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Tú eres mi destino 8.

Alberto y Alysa fueron esa misma tarde de compras y se pasearon por las calles del centro de Termes como si de una verdadera pareja se tratara. Iban cogidos de la mano, charlaban, bromeaban y se reían mientras caminaban entre la muchedumbre y entraron en varias tiendas de ropa donde Alysa se probó decenas de vestidos mientras Alberto esperaba junto a la puerta del probador y disfrutaba viendo como Alysa entraba y salía del probador con un vestido distinto. Con cualquier otra mujer Alberto se habría desesperado, pero con Alysa todo era divertido, hasta ir de compras.

— ¿Qué vestido te ha gustado más? —Le preguntó Alysa cuando salió del probador tras haberse probado casi todos los vestidos de la tienda.

—No sabría qué decirte. El rojo es espectacular, pero no quiero pasarme la noche quitándote a los hombres de encima —le dijo Alberto divertido—. El negro es muy elegante, pero demasiado serio para mi gusto. Y el rosa, el rosa te sienta de maravilla, creo que es perfecto.

—Me quedo con el vestido rosa, entonces —sentenció Alysa.

Mientras Alysa volvía a entrar en el probador para ponerse su ropa y marcharse, Alberto le dio su tarjeta de crédito a la dependienta para que le cobrara el vestido. Cuando Alysa salió del probador, Alberto la esperaba con la bolsa que contenía su vestido nuevo. Nada más salir de la tienda se encaminaron hacia a donde tenían aparcado el coche y Alysa se agarró del brazo de Alberto mientras caminaban. Se subieron al coche y Alysa le dijo cuándo se aseguró que nadie podía oírles:

—Cuando lleguemos a casa te pago el vestido.

—De eso nada, ¿qué clase de hombre sería si dejo que mi prometida pague un vestido que va a llevar a una fiesta conmigo? —Bromeó Alberto—. Y eso me recuerda que no puedes ir por ahí sin un anillo de compromiso.

—El maestro Lee me regaló un anillo precioso cuando cumplí los dieciocho años —le dijo Alysa con voz melancólica—. Siempre lo llevo conmigo y creo que nos hará el apaño como anillo de compromiso.

—La verdad es que me apetecía tener un detalle contigo por la paciencia que has tenido y por lo fácil que nos haces la vida a todos pese a la situación en la que nos encontramos y te he comprado esto —le dijo Alberto colocando una pequeña caja de terciopelo entre sus manos—. Me comporté como un idiota cuando llegaste y ni siquiera me disculpé cómo te merecías.

—No tienes por qué hacerlo…

—Sé que lo has olvidado y me has perdonado, pero quiero hacerlo —la interrumpió Alberto—. Acéptalo por favor.

Alysa le dedicó una sonrisa y abrió la pequeña caja de terciopelo azul para descubrir un precioso anillo de oro blanco combinado con diamantes, rubíes y zafiros. Alysa se sorprendió, aquel anillo le debía de haber costado una fortuna y no podía aceptarlo como regalo.

—Es precioso Alberto, pero no puedo aceptarlo, es demasiado —le dijo Alysa.

—No puedes rechazar un regalo y mucho menos el anillo de compromiso de tu prometido —le dijo Alberto sonriendo ampliamente y añadió divertido—: Y, si te sigue pareciendo demasiado, siempre puedes invitarme a cenar o a tomar una copa.

—Cuando quieras, pero tendrás que encargarte tú de escoger el restaurante porque yo no conozco ninguno por la zona —le dijo Alysa sonriendo.

Mientras regresaban a casa, siguieron hablando sobre esa cena pero no llegaron a concretar ningún día. Los días fueron pasando y llegó el día de la fiesta de Ronald Red.

Alysa se puso su vestido nuevo de color rosa, atado al cuello y con un escote que le llegaba casi hasta el ombligo. Se dejó su larga y rubia melena suelta, formando perfectos tirabuzones sobre sus hombros y espalda y Alberto se quedó sin respiración al verla.

— ¡Joder, si no estuvieras prometida no te me escapabas! —Bromeó Marcos al verla.

—Estás preciosa, Alysa —la halagó Diego.

Al ver que Alberto la observaba con admiración pero no decía nada, Alysa se acercó a él, giró sobre sí misma y le preguntó:

— ¿Qué te parece el aspecto de tu prometida?

—Me parece que me voy a pasar la noche espantando a todos los hombres que se te acerquen esta noche, cariño —le respondió Alberto con la voz ronca.

Diego alquiló una limusina para que les llevara a los cuatro a casa de Ronald. Diego era el único que estaba preocupado por aquel evento, pues podían estar metiéndose en la boca del lobo. Sin embargo, Marcos parecía divertirse al ver a su primo y Alysa fingiendo estar prometidos, Alberto estaba encantado de poder fingir se el prometido de Alysa y Alysa solo pensaba en averiguar todo lo posible de Ronald Red porque quería vengarse de lo que le hicieron a sus padres.

Llegaron a la enorme mansión de Ronald Red apenas veinte minutos después de salir de la villa y los cuatro se bajaron de la limusina frente a la puerta principal, donde el anfitrión recibía a todos sus invitados.

Nada más bajar de la limusina, Alberto rodeó la cintura de Alysa con su brazo y le susurró al oído:

—Recuerda lo que me prometiste, no te separarás de mí.

—No imaginaba que fueras tan celoso y posesivo —bromeó Alysa y, al ver que Ronald Red les estaba mirando, le besó levemente en los labios y después le susurró al oído—: Cariño, yo siempre cumplo mis promesas.

Alberto fue consciente que Alysa solo le había besado porque Ronald les estaba mirando en ese preciso momento, pero aun así disfrutó de aquel beso. Diego y Marcos caminaban un par de metros por delante de ellos y ninguno vio el beso que Alysa le dio a Alberto, pero tampoco les hubiera importado que les hubieran visto. Alberto cogió a Alysa de la mano y la guió hasta la puerta de la casa de Ronald, donde el anfitrión les saludó, les agradeció que acudieran a su fiesta y les invitó a pasar.

Los cuatro cruzaron el umbral de la puerta y entraron en el hall, donde uno de los camareros del catering contratado por Ronald les hizo pasar al gran comedor, donde unas cincuenta personas ya estaban sentadas a la mesa en sus sitios designados.

Diego, Alberto y Marcos saludaban a todos los conocidos que se les acercaban y Alberto aprovechó la ocasión para presentar a Alysa como Sofía López, su prometida. Alysa se mantuvo en su papel y saludó educadamente a todas las personas que Alberto, Diego y Marcos le presentaban.

Justo cuando estaban a punto de sentarse, una chica de piel bronceada con una larga melena rizada y morena de ojos color miel se acercó a Alberto y, con tono de reproche, le dijo:

—No puedo creer que te hayas prometido, si no recuerdo mal, me dijiste que nunca te atarías a ninguna mujer.

Alysa escuchó perfectamente lo que aquella arpía acababa de decir, pero optó por fingir que no había escuchado nada porque no quería entrometerse en la vida privada de Alberto. Pero, para su sorpresa, Alberto la agarró por la cintura, la besó en los labios y le dijo a la arpía morena:

—Eso fue antes de conocer a Sofía.

La arpía morena les fulminó a ambos con la mirada, dio media vuelta y se marchó. Alysa se alegró de la respuesta que Alberto le había dado, pero se cuidó mucho de que se le notara.

—Se me olvidó mencionarte la posibilidad de encontrarnos con Amaya, mi ex le susurró Alberto al oído—. Puede que parezca inofensiva, pero es una verdadera bruja.

— ¿Eso significa que también debo preocuparme de ella? —Le preguntó Alysa con sarcasmo.

—No deberás preocuparte de nada en absoluto si permaneces a mi lado toda la noche —le respondió Alberto algo molesto.

Alysa decidió no volver a mencionar a bruja de larga y oscura melena rizada ya que a Alberto parecía no gustarle demasiado hablar de ella.

Se sentaron en su mesa, cada uno en el sitio que tenía su nombre grabado en la silla, y se tomaron una copa de vino mientras esperaban a que el resto de invitados llegara.

Tú eres mi destino 7.

Cuando Alysa salió de la ducha, Alberto la puso al corriente de lo que él había pensado respecto a su supuesto compromiso. Finalmente, decidieron que se habían conocido en un bar musical de Termes, donde Sofía se acababa de mudar. Se enamoraron y, seis meses después se habían comprometido, aunque aún no tenían fecha para la boda.

Alysa añadió toda la información posible sobre su nueva y temporal identidad en la base de datos del gobierno mientras Alberto la observaba fascinado. En dos meses había conocido a Alysa y descubierto muchas cosas interesantes de ella, pero tenía que reconocer que lo que más le gustaba de ella era ese lado oscuro que escondía bajo aquella sonrisa traviesa.

—Será mejor que nos demos prisa, deben estar pensando dónde demonios nos hemos metido —le recordó Alberto a Alysa, pues Ronald Red hacía casi una hora que esperaba que le presentase a su repentina prometida.

—Mójate el pelo —le aconsejó Alysa.

— ¿Para qué me voy a mojar el pelo? ¿Es que no te gusta cómo voy peinado?

—Si nos ven a los dos con el pelo mojado pensarán que nos hemos duchado juntos y nadie hará ninguna pregunta sobre por qué hemos tardado tanto —le explicó Alysa.

—Y crees que es mejor que piensen que hemos tardado porque nos estábamos dando un homenaje en la ducha —afirmó Alberto.

—Se supone que acabamos de prometernos, lo verá como algo normal —dijo Alysa encogiéndose de hombros—. Estamos hablando de sexo, no de matar a alguien.

—Será mejor que no hablemos de sexo, hace dos meses que no salgo de esta villa.

—Te recuerdo que estamos en las mismas condiciones —le replicó Alysa.

—Eso no es cierto —respondió Alberto—. La villa está llena de hombres y estoy seguro que ninguno de ellos rechazaría satisfacerte si así te lo propusieras. Por lo tanto, tu sequía es voluntaria, la mía es impuesta.

—Creía que las parejas tenían problemas con la falta de sexo después de casarse y no antes —se mofó Alysa sonriendo.

—Cariño, creo que nosotros somos la única pareja en el mundo que ha decidido no consumar hasta estar unidos en matrimonio —bromeó Alberto.

Entre bromas y risas, Alberto y Alysa bajaron al salón donde Diego y Marcos le esperaban junto a Ronald Red. Alberto se había mojado el pelo tal y como Alysa le había recomendado y tanto Diego como Marcos y Ronald se dieron cuenta de aquel detalle, pero fue Ronald el que habló y lo hizo patente:

—Ahora entiendo por qué han tardado tanto, ya casi me olvido de lo que supone estar enamorado y vivir en la misma casa.

—Es difícil resistirse a Sofía —le respondió Alberto—. Ronald, te presento a mi prometida, Sofía López.

—Encantado de conocerla, señorita López —la saludó Ronald. – Eres la princesa que necesitaba este castillo.

Alysa le estrechó la mano al mismo tiempo que forzaba una sonrisa en sus labios, pero oír aquella palabra pronunciada de aquella manera le trajo a su memoria la voz del tipo que disparó y mató a su amiga Eva cuando la confundió con ella. La llamó princesita y dijo que se reuniría con sus padres. No podía estar cien por cien segura de que Ronald Red fuera el mismo hombre que mató a Eva, pero su voz se parecía mucho y ella no creía en las casualidades.

—Por favor, llámame Sofía —saludó Alysa amablemente.

Alysa estaba agarrada al brazo de Alberto, quien notó la tensión de ella al saludar a Ronald y supo que a Alysa tampoco le gustaba aquel tipo.

—En realidad, solo he venido a haceros una visita fugaz para invitaros a la fiesta anual benéfica que organizo todos los años en mi casa —les invitó Ronald.

—Nosotros no sabemos si podremos acudir, estamos con los preparativos de la boda y queríamos hacer un pequeño viaje por la región… —empezó a decir Alberto hasta que Alysa le interrumpió.

—Cariño, podríamos retrasar el viaje un par de días e ir a la fiesta del señor Red—. Le propuso Alysa a Alberto dejándolo desconcertado.

— ¿Estás segura? —Le preguntó Alberto. Alysa asintió con la cabeza y Alberto añadió—: De acuerdo, asistiremos a tu fiesta Ronald.

—Perfecto, será dentro de dos semanas, concretamente dentro de dos sábados a las ocho de la tarde en mi casa —les dijo Ronald—. Os espero a todos, no me falléis.

Ronald Red se despidió y Diego le acompañó a la puerta haciendo del perfecto anfitrión. En cuanto Ronald salió por la puerta, Alberto le preguntó a Alysa:

— ¿Por qué quieres ir a esa estúpida fiesta? Eso tío te gusta tan poco como a mí y el dinero que recaudan en esas fiestas son para el gobierno, para que puedan continuar pagando todas las atrocidades que hacen. ¿Quieres colaborar con eso?

—No tengo ninguna manera de demostrarlo, pero estoy prácticamente segura de que Ronald Red estuvo en casa de mis padres el día que los mataron y que fue él quién mató a Eva creyendo que era yo —le dijo Alysa con la voz fría—. La mató y le gritó a alguien que había enviado a la princesita de los de la Vega junto a sus padres. No pude verle la cara, pero reconocería esa voz entre millones de voces.

— ¿Crees que él…? —Alberto no pudo acabar la pregunta.

—Creo que sí, pero quiero confirmarlo antes de hacer cualquier cosa, por eso creo que deberíamos ir a esa fiesta —le respondió Alysa—. Sé que no te apetece en absoluto, pero no puedo ir sin ti.

—Iremos a esa maldita fiesta si es lo que quieres —sentenció Alberto nada contento con la idea—. Pero no te separarás de mí, no me fío de ninguno de los asistentes a esa fiesta.

— ¿Qué está pasando aquí? —Preguntó Diego cuando regresó al salón y vio a su hijo con cara de pocos amigos—. ¿Va todo bien?

—Sí, solo le estaba diciendo a Alysa que iremos a la fiesta de Ronald pero no dejaré que se separe de mí más de un metro —repitió Alberto.

—Diego, creo que Ronald Red estaba en mi casa cuando mataron a mis padres y que fue él quien mató a Eva creyendo que era yo —le confesó Alysa.

—Alysa, estamos juntos en esto —le recordó Diego—. Si quieres ir a la fiesta de Ronald Red no me opondré, pero Alberto tiene razón, deberéis permanecer juntos en todo momento.

—Prometo que no me separaré de Alberto en ningún momento, solo quiero conocer su ambiente, su casa, sus amigos y el personal del servicio —les prometió Alysa—. Por cierto, necesito ir a Termes para comprar un vestido de etiqueta, aquí no tengo ninguno.

—Voy contigo, se supone que si estamos prometidos tenemos que dejarnos ver juntos en público y salir de compras por el centro de Termes hará que todos los vecinos nos vean y chismorreen sobre nosotros —sentenció Alberto—. Coge una chaqueta, nos vamos.

A Alysa le sorprendió el ofrecimiento de Alberto, sabía que detestaba ir de compras y se negó a acompañarla días después de su llegada, pero sonrió para sus adentros al pensar que podría pasar un rato con él fuera de aquella villa. Marcos estuvo encantado de acompañarla la anterior vez y desde ese día se hicieron buenos amigos. Alberto sentía un poco de celos de su primo por su relación con Alysa, pues ellos parecían conocerse y ser amigos de toda la vida mientras que su relación con ella era un poco tensa y siempre tenía que pensar dos veces lo que decía antes de hablar. Pero después de dos meses, había conseguido mantener una relación amistosa y agradable que no estaba dispuesto a que cambiara, así que se adelantó a acompañarla de compras antes de que ella se lo pidiera a Marcos.

Tú eres mi destino 6.

Alysa se pasó más de veinte minutos metida en la bañera llena de agua caliente y espuma. Era lo único que conseguía relajarla además del sexo, pero no podía acostarse con nadie en casa de Diego. Como si el subconsciente le enviara una señal, a Alysa se le pasó por la cabeza la imagen de Alberto estrechándola entre sus brazos y se sobresaltó.

—Uf, creo que necesito sexo con urgencia —pensó Alysa en voz alta.

Salió de la bañera, se secó con una toalla y se puso su pequeño albornoz que le cubría poco más que el trasero y los muslos. Sacó unos tejanos y un jersey del armario donde había colocado las escasas pertenencias que había traído en la bolsa de deporte que siempre llevaba en el coche y se vistió antes de secarse el pelo.

Alberto, tras recibir un sermón de su padre por ser tan poco agradable con Alysa, decidió ver el vídeo que ella le había entregado. Marcos y Diego también vieron el vídeo con Alberto, Diego por segunda vez. Ambos chicos se sorprendieron al ver aquellas imágenes, era un vídeo de ambas familias al completo que parecían llevarse muy bien. Alberto se reconoció con cinco años y también reconoció a aquel hermoso y delicado bebé que sonreía como si supiera que la estaban filmando. Después vio la grabación de Alejandro de la Vega donde le decía a su hija que si veía ese vídeo y él ya no estaba junto a ella solo confiara en el maestro Lee y en Diego Morales. Alberto entendió entonces por qué ella había ido en busca de su padre, era la única persona en la que podía confiar para averiguar la información que necesitaba y llevar a cabo su venganza. Él tenía quince años cuando perdió a su madre, pero Alysa tan solo tenía diez años cuando perdió a su padre y a su madre. Alberto no podía imaginar por lo que había pasado Alysa, pero compartía ese mismo deseo de venganza y en ese preciso instante decidió unirse a ella para llevar a cabo esa venganza que ambos tanto ansiaban.

Alberto se levantó del sofá, cogió la cinta de vídeo y se disponía a ir en busca de Alysa cuando su padre le detuvo y le preguntó:

— ¿Qué vas a hacer?

—Devolverle la cinta de vídeo a Alysa —le respondió Alberto y, al ver que su padre estaba preocupado por lo que él pudiera hacer o decir, añadió para tranquilizarle—: Lo arreglaré.

Alberto subió las escaleras y llamó a la puerta de la habitación de Alysa un par de veces sin obtener respuesta, así que abrió la puerta y alzó la voz para decir:

—Alysa, ¿puedo pasar? —Como Alysa no contestaba, Alberto entró en la habitación.

No veía a Alysa por ninguna parte, pero escuchaba el ruido procedente del baño, que dedujo que era de un secador, y golpeó la puerta suavemente con la mano. Alysa abrió la puerta al instante y se encontró con Alberto frente a ella y vio que traía la cinta de vídeo en la mano.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Alysa preocupada al encontrarse a Alberto en su habitación.

—Soy un idiota, ¿podemos hablar? —Le preguntó Alberto—. Creo que te debo una disculpa.

—No me debes nada y no creo que seas idiota —le contestó Alysa sonriendo—. Si yo hubiese estado en tu lugar, probablemente hubiera actuado de la misma manera.

—Sé que no va a ser fácil, pero quiero que trabajemos juntos en esto —le dijo Alberto—. Si es que aún sigues interesada en tener aliados.

—Sigo interesada —le confirmó Alysa.

—Genial, ¿por dónde empezamos, entonces?

Alysa no podía creer lo que veía y escuchaba, Alberto había bajado la guardia y parecía que estaba dispuesto a trabajar con ella. Alysa se recogió el pelo en una cola alta y Alberto la observó detenidamente, atraído por aquella mujer como nunca le había atraído ninguna otra.

— ¿Qué te parece si empezamos por investigar a vuestro personal de seguridad? —Le propuso Alysa con una media sonrisa.

Alberto asintió con la cabeza y ambos se encaminaron hacia el salón en busca de Diego y Marcos para empezar con la investigación.

Alysa instaló un programa en los ordenadores de los tres hombres para que pudieran acceder a la base de datos del gobierno y recabar cualquier dato sobre la vida de sus guardas de seguridad.

Todos los hombres de Diego parecían estar limpios, sin antecedentes y sin ningún vestigio por el cual tenían que preocuparse. No obstante, Alysa les pidió que no bajaran la guardia y que continuaran investigando al resto del personal que trabajaba en la villa.

Mientras tanto, Alysa se ocupaba de instalar el nuevo sistema de seguridad de la casa y la villa y se puso en contacto con su amigo arquitecto para que conociera el lugar y pudiera diseñar los planos del túnel secreto que querían construir. Alberto también propuso entrenar un rato por las tardes y a Marcos y a Alysa les pareció una buena idea, así que por las tardes organizaban pequeños combates en los que también entrenaba el equipo de seguridad. Los hombres de Diego sabían que se estaba acercando algo gordo y que su jefe los estaba preparando para cuando llegara el momento, pero aún no les habían anunciado nada porque Alysa quería conocerlos personalmente para hacerles un perfil psicológico y verificar si realmente se podía o no confiar en ellos.

Alysa tenía claro que antes de empezar con la venganza tenían que tener la situación bajo control, pues no quería arriesgarse a que la misma historia se repitiera quince años después.

Los días fueron pasando y Alberto le demostró con hechos a Alysa que confiaba en ella ciegamente y que ella también podía confiar en él.

El arquitecto amigo de Alysa diseñó y construyó junto a sus hombres de confianza el túnel secreto para escapar de la villa si se veían acorralados.

También confirmaron que todo el personal de la villa de los Morales estaba limpio y no había indicios de que ninguno de ellos pudiera ser un agente infiltrado del gobierno, así que decidieron reunirles y pedirles absoluta discreción con lo que allí pasaba y que estuvieran pendientes de cualquier cosa que observaran fuera de lugar. El personal de seguridad fue advertido e informado de las posibles amenazas con las que se pudieran encontrar y todos estuvieron de acuerdo en permanecer al lado de los Morales pasara lo que pasara. Los hombres de Diego eran hombres leales.

Una tarde, dos meses después de la llegada de Alysa a la villa, mientras Marcos y Alysa entrenaban en el pequeño gimnasio que habían improvisado en el sótano, Diego recibió la visita de Ronald Red, uno de los tipos que había trabajado para el gobierno cuando Diego y Alejandro trabajaban en el proyecto Alpha. Alberto bajó al sótano en busca de Alysa y le dijo:

—Ronald Red está aquí y va a quedarse un par de días —miró a Alysa a los ojos y añadió—: Ronald trabajó para el gobierno y, aunque aparentemente siempre ha estado de nuestro lado, a mí nunca me ha acabado de convencer. Así que para justificar tu presencia le he dicho que eres mi prometida.

Marcos sonrió ante la ocurrencia de su primo, que días atrás le había confesado que se sentía muy atraído por Alysa y se las había apañado para beneficiarse con la visita de Ronald Red.

Alysa no dijo nada, no conocía de nada a ese Ronald Red pero si había trabajado para el gobierno no debía confiar en él. Se suponía que ella estaba muerta desde hacía quince años, así que le dijo a Alberto:

—Es difícil que me reconozcan si creen que estoy muerta, pero es mejor que me llaméis por otro nombre al menos hasta que ese tipo se haya marchado —hizo una pausa y añadió—: Si vamos a estar prometidos, tendremos que inventar una historia, cómo y dónde nos conocimos, y desde cuándo somos pareja, todo ese tipo de cosas. Hubiese sido más fácil hacerme pasar por una asistenta interna.

—Entonces no sería ni la mitad de divertido —se mofó Marcos.

—Así no ayudas —le reprochó Alberto a su primo.

—Ahora mismo no estáis ayudando ninguno de los dos —les regañó Alysa—. Marcos, avisa a todo el personal de la visita y de lo que nos proponemos. Alberto, tú te vienes conmigo, tenemos que hablar y ponernos de acuerdo en algunas cosas.

—Les digo que estáis prometidos pero, ¿cómo se supone que te llamas? —Le preguntó Marcos—. Está claro que no puedes presentarte como Alysa de la Vega.

—No sé, ¿os gusta Sofía López? —Les preguntó Alysa.

—Suena bien —confirmó Alberto.

Marcos se marchó en busca del personal de seguridad y Alberto y Alysa se dirigieron a la habitación de Alysa donde, mientras ella se duchaba, Alberto empezó a pensar en la historia de su supuesto romance con Sofía López.

No tenían mucho tiempo para prepararlo, así que decidieron hacerlo lo más sencillo posible, añadiendo alguna anécdota simple y sin entrar en detalles.

Tú eres mi destino 5.

Alysa se levantó a las cinco de la mañana, se puso unos leggins negros, una camiseta negra de tirantes y una sudadera con capucho también de color negro y salió de su habitación sin hacer ruido. Bajó a la cocina y se bebió un vaso de zumo de naranja antes de salir a correr por la villa de los Morales. Corrió por la villa durante casi dos horas y en todo ese tiempo tan solo se topó una vez con un guarda de seguridad, lo que le recordó que tenía que empezar a trabajar y dotar de un sistema de seguridad decente la villa de Diego.

Eran las siete de la mañana cuando regresó a la casa, entró en la cocina para beber agua y se encontró con los tres hombres que desayunaban alegremente e incluso bromeaban.

—Buenos días —la saludó Diego y acto seguido Marcos y Alberto—. Eres muy madrugadora y deportista, uno de mis hombres te vio corriendo a las seis de la mañana.

—No acostumbro a dormir mucho y me gusta salir a correr temprano por la mañana —le dijo Alysa encogiéndose de hombros—. He estado pensando en el sistema de seguridad que deberías instalar y creo que, además de cámaras térmicas con sensores de movimiento, deberías construir un búnker donde poder refugiarte en el caso de no poder salir de tu casa. Aunque lo suyo sería crear una salida secreta de emergencia, he visto que los límites de la villa al norte dan a una carretera secundaria, sería una buena vía de escape.

— ¿Tienes idea del tiempo y el dinero que supone hacer lo que dices? —Le preguntó Alberto con tono de mofa—. Es demasiado caro, no podemos permitírnoslo.

—El dinero no será problema, yo puedo pagarlo —le contestó Alysa con indiferencia—. El tiempo tampoco me preocupa, siempre se puede contratar más mano de obra para que las obras vayan más rápido y calculo que, una vez tengamos los planos, pueden acabarlo todo en menos de un mes —Alysa se volvió hacia a Diego y le dijo—: Tengo un buen amigo que es arquitecto y podrá diseñar los planos, tiene sus propios profesionales de confianza que harán la obra. Lo que me preocupan son tus hombres, Diego.

— ¿A qué te refieres? ¿Hay algún problema con ellos? —Le preguntó Alberto a la defensiva.

— ¿Hasta qué punto confiáis en ellos? ¿Os habéis detenido a investigar el pasado y la vida de esos hombres a los que confiáis vuestras vidas? —Les preguntó Alysa. Los tres hombres se miraron entre ellos y agacharon la cabeza, no se habían tomado la molestia de averiguar nada de ellos. Alysa no daba crédito a lo que acababa de descubrir, pero cogió aire y les dijo con calma—: Son vuestros hombres y vuestras vidas, debéis ser vosotros quienes decidáis quienes están capacitados para protegeros.

—Algunos de esos hombres trabajan para nosotros desde hace más de cinco años, ¿quieres que empecemos ahora a preguntar por su pasado? —Le dijo Alberto con sarcasmo.

—No he dicho que les preguntéis, he dicho que les investiguéis —le aclaró Alysa.

—No te ofendas pero, ¿qué sabes tú de todo esto? —Le preguntó Alberto—. Sé que el maestro Lee es una leyenda en todo el mundo, probablemente la única persona capaz de dominar todas las disciplinas de las artes marciales, y que ha estado entrenándote desde pequeña pero, además de saber defenderte con las artes marciales y de empuñar dos armas, ¿qué sabes sobre cómo hacer nuestra villa más segura?

—Puedo jaquear cualquier sistema informático de seguridad, puedo acceder a cualquier tipo de información confidencial del gobierno solo utilizando un ordenador y puedo hacer otras muchas cosas que a ti ni siquiera se te pasarían por la cabeza —le contestó Alysa desafiándole con la mirada—. Las artes marciales no solo se aprenden luchando, sino utilizando la cabeza. Tienes que conocer muy bien a tu enemigo para saber por dónde atacarle, pero sobretodo tienes que conocer a tus aliados porque son los que se pueden convertir en tus mayores enemigos.

— ¿Qué nos propones? —Le preguntó Diego—. ¿Cómo les investigamos?

— ¿Cuántos hombres tienes en la villa? —Quiso saber Alysa.

—Seis —contestó Diego—. Se dividen por parejas en tres turnos de ocho horas.

—Mientras dos trabajan, ¿qué hacen los otros cuatro? —Preguntó Alysa.

—No sé, viven en la casa de invitados —contestó Diego encogiéndose de hombros—. Pueden salir y entrar de la villa cuando quieran cuando están en su tiempo libre.

—Tenéis seis hombres y sois tres, coged dos de ellos cada uno e investigar sus relaciones familiares y sociales y a cualquier persona con la que hayan tenido contacto —les indicó Alysa—. Os daré acceso a la base de datos del gobierno para que podáis buscar la información que necesitéis y estoy dispuesta a echaros una mano si así lo queréis —Alysa miró a los ojos a Alberto y le dijo—: No pretendo llegar y poner patas arriba vuestras vidas, tan solo pretendo que estéis protegidos porque lo vais a necesitar si os metéis en esto.

—Ya estamos de mierda hasta el cuello, no tenemos nada que perder —sentenció Diego.

—No es que no me fíe de ella, simplemente quiero estar seguro de que sabe lo que hace —se defendió Alberto frente a su padre—. ¿Soy al único al que le importa que puedan matarnos?

—Alysa está intentando protegernos y tú tratas de boicotearla —le reprochó Marcos a su primo—. Nos pudo patear el culo en nuestra propia casa y, francamente, si el maestro Lee la ha entrenado durante años, yo prefiero no enfrentarme a ella.

—Alberto, creo que te estás pasando y… —Diego se interrumpió al notar la mano de Alysa cogiéndole del brazo.

—Tu hijo tiene razón, Diego —le dijo Alysa—. Soy una completa desconocida que aparece en su casa y pone patas arriba su rutina —Alysa miró a Alberto y le dijo—: Quiero que veas un vídeo y quizás entiendas por qué estoy haciendo esto.

—No hace falta, Alysa —le dijo Diego confiando ciegamente en ella.

—Sí hace falta, Diego —le replicó Alysa—. Si fuese él quien trajera a una completa desconocida a tu casa, ¿confiarías ciegamente en ella pese a no conocerla de nada y solo porque tu hijo te dijera que puedes fiarte de ella? Las palabras no valen nada, los hechos que puedan demostrarlo es lo que cuenta y yo no tengo tiempo para demostrárselo con hechos, llevo quince años de retraso —se volvió hacia a Alberto y le dijo—: Encontré otro vídeo que no te hemos enseñado ni a ti ni a Marcos, se trata de un vídeo que grabó mi padre para mí pocos días antes de que le mataran. Es un vídeo personal, por eso no os lo enseñé cuando revisamos la documentación. Iré a buscarlo para que lo veas cuando tengas un momento y, si una vez lo hayas visto sigues sin confiar en mí, me marcharé y no os molestaré más.

Alysa fue a su habitación para entregarle el vídeo a Alberto. Ese vídeo grabado por su padre era el único recuerdo que tenía de él, además de una foto familiar que siempre llevaba junto a ella.

Diego fulminó a su hijo con la mirada, no le gustaba que desconfiara tanto de su palabra y su juicio respecto a Alysa y estaba muy molesto. Alysa regresó un par de minutos más tarde y le entregó el vídeo a Alberto al mismo tiempo que les dijo a los tres:

—Voy a darme una ducha, bajaré en media hora.

Alysa dejó a solas a los tres miembros de la familia Morales, subió de nuevo las escaleras para dirigirse a su habitación y se dio un baño de espuma con la intención de relajarse durante al menos unos minutos.

Entendía perfectamente a Alberto, el hijo de Diego, pero no entendía porque insistía en ponerse en su contra si ella solo quería ayudar a que estuvieran más seguros en su propia casa. Al fin y al cabo, ella no les había obligado a unirse a ella en su venganza, más bien todo lo contrario.

Tú eres mi destino 4.

Diego y Alysa se reunieron a solas en el despacho. Alysa le enseñó los documentos y las tres cintas de vídeo y vio como los ojos de Diego se anegaban de lágrimas. Su padre tenía razón, podía confiar en Diego porque era un hombre bueno y humilde.

Durante más de cuatro horas permanecieron en el despacho revisando todos y cada uno de los documentos hasta que Diego le dijo:

—Alysa, lo que sabemos tan solo es la punta del iceberg, no sabemos quién está detrás de todo realmente ni hasta donde alcanzan sus hilos.

—Voy a seguir adelante con esto, Diego —le contestó Alysa—. Lo único que me ha mantenido viva estos últimos quince años ha sido saber que algún día me vengaría.

—Si estás decidida a hacerlo, te ayudaré —le dijo Diego—. Es hora de acabar lo que tu padre y yo empezamos hace quince años —unos golpes de alguien llamando a la puerta le silenció, cogió aire para serenarse y dijo mirando hacia a la puerta—: Adelante.

Los dos tipos con los que Alysa se había encontrado en el porche entraron en el despacho y el chico moreno de ojos verdes y mirada intensa le dijo a Diego:

—Papá, ¿qué está pasando aquí? Lleváis aquí metidos más de cuatro horas y tu amiga nos ha apuntado con sus dos pistolas, creo que al menos nos merecemos una explicación.

Diego miró a Alysa y le dijo:

—Necesitaremos ayuda y mi hijo y mi sobrino son las únicas personas en las que confiaría con los ojos cerrados, tendremos que informarles.

Alysa miró al hijo y al sobrino de Diego, lo meditó durante un segundo y le dijo a Diego:

—De acuerdo, pero lo haremos a mi manera.

—Bien, será mejor que empecemos cuanto antes. Chicos, tomad asiento —sentenció Diego y le dijo a Alysa—: Ellos son Alberto y Marcos, mi hijo y mi sobrino, respectivamente—. Alysa observó a aquellos dos chicos sin pronunciar palabra y Diego decidió hablar por ellas—: Chicos, ella es Alysa de la Vega, la hija de Alejandro y Thalía de la Vega.

Tanto Alberto como Marcos sabían perfectamente quién era Alysa de la Vega, pero ninguno esperaba verla sentada con Diego en su despacho porque creían que había muerto junto a sus padres.

—No puede ser —dijo Alberto mirando a Alysa con perplejidad—. Alysa de la Vega fue asesinada el mismo día que asesinaron a sus padres —miró a su padre y le dijo—: Todos los años vamos a visitar la tumba de los de la Vega, ¿cómo es posible que alguien que se supone que murió hace quince años ahora esté sentada en tu despacho? —Se volvió hacia Alysa y le preguntó—: Si eres quien dices ser, ¿qué has venido a hacer aquí?

—Si dejas que hable, a lo mejor despeja nuestras dudas —le dijo Marcos a su primo.

Alysa miró a Diego y él asintió con la cabeza haciéndole saber que podía confiar en aquellos dos, así que tomó aire y les dijo dejando a un lado los sentimientos como le había enseñado el maestro Lee:

—Los que mataron a mi familia confundieron a la hija de la asistenta conmigo. Hui a casa del maestro Lee y él me sacó del país.

— ¿Qué te trae aquí después de quince años? —Le preguntó Alberto con desconfianza.

Alysa se levantó del sillón, tomó aire para tratar de serenarse y le dijo a Diego:

—No debería haber venido, pero gracias por todo Diego.

—Alysa espera, por favor —le rogó Diego al mismo tiempo que dirigía una mirada reprobadora a su hijo—. Todos queremos lo mismo y juntos podemos conseguirlo, danos una oportunidad y podrás comprobarlo. ¿Qué me dices?

—No sé, Diego —le contestó Alysa—. Yo estoy acostumbrada a trabajar sola, a mi manera. No se puede trabajar con alguien en quien no se confía y no tengo tiempo como para ganarme la confianza de tu hijo.

—No puedes enfrentarte a ellos tú sola, aunque el maestro Lee te haya entrenado son demasiados para que una persona sola pueda acabar con ellos y cuentan con armas y tecnología de la que nosotros no disponemos —trató de convencerla Diego. Dirigió una mirada de advertencia a su hijo y a su sobrino y añadió—: Eres bienvenida en esta casa y en esta familia, deja que podamos demostrártelo.

—Te pido disculpas por la bienvenida que te he dado, vi que ibas armada y… —Se disculpó Marcos.

—Yo también siento haberte tirado al suelo y haberte apuntado con una pistola —se disculpó Alysa con Marcos. Se volvió hacia Alberto y le preguntó—: ¿Empezamos de nuevo o prefieres que me vaya?

—Empezamos de nuevo —le contestó Alberto con una media sonrisa—. Pero antes de seguir con lo que sea que estéis tramando, vamos a cenar un poco.

Todos estuvieron de acuerdo en cenar antes de continuar con la conversación sobre el proyecto Alpha. Diego le había contado a su hijo la verdad sobre el proyecto Alpha cuando mataron a su esposa, ya que Alberto tenía quince años por aquel entonces. Un año más tarde, los padres de Marcos murieron en un accidente de tráfico y Marcos se mudó con su tío Diego, ya que solo tenía dieciséis años y era menor de edad. Alberto siempre quiso plantar cara al gobierno que acabó con la vida de su madre, pero Diego siempre le quitaba la idea de la cabeza alegando que eran demasiado débiles para luchar contra toda una división secreta del gobierno. Pero gracias a la aparición de Alysa su padre parecía haber cambiado de opinión y él estaba dispuesto a trabajar con Alysa o con quien hiciera falta para llevar a cabo su propia venganza contra el gobierno que le había arrebatado a su madre.

Después de cenar, Diego insistió en que Alysa se instalara con ellos en lugar de en la vieja casa de su familia que estaba a dos horas de distancia y Alysa se sorprendió a sí misma aceptando la invitación.

Alysa estaba acostumbrada a llevar en el coche una bolsa de deporte con todo lo que podría necesitar en caso de tener que salir huyendo a toda prisa, por lo que no hizo falta que regresara a Ibory para recoger sus cosas, aunque tendría que pensar en ir a comprarse ropa en unos días.

Los Morales le asignaron a Alysa una de las habitaciones de invitados que tenía baño propio para que se sintiera más cómoda y tuviera mayor intimidad. En cuanto se instaló y se dio una ducha, se reunió con los tres hombres en el salón y les dijo:

—Creo que lo primero que tenemos que hacer es dotar esta casa de un sistema de seguridad en condiciones, el que tenéis no sirve para nada.

— ¿Qué le pasa a nuestro sistema de seguridad? —Preguntó Marcos sorprendido.

— ¿Bromeas? Hace dos semanas entré y salí por la ventana y hoy, si hubiera querido, no hubiera tenido ningún problema en mataros a los tres y eso que he entrado por la puerta principal y solo me ha faltado tocar el claxon para anunciar mi llegada —se mofó Alysa—. Déjame a mí lo del sistema de seguridad, yo me encargo. Y deberías contratar más personal de seguridad y mejor cualificado.

Estuvieron hablando de la seguridad de la casa hasta pasada la medianoche, cuando decidieron retirarse a sus habitaciones para descansar.