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Sedúceme 11.

Habían pasado cinco días desde aquella noche en la que Derek había decidido abstenerse de mantener relaciones sexuales y no lo llevaba nada bien. Durante los últimos cinco días tan solo se veían por las tardes al salir del trabajo. Derek la pasaba a recoger por la oficina y después paseaban por distintos lugares emblemáticos de la ciudad mientras él continuaba descubriendo cosas sobre Eva.

A Eva todo aquello le resultaba extraño, pero disfrutaba de la compañía de Derek y, dispuesta a vivir aquella aventura hasta el final, se prohibió cavilar sobre las intenciones de él.

Derek estaba irreconocible ante los ojos de Eva. Paseaban cogidos de la mano, se dedicaban cómplices miradas y se besaban como dos adolescentes, pero no pasaban de ahí. Derek la acompañaba hasta el portal del edificio donde vivía Eva y allí se despedían volviendo a besuquearse antes de darse las buenas noches.

Eva no quiso darle demasiada importancia, pensó que estaba cansado tras una larga jornada de trabajo, con el traslado de su empresa él y Víctor no daban abasto. Pero Eva no se dio por vencida y puso todas sus esperanzas en el viernes. Cuando Derek pasó a recogerla a la puerta de la oficina donde Eva trabajaba y la vio, tuvo que cerrar los ojos y tratar de contenerse para no devorarla en mitad de la transitada calle. Eva llevaba puesto un vestido azul muy sexy y elegante junto a unas sandalias romanas con un tacón de aguja de diez centímetros. Eva no estaba dispuesta a continuar sin sexo y, bajo aquel vestido, llevaba un provocador conjunto de ropa interior con liguero incluido.

—Estás preciosa, nena —le susurró Derek al oído tras darle un escueto beso en los labios—. Me han entregado las llaves mi nueva casa y he preparado una cena de inauguración.

— ¿Me llevas a una fiesta en tu casa? —Le preguntó Eva sin poder ocultar la decepción en su voz.

—Te llevo a mi casa, pero no hay ninguna fiesta —le aclaró Derek dedicándole una sonrisa burlona—. Es una cena privada, solos tú y yo.

Eva sonrió aliviada, estarían los dos solos. Derek condujo hasta su nueva casa. Tras una visita guiada para que Eva conociese la casa, Derek la llevó a la cocina y sirvió un par de copas de vino. Mientras él preparaba la cena, Eva se encargó de preparar la mesa. A ambos les gustó vivir aquella rutinaria escena de pareja, pero ninguno hizo externo su pensamiento.

—Todo estaba exquisito —le dijo Eva con total sinceridad cuando terminaron de cenar—. Tienes un don para cocinar y tengo que confesar que jamás lo hubiera adivinado.

—Me lo tomaré como un cumplido —le replicó Derek divertido. Se puso en pie y se acercó a ella tendiéndole la mano para ayudarla a levantarse. Agarrándola de la mano, Derek la guió al salón y ambos se acomodaron en el sofá—. ¿Te apetece una copa?

– Creo que es bastante evidente qué me apetece —le contestó Eva con tono sugerente, sosteniéndole la mirada.

Derek resopló. Mantenerse en la abstinencia le iba a costar todavía más si Eva decidía ponérselo aún más difícil.

—Eva, créeme si te digo que a mí me apetece igual o más que a ti, pero no quiero que eso sea lo único que hay entre nosotros dos. Nos lo pasamos bien juntos y no me refiero solo en la cama.

— ¿Qué intentas decirme, Derek?

—Lo que intento decirte es que, además de disfrutar del sexo contigo, también quiero disfrutar de una agradable velada, o salir a ver una película en el cine. Quiero más que sexo contigo.

Eva lo escrutó con la mirada. No entendía muy bien lo que Derek pretendía, pero no estaba dispuesta a seguir sin sexo.

—Entonces, ¿piensas seguir torturándome cómo has hecho toda la semana?

A Derek se le escapó una sonora carcajada que cortó en el mismo momento que sus ojos se cruzaron con la mirada desafiante de Eva. La besó en los labios con ternura y le susurró al oído con tono burlón:

—Nena, solo quiero que entiendas que el sexo no es mi prioridad —acarició su cuello con delicadeza y añadió—: Quiero complacerte, tan solo tienes que decirme lo que quieres.

—Sedúceme.

No hizo falta repetirlo dos veces, Derek la obedeció. Lo hizo de una manera sensual y erótica, pero también romántica. La cogió en brazos como si fuera una princesa y la llevó escaleras arriba hasta llegar a la habitación. La desnudó despacio, con delicadeza. Acarició, besó y adoró cada centímetro de su piel. La depositó con cuidado sobre la cama y, por primera vez, le hizo el amor a una mujer. Porque aquello no era sexo, era amor. Derek entró en ella lentamente, con delicadeza, en lugar de hacerlo de una sola estocada como acostumbraba. Entró y salió de ella despacio, con un movimiento suave y embriagador que colmaba a ambos de un placer indescriptible y que nunca antes habían sentido. Alcanzaron juntos el clímax y Derek se derrumbó sobre la cama, arrastrando a Eva con él para que quedara encima y poder seguir estrechándola entre sus brazos. No quería separarse de ella ni un solo instante, ahora Eva era su adicción y su prioridad.

— ¿Todo bien, nena? —Le preguntó Derek para asegurarse que Eva estaba bien ya que se había quedado muy callada.

—Todo perfecto —le confirmó ella.

Y era verdad, para Eva no podía ser más perfecto. El único problema era que se estaba enamorando cada día un poco más de Derek con sus actos. No se comportaba como el joven mujeriego, aventurero y fiestero que conoció en la costa dos años atrás. A Eva no le pasó desapercibida la manera en la que Derek le había hecho el amor, no había sido como las otras veces. La había seducido despacio, había adorado cada recoveco de su piel y se habían fundido el uno el otro. Derek no solo la había hecho sentirse deseada como de costumbre, la había hecho sentirse amada e idolatrada. La había colmado de placer, de ternura y de romanticismo.

— ¿En qué piensas, nena? —Le preguntó Derek con curiosidad al mismo tiempo que la envolvía entre sus brazos con ternura.

—Ahora mismo estoy pensando muchas cosas —le confesó Eva un tanto confusa.

—Espero que no pienses en salir huyendo.

—Aunque quisiera, no creo que tuviera fuerzas ni para levantarme de la cama —bromeó Eva.

—Mejor, no quisiera tener que secuestrarte —continuó Derek bromeando. Se puso serio y, tras besar a Eva levemente en los labios, le preguntó—: ¿Qué te parece si mañana vamos al cine a ver una película? O también podríamos ir a montar a caballo, los tíos de Jason tienen una hípica a las afueras de la ciudad, se alegrarán si les hacemos una visita.

— ¿No prefieres que inauguremos todas y cada una de las estancias de tu nueva casa? —Le sugirió Eva con picardía.

—De momento ya hemos inaugurado la habitación principal —hizo una pausa para besarla en el cuello y añadió—: Te propongo un trato. Por cada estancia que inauguremos, tendrás que hacer algo conmigo. Como hemos inaugurado la primera estancia, ¿qué te parece si mañana vamos a dar un paseo a caballo antes de inaugurar a nuestra manera la siguiente estancia? Ya sabes, como una cita.

Eva se volvió para mirarlo y asegurarse que no seguía bromeando, pero el gesto de Derek le confirmó que hablaba muy en serio.

— ¿Qué me dices, hay trato?

—De acuerdo, trato hecho.

Eva le tendió la mano a Derek para sellar su acuerdo, pero él la agarró por la cintura, colocándola a horcajadas, y la besó en los labios apasionadamente, esa fue su manera de sellar el trato. Durmieron toda la noche abrazados el uno al otro, como una verdadera pareja enamorada.

Sedúceme 10.

Tras tomar el postre y el café en casa de Ana y Nahuel, los invitados empezaron a despedirse. La primera en marcharse fue Ruth, alegando que había quedado con un nuevo amante. El siguiente fue Jason, excusándose con que al día siguiente trabajaba. Después Víctor, echándole un cable a su amigo tras la que se había formado con la broma de su supuesta cita con Eva, dijo:

—Gracias por la velada, ha sido una noche magnífica —se volvió hacia Derek y Eva y les preguntó—: ¿Os marcháis ya?

– Sí, dejaremos a los futuros padres descansar ahora que pueden —sentenció Derek poniéndose en pie.

Eva también se puso en pie para despedirse de Ana y Nahuel y, acto seguido, se marchó acompañada de Derek y Víctor. En cuanto traspasaron el porticón de la verja de la casa, Derek agarró a Eva por la cintura, la atrajo hacia sí y la besó. A Eva no le importó que la besara delante de Víctor, tan solo le importó la necesidad que sentía por estar en los brazos de Derek.

—Víctor, ¿te importa acercarnos al hotel? —Le preguntó Derek a su amigo.

—Subid al coche antes de que os arresten por escándalo público —bromeó Víctor.

En ese momento, Eva confirmó que Víctor ya estaba al tanto de su peculiar historia con Derek antes de asistir a la cena de Ana y Nahuel.

Los tres se subieron al coche y Víctor les llevo hasta la puerta principal del hotel donde Derek se alojaba. Tras darle las gracias a Víctor por haberles llevado hasta allí, se despidieron de él y entraron en el hall del hotel. Derek guió a Eva hacia los ascensores y, tan pronto como las puertas del ascensor se cerraron y se quedaron a solas, Derek la arrinconó contra la pared y la besó con urgencia. Las puertas del ascensor se abrieron, pero ellos continuaron besándose.

—Ejem, ejem —fingió toser un hombre de mediana edad que disponía a montar en el ascensor cuando reparó en la apasionada pareja.

Ambos se separaron en cuanto supieron que no estaban solos. Derek sonrió divertido por la situación, agarró a Eva de la mano y, tras saludar al hombre con un leve gesto de cabeza, caminó con Eva hasta la puerta de su suite. Eva evitó mirar a aquel hombre, se sentía avergonzada por haber sido descubierta en aquella situación, pero con Derek todo era imprevisible, eso formaba parte del encanto.

—Me encanta ver cómo te sonrojas, nena —le susurró Derek al oído al mismo tiempo que cerraba la puerta de entrada a la suite.

No le dio tiempo a contestar, Derek la agarró de los muslos, la alzó entre sus brazos y la llevó a la cama. A Eva le extrañó que decidiera seguir en la cama con lo que estaban haciendo, él no era uno de esos hombres tradicionales, pero no dijo nada.

Derek la desnudó con urgencia, se colocó sobre ella y la penetró de una sola estocada. Entró y salió de ella con fuerza, más rudo de lo habitual. Estaba excitado, furioso y, aunque él no era capaz de reconocerlo, también estaba celoso. No supo afrontar aquel nuevo sentimiento que le invadía y se dejó llevar por la frustración que llevaba dentro. Ambos gozaron de aquel encuentro y alcanzaron el clímax, pero ninguno quedó satisfecho. Derek se maldijo en silencio por haberlo echado todo a perder de esa manera tan irracional, se levantó y, sin decir nada, se encerró en el baño con la intención de darse una ducha para aclarar sus ideas. Eva se quedó dónde estaba, desnuda sobre la cama, sin saber qué hacer. No entendía el comportamiento de Derek, todo parecía ir bien hasta que entraron en la suite. Él no era un amante romántico, pero nunca antes había sido tan rudo con ella. Confusa y sola en aquella cama, Eva decidió vestirse y marcharse de allí.

Cuando Derek salió del baño cubierto tan solo por una toalla de la cadera a la altura de las rodilla, se encontró a Eva ya vestida y cogiendo su bolso.

— ¿Vas a alguna parte? —Le preguntó Derek molesto.

— ¿Acaso te importa?

Ambos se sostuvieron la mirada, desafiándose. Pero finalmente, Derek dio su brazo a torcer, él era el único responsable de aquella situación.

—Eva, no te vayas —su voz sonó más a una súplica que a una orden. Se acercó a ella despacio, le cogió la mano con suavidad y añadió con la voz rota—: – Nena, sé que no me lo merezco y puede que lo más sensato sea dejarte marchar, pero no puedo.

— ¿Qué quieres de mí, Derek? —Le preguntó Eva sin poder ocultar un ligero tono de reproche en su voz.

—Me conformo con tu compañía —le confesó Derek. La estrechó entre sus brazos y la abrazó con ternura—. Me he comportado como un idiota, estaba furioso y lo he pagado contigo.

— ¿Por qué estabas furioso? —Le preguntó Eva fingiendo inocencia.

Derek resopló. Ni siquiera él sabía con exactitud la respuesta a esa pregunta, pero Eva se merecía una explicación, así que se esforzó en tratar de hacerse entender:

—Estaba frustrado, te tenía al lado y no podía besarte como me apetecía. Tampoco ha sido fácil escuchar cómo planeabas tu futuro con Víctor.

Eva lo meditó por un instante. Tenía tantas o más ganas que él de quedarse allí, si se marchaba a su apartamento era más que probable que se arrepintiese de por vida. Pero aquello no podía quedar así, tenían que hablar.

—Esto se nos está yendo de las manos, deberíamos hablar porque…

—Hablaremos —la interrumpió Derek—. Pero ahora es muy tarde y ambos estamos cansados, hablaremos mañana después de haber dormido.

Eva no se lo discutió, estaba demasiado cansada para mantener esa conversación, necesitaba dormir para aclarar sus ideas. Derek desnudó a Eva con suma delicadeza, la ayudó a ponerse una de sus camisetas y se metió en la cama con ella. Tan solo quería dormir acurrucado con ella para poder sentirla cerca, y eso fue lo que hizo.

A la mañana siguiente Eva se despertó entre los brazos de Derek.

—Buenos días, nena —la saludó en cuanto Eva abrió los ojos. La besó en los labios con ternura y añadió—: ¿Has dormido bien?

—Más o menos —murmuró Eva tras recordar lo ocurrido la noche anterior.

—Eva, siento mucho lo que pasó anoche, me comporté como un verdadero…

—Olvidémoslo.

—Te prometo que no volverá a pasar —le aseguró Derek.

Esa misma noche fueron a cenar a la masía. Se acomodaron en uno de los reservados, Derek se apoderó del mando a distancia que controlaba el enorme ventanal pero decidió dejarlo como estaba: siendo un espejo. Eva sentía curiosidad por descubrir que había detrás de aquel espejo, pero contuvo su curiosidad ya que estaba disfrutando con Derek de una romántica velada, algo inusual en él.

— ¿Te apetece tomar una copa aquí o prefieres que regresemos al hotel? —Le preguntó Derek.

—Podemos tomar una copa aquí y después tomarnos otra en la suite del hotel —propuso Eva.

El camarero no tardó en servir las dos copas que habían pedido. Bebieron mientras charlaban, Derek seguía queriendo saber todo sobre Eva y preguntar era la mejor forma de conocerla. Le encantaba mirarla, podría pasar miles de horas seguidas observándola y no se aburriría. Cada gesto, cada expresión de ella, lo enamoraban un poco más a cada instante.

Tras pensar en su comportamiento la noche anterior, Derek se había propuesto seducir y enamorar a Eva dejando al margen el sexo. La abstinencia sería la mejor prueba para demostrarle a Eva que, para él, ella no era un simple capricho pasajero, ella era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida. Había llevado a Eva a la masía porque ya había realizado la reserva, pero no tenía la menor intención de quitar aquel enorme ventanal de espejo, el espectáculo que hubiera tras él ya lo disfrutaría con Eva en otro momento si es que se daba el caso. Lo que antes le parecía de lo más morboso, ahora le hacía sentir bastante incómodo. Quería a Eva solo para él, no quería compartirla con nadie.

Después de aquella copa, Derek propuso regresar al hotel y Eva aceptó disimulando su decepción por no disfrutar con él del lujurioso espectáculo que con total seguridad había tras el espejo. Una vez llegaron al hotel, Derek hizo el mismo ritual que la noche anterior: desnudó a Eva, le puso una de sus camisetas a modo de pijama y se metió con ella en la cama. La envolvió entre sus brazos y la abrazó hasta que se quedó dormida, solo entonces se permitió descansar él también.

Sedúceme 9.

Eva y Derek pasaron el fin de semana encerrados en la suite del hotel. Como ya le había dicho Derek, a Eva no le hizo falta pasar por su apartamento para coger algo de ropa, pues pasaron todo el fin de semana desnudos, dejándose llevar por la lujuria y la pasión que sentían.

El domingo por la tarde Eva regresó a su apartamento a pesar de la insistencia de Derek para que pasara la noche con él en la suite. Nada más entrar en el apartamento, se encontró con la mirada inquisidora de Ruth.

—¿Se puede saber dónde has estado todo el fin de semana? Tu teléfono móvil está apagado y me tenías preocupada.

—Lo siento, últimamente tengo mucho trabajo y ni siquiera me he dado cuenta que tenía el móvil apagado, debe haberse quedado sin batería —mintió Eva.

Las palabras de Eva no acabaron de convencer a Ruth.

—¿Seguro que va todo bien?

—Sí, solo estoy un poco cansada —le aseguró Eva forzando una sonrisa.

Se sentía fatal por mentir a su amiga, pero en ese momento era lo mejor, no podía responder preguntas de las que desconocía la respuesta.

El lunes Eva se levantó y fue a trabajar. Recibió la llamada de Derek a mediodía y quedó en reunirse con él en la suite del hotel donde se alojaba cuando saliera de la oficina. A pesar de que Eva creía que su relación con Derek solo se basaba en el sexo, lo cierto era que Derek se esforzaba mucho en averiguar cosas de Eva sin que ella apenas se diera cuenta. Quería saberlo todo sobre ella, quería seducirla para que se quedara a su lado para siempre.

El martes, miércoles y jueves siguieron la misma rutina, pero el viernes Derek decidió planear algo distinto. Reservó una de las salas privadas de la masía con la intención de llevar allí a Eva, pero Ana y Nahuel organizaron una cena familiar a última hora y ambos estaban invitados.

—Nena, tendremos que aplazar nuestra cita para mañana por la noche —le dijo Derek cuando la llamó por teléfono tras recibir la invitación de Ana y Nahuel.

—Ni siquiera me habías dicho a dónde me ibas a llevar —le respondió Eva tratando de sonsacarle información.

—Es una sorpresa, nena. Te veo esta noche en casa de mi hermano, va a ser una tortura estar a tu lado y no poder besarte ni… —Derek se interrumpió, su entrepierna estaba creciendo bajo la tela del pantalón y en pocos minutos tenía una reunión—. Nena, tengo que colgar.

—Nos vemos esta noche —se despidió Eva antes de colgar, sonriendo al adivinar lo excitado que se sentía Derek.

Esa noche, Eva y Ruth acudieron juntas a la cena en casa de Ana y Nahuel. A Derek le hubiera gustado poder asistir con Eva, pero ni siquiera se atrevió a preguntárselo, sabía que ella no aceptaría, al menos no tan pronto. Primero debía ganarse su confianza para que Eva entendiera que estaba interesado en ella de verdad, que no era solo un capricho.

Cuando Eva y Ruth llegaron a casa de Ana y Nahuel, Derek ya estaba allí. Eva se lo encontró en el jardín trasero de la casa charlando con Jason, el socio de Nahuel, y con su amigo y socio Víctor, el único que estaba al tanto de la relación que mantenían Derek y Eva.

—Chicas, ¿os acordáis de Víctor? —Les preguntó Ana a sus amigas cuando llegaron al jardín trasero—. Víctor es uno de los amigos de Derek al que conocimos en la playa, él también se ha trasladado a la ciudad, es el socio de Derek.

Eva ya estaba al tanto de todo, incluso de que Víctor se había trasladado al apartamento de sus abuelos ya fallecidos, pero disimuló muy bien. Derek, además de colmarla de grandes placeres sexuales, también la mantenía informada de todo lo que hacía en su día a día, al igual que ella lo mantenía informado a él.

Ruth y Eva saludaron a Víctor con simpatía, lo recordaban perfectamente. Víctor aprovechó el encuentro para fastidiar un poco a su mejor amigo:

—Sigues tan preciosa como te recordaba, Eva. Deberíamos salir a cenar una noche, estoy seguro que lo pasaríamos muy bien juntos.

A Eva no se le escapaba una. Derek no le había mencionado que Víctor estuviera al tanto de su peculiar relación, pero el intercambio de miradas de aquellos dos los delató. Eva no sabía qué pretendían, pero ella también sabía jugar sus cartas. Le sostuvo la mirada a Derek durante un instante, se volvió hacia a Víctor y le dijo con coquetería al mismo tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad:

—Cuando quieras, suena muy prometedor.

La cara de Derek era un poema y no pasó desapercibido para nadie, ni siquiera para Jason que, aunque no conocía la historia que Derek y Eva tuvieron dos años atrás, entendía qué estaba pasando allí, pero no comentó nada al respecto.

Nahuel, apiadándose de su hermano menor, salió en su ayuda:

—Bueno, ahora que estamos todos, creo que ha llegado el momento de deciros cuál es el motivo de esta celebración—. Abrazó desde atrás a Ana y acarició su vientre con ambas manos—. Cariño, díselo tú.

Todos miraron a la pareja con expectación, las manos de Nahuel acariciando el todavía inexistente vientre de Ana no pasaron desapercibidas para nadie, pero esperaron a oírlo de la voz de los protagonistas.

—¡Estamos embarazados! —Exclamó Ana eufórica.

Todos les felicitaron emocionados por la buena nueva. Ana y Nahuel contestaron todas las preguntas que sus amigos les hicieron: estaba embarazada de tres meses, todavía no podían saber si era niño o niña y sí, había sido concebido durante la luna de miel.

Durante la cena todos se divirtieron bromeando sobre cómo será la vida de los futuros padres e incluso se aventuraron a opinar quiénes serían los siguientes en ser padres:

—Puede que después de esa cena, Eva y Víctor nos sorprendan —bromeó Ana solo para picar a su cuñado.

Derek ya no podía más. Lo que había empezado como una mera broma de Víctor se estaba convirtiendo en una tortura para él, que no dejaba de escuchar comentarios sobre la supuesta cita que ella y Víctor iban a tener. Sin dar ninguna explicación, se puso en pie y se dirigió al interior de la casa. Eva fulminó con la mirada a Ana, reprendiéndola por su comentario, y Ana confirmó sus sospechas: entre aquellos dos había algo.

—Eva, acompáñame un momento a la cocina, quiero enseñarte algo —le dijo Ana poniéndose en pie.

Sin mediar palabra, Eva se levantó y siguió a Ana hasta llegar a la cocina. Ambas se sostuvieron la mirada durante un instante hasta que finalmente Ana le dijo con tono burlón:

—Me temo que a Derek no le ha sentado nada bien las bromas que hemos hecho sobre ti y su amigo Víctor.

—Ese no es mi problema —le respondió Eva encogiéndose de hombros.

Ana se armó de paciencia, con Eva tenía que tener mucho tacto, pese a que siempre la habían tachado de fría e insensible, lo cierto era que tan solo era una coraza que escondía un corazón enorme.

—Eva, tan solo quiero que sepas que, hagas lo que hagas, contarás siempre con mi apoyo —en ese justo momento, vio a Derek salir del baño y le dijo mientras salía disparada por el pasillo—: Derek, ayuda a Eva a servir el postre, yo tengo que ir al baño.

Ana vio la oportunidad de dejarlos a solas y la aprovechó. Una cosa era que bromearan para fastidiarles un poco; y otra, que se enfadaran por ello.

Derek esperó a que Ana se encerrara en el baño y se aseguró que no había nadie alrededor de la cocina. La miró a los ojos con intensidad. Eva percibió parte de reproche y lujuria en los ojos de él, pero no se amilanó y le sostuvo la mirada.

—Nena…

El tono de advertencia de Derek era más que evidente, pero a Eva le pareció de lo más seductor y sonrió con malicia, acercándose a él como una gatita con ganas de jugar.

—Deja de torturarme, Eva —no fue una orden, fue casi una súplica.

Pero Eva tenía ganas de jugar. Alzó sus manos alrededor del cuello de Derek, se estrechó contra su cuerpo y le susurró al oído:

—Quiero jugar, nene.

Derek ya no pudo controlarse por más tiempo, Eva era demasiado tentadora cuando se ponía juguetona. La agarró con fuerza por los muslos y la alzó en brazos haciendo que rodeara su cintura con las piernas. Presionó su erección contra la entrepierna de ella para hacerle saber lo excitado que estaba y la besó con urgencia, casi con verdadera desesperación. Hasta que escucharon unos pasos por el pasillo y se separaron bruscamente el uno del otro para adecentar sus ropas.

—¿Va todo bien por aquí? —Preguntó Nahuel asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Ambos asintieron y Nahuel preguntó—: ¿Dónde está Ana?

– En el baño, nos ha dejado al mando para servir los postres —informó Eva ruborizada.

Nahuel posó su mirada de Eva a Derek y viceversa, ladeó la cabeza sonriendo y se marchó sin decir nada más.

—Quiero verte esta noche —le dijo Derek sin opción a réplica en cuanto Nahuel les dejó a solas de nuevo.

—No sé si podré.

—Ruth ha dicho que tenía planes después de la cena, no dormirá en casa —le recordó Derek—. Deja que yo me encargue del resto, nena.

Eva accedió, a Derek le resultaba imposible decirle que no, daba igual lo que le propusiera, él tenía ese efecto en ella. Sirvieron el postre que Ana había preparado y regresaron al jardín trasero junto a los demás para disfrutar del resto de la velada.

Sedúceme 8.

Durante las dos siguientes semanas, Eva se volcó de nuevo en su trabajo. Todas las noches, antes de irse a dormir, Derek la llamaba por teléfono y le preguntaba cómo le había ido el día. A Eva le gustaban aquellas llamadas, disfrutaba hablando con Derek durante más de una hora y escuchando cómo le deseaba las buenas noches.

Derek adelantó tres días su vuelo de regreso a la ciudad. Quería pasar la noche con Eva, la había echado de menos y necesitaba sentirla cerca. Todo el mundo creía que Derek llegaba a la ciudad el lunes, pero su avión aterrizó el viernes a última hora de la tarde. Nada poner un pie en el suelo, Derek llamó por teléfono a Eva, quería darle una sorpresa.

—Llamas muy temprano —le dijo Eva nada más descolgar, extrañada por que la llamase horas antes de lo habitual—. ¿Ocurre algo?

—Hola, nena —la saludó Derek con la voz ronca—. Necesito pedirte un favor, ¿has salido ya del trabajo?

—Ahora mismo estaba recogiendo mis cosas para marcharme.

—Necesito que pases por el hotel a recoger unos documentos que me dejé allí, ¿puedes hacerlo?

—Claro, pasaré por allí de camino a casa.

—Genial, solo tienes que pedírselos a la recepcionista, ya he avisado que pasarías a recogerlos en mi nombre —le indicó Derek—. Tengo que colgar, nena. Hablamos esta noche.

Eva se quedó con el teléfono en la mano, un poco decepcionada por aquella llamada. Pensó que probablemente estuviera ocupado, en cualquier caso, le había dicho que hablarían esa noche y eso la reconfortó.

Tras salir de la oficina, Eva se dirigió al hotel donde se alojaba Derek cuando estaba en la ciudad. Aparcó en la misma entrada principal y bajó del coche llevando consigo su bolso. Caminó deprisa hacia la recepción, situada en el hall de la recepción, sin prestar atención a las personas que por allí merodeaban. Tan abstraída estaba que no se dio cuenta que Derek estaba observándola a escasos metros de ella.

—Buenas tardes —saludó Eva a la recepcionista—. He venido a recoger unos documentos en nombre del señor Derek Smith.

—Aquí los tiene, señorita López —le respondió la recepcionista entregándole un pequeño sobre de color rojo.

Eva agradeció la amabilidad de la recepcionista con una sonrisa. Dio media vuelta caminó un par de pasos y se detuvo para examinar el sobre que llevaba en las manos. Eva sintió náuseas, un sobre rojo indicaba algo personal, por lo que dudaba que contuviera algún documento relacionado con el trabajo. Un hombre jamás le enviaría a otro hombre documentos en sobres de color rojo, así que dedujo que se trataba de una mujer. Tuvo la tentación de abrirlo, pero recordó que no tenía ningún derecho en violar la intimidad de Derek y decidió guardar el sobre en el bolso para evitar tentaciones. En ello estaba cuando Derek se acercó a ella desde atrás y le susurró al oído con la voz ronca:

—Con lo curiosa que eres, ¿no vas a abrir el sobre?

Eva dio media vuelta, totalmente incrédula. Había reconocido su voz, pero le parecía imposible que estuviera allí. Eva se arrojó a sus brazos y Derek la abrazó con fuerza, embriagándose de su dulce olor y su adictivo contacto.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le preguntó Eva con una amplia sonrisa en los labios—. ¿Cuándo has regresado?

—Mi avión acababa de aterrizar cuando te he llamado —le confesó Derek dedicándole una de sus sonrisas traviesas—. Abre el sobre, es para ti.

Eva lo miró extrañada, pero hizo lo que Derek le decía. Sacó el sobre de su bolso y lo abrió. Miró en su interior y sacó el contenido del sobre: un bono regalo de una noche de hotel más una sesión de spa con masaje incluido para dos personas.

— ¿Qué es esto? —Le preguntó sorprendida—. ¿Para nosotros?

—Para ti y para quién tú quieras. Me encantaría ir contigo, pero eres tú quien ha de escoger el acompañante.

Eva comprobó el bono regalo, la reserva estaba hecha para el mes de octubre y estaban a principios de septiembre, todavía quedaba un mes para esa fecha. Ni siquiera sabía si lo suyo con Derek duraría hasta el día siguiente, no podía hacer planes con él para dentro de un mes. A Eva se le llegó a pasar por la cabeza que Derek podría haberle hecho ese regalo para que se buscara a otro con quien ir.

— ¿Por qué me regalas esto? —Quiso saber Eva, sin poder ocultar la desconfianza que aquello le hizo sentir.

—Quería tener un detalle contigo por ayudarme a escoger mi nueva casa —Eva frunció el ceño al no convencerle la respuesta y Derek, que no entendía a qué venía aquella desconfianza, la escudriñó con la mirada y le preguntó—: Nena, ¿he hecho algo mal?

Eva no supo qué contestar, él no había hecho nada malo. No había ningún motivo para que se comportara así ni para que desconfiara de él. Le había regalado una escapada para dos personas y, aunque le había dicho que podía llevar a quien ella quisiese, se había tomado la molestia de dejarle claro que él estaría encantado de acompañarla. Pero Eva no podía evitar lo que sentía, una vocecita en su cabeza le repetía constantemente que las personas no cambian, los hombres no dejan de ser mujeriegos de la noche a la mañana. Sabía que aquella relación con Derek era temporal, en cuanto él encontrara otra distracción se olvidaría de ella. Pero había decidido dejarse llevar, vivir aquella aventura sin pensar en las consecuencias, y eso era lo que iba a hacer.

—Lo siento, tan solo me ha sorprendido tu detalle, no me lo esperaba —le contestó Eva finalmente—. Gracias, pero no tendrías que haberte molestado —sonrió para que Derek se relajara y añadió—: Si para entonces no tienes un plan mejor, me encantaría que vinieras conmigo.

—No existe un plan mejor, nena —Derek la besó en los labios y le susurró al oído con tono sugerente—: He adelantado mi vuelo tres días, nadie sabe que estoy en la ciudad excepto tú, nena.

—Y, ¿qué tenías pensado?

Derek sonrió, Eva se había relajado y estaba juguetona. Los ojos le brillaban, esa mirada traviesa le recordaba a aquel verano en la costa cuando la conoció, la mirada que tenía cuando jugaba a ser mala, cuando buscaba aventuras. Derek se conformó con eso, seducir a Eva se le daba bastante bien, pero enamorarla sería otra cosa. Tendría que ser paciente, ganarse su confianza poco a poco.

— ¿Qué te parece si subimos a la habitación, pedimos que nos suban la cena y pasamos allí encerrados todo el fin de semana? —Le propuso Derek.

—Me parece una idea genial, pero tengo que pasar por mi apartamento para coger ropa.

—No vas a necesitar la ropa nena —le susurró Derek—. Pienso desnudarte en cuanto entremos en la habitación y no voy a dejar que te vistas hasta el lunes por la mañana.

—Mm… Parece que me has echado de menos —comentó Eva divertida.

—Dos interminables semanas, nena. Imagina cómo estoy.

— ¿En dos semanas no has…? —Eva no fue capaz de acabar la frase.

Derek la miró arqueando las cejas y, con tono molesto, le preguntó:

— ¿Es que acaso tú sí?

— ¿Qué insinúas? —Replicó Eva molesta.

Derek resopló, tomó aire y contó mentalmente hasta tres. Lo último que deseaba era acabar discutiendo con Eva. La miró a los ojos y le dijo con sinceridad:

—Nena, no he estado con ninguna mujer en estas dos semanas. La única persona con la que quería estar era contigo, por eso he adelantado mi viaje —la escrutó con la mirada para asegurarse que Eva había entendido lo que quería decir y, tras una pausa, añadió para que no se sintiera presionada—: Si lo prefieres, podemos ir a cenar a un restaurante.

—Mejor subimos a la habitación y pedimos que nos traigan la cena —convino Eva.

Derek sonrió satisfecho, aunque sabía que todavía le quedaba mucho camino por recorrer para ganarse la confianza de Eva.

Subieron a la suite de Derek y llamaron al servicio de habitaciones para que les sirviera la cena en la suite. Sentados a la mesa, Derek sirvió un par de copas de vino y propuso alzando su copa:

—Brindemos.

— ¿Por qué brindamos?

—Por ti y por haberme ayudado a comprar mi nueva casa —le respondió Derek sonriendo divertido—. He comprado la casa, en unos días me entregarán las llaves.

Bebieron y comieron mientras charlaban sobre la nueva casa de Derek. A Eva le sorprendió que Derek hubiera comprado la misma casa que ella hubiera comprado si hubiera estado en su lugar. Por otro lado, aquél hecho la confundió todavía más. No entendía por qué Derek había comprado una casa tan grande y, por supuesto, no se había creído las explicaciones que él le dio cuando le preguntó, pero Eva se recordó a sí misma que estaba allí porque había decidido dejarse llevar en aquella aventura, así que se puso una venda imaginaria en los ojos y disfrutar de la compañía de Derek mientras le fuera posible.

Sedúceme 7.

A las ocho en punto de la tarde, Eva cruzaba el portal del edificio. La tarde de compras había sido muy fructífera, había comprado un precioso vestido de seda rosa con un escote mucho más que generoso y que dejaba su espalda al descubierto. También había comprado un conjunto de ropa interior rojo con liguero, pero con ese vestido tan solo decidió ponerse un diminuto tanga. Se colocó una americana entallada de color blanco por si refrescaba y para no desvelar todos los encantos de su vestido en un primer momento.

Derek la observó de arriba abajo en cuanto la vio atravesar el portal. No le pasó por alto que Eva no llevaba sujetador y a su entrepierna tampoco. La saludó con un leve beso en los labios y tuvo que contenerse para no agarrarla del trasero y hacerle el amor sobre el capó del coche.

Ambos se montaron en el coche y se dirigieron al hotel donde se alojaba Derek. Subieron directamente a la habitación y Derek le hizo un pequeño recorrido por la suite para enseñársela. Decidieron acomodarse en el pequeño salón y Derek se ofreció a ayudarla a quitarse la americana antes de llamar al servicio de habitaciones. Tuvo que recolocarse el pantalón en la zona de la entrepierna al ver la espalda de Eva desnuda y sus pezones marcándose bajo la fina tela de seda de su vestido. Carraspeó para aclararse la voz y, acariciando su espalda, le susurró con la voz ronca:

—Estás preciosa, nena.

Eva le dedicó una sonrisa coqueta y tomó asiento en el sofá mientras Derek llamaba al servicio de habitaciones. Tres minutos más tarde, Derek se sentaba a su lado.

— ¿Has encontrado alguna casa que te guste? —Le preguntó Eva para romper el hielo.

—Sí, he encontrado tres casas —respondió Derek sonriendo—. El problema es que ahora no logro decidirme, quizás tú puedas ayudarme —Derek se levantó y se dirigió al escritorio, de donde cogió una carpeta. Se la entregó a Eva y añadió—: Dame tu opinión.

A Eva le sorprendió aquella petición, pero aceptó encantada. Abrió la carpeta y sacó tres fichas de la inmobiliaria, una por cada casa que Derek había seleccionado. El servicio de habitaciones llamó a la puerta y Derek fue a abrir la puerta y a darle la propina al camarero que les subió el carrito con la cena, dejando a Eva revisando las fichas de las casas.

Mientras servían los platos en la mesa, Derek regresó al pequeño salón de la suite, donde Eva seguía con las fichas en la mano.

— ¿Qué te parecen? —Se aventuró a preguntar Derek.

Eva estaba confusa. Había revisado una y otra vez cada una de las tres fichas y no daba crédito a lo que veía. Las tres casas estaban situadas en el mismo barrio donde ella vivía, tenían un amplio jardín con piscina y más de tres habitaciones. Aquellas tres casas cumplían todos los requisitos de su casa perfecta.

—Me gustan las tres, sobretodo porque tienen todo lo que a mí me gustaría en una casa —le respondió Eva.

—He pensado en lo que me dijiste esta tarde. Me gusta el barrio en el que vives y la impresión que tienes de él, parece un buen barrio. En cuanto a lo demás, quizás yo también forme una familia en el futuro y necesite espacio —alegó Derek—. Dime, ¿qué casa te gusta más de las tres?

—Ésta —le señaló Eva una de las fichas—. Es una casa de aspecto moderno pero con una distribución clásica y funcional. Tiene seis habitaciones, una amplia cocina, tres cuartos de baño y un aseo, además del baño de la suite principal.

—Seis habitaciones son muchas, ¿no te parece?

—Depende de para quién —opinó Eva encogiéndose de hombros—. Para un matrimonio joven con un par de hijos sería perfecta: tres habitaciones para ellos; dos habitaciones de despacho, uno para él y otro para ella; y una habitación de invitados.

— ¿Tú quieres tener hijos?

Eva lo miró con el ceño fruncido, aquella pregunta la pilló desprevenida. Nunca había pensado en ello con seriedad, al fin y al cabo ni siquiera tenía novio. Mientras estuvo con Norbert tampoco se le pasó por la cabeza, a él jamás lo vio como un posible padre de sus hijos aunque no se hubiera dado cuenta hasta ese mismo momento.

—No sé, supongo que sí. Algún día —se oyó responder Eva—. Y a ti, ¿te gustaría tener hijos?

—Nunca antes me lo había planteado hasta hace unos meses, pero sí, me gustaría tener hijos con la mujer adecuada —matizó Derek.

El camarero se retiró cuando terminó de servir la mesa y Derek le propuso a Eva sentarse a cenar. Durante la cena continuaron hablando de la casa y Derek decidió comprarla. A Eva le pareció que estaba loco, pues había visto el precio de la casa y era astronómico. Pero el dinero no era un problema para Derek, la empresa que había fundado con su amigo Víctor les había dado muchos beneficios, más que suficientes para comprar cuatro casas como esa.

Tras la cena, Derek se puso en pie y sintonizó una emisora de radio al azar hasta que encontró una canción lenta. Invitó a bailar a Eva y ella aceptó. Pese a que parecía ridículo bailar en la suite de un hotel, a Eva le pareció un momento de lo más romántico. Derek acariciaba su espalda desnuda, la estrechaba entre sus brazos. No era capaz de describir con palabras lo que Eva le hacía sentir, pero tenía muy claro que jamás lo sentiría por otra mujer. La besó en los labios despacio, con ternura. Quería disfrutar del sabor de sus besos, pero le resultaba casi imposible poder controlarse, Eva era demasiado tentadora. Llevó sus manos a los muslos de ella y las deslizó con un movimiento ascendente por debajo de su vestido hasta llegar a su trasero.

—Nena, me vuelves loco —le susurró Derek con la voz ronca.

A Eva se le escapó un gemido de la garganta y Derek gruñó excitado, deshaciéndose del vestido de Eva, dejándola tan solo con sus zapatos de tacón y un diminuto tanga. Derek la miró de arriba abajo y la devoró con los ojos. Acarició los pechos de Eva, mordisqueó y lamió sus pezones, haciéndola disfrutar, excitándola. Sin previo aviso, Derek la cogió en brazos y la llevó hasta la cama, donde la depositó con cuidado.

—Eres una auténtica obra de arte —comentó Derek con la voz ronca mientras la observaba excitado.

Se deshizo del diminuto tanga de Eva y después se deshizo de su propia ropa. Eva lo observó mientras se desnudaba, había echado de menos ese cuerpo fuerte y bronceado por el sol, ese cuerpo que la sometía y por el que era capaz de experimentar nuevas y emocionantes aventuras.

Derek besó, acarició y adoró cada centímetro de la piel de Eva. Enterró la cabeza entre sus piernas y estimuló su clítoris con la lengua, llevándola al borde del abismo.

—Derek… —Suplicó Eva.

—Dime qué quieres, nena.

—Te quiero dentro —logró balbucear Eva entre gemidos.

Derek no se hizo de rogar, la besó en los labios y acto seguido la penetró de una sola estocada. Ambos gimieron al unísono al sentir el contacto, fundiéndose el uno con el otro. Derek entró y salió de ella varias veces y, cuando se aseguró de que estaba preparada, la agarró de la cintura y la levantó, colocándola de rodillas sobre la cama. Derek se colocó tras y la penetró desde atrás, entrando en ella con mayor profundidad. Llevó una de sus manos a los pechos de ella y la otra mano descendió hasta hallar su excitado clítoris. Eva ya no pudo contener más su orgasmo y estalló en mil pedazos al mismo tiempo que hacía estallar a Derek. Ambos se dejaron caer sobre la cama completamente exhaustos, pero una sonrisa traviesa de Derek encendió de nuevo la chispa entre los dos y volvieron a ser una maraña de besos, caricias y lujuria.

A las cuatro de la madrugada, Derek llevó a Eva a su apartamento, pues él debía coger un avión para regresar a la costa y ella no quiso quedarse durmiendo en aquella habitación de hotel si no estaba él, prefirió regresar a su hogar. Se despidieron frente al portal del edificio con un apasionado beso en los labios que les dejó con ganas de más.

—Nena, voy a tener que darme una ducha de agua fría si seguimos así —le advirtió Derek separándose de ella lentamente—. Te llamaré en unas horas, ahora ve a descansar.

Derek la besó por última vez, observó cómo Eva desaparecía tras el portal del edificio y él dio media vuelta para subir de nuevo al coche de alquiler y dirigirse al aeropuerto. Apenas hacía unos segundos que se había separado de ella y ya la echaba de menos.