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Noventa minutos 14.

A la mañana siguiente Gina se despertó sola en la cama. Se volvió para mirar por la ventana y los rayos de luz que filtraban por la persiana le dejaron claro que era de día y bastante tarde, al parecer. Estiró el brazo para coger su teléfono móvil de la mesita de noche y vio que eran las once y media de la mañana y que tenía un mensaje de Jake que le había enviado a las ocho de la mañana: “Buenos días, pequeña. Espero que hayas dormido igual de bien que yo, pero cuando te despiertes baja a desayunar. Por cierto, tu padre se ha empeñado en que me enseñes la villa a caballo, ponte ropa cómoda si te apetece montar conmigo, yo lo estoy deseando.”

Gina sonrió tras leer el mensaje y decidió contestarle: “Mm… Hubiera preferido quedarme en la cama, pero salir a pasear a caballo contigo suena bastante bien. Me ducho y bajo a desayunar, a menos que prefieras subir a frotarme la espalda…” Gina le dio al botón de enviar mientras sonreía y se levantó de la cama dispuesta a darse una ducha.

Mientras tanto, Jake recibía el mensaje de Gina estando en el salón con Franco y Paulina y tuvo que contener las ganas de reír y la incipiente erección que el mensaje le había provocado. Pensó en poner una excusa para subir a la habitación de Gina, pero decidió descartar esa idea puesto que estaba con sus padres sentado en el salón de su casa.

— ¿Ocurre algo, Jake? —Le preguntó Franco al ver que se había quedado con la vista fija en su teléfono móvil—. ¿Va todo bien?

— ¿Eh? Sí, todo va bien —respondió Jake medio despistado.

Apenas media hora más tarde, Gina entró en el salón con una sonrisa en los labios y saludó:

—Buenos días a todos. ¿Hay algo para desayunar? Estoy hambrienta.

— ¿Desde cuándo te despiertas de buen humor? —Le preguntó Franco a su hija sorprendido, puesto que estaba acostumbrado a lidiar con el malhumor matutino de su hija—. En veinticinco años nunca te había visto tan contenta nada más despertarte.

—He dormido muy bien respondió Gina con naturalidad.

Gina fue a la cocina a desayunar y su madre la acompañó.

—Parece que Jake y tú habéis hecho las paces —comentó Paulina.

—Mamá, tengo problemas —le confesó Gina a su madre tras dar un sorbo a su taza de café—. Es demasiado perfecto y, a pesar que a veces me comporto como una adolescente, él tiene paciencia conmigo y me soporta.

— ¿Qué es lo que temes, cielo? —Quiso saber su madre—. ¿Enamorarte de él?

—Sí, mamá —le confirmó Gina—. Si no hubiera pasado nada de esto probablemente yo no lo habría vuelto a ver y no tendría ningún riesgo, pero teniéndole veinticuatro horas al día pegado a mí es más de lo que puedo soportar.

—No siempre se sufre en el amor, a veces encuentras a tu alma gemela y eres feliz el resto de tu vida junto a ella, pero para descubrirlo tienes que arriesgarte y dejarte llevar —Paulina le dio un beso en la frente a su hija y añadió bromeando—: Y sinceramente, cariño, no sé cómo Jake consigue soportarte cuando te dan esos arrebatos de adolescente.

Ambas se echaron a reír justo en el momento en que Jake y Franco entraban en la cocina. Franco miró con ternura a su hija y a su esposa y dijo bromeando:

—La verdad es que yo tampoco comprendo cómo te soporta Jake.

—En realidad, nos soportamos mutuamente —dijo Jake para echarle una mano a Gina.

—Hemos pensado que podías enseñarle la villa a Jake, así no os aburriréis aquí encerrados —dijo Paulina antes que Gina le replicara a su padre—. Os he preparado una cesta de picnic con varios tuppers de comida y algo de bebida. Podéis hacer una parada en la cabaña del río para comer, hace frío para que comáis a la intemperie.

—Supongo que no hace falta que te diga que está totalmente prohibido hacer carreras a caballo, la última vez casi matas a uno de mis agentes —le recordó Franco a su hija.

—Casi se mata él solito —le corrigió Gina. Se volvió hacia a Jake y le dijo—: Dame un minuto y nos vamos.

Jake asintió con la cabeza y le dedicó una sonrisa pícara sin que Franco ni Paulina se dieran cuenta y Gina tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la compostura frente a sus padres.

Gina y Jake se montaron cada uno en un caballo y Gina le enseñó la villa a Jake. Después pararon en la pequeña cabaña que había junto al río para comer y descansar un poco. Ambos tenían intención de mantener las distancias sexualmente hablando, pero ninguno de los dos fue capaz de mantenerse firme en su decisión y terminaron haciendo el amor y quedándose dormidos. Cuando se despertaron, ya casi era de noche y ambos se apresuraron en recoger sus cosas para regresar a la mansión.

—No sé cómo he podido quedarme dormido —murmuró Jake en el camino.

—Pues a mí no me extraña nada, no duermes nunca —le dijo a Jake—. Además, te recuerdo que yo también me he quedado dormida.

—No te ofendas preciosa, pero tú te quedas dormida con mucha rapidez —le dijo Jake bromeando con una sonrisa pícara en los labios.

Llegaron a la mansión entre risas y Paulina y Franco, que les vieron llegar, se miraron y se sonrieron con complicidad, contentos de que su hija y Jake se llevaran tan bien.

Esa noche después de cenar, Gina se retiró a su habitación alegando estar cansada, pero antes le susurró a Jake, sin que sus padres se percataran, que le esperaría despierta y Jake aceptó ansioso aquella invitación. El miércoles y el jueves también salieron a montar a caballo, haciendo alguna parada en la cabaña del río para dar rienda suelta a su pasión. Por la noche, Jake entraba en la habitación de Gina y la acompañaba hasta que ella se quedaba dormida y él regresaba a su habitación, pero le enviaba un mensaje al móvil para poder darle los buenos días nada más se despertara.

El viernes por la tarde llegaron las chicas y con ellas Arthur y Derek. Cenaron todos juntos en la mansión de la familia Verona y Franco aprovechó para anunciar que al día siguiente vendrían los padres y la hermana de Jake, algo que puso nerviosos a Jake y Arthur. Después bajaron al sótano, donde se les unió Seb, tomaron una copa, jugaron al billar y a los dardos mientras escuchaban música y bailaban.

Jake aprovechó que Gina se distanció un poco del resto para servirse una copa. Se acercó a ella con discreción y le dijo sonriendo con picardía:

—Si sigues bebiendo así, tendré que llevarte en brazos a la cama.

—Creo que podré llegar sola a la habitación, pero quizás necesite ayuda para meterme en la cama —le contestó Gina sonriendo.

Jake le quitó la copa que Gina sostenía entre las manos y la dejó sobre la barra para después coger a Gina de la cintura y bailar con ella una balada romántica que ninguno de los dos había escuchado antes. Seb hizo lo mismo con Paula y Derek con Ainhoa mientras Amanda y Arthur se quedaron charlando. Amanda le aconsejaba que fuera claro y directo con Emily y se dejaran de tanta tontería.

Esa noche, como todas las demás, Jake volvió a visitar a Gina en su habitación, hizo el amor con ella y se quedó allí hasta que Gina se quedó dormida entre sus brazos sobre las cuatro de la mañana, que regresó a su habitación y durmió un par de horas antes de levantarse, darse una ducha y sentarse frente a su ordenador portátil para trabajar.

Noventa minutos 13.

Gina bajó al salón después de darse un baño y mantener una conversación telefónica a cuatro bandas con sus amigas y allí se encontró con sus padres y con Jake, que apenas le dedicó una fugaz mirada cuando la vio aparecer. Gina cruzó una mirada con su padre y Franco decidió decirle a su hija lo que sabían, ya que a Jake no le había hecho ninguna gracia descubrir que Brad había estado en la villa y que Gina había salido de la mansión a hurtadillas para reunirse con él:

—Hemos visto a varios hombres de Brad, sabemos que te has reunido con él.

—Ya os he dicho que no he salido de la villa y sí, he estado con Brad —respondió Gina.

Franco fue consciente de cómo Jake se tensaba y apretaba los puños, pero Gina no parecía darse cuenta de nada porque estaba molesta, así que decidió cambiar de tema:

—Vamos a cenar, tu madre ha preparado tallarines al pesto, tu plato favorito.

—Mm… ¡Qué buenos! —Exclamó Gina abrazando a su madre. Aprovechó esa cercanía para preguntarle a Paulina sin que su padre ni Jake la escucharan—: ¿Jake está tan enfadado cómo parece?

—Creo que mucho más de lo que nos parece —le confirmó Paulina susurrando—. Será mejor que te disculpes con él, es un buen chico y parece que te ha cogido cariño.

—Lo haré, pero ahora vamos a cenar —le dijo Gina a su madre tras darle un beso en la mejilla.

Los cuatro pasaron al comedor donde Paulina se encargó de servir los tallarines al pesto que había preparado porque sabía que era el plato preferido de su hija.

Gina se sentó junto a Jake en la mesa, pero él se mostró frío y distante con ella durante toda la cena, haciendo que Gina se sintiera cada vez peor.

Después de cenar, Franco insistió en que se tomaran con él una copa en el salón y ambos aceptaron la invitación de Franco, aunque ninguno de los dos estaba prestando demasiada atención a la conversación, estaban concentrados en sus propios pensamientos. Paulina llamó a su marido para que la ayudara en la cocina, aunque tan solo era una excusa para que Gina y Jake se quedaran a solas.

— ¿Sigues estando enfadado conmigo? —Le preguntó Gina con voz de niña buena en cuanto su padre salió por la puerta del salón.

Jake la miró con cara de pocos amigos y le contestó con frialdad:

—Sigo estando muy enfadado, furioso, diría yo —se levantó del sillón y añadió—: Me voy a dormir, así que tienes una buena oportunidad para volver a salir a hurtadillas, pero no cuentes con que siga aquí cuando regreses.

—Jake, espera —le pidió Gina con voz dulce—. No tengo pensado salir a hurtadillas a ninguna parte, al menos no de momento —Jake la miró con reproche y Gina le dedicó una de esas sonrisas traviesas que a él tanto le gustaban antes de añadir—: Había pensado que quizás podíamos tomarnos una copa en el sótano mientras trato de convencerte de que me voy a portar bien y no voy a hacer nada sin decírtelo antes si eso es lo que quieres.

—Solo me quedaré si tú quieres que me quede, Gina —le dijo Jake suavizando el tono de voz—. Y siempre que me prometas que seguirás las normas y cumplas tu promesa.

—Te prometo que no volveré a salir a hurtadillas y, si es absolutamente necesario, te avisaré para que salgas a hurtadillas conmigo —le prometió Gina con una sonrisa en los labios—. Vamos abajo a tomar una copa y seguimos hablando.

Bajaron al sótano donde Gina sirvió un par de copas y le propuso a Jake jugar una partida al billar.

—Luego echamos una partida, ahora quiero hablar contigo —le dijo Jake cogiéndola de la mano para guiarla al sofá donde ambos se sentaron—. Quiero que me cuentes qué te pasa para que pueda entenderte, Gina. Tu padre acababa de decirte que Brad quería hablar contigo y tenías su consentimiento para hacerlo, no tenías necesidad de verle a escondidas y mucho menos de ponerte en riesgo.

—No lo había planeado, simplemente ocurrió —le contestó Gina—. Tenía que hablar con Brad y cuando esta tarde se me ha presentado la oportunidad la he aprovechado. No he salido de la villa y Seb sabía dónde y con quién estaba, no había ningún peligro, Jake.

— ¿Qué relación tienes con Brad?

— ¿Qué importa la relación que tenga con él?

—Si cada vez que aparezca vas a escaparte como una quinceañera, a mí me importa y mucho —le contestó Jake con el ceño fruncido y volvió a preguntar—: ¿Qué relación tienes con Brad Harper?

—Somos amigos.

— ¿Qué clase de amigos?

— ¿A qué viene todo esto? —Protestó Gina—. ¿Acaso yo te pregunto sobre tu vida sentimental?

—Tu vida sentimental es el motivo por el que ahora estamos aquí, por si lo has olvidado.

—De acuerdo, Brad y yo solo somos amigos y punto.

—Te lo preguntaré de otra manera, ¿mantienes relaciones sexuales con él? —Insistió Jake.

—No voy a mantener más relaciones sexuales con él, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió Gina molesta—. ¿Quieres saber algo más?

—Sí, tus planes para mañana. ¿Qué tienes pensado hacer?

— ¿Me vais a dejar salir de la villa? —Preguntó Gina con sarcasmo.

—Solo si yo voy contigo, a menos que prefieras que otro ocupe mi lugar.

—Para eso primero tendrás que decirme cuál es tu lugar exactamente —inquirió Gina.

Ambos se desafiaron con la mirada pero Gina, que pretendía hacer desaparecer el enfado de Jake, le dedicó otra de sus sonrisas traviesas que derritió a Jake.

—Si sigues sonriendo así, no me hago responsable de mis actos —le advirtió Jake sonriendo.

— ¿Qué clase de actos? —Le preguntó Gina con picardía.

Jake la agarró de la cintura, la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios con urgencia. Se besaron apasionadamente y, cuando Gina comenzó a desabrocharle los botones de la camisa, la detuvo cogiéndole las manos y le susurró al oído con la voz ronca por la excitación:

—Te aseguro tengo más ganas que tú de acabar con lo que hemos empezado, pero no podemos hacerlo aquí.

—Tienes razón, vamos a mi habitación —sentenció Gina.

—Espera un momento, fiera —le dijo Jake sujetándola por el brazo—. Estamos en casa de tus padres, ¿lo recuerdas?

—Lo recuerdo perfectamente, igual que recuerdo que vamos a permanecer aquí hasta que todo este asunto se solucione —le dijo Gina sonriendo burlonamente—. Lo mismo solo son un par de días como un par de semanas, ¿estás dispuesto a esperar tanto?

—Vamos a tu habitación —sentenció Jake besando a Gina con urgencia y dándole una palmadita en el trasero antes de hacerle un gesto para que subiera las escaleras delante de él.

Ambos se dirigieron a la segunda planta de la mansión disimulando la urgencia que sentían por llegar a la habitación de Gina y desatar allí su pasión y la necesidad que tenían el uno del otro.

Noventa minutos 12.

Gina entró en el establo y se metió en la caballeriza de Black, su caballo, donde sabía que la esperaría Seb como años atrás cuando tramaba alguna de las suyas y Seb la ayudaba, salvo que esta vez era él quien la llamaba a ella.

— ¿Qué ocurre, Seb? —Le preguntó Gina con curiosidad.

—Brad ha insistido mucho en que te diga que te está esperando donde el río se bifurca, justo en el otro extremo de la villa —le contestó Seb—. Está preocupado, deberías hablar con él.

—Intenta cubrirme, no estaré fuera más de una hora —le dijo Gina subiéndose a su caballo.

— ¿Llevas el teléfono móvil encima? —Quiso asegurarse Seb.

—Sí, aunque no tienes de qué preocuparte porque no voy a salir de la villa —le tranquilizó Gina—. Una hora como mucho, no tardaré más.

Gina se marchó galopando a lomos de Black. Diez minutos más tarde, estaba dónde Seb le había indicado que la esperaba Brad, justo dónde se veían a escondidas de su padre años atrás.

—Siempre me ha parecido muy sexy verte a lomos de tu caballo —le dijo Brad saliendo de entre los árboles.

—Creía que el hecho de no contestar a tus millones de llamadas ya serviría para que entendieras que no quiero hablar contigo—. Fue el saludo que le dio Gina.

—Pero sin embargo, aquí estás —puntualizó Brad—. Sabía que te enfadarías por decírselo a tu padre, pero en mi defensa alegaré que lo hice por tu bien, aunque créeme que me arrepiento, el guardaespaldas que te han asignado no se despega de ti ni un segundo.

— ¿Qué es lo que quieres, Brad?

—Solo quería asegurarme que estás bien y comprobar con mis propios ojos que lo que antes sentías por mí ahora lo sientes por otro —le respondió Brad—. He visto cómo lo miras, cómo le sonríes, exactamente cómo me mirabas y me sonreías a mí y ya no lo haces.

—Brad, lo nuestro acabó hace mucho tiempo —le recordó Gina.

—Puede que nuestra relación acabara hace mucho tiempo, pero tu corazón me seguía perteneciendo a mí, al menos hasta que el hijo del General Hudson se cruzara en tu vida.

—Brad, ¿de verdad quieres que hablemos de esto?

—No, creo que aún necesito algo de tiempo para asimilarlo. De todos modos, me alegro de haberte visto y, si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde encontrarme. Espero que sigamos en contacto como buenos amigos que hemos sido.

—Por supuesto que sí —le dijo Gina dándole un amistoso abrazo—. Te quiero, aunque no de la misma forma que tiempo atrás. Quiero que seamos amigos, pero entre nosotros ya no podrá haber nada más que una buena amistad —Gina lo volvió a abrazar y añadió—: Cuídate, Brad.

—Lo mismo digo, preciosa —le dijo Brad antes de darle un beso en la mejilla y desaparecer entre los árboles igual que había aparecido.

Gina volvió a subir a lomos de su caballo y regresó al establo galopando, donde se encontró con su padre, su madre, Jake y Seb. Gina supo al instante que la habían descubierto, pero también supo que Seb jamás les diría que se había ido para reunirse con Brad.

—Gina, te he dicho miles de veces que no me gusta que montes a caballo de noche y mucho menos que lo hagas sola —la regañó Franco—. ¿Se puede saber a dónde has ido?

—A dar una vuelta, necesitaba que me diera el aire —respondió Gina bajándose de su caballo de un salto—. No he salido de la villa, no tenéis de qué preocuparos —se volvió hacia Seb y le dijo—: Por favor, dale de beber a Black y mételo en su caballeriza.

Seb asintió e hizo lo que Gina le había pedido. Gina y su padre se desafiaron con la mirada pero Paulina intervino antes de que empezaran a discutir:

—Gina, ves a darte una ducha que en breve vamos a cenar.

Gina obedeció a su madre porque no tenía ganas de discutir, las palabras que Brad le había dicho la habían afectado más a ella que a él. Gina entró en la mansión y subió las escaleras dispuesta a darse una ducha cuando Jake, que la había estado siguiendo, la agarró del brazo y la detuvo antes de que entrase en su habitación y le espetó:

— ¿Se puede saber a qué juegas?

— ¿Se puede saber a qué te refieres? —Le contestó Gina en el mismo tono hostil.

— ¡Joder, se suponía que querías hacer las cosas fáciles! —Protestó Jake furioso—. Sin embargo, ¡la niña se monta en su caballo y en plena noche se va! ¡Sola! ¿Es que te has vuelto loca?

Gina no dijo nada, pero lo desafió con la mirada y eso puso todavía más furioso a Jake, que apretó los puños por no darle un puñetazo a la pared y se metió en su habitación para tratar de calmarse, dejando a Gina en el pasillo furiosa y confusa.

Gina decidió darse un baño de espuma para relajarse, tenía mucho en qué pensar y ni siquiera sabía por dónde empezar. Era obvio que había sentido algo por Jake desde el primer momento en que lo vio en aquella gala benéfica cuando sus miradas se cruzaron, el problema era que ese “algo” había estado creciendo desde ese momento y ahora no sabía hasta qué punto esa atracción existente entre ambos había pasado a ser un sentimiento que Gina solo había experimentado en una ocasión, cuando se enamoró de Brad. Era cierto que desde hacía algún tiempo sus sentimientos hacia a Brad habían cambiado, ya no sentía lo mismo que tiempo atrás y, desde que hacía diez días Jake había entrado en su vida, ni siquiera había pensado en él de otra forma que no fuera la de un amigo al que estimaba y apreciaba como tal.

Gina tenía claro que Jake le atraía y mucho, igual que tenía claro que Jake era un mujeriego que no buscaba ninguna relación estable, pues él mismo se lo había advertido. Gina sabía que si seguía estando tan cerca de él acabaría enamorándose y sufriendo, pero dado a que no le quedaba alternativa puesto que su padre le había asignado a Jake que fuese su sombra, Gina iba a tener que pasar las veinticuatro horas del día con él hasta que todo el asunto con los Servasky se aclarara.

De perdidos al río, pensó Gina. Si iba a tener que convivir con Jake y él quería que le pusiese las cosas fáciles, eso pensaba hacer. No iba a sufrir tratando de contener la atracción que sentía por él y pensaba disfrutar del momento si se daba la ocasión. Iba a disfrutar del presente sin pensar en el futuro. Si tenía que lamentarse, ya se lamentaría cuando llegara el momento. Mientras tanto, pensaba seguir la filosofía de vida de Amanda y prefería arrepentirse de lo hecho a arrepentirse de lo que no había hecho.

Aunque, para ello, primero tenía que arreglar las cosas con Jake, que estaba furioso con ella y no sabía muy bien qué hacer para solucionarlo.

Decidió llamar a sus amigas y ponerlas al corriente de la situación en una llamada a cuatro que duraron casi una hora y, finalmente, todas apoyaron la decisión de Gina de dejarse llevar y disfrutar el presente y, si la cosa se complicaba en el futuro, ya buscarían una solución entonces.

Noventa minutos 11.

El martes por la mañana, Gina se levantó temprano con la intención de preparar el desayuno antes de que Jake se despertará, pero cuando entró en la cocina se lo encontró allí, preparando el desayuno.

— ¿Eres un vampiro que no necesita dormir? —Lo saludó Gina dedicándole una dulce sonrisa.

—Acostumbro a dormir poco —le contestó Jake mientras servía las tortitas en dos platos—. ¿Te has despertado con hambre?

—Con un hambre atroz, como siempre —le respondió Gina.

Se sentaron a la mesa de la cocina para desayunar y, tras recoger todas sus cosas, Jake se encargó de meter las maletas de ambos en el maletero de su coche mientras Gina conectaba la alarma de la casa.

Pocos minutos después, ambos estaban subidos en el BMW M6 de Jake en dirección a Castle. Gina estaba nerviosa, ir a casa de sus padres siempre la ponía nerviosa y a lo que ya estaba acostumbrada, pero ir acompañada de Jake era harina de otro costal.

— ¿Qué es lo que te preocupa? Le preguntó Jake al ver que ella estaba nerviosa.

—Nada, estoy bien —mintió Gina.

—Vale, creo que tenemos que poner algunas normas —le dijo Jake con tono autoritario y sin quitar la vista de la carretera—. Es obvio que algo te preocupa y, por si lo has olvidado, soy hijo del General de la milicia, sé interpretar el lenguaje corporal. Si no quieres contármelo, lo entenderé, pero no puedo entender que me mientas en algo tan obvio.

—De acuerdo, me preocupa algo pero no quiero hablar de ello.

—De acuerdo, cómo quieras —dijo Jake encogiéndose de hombros.

Durante las dos horas que duró el camino hasta llegar a Castle, permanecieron en el más absoluto de los silencios. Cada uno estaba concentrado en sus cosas y perdidos en sus pensamientos cuando Jake entró en la villa de los Verona.

—Supongo que ya debes haberlo averiguado si tan buen observador eres, pero aun así me veo en la obligación de advertirte que discuto con mi padre muy a menudo —le dijo Gina.

—Me lo temía —le dijo Jake burlonamente—. No te preocupes, en ese campo soy neutral.

Jake aparcó en la misma puerta de la majestuosa casa, justo dónde le dijo Gina. Gina abrió la puerta del copiloto y bajó del coche, saludó efusivamente a uno de los tipos de seguridad de la villa y, cuando Jake llegó a su lado, le dijo a Jake con un tono distante:

—Dale las llaves del coche a Seb, él se encargará de aparcar y de traer las maletas.

Jake obedeció y le entregó las llaves del coche a Seb, aunque con un gesto que dejaba claro que estaba molesto. Gina se sintió un poco mal por ello, al fin y al cabo Jake se estaba portando bien con ella y trataba de hacerle las cosas más fáciles. Gina se agarró del brazo de Jake y le susurró mientras subían los escalones que les llevaban al gran porche delantero de la mansión:

—Lo siento, me pongo nerviosa y de mal humor cuando vengo a Castle. Intenta no tener en cuenta cualquier cosa que diga o haga, no es nada personal —le dedicó una dulce sonrisa que a Jake se le contagió y Gina continuó hablando—: Dudo mucho que nos dejen salir al pueblo a tomar una copa, a menos que vayamos con cinco agentes y entonces no tendría gracia, pero sí que podemos tomarnos una copa después de cenar en el sótano, que es como un pub pero sin desconocidos —Gina se encogió de hombros y añadió bromeando—: Estando aquí, es lo único que puedo ofrecerte.

—Suena bien pero, ¿qué hay de los noventa minutos? —Preguntó Jake—. ¿Esa invitación a una copa sería durante esos noventa minutos?

—No necesariamente —le respondió Gina—. A menos que tú así lo quieras.

—Acepto, pero ese tiempo no se restará a los noventa minutos —convino Jake.

—Trato hecho, entonces —le dijo Gina desafiándole coquetamente con la mirada.

Paulina y Franco, los padres de Gina, les esperaban junto a la puerta principal de la casa y les vieron llegar agarrados del brazo y sonriendo, algo que a ambos les encantó.

— ¿Qué tal ha ido el viaje, chicos? —Les preguntó Franco mientras se saludaba a su hija con un fuerte abrazo y después a Jake con un apretón de manos y un leve abrazo pero igual de cariñoso que el que le había dado a su hija—. ¿Cómo va la convivencia entre vosotros?

—De momento la sangre no ha llegado al río, si es eso lo que preguntas —le respondió Gina antes de abrazar efusivamente a su madre, a la que adoraba y echaba tanto de menos—. ¿Cómo estás, mamá?

—Yo estoy bien, cómo siempre —le respondió Paulina abrazando a su hija con ternura—. Y tú, ¿estás siendo buena con Jake?

—Eso deberás preguntárselo a él —le contestó Gina a su madre con una sonrisa traviesa.

Paulina saludó a Jake con un par de besos en la mejilla y después le preguntó:

— ¿Cómo se porta contigo mi hija, Jake?

—De momento no está poniendo demasiados problemas, así que supongo que se está portando bien y está siendo buena —respondió Jake mirando burlonamente a Gina.

Franco y Paulina intercambiaron una mirada de complicidad que no pasó inadvertida para Gina ni para Jake y después Franco le dijo a su esposa:

—Solo han pasado un par de días, dales un par de días más y ya me contarás.

— ¡No me lo puedo creer! —Exclamó Gina indignada y añadió mirando a sus padres con reproche—: ¿Habéis apostado sobre algo así?

—Cielo, no te enfades —le dijo Paulina.

— ¿Qué es lo que han apostado exactamente? —Quiso saber Jake ya que intuía que la apuesta tenía que ver con él.

—Conociéndolos, probablemente habrán apostado cuánto tiempo aguantas haciendo de niñera conmigo, ¿o me equivoco, papá? —Dijo Gina enfadada.

—Cielo, no te enfades —repitió Paulina a su hija.

—Hija, entiéndelo —se excusó Franco encogiéndose de hombros—. Ambos tenéis un carácter fuerte y estáis acostumbrados a vivir solos, tan solo bromeamos sobre cuánto tiempo aguantaríais juntos.

—Te presento a mi maravillosa familia —le dijo Gina a Jake con sarcasmo, rodando los ojos.

—Espera a conocer a la mía —le susurró Jake a Gina al oído con complicidad.

Franco y Paulina hicieron pasar a Gina y Jake al salón, donde les ofrecieron algo de beber y comer mientras Jake y Franco hablaban de alguna operación que habían realizado en el pasado y Gina y su madre hablaban de sus cosas, hasta que Paulina llamó la atención de los dos hombres cuando le preguntó a su hija:

— ¿Qué tal con Brad?

—No he hablado con él —respondió Gina sin decir toda la verdad.

—No será porque no haya tratado de ponerse en contacto contigo —puntualizó su padre—. Ha llamado un par de veces para preguntar por ti, debe de estar bastante preocupado si tiene la necesidad de llamarnos a nosotros.

—Hace mucho que dejamos claro que mi relación con Brad no es asunto vuestro —les recordó  Gina levantándose del sofá de muy mal humor.

Justo en ese momento apareció Seb en el salón y anunció:

—He dejado las maletas de Gina y del señor Hudson en sus respectivas habitaciones.

—Gracias Seb —le agradeció Franco.

Seb se acercó a Gina, que estaba a punto de marcharse del salón, y le susurró:

—Tengo que hablar contigo, nos vemos en el establo en media hora.

Gina asintió con la cabeza y subió a su habitación, se puso unos pantalones tejanos, un jersey de cuello alto y sus botas de montar. Se hizo una coleta alta y se echó un poncho de lana negra sobre los hombros antes de salir de la mansión a hurtadillas y dirigirse al establo sin ser vista.

Noventa minutos 10.

El lunes por la mañana Gina se despertó algo aturdida. No sabía si lo que había ocurrido el día anterior había pasado de verdad o se trataba únicamente de un sueño, pero dedujo que había ocurrido de verdad cuando Jake entró en su habitación y le dijo con voz dulce:

—Es hora de levantarse, dormilona. ¿O has cambiado de opinión y no quieres ir a trabajar?

Eso fue suficiente para que Gina se levantara de inmediato y se metiera en el baño para darse una ducha. No tenía ni idea de lo que ocurriría en las próximas veinticuatro horas, pero se sentía tranquila y segura solo porque Jake estaría con ella a cada momento.

—Buenos días —saludó Gina cuando entró en la cocina ya duchada y vestida. Se percató que Jake había preparado el desayuno y decidió agradecérselo dándole un beso en la mejilla, tratando de provocarlo de la manera más inocente posible—: Gracias por preparar el desayuno, me muero de hambre.

Jake se limitó a contestarle con una amplia sonrisa. Cualquiera de las chicas con las que él estaba acostumbrado a despertarse apenas se hubieran limitado a beber un sorbo de la taza de café y decir que estaban llenas, pero Gina comía con ganas, sin pararse a contar las calorías que contenían cada uno de los alimentos que tomaba y, a pesar de ello, la figura de Gina era perfecta, pues él mismo lo había podido comprobar.

—Tengo que confesarte que es la primera vez que le he preparado el desayuno a alguien, aparte de a mí mismo, claro —le confesó Jake—. Así que, si no está al nivel que esperas, espero que por lo menos tengas en cuenta el detalle. Al fin y al cabo, la intención es lo que cuenta.

—Estoy hambrienta, me comeré cualquier cosa que sea mínimamente comestible —se mofó Gina con una sonrisa burlona en los labios, pero vio el esfuerzo que Jake había hecho, se llevó una tostada a la boca y le dijo—: Todo tiene una pinta estupenda, yo te contrato de cocinero de desayunos si algún día te quedas sin trabajo.

—Gracias, lo tendré en cuenta si me quedo sin trabajo —le respondió Jake divertido.

Después de desayunar, Jake llevó a Gina a las oficinas de Global y quiso estar presente en la reunión de despido de Fermín Cano. Ese tipo no le daba buena espina y no iba a dejar que Gina estuviera en la misma estancia que el tal Fermín ese sin estar él presente. Por suerte para Gina, Arthur se encargó de darle todos los motivos pertinentes y de advertirle que le iban a denunciar por romper la cláusula de confidencialidad, por lo que Gina se mantuvo al margen para no agravar la situación, aunque tuvo que morderse la lengua en más de una ocasión. El escolta que Franco le había puesto a Arthur se encargó de acompañar a Fermín a recoger sus cosas y después le acompañó hasta la puerta principal del edificio, donde advirtió al equipo seguridad que no le permitiesen la entada de nuevo.

Una vez que Fermín estuvo fuera, Gina reunió al equipo de márquetin y les informó de los nuevos cambios que se iban a producir ipso facto. Nombró a una de las mejores publicistas del equipo como nueva directora de márquetin y posteriormente mantuvo una reunión con ella para dejar claro qué era lo que se esperaba que ella aportara a Global.

Gina consiguió un aplazamiento para la presentación de la campaña de Hoffman, pero se trataba de un aplazamiento de tres semanas, por lo que no podían permitirse ni un solo contratiempo.

Tras una larga mañana de reuniones, Gina se quedó sola en su despacho y Jake decidió entrar para asegurarse de que ella se encontraba bien:

— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

—Estoy bien, gracias —le respondió Gina forzando una sonrisa.

—Eso no ha sonado muy sincero —advirtió Jake. Cerró la puerta del despacho y se sentó en una de las sillas frente a Gina antes de decirle—: Empecemos de nuevo, ¿estás bien?

—No —contestó Gina agotada—. No sé cómo nos las vamos a apañar con todo esto, ni siquiera sabemos hasta donde ha llegado Fermín y qué sabe la competencia de nuestra campaña. Lo único que me consuela es que la campaña que teníamos era una mierda y la vamos a tener que empezar desde cero, pero igualmente estoy preocupada.

—Todo saldrá bien, ya lo verás —trató de animarla Jake.

—No sé por qué haces esto, pero te agradezco que estés aquí —le agradeció Gina.

Jake sonrió y, si no hubiera estado sentado frente a ella con un escritorio de por medio, probablemente la hubiera abrazado y besado. Jake no podía entender por qué sentía esos impulsos cuando nunca antes los había sentido por ninguna chica y mucho menos después de acostarse con ellas, pero con Gina era diferente. Con Gina tenía la necesidad de tenerla cerca, de saber de ella y, aunque no sabía cómo acabaría todo aquello, estaba dispuesto a averiguarlo.

Pasaron un largo e intenso día en las oficinas de Global hasta que, a las seis de la tarde, Jake decidió que era hora de marcharse pese a que, si hubiese sido por si Gina, se hubieran quedado allí diez horas más.

Llegaron a casa de Gina a las seis y media de la tarde y, mientras Gina preparaba su maleta para ir al día siguiente a Castle, Jake decidió preparar la cena.

—Llegas justo a tiempo —le dijo Jake a Gina cuando la vio aparecer en la cocina—. La cena ya casi está lista, ¿te apetece una copa de vino mientras se termina de hacer la comida en el horno?

—Vaya, al final harás que te eche de menos cuando me quede de nuevo sola en casa —le dijo bromeando aunque sus palabras eran sinceras. Cogió un par de copas del armario, se las entregó para que sirviera vino y añadió divertida—: Te contrataré como cocinero a tiempo completo si algún día te quedas sin trabajo.

—Es una oferta tentadora, puede que incluso piense dejar mi actual trabajo para hacer de cocinero —le respondió Jake bromeando.

Se tomaron la copa de vino charlando y bromeando mientras la cena se terminaba de hacer en el horno. Era una escena de lo más familiar y cualquiera que les hubiera visto en ese momento hubiese dado por hecho que se trataba de una pareja preparando la cena en su casa. Jake sonrió ante tal ocurrencia, si un mes atrás le hubiesen dicho que andaría detrás de una chica como un loco no se lo hubiera creído. Sin embargo, allí estaba, haciendo todo lo posible por complacer a Gina solo para poder permanecer a su lado más tiempo, incluso había aceptado viajar con ella a casa de sus padres y agradecía que Franco se lo hubiera puesto en bandeja, aunque a Gina no le hubiera hecho ninguna gracia como después ella misma le confirmó.

Jake había aprovechado las constantes reuniones que Gina había tenido durante toda la mañana para llamar a su padre y ponerle al corriente de la situación. Como era de esperar, su padre le había advertido que Gina no era como las chicas con las que él salía y le había pedido que fuera prudente, pues Franco, que era el padre de ella, también era un buen amigo del padre de Jake y no quería que su hijo causara ningún incidente.

El General Hudson, que era consciente de la fama que su hijo tenía con las mujeres al igual que lo era Franco Verona, no entendía como habían permitido esa locura. Tras discutir con su hijo Jake por teléfono, decidió llamar a su amigo Franco, quien le tranquilizó y le invitó a él, a su esposa y a su hija a ir el sábado de visita a Castle para que pudiera comprobar con sus propios ojos la compenetración que había entre sus hijos, aunque también le advirtió que entre ellos también existía cierta tensión sexual.

Después de cenar, recoger la mesa y la cocina, Jake y Gina se sentaron en el sofá del salón y Jake, sonriendo ampliamente a Gina, le dijo:

—Ha llegado el momento de nuestros noventa minutos. ¿Cómo organizamos el día de mañana?

Durante noventa minutos, Jake y Gina estuvieron hablando y decidiendo cómo se organizarían al día siguiente, puesto que tenían que viajar a Castle. Cuando lo tuvieron todo decidido, se dieron las buenas noches y se fueron a dormir, cada uno a su respectiva habitación, aunque a ninguno de los dos les hubiera importado tener que compartir cama.