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Enamórame 14.

El resto de la semana Ruth la pasó en una nube. Aprovechando sus vacaciones, pasaba las mañanas en casa de Ana, poniéndola al corriente de cada avance en su relación con David y desquitando los nervios que sentía por la inminente visita a casa de los padres de él, algo que ella todavía no terminaba de tener tan claro. Cuando David terminaba su turno en el hospital, se dirigía al apartamento de Ruth tras parar en un nuevo restaurante y allí comían a solas. Por la tarde, cuando decidían ver una película en el sofá, eran incapaz de contener su deseo y terminaban haciendo el amor. Y, en consecuencia, no habían terminado de ver ninguna de esas películas. Después Ruth preparaba algo ligero para cenar y antes de irse a dormir se daban un largo baño que incluía una sesión de sexo. David pasaba la noche con ella, abrazándola mientras dormía. Por la mañana se levantaba temprano, la besaba en los labios y se marchaba al hotel para ducharse y cambiarse de ropa antes de empezar con su turno en el hospital.

El viernes por la mañana, cuando David se levantó temprano para empezar con su rutina, ella se sintió sola en la cama. La necesidad de disfrutar de su compañía un rato más por las mañanas pudo más que todos sus temores y, cuando él la besó para despedirse, ella se oyó decir:

—Si dejaras el hotel y te quedases aquí no tendrías que irte tan pronto.

— ¿Es una invitación? —Le preguntó él arqueando una ceja.

—Ya te estás quedando aquí, pero si traes tus cosas podrás quedarte un rato más en la cama y no tendrás que madrugar tanto —argumentó Ruth, todavía medio dormida.

—Cuando salga del hospital traeré todas mis cosas —le susurró David antes de darle otro beso y marcharse.

Ruth apenas tardó un minuto en reaccionar y el pánico se apoderó de ella. No podía creer lo que le había propuesto a David y ahora no podía echarse atrás. Necesitaba reunir con urgencia al gabinete de crisis y, esta vez, necesitaba contar con un punto de vista masculino y decidió llamar a Mike también.

Y allí estaba, a las nueve de la mañana de un viernes sentada a la mesa de una cafetería con tres pares de ojos que no apartaban su mirada de ella.

— ¿Qué has hecho qué? —Preguntó Ana más divertida que escandalizada.

—Desde un punto de vista práctico, a mí no me parece una mala opción —opinó Mike.

—La cuestión no es si es práctico o no, la cuestión es que Ruth, nuestra Ruth, ha invitado a un hombre, a David para ser más concretos, a vivir en su apartamento —expuso Eva analizando la situación, a ella no se le escapaba nada. Miró a Ruth a los ojos y añadió—: Estás enamora de él, asúmelo.

—Pues espera a oír la última, ¿no os ha dicho que se va tres días con David a conocer a sus padres? —Anunció Ana sin poder parar de reír.

—Bruja —masculló Ruth fulminando a su amiga con la mirada.

—A mí me parece una historia de amor preciosa, tres años enamorados y ahora se reencuentran y descubren que ninguno de los dos ha sido feliz sin el otro —comentó Eva como si relatara el perfecto cuento de hadas.

—Yo no sé qué pinto aquí —musitó Mike incrédulo, ¿qué pintaba él en esa charla de chicas?

—Necesitaba una visión masculina pero, teniendo en cuenta que mis amigas en vez de ayudarme se ríen de mí o fantasean con comedias románticas de Hollywood, ahora tu opinión es la única que cuenta —bufó Ruth.

—Si ese tío te gusta, ve a por él —la aconsejó Mike—. A mí me pareció un buen tipo y no es difícil adivinar que está interesado en ti. Si sale bien serás feliz y si sale mal puedes volver a tu vida de antes y disfrutar del sexo con un hombre distinto cada semana, o cada noche si lo prefieres.

—Sea lo que sea lo que decidas, hazlo pronto —la apremió Eva—. Necesito saber si irás acompañada a mí boda —. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Y lo mismo te digo a ti, no pienso cambiar todas las mesas para añadir o quitar gente, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —dijeron firmes Mike y Ruth al unísono.

Ana estalló a reír a carcajadas, seguida de Mike y Ruth. Eva resopló y les fulminó con la mirada pero, un segundo más tarde ya estaba riendo con ellos.

—Cuéntanos eso de que vas a conocer a sus padres —le pidió Eva cuando lograron parar de reír.

—M dijo que quería enamorarme y para ello debía saber de dónde procedía y conocer a su familia, así que me ha invitado a ir con él —explicó Ruth encogiéndose de hombros.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Eva.

—A mí me parece una película de terror —se burló Mike, horrorizado con la idea de conocer a los padres de la mujer con la que se acostaba.

—Yo creo que es bastante interesante, nuestra pequeña Ruth está madurando y por fin va a conocer a la familia de su pareja —se mofó Ana.

—Teniendo amigos como vosotros, no me hacen falta enemigos —dramatizó Ruth haciendo que todos pusieran los ojos en blanco.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —Le preguntó Ana poniéndose seria por primera vez en toda la mañana.

—Joder, voy a conocer a mis posibles futuros suegros y cuñados, ¡estoy nerviosa! ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si no soy lo suficiente buena para su hijo el doctor?

— ¡Por el amor de Dios! ¿Te estás escuchando? —La regañó Eva—. Pues claro que les vas a gustar, es imposible que no le gustes a alguien. ¡Si hasta me gustas a mí a pesar de que no te soporto la mayoría de las veces!

—Coincido con la Barbie pija —comentó Mike—, no te soporto, pero me gustas.

—No sé por qué no cambio de amigos —gruñó Ruth.

— ¡Porque nos quieres! —Canturrearon Eva y Ana a la vez.

—Vale, esto es todo lo que puedo soportar —sentenció Mike poniéndose en pie—. Si de verdad quieres mi opinión, deja de pensar tanto las cosas y limítate a disfrutarlas. Si no te gustan, siempre puedes cambiarlas.

—Será mejor que te vayas, te estás poniendo cursi —se burló Ana y todas rieron.

—No sé cómo Nahuel y Derek os aguantan —dijo meneando la cabeza de un lado a otro antes de despedirse de aquellas locas que tenía por amigas.

— ¿Vosotras vais a darme algún consejo?

—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Mike, pero añadiría un par de cosillas sin importancia…

—Eva, no tengo tiempo para sutilezas.

—Evita decir palabrotas delante de tu familia política, asegúrate de estar siempre sonriente en su presencia y, lo más importante, que vean que su hijo es feliz a tu lado —recalcó Eva.

—David me ha dicho que su familia conoce toda nuestra historia —comentó Ruth.

— ¿Toda? —Casi gritaron a coro Ana y Eva.

—Toda, excepto los detalles más íntimos.

—Y él, ¿qué te ha dicho de sus padres? —Quiso saber Ana.

—Que no tengo nada de lo que preocuparme y que les voy a encantar —suspiró Ruth deseando que sus palabras fueran ciertas.

—Está intentado enamorarte, no te llevaría a casa de sus padres si creyera que te fueran a tratar mal —opinó Eva—. No te preocupes más, déjate llevar y disfruta del momento, desde que yo lo hago me va muy bien.

—Hasta que te quedes preñada y tengas que pasar la cuarentena —bufó Ana.

—Nahuel no te va a tocar hasta que el médico le dé permiso, quizás deberías sobornar al doctor para que hable con él —le aconsejó Eva—. Cuarenta días sin sexo es toda una tortura.

Entre risas y confesiones, las tres amigas terminaron de desayunar y se despidieron deseándole suerte a Ruth y haciéndole prometer que las llamaría cada día para mantenerlas informadas.

Cuando Ruth salió de la cafetería se sentía más segura y con más fuerzas para afrontar los próximos días. Estaría con David, él no dejaría que nada ni nadie estropeara su historia. Su cuento de hadas particular.

Enamórame 13.

Ruth llegó a su apartamento con el tiempo justo para darse una ducha rápida y vestirse antes de que David pasara a recogerla. No tenía ni idea de qué ponerse, pero finalmente se decidió por unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes y un jersey fino de cuello de barco. Se puso unas manoletinas negras y se recogió el pelo en una coleta alta. Mientras se miraba en el espejo del cuarto de baño, escuchó el timbre de la puerta de su apartamento en vez del telefonillo.

Pensando que sería algún vecino que quería un poco de sal, abrió la puerta y se encontró de frente con David, quién se hizo paso hasta llegar a la cocina y descargar allí las cinco bolsas que llevaba en las manos.

— ¿Qué es todo eso? —Preguntó Ruth mientras él dejaba las bolsas sobre la encimera.

—He encargado la comida en el mejor restaurante de la ciudad —le respondió tras darle un leve pero cariñoso beso en la mejilla—. Espero que tengas hambre, he traído de todo.

—Estoy hambrienta —le aseguró Ruth, aunque no pensaba en la comida precisamente.

David sonrió complacido y se dispuso a servir los platos con la comida que había traído del restaurante. Ruth le echó una mano, todavía sorprendida por la actitud tan natural que él mostraba. Diez minutos más tarde, ambos estaban sentados en la cocina y degustando la exquisita comida que David había encargado al mejor restaurante de la ciudad.

Después de comer, Ruth se apresuró en recoger los platos y la cocina antes incluso de que David tuviera tiempo de levantarse. Él no dijo nada, se limitó a mirarla mientras ella hacía su tarea. Una vez hubo acabado, Ruth dio media vuelta para quedar frente a él y, armándose de valor, le preguntó:

— ¿Quieres hablar ahora?

—Ven aquí —le dijo él agarrándola de la mano y llevándola hasta el salón para sentarse en el sofá y colocándola a ella en su regazo—. Lo que sucedió ayer fue maravilloso, pero no era esa la intención que tenía. Quiero ir despacio contigo, Ruth. Quiero demostrarte que el sexo no es lo único que me interesa de ti, quiero ganarme tu confianza y quiero enamorarte.

—Vaya.

—Te me escapaste una vez, pelirroja, pero no dejaré que te me escapes por segunda vez.

—Entonces, enamórame —concluyó Ruth besándole con urgencia.

—De eso precisamente quería hablarte —apuntó David separando sus labios lentamente de los de ella—. El viernes conseguiré un par de semanas libres para que pueda buscar casa e instalarme. Había pensado en hacerles una visita a mis padres y quiero que me acompañes.

—A ver si lo he entendido, ¿quieres que vaya contigo a casa de tus padres? —La cara de Ruth era un poema.

—Cariño, para enamorarte primero necesito que me conozcas, que sepas quién soy realmente y, te guste o no, para eso tienes que averiguar de dónde procedo.

—Quieres que conozca a tus padres —comprendió Ruth—. Y, ¿si no les gusto?

—Pelirroja, no hay nadie capaz de resistirse a tu encanto —le aseguró David estrechándola entre sus brazos con fuerza—. Mis padres y mis hermanos te van a adorar en cuanto te conozcan.

¿Hermanos? ¿Además de a sus padres también iba a conocer a sus hermanos? Ruth tragó saliva y no dijo nada, al fin y al cabo era lo que ella quería, una relación formal con David. Pero no pudo evitar sentir el pánico ante todo lo que aquello significaba.

—Mi madre ha insistido en que nos alojemos en su casa, pero podemos hospedarnos en un hotel si te sientes más cómoda —continuó diciendo David, lo mejor sería soltarlo todo de golpe—. Todos están deseando conocerte, sobre todo mi hermana. Ella cree que seréis buenas amigas.

— ¿Le has hablado a tu familia de mí?

—Pelirroja, mi familia sabe de tu existencia desde el primer día que te cruzaste en mi camino en el restaurante del área de servicio, tan descarada y tentadora como solo tú eres.

—No trates de distraerme, ¿qué le has contado a tu familia sobre mí?

—La verdad —respondió el encogiéndose de hombros—. Mi madre nos lee la mente como un libro abierto, según ella porque nos ha parido, según mis hermanos y yo porque es medio bruja. El caso es que sabe cuándo nos pasa algo y no deja de insistir hasta que finalmente lo averigua, así que…

—Se lo has contado todo —dijo Ruth con un hilo de voz, acabando la frase de David.

—No te preocupes, no les he contado todos los detalles.

—Eso no hace que me sienta mejor.

—Creo que necesitas relajarte —opinó David divertido.

—Eso no te lo voy a discutir.

Sin decir nada más, David la colocó entre sus piernas, de espaldas a él, y comenzó a masajearle los hombros. Apenas pasó un minuto cuando se deshizo de su fino jersey y la dejó tan solo con la camiseta de tirantes y el sujetador. Ruth se dejó mimar, se estaba demasiado bien entre las extremidades de David, no se hubiera movido ni aunque comenzaran a salir arañas del sofá, y eso que ella temía a las arañas.

— ¿Tienes aceite corporal?

Ruth asintió y señaló la bolsa que había dejado sobre uno de los sillones con las velas y el aceite corporal que había comprado un par de horas antes.

—Vaya, veo que te has adelantado a los acontecimientos —bromeó al abrir la bolsa y ver lo que había dentro.

—Ya sabes lo que dicen, una chica precavida vale por dos.

David sonrió ante las palabras de ella, encendió las velas aromáticas y regresó a su posición detrás de Ruth con el bote de aceite corporal en las manos.

—Mm… Creo que es más complejo de lo que en un primer momento había pensado. Ven, vamos a la cama —sentenció arrastrándola del brazo hasta a su habitación—. Túmbate sobre la cama, pero antes quítate la ropa si no quieres que acabe pegajosa por el aceite.

—Creo que tú deberías hacer lo mismo con tu ropa, si no quieres que se manche, digo —le replicó Ruth con la voz ronca a causa de lo excitada que estaba. Se desnudó en menos de un minuto y añadió—: ¿Cómo quieres que me tumbe?

—Boca abajo —ordenó David mientras se desabrochaba la camisa sin ninguna prisa.

Ruth obedeció y pocos segundos después sintió cómo David se sentaba sobre su trasero y colocaba su enorme erección entre sus nalgas, haciéndola gemir de excitación.

—Pelirroja, no tengas prisa. Todo llegará, te lo aseguro —se mofó él.

Divertido con la impaciencia de ella, David decidió jugar un poco y provocarla. Masajeó su espalda, sus hombros, sus brazos y sus piernas, acercándose al centro de placer de ella y volviéndose a alejar, tentándola. Ella gimió de frustración en varias ocasiones, pero no dijo nada, se mantuvo a la expectativa.

—Date la vuelta —le ordenó con la voz ronca mientras se levantaba de encima suyo para que pudiera moverse. Ruth se dio la vuelta y dejó sus piernas alrededor de las caderas de David, quedando expuesta a él y sin sentir ningún tipo de pudor. Esta vez, fue David quién gimió. Sin embargo, se contuvo y continuó deleitando a Ruth con caricias placenteras mientras impregnaba todo su cuerpo en aceite. Comenzó por sus pechos, donde se entretuvo pellizcando los pezones hasta que respondieron con excitación. Prosiguió por su vientre y se detuvo a dibujar con el dedo un círculo alrededor de su ombligo. Finalmente, descendió hasta su monte de venus. Sus manos apenas la habían rozado y ella gimió extasiada, estaba muy excitada y eso le gustaba.

—Pelirroja, quiero saborearte —anunció antes de enterrarse entre sus muslos y recorrer toda su humedad con la lengua—. Sabes tan bien que me moriría feliz haciendo lo que estoy haciendo ahora mismo.

Ruth gimió, estaba al borde del orgasmo. Le agarró con fuerza de la cabeza para que quedase a su altura y le ordenó dominada por la lujuria:

—Te quiero dentro. Ahora.

David no se lo pensó dos veces, la besó en los labios con una sonrisa pícara y la penetró de una sola estocada, como sabía que a ella le gustaba. La embistió una y otra vez, fijando sus ojos en la expresión de ella, un recuerdo que jamás se permitiría olvidar, y juntos alcanzaron el clímax.

Aquella tarde no vieron ninguna película, disfrutaron del placer de la unión de sus cuerpos para acabar con el anhelo que habían sentido el uno por el otro desde hacía casi tres años.

Enamórame 12.

A la mañana siguiente, Ruth llamó a Ana, necesitaba contarle todo lo que había ocurrido y desahogarse. No podía seguir engañándose a sí misma y, pese que había logrado posponer esa conversación pendiente, sabía que no podía seguir alargándolo más.

Ana la invitó a desayunar y, una hora más tarde, ambas se sentaban en el jardín de casa de Ana mientras desayunaban alegremente. Nahuel, el marido de Ana, estaba encerrado en su despacho trabajando, apenas pisaba la oficina desde que nació el bebé porque le resultaba imposible pasar tantas horas sin verles. Ana adoraba a su marido y a su bebé, pero también necesitaba un poco tiempo para ella y sus amigas, las echaba de menos.

—Bueno, ya está bien de hablar de mí —concluyó Ana.

— ¿Qué sabes de Eva? No he hablado con ella desde que nos vimos en la inauguración.

— ¡Por Dios, Ruth! No has venido hasta aquí para oírme hablar de mi aburrida vida de ama de casa ni para que te cuente lo ocupada que está Eva con los preparativos de la boda —le recordó su amiga al ver que seguía yéndose por las ramas—. ¿Vas a contarme qué ha pasado entre David y tú o voy a tener que torturarte para que confieses?

Ruth suspiró, había venido para eso, para hablar de David, así que no había ninguna razón para seguir evitando el tema.

—Ayer me acosté con él —confesó finalmente.

— ¿Ayer? ¿El sábado después de la inauguración no…? —Ana no supo cómo acabar de formular aquella pregunta, aunque tampoco hizo falta para que Ruth la entendiera.

—Estuvimos a punto, pero se echó atrás alegando que había bebido alguna de copa de más y que Mike había escogido un menú afrodisíaco para el catering, dijo que no quería que a la mañana siguiente me arrepintiera o, peor aún, que no recordara lo sucedido.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Ana emocionada.

—Eso lo dices porque no fuiste tú la que se quedó con el calentón toda lo noche.

—Será mejor que empieces a contármelo todo desde el principio.

Ruth asintió, bebió un trago de su zumo de melocotón y, empezando por el principio, le explicó todo lo que había sucedido con David desde la inauguración de la exposición de Mike hasta ese mismo momento. Ana la escuchó sin interrumpirla, prestando atención a sus palabras y a su expresión corporal. Era su amiga y la conocía lo suficientemente bien para saber qué estaba rondando por su cabeza.

—Sé que lo pasaste mal, pero en aquel momento ambos sabíais que lo mejor era que cada uno continuara por su camino. Sin embargo, después de casi tres años, él está aquí y lo primero y único que ha hecho es ir a buscarte. Puede que te dejara con el calentón, pero solo porque quería demostrarte que no había venido buscando sexo contigo, al menos no solo sexo —se corrigió Ana con una sonrisa traviesa en los labios—. Ya te dijo que no pretendía retomar vuestra relación donde la dejasteis, por eso ha decidido enamorarte de nuevo. Y, por mucho que intentes sabotearle, debes reconocer que el chico tiene mérito.

—Me siento idiota dejándome llevar por mis sentimientos, tengo la sensación de que hace conmigo lo que quiere y no puedo impedirlo por mucho que lo intente.

—Eso, querida amiga, es el amor —le aclaró Ana divertida—. ¿Crees que a mí me hace gracia estar todo el día en casa sin nada qué hacer? ¡Me aburro! Nahuel ha amenazado a todo el personal de la casa con despedirlos si permiten que yo mueva un solo dedo para hacer cualquier cosa. Lo único que se me permite es cuidar del bebé y solo durante el día porque de noche es Nahuel quién se ocupa de él. Tengo prohibido ir a la oficina y, por supuesto, ninguno de los empleados tiene permitido ponerme al corriente sobre asuntos de trabajo. Mi única distracción eres tú, Eva está demasiado ocupada con los preparativos de su boda y retozando con Derek por los rincones.

Ruth sonrió divertida, conociendo a esos dos, seguro que se pasaban el día retozando como decía Ana.

—Nahuel te quiere y cuida de ti. Incluso pasa la mayor parte del tiempo en casa para no perderos de vista a ninguno de los dos.

—Lo sé, pero a veces le mataría. Y el sexo, hasta que pase la cuarentena, tampoco es una opción a tener en cuenta —protestó poniéndose de morros como si fuera una niña pequeña.

En ese momento, apareció Nahuel con su perfecta sonrisa en los labios y, tras saludar a Ruth con un par de besos en la mejilla, se volvió a su mujer y le preguntó con sorna:

— ¿Ya le has contado a Ruth lo malvado que soy?

Ana bufó a modo de protesta y Nahuel se echó a reír. Besó a su esposa en los labios y, como si fuera una niña pequeña, le dijo con la voz suave:

—Preciosa, solo quiero que no te preocupes de nada que no seas tú y el pequeño Nahuel. Del resto, deja que me encargue yo.

—Lo sé —murmuró Ana dándose por vencida—, pero me aburro estando sola tanto tiempo y sin hacer nada.

—De eso quería hablarte, he estado trabajando desde casa estos días porque quiero que los tres nos tomemos unas pequeñas vacaciones —le explicó Nahuel, ahora con una sonrisa traviesa en los labios—. Pero antes, tienes que recuperarte.

— ¡Ya estoy recuperada!

—Preciosa, acabas de traer al mundo a nuestro primer hijo y quiero que estés al cien por cien antes de hacer ese viaje, quizás encarguemos allí al segundo…

— ¡De eso nada! —Protestó de nuevo Ana—. No pienso quedarme encerrada en casa nunca más.

— ¡Por favor, cualquiera que te escuche pensaría que te tienen secuestrada en un húmedo y oscuro sótano mientras te torturan terriblemente! —Se mofó Ruth, ganándose una mirada fulminante de su amiga.

—Déjalo, es inútil intentar hacerla entrar en razón —medió Nahuel. Se despidió de Ruth de la misma manera que la había saludado y después besó a su esposa en los labios antes de susurrarle con la voz ronca—: Preciosa, estaré en mi despacho si me necesitas.

Ana le escrutó con la mirada. ¿Aquello había sido una invitación? ¿Se había rendido y ya no quería respetar la cuarentena? Frunció el ceño cuando lo oyó reírse mientras se alejaba.

—Será…

—Sht, no lo digas —la regañó Ruth señalando el carrito de bebé donde dormía plácidamente el pequeño Nahuel.

Ambas amigas se miraron y comenzaron a reírse como dos colegialas. Ruth admiró la relación que su amiga tenía con su marido, ambos se compenetraban a la perfección y eran muy felices, al igual que Derek y Eva. Se preguntó si ella conseguiría tener esa complicidad con David y se sería feliz a su lado. Suspiró, solo había una manera de saberlo.

—Me voy ya a casa, no quiero que David pase a recogerme y yo todavía no haya llegado al apartamento —se despidió Ruth con un fuerte abrazo.

—No seas muy bruja con él y mantenme informada, ahora mismo la única emoción que hay en mi vida es tu historia con David —bromeó Ana.

Ruth tuvo que prometerle que la llamaría cada día para darle un reporte de todo lo que le pasara referente a David antes de poder marcharse de allí.

De camino a su apartamento, decidió parar en un supermercado donde compró un par de velas aromáticas, aceite corporal y una buena botella de vino. Tenía planes para esa noche, no estaba dispuesta a dormir sola otra vez.

Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

Enamórame 10.

David condujo en silencio durante todo el tiempo que duró el camino de regreso al apartamento de Ruth. No la culpaba, pero no podía evitar sentirse frustrado. Maldijo entre dientes varias veces, disimulando para que ella no se diera cuenta. Estaba seguro de que aquel repentino cambio en ella se debía al efecto de la comida afrodisíaca y las copas de champagne. Mike tenía buena intención, pero no había pensado en la posibilidad de que Ruth se asustara al sentirse allí y saliera huyendo. Por lo menos no ha huido de mí y me ha pedido que la acompañe a casa, podría haber sido peor, pensó David mientras aparcaba frente al portal del edificio donde vivía Ruth.

Se bajó del coche y lo rodeó rápidamente para ayudar a salir a Ruth. Ella tropezó y él tuvo que sostenerla para que no se diera de bruces contra el suelo. Ruth se agarró con fuerza a él y le miró con auténtico deseo.

—Pelirroja, deja de mirarme así —le advirtió con la voz ronca.

—Me gusta que me llames pelirroja —ronroneó ella—. ¿Te apetece subir a tomar una copa?

— ¿Estás segura?

Ruth rodó los ojos y tiró de él para que la siguiera. Entraron en el portal del edificio y, tras saludar al portero, subieron en el ascensor hasta el ático. Ruth abrió la puerta y, colgando su chaqueta en el perchero, le preguntó:

— ¿Qué quieres beber?

—Agua —contestó él siguiéndola a la cocina—. Y tú también deberías, creo que hoy ya has bebido suficiente.

David se acercó lentamente hacia a ella, la agarró por la cintura y la miró a los ojos con un deseo intenso que la hechizó. Ruth cerró los ojos, tanta intensidad la extasiaba.

—Pero no puedo seguir, pelirroja. Por mucho que lo desee, te hice una promesa y voy a cumplirla —le susurró al oído. Dejó un reguero de pequeños besos sobre su cuello y, apartándose de ella, le confesó—: Ahora mismo, mi único deseo es hacerte el amor toda la noche, pero Mike me ha dicho que el catering de la inauguración era afrodisíaco y no quiero que eso influya en tu decisión.

—Si de verdad me deseas, rompe esa estúpida promesa y hazme el amor —le retó Ruth, estaba demasiado excitada para quedarse allí—. Necesito sentir tus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, tus besos erizando cada centímetro de tú piel y a ti dentro de mí.

—Lo deseo tanto o más que tú, pero no quiero que me odies mañana —le dijo David haciendo un esfuerzo para separarse de ella.

—No te odiaré —murmuró con un hilo de voz.

—Por si acaso, no me arriesgaré —sentenció David—. Creo que será mejor que me vaya, pero mañana vendré a traerte el desayuno y ver cómo estás, ¿de acuerdo?

—Puedes quedarte aquí, hay dos habitaciones vacías.

—Es una oferta muy tentadora, pero quiero hacer bien las cosas contigo, pelirroja. No hagas planes para mañana y, por favor, no bebas.

—Está bien —accedió Ruth con resignación—. Te veo mañana.

—Buenas noches, pelirroja —se despidió de ella cuando la acompañó a la puerta.

—Buenas noches —murmuró Ruth visiblemente frustrada.

David no pudo más que sonreír ante la reacción de ella. No quería hacerle el amor estando ella achispada y después de haberse hinchado a comer canapés afrodisíacos. Por mucho que ella lo deseara, no podía arriesgarse a hacer nada mal y perderla. Ruth era demasiado importante para él, ella era su prioridad.

Ruth tuvo ganas de gritar cuando David se marchó y la dejó sola en el apartamento. ¿Qué clase de hombre deja a una mujer sola y excitada en su apartamento un sábado por la noche? Uno que no está bien de la cabeza o al que no le intereso lo más mínimo, pensó disgustada.

Se metió en su cama e intentó dormir, pero solo consiguió dar vueltas y ponerse más nerviosa. David, en su habitación de hotel, tampoco pudo dormir. El deseo que sentía por Ruth le quitaba el sueño y su abultada entrepierna no hacía más que recordárselo.

Esperó a que amaneciera, se dio una ducha (de agua fría, por supuesto) y salió del hotel en busca de una panadería donde poder comprar el mejor desayuno de toda la ciudad. Sabía que ella se había sentido decepcionada ante su decisión de marcharse, pero pretendía compensarla pasando el día con ella.

Ruth se despertó con el sonido de su teléfono móvil, le había llegado un mensaje. Pese a que apenas había dormido, se levantó de la cama dando un salto, con la esperanza de que fuera un mensaje de David. Y así era: “Buenos días, pelirroja. Espero que estés despierta, en diez minutos estaré en tu apartamento con un rico desayuno. No me dejes esperando, no quiero que los vecinos me tomen por un acosador.” Ruth sonrió, además de guapo, amable y detallista, también era divertido. Se dirigió al cuarto de baño sin dejar de sonreír y se dio una larga ducha de agua caliente para relajarse. Justo cuando salía de la ducha, oyó el timbre de la puerta. Se estremeció al imaginar que sería David y que, cansado de esperar en la calle, se las había ingeniado para entrar en el edificio y llamar a su puerta. Se colocó la diminuta toalla lo mejor que pudo y abrió la puerta.

— ¡Joder! —Exclamó David al verla. Ella le miró enarcando sus cejas y añadió a modo de disculpa—: Lo siento, pero no esperaba encontrarte así.

—Oh —se ruborizó Ruth al darse cuenta de que aquella toalla apenas dejaba nada a la imaginación—: Lo siento, iré a cambiarme.

—Tampoco es que me moleste, pero es lo más sensato si no quieres que te arranque esa maldita toalla —murmuró David entre dientes.

Ruth sonrió para sus adentros mientras se dirigía a su habitación a vestirse. A ella le hubiera encantado que le arrancase la toalla y le hiciera el amor allí mismo, pero él tenía razón y lo mejor era actuar con sensatez. Además, después del calentón con el que la dejó la noche anterior, Ruth no iba a ponérselo fácil, estaba dispuesta a ejecutar una dulce venganza.

Se colocó una fina camiseta de tirantes (sin sujetador, por supuesto) y unos diminutos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus largas piernas. Cuando regresó al salón, observó cómo David la miraba de arriba abajo y pronunció algo entre dientes que ella no fue capaz de entender, aunque tampoco le hacía falta. Ella sonrió con inocencia, consciente del bulto que crecía en los pantalones de él, y se sentó a la mesa de la cocina, donde David había servido el desayuno que había comprado para ambos.

— ¡Caramba, has traído de todo! —Exclamó Ruth hambrienta mientras se llevaba un donut de chocolate a la boca.

— ¿Qué bebes para desayunar? ¿Café o zumo?

—Café, siempre café —sonrió como si fuera una niña pequeña en una tienda de caramelos.

Desayunaron en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos, sino más bien un silencio cómplice. Ambos se sentían a gusto en compañía del otro, pese a que habían pasado casi tres años, seguía existiendo esa fuerte conexión entre los dos.

— ¿Qué tal has dormido? —Preguntó David con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Bien, aunque te aseguro que podría haber dormido mejor —gruñó Ruth fulminándole con la mirada.

— ¿Debo suponer que la causa de no haber dormido mejor soy yo? —Se mofó él, divertido con la situación.

— ¿Qué me dices de ti? ¿Dormiste bien? —Le replicó Ruth molesta. Él tenía el aspecto de un dios, ni siquiera parecía afectado por el calentón de anoche.

—Apenas he pegado ojo —le confesó con naturalidad—. Llegué al hotel y me metí en la ducha, necesité más de una hora bajo el agua fría para serenarme. Intenté dormir un poco y, cuando amaneció, me levanté y volvía a ducharme con agua fría. Después compré el desayuno y aquí estoy. ¿Te sientes mejor, pelirroja?

No, Ruth no se sentía mejor. Pero optó por no decir nada. Terminó de desayunar en silencio y después se apresuró en recoger las sobras y fregar los platos que habían ensuciado. David estuvo tentado de abrazarla desde de atrás y llevarla a la habitación, pero se recordó que debía ser prudente con ella, no podía asustarla y que ella saliera huyendo.