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Mi corazón en tus manos 20.

Mi corazón en tus manos

A la mañana siguiente, Mía se despertó a las diez, se dio una ducha rápida y bajó a la cocina donde se encontró a su padre discutiendo con Juan mientras Jorge intentaba mediar entre ellos y Vladimir se mantenía al margen pero cauteloso, leal a Juan.

–  ¿Qué está ocurriendo aquí? – Preguntó Mía con cara de pocos amigos.

Robert conocía el humor que su hija se gastaba por la mañana y optó por ir directamente al grano:

–  Ya sabemos quién trató de mataros.

Mía no necesitó que su padre le dijera nada más, lo supo nada más mirarle a los ojos.

–  Ha vuelto a terminar lo que empezó. – Murmuró Mía con la mirada perdida. – ¿Y Pablo? – Preguntó sabiendo también la respuesta. Si Pablo estuviera vivo la hubiera advertido, él siempre la había protegido y su silencio confirmaba lo que ella sospechaba.

–  Pitu, ¿estás bien? – Le preguntó Jorge al ver que su amiga continuaba con la mirada perdida y se había puesto pálida.

–  Sí, estoy bien. – Respondió Mía volviendo en sí. Se volvió hacia su padre y Juan y les preguntó: – ¿Por qué estabais discutiendo?

–  Creo que deberías trasladarte a la base pero Juan insiste en encargarse él personalmente de tu seguridad. – Le contestó Robert molesto a su hija.

–  No pienso trasladarme a la base, papá. – Le dejó claro Mía. Se volvió hacia Juan y le preguntó con un hilo de voz: – Juan, ¿podemos hablar un momento? – Al ver que todos la miraban, aclaró: – A solas.

Juan asintió y ambos salieron de la cocina y se dirigieron a la habitación de Mía. Juan estaba nervioso, temía que Mía le reprochara que discutiese con su padre o que incluso lo echara de allí como si de un perro se tratara, pero logró mantener la compostura. Una vez a solas en la habitación, Mía le dijo:

–  Creo que tenemos una conversación pendiente y no puedo tomar ninguna decisión hasta haber hablado contigo.

–  Mía, antes que digas nada, quiero decirte que conmigo estarás a salvo. – Le dijo Juan tratando de sonar calmado. – Sé que ayer me dejaste claro que no era buena idea, pero estoy dispuesto a mantenerme al margen si así lo quieres, eso sí, con una condición. – Le advirtió. – Si no quieres que yo esté contigo, al menos debes permitir que mis hombres te protejan.

–  No quiero instalarme en la base y tú eres mi único as en la manga. – Le confesó Mía. – Sé que no estoy haciendo las cosas bien e insisto en que no es buena idea y que además te estoy poniendo en peligro a ti y a todos los que te rodean, pero me gustaría quedarme contigo.

–  No sabes lo que me alegra oír eso, Pitu. – Le contestó Juan sonriendo al mismo tiempo que se acercaba a ella y la abrazaba. – Iremos hacia el norte, tengo una casa en un pequeño valle, apartada de la civilización, donde podremos ocultarte hasta que todo esto termine. Solo necesito que me confirmes que estás de acuerdo y yo me ocuparé de todo, incluso de tu padre.

–  Ya me ocupo yo de mi padre, bastantes problemas te he causado ya. – Le contestó Mía y, teniendo tan cerca los labios de Juan, no pudo evitar besarle.

–  Mía… Si sigues así acabarás volviéndome loco. – Le advirtió Juan con la voz ronca.

–  Lo siento. – Se disculpó Mía tímidamente.

–  No quiero que pienses que hago esto porque me sienta culpable ni mucho menos porque busque algo más de ti que no sea protegerte, lo cual no quiere decir que no quiera nada contigo, tan solo pretendo dejarte claro que, pase lo que pase y mientras dure esto, estarás bajo mi protección. – Le dijo Juan. – No puedes salir huyendo cada vez que discutamos, Mía.

–  Estoy de acuerdo en lo de no salir corriendo, pero creo que tienes que aclararme el resto.

–  Si quieres algo más que un protector, serás tú quién tenga que pedírmelo. – Le aclaró Juan. – Tendrás que dar el primer paso porque yo no pienso arriesgarme a que tu cabecita entienda lo que no es.

–  ¿Temes que piense que me estás protegiendo solo para tener sexo conmigo? – Le preguntó Mía llamando a las cosas por su nombre.

–  Eso es, Pitu. – Le confirmó Juan sonriendo. – Y doy por hecho que ya has descartado la posibilidad de que quiera protegerte porque me sienta culpable.

–  Me he comportado como una idiota. – Se lamentó Mía.

–  Yo tampoco me he quedado atrás. – Reconoció Juan. – Empecemos de cero, sin reproches.

–  Gracias por todo, Juan. – Le agradeció Mía.

–  No hay de qué. – Le aseguró Juan abrazándola y estrechándola entre sus brazos. Se había propuesto no ser él quien se acercase a ella, pero le iba a resultar difícil. – Bajemos a desayunar, después recogeremos tus cosas y nos marcharemos.

Mía asintió y juntos regresaron a la cocina. Mía discutió con su padre y, cuando Jorge y Juan trataron de mediar ella les pidió que la dejaran a solas con su padre. De mala gana, Jorge y Juan obedecieron y salieron de la cocina. Una vez a solas con su padre, Mía le dijo:

–  Papá, no me lo pongas más difícil.

–  Pitu, en la base estarás más segura, tan solo pretendo que estés protegida. – Trató de hacerla entender Robert. – ¿Qué hay entre él y tú? Y no me digas que no hay nada porque no me lo creo, tu hermana me ha dicho que fuiste con él a comer a su casa y las niñas le adoran, ayer se pusieron de su parte en vez de ponerse de la mía.

–  Es cierto que hace relativamente poco que conozco a Juan, pero aun así está dispuesto a seguir protegiéndome, pese a haberse demostrado que él no es responsable de lo que ocurrió. – Le dijo Mía con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido para Robert. – No me he portado nada bien con él y sin embargo aquí está, dispuesto a encararse contigo y con quién haga falta tan solo por complacerme y sin pedirme nada a cambio.

–  ¿Confías en él? – Quiso saber Robert.

–  Con los ojos cerrados. – Le confirmó Mía.

–  ¿Tengo que empezar a asimilar que puede ser mi yerno? – Trató de hacer sonreír a su hija.

–  Es un poco pronto para eso, pero no lo descarto. – Le confesó Mía sonriendo con complicidad.

–  De acuerdo, pero quiero que me mantengáis informado de todo y, si en algún momento cambias de opinión y no quieres seguir en la casa del lago con Juan, me llamas y lo hablamos. – Le advirtió Robert. – En cuanto a la seguridad, quiero que Jorge vaya contigo, me quedaré más tranquilo y no es negociable.

–  ¿Eso significa que vas a dejar de discutir con Juan?

–  Eso significa que lo voy a intentar. – Le dijo Robert sin prometer nada. Confiaba en el juicio de su hija y había investigado a fondo a Juan Cortés, sabía que era un tipo muy profesional y había podido comprobar en primera persona lo preocupado que se mostraba con su hija. – Por su culpa tu madre, tu hermana y tus sobrinas están enfadadas conmigo.

–  Estoy segura de que si le pides disculpas, Juan lo olvidará sin más.

–  No sé, Pitu. – Le dijo Robert algo avergonzado. – Lo cierto es que está bastante cabreado conmigo, lo único que puedo prometerte es que no empeoraré las cosas.

–  Supongo que puedo conformarme con eso. – Se resignó Mía.

Tras hablar con Mía, Robert le dio instrucciones a Jorge para que formara parte de la seguridad de Mía y le mantuviera informado en todo momento de las novedades, quería que su hija tuviera a alguien que la apoyase en el caso de que cambiara de opinión.

 

Mi corazón en tus manos 19.

Mi corazón en tus manos

Mía se despertó pasadas las diez de la mañana y lo primero que hizo fue comprobar si Juan estaba a su lado, pero el lado derecho de la cama estaba intacto, Juan no había dormido allí. Tras levantarse y darse una ducha, Mía bajó a la cocina a desayunar y allí se encontró con Rosario y Vladimir.

–  Buenos días. – Les saludó Mía por educación.

–  Juan ha tenido que marcharse, pero regresará esta noche. – La informó Rosario.

Mía no dijo nada pero sintió aquellas palabras como puñales en el alma. No entendía por qué Juan se había ido tan repentinamente ni por qué no la había avisado, si no quería que estuviese allí solo tenía que decírselo y ella se marcharía. Y eso fue lo que decidió Mía.

Después de desayunar, subió a la habitación y llamó a su padre para avisarle que regresaba a casa y, tras discutir con él durante un buen rato, acordaron que dos de los hombres de Robert la irían a buscar a casa de Juan y la llevarían a una pequeña cabaña que los Swan poseían en el bosque, donde uno de los hombres de su padre se quedaría con ella para protegerla. Mía pensó en avisar a Juan enviándole un mensaje, pero finalmente decidió no decirle nada, cuanto antes saliera de su vida mejor para todos.

Bajó las escaleras cargando con su maleta y, nada más verla, Rosario, seguida por Vladimir, le preguntó:

–  ¿Vas a alguna parte?

–  Sí, me marcho. – Le respondió Mía con pesar, odiaba las despedidas y Rosario le había dado mucho cariño y comprensión en los últimos días. – Un par de hombres de mi padre vienen a buscarme, de hecho, ya deberían estar aquí.

–  A Juan no le gustará saber que te has ido. – Comentó Rosario.

–  Juan no es responsable de lo que me ocurra. – Le recordó Mía.

Vladimir se retiró sin decir nada, probablemente para llamar a Juan y contarle lo que Mía estaba a punto de hacer.

Mía se despidió de Rosario con un cariñoso abrazo y le prometió que regresaría a verla cuando todo se calmara. Cuando escuchó a Vladimir en el salón hablar por teléfono con Juan, Mía sacó su teléfono móvil del bolso y lo desconectó, no quería arriesgarse a que Juan la llamara y tratara de retenerla ahora que había tomado la decisión de poner tierra de por medio, una decisión que debía haber tomado días atrás antes de que sus sentimientos hacia Juan crecieran como habían crecido.

Los dos agentes del comandante Swan recogieron a Mía y la llevaron a la pequeña cabaña familiar donde se encontró con Jorge Sánchez, el hijo de los vecinos de los padres de Mía, teniente del ejército de tierra y gran amigo de Mía.

–  ¿Mi padre te ha enviado a ti para hacer de niñera? – Le preguntó Mía sorprendida.

–  Nadie mejor que yo para cuidar de ti, Pitu. – Se mofó Jorge.

Ambos amigos se abrazaron y entraron en la cabaña. Los dos hombres que acompañaban a Mía cogieron sus maletas y, tras llevarlas a su habitación, se quedaron custodiando los alrededores de la cabaña. Mía le contó a Jorge todo lo que ocurría y lo que empezaba a sentir por Juan. Le dijo que Juan solo quería protegerla porque se sentía culpable y que ella decidió salir de su casa antes de que todo aquello terminara de destrozarla. Jorge la escuchó y la consoló sin decir nada, sabía que si Mía quería saber su opinión se la hubiera pedido, pero en aquellos momentos tan solo necesitaba un hombro sobre el que llorar y no alguien que le reprochara lo incauta que había sido.

Pasaron el día charlando y después de cenar, Karen llamó a Mía por teléfono:

–  Pitu, ¿estás bien?

–  Sí Karen, estoy en la cabaña del bosque.

–  Lo sé hemos venido a cenar a casa y papá me ha contado que le has llamado y habéis acordado que te traslades a la cabaña con Jorge. – Le dijo Karen. – Lo que no entiendo es por qué no le has dicho nada a Juan. Ha venido mientras estábamos cenando y se ha montado la marimorena. ¡Telita con la mala leche que se trae tu amigo! – Bromeó Karen. – A ese chico le gustas, Pitu. Ha discutido con papá y le ha desafiado hasta que por fin ha logrado averiguar dónde te encuentras. Por eso te llamo, Juan va de camino a la cabaña y está molesto porque te has ido de su casa sin decirle nada, ¿cómo se te ocurre?

–  Es una larga historia, Karen. – Le dijo Mía. – Gracias por avisarme, tengo que colgar.

–  Llámame si necesitas algo, Pitu. – Le dijo Karen antes de colgar.

A Jorge no le hizo falta preguntar, Mía le contó todo lo que necesitaba saber y, tras informarle que Juan estaba en camino, le preguntó:

–  ¿Qué debo hacer? Sabes que siempre me interesa tu opinión como hombre.

–  No conozco personalmente a Juan Cortés, pero por lo que he oído hablar de él sé que no es uno de esos hombres que van detrás de una mujer, de hecho se rumorea que nunca repite más de tres veces con la misma mujer. – Empezó a decir Jorge. – Si te ha ofrecido su casa, se ha enfrentado a tu padre y está viniendo hacia aquí a pesar de ser casi medianoche y que está diluviando, creo que está realmente interesado por ti, si buscara sexo estoy seguro de que lo encontraría más rápido y sin ninguna complicación en cualquier parte. Respecto a que se siente culpable, no puedo saberlo, pero sí sé que en los negocios es un hombre sin escrúpulos, por lo que dudo que se sienta culpable de algo por lo que no sabe si él es el causante y, aunque lo fuera, tampoco sería su culpa que tú fueras en ese momento con él en el coche.

–  ¿Qué me aconsejas? – Le preguntó Mía esperando arrojar un poco de luz a su mente.

–  Habla con él, Mía. – Le aconsejó Jorge. – Hablad claramente de lo que queréis y de las intenciones que tenéis el uno con el otro. Hasta que no habléis no puedes tomar una decisión con seguridad.

Justo en ese momento, uno de los hombres que custodiaba la cabaña le dijo a Jorge:

–  Teniente Sánchez, creo que debería salir un momento.

Jorge salió de la cabaña junto al agente y Mía supo al instante que Juan había llegado. Seguir el consejo de Jorge significa hablar de sentimientos con Juan y no estaba preparada para hacerlo, mucho menos para asimilar un rechazo. Por otra parte, Mía no era de las que huía de los problemas, Mía afrontaba los obstáculos como si de retos de la propia vida se tratara y eso fue lo que decidió hacer.

Jorge regresó a la cabaña seguido de Juan y Vladimir, miró a su amiga y le dijo:

–  Pitu, tienes visita. Estaré en la cocina con Vladimir si nos necesitáis.

Jorge se dirigió a la cocina y Vladimir le siguió, dejando a Mía y Juan a solas. Mía se había quedado paralizada mientras Juan la miraba furioso al mismo tiempo que empezó a reprocharle:

–  ¿Se puede saber por qué te has ido? ¡Y sin decirme nada! – Vociferó Juan. – ¿Tan mal te he tratado para que hayas salido huyendo? ¡Joder Mía! Desde que salimos de casa de tus padres has mantenido las distancias conmigo, pensaba que quizás necesitabas algo de espacio y, cuando te lo doy, ¡sales corriendo!

–  Juan…

–  ¿Y a qué ha venido eso de Pitu? ¿Los agentes de tu padre también te llaman así? – Le interrumpió Juan molesto por la confianza y complicidad entre Jorge y Mía de la que había sido testigo.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Atinó a decir Mía.

–  ¿Que qué hago aquí? – Espetó Juan hecho una furia. – ¿A ti qué te parece qué he venido a hacer a medianoche y diluviando? Creo que como mínimo me merezco una explicación.

–  Anoche discutimos, no viniste a la habitación a dormir y cuando me desperté tú no estabas, Rosario me dijo que no regresarías hasta la noche y ni siquiera me avisaste.

–  Sé que anoche me porté como un imbécil y por eso me fui esta mañana, quería darte una sorpresa para hacer las paces contigo, pero he llegado a casa y tú no estabas. – Le espetó Juan frustrado. – Vuelve conmigo a casa, Mía.

–  No es una buena idea, Juan. – Le dijo Mía.

–  Si no quieres venir a casa conmigo me quedaré aquí, pero no pienso dejarte sola ni un solo segundo y me da igual lo que opines. – Sentenció Juan.

–  Es tarde y está diluviando, esta noche la pasaremos aquí y mañana ya hablaremos, ahora estoy agotada y no tengo ganas de discutir con nadie. – Le dijo Mía visiblemente cansada.

–  De acuerdo, hablaremos mañana. – Acordó Juan.

Se reunieron con Jorge y Vladimir en la cocina y Mía le dijo a Jorge que Juan y Vladimir se quedarían a dormir, por lo que prepararon las dos habitaciones que quedaban libres para que Juan y Vladimir se instalaran. Mía se encerró en su habitación y se metió en la cama, estaba demasiado confusa para hablar con Juan y demasiado cansada para discutir con él.

Mi corazón en tus manos 18.

Mi corazón en tus manos

Cuando llegaron al ático dúplex después de la no-cena, Juan no sabía qué hacer. Mía parecía estar concentrada en sus propios pensamientos y continuaba callada y con la mirada perdida. Juan tenía ganas de abrazarla y besarla, pero temía que ella le apartara con desprecio, ya le había dejado claro en varias ocasiones que su relación era puramente sexual y profesional, incluso le llegó a decir que si no hubieran tratado de matarlos probablemente no se habrían vuelto a ver. Finalmente, dejó que Mía se marchara a su habitación y Juan entró en la cocina, donde se encontró con Rosario:

–  ¿No cenabais en casa del comandante Swan? – Le preguntó Rosario extrañada de verles llegar tan temprano a casa.

–  Al final no. – Contestó de mal humor Juan.

Rosario cruzó una mirada con Vladimir y entendió que algo no había salido bien.

–  Os prepararé algo de cenar. – Sentenció Rosario.

–  Yo no tengo hambre, Rosario. Pregúntale a Mía si le apetece cenar algo. – Le dijo Juan. – Estaré en mi despacho si me necesitáis.

Juan había decidido darle a Mía espacio creyendo que eso era lo que ella quería y necesitaba, se encerró en su despacho y trató de evadirse con el trabajo. Tras cambiarse de ropa y ponerse algo más cómodo, Mía bajó a la cocina donde se encontró con Rosario:

–  Ahora mismo iba a buscarte, ¿qué te apetece cenar? – Le preguntó la mujer sonriendo con ternura.

–  Gracias Rosario, pero no tengo hambre. – Le agradeció Mía. – ¿Dónde está Juan?

–  En su despacho, él tampoco quiere cenar. – Murmuró Rosario. – Cielo, no quiero meterme donde no me llaman, pero discutiendo con Juan no resolverás nada.

–  Ni siquiera hemos discutido. – Le dijo Mía mientras cogía una cerveza del frigorífico y se sentaba en uno de los taburetes, necesitaba hablar con alguien y Rosario era una buena mujer que la trataba como a una  hija a pesar de que apenas hacía una semana que la conocía. – Nos hemos ido de casa de mis padres sin cenar y me temo que he puesto a Juan en una situación incómoda, creo que está enfadado conmigo. No hago más que causarle problemas.

–  No creo que sea tan grave cuando Juan sigue empeñado en que te quedes aquí. – Le dijo Rosario sabiendo que en los ojos de Juan había un brillo especial cada vez que miraba a aquella chica.

–  Solo lo hace porque se siente culpable, se siente responsable del accidente a pesar de que no sabemos a por quién iban. – Le confesó Mía suspirando con resignación. – Siento contarte todo esto, Rosario, pero necesitaba hablar con alguien o me iba a volver loca.

–  No tienes de qué disculparte y recuerda que yo también vivo en esta casa y, aunque respete lo que todos hacen, no se me escapa una. – Le dijo Rosario bromeando al mismo tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.

Mía cayó en la cuenta que Rosario era la asistenta y quien se ocupaba del orden y la limpieza de aquella casa, por lo que debía estar al tanto de que ella dormía en la habitación de Juan.

–  Creo que me estoy metiendo en la boca del lobo y me va a comer. – Pensó Mía en voz alta. – Pero tampoco tengo voluntad para salir corriendo.

–  No es tan fiero el león como lo pintan. – Le dijo Rosario con una tierna sonrisa en los labios. – Juan está en su despacho, estoy segura de que se alegrará si le haces una visita.

–  No sé si es buena idea, no me ha hablado desde que hemos salido de casa de mis padres. – Confesó Mía con temor a ser rechazada.

–  Hazme caso, cielo. – Le susurró Rosario. – Esta noche Juan ha dado la cara por ti frente a tu padre, que es ni más ni menos que el comandante de la región, no habría hecho algo así de no ser porque desea que te quedes aquí y, antes de que pienses lo que no es, te diré que Juan nunca antes había traído a casa a ninguna mujer, con excepción de su madre y su hermana Noelia.

–  Si vuelvo sola a la cocina, necesitaré algo más fuerte que una cerveza. – Le dijo Mía levantándose del taburete. Antes de salir de la cocina, se volvió hacia a Rosario y le dijo: – Deséame suerte, me temo que la voy a necesitar.

–  Suerte cielo, pero no la necesitas. – Le deseó Rosario alegremente.

Mía se dirigió al despacho de Juan y dudó al ver la puerta cerrada, pero finalmente se armó de valor, dio un par de golpes suaves en la puerta y esperó a que Juan le diera permiso para entrar:

–  Pasa, Vladimir. – Dijo Juan tras la puerta.

Mía abrió la puerta del despacho y, asomando la cabeza, le dijo con voz dulce:

–  Soy Mía, ¿puedo pasar?

–  Claro, pasa. – Le respondió Juan sorprendido de verla allí. – ¿Te ocurre algo? Si tienes hambre Rosario puede hacerte lo que quieras…

–  Lo siento. – Le interrumpió Mía. – Me has ofrecido tu casa, cuidas de mí, te enfrentas a mi padre por mi culpa y yo ni siquiera soy capaz de darte las gracias.

–  No busco agradecimiento, Mía. – Le aseguró Juan, ligeramente molesto.

–  ¿Y qué es lo que buscas? – Quiso saber Mía.

–  No busco nada, tan solo pretendo mantenerte a salvo hasta que todo esto termine.

–  Haces esto porque te sientes culpable. – Entendió Mía. Se levantó de la silla y añadió: – Estoy cansada, me voy a dormir.

Mía salió del despacho de Juan y se dirigió a la habitación sin pasar por la cocina para evitar encontrarse con Rosario y que la viera llorando.

En la intimidad de la habitación, Mía se puso el pijama y se metió en la cama, esperando que Juan regresara y se metiera con ella en la cama, pero Mía se durmió de madrugada y Juan no apareció.

 

Mi corazón en tus manos 17.

Mi corazón en tus manos

Después de lo que ocurrió en el baño de la habitación de Juan, Mía se había mantenido en el más absoluto de los silencios. Trataba de aclarar sus sentimientos y se recordaba una y otra vez que solo se trataba de sexo y que todo terminaría en cuanto ella regresara a su casa. Por un lado, quería regresar a su casa de inmediato para no terminar enamorándose de Juan y llorando por él; pero por otro lado, quería disfrutar de cómo se sentía cuando estaba con él, al menos mientras todo aquello durara.

“Encuentra lo que amas y deja que te mate” Charles Bukowski, pensó Mía.

Juan estaba alterado y Vladimir se dio cuenta. Además de ser su mano derecha y su guardaespaldas personal, Vladimir era su amigo y lo conocía a la perfección. Desde que la chica había entrado en su vida y en su casa, su mejor amigo estaba de mejor humor y parecía más relajado, pero desde que había salido de la redacción para buscar a Mía estaba nervioso y, cuando entró en su despacho y se lo encontró, decidió preguntar:

–  Pareces nervioso, ¿va todo bien?

–  El comandante Swan exige que vayamos a cenar a su casa, quiere que Mía se traslade a la base militar o a su casa y tengo que tratar de convencerlo de lo contrario. – Le respondió Juan malhumorado. – Ella me dice que no quiere causarme más molestias, pero sé que no dice toda la verdad. – Suspiró sonoramente y añadió resignado: – Creo que me voy a volver loco.

–  Es el efecto que causan las mujeres cuando te enamoran. – Se mofó Vladimir. Juan le fulminó con la mirada y Vladimir se puso serio, su amigo no estaba para bromas. – Si quieres un consejo, lucha por lo que quieres, pero antes asegúrate de que ella quiere lo mismo.

Dicho eso, Vladimir se dio media vuelta y salió del despacho. Juan miró su reloj y, al ver que ya eran las ocho de la tarde, decidió subir a buscar a Mía, lo último que le faltaba era llegar tarde a casa del comandante.

–  Mía, ¿estás lista? – Preguntó tras llamar a la puerta de su habitación. – Vamos a llegar tarde.

Mía abrió la puerta de la habitación y, forzando una sonrisa, le dijo a Juan:

–  Estoy lista.

Vladimir se encargó de llevarles a casa del comandante Swan y su esposa y Juan le pidió que no se alejara demasiado, temía que en cualquier momento el comandante terminaría por echarles de su casa. Una vez bajaron del coche, Juan colocó sus manos sobre la parte inferior de la espalda de Mía y le susurró al oído:

–  Todo va a salir bien.

Malena Swan salió a la puerta del rellano para recibir a su hija y su acompañante mientras su marido refunfuñaba en el salón.

–  ¡Hija! – La abrazó Malena con ternura. – ¡Un día nos vas a matar de un disgusto!

–  Mamá… – Le advirtió Mía.

–  Este chico tan apuesto debe ser Juan Cortés, ¿verdad? – Malena saludó a Juan con una de sus sonrisas encantadoras.

–  Encantada de conocerla, señora Swan. – Saludó Juan amablemente.

–  Por favor, llámame Malena. – Le dijo Malena. – Chicos, pasad. – Se volvió hacia a Mía y le dijo: – Tu padre está en el salón, tratemos de tener una velada tranquila.

Juan y Mía entraron en el salón y Robert fulminó con la mirada a ambos, no entendía nada de lo que aquellos dos pretendían ni de lo que se traían entre manos, pero tampoco quería saberlo. Lo único que le importaba a Robert era que su hija estuviera a salvo y, dado el historial que tenía en cuanto a quebrantar las normas, Robert prefería que estuviera en la base militar, donde estaría vigilada las veinticuatro horas del día y a salvo.

–  Buenas noches, comandante Swan.

–  Cortés. – Le saludó Robert con un leve gesto de cabeza.

–  Papá. – Le advirtió Mía. – Juan, siéntate donde quieras, iré a por un par de cervezas. – Se volvió hacia a su padre y le dijo: – Vamos a tu despacho, quiero hablar contigo papá.

–  Tienes la suficiente confianza con él como para instalarte en su casa pero, ¿no puedes hablar con tu padre estando él delante? – La retó Robert.

–  Me voy a quedar con Juan hasta que todo esto termine, no pienso trasladarme a la base. – Sentenció Mía sin opción a réplica.

–  ¿Tengo que reprocharte lo que pasó con Pablo Mendoza? ¿Se te ha ocurrido que todo esto podría ser obra suya? – Le espetó Robert furioso.

–  No voy a dejar de vivir, papá. No puedo esconderme cada vez que tenga miedo, prefiero arrepentirme que pasarme la vida preguntándome qué habría pasado. – Trató de que su padre la entendiera y añadió: – Quiero equivocarme y aprender de mis errores, hasta ahora se me ha dado bastante bien.

Robert echó una rápida ojeada a la cara de Juan y finalmente le dijo:

–  Al menos esta vez no te has escondido con un narcotraficante. – Se volvió hacia a Juan y añadió: – He seguido de cerca los movimientos de mi hija y no te has separado de ella excepto cuando Mía ha estado trabajando en la redacción y tú te has ido a tu oficina, pero dejando a dos hombres en la redacción custodiándola. – Miró un segundo a su hija antes de continuar: – No sé cómo lo haces y tampoco quiero saberlo, pero has conseguido que Mía cumpla las normas durante más de una semana. Si tú estás dispuesto a seguir cuidando de ella y te comprometes a mantenerme informado no tendré motivos para oponerme, siempre y cuando Mía quiera seguir refugiada en tu casa.

Juan miró a Mía y cruzó su mirada con la de ella esperando una respuesta. Vladimir le había aconsejado que antes de mover ficha se asegurara de lo que Mía quería y eso era lo que pensaba hacer.

–  Si a Juan no le importa, me gustaría quedarme en su casa. – Les confirmó Mía.

–  Le haré llegar un informe diario y le llamaré si surge algún contratiempo, Mía estará segura en mi casa, comandante Swan. – Le aseguró Juan.

–  Espero que seas tan profesional como estás haciendo creer, Cortés. – Musitó Robert.

–  ¡Papá, se acabó! – Exclamó Mía levantándose del sofá. – Será mejor que nos vayamos y ya regresaremos otro día, si es que puedes contenerte y comportarte. – Le reprochó Mía a su padre.

–  ¡Robert, no me lo puedo creer! – Le reprochó Malena a su marido al escuchar a su hija furiosa.

–  No te molestes, mamá. – Le dijo Mía besando a su madre en la mejilla. – Pásate un día por la oficina y comemos tranquilas.

–  Mía… – Empezó a decir Juan hasta que su mirada se cruzó con la de Mía. Ambos se desafiaron con la mirada y finalmente Juan le dijo con voz firme: – Si trabajamos juntos todo será más rápido y seguro, podemos discutir o podemos tratar de entendernos y llegar a un acuerdo.

–  Ahora mismo te odio. – Le dijo Mía a Juan rodando los ojos.

–  Creo que ahora estamos poco receptivos y bastante a la defensiva, pero debemos pensar en ello y volver a hablar del tema. – Sentenció Juan poniéndose en pie. – Nos mantendremos en contacto, comandante Swan. – Se volvió hacia la madre de Mía y se despidió: – Un placer conocerla, Malena.

–  Lo mismo digo, Juan. – Le dijo Malena con complicidad.

Mía salió malhumorada de casa de sus padres y Juan le dejó su espacio para que se calmara, su expresión no era nada amigable e incluso Vladimir fue consciente de ello cuando le abrió la puerta del coche para ayudarla a sentarse.

El camino de regreso a casa apenas duró veinte minutos en el que el silencio reinó.

 

Mi corazón en tus manos 16.

Mi corazón en tus manos

Mía se quedó toda la semana en casa de Juan. Vladimir la llevaba todas las mañanas al trabajo y Juan la acompañaba antes de dirigirse a su oficina. Tal y cómo Juan le había prometido al comandante Swan, puso a dos hombres de seguridad en la redacción y le ordenó a Vladimir que tuviera contacto con ellos cada hora y le tuviera informado.

El comandante Swan se marchó de nuevo para regresar con su esposa y seguir con sus vacaciones un par de días después de llegar, tras asegurarse de que Juan Cortés cumplía con su promesa y mantenía vigilada y segura a su hija pequeña. La madre de Mía y su hermana Karen la llamaban todos los días para ponerse al corriente y ambos advirtieron en su voz que Mía se estaba enamorando y que aquel hombre que cuidaba de ella lo hacía por algo más que por ser su profesión. Pero Mía no quería hablar del tema, sabía que aquella era una relación temporal que pronto acabaría. Por su parte, Juan vivía feliz con Mía a su lado. Todo el que estaba a su alrededor los últimos días había notado como el humor de Juan mejoraba día tras día. Nunca antes había sentido por nadie lo que estaba sintiendo por Mía, pero ella había dado a entender en un par de ocasiones que su relación se basaba únicamente en el sexo y prefería darle un poco de tiempo y no presionarla, quería hacer las cosas bien con Mía, no quería arriesgarse a perderla.

El viernes por la tarde, cuando Juan pasó por la redacción para recoger a Mía, supo que estaba de mal humor en cuanto la vio. Entró en su despacho y allí estaba ella discutiendo con alguien por teléfono pero, en cuanto advirtió su presencia, se apresuró a despedirse de su interlocutor y colgó.

–  ¿Va todo bien? – Preguntó Juan con prudencia.

–  No, nada va bien. – Protestó Mía molesta.

Juan se sentó frente a ella y, tras mirarla a los ojos, le dijo con firmeza:

–  Cuéntame qué te pasa.

–  He discutido con mi padre. – Confesó Mía. – Le he dicho que pienso volver a casa y se ha puesto furioso, quiere que me traslade a la base.

–  Creía que te sentías cómoda en mi casa, no sabía que te quisieras marchar. – Le dijo Juan molesto.

–  Aunque me sienta muy a gusto en tu casa, tendré que volver a la mía, ¿no crees? – Le replicó Mía molesta porque empezaba a sentir que si no se alejaba de Juan cuanto antes acabaría llorando por él, pero tampoco tenía la voluntad suficiente para alejarlo. Mía vio el gesto de disgusto en el rostro de Juan y se sintió culpable. – Lo siento, estoy pagando contigo mi mal humor.

–  Mía, no puedo dejar que regreses a tu casa, si te pasara algo no me lo perdonaría. – Le empezó a decir Juan. – ¿No quieres seguir en mi casa?

–  No es eso, no quiero molestarte y…

–  No eres ninguna molestia. – La interrumpió Juan empezando a perder la paciencia. Se levantó y se pasó la mano por la cabeza con nerviosismo. No podía dejar que Mía se marchara de su casa tan pronto, estaba seguro que si se marchaba de su casa también lo haría de su vida y no estaba dispuesto a permitirlo, al menos no tan pronto. – Si quieres quedarte en mi casa, hablaré con tu padre y lo solucionaré, ¿estás de acuerdo?

–  Juan, no quiero complicarte la vida…

–  ¡Solucionado! – Sentenció Juan. – Mañana hablaré con él.

–  Juan, hay algo más. – Le confesó Mía con cara de no haber roto un plato en su vida. – Cuando le he dicho a mi padre que no pensaba ir a la base me ha ordenado ir a cenar a casa, quiere que tú también vengas conmigo.

–  Cena en casa del comandante Swan, suena interesante. – Bromeó Juan.

–  Juan, no quiero darte más problemas, ya has hecho bastante por mí.

–  En todo caso, los problemas te los estoy dando yo. – Le recordó Juan. Se levantó y se acercó a Mía para estrecharla entre sus brazos y le susurró: – Vamos a casa, nos cambiamos de ropa y vamos a cenar con tus padres, ya verás como todo sale bien, Pitu.

–  Sigo sin entender por qué quieres meterte en la boca del lobo, pero me alegro de que estés aquí. – Le confesó Mía.

Ambos se marcharon a casa y esta vez Mía fue directamente a la habitación de Juan tras saludar a Rosario brevemente al pasar por la cocina. Mía estaba nerviosa. A Juan le extrañó la prisa que tenía Mía y decidió hacer lo mismo: saludó rápidamente a Rosario al pasar por la cocina y la siguió escaleras arriba hasta llegar a su habitación.

–  Mía, ¿va todo bien? – Le preguntó Juan al entrar en la habitación y escucharla trastear en el baño.

Mía salió del baño envuelta en una diminuta toalla que dejaba ver más de lo que escondía y, con una sonrisa traviesa en los labios, le dijo divertida:

–  Será mejor que cierres esa puerta si no quieres escandalizar al personal de tu casa.

Juan cerró la puerta de la habitación sin retirar la mirada del cuerpo de Mía y ella, consciente de cómo la miraba, dejó caer la toalla al suelo mostrando su desnudez. Juan, sin apartar los ojos de Mía, respiró profundamente y se acercó a ella despacio, deleitándose con la hermosa vista que ella le ofrecía.

–  Creía que estabas de mal humor. – Tanteó el terreno Juan mientras se acercaba a ella y le acariciaba los hombros descendiendo hasta llegar a sus manos.

–  Estoy de mal humor, por eso trato de calmarme.

Juan vaciló un instante, no le gustaba que pensara en él como en un objeto sexual, pero tampoco le quedaba voluntad para rechazar semejante propuesta. La cogió en brazos y le devoró la boca salvajemente mientras ella le desnudaba con urgencia. Mía no quería hacer el amor, quería sexo. Sabía que Juan se lo podía dar y no se equivocó. Juan entendió perfectamente qué necesitaba Mía y la complació. Le habría gustado hacerle el amor, ella era dulce y delicada, pero se movía buscando más profundidad y le rogaba que fuera más rápido y más fuerte. Cuando ambos culminaron, Mía se apartó de Juan y se metió en la ducha, pero Juan la siguió, entró con ella en la ducha, la abrazó desde atrás y la besó en la sien con ternura. A pesar de que acababan de hacer el amor más apasionadamente que nunca, Juan sentía que Mía se estaba alejando y, aunque él no quería presionarla, le estaba resultando difícil fingir que nada ocurría y evitar exigirle respuestas a todas las preguntas que tenía por hacerle.