Archivo

No me llames gatita 18.

No me llames gatita

Dos semanas después, llega el cumpleaños del pequeño Jake. Continúo viviendo en el apartamento de John y Berta en el apartamento de Elliot. Aún no han logrado detener a Héctor González y John no ha retirado aún a los cuatro agentes que dejó en casa de mis padres. Ni qué decir tiene que John no me permite ir sola a ninguna parte, entre él y Elliot se las han apañado para llevarnos a Berta y a mí al trabajo y traernos de vuelta a casa. Mientras nosotras estamos trabajando en los juzgados, ellos se van a la base de las fuerzas de seguridad para continuar con la investigación del paradero del sicario de Parker. Eso sí, han ordenado a dos agentes que sean nuestra sombra, lo cual nos tiene a ambas algo crispadas y Elliot y John están pagando nuestra frustración. Por suerte, Rachel también invitó a Berta y a Elliot al cumpleaños de Jake para que me sintiera más cómoda.

El viernes, después de salir de trabajar, regresamos al apartamento de John para ducharnos y vestirnos para ir al cumpleaños del pequeño Jake.

–  Gatita, ¿vas a seguir enfurruñada conmigo en casa de mis padres? – Me pregunta John entrando en el baño y abrazándome por la cintura mientras me aplico un poco de brillo de labios frente al espejo. – No soporto verte enfadada conmigo, gatita.

–  John, no soporto a tus malditos agentes. – Le espeto furiosa. – Me siguen a todas partes, ¡incluso hasta cuando tengo que ir al servicio me esperan en la puerta!

–  Cat, solo están haciendo su trabajo.

–  John, me ahogo. – Protesto. – Mi vida se basa en ir del trabajo a casa y siempre escoltada. Si sigo estando encerrada acabaré subiéndome por las paredes.

–  Si después de esta noche quieres seguir conmigo, mañana nos iremos tú y yo, solos los dos, a dónde tú quieras y pasaremos la noche fuera. – Trata de compensarme John. – ¿Qué te parece, gatita?

–  No me llames gatita. – Le reprendo.

–  Eso significa que estás enfadada, solo me dices que no te llame gatita cuando estás enfadada. – Me replica divertido. – En mi defensa, alego que me gustas demasiado como para poner tu vida en riesgo, gatita.

John empieza a darme besos por el cuello y mis defensas se vienen abajo. Él tiene ese efecto en mí, me acaricia, me besa y me hace perder la razón.

–  Llegaremos tarde. – Susurro.

–  Esta noche no vas a dormir, gatita. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me da un pequeño azote en el trasero antes de envolverme entre sus brazos. – ¿Estás preparada para conocer a mi familia o estás pensando en salir corriendo?

–  No estoy segura ni de una cosa ni de la otra. – Le respondo nerviosa. – ¿Qué pasa si no les gusto?

–  Eso no va a ocurrir, pero te advierto que mi familia es un tanto peculiar.

–  ¿Peculiar? ¿Cómo de peculiar? – Le pregunto preocupada.

–  ¿Acaso no has visto a mis hermanos?

–  Brian y Rachel me caen bien. – Le respondo encogiéndome de hombros.

John no dice nada, se limita a sonreírme con dulzura y me besa en los labios.

Casi una hora después, llegamos a casa de los padres de John, situada a las afueras de Sunset en un gran terreno. Elliot y Berta han venido con nosotros en el coche y eso me ayuda a sentirme más relajada, pues espero no ser el centro de atención. Nada más bajar del coche, John se coloca a mi lado, me rodea la cintura con su brazo y me da un leve beso en los labios en señal de apoyo al mismo tiempo que me susurra:

–  Tranquila gatita, todo va a salir bien.

En ese mismo instante veo cuatro figuras salir al porche para recibirnos. Entre ellas distingo a Brian y a Rachel con el pequeño Jake en brazos y supongo que las otras dos personas son el padre y la madre de John. Caminamos hasta reunirnos con ellos y Rachel es la primera en venir a saludarme:

–  ¡Cat, me alegro de verte! – Me dice abrazándome con naturalidad, como si ya fuéramos amigas de toda la vida, y yo se lo agradezco. – Si te soy sincera, esperaba que mi hermano te hubiera intentado disuadir para venir.

–  Yo también me alegro de verte, Cat. – Me dice Brian besando mi mano sin dejar de mirar a su hermano mayor para provocarlo. – ¿Te trata bien mi hermano?

–  Aléjate de ella si no quieres problemas. – Le dice John bromeando, o al menos eso creo yo. John saluda a sus padres con un beso en la mejilla a cada uno y, tras volver a mi lado para continuar abrazándome, les dice: – Os presento a Catherine Queen, aunque a ella le gusta que la llamen Cat. – Se vuelve hacia a mí y me dice sonriendo: – Ellos son mis padres, Heather y Michel.

–  Encantada de conocerles, señores Stuart. – Les saludo educadamente mientras les estrecho la mano con firmeza.

–  Es un verdadero honor tenerte entre nosotros, Cat. – Me dice Heather. – Y, por favor, tutéanos.

–  Elliot es un amigo y compañero de trabajo, también es un buen amigo de Cat, al igual que Berta. – Se encarga de decir John para terminar con las presentaciones.

Pasamos al salón y allí conversamos durante un buen rato, rompiendo el hielo ya algo más relajados. John no se ha separado ni un segundo de mí, incluso Brian y Rachel han estado bromeando sobre su obsesión por mantener el contacto físico conmigo en todo momento.

–  Querías que por fin me enamorara y, cuando lo hago, ¿me lo echáis en cara? – Protesta John divertido.

–  No te lo echamos en cara, es solo que nos sorprende verte tan… enamorado. – Termina por decir Rachel. – Entiéndelo, nunca te habíamos visto así y nos sorprende.

–  Has pasado de ser el hombre de hielo a ser un hombre con cara de tonto enamorado. – Se mofa su hermano Brian. – Solo te falta recitar poemas de amor.

–  Siento decepcionarte, pero tienes una idea muy equivocada de tu hermano, le gusta demasiado dar órdenes como para recitar poemas cursis. – Salgo en lo que podría ser una defensa de John.

–  Cariño, si vas a defenderme así, creo que es mejor que no me defiendas. – Bromea John.

–  Cat tiene razón, eres un mandón. – Le replica su madre.

Cenamos, tomamos el café y el postre y todos le damos nuestro regalo al pequeño Jake, que se entretiene más con el papel desgarrado del envoltorio de los regalos que con los propios regalos.

Los padres de John son amables y atentos conmigo, no dicen ni hacen nada que pueda incomodarme, todo lo contrario que Brian, que disfruta provocando a John y, en consecuencia, a mí.

–  No le hagas ni caso, Cat. – Me aconseja la madre de John. – Siempre se están pinchando, pero en el fondo se adoran.

–  No me cabe duda alguna, pero deben de haberte dado muchos dolores de cabeza. – Le contesto bromeando.

–  No lo sabes bien, querida. – Me responde el padre de John divertido.

Después de pasar una divertida tarde y noche con la familia de John, regresamos a su apartamento. Nos despedimos de Berta y Elliot en cuanto salimos del ascensor y John se encarga de decirles que mañana por la mañana nos marcharemos a pasar el fin de semana fuera y que no regresaremos hasta el lunes.

–  ¿A dónde me vas a llevar? – Le pregunto una vez nos encontramos a solas en su apartamento.

–  Voy a darte tanto placer que voy a llevarte al cielo, gatita. – Me susurra al oído mientras me estrecha entre sus brazos. – Y mañana te llevaré a dónde tú quieras, solos tú y yo.

–  Suena muy tentador. – Le contesto divertida. – Pero por el momento, me conformo con que me lleves al cielo, cariño.

Como era de esperar, John no se hizo de rogar. Me cogió en brazos y, sin decir nada, me llevó a la habitación, me depositó con cuidado sobre la cama y me hizo el amor.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, John me abrazó y me susurró al oído:

–  Te quiero, gatita.

–  No me llames gatita. – Le contesté sonriendo medio dormida.

 

FIN

No me llames gatita 17.

No me llames gatita

Un par de días después de conocer a Brian, John está cada vez más irritado por la insistencia de su hermana Rachel en venir a vernos al apartamento, a pesar de que John le ha dicho que no es el mejor momento, ya que aún andan detrás de Héctor González, el sicario con el que coincidí en Westcoast, por decirlo de algún modo.

John, harto de los reproches de su hermana y los míos propios por enfadarse con ella, decide responder a la llamada de Rachel y poner el manos libres tras hacerme un gesto para que escuche y no diga nada. Me siento en su regazo dispuesta a escuchar la conversación con su hermana.

–  ¡Cuánto tiempo, hermanita! – Se mofa John nada más descolgar al mismo tiempo que empieza a acariciarme inocentemente las rodillas.

–  ¡No te atrevas a mofarte! – Le amenaza Rachel haciendo que dé un respingo del sobresalto. – Me parece fatal que Brian haya conocido a la futura madre de tus hijos antes que yo. – Miro a John arqueando una ceja y él se encoge de hombros sonriendo. – Por cierto, Brian me ha dicho que si metes la pata con ella, piensa sacar partido de la situación, así que procura no cagarla. Me hace ilusión ver a mi hermano mayor por fin enamorado. Y no me digas que no estás enamorado porque por ella has roto todas tus reglas y…

–  Rachel… – Le advierte John para después empezar a darme pequeños besos por la nuca y el cuello mientras sus manos pasan de mis rodillas a mis muslos para continuar allí con las caricias.

–  No puedes negármelo, John. – Continúa hablando Rachel. – Tienes tres normas inquebrantables desde que te conozco. La primera y la más sagrada es esa de “donde tengas la olla no metas la…”

–  ¡Rachel! – Le reprende John riendo para acto seguido continuar acariciándome y besándome como estaba haciendo.

–  Ya me has entendido. – Resopla Rachel. – Joder John, moviste cielo y tierra para hacerte con su caso solo porque querías tener una excusa para seguir viéndola. Bueno, por eso y porque eres demasiado arrogante como para creer que alguien pueda protegerla mejor que tú. – Se burla Rachel mientras yo trato de ocultar la risa y John me da un azote en el trasero a modo de castigo. – Estoy segura de que ahora mismo está contigo en tu apartamento, tu preciado templo en el que están prohibidas las mujeres. Dime una cosa, aparte de mamá y de mí, ¿habías llevado a alguna chica a tu apartamento? – Y, sin dar tiempo a que John responda, añade: – No, porque tu apartamento es sagrado. Eso es lo que siempre decías. Y, la tercera norma que has roto es la de no mezclar tus relaciones sexuales con la familia. Nunca hablas de ninguna de tus muchas amigas. – Miro a John arqueando una ceja y él me dedica una sonrisa maliciosa mientras aprovecha mi confusión para meter sus manos bajo mi jersey y acariciar mis pechos al mismo tiempo que me hace notar su enorme y dura erección rozándola contra mi trasero. – Pero fuiste tú quién no dejó de hablar de ella cuando nos vimos el otro día. Solo con verte la cara supe que estabas enamorado, nunca te he visto hablar así de nadie.

–  Algún día tenía que pasar, hermanita. – Le responde John pellizcándome un pezón y después me susurra al oído: – Gatita, ¿qué hacemos con mi hermana?

–  Invítala a comer, tu hermana me cae bien. – Le respondo recostando mi espalda contra su pecho para facilitarle el contacto con mi cuerpo.

–  Hermanita, Cat me está diciendo que te invite a comer. ¿Te apetece venir? – Le pregunta John sonriéndole al teléfono móvil que está sobre la mesa auxiliar.

–  ¿Bromeas? ¡Ahora mismo voy para allí! – Exclama Rachel. – ¿Estará Cat contigo, verdad?

–  ¿Para qué sino te iba a pedir que vinieras? – Bromea John. – Eso sí, tarda mínimo un par de horas en llegar.

–  No hace falta que me des detalles. – Responde Rachel y añade antes de colgar: – Estaré allí dentro de dos horas exactas, así que haz lo que tengas que hacer antes de que llegue.

–  Estoy completamente de acuerdo con Rachel. – Ronroneo en el oído de John. – Haz lo que tengas que hacer, John.

–  Mm… Gatita, llevo dos días estudiando todas y cada de tus reacciones cada vez que te acaricio y te beso en cada parte de tu cuerpo y ahora mismo sé que estás muy excitada y eso me excita mucho más de lo que ya estoy. – Me susurra John quitándome el jersey y el sujetador, arrojando ambas prendas al sillón de en frente y dejándome desnuda de cintura para arriba. – Pero quiero que ahora seas tú quien me diga lo que quieres que haga, dónde quieres que te acaricie, que te bese…

–  Mm. – Gimo cuando John me quita los shorts de algodón que llevo puestos y coloca sus mágicos dedos en mi entrepierna, buscando y encontrando mi clítoris, mientras que con la otra mano continua masajeando mis pechos y estirando y apretando mis pezones. – John…

–  Lo sé, gatita. Lo sé. – Me susurra John al oído con voz ronca. – Quiero que te corras para mí, quiero que gimas y grites todo lo que quieras, no quiero que te reprimas. Después te meteré la polla en tu sensible coño y volverás a correrte otra vez.

Las rudas y obscenas palabras de John me llevan directamente al orgasmo y gimo y grito todo lo que quiero sin reprimirme. Todavía con los espasmos posteriores al orgasmo, John me penetra de una sola estocada y empieza a bombear dentro de mí sin dejar de acariciarme los pezones y el clítoris. Tal y cómo me había adelantado John, vuelvo a correrme. Ambos nos corremos a la vez y John se deja caer en el sofá conmigo encima y sin salir de mí. Varios minutos después, cuando logro recuperarme, trato de levantarme pero John me lo impide.

–  No te vayas, cariño. – Me ruega.

–  ¿Cariño? Creía que te gustaba más gatita. – Me mofo echándome a un lado del sofá para abrazarle con mayor comodidad.

–  Gatita, no querrás que te llame así delante de tus padres, ¿verdad? – Me contesta divertido. – Creo que llamarte cariño es más apropiado cuando no estemos solos y debo empezar a usarlo para acostumbrarme.

–  Cariño, necesito un baño. – Le digo besándole en los labios.

–  ¿Puedo acompañarte? – Me pregunta juguetón.

–  No pensaba ir sin ti, cariño. – Le susurro al oído.

Tras un relajante baño y una nueva sesión de sexo en la bañera, nos vestimos y recogemos el apartamento para que todo esté limpio y ordenado cuando llegue Rachel. A pesar de que la idea ha sido mía, lo cierto es que estoy bastante nerviosa. Quiero que salga bien, al fin y al cabo, puede que sea mi futura cuñada.

–  Relájate, mi hermana te adorará en cuanto te vea. – Me dice John abrazándome.

Rachel llega al apartamento justo dos horas después de su llamada, puntual como un reloj suizo. John me da un beso en los labios y abre la puerta para recibir a Rachel:

–  Hermanita, pasa. – Le dice John tras saludarla con un beso en la mejilla. Me acerco hasta a ellos con timidez y, agarrándome por la cintura y dándome un beso en los labios, añade: – Aquí tienes a Cat, pero no la agobies demasiado, no quiero que la espantes.

Le doy un codazo a John a modo de reprimenda y saludo a Rachel:

–  Encantada de conocerte, Rachel.

–  Lo mismo digo. – Me responde besándome en la mejilla. – Debes de ser una santa para aguantar al gruñón y mandón de mi hermano.

–  Es una mala estrategia criticarme delante de Cat si pretendes que sea tu cuñada. – Se mofa John con sorna.

–  Me reitero en lo dicho, no sé cómo te aguanta. – Le contesta Rachel a su hermano al mismo tiempo que me agarra del brazo y me acompaña al salón donde nos sentamos juntas en uno de los sofás. – Cat, ¿qué tal te trata mi hermano? ¿Contigo también es tan mandón?

–  Rachel. – Le advierte John en tono de guasa.

–  No sé cómo será contigo, pero conmigo siempre tiene que tener la última palabra y, por supuesto, nadie le puede rebatir. – Contesto divertida a la pregunta de Rachel.

–  Pero luego Cat siempre termina haciendo lo que le da la gana, así que tampoco importa mucho lo que yo le ordene. – Replica John.

–  Una chica con carácter, me alegro. – Sentencia Rachel sonriendo. – Por cierto, aprovechando que te tengo delante, me gustaría invitarte al primer cumpleaños de mi hijo Jake. – Me propone Rachel. – Será una pequeña reunión familiar en casa de mis padres. – Me anima Rachel. – Así conocerás a mis padres, ellos están ansiosos por conocerte.

–  Rachel… – La interrumpe John. – ¿Acaso quieres que Cat salga huyendo?

–  Tarde o temprano tendrá que conocerlos, mejor que sea cuanto antes para que se vaya acostumbrando. – Bromea Rachel.

John se percata de mi preocupación y me abraza para tranquilizarme al mismo tiempo que me susurra:

–  No pasa nada, no estás obligada a ir si no quieres.

–  Es dentro de un par de semanas, tendrás tiempo de pensarlo hasta entonces. – Me dice Rachel para que no me niegue en rotundo. – Pero te aseguro que, si decides venir, yo misma me encargaré de que te sientas tan cómoda con nosotros que hará que quieras volver.

–  Es una oferta interesante. – Respondo más relajada entre los brazos de John. – ¿Qué te parece a ti, John?

–  Me encantaría que vinieras, no me apetece nada pasar el día sin ti. – Me responde John susurrándome al oído. – Pero tampoco quiero que te veas obligada a ir, podemos posponer el encuentro para cuando te sientas más preparada.

–  Ahora en serio, ¿quién eres y qué has hecho con mi hermano? – Se mofa Rachel de John. Se vuelve hacia a mí y añade: – Eres mi heroína, has conseguido domesticar a la fiera de mi hermano.

–  ¡Rachel! – Le regaña John furioso mientras yo me echo a reír. – Genial, ¿las dos contra mí?

John me mira sonriendo y me atrae hacia a él para volver a abrazarme y besarme delante de su hermana, que se sorprende pero no dice nada, se limita a mirarnos complacida e incluso emocionada.

Comemos los tres juntos y después Berta y Elliot vienen a tomar café y ambos están demasiado amables y sonrientes cuando por norma general deberían estar coqueteando descaradamente para luego no pasar de las palabras, pero hoy se comportan de una manera extraña aunque apropiada, así que me abstengo de decir nada. Ya tendré ocasión de enterarme de eso en otro momento.

Finalmente y tras la insistencia de Rachel, acepto a ir a la fiesta de cumpleaños del pequeño Jake, aunque eso implique conocer a la familia de John a pesar de que hace escasos dos meses que nos conocemos.

No me llames gatita 16.

No me llames gatita

A la mañana siguiente cuando me despierto, John está a mi lado en la cama, pero no está dormido, está despierto, observándome.

Me sonríe en cuanto me ve abrir los ojos y yo escondo mi cara entre la almohada y su cuello, con ningún ánimo de abandonar la cama.

–  Buenos días, preciosa. – Me susurra al oído. – Es un placer contemplarte mientras duermes, gatita.

–  Eso no debería ser legal. – Protesto aún medio dormida. – Pero me alegro de despertarme y encontrarte a mi lado.

–  ¿Qué me has hecho, gatita? – Me pregunta divertido. – Tienes mi total rendición.

–  Lo dudo, dentro de cinco minutos volveremos a estar discutiendo, probablemente porque tú eres un mandón que solo impone normas que yo me empeño en romper. – Le replico divertida.

–  ¿Un mandón que impone normas? – Me pregunta fingiendo estar ofendido. – En lo de que te empeñas en romper todas las normas, estoy de acuerdo. Basta que te diga que no hagas algo para que lo hagas.

–  No exageres, yo solo me limito a seguir mi instinto. – Me defiendo. – De no haberlo hecho, en estos momentos estaría muerta. Ambos estaríamos muertos. – Añado tras recordar el momento en el que le salvé la vida en el apartamento de Elliot cuando nos conocimos.

–  ¿Me salvaste la vida solo por instinto? ¿Disparar y matar al tipo que estaba a punto de matarme fue un acto por instinto? – Me pregunta un poco ¿molesto? – ¿Fue un acto reflejo dispararle?

–  ¿Quieres que discutamos ahora? – Le pregunto con malicia, dispuesta a provocarlo. – Me he despertado de muy buen humor, algo raro en mí. Sin embargo, tú te estás empeñando en enfadarme a pesar de que estamos desnudos en la cama. ¿De verdad quieres seguir intercambiando opiniones para seguir discutiendo o…?

John no me deja decir nada más. Se abalanza sobre mí y me besa con fuerza, con verdadera hambre, mientras sus manos se encargan de llenar de caricias mi sensible y receptivo cuerpo que solo con el roce de la piel de los dedos de John se rinde ante él.

Hacemos el amor una vez más y, cómo siempre, John se ocupa de hacerme llegar al orgasmo al mismo tiempo con él y nos corremos juntos.

Cuando nuestra respiración se normaliza y nuestro cuerpo se relaja, John se pone en pie, me coge en brazos y me mete con él en la ducha.

–  No pongas esa cara, una ducha nos vendrá bien a los dos. – Me dice al verme hacer un mohín.

John deja el agua correr y cuando está a su gusto, demasiado tibia para mi gusto, nos coloca bajo la cascada de agua. Lo que empieza como un inocente juego de enjabonarnos acaba siendo una escena no apta para menores de dieciocho años.

Después de ducharnos, entre otras cosas, John me tiende una toalla para que me seque y me señala su albornoz para que me lo ponga al mismo tiempo que él se seca con otra toalla y se envuelve en ella, ocultando así su figura de la cintura a las rodillas.

Justo en ese momento, escuchamos como la puerta de la entrada se abre y se cierra. Miro a John y le pregunto:

–  ¿Esperas visita?

–  No, quédate aquí. – Me responde poniéndose tenso.

En ese preciso momento me doy cuenta de que, por muy estúpido que parezca, prefiero que quien haya entrado sea un sicario que quiere matarme a que sea alguna mujer que tenga llave del apartamento de John y con la que mantenga una relación. Me quedo totalmente quieta y en silencio tratando de prestar atención y escuchar cualquier cosa que pase al otro lado de la puerta. Como no escucho nada, salgo del baño y me acerco a la puerta de la habitación, donde escucho cómo John habla con alguien:

–  ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y por qué no llamas a la puerta como todo el mundo? – Espeta John furioso. – ¿Quién te ha dado la llave?

–  Relájate, solo soy yo. – Responde una voz masculina. – Rachel me ha pedido que dejara aquí ésta cuna de Jake.

–  ¿La cuna de Jake? – Oigo preguntar a John. – Da igual, déjala ahí mismo y vete.

–  ¿Me estás echando? – Pregunta la voz masculina con tono de burla.

–  No estoy solo, Brian.

¿Brian? ¿Quién es Brian? No, no me suena haber oído hablar de él.

–  Hermanito, no me digas que la cotilla de nuestra hermana pequeña Rachel tiene razón y es cierto que estás enamorado. – Dice la voz masculina sin ocultar su tono burlón. – Quiero conocerla, aún no me creo que hayas sentado la cabeza.

–  Tiene gracia que eso lo digas precisamente tú. – Le replica John. – Quédate aquí, voy a vestirme y a decirle a Cat que estás aquí, pero no puedo asegurarte de que quiera salir a saludarte. De hecho, trataré de convencerla de lo contrario.

–  No me iré de aquí sin conocerla. – Le advierte el otro. – Me muero de curiosidad de que me la presentes.

–  Más te vale comportarte. – Le advierte John con la voz tensa.

Oigo pasos acercándose y regreso rápidamente al baño para fingir que me seco el pelo. John entra en la habitación y al verme con la toalla en una mano y el pelo enmarañado, me sonríe con timidez y me dice:

–  Gatita, mi hermano Brian está aquí y quiere conocerte. – Me mira a los ojos esperando alguna reacción en mí pero, como parece ser que me he quedado muda, añade: – No te preocupes, le diré que otro día.

–  No. Quiero decir, no pasa nada, ¿no? – Le contesto sin demasiada seguridad.

–  Mi hermano es el divertido de la familia, pero a veces sus bromas no tienen gracia. – Me advierte John estrechándome entre sus brazos. – Aunque tarde o temprano tendrás que conocerlo, ¿no crees, gatita?

–  Será mejor que nos pongamos algo de ropa antes de salir. – Le contesto dándole un leve beso en los labios.

Ambos nos vestimos a toda prisa y John sale de la habitación para reunirse con su hermano mientras yo termino de peinarme y me miro al espejo para asegurarme de estar perfectamente antes de conocer al hermano de John. Salgo de la habitación y me dirijo a la cocina, donde John charla con un tipo igual de atractivo que él, pero con el pelo castaño claro.

–  Cat, éste es mi hermano Brian. – Me dice John agarrándome con posesión por la cintura. – Brian, ella es Cat.

–  ¡Menuda preciosidad! – Exclama alegremente Brian mientras coge mi mano y la besa como lo haría un caballero. – Encantado de conocerte, Cat.

Brian está a punto de añadir algo más, pero John le reprende con la mirada y opta por callarse. John me sirve un café y me hace un gesto para que me siente, siempre tan mandón. Sin darme cuenta, pongo los ojos en blanco tras entender su orden y Brian me ve y me dedica una descarada y seductora sonrisa bajo la reprobadora mirada de John.

–  ¿Te ha dicho Rachel para qué me ha traído la cuna aquí? – Le pregunta John a su hermano con sequedad.

–  Solo me dio la llave de tu apartamento y me dijo que lo trajera, que tú estabas con tu enamorada fuera de la ciudad. – Le contesta Brian encogiéndose de hombros. – Por cierto, Rachel está tan encantada que se lo ha contado a toda la familia.

–  ¡Joder! – Protesta John. – ¿Es que con esta familia no se puede tener vida privada?

–  Me temo que no, hermanito.

El móvil de Brian empieza a sonar y, tras mirar quién le llama, cuelga y apaga el teléfono.

–  ¿Problemas? – Le pregunta John divertido.

–  Mujeres. – Sentencia Brian. – Una en particular, para ser exactos. Estoy tratando de alejarme de ella pero me tienta demasiado.

–  Aléjate de la tentación. – Le aconseja John.

–  Óscar Wilde decía que la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. – Opino con naturalidad.

–  Ahora entiendo por qué mi hermano se ha enamorado de ti, eres hermosa, divertida, simpática e inteligente. – Me dice Brian. – De hecho, creo que yo también me he enamorado de ti.

Me río ante la broma de Brian pero a John no le hace ninguna gracia y lo deja bien claro colocándose a mi espalda detrás del taburete y abrazándome con posesión.

–  ¿Desde cuándo eres tan celoso? – Se mofa Brian.

–  Desde que la conozco. – Contesta John besándome en la nuca, erizando mi piel.

–  Lo siento, pero no puedo seguir contemplando la escena sin ponerme cachondo. – Bromea Brian sonriendo con picardía. – Tengo que irme, pero espero volver a verte pronto, Cat. – Se despide. – Aunque no es necesario que sea estando mi estirado hermano presente.

–  Desaparece de mi vista si no quieres que te eche a patadas. – Le espeta John realmente furioso.

–  Lo dicho Cat, espero volver a verte. – Añade con sorna Brian antes de desaparecer.

En cuanto John escucha la puerta de entrada cerrarse, gira el taburete para dejarme frente a él y, tras agarrarme del trasero, me coge en brazos y me estrecha contra su cuerpo al mismo tiempo que me susurra al oído:

–  Gatita, ¿coqueteando con mi hermano?

–  Jamás se me ocurriría. – Le respondo divertida.

 

No me llames gatita 15.

No me llames gatita

Media hora después de haber bajado al salón con Berta y habernos puesto a charlar con los padres de Elliot y con los míos, por fin John y Elliot aparecen, aunque ninguno de los dos tiene buena cara.

Ambos nos miran pero finalmente es John el que habla:

–  Parker ha sido detenido tratando de cruzar la frontera y ahora mismo está instalándose en la penitenciaria de Sunset, aislado en una celda de máxima seguridad.

–  Entonces, ¿se acabó? – Pregunto sonriendo. – ¿Podemos irnos a la playa ya?

–  ¿A la playa? – Me pregunta John.

–  ¡Sí, nos vamos a la playa! – Grita Berta eufórica y las dos nos ponemos a dar saltitos.

John y Elliot se miran y ambos se encogen de hombros sin entender nada así que mi madre, dispuesta a hacer de celestina como siempre, les dice:

–  Chicos, Berta y Cat querían ir a la casa de la playa de los padres de Berta al día siguiente de que vosotros aparecierais, pero no se pudieron ir y quieren hacerlo ahora.

–  ¿A la playa con este tiempo? – Preguntan John y Elliot al unísono.

–  Es la mejor época del año para ver a surfistas buenorros de pelo rubio y ojos azules con tableta de chocolate, ¿verdad chicas? – Dice mi madre repitiendo las palabras de Berta.

–  ¡Mamá! – La regaño ruborizándome.

–  Un día tendremos que ir tú y yo. – Le dice Bárbara a mi madre bromeando.

–  ¿Surfistas rubios? – Me pregunta John enfadado. – Olvídalo. Parker está detenido, pero el sicario al que contrató no lo está. No puedes irte a la playa sin escolta.

–  De acuerdo, pues tú vienes con nosotras. – Sentencia Berta. – Todo resuelto, ¿no?

–  Esto no funciona así. – Dice John. – Yo solo no puedo protegeros a las dos, no puedo dividirme. Pero si Elliot acepta acompañarnos, podríamos pasar un par de días allí.

–  Teniendo a dos chicos como éstos al lado, ¿para qué queréis ver surfistas? – Nos pregunta mi padre.

–  Completamente de acuerdo contigo, George. – Le responde Elliot.

–  Pues también es verdad. – Accede finalmente Berta. Se vuelve hacia a mí y añade: – Pero en cuanto todo esto se termine tú y yo iremos a la playa.

Asiento con la cabeza encantada mientras observo el gesto de desaprobación de John. Es curioso, verlo celoso me sorprende un montón, ¡pero me gusta! ¿Tendrá razón Berta? ¿Estará dispuesto a intentar dar un paso más conmigo?

–  Ves a hacer las maletas, gatita. – Me susurra John al oído con la voz ronca. – Hablaremos cuando lleguemos a casa.

Su tono de voz de macho alpha y cargada de sensualidad me hace estremecer de placer y observo como John sonríe al darse cuenta del efecto que provoca en mí.

Una hora más tarde, tras despedirnos de los padres de Elliot y de mis padres, regresamos a Sunset en coche. Como era de esperar, John se niega a que viajemos en coches separados y le ordena a Elliot que vaya en su coche con Berta para el ir conmigo en mi coche.

Cuando llegamos al parking del edificio de Elliot y John, los cuatro subimos juntos en el ascensor y al llegar al rellano nos quedamos parados frente a las puertas de sus apartamentos.

–  Gatita, tú te vienes conmigo que tenemos una conversación pendiente. – Me susurra John al oído.

–  Berta, ven a mi apartamento. – Le dice Elliot divertido. – Creo que la parejita necesita intimidad.

Le guiño un ojo a Berta con complicidad y me dejo guiar por John hasta su apartamento. John deja mis maletas en su habitación y regresa rápidamente al salón para cogerme el abrigo y colgarlo en el perchero.

–  Voy a preparar la cena, puedes ducharte o ponerte cómoda si quieres.

–  Creía que teníamos una conversación pendiente. – Le digo burlonamente.

–  Y la tenemos, pero tendrá que esperar a después de la cena. – Me responde antes de darme un leve beso en los labios.

Extrañada por la ternura y romanticismo de ese beso, decido no contradecirle y me encamino a su habitación para darme una ducha.

Tras ducharme y secarme un poco el pelo con el secador, saco mi camiseta de tirantes y mi short de algodón que siempre utilizo para dormir.

Cuando regreso a la cocina me encuentro con John sirviendo la mesa, la cual ha decorado con un par de velas aromáticas. El rico olor a los tallarines al pesto llega hasta mi nariz y mi estómago ruge en respuesta, estoy hambrienta.

–  Me va a resultar bastante difícil mantener una conversación contigo si vas así vestida, gatita. – Me dice mirándome lascivamente.

–  Eras tú quien quería conversar. – Le respondo encogiéndome de hombros.

John me dedica una sonrisa y me hace un gesto para que tome asiento. Se sienta frente a mí y sirve dos copas de vino tinto. Durante la cena, hablamos de temas que no puedan generar ninguna discusión y nos bebemos la botella de vino entera entre los dos. Cuando terminamos de cenar, ayudo a John a recoger los platos y la mesa y, cuando nos sentamos en el sofá del salón con una copa de vino en nuestras manos, John me dice:

–  Cat, tenemos que hablar de todo esto.

–  No te preocupes, John. – Le interrumpo antes de que diga lo que no quiero oír. – Sé que esto no es más que una aventura y…

–  No. – Me interrumpe John con rotundidad. – Esto es mucho más que una simple aventura, Cat. Para empezar, quiero aclararte lo de mi hermana para que confíes en mí. No quiero que pienses que soy lo que en realidad no soy.

–  No tienes que darme…

–  Pero quiero dártelas. Déjame hablar, por favor. – Me interrumpe de nuevo. – Cat, la chica con la que me viste el otro día era mi hermana Rachel. También iba con Jake, mi sobrino. Y tiene gracia que nos vieras, porque precisamente le hablaba de ti a mi hermana.

–  ¿De mí? – Le pregunto realmente sorprendida.

–  Sí, de ti. – Me responde sonriendo con ternura al mismo tiempo que me abraza y me besa en la frente con un gesto de lo más paternal. – De la encantadora y loca abogada que no deja de sorprenderme y que se mantiene en mi mente a pesar de que he intentado luchar contra ello. Por cierto, Rachel me ha dicho que quiere conocerte y le prometí que te lo consultaría.

–  Yo…

–  No te estreses, gatita. – Me susurra al oído. – Será algo informal y no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  ¿Qué me estás proponiendo exactamente? – Logro preguntar.

–  No te voy a engañar, esto es nuevo para mí. – Me confiesa. – No he tenido una relación estable en mi vida ni pensaba en tenerla hasta que te conocí. Moví cielo y tierra para conseguir hacerme con el caso Parker solo para no alejarme de ti. Nunca antes había dejado que mi vida personal influyera en mi trabajo, pero quería ocuparme yo mismo de tu seguridad, necesitaba saber que ibas a estar a salvo. Después de pasar la noche juntos, me di cuenta de que tenía que estar contigo, pero tú te fuiste sin decirme nada y no respondías a mis mensajes ni a mis llamadas y luego Parker se escapó y solo de pensar que podría pasarte algo… No puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero si puedo prometerte que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para intentarlo.

–  John….

–  No me respondas ahora, gatita. – Vuelve a interrumpirme. – Piénsalo el tiempo que te haga falta antes de darme una respuesta.

–  Yo tampoco puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero sí puedo prometerte que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para intentarlo. – Le respondo sonriendo, utilizando sus mismas palabras, para después plantarle un beso en los labios.

–  Tengo que confesarte algo, gatita. – Me dice con una sonrisa traviesa tras devolverme el beso. – He descubierto que soy muy celoso.

–  ¿Lo has descubierto en este preciso instante? – Le pregunto burlonamente.

–  No. Empecé a volverme celoso en cuanto vi a tu amigo Oliver, pero cuando te vi abrazando a Ben creí que me volvería loco. – Me confiesa. – Quiero exclusividad absoluta, gatita.

–  Tendrás que dar lo mismo que exiges. – Le advierto.

–  Eso no me supone un problema, desde que te conozco solo tú estás en mi cabeza. – Me contesta abrazándome con ternura. – Te quiero para mí solo, gatita.

–  Soy toda tuya. – Le susurro al oído mientras me coloco a horcajadas sobre él. – Y te quiero todo para mí.

John capta el mensaje de inmediato y no se hace de rogar, ambos llevamos demasiado tiempo deseando que ocurra lo que está a punto de ocurrir y ya no hay tiempo para sutilezas. John me devora con urgencia, sus manos me acarician con necesidad y sus labios me besan con pasión.

Esa noche, John se encargó de satisfacer mi más primitiva necesidad hasta que ambos nos dormimos extasiados casi al amanecer.

 

No me llames gatita 14.

No me llames gatita

Media hora después de colgar a Ben y tal y cómo me había dicho, aparece con el semblante serio custodiado por dos agentes de John, que no ha pronunciado palabra desde que he dicho que Ben venía de camino. La situación es tensa e incómoda, ni a mis padres ni a Elliot les hace ninguna gracia tener que volver a verle, pero conozco a Ben y no es de los que se andan con rodeos. Si dice que tiene algo relevante e importante que decirme es porque así es.

Antes de que pueda ni saludar a Ben, John me agarra del brazo y, atrayéndome hacia él, me dice con su más puro tono de capitán:

–  Elliot se quedará contigo mientras él esté aquí.

Y, sin decir nada más ni dignarse a mirarme, sale del salón cruzándose con Ben y ambos se retan con la mirada pero ninguno se saluda ni se presenta.

–  Ven aquí, preciosa. – Me dice Ben saludándome con un efusivo abrazo mientras todos los presentes desaparecen excepto Elliot, que permanece de pie a mi lado. Ben me da un beso en la mejilla y, volviéndose hacia Elliot, le dice estrechándole la mano: – Elliot, me alegro de verte y saber que cuidas de Cat.

Elliot no le responde, se limita a estrecharle la mano con educación y se sienta en uno de los sofás. Ben me mira esperando a que le lleve a algún lugar donde podamos hablar, así que le digo:

–  Lo siento, pero esto es lo único que puedo ofrecerte en mi situación.

–  No hay problema, sé que confías en Elliot y que es como un hermano para ti. – Me responde Ben con gesto de preocupación. – Verás Cat, el otro día estaba en un lugar en el que no debía estar y escuché una conversación que no debí escuchar. – Me mira a los ojos y me dice: – Tienes que irte de Westcoast, un tipo al que nunca nadie había visto por aquí ha estado haciendo preguntas sobre ti y, después de lo de Parker, quise investigar quién era. Descubrí que se alojaba en el hotel de María, así que me acerqué por allí y logré que María me diera el nombre del tipo, Héctor González. Le pedí a un amigo que trabaja en la Interpole que le investigara y, según parece, Héctor González es uno de los alias que utiliza un sicario internacional conocido como “El Duro”. Anoche mi amigo me llamó y me dijo que él y algunos de sus hombres lo estaban siguiendo y que me llamaría en un rato, pero no me llamó y no he podido localizarlo, nadie sabe dónde están ni él ni sus hombres, Cat.

–  Joder Ben, no deberías haberte metido en todo esto. – Me lamento.

–  Dame el nombre de tu amigo, Ben. – Le dice Elliot. – Intentaré localizarlo y saber qué ocurre, pero no deberías seguir haciendo de investigador privado, limítate a seguir divirtiéndote.

–  ¿Tanta rabia te da que esté cerca de Cat? – Le pregunta Ben a Elliot furioso.

–  No pintas nada aquí y lo único que haces es complicar más las cosas. – Le responde Elliot furioso. – Si fuera por mí, ni siquiera habrías entrado en esta casa.

–  ¡Basta! – Les espeto a los dos levantando la voz más de lo que pretendía.

John, que debería estar cerca, al escucharme irrumpe en el salón y, fulminándonos a los tres con la mirada, nos pregunta con voz de capitán Stuart:

–  ¿Qué cojones está pasando aquí?

Resoplo sonoramente tratando de no perder la poca paciencia que me queda. Elliot le explica a John lo que Ben ha descubierto y John ordena a un par de agentes que lo escolten hasta que sepan qué ha ocurrido con su amigo de la Interpole para protegerlo. Acto seguido y sin dejar que me despida de Ben, John me agarra del brazo y me dice imperativamente:

–  Tenemos que hablar, ahora.

Salimos del salón y subimos las escaleras hasta llegar a mi habitación, donde entramos y John cierra la puerta para hablar con mayor intimidad.

–  ¿Se puede saber en qué estás pensando? – Me espeta molesto.

–  Ahora mismo en lo único que pienso es en largarme de aquí sola para no tener que escucharos a ninguno. – Le replico molesta.

–  ¡Genial Catherine! – Me espeta con ironía. – ¿Crees que a nosotros nos gusta estar aquí para proteger a una niña malcriada a la que ni siquiera le importa su seguridad? Esos agentes tienen una vida fuera de este trabajo, tienen esposas e hijos a los que están deseando ver. Si no quieres que estén aquí, solo tienes que decirlo y se marcharán encantados de poder volver con su familia. – Me mira a los ojos y, con una inmensa furia añade: – Aún estás a tiempo de irte con tu héroe si eso es lo que quieres.

John se da la vuelta dispuesto a largarse de mi habitación, pero a mí se me dibuja una sonrisa en los labios sin poder evitarlo. Está celoso. John está celoso de Ben.

–  John, espera. – Le digo agarrándole del brazo para evitar que se marche. – No te enfades, tenemos una tregua. – Le digo con una traviesa sonrisa mientras le echo las manos al cuello y le atraigo hacia a mí dejando su boca a un centímetro de la mía.

–  Gatita, no estoy de humor. – Murmura apartándose de mí.

Pero ya me da igual lo que me diga, lo único en lo que soy capaz de pensar es en besarle y eso es lo que hago. Me arrojo a sus brazos y devoro su boca. John no se hace de rogar, me agarra del trasero y me alza entre sus brazos para ponerme a su altura mientras yo rodeo su cintura con mis piernas. Nuestras manos acarician nuestros cuerpos deseosos de llegar al final, pero la puerta se abre y mi padre entra en la habitación.

–  Ejem, ejem. – Finge toser para alertarnos de su presencia. – Lamento interrumpir, pero me temo que es importante.

John se tensa y me deja rápidamente con los pies en el suelo, avergonzado por la situación en la que hemos sido descubiertos.

–  Lo siento yo… – Intenta disculparse John.

–  No lo sientas, yo me alegro de que por una vez en la vida el novio de mi hija me caiga bien. – Le interrumpe mi padre sonriendo.

–  Papá, entre John y yo no hay nada, lo que acabas de ver es… – Intento aclarar las cosas. – No sé lo que es, pero no somos pareja.

John me mira molesto, ¿qué se supone que he hecho mal? Probablemente también me culpe de que mi padre nos haya pillado, aunque he sido yo quién lo ha empezado y por lo tanto la culpa es mía.

–  John, Elliot quiere hablar contigo. – Le dice mi padre. – Ha ocurrido algo y…

John se coloca bien la camisa y se abrocha los dos únicos botones que me ha dado tiempo a desabrochar, pero antes de salir de mi habitación se vuelve hacia a mí y me susurra al oído:

–  Ya hablaremos luego tú y yo.

Mi padre me sonríe y se marcha detrás de John mientras yo me quedo pensando si las palabras de John han sido una amenaza o el presagio de que luego terminaremos con lo que hemos dejado pendiente.

Y luego está mi padre. ¿Cómo se le ocurre decir lo que ha dicho? Joder, un poco más y nos lleva al altar. Estoy segura de que John no se me vuelve a acercar en la vida, al menos no con las intenciones que a mí me gustarían.

Berta viene a buscarme en cuanto se entera de lo que ha ocurrido y, tras mirarme a los ojos, me dice:

–  Estás enamorada de John. – Y añade rápidamente: – Y no es una pregunta.

–  Sí y lo sé, soy una idiota. – Le respondo encogiéndome de hombros y dejándome caer en la cama con un suspiro dramático. – ¿Cómo ha podido pasarme? Si al principio creo que lo odiaba.

–  Ya sabes lo que dicen, del odio al amor solo hay un paso. – Se mofa Berta.

–  Me alegro de que mi desgracia te divierta. – Le reprocho molesta.

–  No te pongas así, Cat. – Me dice Berta abrazándome. – He visto cómo te mira, cómo te trata, cómo se preocupa por ti. No he visto a un tío más enamorado en la vida, Cat. John te adora y, si te gusta, no dudes en ir a por él.

–  John no es de los que buscan una relación estable.

–  ¿Te lo ha dicho él? – Me pregunta Berta. – Estoy segura de que no te lo ha dicho. En cuanto a la tipa que le acompañaba el otro día en el centro comercial, te ha dicho que era su hermana y su sobrino y que te los presentará para que puedas comprobarlo con tus propios ojos. ¿Qué más necesitas para darte cuenta de que él está apostando por esta relación? Si Elliot se decidiera a hacer lo mismo por mí, te aseguro que no me lo pensaba.

–  Pon a Elliot celoso con otro tío. No me preguntes por qué, pero eso siempre funciona. – Le aconsejo riendo. – Será mejor que bajemos a ver qué está ocurriendo allí abajo.

Berta y yo salimos de la habitación para bajar al salón, pero nos encontramos en el hall con John y Elliot dando instrucciones a sus agentes para que se retiren a sus casas. Cruzo mi mirada con la de John, pero él me hace un gesto para que entremos en el salón y le esperemos allí, así que eso hacemos.

En el salón, nos unimos a mis padres y los padres de John, que charlan alegremente en cuanto nos ven entrar, a pesar de que segundos antes estaban callados y preocupados. ¿Qué estará ocurriendo?