicar todavía más las cosas entre nosotros. Cojo una camiseta de tirantes y un short tejano del armario y me visto rápidamente. Después entro en el cuarto de baño y me cepillo el pelo, que lo llevo hecho una maraña. Cuando estoy a punto de salir, alguien llama a la puerta de la habitación. Sé que no es Gonzalo, él está demasiado enfadado para formalismos.

–          Adelante. – Digo en voz alta mientras busco mi teléfono móvil.

–          Hola Yas, ¿puedo pasar? – Me pregunta Esther asomando la cabeza.

–          Oh, claro, pasa. – Le contesto un poco confusa. – Perdona por el numerito de antes.

–          No te preocupes, ha sido muy divertido ver a Gonzalo perder el control y la serenidad, él es siempre tan calmado que verlo así es algo insólito.

–          Supongo que soy yo que le saco de sus casillas. – Le respondo suspirando. Lo que menos falta me hace en este momento es que su mejor amiga y su secretaria me echen a mí la culpa de todo.

–          Gonzalo me ha contado lo que ha pasado en la piscina y quería decirte algo.

–          Esther, sé que Gonzalo es tu amigo y me imagino lo que te habrá dicho, pero te aseguro que no es exactamente lo que parece. – Me defiendo antes de que me ataque.

–          Sé exactamente lo que parece. – Me dice con una tierna sonrisa. – Yas, a Gonzalo le gustas, es la primera vez que siente esto por alguien que no sea él mismo. Se está esforzando, todo esto es nuevo para él. Gonzalo es consciente de su pasado y teme que no confíes en él, teme que creas que está aquí por echar un polvo contigo cuando en realidad está aquí porque te quiere.

–          Tranquila, te aseguro que me ha dejado claro que no está aquí por echar un polvo conmigo. – Le contesto frustrada.

–          Cree que si no mantiene relaciones contigo pero te demuestra que está de tu lado tú confiarás en él y en lo que siente. – Me aclara Esther. – Aunque en este momento lo que siente son celos y no está muy familiarizado con ellos, así que deberás ser paciente.

–          Ya no me queda paciencia.

–          Si me permites un consejo, demuéstrale que confías en él.

–          ¿Y así dejaré de ser su nueva hermana pequeña? – Le pregunto resignada. Esther se echa a reír a carcajadas y contagiándome yo también, le digo sin sonar muy convincente: – No te rías, esto es frustrante.

–          Para eso te recomiendo que seas clara, dale a elegir entre él o ese agente tan atractivo y ya verás qué rápido reacciona. – Me dice divertida.

Ambas bajamos las escaleras y nos dirigimos al salón riendo como dos buenas amigas. Todos nos miran divertidos, todos excepto Gonzalo, que nos fulmina a ambas con la mirada.

–          Estabas preciosa con ese bikini, Yas. – Me dice Roberto guiñándome un ojo, solo para fastidiar a Gonzalo.

–          Roberto, cállate. – Le gruñe Gonzalo a su amigo.

Su tono de voz tan frío y serio me acobardan un poco, puede que me haya pasado un poco tratando de provocarle, pero en mi defensa alegaré que al menos he obtenido una reacción por su parte. Aunque tomo nota mental de no volver a ponerle celoso, se pone insoportable y gruñe demasiado.

–          Ahora que ya estamos todos, podemos empezar. – Dice Gonzalo mirándome con reproche. – Esta mañana hemos vuelto a la floristería y los propietarios nos han dado copias de los vídeos de seguridad del local desde donde encargaron las orquídeas, podemos verlo y confirmar si realmente os parece que es James Hilton.

Gonzalo pone el primer DVD y todos contemplamos el televisor de plasma de cincuenta pulgadas a la espera de poder identificarlo. Yo también presto toda mi atención y me tenso cuando lo veo aparecer. Sigue llevando gorra y gafas de sol, han pasado cinco años desde la última vez que le vi, pero estoy segura de que es él. Imágenes de antiguos recuerdos aparecen en mi mente, el día que le conocí, el día que se me secuestraron, los dos días que pasé sin saber qué iba a ser de mí, su rescate y, por último, la explosión de su casa con él dentro. El corazón me late tan deprisa que parece que se me vaya a salir del pecho, estoy apretando los puños tan fuerte que me estoy clavando las uñas en las palmas de las manos, pero yo no soy consciente de nada, mi mente está en otro lugar.

–          Yas, ¿estás bien? – Oigo la voz de Derek que me devuelve a la realidad. – Yas, estás pálida, ¿te encuentras bien?

–          Sí, perdona es solo que… – Todos me miran esperando una respuesta, me siento presionada y yo ahora mismo estoy demasiado ocupada intentando no volverme loca, todo esto me está superando. – Lo siento, no puedo… Disculpadme unos minutos.

Salgo del salón y subo las escaleras hasta llegar a la habitación principal, donde me encierro justo a tiempo para evitar que nadie vea cómo las lágrimas caen de mis ojos sin cesar. Me tumbo boca abajo en la cama y me desahogo hasta que escucho como la puerta de la habitación se abre y acto seguido se vuelve a cerrar. Unos pasos se acercan hasta los pies de la cama y un lado del colchón se hunde ligeramente, alguien se ha sentado a mi lado. No me hace falta levantar la vista para saber de quién se trata, la mano de Gonzalo acaricia mi espalda y la reconozco al instante.

–          Yasmina…

–          Déjame a solas. – Le gruño al escuchar salir de su boca mi nombre completo. Ya no soy cariño o preciosa, soy Yasmina.

–          No pienso irme a ninguna parte, te prometí que no me separaría de ti.

–          Pues esta mañana no te ha importado tu promesa. – Le reprocho.

–          Cariño, solo he ido con Bruce y Derek a la floristería, creía que regresaríamos antes de que te hubieras despertado, pero encontramos algo de tráfico y tardamos más de lo que habíamos previsto. – Me dice Gonzalo. – Pero en cuanto he atravesado la puerta y te he visto en bikini con tu nuevo amigo Mike frotándote la espalda me ha quedado muy claro lo que tengo que hacer.

–          Y, ¿qué se supone que tienes que hacer? – Le pregunto con curiosidad pero también preocupada.

–          Para empezar, no volver a separarme de ti. Y, si en un futuro necesitas que alguien te ponga crema me lo pides a mí y, si por alguna remota casualidad yo no estoy en casa, se lo pides a Adela, ¿de acuerdo? – Le miro alzando las cejas en señal de desaprobación y añade: – Te quiero solo para mí, cariño.

–          ¡No me quieres ni para ti ni para nadie! – Le espeto frustrada.

–          ¿Por qué dices eso? – Me pregunta confundido.

–          Llevas una semana acostándote en la misma cama que yo y no me has tocado, Gonzalo.

–          Yasmina, solo quiero que entiendas que estoy aquí porque me importas, no porque quiera echar un polvo. – Me suelta al borde de la histeria. – Joder, ¡me ducho con agua fría todas las mañanas! ¿Crees que a mí no me cuesta contener mis ganas de abalanzarme sobre ti y devorarte?

–          ¡Pero yo no te he pedido que te contengas! – Protesto a gritos.

Gonzalo me mira y me remira con esa intensidad de su mirada que me paraliza, pero que también me derrite. Frunce el ceño como si quisiera adivinar lo que estoy pensando y, finalmente, da un par de pasos hacia a mí y me besa apasionadamente. Me envuelve entre sus brazos, me estrecha contra su cuerpo, me acaricia por todas partes y se deshace de nuestra ropa. Sin darme apenas cuenta, Gonzalo y yo estamos completamente desnudos, él me agarra de los muslos y me coge en brazos haciendo que le rodee la cintura con mis piernas, empotra mi espalda contra la pared y gimo excitada.

–          ¿Esto es lo que mi caprichosa quiere? – Me pregunta con la voz ronca al mismo tiempo que me penetra de una sola estocada y sin previo aviso. – Dime, caprichosa.

–          Sí, llegas una semana tarde. – Le digo arqueando mi cuerpo.

–          Entonces, tendremos que ajustar cuentas. – Me dice Gonzalo mirándome con travesura y me lleva hasta a los pies de la cama, donde me coloca a cuatro patas para penetrarme desde atrás.

Me enviste una y otra vez hasta que sus manos agarran mis hombros y pega mi espalda a su pecho, dejándome de rodillas sobre la cama para tener un mejor acceso a mis pechos y a mi clítoris. Me besa en la nuca, en el cuello, desliza sus labios hasta mi hombro izquierdo y hace el recorrido de vuelta para dirigirse hacia mi hombro derecho. Mi cuerpo empieza a temblar cuando percibe los primeros espasmos del orgasmo y Gonzalo sale de mí, me tumba en la cama boca arriba y se tumba sobre mí, haciendo que le rodee la cintura con mis piernas para poder penetrarme con mayor profundidad. Una envestida, dos, tres. Mi cuerpo recibe miles de descargas eléctricas y me arqueo en busca de más placer. Gonzalo lleva sus labios hacia uno de mis pezones, lo estimula con su lengua y tira de él con sus dientes, yo grito de placer. Repite la misma maniobra con el otro pezón y yo vuelvo a gritar excitada. Entonces, sus envestidas se vuelven más rápidas y profundas, con su mano izquierda coge mis dos muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza mientras lleva su mano derecha entre nuestras pelvis, haciéndose hueco para llegar a mi clítoris y estimularlo con su dedo pulgar moviéndolo en círculos y presionando con suavidad.

–          Córrete, cariño. – Me ordena.

Y mi cuerpo le obedece al instante. Exploto en mil pedazos, mi cuerpo se convulsiona bajo el cuerpo de Gonzalo, que tras dos envestidas más, se corre dentro de mí y me acompaña en este estado de placer absoluto. Se desploma hacia a un lado de la cama, arrastrándome a mí con él, y me estrecha con fuerza entre sus brazos. Cuando por fin logra respirar con normalidad, me besa en los labios y me susurra:

–          Te deseo a todas horas, incluso cuando estoy furioso contigo, no lo dudes nunca.

–          ¿Eso significa que sigues enfadado conmigo? – Me arriesgo a preguntar.

–          Un poco. – Me confiesa mirándome con el ceño fruncido. – Pero supongo que la culpa es mía por no haberme dado cuenta antes de lo que mi caprichosa necesitaba, aunque será mejor que te mantengas alejada de cualquier hombre que no sea yo.

–          ¿Está celoso, señor Cortés? – Le pregunto provocándolo.

–          Muchísimo, señorita Soler. – Me confirma mirándome a los ojos. – Estoy tan celoso que sería capaz de encerrarme contigo en esta habitación y no salir nunca.

–          Suena muy tentador. – Le susurro con voz seductora.

Gonzalo me dedica una de sus sonrisas macarras y acto seguido rueda en la cama conmigo, atrapándome entre el colchón y su cuerpo.

–          Me encanta complacerte, caprichosa. – Me susurra con la voz ronca antes de devorarme la boca.

Hacemos el amor de nuevo en la cama y después repetimos en la bañera. Cuando salimos de la habitación han pasado más de dos horas desde que Gonzalo se encerró conmigo y no puedo evitar ruborizarme al encontrarme con las sonrisas de Bruce y Derek, los únicos que continúan en el salón.

–          Parecéis más relajados. – Comenta Derek divertido.

–          Ha sido una larga negociación. – Le respondo bromeando.

Gonzalo prohíbe que me vuelvan a enseñar los vídeos alegando que es evidente que he reconocido a James Hilton y no es necesario que vuelva a pasar por ello.

Después de comer, Gonzalo me propone que pasemos la tarde en la piscina y yo acepto encantada. Curiosamente, no aparece ninguno de los agentes de Derek por nuestro alrededor y sé que es obra de Gonzalo. Se ofrece a ponerme crema y yo me tumbo boca abajo en la hamaca mientras él masajea mi piel lentamente, sin dejar un solo recoveco de mi piel sin aplicar la crema protectora.

–          Date la vuelta, cariño. – Me ordena.

Le obedezco al instante y Gonzalo me dedica una pícara sonrisa. Empieza esparciendo la crema por mis piernas, acercándose lo suficiente al centro de mi placer pero sin llegar a tocarlo, provocándome con cada caricia. Después continúa por mi escote, siguiendo la línea de la parte superior de mi bikini tres o cuatro pasadas para después dar una última pasada y acariciar mis pezones con su dedo pulgar y anular.

–          Estás jugando sucio. – Le advierto.

–          No cariño, esto es jugar sucio. – Me dice mirándome a los ojos al mismo tiempo que introduce la mano entre la tela de la braguita de mi bikini y desliza uno de sus dedos hacia mi húmeda vagina. Gimo y me arqueo y Gonzalo me sonríe pícaramente, está tramando algo. – Hace mucho calor, ¿quieres que nos demos un baño?

Le sonrío a modo de respuesta y Gonzalo me coge en brazos y entra en la piscina cargando conmigo, tiene una extraña manía en no dejarme andar. Se dirige hacia a la mitad de la piscina, justo donde el agua le llega por los hombros, pero a mí me cubre casi por completo. Me acorrala contra el bordillo de la piscina y coloca mis piernas alrededor de su cintura, rozándome con su dureza contra el centro de mi placer con las telas de nuestros bañadores de por medio. Gimo e intento paliar mi gemido mordiendo su hombro, provocando un sexy gruñido en la garganta de Gonzalo. Me besa en los labios y, apartando la tela del bikini para entrar en mí, me susurra al oído con la voz ronca:

–          Va a tener que ser algo rápido, caprichosa. A menos que te guste tener espectadores.

Acto seguido, me penetra de una sola estocada y mi cuerpo empieza a temblar. Gonzalo lleva uno de sus dedos hacia a mi clítoris para acelerar mi orgasmo mientras entra y sale de mí una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Mi cuerpo empieza a convulsionarse y estallo en mil pedazos entre los brazos de Gonzalo, que se derrama dentro de mí y me abraza con fuerza. Me besa en los labios y me susurra:

–          Siempre acabo lo que empiezo.

Nos recolocamos nuestros bañadores y volvemos a abrazarnos, disfrutando de nuestra compañía y de este divertido momento. Eso hacemos cuando Adela se acerca a la piscina y nos dice:

–          Tenéis visita.

–          ¿Tenemos visita? ¿Quién ha venido? – Pregunta Gonzalo.

–          El señor Philip Higgins.

–          Dile, que le recibiremos en cinco minutos, vamos a cambiarnos de ropa. – Le dice Gonzalo a Adela.

Curiosos por la visita sorpresa de Philip, Gonzalo y yo subimos a la habitación para cambiarnos de ropa y rápidamente aparecemos en el salón y saludamos a Philip, que nos pone al corriente de su repentina visita.

–          Lamento aparecer sin avisar, pero aprovechando mi viaje a Barcelona quería veros para invitaros a la fiesta de bienvenida al verano que celebramos mi esposa y yo en nuestra casa de la playa en Inglaterra. – Nos dice Philip. – Será dentro de dos semanas, estáis invitados a pasar con nosotros el fin de semana, estoy seguro de que os divertiréis.

–          Te agradecemos enormemente la invitación, Philip. – Empieza a decir Gonzalo. – Pero tendremos que mirar nuestras agendas antes de poder confirmarte nuestra asistencia.

–          Prometedme al menos que lo intentaréis. – Nos dice Philip.

–          Te prometemos que haremos todo lo posible por asistir. – Le prometo.

Philip se despide de nosotros, tiene poco tiempo o perderá su avión de regreso a Londres, así que quedamos en llamarle en unos días para darle una respuesta fiable.

Nada más marcharse Philip, Gonzalo habla con Derek, quiere que asistamos a esa fiesta, cree que un fin de semana fuera nos vendrá bien y cuenta con la aprobación de Derek. Sus agentes también quieren ver a su familia y amigos, si regresan a Londres podrán estar con ellos unas horas y, como Derek nos dijo, tenemos que dejarnos ver en público, salir a cenar o al cine, y no hemos hecho nada de eso. Así que, por unanimidad, decidimos asistir a la fiesta de Philip que tendrá lugar en dos semanas.

Solo tuya 18.

Solo tuya

“Hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos sentimientos muy distintos. El primero es deseo; lo segundo es amor.” Milán Kundera.

Paso la noche en la cama de Gonzalo, pero él no aparece en ningún momento de la noche. Me despierto continuamente debido a las pesadillas, las mismas pesadillas que tenía en Londres cuando trataba de recabar información sobre la organización de James. Pero la última pesadilla ha sido tan real que me despierto gritando, incorporándome bruscamente en la cama y con la cara mojada por las lágrimas.

Un segundo más tarde, la puerta de la habitación se abre y veo entrar una silueta que reconozco al instante, es Gonzalo. Se sienta en la cama junto a mí y me abraza, me estrecha contra su cuerpo mientras yo sollozo asustada.

–          Tranquila Yasmina, solo ha sido una pesadilla. – Me susurra.

Oírle pronunciar mi nombre en vez de llamarme “cariño” hace que mis ganas de llorar aumenten, pero ya sea por dignidad o por tratar de que no se alargue mi sufrimiento, me seco las lágrimas con el dorso de la mano, me separo bruscamente de Gonzalo y, antes de levantarme y encerrarme en el cuarto de baño, le digo con un hilo de voz:

–          Estoy bien, perdona.

Nada más entrar en el cuarto de baño, las lágrimas vuelven a inundar mis ojos y empiezan a rodar por mis mejillas como si fueran dos cascadas. Gonzalo golpea suavemente la puerta con su mano y, tratando de que su voz suene suave y calmada, me dice desde el otro lado de la puerta:

–          Cariño, por favor abre la puerta.

¿Cariño? ¿Ha dicho cariño?

–          Estamos juntos en esto, somos un equipo, ¿lo recuerdas? – Insiste Gonzalo. – Soy un idiota y no he sabido comportarme, pero te aseguro que he recapacitado. Abre la puerta, Yas. Solo quiero abrazarte.

¿Yas? Él nunca me llama así. Abro la puerta despacio y Gonzalo se afana en envolverme entre sus brazos y llevarme a la cama de nuevo.

–          Perdóname, cariño. – Me susurra al oído. – Duérmete, yo me quedaré aquí contigo y no me iré a ninguna parte.

–          Pero…

–          Sht. Ya hablaremos cuando hayas descansado, pero te anticipo que no te va a ser fácil deshacerte de mí si es eso lo que pretendes. – Me susurra mientras me arropa como si fuera una niña pequeña. – Descansa, preciosa.

Consigo volver a dormirme, todo es más fácil si Gonzalo me envuelve entre sus brazos. Cuando me despierto ya ha amanecido, pero por la luz suave que se filtra por la persiana sé que todavía es muy temprano.

–          Buenos días, cariño. – Me susurra Gonzalo al oído. – Tengo que ir a la oficina, pero tú puedes quedarte un rato más en la cama, todavía es muy temprano. – Gruño en forma de protesta y ronroneo estrechándome contra a él con fuerza, no quiero que se vaya. – No tardaré en volver, te lo prometo.

Gonzalo me besa en los labios y se levanta para dirigirse al cuarto de baño donde escucho el agua de la ducha correr. Unos minutos más tarde, aparece de nuevo envuelto con una toalla, como si fuera un dios griego. Se viste frente a mí sin ningún tipo de pudor mientras yo me deleito con las maravillosas vistas que me ofrece.

–          Deja de mirarme así o llegaré tarde a la reunión. – Me dice burlonamente y sonriendo de oreja a oreja. Me da un casto beso en los labios añade antes de marcharse: – Regresaré antes de que te hayas dado cuenta de que me he ido.

Cansada y sin nada mejor que hacer, decido obedecerle y me vuelvo a dormir. Cuando vuelvo a despertarme son las diez de la mañana, así que me pongo en pie y me doy una ducha rápida. Tras vestirme y peinarme, recojo todas mis cosas y voy a la cocina a desayunar. Adela está hablando por teléfono en la cocina y la saludo con la mano para no interrumpirla, al mismo tiempo que le oigo decir a su interlocutor:

–          Ya se ha levantado. – Una pausa y añade: – No te preocupes, me aseguraré de que desayune. – Adela cuelga y, dedicándome una cálida sonrisa, me confía: – Gonzalo está preocupado por ti, me ha pedido que me asegure que desayunas bien. Ayer metió la pata hasta el fondo, pero se arrepiente y está tratando de enmendarlo.

–          Ayer estábamos todos muy nerviosos y yo tampoco fui sincera del todo con Gonzalo, por eso se ha enfadado conmigo. – Le confieso sintiendo la necesidad de hablar con alguien.

–          Nunca lo había visto así por ninguna chica, Yas. – Me asegura Adela. – Dale tiempo, todo esto es nuevo para él.

Adela me sirve un café y unas tostadas y me lo tomo todo, estoy hambrienta. Adela está al corriente de todo lo que sucede así que hablamos del traslado a la nueva casa y la ayudo a empaquetar y organizarlo todo para distraerme.

A las once y media de la mañana, Gonzalo y Bruce llegan de la oficina y, nada más entrar en el salón y verme, Gonzalo se acerca a mí y me acuna entre sus brazos con ternura al mismo tiempo que me susurra al oído:

–          Ven aquí, cariño. – Me besa en los labios y me pregunta: – ¿Has desayunado ya?

–          Sí, y también he recogido todas mis cosas. – Le contesto más animada. – Adela y yo no hemos querido empaquetar tus cosas por si necesitabas algo ahora.

–          Solo te necesito a ti. – Me susurra. – Ven, tenemos que hablar.

Gonzalo me coge de la mano y me lleva a la habitación, cierra la puerta detrás de nosotros y, agarrándome por la cintura y mirándome a los ojos, me dice:

–          Antes de irse, Derek me dejó el informe del caso Hilton y anoche lo estuve leyendo. Sé todo lo que ocurrió y por todo lo que tuviste que pasar y entiendo que me lo hayas ocultado hasta estar segura de ello. Reconozco que no me comporté cómo debía, pero te prometo que te lo voy a compensar, cariño. – Me besa en los labios y añade: – Somos un equipo y te quiero a mi lado, no lo olvides.

A las doce en punto del mediodía, Derek llega al apartamento junto a tres de sus agentes, los mismos con los que vino anoche. Entre Derek, Bruce y Gonzalo deciden cómo gestionar la situación y lo primero es trasladarnos a la nueva casa de Gonzalo. Por suerte, Borja ya ha acabado con la decoración y la casa está lista para entrar a vivir.

Llevándonos tan solo lo más esencial, nos trasladamos a la nueva casa. Para que no resulte sospechoso, Derek y sus agentes se adelantan para inspeccionar la casa y asegurarla. Cuando Derek nos da el visto bueno, Bruce nos lleva a Gonzalo, a Adela y a mí en su todoterreno, seguidos muy de cerca por dos de los agentes de Derek que nos escoltan.

Cuando llegamos, Gonzalo se encarga de repartir las habitaciones para que todo el mundo tenga un lugar donde asearse y descansar. La primera en instalarse es Adela, que se acomoda en una de las habitaciones de la planta baja. A Bruce y a Derek los instala en dos de las habitaciones de invitados de la planta de arriba y, a los agentes de Derek, como solo hay diez habitaciones y en total son una docena de agentes, los instala por parejas en otras seis habitaciones de invitados. Y por último, Gonzalo y yo nos instalamos en la habitación principal.

–          Cuando todo esto termine vas a tener que pedir una orden judicial para echarme, pienso quedarme como okupa. – Bromeo al entrar en la habitación y ver cómo ha quedado la habitación. – Todo está tal y cómo había imaginado que sería la casa de mis sueños.

–          Bienvenida a nuestra casa, cariño. – Me susurra Gonzalo abrazándome por la espalda y pegándome a su cuerpo. – Esta casa es nuestra, la hemos construido juntos y me encantaría despertarme junto a ti todas las mañanas.

Doy media vuelta sin soltarme de los brazos de Gonzalo y lo miro a los ojos tratando de averiguar si lo que dice es verdad. Gonzalo me sostiene la mirada y espera con paciencia a que me pronuncie, quiere saber qué estoy pensando.

–          Entonces, ya no estás enfadado conmigo. – Le digo y no es una pregunta.

–          Por supuesto que no estoy enfadado, Yasmina. – Me dice con tono serio. – No puedo enfadarme contigo porque tú no tienes la culpa de nada y quiero que eso te quede claro, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza y me dice más relajado: – Tengo que confesarte que cuando vi a Derek me puse un poco celoso, él lo sabe todo de ti y yo apenas sé nada.

–          Entre Derek y yo nunca ha habido nada, pero durante cinco meses él fue mi único apoyo y se ha convertido en un gran amigo. – Le aclaro para evitar más malos entendidos.

–          Te quiero solo para mí, cariño. – Me susurra tímidamente.

–          Soy solo tuya.

–          ¿Solo mía?

–          Solo tuya. – Le confirmo.

Gonzalo me besa apasionadamente pero nuestro beso es interrumpido por unos suaves golpes en la puerta de la habitación.

–          Adelante. – Contesta Gonzalo resoplando pero sin dejar de abrazarme.

La puerta se abre y aparece Bruce con cara de avergonzado, a él tampoco le ha hecho demasiada gracia tener que llamar a la puerta de nuestra habitación. Nos mira y sonríe tímidamente antes de decir:

–          Siento la interrupción, pero Yas ha vuelto a recibir un ramo de orquídeas y viene con una tarjeta.

–          ¿Qué pone en la tarjeta? – Pregunto preocupada.

–          No lo sé, no la hemos querido abrir sin tu permiso. – Me responde Bruce.

–          Pues vamos a verlo, ¿no? – Propongo.

Bajamos al salón y me encuentro con un ramo de orquídeas impresionante, debe de haber por lo menos un centenar de ellas. Gonzalo me estrecha entre sus brazos con fuerza y puedo notar la tensión en su cuerpo. Me acerco al ramo, cojo la tarjeta y la leo en voz alta:

–          “Mi dulce ángel, te rescataré y volveremos a estar juntos.” Vale, esto está empezando a asustarme demasiado. – Murmuro entre dientes.

–          ¿Eso significa que pretende secuestrarte? – Me pregunta Bruce con el ceño fruncido.

–          No pienso volver a pasar por lo mismo, Derek. – Le advierto a Derek.

–          No te preocupes, no pienso permitir que te separes de mí ni un solo segundo. – Me asegura Gonzalo.

–          Esta vez la situación es distinta, puede que esté haciendo todo esto con la intención de que nos avisaras y así poder vengarse de todos nosotros. – Opina Derek. – James tenía un problema con la droga, por eso creía que eras un ángel. Pero han pasado ya cinco años desde entonces y, si hubiera seguido llevando la misma vida, a estas alturas estaría muerto, en un centro de desintoxicación o en la cárcel y, de cualquier modo, nos hubiéramos enterado de que está vivo, no hubiera podido ocultarse como lo ha hecho.

–          ¿Qué propones, entonces? – Pregunta Bruce.

–          Esperar a que dé un paso en falso, no podemos hacer otra cosa. – Le responde Derek resignado. – Mientras tanto, tendremos que mantener la casa asegurada y, si Gonzalo y Yas han de salir, deberemos doblar su seguridad.

–          Pero esto puede alargarse meses. – Protesto.

–          ¿Te supone un problema vivir conmigo? – Me pregunta Gonzalo alzando una ceja.

–          Lo que me supone un problema es no poder hacer una vida normal. – Le aclaro a él y a todos los que me escuchan. – No voy a poder salir con mis amigas a bailar y tomar una copa, no voy a poder irme de vacaciones como es debido. – Y mirando a Gonzalo, que me mira haciéndose el ofendido, añado – Y no voy a poder hacer otras muchas cosas que tenía pensado hacer.

–          Eso suena muy interesante. – Me dice Gonzalo divertido.

–          A menos que os guste hacerlo frente a una docena de agentes, me temo que tendréis que esperar. – Comenta Derek divertido. – Necesitaré que planifiquéis lo que vais a hacer mañana, tenemos que tenerlo todo preparado.

–          Pensábamos irnos de vacaciones unos días pero supongo que quedan canceladas. Puedo trabajar desde casa, así que no tengo que ir a la oficina. – Comenta Gonzalo. Me mira y, con tono serio, añade: – Pero deberíamos llamar a tu padre y quedar con él, supongo que querrás aclararle algunas cosas.

–          Mi padre no sabe nada de esto y quiero que siga siendo así, Gonzalo. – Le digo con un hilo de voz.

–          Cariño, no me estaba refiriendo al asunto de James Hilton. – Me aclara Gonzalo.

–          Oh, claro. – Caigo en la cuenta que se refiere a lo nuestro.

–          Y quizás también deberíais explicarle lo que está ocurriendo, no podemos descartar la posibilidad de que James lo utilice a él para llegar a ti. – Sugiere Derek.

–          ¿No puedes ponerle vigilancia como hiciste la otra vez? – Pregunto.

–          Podría, pero no creo que sea buena idea, Yas. – Me contesta Derek.

–          Tiene razón, deberíamos hablar con tu padre, cariño. – Lo secunda Gonzalo.

–          Genial, añadimos un problema más a la lista de problemas. – Murmuro entre dientes.

El primer día en la casa es un poco caótico, nos instalamos cada uno en nuestra habitación, discutimos sobre la seguridad y sopesamos varias estrategias. Cuando por fin logramos ponernos de acuerdo es más de medianoche y decidimos irnos a dormir mientras el primer turno de agentes se queda de guardia.

Subimos a nuestra habitación y Gonzalo me desnuda y me ayuda a ponerme el pijama como si fuera una niña pequeña, de una manera demasiado inocente. Cuando termina de ponerme el pijama, me da una palmada en el trasero y me susurra:

–          Venga, a la cama.

Le obedezco sin rechistar y me acomodo entre las sábanas de la enorme cama para contemplar en primera fila cómo Gonzalo se desnuda y, quedándose tan solo con el bóxer puesto, se mete en la cama conmigo.

–          Ven aquí, preciosa. – Me susurra envolviéndome con sus brazos. – Descansa, mañana nos espera un día duro.

Me sorprende que Gonzalo no busque sexo, se limita a abrazarme y acunarme entre sus brazos de una manera inocente, pero con posesión, confundiéndome todavía más de lo que ya estoy.

Dormimos abrazados durante toda la noche y, cuando abro los ojos por la mañana, Gonzalo ya está despierto y, estrechándome entre sus brazos, me susurra:

–          Buenos días, dormilona. – Ronroneo apretándome contra su cuerpo y añade – Voy a darme una ducha, deben estar esperándome, pero tú puedes dormir un rato más. – Me besa en los labios y, dirigiéndose al cuarto de baño, me dice: – Avísame cuando bajes a desayunar, quiero asegurarme que te alimentas bien.

Gonzalo se ducha, se viste y me besa en los labios antes de bajar a desayunar a la cocina mientras yo continúo haciéndome la remolona en la cama y preguntándome por qué Gonzalo no ha querido hacer el amor conmigo. A las diez de la mañana decido levantarme, me duele la cabeza y no he conseguido una explicación que me convenza lo suficiente para que Gonzalo me haya dejado así. Puede que no me desee, pero entonces no se hubiera metido conmigo en la cama ni me hubiera abrazado durante toda la noche. Puede que con el estrés de los últimos días no le apetezca, pero yo también estoy estresada y me sigue apeteciendo acostarme con él.

Tras darme una ducha y vestirme, bajo a desayunar a la cocina. Adela me da los buenos días y se ofrece a prepararme un café y unas tostadas para desayunar mientras yo me dirijo al despacho de Gonzalo donde se encuentra reunido con Bruce y Derek.

–          Buenos días, Yas. – Me saludan Bruce y Derek.

–          Buenos días, cariño. – Me saluda Gonzalo.

–          Buenos días. – Saludo.

–          Cariño, tienes que llamar a tu padre. – Me dice Gonzalo con suavidad. – Necesitamos saber cuándo vamos a reunirnos con él para tenerlo todo bajo control. – Se levanta de su sillón y se acerca para rodearme la cintura con sus brazos. Me besa en los labios con ternura y añade: – Pero primero tienes que desayunar. – Se vuelve hacia a los dos hombres que nos miran sonriendo con complicidad y les dice antes de dirigirse conmigo a la cocina: – En una hora os indicaremos el lugar y la hora del encuentro.

Desayuno y llamo a mi padre por teléfono. No quiero contarle nada por teléfono, así que lo único que le digo es que tengo que hablar con él sobre un par de asuntos importantes y que iré acompañada por Gonzalo y un par de personas más. Mi padre accede a reunirnos en su casa a la hora de comer y así se lo confirmamos a Derek, quien se encarga de organizar el desplazamiento. Bruce nos llevará y nos traerá a Gonzalo y a mí, mientras que un par de agentes nos seguirán en otro coche y otro par de agentes y Derek se reunirán con nosotros en casa de mi padre.

Tal y cómo habíamos acordado, a las 13 horas Gonzalo y yo salimos de la casa en un todoterreno blindado y conducido por Bruce, otro coche con dos agentes nos sigue con discreción y dos agentes más junto a Derek saldrán en diez minutos para dirigirse a la misma dirección. Cuando llegamos, mi padre nos está esperando en el porche y, al ver llegar a tanta gente, mi padre contrae el gesto.

–          Hola papá. – Lo saluda dándole un abrazo cuando llegamos hasta a él.

–          Yasmina, ¿qué está pasando? – Me pregunta preocupado.

–          Será mejor que entremos y te lo explicamos todo. – Le propongo.

Mi padre asiente con la cabeza y acto seguido saluda a Gonzalo estrechándole la mano. Gonzalo recibe su saludo con cordialidad y le dice:

–          Señor Soler, ellos son Bruce, el jefe de seguridad de Business y mi escolta personal; y Derek Becker.

Mi padre también les estrecha la mano a ellos con educación y nos hace pasar a todos al salón para poder hablar con más comodidad. Una vez acomodados en los sofás del salón, me veo obligada a tomar las riendas de la situación:

–          Verás papá, la situación es un poco complicada y por eso estamos aquí. – Empiezo a decir y Gonzalo me acaricia suavemente la espalda en señal de apoyo. – Derek es un agente del Servicio Secreto del Reino Unido y está aquí por el asunto de las orquídeas.

–          ¿Habéis averiguado de quién se trata? – Pregunta mi padre mirando a Gonzalo con reproche.

–          Papá. – Le recrimino. Mi padre alza los brazos en señal de inocencia y le digo: – Hemos descubierto que se trata de James Hilton, un tipo al que conocí en Londres durante el semestre que estudié allí. El Servicio Secreto le estaba vigilando para detenerle a él y a toda su organización y colaboré con ellos.

–          ¿Lo detuvieron y se ha escapado? – Pregunta mi padre confundido.

–          No. – Interviene Derek. – Su casa explotó con él dentro, logramos recuperar los restos de un cadáver y, tras hacerle las pruebas de ADN, verificamos que se trataba de James Hilton, así que dimos el caso por cerrado.

–          ¿El muerto te envía las flores? – Me pregunta mi padre cada vez más confundido.

–          Bruce localizó la floristería desde donde enviaban las orquídeas y consiguió el vídeo de seguridad en el que aparecía el tipo que encargaba el envío de las orquídeas. – Interviene Gonzalo. – Yasmina ha identificado a ese tipo como a James Hilton.

–          Pero, ¿no se supone que está muerto? Quiero decir, le hiciste la prueba de ADN al cadáver que encontrasteis en la casa, ¿no? – Pregunta de nuevo mi padre, cada vez más perdido.

–          Así es, papá. – Le confirmo. – No sabemos qué pudo pasar entonces, pero creemos que James Hilton sigue vivo.

–          ¿Es un tipo peligroso?

–          Bastante peligroso, señor Soler. – Le confirma Derek. – Por eso estamos aquí, y también para protegerle a usted. Un par de agentes le custodiaran las veinticuatro horas del día, queremos estar preparados por lo que pueda pasar.

–          ¿Y tú, Yas? – Me pregunta mi padre.

–          Yo me quedaré en la nueva casa de Gonzalo, Derek ha asegurado la casa con sus agentes y debemos actuar con normalidad…

–          ¿Actuar con normalidad? – Me interrumpe mi padre. – Lo normal no es que vivas con Gonzalo Cortés, Yas.

–          Señor Soler, le prometí que iba a cuidar de Yasmina y pienso cumplir mi promesa. – Le asegura Gonzalo. – Somos una pareja y debemos actuar como una pareja para no levantar sospechas, de lo contrario volverá a su escondite y no podrán detenerle.

Gonzalo me rodea la cintura con su brazo izquierdo y me estrecha contra su cuerpo, dejándole claro a mi padre que estamos juntos. Mi padre me mira esperando que se lo confirme y yo se lo confirmo esbozando una pequeña sonrisa.

–          Si vas a ser mi yerno, será mejor que empecemos a tutearnos. – Le dice mi padre a Gonzalo, dándonos una tregua.

Todos nos relajamos después de las palabras de mi padre y pasamos al comedor, donde reponemos energía.

Después de comer regresamos a casa de Gonzalo y un par de agentes se quedan con mi padre para escoltarlo. Cuando llegamos a casa de Gonzalo, Derek se reúne con sus hombres en el jardín mientras que Gonzalo, Bruce y yo pasamos al salón. Ellos empiezan a hablar de trabajo y yo decido retirarme a la habitación, sacar mi portátil y echarle a mi padre una mano con los presupuestos y las facturas de la oficina, así me mantengo ocupada y el tiempo se me pasa más deprisa. A las nueve en punto de la noche, Gonzalo viene a buscarme a la habitación y juntos bajamos a cenar a la cocina con todos los demás.

Es más de medianoche cuando Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación. Empiezo a desnudarme lentamente y sin mirarle. Me quito las bailarinas, la camiseta, los vaqueros y, por último el sujetador, y camino un par de pasos por su lado en busca de mi pijama. Gonzalo se me adelanta, coge mi pijama y, con gesto indescifrable, me ayuda a ponerme la camiseta de tirantes y el short que componen mi pijama. Suspira profundamente, me da un casto beso en los labios y da media vuelta para desvestirse y ponerse su pijama, pasando por completo de mí y de mis armas de seducción. Nos metemos en la cama y Gonzalo me estrecha entre sus brazos, pero sigue sin intentar nada conmigo y empiezo a preocuparme. ¿No se supone que somos una pareja? Pues las parejas hacen algo más que abrazarse y darse castos besos.

Los días van pasando y Gonzalo continúa igual de cariñoso conmigo, pero también sigue sin tocarme un pelo. Me abraza, me besa, se muestra cariñoso y muy protector conmigo, pero nunca va más allá. Además, casi nunca estamos a solas y eso complica las cosas, siempre hay alguien que aparece para interrumpirnos en el momento más inoportuno.

Solo tuya 17.

Solo tuya

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio,” Marco Tulio Cicerón.

Tengo menos de diez horas para contarle toda la verdad a Gonzalo y cuando digo toda la verdad, me refiero a TODA la verdad. Derek considera que es imprescindible que Gonzalo colabore ya que su vida también puede estar en peligro, y para ello lo mejor es que esté al corriente de todo, de otra manera se negará a colaborar con ellos. Gonzalo está en la oficina y no regresará hasta la hora de comer, así que tengo toda la mañana para pensar en cómo contárselo a Gonzalo y toda la tarde para decírselo. Aun y así, me parece poco tiempo. Tengo que confesarle que ayer le mentí cuando vi el vídeo y he seguido mintiéndole hasta ahora. Bueno, técnicamente aún le sigo mintiendo. Se va a enfadar y mucho. Incluso dejé que Bruce insinuara que quizás se tratara de alguien que quería vengarse de Gonzalo. Lo que me faltaba, si ya creo que no le caigo demasiado bien a Bruce, ahora me va a odiar. ¿Y Gonzalo? Probablemente me eche de su casa y no quiera volver a verme. Después de todo lo que se ha preocupado por mí, me ha cuidado, me ha protegido, me ha ofrecido su casa y yo voy y se lo agradezco mintiéndole y ocultándole información importante.

–          Yas, ¿te encuentras bien? Estás tan pálida como la leche. – Me dice Adela preocupada.

–          Estoy bien, solo un poco mareada. – Miento. – Creo que voy a tumbarme un rato en la cama.

–          Te llevaré un té de melisa, te sentará bien. – Sentencia Adela.

Diez minutos más tarde, Adela entra en la habitación con el té de melisa y me obliga a tomármelo pese a que no me apetece. En cuanto me lo tomo, Adela apaga la luz de la habitación y me deja a solas para que descanse. No sé si por el efecto del té o por alguna otra razón, el caso es que me quedo dormida y no me despierto hasta que alguien llama a mi teléfono móvil y la melodía empieza a sonar. Cojo aire profundamente y respondo al ver que es Gonzalo quien llama.

–          Cariño, estoy saliendo de la oficina. – Me dice en cuanto descuelgo.

–          Genial, te veo ahora entonces. – Le digo con un hilo de voz.

–          ¿Estás bien, Yasmina? – Pregunta preocupado.

–          Sí, es que me había echado un rato y me he quedado dormida. – Estoy empezando a acostumbrarme a no decir toda la verdad que ya me sale solo.

–          De acuerdo, te veo ahora entonces. – Me dice no demasiado convencido.

Me levanto de la cama, me aseo en el cuarto de baño, me peino y me dirijo hacia a la cocina, donde Adela ya está terminando de hacer la comida. ¡Está mujer no para quieta ni un segundo, es pura adrenalina! En cuanto me ve entrar en la cocina, me pregunta:

–          ¿Cómo te encuentras, Yas? Aún estás un poquito pálida, ¿quieres que te prepare alguna cosa de comer que te venga de gusto?

–          Gracias Adela, pero estoy bien, solo un poco nerviosa. – Le contesto tratando de sonreír, pero solo consigo hacer una mueca.

–          Te prepararé una tila, te sentará bien. – Sentencia Adela y yo decido no contradecirla, no tengo ni fuerzas ni ganas.

Gonzalo llega a casa y entra en la cocina justo en el momento en que Adela me está sirviendo la tila y se queda de pie junto a la puerta, mirándonos con intensidad primero a mí, luego a Adela y después otra vez a mí.

–          ¿Ocurre algo? – Nos pregunta con el ceño fruncido.

–          Adela me ha preparado una tila, estoy un poco nerviosa. – Le confieso.

–          Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta Gonzalo preocupado al mismo tiempo que se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con sus brazos. – Estás empezando a preocuparme, ¿quieres que hablemos?

–          Sí, pero mejor después de comer. – Le digo fingiendo una sonrisa.

–          Está bien, voy a lavarme las manos y regreso en un minuto. – Me dice tras darme un beso en los labios y se sale de la cocina.

–          La comida ya está lista, pasa al comedor y ahora mismo os la sirvo. – Me dice Adela con dulzura.

Paso al comedor y me siento a la mesa mientras Adela sirve la comida en los platos. Solo ha puesto la mesa para dos, así que deduzco que Adela ha querido dejarnos a solas. Gonzalo regresa un par de minutos después y se sienta a la mesa frente a mí, me sonríe y me dice con un tono de voz suave y serena:

–          Yasmina, si hay algo que he dicho o hecho que no te…

–          Todo lo que has hecho ha sido perfecto, Gonzalo. – Le interrumpo. – El problema no eres tú, soy yo.

–          Dímelo ya, Yasmina. – Me ruega mirándome a los ojos. – Dime qué pasa o qué tienes pensado hacer porque me temo que no me va a gustar y no quiero esperar más.

–          No te va a gustar, Gonzalo.

–          Yasmina, suéltalo. – Me ordena visiblemente nervioso.

–          Vale, ahí va. – Cierro los ojos y le suelto: – Ayer, cuando vi el vídeo, reconocí al tipo de la floristería.

Gonzalo me mira y me remira con el rostro indescifrable. No sé si de un momento a otro me va a gritar y me va a echar de su casa o si va a esperar a escuchar toda la historia antes de echarme. Como yo no continúo hablando, Gonzalo me pregunta impasible:

–          ¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora? ¿No confías en mí?

–          Claro que confío en ti, si no fuera así no estaría contigo, Gonzalo.

–          ¿Entonces?

–          El tipo del vídeo está oficialmente muerto desde hace cinco años, temía que si te lo contaba creerías que estoy loca y, si me creías, tendría que darte muchas explicaciones de algo de lo que no me gusta hablar y de lo que prácticamente he convertido en tabú todos estos años. – Le confieso mirándole a los ojos para que sepa que no miento y que le estoy diciendo la verdad.

–          Será mejor que me cuentes toda la historia desde el principio. – Me dice muy serio y con tono de reproche.

–          Creemos que el tipo del vídeo es James Hilton…

–          ¿Creemos? – Me interrumpe fulminándome con la mirada.

–          Solo te pido que me escuches sin interrumpirme, cuando termine de hablar si quieres me echas a gritos o lo que quieras, pero deja que te lo cuente, ¿de acuerdo? – Le replico molesta. Gonzalo me hace un gesto con la cabeza de lo más frío y distante y yo sigo hablando. – Conocí a James el primer semestre del último curso de universidad, cuando me fui a Londres con la beca Erasmus. James era el único hijo de una familia muy rica, la cual lo consentía demasiado. Empezó a juntarse con malas compañías y se metió en el mundo de la droga, incluso formó una pequeña organización de narcotráfico que llegó a manejar el negocio en todo el Reino Unido y parte de Francia. James se obsesionó conmigo, estaba tan drogado que creía que yo era una especie de ángel que él debía proteger y que yo le protegería. Empecé a encontrármelo por todas partes y me asusté, entonces Derek se puso en contacto conmigo. – Gonzalo arquea una ceja al oír el nombre de Derek y, antes de que me interrumpa, le aclaro – Derek Becker es un agente del Servicio Secreto del Reino Unido. Contactó conmigo con la intención de que le ayudara a conseguir la información necesaria para capturar a James y toda su banda. Acepté porque quería acabar con todo aquello y porque James me veía como a un ángel y no como a una mujer, pero no por ello los cinco meses que duró la investigación fueron más fáciles. Derek me enseñó a defenderme y a utilizar un arma, si alguien descubría que estaba colaborando con el Servicio Secreto podrían intentar matarme y probablemente no tuviera tiempo de avisar a nadie. Derek tenía a un par de agentes infiltrados en la organización de James, pero ni siquiera llegaban a acercarse a James ni a sus hombres de confianza, así que estaba sola. Cinco meses después, llevaron a cabo una redada en el pub en el que James y sus hombres se reunían, pero allí no encontraron a James, así que Derek y yo nos dirigimos a su casa y, cuando estábamos aparcando frente a la puerta, la casa estalló en mil pedazos. Al parecer, el hermano de uno de los hombres de James que había sido detenido, pensó que se trataba de una traición por parte de James y quiso vengarse de él. El equipo forense del Servicio Secreto encontró un solo cadáver y, tras realizarle la prueba de ADN, concluyeron que se trataba de James y todo acabó. – Cojo aire y, como Gonzalo no dice nada, continúo hablando. – Ayer cuando vi el vídeo no podía creérmelo, de ninguna manera podía haber sido él, estaba muerto, yo misma vi con mis propios ojos como rescataban los pedazos de su cadáver. Pensé que probablemente estaba equivocada, pero al comentarlo con las chicas me aconsejaron que llamara a Derek y eso hice. – Noto como la mandíbula de Gonzalo se va tensando cada vez más, sé que está furioso aunque esté tratando de disimularlo. – Llamé a Derek y me pidió que le enviase el vídeo, así que se lo he enviado esta mañana.

–          ¿Y? – Me pregunta Gonzalo con frialdad.

–          Creemos que es él.

Gonzalo resopla, se pasa las manos por la cabeza y me mira con decepción, hubiera preferido que me hubiera gritado y me hubiera echado de su casa.

–          Varios agentes del Servicio Secreto nos vigilan desde anoche y Derek vendrá sobre a la hora de cenar, quiere hablar con nosotros. – Le digo al ver que continúa callado.

–          Dime una cosa, ¿me lo hubieras dicho si ese tal Derek no quisiera hablar conmigo? – Me pregunta tan frío como el hielo.

–          Gonzalo, yo…

–          Déjalo, Yasmina. – Me interrumpe con sequedad. – Ahora ya de nada importa.

–          Gonzalo, por favor…

–          Ahora no, Yasmina. – Me corta de nuevo. Y, sin mirarme a la cara, me dice levantándose de la silla: – Come tú, a mí se me ha quitado el apetito.

–          Gonzalo, yo no quería mentirte. – Le digo con un hilo de voz.

–          Estoy demasiado furioso para hablar contigo, Yasmina. – Me dice apretando los dientes y tensando la mandíbula. – Necesito estar solo y calmarme.

Dicho esto, da media vuelta y sale del comedor para encerrarse en su despacho mientras que dos lágrimas resbalan por mis mejillas.

Respiro profundamente y, sin ganas de comer, decido recoger la mesa sin hacer ruido para que Adela no sospeche nada y me encierro en la habitación de Gonzalo para llamar a Lorena, puede que ella consiga animarme y al menos sabrá consolarme.

–          No te preocupes, Yas. Es una reacción típica de los hombres cuando les tocas su orgullo, se le pasará en un rato. – Me dice Lorena cuando le cuento lo que ha ocurrido. – Tienes que entenderle, has llamado a otro hombre antes que a él, has confiado en otro antes que en él y eso le ha dolido. Dale tiempo para que se calme y lo asimile, ya verás cómo se le pasa enseguida el enfado y, si no es así, avísame y ya me encargo yo de él.

–          Eso espero, parecía bastante enfadado.

–          Confía en mí, los hombres se me dan bien, Yas.

–          Te enviaré un mensaje más tarde y te diré si tu radar femenino sigue funcionando o si se te ha estropeado por culpa de ese alemán. – Bromeo.

–          Llámame si necesitas algo, Yas.

–          Lo haré, no te preocupes. – Me despido de ella.

Cuelgo el teléfono y escucho voces en el pasillo. Pego mi oreja a la puerta de la habitación y logro escuchar las voces de Bruce y Roberto, pero se encierran en el despacho con Gonzalo y ya no puedo escuchar nada. Supongo que les estará poniendo al corriente de la situación, al fin y al cabo Bruce y Roberto, además de ser el jefe de seguridad y su abogado, respectivamente, también son sus amigos. Gonzalo me ha pedido tiempo para que le deje solo, así que me quedo en la habitación y no le molesto, ya vendrá a buscarme cuando quiera hablar conmigo.

Después de pasarme cinco horas encerrada en la habitación, por fin Gonzalo viene a buscarme, aunque su rostro sigue mostrándome dureza y frialdad.

–          ¿A qué hora dices que viene ese agente del Servicio Secreto?

–          Me dijo que llegaría a última hora de la tarde, antes de la hora de la cena. – Le respondo con un hilo de voz.

–          Bruce quiere hacerte unas preguntas, te está esperando en mi despacho. – Me dice sin apenas mirarme. – Mientras tanto, aprovecharé y me daré una ducha.

Dicho esto, Gonzalo se mete en el cuarto de baño de la habitación y yo me dirijo a su despacho con desgana. Tal y cómo Gonzalo me ha dicho, Bruce y Roberto me esperan en su despacho y ambos me saludan con gesto serio.

–          Por favor, siéntate Yasmina. – Me ofrece Roberto amablemente. – Queremos hacerte algunas preguntas.

Entro, cierro la puerta y me siento en el sillón que Roberto me señala. Bruce me mira a los ojos y con su tono de voz serio me dice:

–          Gonzalo nos ha contado lo que le has dicho. Puede que ahora esté un poco enfadado porque le hayas omitido una información tan importante, pero yo entiendo por qué lo has hecho. – Sin dejar de mirarme a los ojos y sin apenas parpadear, Bruce continúa hablando. – Es lógico que estuvieras confusa si el tipo del vídeo se suponía que debía estar muerto y no lo está.

–          No quería hacerle daño a Gonzalo. – Le confieso. – Al principio no podía creérmelo, pero estaba completamente segura de que era él y llamé a Derek Becker. Esta mañana le envié una copia del vídeo y me confirmó que a él también le parecía que se trataba de James Hilton. Derek me ha confirmado que varios de sus agentes nos custodian desde anoche, os aseguro que lo último que quería era poner en peligro a Gonzalo ni a ninguno de vosotros.

–          Yasmina, sé que no debe ser nada agradable para ti, pero necesito que me cuentes con todo detalle toda la historia. – Me dice Bruce suavizando su tono de voz. – Quiero saber cómo, dónde y por qué conociste a ese tipo, cómo terminaste colaborando con el Servicio Secreto del Reino Unido y qué ocurrió el día que supuestamente distéis a ese tal James por muerto.

Ya le he resumido a Gonzalo lo más esencial de la historia, pero Bruce quiere todos los detalles y, pese a que me gustaría que Gonzalo me apoyara, en este momento me alegro de que no esté presente. Empiezo por el principio y le cuento toda la historia a Bruce mientras él y Roberto me escuchan con total atención y sin interrumpirme. Les doy todos los detalles, incluso algunos que he enterrado en el fondo de mi memoria tratando de olvidarlos. Se lo debo a Gonzalo, aunque él ni siquiera haya querido quedarse en el despacho para escucharme. Me es imposible evitar derramar alguna que otra lágrima al recordar momentos difíciles, pero las seco con mis manos lo más dignamente que puedo y continúo hablando. La voz se me quiebra cuando les explico el día en que Derek decidió adelantar la redada. Para aquel entonces todo el mundo sabía que yo era la protegida de James Hilton y sus enemigos veían en mí una buena baza para conseguir lo que querían de él, así que me secuestraron y estuve dos días encerrada en un mugriento y húmedo sótano hasta que James me encontró y me rescató en medio de un tiroteo en el que nueve personas murieron y otras muchas más resultaron heridas. Todavía tengo pesadillas de vez en cuando sobre todo lo que pasó, tengo grabadas en la memoria imágenes que quisiera borrar y no puedo.

–          Yas, ¿estás bien? – Me pregunta Bruce preocupado.

–          Sí, perdona. – Me disculpo.

–          Creo que será mejor que te eches un rato y descanses, estás pálida y está claro que seguir hablando de esto no te va a ayudar en absoluto. – Me dice Roberto poniéndose en pie y ayudándome a levantarme del sillón. – Te acompañaré a la habitación.

–          Yas, dale un poco de tiempo, él no está acostumbrado a tener que lidiar con estos temas, y no me refiero solo al asunto relacionado con James Hilton.

Le dedico una sonrisa sincera a Bruce, a pesar de que creía que no le caía bien y que me transmitía cierto temor y desconfianza, hoy me ha demostrado que es un buen tipo, una persona muy inteligente y que además está de mi parte.

Roberto me acompaña a la habitación de Gonzalo, pero él ya no está allí, aunque todavía perdura su aroma de recién salido de la ducha.

–          Descansa un poco, Bruce y yo nos encargaremos de bajarle los humos a Gonzalo, no tienes nada de lo que preocuparte. – Me dice Roberto con complicidad.

–          ¿Crees que me perdonará? – Me arriesgo a preguntar con un hilo de voz.

–          Estoy seguro de que ya lo ha hecho, pero su orgullo le impide venir a disculparse. – Se mofa Roberto. – Intenta descansar, me temo que será una noche larga.

Lo cierto es que tanta tensión acumulada me marea y me agota, así que me quito los vaqueros y me meto en la cama para tratar de descansar tal y como me han recomendado Bruce y Roberto.

No sé cómo pero me quedo dormida sin ser consciente de ello hasta que Adela viene a la habitación y me despierta.

–          Yas, tranquila. Soy Adela, cielo. – Me dice Adela cariñosamente al darse cuenta de lo nerviosa que me he puesto al despertarme sin saber muy bien dónde estoy. – Gonzalo me ha pedido que venga a buscarte, tienes visita.

–          Estaré lista en dos minutos. – Murmuro incorporándome en la cama y mirando el reloj para ver qué hora es. Las nueve de la noche, he dormido una hora.

–          ¿Estás bien, muchacha?

–          Estoy bien, Adela.

Adela asiente con la cabeza, me dedica una tímida sonrisa y se retira dejándome de nuevo a solas en la habitación. Tras asearme y vestirme, salgo de la habitación y recorro el pasillo hasta llegar al salón, donde me encuentro a todos reunidos: Gonzalo, Bruce, Roberto, Derek y tres agentes más.

–          ¡Yas! – Exclama Derek al verme y me abraza a modo de saludo. – ¿Estás bien? Estás un poco pálida.

–          Supongo que he tenido días mejores. – Le contesto sonriendo con tristeza.

–          Te estábamos esperando. – Me dice Gonzalo con brusquedad, sin moverse del sofá y con cara de pocos amigos. – Ahora que estamos todos, ¿podemos empezar?

Me siento en el sofá al lado de Derek, es el único sitio que queda libre. Bruce decide llevar las riendas de la situación y yo se lo agradezco en silencio.

–          Bueno, ya nos conocemos todos y estamos al tanto de la situación, así que lo único que tenemos pendiente es ponernos de acuerdo sobre cómo afrontar dicha situación. – Nos dice Bruce.

–          Yas, necesitas más protección. – Me dice Derek. – Si James está vivo y se entera de que le traicionaste la cosa se va a poner muy fea, no podemos arriesgarnos.

–          Y, ¿qué propones? – Le pregunta Gonzalo a Derek, desafiándolo con la mirada.

–          Si dejáis de comportaros con normalidad James se dará cuenta de que sospecháis algo y eso no es buena idea. – Le contesta Derek. – Han pasado cinco años y no sabemos dónde ni qué ha estado haciendo, probablemente tenga algún antiguo contacto y haya hecho otros muchos nuevos. Yo propondría trasladaros a un lugar más grande y con accesos más fáciles de controlar, un lugar dónde mis agentes puedan velar por vuestra seguridad, yo os propongo una casa franco.

–          Esta noche la pasaremos aquí, ya es muy tarde para andar de mudanzas, pero mañana podremos trasladarnos a mi nueva casa, está situada a las afueras y es lo suficiente grande como para alojar a veinte personas. – Concluye Gonzalo. – En cuanto a lo de seguir con nuestra vida normal, ¿a qué te refieres exactamente?

–          Sois una pareja y las parejas salen juntas a cenar, al cine o a cualquier parte, si os pasáis el día encerrados en casa y sin salir James sospechará y probablemente se esfumará antes incluso de que obtengamos alguna pista sobre su paradero. – Nos dice Derek. – Por supuesto, lo haréis escoltados por mis agentes, aunque os aseguro que ni siquiera vosotros os daréis cuenta de que están ahí.

–          Tengo a mi propio equipo de seguridad. – Comenta Gonzalo poco amable.

–          Genial, podrán colaborar con mis agentes. – Le dice Derek ignorando por completo el tono que ha utilizado Gonzalo.

–          Esto no tiene sentido. – Opino poniéndome en pie. – Si James hubiera querido hacerme daño ya lo hubiera hecho, ha tenido muchas oportunidades para ello.

–          ¿Prefieres llamarle y quedar con él para tomar un café? – Me espeta Gonzalo con sarcasmo.

–          Gonzalo. – Le reprende Roberto con desaprobación.

–          ¡Joder! – Exclama Gonzalo poniéndose en pie. Me mira a los ojos y me dice casi en un gruñido: – No confías en mí para contarme esto pero sí confías en él.

–          Yas, si no quieres quedarte con el señor Cortés podemos buscarte una casa franco. – Me propone Derek al darse cuenta de la tensión que existe entre Gonzalo y yo.

Gonzalo me sostiene la mirada esperando una respuesta. No quiero alejarme de Gonzalo, pero tampoco quiero quedarme si él no me quiere a su lado.

–          La decisión es tuya. – Le digo a Gonzalo con un hilo de voz.

–          Si permanecéis juntos, será más fácil protegeros. – Opina Bruce.

–          Estoy de acuerdo con Bruce. – Le secunda Derek.

–          Yo también. – Opina Roberto.

Gonzalo continúa sosteniéndome la mirada y yo sigo esperando que abra la boca. Finalmente, me dice con el rostro indescifrable:

–          Lo mejor será que permanezcamos juntos, si queremos detener a James debemos actuar con normalidad y se supone que estamos prometidos.

–          En ese caso, empezaremos a organizar el traslado. – Sentencia Derek. – Mañana a las doce del mediodía regresaré y terminamos de concretar.

–          Mañana tengo una reunión a primera hora, pero estaré aquí a las doce. – Le confirma Gonzalo. – Os acompaño a la puerta.

Me despido de Derek y le veo desaparecer junto a sus tres agentes y Gonzalo que le acompaña a la puerta. Bruce y Roberto me sonríen mostrándome su apoyo y yo se lo agradezco devolviéndoles la sonrisa, pero sin poder ocultar mi tristeza. Gonzalo tarda más de diez minutos en regresar al salón y, cuando lo hace, le pide a Adela que prepare la mesa para cuatro, ellos cenarán con nosotros.

Cenamos los cuatro juntos en el comedor, pero ni Gonzalo ni yo abrimos prácticamente la boca, ni siquiera para comer. Después de cenar, me retiro a la habitación alegando que estoy cansada y dejo a los tres hombres para que hablen de sus cosas con la esperanza de que más tarde Gonzalo me acompañe.