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Siempre sale el sol 23.

El viernes por la mañana Luna se despertó entre los brazos de Mike, como tantas otras mañanas se había despertado a su lado y sonrió al ver que estaba despierto. Mike la besó en la frente y la estrechó entre sus brazos para después susurrarle al oído:

—Buenos días, preciosa —le dio un beso en los labios y añadió—: ¿Preparada para desayunar antes de poner rumbo a Armony?

—Estoy nerviosa, Mike —confesó Luna.

—Tranquila, cariño. Yo voy a estar contigo en todo momento —la tranquilizó Mike—. Estamos juntos en esto y estoy seguro de que todos estarán contentos de que lo hayamos arreglado y mucho más contentos se pondrán cuando les digamos que un pequeño bebé viene en camino.

—Mi bebé —pensó en voz alta Luna mientras se acariciaba la tripa.

—Nuestro bebé, cariño —la corrigió Mike con ternura.

Después de ducharse y desayunar, Mike y Luna se dirigieron a Armony con la intención de quedarse un par de días y regresar a la ciudad para empezar a organizar el traslado de Luna.

Nada más aparcar el coche frente a la casa de Clare, todos salieron a la puerta a pesar del frío que hacía en la calle. Estaban nerviosos porque no sabían lo que esos dos habían planeado, pero se relajaron en cuanto vieron que Mike ayudaba a bajar del coche a Luna y después le daba un beso en los labios. Clare sonrió ante aquella escena, igual que Helen y Ryan. La pequeña Amy vio a sus padrinos besarse y exclamó feliz:

—¡Tito, has cumplido tu promesa y la tita vuelve a ser tu novia!

—La tita ha sido demasiado buena con el tito, pero ahora os lo contaremos —murmuró Mike sumamente avergonzado por lo idiota que había sido.

Entraron en la casa y, sin quitarse el abrigo y viendo el mal trago que estaba pasando Mike, decidió no andarse con rodeos:

—Como todos sabéis, Mike y yo discutimos y lo dejamos hace unos meses —resumió sin entrar en detalles—. El caso es que ayer Mike y yo hablamos mucho de lo que sentimos el uno por el otro y de lo mucho que nos echamos de menos. Os he ocultado algo a todos desde hace unos meses y, aunque sé que debí decíroslo antes, lo cierto es que primero necesitaba asimilarlo yo.

Todos sabían lo que había pasado entre aquellos dos, incluida Clare, pero todos asintieron y prestaron atención sin decir nada ya que todos sabían que se habían perdonado y no querían buscar culpables.

—Luna y yo hemos arreglado nuestras diferencias y, tras decidir que queríamos estar juntos el resto de nuestras vidas, Luna me dio una gran noticia que no esperaba pero que me ha hecho el hombre más feliz del mundo —dijo Mike sonriendo. Besó a Luna en los labios apasionadamente y la ayudó a quitarse el abrigo para que todos vieran su ya redonda tripa.

—¿Tú lo sabías y no nos lo habías dicho? —Le reprochó Ryan a Mike.

—Mike no supo nada hasta que me vio ayer —aclaró Luna.

—¿Es que pensabas ocultárnoslo? —Le preguntó Helen bromeando.

—Todo lo que ha pasado últimamente nos ha cogido por sorpresa y los dos hemos necesitado nuestro tiempo para asimilarlo y adaptarnos a la nueva situación —salió Mike en defensa de Luna—. Lo cierto es que yo estoy encantado con mi nueva situación.

Mike abrazó a Luna desde la espalda y la besó en la mejilla mientras acariciaba su vientre. Todos les dieron la enhorabuena a la pareja, les contaron los planes que tenían de vivir en Armony y la felicidad de la familia fue absoluta.

Al día siguiente, Mike y Luna fueron a Comer a casa de los padres de Mike, aprovechando que también estaban allí Alan y Linda, y tuvieron la misma conversación. La familia de Mike reaccionó igual de bien que la familia de Luna.

Luna y Mike aprovecharon el viernes y el sábado para visitar a sus familias y darles las nuevas y muy buenas noticias, pero el domingo decidieron pasarlo a solas en casa de Mike.

—He pensado que la habitación que hay en frente de mi despacho podría ser la habitación del bebé, es grande y entra mucha luz —comentó Mike mientras guiaba a Luna hacia a la habitación en cuestión—. Nuestra habitación está justo al lado. ¿Qué te parece?

—Me parece genial, Mike —le respondió Luna sonriendo más feliz que nunca.

—Y también he pensado que la habitación del otro lado de mi despacho podríamos convertirla en tu despacho —le dijo Mike abrazándola por la espalda—. Pide lo que quieras y será tuyo.

—En ese caso, te pido a ti —le respondió Luna besándole en los labios.

***

Seis meses más tarde, Luna, Mike y el pequeño Mike con tan solo un mes de vida, vivían en la casa de Mike. Habían invitado a toda su familia y todos estaban en el jardín, disfrutando del calorcito del mes de mayo y asando carne en la barbacoa.

Luna se acercó hasta el carrito donde el pequeño Mike estaba y lo cogió en brazos al ver que estaba despierto. Al verla, Mike se acercó hasta a ella y, abrazándola por la espalda, le susurró:

—¿Cómo están mis dos tesoros?

—Hambrientos —le contestó Luna divertida—. Voy a dar de comer al pequeño Mike, vuelvo en seguida.

—Voy contigo, cariño —sentenció Mike, que no había dejado a Luna sola desde que se reconciliaron y mucho menos desde que nació el bebé—. Cariño, ¿te he dicho ya que hoy estás preciosa?

—Sí, como unas cien veces ya —le contestó Luna divertida—. Pero sabes que me encanta oírtelo decir, cariño.

—Estás preciosa, cariño —le susurró Mike a Luna en el oído.

 

FIN

Siempre sale el sol 22.

Daniel llamó a Luna por teléfono antes de ir a buscarla y, cuando supo que lo habían arreglado, Daniel le dijo a Luna que debía ir sola con Mike a la consulta de la doctora Emerson. Luna le dijo a Mike que finalmente Daniel no les acompañaría y él lo agradeció en silencio. Mike aún trataba de asimilar todo lo que había averiguado en las últimas veinticuatro horas, pero se sentía feliz de que Luna le hubiera perdonado y aún más feliz de saber que iba a ser padre, pese a que nunca antes se lo hubiera planteado.

Mike condujo en su coche hasta llegar al hospital. Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y Luna se encontró con el doctor Walsh por los pasillos del hospital.

—Señorita Soler, ¿qué tal se encuentra? —Le preguntó el doctor.

—Mejor, cada vez tengo menos náuseas y no me he vuelto a desmayar, pero sigo durmiéndome por los rincones —le contestó Luna—. Ahora voy a la consulta de la doctora Emerson.

—En cuanto veas la ecografía, dejarás de llamarlo lagarto —bromeó el doctor Walsh.

Luna se dio cuenta de que ambos hombres se miraban esperando una presentación, así que rápidamente hizo las presentaciones oportunas:

—Doctor Walsh, él es Mike, el padre del lagarto —continuó bromeando Luna. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Cariño, el doctor Walsh es el médico que me atendió cuando vine de urgencias y quién tuvo que aguantar al histérico de Richard, además de a mí.

Mike no tenía ni idea de lo que Luna le estaba diciendo, no sabía nada de los últimos meses de la vida de Luna y por supuesto no sabía que se hubiera desmayado, ni tenido náuseas, ni mucho menos que hubiera tenido que venir de urgencias al hospital. Un poco tenso e incómodo, Mike le tendió la mano y saludó al doctor Walsh con un firme pero educado estrechón de mano.

—Encantado de conocerle, Mike —le dijo el doctor—. Si me permite un consejo, trate de mantener lo más alejado posible a Richard cuando el bebé decida venir al mundo o se volverá loco tratando de lidiar con una parturienta y la persona más histérica del planeta.

—Seguiré su consejo, sé de lo que me está hablando —le contestó Mike divertido antes de despedirse del doctor.

Se dirigieron a la consulta de la doctora Emerson y la recepcionista les hizo pasar a una pequeña sala de espera hasta que la enfermera los llamara. Nada más quedarse a solas en esa sala de espera, Mike le dijo a Luna con tristeza:

—Debí ser yo en vez de Richard quien estuviera a tu lado cuidando de ti y apoyándote. Ni siquiera sabía que habías venido de urgencias al hospital, ¿qué pasó?

—No pasó nada —le restó importancia Luna con una dulce sonrisa para que dejara de torturarse. Le besó en los labios y añadió—: Estaba de bajón y Richard decidió llevarme de compras, pero me mareé y me desmayé. Tuvo que llamar a una ambulancia, aunque yo me desperté ya en la habitación del hospital, justo cuando el doctor Walsh me examinaba. Él fue quién me dijo que me había desmayado porque estaba embarazada y después me derivó a la consulta de la doctora Emerson, que me hizo la primera ecografía, la que te he enseñado.

—Y, ¿qué me dices de las náuseas? —Preguntó Mike—. Quiero saberlo todo, pequeña. Ahora voy a ser yo quien cuide de ti, te prometo que voy a satisfacer todos tus antojos.

—Te advierto que ésta última semana he tenido tres antojos y todos de madrugada, será mejor que no prometas lo que no vas a cumplir —bromeó Luna.

—Te prometo que lo haré encantado.

—Luna, ¡estás preciosa! —Dijo la doctora Emerson cuando la vio—. El embarazo te está sentando cada vez mejor y, además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿el padre del lagarto?

—El mismo —dijo Mike sonriendo y le tendió la mano a la doctora—. Soy Mike Miller.

Tras la presentación y el saludo oportuno, la doctora les hizo pasar dentro de la consulta y le dijo a Luna que se tumbase en la camilla y se levantara el jersey para dejar despejada la tripa. Mike ayudó a Luna a subir a la camilla y después la doctora la ayudó a levantarse el jersey y la cubrió con una sábana que arremangó bajo sus pantalones para evitar que se mancharan. La doctora encendió la máquina de ecografías, puso gel sobre el aparato y sobre el vientre de Luna y buscó al bebé, el cual encontró rápidamente. Tras comprobar que todo estuviera bien, les dijo a los futuros padres:

—Vuestro bebé está perfectamente, pesa 110 gramos y mide 12 centímetros —enfocó el aparato y les señaló en el monitor todas y cada una de las partes del bebé, que ya se definían perfectamente—. Como puedes ver, ya no parece un lagarto.

—Es nuestro bebé, cielo —le susurró Mike a Luna al oído.

—Hasta que le ponga un nombre, será mi querido y adorado lagarto —sentenció Luna—. Es un apodo cariñoso, no sé por qué os parece tan malo.

— ¿Podemos saber si es niño o niña? —Preguntó Mike.

—Todavía no, pero en la próxima visita el mes que viene sí que podremos saberlo, si el bebé se deja ver, claro —comentó divertida la doctora. Se volvió hacia Luna y le preguntó—: – ¿Ya sabes si quieres saber o no el sexo del bebé?

—Aún lo estamos pensando —respondió Luna al ver de nuevo la tristeza en los ojos de Mike.

—Tenéis un mes para seguir pensándolo, pero deberéis tenerlo decidido cuando volvamos a vernos —concluyó la doctora—. Ahora vamos a sacar un par de fotos de vuestro pequeño lagarto para que os las podáis llevar a casa.

La doctora le dio las ecografías impresas a Luna y después le dio cita para hacerse unos análisis una semana antes de la cita con ella, para poder tener los resultados. Mike le hizo miles de preguntas a la doctora y se informó de las clases preparto.

Cuando salieron de la consulta, Mike y Luna decidieron ir a comer a un restaurante íntimo dónde poder seguir hablando de las miles de cosas que tenían pendientes.

— ¿No quieres saber el sexo del bebé hasta que nazca? —Le preguntó Mike tratando de parecer más paciente de lo que pareció.

—No sé, la verdad es que me da igual saber si va mi lagarto va a ser niño o niña, solo quiero que esté bien —le respondió Luna encogiéndose de hombros.

—Si sabemos que va a ser niño o niña, podremos comprar muchas más cosas y estar más preparados. ¿De qué nos sirve comprar un vestido si luego es un niño?

—Supongo que tienes razón —le respondió Luna y concluyó—: En la próxima visita a la consulta de la doctora Emerson lo descubriremos. ¿Tienes alguna preferencia?

—Me da igual, solo quiero que esté sano —le respondió Mike con sinceridad—. Por cierto, si piensas en que nos quedemos en la ciudad, tendremos que comprar una casa, en tu apartamento no tendremos suficiente espacio.

— ¿Estás dispuesto a mudarte a la ciudad con nosotros? —Le preguntó Luna tocándose el vientre con un gesto protector.

—Cariño, estaba dispuesto a mudarme a la ciudad antes de que tus vacaciones terminaran y tuvieras que volver, no quería separarme de ti —le confesó Mike—. Ahora que sé que vamos a tener un bebé, iría hasta el fin del mundo si fuera necesario.

—Ya había pensado en mudarme y he estado echando un vistazo a las casas que se venden en mi barrio, pero no termina de convencerme ninguna —le dijo Luna—. Pero hoy la situación es totalmente distinta a la de ayer y bueno, sé que acabas de construir la casa de tus sueños en Armony y que además tienes allí tu trabajo así que, si no te importa hacernos un hueco en tu casa, al lagarto y a mí nos gustaría quedarnos contigo.

— ¿De verdad quieres vivir en Armony? ¿Qué hay de tu trabajo? —Preguntó Mike—. Nada me gustaría más que te quedaras en casa, pero quiero que estés segura de ello. No tienes por qué tomar una decisión ahora, tómate tu tiempo para pensarlo.

—Ya lo he pensado, quiero vivir contigo en Armony —le aseguró Luna con una amplia sonrisa en los labios que volvió loco a Mike—. Aunque tendrás que hacer sitio en tu armario para mi ropa y hacer reformas en una de las habitaciones para preparar la habitación del bebé.

—Cariño, puedes hacer lo que quieras con la casa —le respondió Mike alegre—. Y, ¿cuándo tienes pensado hablar con tu familia?

—Le prometí a mi abuela que mañana iría a Armony y le contaría lo que estaba pasando, así que mañana tendré que hablar con ella.

—Si te parece bien, podemos reunir también a Helen y Ryan y les damos la noticia a todos —le propuso Mike—. Y también tendremos que hablar con mis padres.

—De momento, solo quiero irme a casa y dormir un rato contigo después de hacer el amor, si es que te sigo gustando así de gorda.

—Me encantas así, estás extremadamente sexy —le susurró al oído.

Ambos se besaron y Mike le pidió la cuenta al camarero, cumpliendo los deseos de Luna y llevándola al apartamento donde, después de hacer apasionadamente el amor, ambos se quedaron dormidos.

Siempre sale el sol 21.

Después de tener la última conversación, por llamarlo de alguna forma, con Mike, Luna decidió irse fuera de la ciudad una temporada para desconectar de todo lo que la rodeaba y pensar en su futuro y en el futuro de su lagarto. Para empezar, debería empezar a buscar una casa, su apartamento se quedaba pequeño para que un niño corriera y se divirtiera. Luna siempre había soñado con tener una casa en la montaña, con piscina y un enorme jardín. Siempre se había imaginado con su marido y sus hijos viviendo allí. A pesar de que Richard la llamaba Reina de Hielo, Luna era una romántica empedernida.

Durante todo un mes, Luna no tuvo contacto alguno con nadie de su familia ni de sus amigos, y había asimilado su nueva situación. El lagarto se había vuelto lo más importante para ella, se pasaba los días sentada en el porche de la pequeña casa en el lago que había alquilado, se dedicaba a navegar por internet con su portátil para informarse sobre el embarazo y sobre los cambios de su cuerpo. Su vientre había crecido considerablemente en el último mes y ya se le notaba que estaba embarazada si no trataba de ocultarlo vistiendo con ropa ancha. El próximo jueves, Luna tenía cita con la doctora Emerson y vería cuánto había crecido su lagarto. Ya estaba en la semana dieciséis de embarazo y dentro de poco podría saber si el lagarto sería un niño o una niña, aunque aún no había decidido si lo quería saber.

Luna regresó a su apartamento en la ciudad a principios de noviembre y llamó a su abuela para decirle que ya estaba de vuelta y que el próximo fin de semana iría a Armony para hablar con ella.

Clare llamó a Helen para ponerla al corriente de la llamada de Luna con la esperanza de que se lo dijera a Ryan y él a Mike, esos dos tenían que arreglar sus problemas, sobre todo ahora que sabía el motivo por el cual lo habían dejado y a ella le parecía la tontería más absurda.

Y, como era de esperar, Mike se acabó enterando de que Luna había regresado a su apartamento. Pensó en llamarla por teléfono, pero no quería correr el riesgo de que tuviera opción de evitarle o volver a marcharse, así que decidió presentarse en su casa sin más.

—Mike, creo que deberías consultarlo con Richard y, si le parece una buena idea, puede que incluso te ayude —le sugirió Helen.

—Y, ¿si no le parece buena idea y alerta a Luna para que hulla de mí? —Protestó Mike.

—Si a Richard no le parece buena idea ya buscaremos otra solución, pero de momento le vamos a llamar —sentenció Helen.

Helen llamó a Richard, quién le dijo que se encargara de hacer que Mike estuviera en la puerta del apartamento de Luna a las diez de la mañana y él se encargaría de todo lo demás.

Mike se fue a su casa y se metió en la cama tratando de dormir, aunque los nervios poco le iban a dejar, ya que tendría que levantarse a las seis de la mañana para llegar al apartamento de Luna a las diez en punto.

Al día siguiente, Luna se despertó a las nueve y media, cuando Richard entró en su casa y la obligó a levantarse, aunque eso le llevó veinte minutos.

Luna se puso la bata sobre el camisón y se sentó a la mesa mientras Richard preparaba el desayuno que había comprado cuando sonó el timbre de la puerta.

—No te muevas de ahí, abro yo —le dijo Richard a Luna, ya que desde donde estaba sentada y con la bata puesta no se podía notar lo más mínimo que estaba embarazada.

Luna cogió uno de los vasos de zumo de naranja recién exprimido y bebió sin darle importancia a la visita, dando por sentado que se trataría de Daniel.

—Tienes visita, cielo —le anunció Richard.

— ¿Es Daniel? —Preguntó Luna sin demasiado interés.

—No, me temo que no es Daniel —le contestó Richard—. Llámame si necesitas algo y recuerda que Daniel vendrá a buscarte en un par de horas para acompañarte al médico.

—Pero, ¿a dónde vas? —Le preguntó sin entender nada, pero lo entendió todo cuando vio aparecer a Mike, más guapo que nunca—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Tenemos que hablar, Luna —le dijo Mike con un hilo de voz y un brillo en los ojos que denotaba el cansancio y la angustia que sentía—. Soy un imbécil, me he comportado como un idiota y he venido a arrastrarme si hace falta para que me des una oportunidad —Luna le miró sin decir nada y Mike añadió—: Amy vio la foto y nos contó lo que vio ese día desde la ventana de su habitación. Sé que he sido injusto contigo y que probablemente me odies desde entonces, pero te necesito, Luna. No como, no duermo y no me concentro porque no puedo dejar de pensar en ti.

—Me echaste de tu vida sin dejar que te diera mi versión de los hechos, no confiaste en mí cuando te dije que no era lo que parecía —le recordó Luna dolida—. Me han pasado muchas cosas desde entonces y mis prioridades han cambiado, mi situación en general ha cambiado.

—Quiero estar contigo, Luna —insistió Mike—. Me da igual cuál sea tu situación, estoy dispuesto a adaptarme a ella. ¿Quieres que me mude a la ciudad? Haré lo que quieras, Luna. Solo te pido que me des otra oportunidad.

—Siéntate Mike, tengo que decirte algo —le dijo Luna señalando la silla que había frente a ella para que él se sentara. Mike obedeció de inmediato y Luna continuó hablando—: La última vez que estuve en Armony quería hablar contigo de algo importante pero, como no quisiste escucharme y me dijiste que no querías saber nada de mí, tomé algunas decisiones sin tener en cuenta tu opinión y ya nada puede ser como antes.

— ¿Qué es lo que ocurre, Luna? ¿Por qué tienes que ir al médico? —Insistió Mike sin darse por vencido—. Me da igual lo que pase, quiero estar contigo. No habrás aceptado un traslado en la otra parte del mundo, ¿verdad?

—No, en realidad se trata de algo mucho más importante, de lo más importante que tengo en mi vida para ser más concreta —le contestó Luna—. No sé muy bien cómo decírtelo, así que mejor dejaré que lo veas.

Luna se levantó y se puso en pie frente a él. Le miró a los ojos y se desabrochó la bata, abriéndola para enseñar su hermosa silueta cubierta por un fino y ceñido camisón de seda que marcaba su abultado vientre.

Mike la miró incrédulo, abrió la boca para decir algo, pero la volvió a cerrar porque se quedó sin palabras. Se puso en pie y se acercó a ella despacio. Alargó su mano hacia el abultado vientre y, antes de acariciarlo, la miró pidiéndole permiso. Luna asintió y Mike puso la mano sobre el vientre de Luna y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Viniste a decirme que estabas embarazada y te eché sin dejar que hablaras, vamos a ser padres y por mi estupidez casi ni me entero —se lamentó Mike. Abrazó a Luna con ternura y le susurró al oído con dulzura—: Te prometo que a partir de ahora voy a confiar en ti y voy a vivir solo por y para ti y ese bebé. Te quiero, pequeña vaquera. Quiero que tú y todo lo que tenga que ver contigo me rodee siempre, quiero despertarme y ver que aún sigues dormida entre mis brazos, quiero hacerte el amor en la ducha todas las mañanas. Te voy a cuidar y a mimar como a una reina, solo tienes que dejar que lo haga, mi amor.

—Si me dices todo esto luego no puedes echarte atrás a la primera de cambio, y ya no podrás echarme de tu vida nunca más, como mucho me echarás de tu casa —le medio reprochó Luna emocionada por su declaración.

—No pienso echarte de ninguna parte —le aseguró Mike en un susurro mientras estrechaba a Luna entre sus brazos y dejaba sus labios a escasos centímetros de los labios de ella—. Cariño, quiero besarte pero no quiero arriesgarme a que me des una bofetada.

—Bésame —le regó Luna.

Mike obedeció y besó a Luna en los labios, un beso que ambos disfrutaron y con el que sellaron un nuevo comienzo, un nuevo compromiso. Tras ese beso, Luna se apartó ligeramente de Mike y, sentándose de nuevo en la silla para continuar desayunando, le dijo a Mike:

—No tenemos mucho tiempo, tengo que desayunar, ducharme y vestirme antes de que venga Daniel a buscarnos.

— ¿A dónde nos va a llevar? —Preguntó Mike sentándose a la mesa junto a ella.

—Tengo cita con la ginecóloga, me hará una ecografía y podremos ver al lagarto —le contestó Luna sonriendo.

— ¿El lagarto? —Preguntó Mike sorprendido por cómo Luna llamaba a su bebé—. ¿Le llamas lagarto?

Luna se echó a reír y le enseñó la ecografía que le había hecho la doctora Emerson cuando fue de urgencias al hospital en la que el bebé tenía forma de lagarto. Mike también se echó a reír al ver la ecografía y se quedó observándola con detenimiento.

—Estoy deseando ver a nuestro lagarto —confirmó Mike sonriendo—. Por cierto, Daniel y tú… No es que diga que… Solo que…

—Daniel es el hermano de Richard, un buen amigo pero nada más —le interrumpió Luna—. Él y Richard me han estado apoyando mucho últimamente, son los únicos que saben que estoy embarazada. Por cierto, aún no le he dicho nada a Helen ni a mi abuela, pensaba hacerlo este fin de semana porque ya es bastante evidente.

—No pienso dejarte sola ni un minuto, voy a estar pegado a ti en todo momento —le dijo Mike con una sonrisa—. Mis padres se alegrarán muchísimo cuando les demos la noticia.

Luna terminó de desayunar y se metió en la ducha mientras Mike recogía la mesa y la cocina. A las doce en punto, Daniel pasó a recogerlos para llevarlos al hospital.

Siempre sale el sol 20.

Durante la siguiente semana, Richard y su hermano Daniel se organizaron para no dejar ni un rato sola a Luna. Richard cenaba con ella antes de marcharse a trabajar al pub y regresaba a buscarla cuando salía del pub para acompañarla al trabajo. Daniel pasaba a recogerla por la oficina para comer con ella y regresaba por la tarde para llevarla a casa. Luna estaba demasiado agotada física y psicológicamente como para discutir con ellos y simplemente se dejaba hacer.

La noche del viernes, Richard no tuvo que trabajar y organizó una cena con su hermano Daniel en casa de Luna.

—Luna, ¿has pensado en hablar con Mike del lagarto? —Le preguntó Richard después de cenar, ese era el motivo de aquella reunión—. Él es el padre, quizás deberías decírselo.

—Ha pasado casi un mes y medio y no me ha devuelto ni una sola llamada ni un solo mensaje, ¿qué se supone que debo hacer? —Le replicó Luna—. ¿Me presento en su casa y le suelto que espero un hijo suyo? Te recuerdo que me echó de su casa, no quiere saber nada de mí.

—Luna, todo esto no tiene sentido, todo fue un malentendido que tú no has querido aclarar por tu orgullo o por tu fobia al compromiso —le dijo Daniel—. Si Mike no te escucha, puedes utilizar intermediarios.

— ¿Estás insinuando que le diga a Ryan que estoy embarazada para que se lo diga a Mike? No creo que sea una buena idea —le dijo Luna descartando la idea.

—Tienes que ir a Armony y hablar con Mike, aclararle lo de la fotografía y contarle que estás embarazada, él es el padre de tu lagarto —le dijo Daniel—. Tiene derecho a saberlo, Luna. Yo nunca te perdonaría si me ocultaras algo así.

Tras pensarlo mucho, Luna decidió ir el lunes a Armony para intentar de hablar con Mike y Daniel le prometió que la acompañaría, pues Luna se pasaba el día medio dormida a causa del embarazo y no quería que condujera durante tres horas.

El lunes por la mañana, Daniel llevó a Luna a Armony. Se dirigieron directamente al club de campo donde se suponía que Mike estaría trabajando. Daniel se quedó en el coche, Luna entró en el club de campo y se dirigió directamente al despacho de Mike, evitando encontrarse con alguien que la detuviera. La puerta del despacho de Mike estaba abierta y llamó suavemente con los nudillos al mismo tiempo que entraba en el despacho y se encontraba con Mike sentado frente a la mesa llena de papeles, con ojeras y barba de un par de días.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le espetó Mike al verla—. No quiero saber nada de ti, creí que ya te lo había dejado claro.

—Tengo que hablar contigo, Mike. Es importante —dijo Luna con un hilo de voz.

—No quiero escucharte, Luna. Solo quiero que te largues y me dejes en paz, que me evites cómo has estado haciendo siempre —le dijo Mike furioso.

—Mike, tienes que escucharme.

— ¡No! —Sentenció Mike más furioso que nunca—. No quiero saber nada de ti ni nada de lo que tenga que ver contigo. Ahora vete, por favor.

—De acuerdo, me marcho y no te molestaré más —se resignó Luna. Caminó hacia a la puerta y, volviéndose hacia Mike por última vez, le dijo antes de marcharse—: Pero recuerda que eres tú el que me echas, a mí y a todo lo que tiene que ver conmigo, de tu vida.

Luna salió del club de campo y caminó hacia a Daniel, quien supo que no había ido nada bien al ver la cara de Luna. Daniel la abrazó, le dio un beso en la mejilla y la ayudó a meterse en el coche para regresar a la ciudad.

En su despacho, Mike miraba por la ventana y contemplaba la escena, poniéndose todavía más furioso de lo que estaba. No había conseguido estar más de cinco minutos sin pensar en ella, no quería salir, se refugiaba en el trabajo. Necesitaba hablar con alguien y le había prometido a Ryan que le contaría lo que había pasado cuando se sintiera preparado. Había llegado el momento, tenía que hablar con él o acabaría volviéndose loco.

Mike fue a cenar a casa de Ryan y Helen y, sin que Amy se diera cuenta, les contó a sus amigos lo que había provocado la ruptura. Les enseñó la foto en la que Luna y Erik aparecían besándose y esperó sus opiniones.

—Está claro que se están besando, pero estoy segura de que hay una buena explicación —dijo Helen tras ver la foto—. Luna no tenía ningún interés más que el sexual en Erik, está enamorada de ti, o al menos lo estaba.

—Quizás deberías dejar que te diera su versión, a veces las apariencias engañan —convino Ryan sin poder creer que Luna jugara a dos bandas.

Amy, que hasta entonces había estado entretenida viendo los dibujos animados en la televisión, se acercó a la mesa, cogió la foto sin que nadie la viera y, tras observarla, dijo para sorpresa de todos:

—Yo conozco a este hombre, vino a casa de la bisa este verano.

— ¿Lo viste, cielo? —Le preguntó Helen a su hija.

—Sí, era un hombre malo. Besó a la tita por la fuerza y ella le dio una bofetada y lo echó —les dijo Amy encogiéndose de hombros—. Ese día la tita se enfadó mucho, pero luego me leyó un cuento y se le pasó.

Mike cruzó su mirada con la de Helen y Ryan, si Amy tenía razón en lo que decía, había metido la pata hasta el fondo.

—Amy, ¿estás segura de lo que dices? —Le preguntó Ryan a su hija.

—Sí, la tita me mandó a buscar un libro a mi habitación, pero yo los vi desde la ventana—. Le respondió Amy. Se volvió hacia a Mike y le preguntó—: Tito, ¿la tita y tú ya no sois novios?

Mike miró a Ryan y Helen antes de contestarle a la pequeña:

—Princesa, el tito ha sido un idiota con la tita Luna, pero te prometo que voy a ir a buscarla, le voy a pedir perdón y la voy a traer de vuelta.

— ¿Y seréis novios para siempre? —Preguntó Amy encantada.

—Eso espero, princesa —le contestó Mike dándole un beso en la frente. Se volvió hacia a Ryan y Helen y añadió—: Voy a llamarla, con un poco de suerte me cogerá el teléfono.

Mike salió al jardín y llamó a Luna, pero su teléfono estaba apagado. Se habían visto a las doce del mediodía y eran las nueve de la noche, Luna podría estar en cualquier parte desde que se marchó del club de campo. Y tampoco sabía quién era el hombre que la acompañaba. Entró de nuevo en la casa y le dijo a Helen:

—Tiene el teléfono desconectado.

—Deja que llame a Richard, estoy segura de que él sabrá donde está Luna —le dijo Helen cogiendo su móvil para llamar a Richard y, en cuanto descolgó, le dijo—: Hola Richard, soy Helen, la prima de Luna. ¿Está Luna por ahí?

—Hola Helen —saludó Richard al otro lado del teléfono—. Luna está fuera de la ciudad, no ha estado pasando por un buen momento últimamente, cómo imagino que debes saber, y ha decidido irse unas semanas de la ciudad. Ha desconectado el teléfono, pero antes ha llamado a Clare para avisarla que no estará localizable, no ha querido decirnos a dónde iba, aunque se lo puedes agradecer al amigo de tu marido, no sé qué le habrá dicho pero Luna lo ha dejado todo y se ha largado.

—Ya se ha dado cuenta de que es un idiota, pero ahora necesita hablar con Luna. ¿Nadie sabe dónde está ella? —Insistió Helen.

—El único que puede localizarla es Daniel, le dejó el teléfono del lugar donde iba a estar pero solo lo puede utilizar en casos de extrema urgencia, como si se muere alguien o algo parecido a eso —le dijo Richard—. Mi hermano nunca nos dará el número de teléfono si no es una urgencia extrema.

—Mike quiere hablar con Luna, sabe que ella no besó a ese tipo y que además le dio una bofetada y lo echó en cuanto lo hizo —dijo Helen.

—Helen, lo de esa fotografía es lo de menos. Luna necesita tiempo para asimilar todo lo que le ha estado pasando desde los últimos meses y debemos respetar su decisión —sentenció Richard—. Me prometió que no estaría fuera más de un mes, así que Mike tendrá que esperar para hablar con ella, suponiendo que ella quiera, claro.

— ¿Tan mal está la cosa? —Preguntó Helen.

—Pregúntale a Mike qué fue lo que le dijo a Luna hoy en su despacho, según ella, es lo mejor para todos porque así se lo ha dicho Mike —replicó Richard molesto.

—Te aseguro que lo voy a hacer, ya iremos hablando —le dijo Helen a Richard antes de colgar, se volvió hacia Mike y le preguntó con el ceño fruncido—: ¿Me puedes decir qué coño le dijiste a mi prima esta mañana cuando la viste? Richard me ha dicho que se ha ido unas semanas fuera de la ciudad para alejarse de todo y desconectar y lo único que les ha dicho es que lo hace porque cree que, como tú piensas, es lo mejor para todos.

— ¡Maldita sea! —Maldijo Mike con desesperación—. No quise escucharla y la eché, estaba enfadado —se excusó Mike sin demasiada convicción—. Pero lo peor es que antes de irse me dijo que recordara que había sido yo quien la había echado de mi vida a ella y a todo lo que tenía que ver con ella.

— ¿A todo lo que tenía que ver con ella? ¿A qué se refería? —Preguntó Helen.

—No lo sé, Helen. A nuestra relación, supongo —musitó Mike—. ¿No te ha dicho dónde podemos encontrarla?

—Ilocalizable —repitió Helen—. Richard me ha dicho que Luna le ha prometido que no estará fuera más de un mes.

— ¡Joder, es demasiado tiempo! —Protestó Mike.

—Ha pasado un mes y medio desde que ella se marchó de Armony, el mismo tiempo que ella lleva intentando hablar contigo —le recordó Ryan—. Si ella no se ha muerto por esperar, tú tampoco te morirás.

Siempre sale el sol 19.

Luna regresó a su apartamento de Ciudad Capital pero no avisó a nadie que había vuelto a la ciudad, no quería ver ni hablar con nadie excepto con Mike. Le llamó y le envió mensajes durante dos semanas sin que Mike le devolviera una sola llamada o un solo mensaje.

Harta de llorar y de deprimirse cada vez más, decidió llamar a Richard, él seguro que la animaría. Luna se desahogó con su mejor amigo y le contó todo, absolutamente todo lo que había ocurrido, sin omitir detalle alguno. Su amigo no se lo podía creer, pero consoló, apoyó y animó a su amiga para que empezara a salir de casa.

Después de dos semanas haciendo de niñera y de paño de lágrimas, Richard decidió que lo mejor era irse de compras y eso fue lo que hicieron.

Luna estaba agotada de tanto caminar y comprar con el horrible calor que hacía y, cuando empezó a marearse, le dijo a Richard:

—Richard, necesito sentarme. Creo que me estoy…

A Luna no le dio tiempo ni de acabar la frase, se desmayó. Por suerte, Richard era un hombre fuerte y corpulento y la cogió en brazos antes de que se diera de bruces contra el suelo.

Cuando Luna volvió a abrir los ojos, estaba en una cama ajena a la suya y un tipo le alumbraba los ojos con una linterna. Luna volvió a cerrar los ojos y balbuceó algo indescifrable para dejar claro que aquella luz no le gustaba.

—Señorita Soler, ¿puede decirme cuántos dedos ve? —Le preguntó una voz de hombre que no conocía.

Luna se esforzó en mirar la mano de aquel tipo y respondió:

—Dos. ¿Dónde estoy?

—Está en el hospital, su amigo Richard la ha traído porque se ha desmayado. En seguida podrá estar con él, pero antes quería hablar con usted —le dijo el tipo desconocido con bata blanca que dedujo era un doctor—. Soy el doctor Walsh y la he atendido desde que su amigo la ha traído al hospital. Le he pedido a Richard que esperase fuera porque quiero hablar con usted sobre los resultados de los análisis que le hemos hecho, hemos descubierto la causa del desmayo.

— ¿Es grave? —Preguntó Luna asustada.

—Está embarazada, ¿lo sabía?

— ¿Qué? —Dijo Luna pese que había escuchado con claridad lo que el doctor Walsh acababa de decirle—. ¿Está seguro?

—Sí, pero la doctora Emerson está esperándola para hacerle una ecografía y podrá confirmar el tiempo exacto de gestación.

—Voy a ser mamá —murmuró Luna en una nube—. Creo que necesito unos minutos para asimilarlo o corro el riesgo de volver a desmayarme.

El doctor Walsh le sonrió con comprensión y le dijo antes de marcharse:

—Le diré a su amigo Richard que le haga compañía mientras lo asimila.

Luna no sabía si llorar o reír. ¿Por qué le pasaba eso precisamente ahora? ¿Es que la vida iba a continuar riéndose de ella? Intentó sonreír cuando vio a Richard entrar en la inmaculada habitación del hospital donde se encontraba y trató de pensar en positivo dando gracias por tener una habitación individual.

— ¿Va todo bien? El doctor me ha dicho que primero quería hablar contigo a solas y…

Luna se derrumbó y se echó a llorar. Richard la abrazó y, tratando de calmarla, le susurró:

—Tranquila, honey. Sea lo que sea, seguro que no es tan malo como parece.

—Estoy embarazada —le soltó Luna como si dejara caer una bomba.

— ¡Joder! —Exclamó Richard—. Pero, ¿cómo ha podido ocurrir?

— ¿De verdad necesitas que te lo explique? —Le recriminó Luna.

—La verdad es que no me lo estás poniendo fácil, honey —le replicó Richard—. Vamos a ver, ¿qué te ha dicho el doctor? Por cierto, ¡menudo bombón!

— ¡Richard! ¿Cómo puedes pensar en eso en un momento así?

A Richard no le dio tiempo a contestar porque el doctor Walsh entró en la habitación, acompañado por otra doctora.

—Señorita Soler, le presento a la doctora Emerson.

—Hola Luna, el doctor Walsh me ha enseñado los análisis y queremos hacerte unas pruebas aprovechando que estás aquí —la saludó la doctora, pero cuando vio que tanto Luna como Richard se preocupaban, añadió—: Es solo algo rutinario, queremos hacerte una ecografía para confirmar de cuánto tiempo estás embarazada y verificar que todo esté bien, aunque no hay ningún indicio que indique lo contrario.

— ¿Podremos ver al bebé? —Preguntó Luna tocándose el vientre con una sensación extraña pero para nada desagradable.

—Por el resultado de los análisis, creemos que debes estar de unos dos meses, ¿recuerdas la última vez que tuviste la menstruación? —Preguntó la doctora Emerson.

Luna hizo memoria y no recordaba haber tenido la regla durante el mes que había pasado en Armony ni tampoco durante el mes que hacía que había vuelto. Creía que tuvo la regla un par de semanas antes de irse de vacaciones y de aquello hacía…

— ¿Cómo no me he dado cuenta antes? —Se reprochó Luna—. ¡Fue dos semanas antes de irme de vacaciones y de eso hace dos meses y medio!

La doctora Emerson le pidió a un celador que trajera una silla de ruedas para llevar a Luna a la sala de ecografías. Richard acompañó a su mejor amiga y juntos vieron la primera imagen de la vida que crecía en el vientre de Luna. La doctora encendió el audio cuando centro la imagen donde ella quiso y escucharon los latidos del corazón del pequeño bebé que se estaba gestando.

—Lo que estáis escuchando son sus latidos —les anunció la doctora Emerson con una amplia sonrisa.

— ¿Es normal que vaya tan rápido? —Preguntó Luna asustada.

—Sí, los latidos de los bebés van el doble de rápido que el de los adultos —la tranquilizó la doctora con una dulce sonrisa—. ¿Quieres ver ahora a tu bebé? —Luna asintió y la doctora volvió a pasarle la máquina por el vientre tras volver a untar gel en ella hasta que encontró lo que buscaba—: Ahí lo tienes, tu bebé —la doctora les señaló la silueta del embrión de nueve semanas—. Esta es la cabeza y el resto del cuerpo. Y estos son sus brazos y sus piernas.

— ¿Te refieres a esa mancha gris que parece un lagarto? —Preguntó Luna escudriñando la mirada tratando de ver lo que la doctora le decía, pero ella solo veía la silueta de un lagarto.

—Sí, me refiero al lagarto —bromeó la doctora—. Estás en la novena semana de gestación y el bebé está perfectamente. Mide cuatro centímetros y pesa cinco gramos. Vamos a sacar una foto para que te la puedas llevar a casa y tendrás que venir a verme dentro de un mes.

Luna limpió el frío gel de su vientre con una toalla y se lo acarició mientras musitó con una sonrisa en los labios:

—Mi lagarto.

Richard anotó todas las indicaciones que la doctora les daba porque Luna estaba sumida en una nube, muy lejos de donde estaba su cuerpo. Después llevó a casa a Luna y decidió quedarse con ella. Luna estaba confundida, todo estaba pasando demasiado rápido, sabía que no era un buen momento para lo que estaba ocurriendo pero no podía evitar sonreír cada vez que pensaba en su lagarto. Luna nunca había estado en contra del aborto, pero en ningún momento se lo planteó como una opción y mucho menos después de haber visto a su lagarto.