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Mi corazón en tus manos.

Mi corazón en tus manos

Mía Swan está encaminando su vida. Tras romper la relación con su novio, se mudó al barrio de sus padres, el mismo barrio en el que había nacido y crecido, dónde tenía a sus amigos. Decidida a olvidarse de su ex, se centra en su trabajo en la revista. Su jefa la deja al frente de un nuevo proyecto de entrevistas a empresarios jóvenes y emprendedores.

El primer empresario al que tiene que entrevistar es Juan Cortés, el soltero de oro de la ciudad, aunque Mía jamás había oído hablar de él. El hecho de que Juan Cortés la haya hecho esperar más de una hora para recibirla, no hace que empiecen con buen pie, pero él intenta hacer todo lo posible para que Mía cambie su opinión sobre él.

Pero todo se complica cuando son embestidos por un par de vehículos en la carretera y sufren un accidente de tráfico. Juan se empeñará en proteger a Mía y no permitirá que nadie se lo impida, ni siquiera el padre de ella. La falta de comunicación entre ellos y la presión a la que ambos estarán sometidos, creará malos entendidos mientras alguien les acecha esperando el momento oportuno para matarles.

Si quieres leer más sobre esta historia, aquí tienes todos los capítulos:

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 24

Mi corazón en tus manos 24.

Mi corazón en tus manos

Había pasado más de un año desde que el Chavo dejó de ser un problema para Mía y todos los que estaban a su alrededor, aunque ese tema se había convertido en tabú cuando Mía estaba presente. Jorge, su padre y sus amigos habían intentado hablar con ella del tema pero ella se negaba en rotundo y, tras la mala leche que se gastaba, dejaron de insistir.

La relación entre Juan y Mía era inmejorable. Ambos continuaban viviendo en el ático dúplex de Juan junto a Rosario y Vladimir.

Olga y Álex habían sido padres de un niño precioso, Natalia y Miguel continuaban viviendo su gran historia de amor al igual que Javi con Sonia, aquella chica que había conseguido enamorar al picaflor del grupo.

La última novedad era que Noelia, la hermana de Juan, había conocido a Daniel, el único amigo de Mía que continuaba soltero, y parecía que entre ellos empezaba a haber algo más que un ligero tonteo.

Tras cenar en casa de los padres de Juan, Mía y Juan regresaron a casa. Juan llevaba varios días observando como Mía parecía estar distraída y preocupada, pero cada vez que le preguntaba ella le distraía de la forma más efectiva: con sexo. Juan empezaba a preocuparse de verdad y decidió que de aquella noche no pasaba, no iba a permitir que ella le distrajera como siempre, no iba a dejar que se saliera con la suya.

Cuando entraron en la habitación, Juan decidió coger al toro por los cuernos. Mía apenas había comido ni bebido nada esa noche y Juan sabía que había estado vomitando días atrás.

–  Cariño, vas a contarme qué te ocurre. – Le dijo Juan sin opción a réplica. – Y no intentes seducirme que ya no te va a salir bien esa estrategia.

Mía le miró con resignación y le dijo con un hilo de voz:

–  De acuerdo, pero será mejor que te sientes. – Juan se sentó a los pies de la cama y miró a Mía fijamente a los ojos esperando una respuesta. – ¿Te acuerdas que hace unos días estuve pachuchilla? – Juan asintió y Mía continuó: – Pues fui al médico y le dije lo que me pasaba.

–  Lo sé, me dijiste que te habías intoxicado al comer algo en mal estado cuando fuiste a la hamburguesería con Natalia el otro día. – La interrumpió Juan.

–  Sí, eso fue lo que te dije, pero te mentí. – Le dijo Mía.

–  Explícame eso algo mejor para que yo pueda entenderte. – Le ordenó Juan con el ceño fruncido.

–  Es cierto que fui al médico pero, cuando le dije lo que me pasaba, me dijo que cabía la posibilidad de que estuviera embarazada. – Le dijo Mía incapaz de mirarle a los ojos y añadió atropelladamente. – Le dije que no podía ser, que utilizo la píldora anticonceptiva pero entonces recordó que el mes pasado me mandó tomar antibióticos por el resfriado que cogí y, según parece, los antibióticos anulan el efecto de las píldoras anticonceptivas.

–  ¿Estás embarazada? – Le preguntó Juan acercándose a ella despacio y con los ojos muy abiertos.

–  No lo sé. – Le confesó Mía. – Hace unos días compré un test de embarazo pero no he sido capaz de usarlo, tengo miedo.

–  ¿De qué tienes miedo, Pitu? – Le preguntó Juan con una dulce sonrisa que sorprendió a Mía.

–  Si me hago el test y da positivo… ¿Qué pasa si estoy embarazada?

–  Si estás embarazada, me harás el hombre más feliz del mundo.- Le dijo Juan sonriendo de oreja a oreja mientras la estrechaba entre sus brazos. – Vamos al baño, quiero saberlo ya. No sé cómo has podido aguantar esta incertidumbre durante tantos días.

–  Espérame aquí, ahora mismo vuelvo. – Le dijo Mía más tranquila.

Juan la detuvo para besarla en los labios antes de que entrara en el baño. Tres minutos después, Mía salía del baño con el test de embarazo en la mano y mirando la pantalla, esperando a que saliera el resultado.

–  ¿Ha salido algo? – Preguntó Juan impaciente.

–  Aún no. – Le dijo Mía nerviosa. – Si sale un palito no estoy embarazada, si salen dos… – Mía no pudo terminar la frase cuando vio que en la pequeña pantalla del test de embarazo aparecían dos palitos. – Me estoy mareando, Juan. – Le advirtió Mía blanca como la leche.

Juan la cogió en brazos y la llevó a la cama donde la tumbó con sumo cuidado sin poder dejar de sonreír, estaba feliz por aquella inesperada noticia.

–  Sinceramente, no sé qué te hace tanta gracia. – Le reprochó Mía que apenas era capaz de asimilar aquella noticia. – Si antes tenía miedo, ahora estoy aterrada.

–  Serás una mamá perfecta y muy sexy. – Le dijo Juan tratando de animarla. Se tumbó a su lado en la cama y añadió mientras le acariciaba el vientre: – Voy a cuidar de ti y de nuestro bebé, no tienes que tener miedo absolutamente de nada. Como te dije una vez, tienes mi corazón en tus manos.

Juan la besó en los labios, la estrechó contra su cuerpo y Mía se sintió segura entre sus brazos, así era como siempre la hacía sentir Juan. Él era todo lo que ella había soñado y ahora su felicidad sería mayor con la llegada de un inesperado bebé que a ambos les cogió por sorpresa pero al que ambos iban a amar más que a sus propias vidas.

 

FIN

 

Mi corazón en tus manos 23.

Mi corazón en tus manos

Mía se dio una ducha y regresó al salón casi una hora más tarde, a pesar de haber dicho que tardaría unos veinte minutos. En el salón se encontró con Vladimir y Jorge que le informaron que el comandante Swan y Juan estaban reunidos en el despacho.

–  ¿Han vuelto a discutir? – Le preguntó Mía a Jorge.

–  No. – Le informó Jorge y añadió bromeando: – Creo que tu padre se ha dado cuenta de lo furioso que está Juan y ha decidido dejar la discusión para otro momento.

–  No tiene gracia, Jorge. – Le regañó Mía.

–  No te preocupes, no pasa nada. – La tranquilizó Vladimir que de repente parecía haberse convertido en su amigo cuando antes apenas ni le hablaba. – El comandante Swan y Juan querían ver las imágenes de las cámaras de video vigilancia, regresarán de un momento a otro.

–  Me temo que te van a pedir muchas explicaciones, Pitu. – Le dijo con sorna Jorge. – Tres disparos y tres balas entre ceja y ceja, tu padre no está para nada contento.

–  No me toques las narices, Jorge. – Le espetó furiosa.

–  ¡Joder, los has ejecutado! ¿Sabes a cuántas agencias internacionales vamos a tener que dar explicaciones por tu insensatez? – Le replicó Jorge.

–  ¿Insensatez? – Espetó Mía furiosa. – Ese tipo y sus hombres han matado a Pablo y han intentado matarme a mí por segunda vez, eran ellos o yo.

–  Ese era nuestro trabajo, no el tuyo. – Le reprochó Jorge molesto.

–  En ese caso, deberías agradecerme que haya hecho el trabajo por ti. – Le contestó Mía furiosa y, aunque se arrepintió de lo que dijo en ese mismo instante, estaba demasiado furiosa como para disculparse.

–  ¿Se puede saber qué está pasando aquí? – Vociferó Robert entrando en el salón al escuchar los gritos de su hija y Jorge. – ¿Es que no habéis tenido bastante con lo que ha pasado? – Mía y Jorge se mantuvieron en silencio y Robert se volvió hacia a su hija y le dijo mientras se acercaba a ella y la abrazaba: – Pitu, me alegro que estés bien pero…

–  Papá, no empieces tú también. – Le advirtió Mía.

–  De acuerdo, ya hablaremos de ello en otro momento. – Accedió Robert. – ¿Qué quieres hacer? ¿Vas a regresar a casa?

–  Sí, quiero regresar a mi casa y cuanto antes. – Le dio un beso en la mejilla a su padre y se volvió a mirar a Juan. Cuando su mirada se cruzó con la de él, le preguntó: – ¿Puedes acompañarme un minuto?

Juan asintió y la acompañó hasta la habitación donde habían compartido la cama y otras muchas cosas. Mía cerró la puerta de la habitación en cuanto entraron y, sin ser capaz de mirarle a los ojos, le dijo a Juan con un hilo de voz:

–  Supongo que tenemos que hablar, ¿no?

–  Supones bien. – Le confirmó Juan. – Siento no haber estado contigo cuando ha ocurrido todo esto, no debí marcharme. – La agarró por la cintura y le dijo con ternura: – Sé que estás cansada y quieres marcharte a casa, pero me gustaría que te quedaras un rato más y así podremos irnos juntos. Tengo que esperar a que llegue el equipo de limpieza para firmar unos papeles y podremos marcharnos, Vladimir nos llevará a casa.

–  ¿Por qué haces todo esto, Juan? – Le preguntó Mía sin entender por qué se empeñaba en cuidar de ella, pero sin reprocharle nada, más bien todo lo contrario.

–  ¿Es que aún no te ha quedado claro? – Bromeó Juan. La besó en los labios y, tras dedicarle una amplia sonrisa, añadió: – Creo que es obvio, cariño. Tienes mi corazón en tus manos.

Juan no esperó a obtener respuesta, la besó en los labios apasionadamente y la estrechó entre sus brazos. En cuanto llegó a la casa del lago y vio que había un coche aparcado y oculto entre los árboles cercanos, supo que algo no iba bien y el corazón le dio un vuelco al pensar que algo le había podido ocurrir a Mía. Por primera vez en su vida Juan se había dado cuenta del significado de la palabra amor.

Un par de horas más tarde, Vladimir, Juan y Mía entraban en el ático dúplex de Juan completamente agotados. Rosario trató de convencerlos para que cenaran algo antes de irse a dormir, pero ninguno de ellos tenía suficiente apetito. A solas en la habitación, Juan se acercó a Mía y, tras besarla en los labios, le preguntó con dulzura:

–  ¿Estás bien, cariño?

–  Estoy hambrienta. – Le contestó Mía sonriendo.

–  Pero si le acabas de decir a Rosario que no tienes hambre. – Comentó Juan confundido.

–  No me refiero a esa clase de hambre. – Le contestó Mía sonriendo con picardía.

–  Mm… Y, ¿a qué clase de hambre te refieres? – Preguntó Juan sonriendo, captando rápidamente lo que Mía le estaba pidiendo.

–  A esa clase de hambre que solo tú sabes saciar.

–  Cariño, no me mires así… – Le advirtió Juan con la voz ronca por la excitación.

Ambos se deseaban tanto que sus ropas no tardaron en caer al suelo. Como cada vez que hacían el amor, primero Juan deleitó a Mía con miles de besos y caricias por todo el cuerpo para después hacerla llegar al orgasmo mientras succionaba su clítoris con los labios y lo presionaba con su lengua. No dejó que Mía se recuperara de aquel orgasmo cuando la penetró de una sola embestida haciendo que el cuerpo de ella volviera a sacudirse de placer y, embestida tras embestida, ambos alcanzaron juntos el mayor orgasmo que nunca antes habían sentido.

A pesar de que Mía quería regresar a su casa, Juan logró convencerla para que se instalara con él en el ático y, tras su perseverancia, Mía terminó aceptando.

Aquellos primeros días fueron bastante caóticos. Todos querían ver a Mía y Juan la animó a que invitara a sus amigos al ático.

–  No quiero abusar de tu confianza, me estoy empezando a sentir como una invasora. – Le dijo Mía algo avergonzada. – Y tampoco quiero darle trabajo a Rosario, me cae bien y no quiero que piense que soy una bruja.

Justo en ese momento, Rosario entraba en el salón y la escuchó.

–  ¡Pero bueno, me enfadaré si dejas de invitar a tus amigos por no darme más trabajo! – Le dijo Rosario con cariño. – Entre lo que me ayudas con las tareas y el poco trabajo que me das, al final Juan me echará.

–  Eso no creo que ocurra nunca pero, si alguna vez ocurre, quiero que sepas que yo te abriré las puertas de mi casa encantada. – Le dijo Mía con decisión.

–  Ahora eres la señora de la casa. – Se mofó Juan. – Puedes y debes tomar decisiones respecto a nuestra casa.

–  ¿La estás incitando para que me eche? – Dijo Rosario fingiendo estar molesta mientras Juan y Mía reían a carcajadas. – Desde luego, ¡no tenéis remedio!

Rosario disfrutaba viendo como en pocos días su Juan, al que quería como a un hijo, era tan feliz junto a aquella muchacha alegre, humilde y valiente.

Vladimir también había caído rendido a los pies de Mía y siempre se mostraba atento y amable con ella, tanto que incluso Juan a veces bromeaba preguntando si debería preocuparse por la complicidad de aquellos dos.

Y lo mismo ocurrió con la familia de Juan, en cuanto lo vieron tan feliz abrazando a Mía con amor y posesión, supieron que ella era la chica predestinada para su hijo mayor. A Miguel ya se lo había ganado el primer día que la conoció, pero sus lazos se reforzaron debido a la incipiente relación que tenía con Natalia, una de las mejores amigas de Mía. También conoció a Noelia, la hermana pequeña de Juan y Miguel y, tras descubrir que tenían un montón de gustos en común, rápidamente se hicieron amigas.

Juan también se había ganado a la familia de Mía, incluso terminó ganándose al comandante Swan, que se mostraba orgulloso del novio de su hija ante cualquiera. Iris y Aina, las sobrinas de Mía, le adoraban y le llamaban “tito Juan”, algo que a Mía le encantaba, aunque jamás lo hubiera dicho un par de meses atrás.

 

Mi corazón en tus manos 22.

Mi corazón en tus manos

A pesar de que los días pasaban y que la relación entre Mía y Juan iba cada día mejor, ninguno de los dos quiso sacar el tema ni ponerle un nombre a esa relación. Juan no quería presionar a Mía, sabía que no estaba pasando por un buen momento, el mismo tipo que había matado a su ex novio también quería matarla a ella. Mía tampoco quiso sacar el tema a relucir, pese a que Juan actuaba como si de su pareja se tratara, no entendía por qué no decía nada y prefirió aplazar todo lo posible aquella conversación por temor a que sus ilusiones se desvanecieran, quería disfrutar de aquello durante todo el tiempo posible y, cuando se acabara, tendría que asumirlo y regresar con su vida.

Mía y Juan continuaban trabajando a distancia con sus ordenadores portátiles, pero Juan debía asistir a una reunión urgente que requería su presencia y tuvo que decírselo a Mía:

–  Me iré mañana por la mañana y regresaré justo a tiempo para cenar contigo, te prometo que estaré aquí antes de las nueve.

–  No te preocupes, estaré bien. – Le tranquilizó Mía.

A la mañana siguiente, Juan se marchó con uno de los agentes de su empresa ya que prefirió que Vladimir se quedase para proteger a Mía junto a Jorge y los otros tres agentes.

El día transcurrió con normalidad y, sobre las siete de la tarde, Mía decidió darse una ducha y arreglarse para la cena con Juan, las noches se habían convertido en noches de pasión, lujuria y desenfreno. Estaba terminando de vestirse cuando oyó unos golpes en la planta baja de la casa. Asustada por lo que pudiera ocurrir, cogió la pistola que ocultaba entre sus cosas y se dispuso a bajar las escaleras. Apenas entró en el salón tuvo que refugiarse detrás de uno de los sofás, cinco tipos con pasamontañas y armados hasta los dientes disparaban contra los agentes de Juan, Vladimir y Jorge comenzaron a disparar para abatirles y ella estaba en mitad de ese fuego cruzado. Tras verificar que ninguno de los hombres que había en el salón se había percatado de su presencia, decidió participar en aquel tiroteo. Sin pensarlo dos veces, Mía salió de su escondite y rápidamente disparó a dos de los cinco hombres que allí se encontraban, pero ninguno de aquellos dos hombres era la persona que ella quería disparar, aunque acertó en el blanco y eso les dio ventaja. Jorge aprovechó ese momento para disparar a otros dos hombres, pero quedaba vivo un quinto que era al que precisamente Mía quería matar. Se asomó por detrás del sofá y vio como “El Chavo”, cómo le apodaban, tenía a Vladimir cogido por la espalda y le encañonaba su pistola en la cabeza al mismo tiempo que lo utilizaba de escudo. El Chavo miraba hacia a todas partes buscando a los que le disparaban y Mía aprovechó un momento en el que estaba de espaldas a ella para llamar la atención de Vladimir. Cuando lo logró, le enseñó tres dedos de una mano y después con un gesto seco la bajó de golpe, haciéndole entender que a la de tres se agachara. Vladimir lo entendió y asintió con disimulo, Mía sacó un dedo, luego dos y después tres. Vladimir se agachó y, acto seguido, Mía disparó. Acertó en el blanco y, cuando Jorge vio la furia que su mirada desprendía, optó por acercarse a ella y quitarle la pistola con cuidado, había visto antes esa mirada.

–  Gracias. – Le agradeció Vladimir sorprendido, mientras alternaba su mirada de los ojos de Mía al agujero de bala que el Chavo tenía en la frente.

Mía desvió su mirada del cadáver del Chavo para mirar a Vladimir y asentir levemente con un gesto de cabeza para dos segundos después volver a mirar aquel cadáver.

–  Pitu, le has ejecutado y podrías… – Empezó a decir Jorge.

–  ¿Podría haberle dejado vivo para que volviera a intentar matarme? – Le interrumpió Mía. – Debí hacerlo la primera vez y no me dejasteis. – Le reprochó. Entonces vio que uno de los hombres de Juan estaba herido, le había alcanzado una bala en el hombro izquierdo. Se acercó a él y, presionando la herida con sus manos para tratar de parar la hemorragia, le ordenó a Jorge y Vladimir: – Rápido, traedme unas toallas limpias, un cuchillo de filo liso esterilizado y, si encontráis un puñetero botiquín de primeros auxilios, tampoco me vendría mal.

Vladimir se encargó de reunir todo lo que Mía le pidió, pero trajo el cuchillo sin esterilizar.

–  Voy a poner agua a hervir, espero que con eso sea suficiente al menos para sacar la bala y parar la hemorragia hasta que lleguemos al hospital. – Les dijo Mía. – Presionad la herida con fuerza, le dolerá un poco pero no queremos que se muera desangrado.

Vladimir asintió y obedeció rápidamente mientras que Jorge y los otros dos hombres lo cogían en brazos y lo tumbaban sobre la mesa del comedor, desnudándole de cintura para arriba.

Mía se dirigió hacia a la cocina y, justo cuando iba a entrar, escuchó unos pasos dirigiéndose hacia a donde ella estaba. Contuvo la respiración, se hizo a un lado de la puerta y, cuando se abrió y apareció una silueta, ella le puso el cuchillo en el cuello, pero rápidamente se dio cuenta que se trataba de Juan y lo bajó de inmediato.

–  ¡Joder, qué susto me has dado! – Le dijo recobrando la respiración.

Juan la miró de arriba a abajo y, al ver las manos de Mía totalmente ensangrentadas, le dijo con un hilo de voz y asustado como nunca antes lo había estado:

–  Tienes sangre en las manos, ¿qué coño ha pasado? ¿Estás bien?

–  Sí, estoy bien. La sangre no es mía, pero necesito esterilizar el cuchillo. – Le dijo Mía.

–  Espera, espera. – La retuvo Juan. – ¿Es que no vas a explicarme qué ha pasado?

–  Ahora no, ves al salón. – Le ordenó Mía mientras trasteaba en la cocina.

Juan, tras volver a mirar a Mía de arriba a abajo para comprobar que estaba bien, se dirigió al salón donde se encontró con uno de sus agentes herido. Vladimir rápidamente le puso al corriente, no le hizo falta hacer ninguna pregunta:

–  Entraron en la casa y apenas nos dio tiempo a defendernos. Jerry está herido, Mía va a intentar sacarle la bala para evitar infecciones, pero dice que acto seguido debemos llevarle a un hospital si no queremos que se desangre.

–  ¿No habéis podido reducirlos sin necesidad de matarlos? – Preguntó al ver que tres de ellos tenían una bala entre ceja y ceja. Vladimir, Jorge y los dos agentes de Juan se miraron entre ellos pero ninguno dijo nada. – ¿Qué ha pasado? La casa está llena de cámaras de vigilancia, si no me lo decís vosotros lo veré en los vídeos del sistema de seguridad.

–  Mía se estaba duchando cuando ellos entraron, cuando bajó al salón ya habían empezado los tiros. A esos dos los mató primero y a este le mató y me salvó la vida. – Le dijo Vladimir. – Supongo que el comandante Swan ha debido de enseñar a su hija a defenderse.

–  ¿Mía ha…? – Juan no fue capaz de terminar la frase. Echó un vistazo a su alrededor sin poder creerse que parte de aquella estampa fuera obra de Mía.

–  Será mejor que no le preguntes nada, no está muy sociable. – Le advirtió Jorge.

–  No me lo puedo creer. – Fue lo único que pudo decir Juan.

Mía regresó al salón con el cuchillo en la mano y con un gesto les pidió que se apartaran para acercarse a Jerry, el agente herido. Le miró a los ojos y le dijo:

–  Esto te va a doler. Voy a quitarte la bala mientras tus compañeros te sujetan para que no te muevas y, una vez que te hayamos quitado la bala, desinfectaremos la herida y le pondré un apósito. Tendremos que presionar constantemente para cortar la hemorragia y evitar que te desangres antes de llegar al hospital. Te aseguro que te vas a poner bien, pero primero debes pasar por esto.

–  No eres muy buena dando ánimos. – Bromeó Jerry.

–  Tan solo pretendo ser realista, a mí me gustaría que me hablaran claro en una situación así.

Jerry asintió para que Mía hiciera lo que tuviera que hacer. Con cuidado, sacó la bala con la ayuda del cuchillo mientras dos agentes de Juan sujetaban con fuerza a Jerry que maldecía mientras trataba de soportar el dolor que aquello le causó.

–  Bien Jerry, ya tenemos la bala. – Le animó Vladimir.

Tras curarle la herida, dos agentes de Juan llevaron a Jerry al hospital y Mía aprovechó la ocasión para huir del salón y pensar un rato a solas:

–  Necesito una ducha, vuelvo en veinte minutos.

Ni siquiera miró a Juan y él se molestó. Estaba preocupado y quería abrazarla, pero ella ni siquiera le había permitido acercarse. Se mostraba fría e indiferente, pero sabía que esa era su forma de enfrentarse a los problemas, había aprendido muchas cosas sobre Mía durante aquellas semanas conviviendo juntos. Jorge pareció leerle el pensamiento a Juan y, acercándose a él para que nadie más le escuchara, le dijo:

–  Mía está bien, no te preocupes.

 

 

 

Mi corazón en tus manos 21.

Mi corazón en tus manos

Juan sabía que no podía volver a presionar a Mía como lo había hecho la noche anterior, pero no podía dejar de observar cómo ella parecía estar en otro mundo y estaba empezando a preocuparse. Por suerte, Jorge se le adelantó y le dijo a Mía sacándola de su ensimismamiento:

–  Mía, baja de nuevo a la tierra, creo que estás empezando a asustar a Juan.

–  ¿Eh? – Preguntó Mía aturdida. Al ver cómo ambos la miraban y tras cruzar su mirada con la de Vladimir por el retrovisor del coche, añadió: – Lo siento, mi cerebro está colapsado.

–  ¿Estás bien? Lo de Pablo…

–  Estoy bien. – Le interrumpió Mía no queriendo hablar de Pablo y mucho menos con Juan allí presente.

–  Ya casi hemos llegado y podrás descansar. – Le dijo Juan.

Llegaron a la casa del lago de Juan y, tras instalarse cada uno en una habitación, Mía decidió echarse una siesta aunque no tuviera sueño, quería estar a solas para poder pensar con claridad. Pasadas un par de horas, cuando Mía consiguió poner sus ideas en orden y comportarse como una persona normal, bajó las escaleras para dirigirse al salón pero cuando fue a abrir la puerta escuchó a Juan y Jorge hablar:

–  No te preocupes, Mía está bien, pero necesita algo de tiempo para asimilar lo que ha ocurrido. – Le decía Jorge a Juan.

–  Quiero ayudarla y que se sienta mejor, pero no quiero que se sienta presionada, no sé qué hacer. – Le contestó Juan. – Mía se fue de mi casa porque la noche anterior discutimos. Creía que necesitaba espacio y, tras pasar toda la noche en el despacho pensando qué podía hacer para disculparme, por la mañana decidí darle una sorpresa. La dejé durmiendo en mi habitación y me fui para prepararle la sorpresa. Me pasé el día organizando una pequeña escapada a un manantial de aguas termales, un retiro de fin de semana. Tuve que mover cielo y tierra para conseguirlo con tan poco tiempo de antelación y, cuando llegué a casa y me proponía a darle la noticia, Rosario me dijo que se había marchado. El resto de la historia supongo que ya la sabrás.

–  No sé qué le habrá dicho Mía a su padre, pero creo que deberías tenerlo en cuenta ya que el comandante ha bajado su tono contigo y no ha puesto ningún impedimento en que seas tú quien se ocupe de la seguridad de su hija pequeña que, por si no lo habías, es la niña de sus ojos. – Le animó Jorge. – Ten un poco de paciencia, ella hablará contigo cuando esté preparada y tenga claro lo que quiere decir.

Mía escuchaba detrás de la puerta y al oír las palabras de Juan sintió como parte de la carga que llevaba en sus hombros se hacía más ligera. Juan se preocupaba realmente por ella y ella se había dado cuenta que no quería apartarse de él. Abrió la puerta y entró en el salón. Ambos hombres se levantaron del sofá para recibirla y Jorge, tan solo con la mirada, se entendió con Mía.

–  Prepararé algo de cenar, debes de estar hambrienta. – Le dijo Jorge besándola en la mejilla antes de marcharse a la cocina y dejarles a solas.

–  ¿Has podido dormir un poco? – Le preguntó Juan.

–  No, pero he descansado. – Le contestó Mía acercándose a él y sentándose en el sofá. Esperó a que Juan se sentara a su lado y añadió: – Gracias por todo lo que haces.

–  No tienes que darme las gracias por nada, además, lo hago encantado.

Mía le sonrió con dulzura y le abrazó, necesitaba sentirse entre los brazos de Juan y él no dudó en darle lo que demandaba. Tras permanecer unos minutos en silencio, Mía le dijo:

–  No sé cómo lo haces, pero cuando estoy contigo me siento bien, segura y a salvo.

–  Podemos pasarnos el día así, si es lo que quieres. – Bromeó Juan.

Permanecieron un buen rato abrazados en el sofá, hasta que Jorge les informó que la cena ya estaba servida y los cuatro cenaron en la cocina.

Una vez cenaron, Jorge se ofreció para encargarse de la vigilancia del turno de noche y Vladimir se ofreció a acompañarlo hasta que los cuatro hombres de la agencia de Juan que estaban de camino llegaran y se ocuparan de la vigilancia. Juan acompañó a Mía hasta la puerta de su habitación, donde la besó en la frente con ternura y le dijo:

–  Estaré en la habitación de al lado, llámame si necesitas cualquier cosa. – Le dedicó una leve sonrisa y añadió: – Intenta dormir un poco, necesitas descansar.

–  Juan… – Empezó a decir Mía pero no acabó la frase.

–  Dime, ¿qué ocurre?

–  Sé que no tengo derecho a pedirte nada pero, ¿te importaría quedarte conmigo esta noche? – Le preguntó Mía tímidamente. – No quiero estar sola.

–  No vas a estar sola, ven a mi habitación. – Le dijo Juan con dulzura. Entraron en la habitación y Juan rápidamente sacó un pijama de uno de los cajones de la cómoda y se lo entregó a Mía: – Con esto no pasarás frío, puedes cambiarte en el baño.

–  Gracias, pero no puedo dormir con tanta ropa. – Le dijo Mía dejando el pijama sobre una butaca. Se acercó a él y le dijo en un susurro: – Prefiero que me prestes una camiseta vieja.

Juan tuvo que tomar aire despacio, ya iba a ser bastante difícil dormir con Mía y contener sus ganas de devorarla, pero si ella se metía en la cama tan solo vestida con una de sus viejas camisetas, lo sería mucho más. Aún y así, Juan trató de calmar su instinto y comportarse como un caballero. Pero todas sus fuerzas se vieron derrotadas cuando, al entregarle una de sus viejas camisetas, vio que Mía se había quitados las botas y se estaba empezando a desnudar.

–  Eh…, toma la camiseta. – Balbuceó Juan mirando hacia a otro lado.

–  ¿Ocurre algo? – Preguntó Mía con falsa inocencia. Sabía que Juan era apasionado y sabía que ella lo atraía, por lo que optó por sacar todo su arsenal para seducirlo.

–  No, nada. – Le contestó Juan dándole la espalda para no seguir viendo cómo Mía seguía desnudándose mientras él se afanaba en quitarse la ropa y ponerse un pantalón para dormir.

Tan solo con aquella camiseta puesta, Mía se subió a la cama y se colocó detrás de la espalda de Juan, que estaba sentado al filo de la cama conectando su teléfono móvil al cargador. Colocó sus finas manos sobre los robustos y fuertes hombros de Juan y, tras comprobar la tensión que acumulaba, le susurró al oído:

–  Estás muy tenso, relájate.

–  Como si fuera tan fácil. – Farfulló Juan.

Mía continuaba masajeando su espalda, subió de nuevo hacia sus hombros y volvió a descender pero esta vez lo hizo por los musculosos pectorales de Juan y, cuando llegó a la parte inferior del abdomen, él la agarró de las manos y la detuvo.

–  Mía, necesitas descansar. – Le dijo Juan con la voz ronca pero con firmeza. La metió con él en la cama y, tras taparse con las mantas y abrazarla para que durmiera entre sus brazos, la besó dulcemente en los labios y le susurró al oído: – Duérmete, Pitu. Te prometo que no me moveré de aquí.

Mía no quiso insistir, sabía que él estaba tan excitado como ella, su erección lo delataba, pero aún y así había rechazado una noche de sexo por una noche en la que solo dormirían abrazados y eso a Mía le hizo darse cuenta de muchas cosas.

Cuando Mía se despertó, abrió los ojos y comprobó que Juan había cumplido su promesa: no se había movido de allí en toda la noche.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó Juan besándola en la frente. – ¿Has dormido bien?

–  Sí, pero no sería sincera si no te dijera que podría haber dormido mejor. – Le contestó Mía con una sonrisa pícara en los labios. – ¿Qué tal has dormido tú?

–  Te aseguro que yo también podría haber dormido mejor, preciosa.

Mía supo que Juan ya no sería capaz de volver a resistirse y, tras sonreír como si fuera una niña traviesa, lo besó en los labios y le susurró:

–  Quiero que me hagas el amor.

A Juan le gustó la seguridad de aquella petición y lo que conllevaba. No le había pedido sexo, le había pedido que le hiciera el amor y eso era justo lo que él más deseaba. Juan adoró, acarició y besó cada recoveco de su piel, le regaló dos orgasmos antes de penetrarla y un tercero en el que Juan la acompañó.

Durante más de dos semanas, Mía y Juan permanecieron en la casa del lago junto a Vladimir, Jorge y cuatro de los agentes de seguridad de la empresa de Juan. Durante aquellos días, todos fueron testigos de la improvisada luna de miel que Mía y Juan vivían a pesar de las circunstancias.

Robert hablaba con su hija todos los días y también pudo comprobar la alegría en la voz de su ojito derecho aunque Jorge también se lo hacía saber cada día que llamaba.