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Déjame sin aliento 14.

kh.g,j

Tal y cómo le había prometido a Lucas, Carolina accedió a pasar el fin de semana con él. Tras asistir a la reunión de los viernes con Fernando y Moisés Luján, Lucas y Carolina se subieron al coche, dispuestos a pasar el fin de semana juntos y a solas. Lucas había alquilado una pequeña casa rural en La Vall d’Haràn, en la provincia de Lleida. A pesar de que estaban en primavera, los picos de las montañas estaban nevados y contrastaban con el marrón oscuro de las montañas y el verde vivo del valle. El cielo azul sin rastro de nubes concluía aquel paisaje de postal.

Lucas aparcó frente a la casa y Carolina se quedó maravillada. Se trataba de una de esas casas rurales hechas de piedra y madera, tipo masía, con un pequeño porche techado donde se encontraba la entrada principal. Lucas sacó el equipaje del maletero del coche y ambos cruzaron el cuidado jardín repleto de rosas blancas, amarillas, rosas y rojas y entraron en la casa. La casa era de una planta tipo loft. Un amplio espacio recogía la cocina, el comedor y el salón, donde se encontraba la chimenea frente al sofá, y justo en el lado opuesto, se situaba el dormitorio. El baño era la única estancia que tenía cuatro paredes y una puerta y era casi tan grande como la estancia abierta del dormitorio. Junto al jacuzzi había un ventanal desde el cual se contemplaba el valle y las montañas con los picos nevados.

–  Di algo, no has abierto la boca desde que hemos llegado. – Le dijo Lucas con impaciencia. – ¿Te gusta la casa? ¿Y qué me dices del paisaje?

–  Me encanta. – Le confesó Carolina. – El paisaje es increíble y la casa es perfecta, casi tanto como la compañía.

Lucas sonrió y la abrazó, le encantaba sentirla entre sus brazos, se había acostumbrado a ella y echaba de menos continuamente su contacto.

–  Cariño, este fin de semana estoy a tu entera disposición, tú decidirás qué haremos. – Le dijo Lucas y, tras besarla en los labios, añadió bromeando: – Si tuviera que decidir yo, estoy seguro que no saldríamos de la cama, o del jacuzzi.

Tras deshacer las maletas e instalarse en la casa, decidieron ir al pueblo y comer en uno de los restaurantes. Por la tarde pasearon por las rústicas calles del pueblo e hicieron algunas compras para la casa y para ellos.

Regresaron a la casa y juntos prepararon la cena. A Lucas le encantaba sentirse tan cómodo conviviendo con Carolina, con ella todo resultaba de lo más sencillo. Sin embargo, a ella aquella comodidad le daba miedo. Carolina cada día estaba más segura de que Lucas le partiría el corazón, pero cada vez estaba más convencida de querer vivir aquella historia de amor, aunque el amor solo lo sintiera ella.

El sábado fueron a pasear a caballo por el valle, disfrutando del hermoso paisaje y del maravilloso día que les ofrecía la primavera. Colocaron una manta sobre la hierba bajo la sombra de un árbol, donde se acomodaron para comer el picnic que habían preparado y reponer energía.

–  Ven aquí, preciosa. – Le susurró Lucas al mismo tiempo que tiraba de ella hasta colocarla entre sus piernas, acunándola entre los brazos mientras la abrazaba desde la espalda. – Nos hemos merecido un descanso.

Carolina se dejó abrazar y se excitó imaginando que Lucas le haría el amor allí, en aquel precioso valle de postal en el que cualquiera podría pasar por allí y pillarlos infraganti. Pero, para su sorpresa, Lucas no intentó nada. Tan solo la acunó entre sus brazos y disfrutó del placer de sentirla junto a él mientras aspiraba su dulce aroma.

–  Estás tensa, ¿qué pasa? – Intuyó Lucas.

–  Nada, estoy bien. – Le respondió Carolina sin demasiada convicción.

–  Carolina, dime qué te está pasando por la cabeza. – Le impuso Lucas.

–  ¿La verdad?

–  La verdad. – Le confirmó él.

–  Se me había pasado por la cabeza que, estando en este lugar tan maravilloso, los dos solos… En fin, ya me entiendes.

Y Lucas entendió perfectamente, tanto que su entrepierna creció considerablemente de tamaño y Carolina sintió su erección donde la espalda pierde su nombre.

–  ¿Aquí? – Preguntó Lucas sorprendido cuando pudo reaccionar. – Cualquiera que pase por aquí puede vernos, el camino está a tres metros de nosotros. – Carolina le sonrío maliciosamente y él añadió aún más sorprendido: – Así que te va el riesgo… Cariño, vas a crear un monstruo.

Con un rápido movimiento, Lucas la tumbó sobre la manta y se abalanzó sobre ella para devorarle los labios con urgente necesidad. Hicieron el amor sin importarles nada de lo que pudiera ocurrir a su alrededor, dedicándose besos y caricias de placer el uno al otro.

Cuando regresaron a la casa ya había oscurecido. Lucas la cogió en brazos y la llevó directamente al baño, donde la desnudó lentamente mientras continuaba propiciándole besos y caricias, incapaz de contener sus ganas de sentir su suave y delicada piel.

–  Eres tan tentadora… – Susurró Lucas.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi, desde donde se veía brillar las estrellas a través del ventanal y donde volvieron a hacer el amor.

Ambos disfrutaron de un romántico fin de semana en el que solo se dedicaron a ellos. Hablaron sobre sus familias, sobre Lorena y Jordi, sobre sus gustos y cientos de cosas más. Ambos aprovecharon al máximo aquel fin de semana para aprender más cosas del otro, dejando a un lado el proyecto y cualquier otra interrupción a las que eran sometidos constantemente.

El domingo después de comer decidieron empezar con el camino de regreso a la ciudad. Lucas llevó a Carolina a su casa y cargó con su maleta hasta la misma puerta del apartamento, donde ambos se despidieron, pues habían quedado para cenar con sus respectivos padres, a los que apenas veían desde que se embarcaron en el proyecto y estalló su intensa atracción.

–  Te llamaré para darte las buenas noches, a menos que prefieras que venga a dártelas personalmente.

–  Lorena no duerme aquí esta noche. – Le dijo Carolina sonriendo con picardía.

–  Te veo después de cenar, cariño. – Sentenció Lucas besándola en los labios apasionadamente. – Ten cuidado con el coche de camino a casa de tus padres y cuando regreses, quiero encontrarte entera cuando vuelva.

Ambos se despidieron y Carolina se apresuró en deshacer su maleta y darse una ducha antes de dirigirse a casa de sus padres, que la esperaban para cenar junto a sus hermanos y sus sobrinos.

–  ¿Qué tal el fin de semana, hermanita? – Le preguntó Pablo divertido. – ¿Te lo has estado pasando bien?

–  Demasiado bien, Pablo. – Le confesó Carol. – He sido una idiota pensando que podría controlar la situación, se me ha escapado totalmente de las manos. Tan solo quedan dos semanas para presentar el proyecto y la historia acabará, dejándome totalmente destrozada. Incluso pensé en poner tierra de por medio cuando regresamos de Múnich, pero ni siquiera he tenido voluntad para eso, así que he decidido dejarme llevar hasta estamparme contra una pared de hormigón.

–  ¿Estás segura que la historia acabará cuando se acabe el proyecto? – Le preguntó Pablo dudando de que eso fuera a pasar. – Lucas le dijo a Paula que era tu novio, asistió al cumpleaños de Paula con toda la familia y parecía estar encantado de estar allí y, por cómo he visto que te mira y está pendiente de ti, se nota que le gustas y mucho.

–  Tita Carol, ¿hoy no viene tu novio? – Los interrumpió Paula. – ¡Yo quiero ver a Lucas!

–  Princesa, Lucas está con su familia. – Le contestó Carolina mientras sentaba a su sobrina en su regazo y la besaba en la mejilla.

–  ¡Jo, me dijo que me llevaría a comer hamburguesas y al parque! – Protestó la pequeña.

–  No te preocupes, cielo. – La tranquilizó su abuelo Antonio. – Estoy seguro de que la tita Carol y Lucas te llevarán a comer hamburguesas y al parque cuando terminen con su trabajo.

–  Podrías invitarlo a cenar, así lo conocemos un poco mejor. – Sugirió Ángela encantada con la idea de que su hija menor por fin sentara la cabeza.

–  Como te despistes, te organizan la boda. – Se mofó Pablo.

El tema de conversación fue el mismo durante toda la cena: Lucas. Cuando Carolina salió de casa de sus padres estaba más confundida y molesta consigo misma de lo que jamás había estado.

Cuando Lucas llegó a casa de Carolina intuyó que algo le había pasado en el corto período de tiempo que se habían separado y, como ella parecía no tener intención alguna de contárselo, decidió preguntar:

–  ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

–  Preferiría no hacerlo.

–  Cariño, si me lo cuentas tal vez pueda ayudarte. – La animó Lucas.

Y Carolina finalmente le contó la verdad a medias. Le dijo que su sobrina había preguntado por él y que quería ir a comer hamburguesas y al parque y que, tras sacar el tema, su madre se había empeñado en que le invitara a cenar mientras su hermano Pablo disfrutaba viéndola en semejante tesitura. Lucas rio divertido, pese a que le disgustaba que Carolina siguiera sin admitir la realidad: que eran una pareja. Se había propuesto darle tiempo para que lo asimilara sin presiones, pero se había puesto una fecha límite, la fecha de entrega del proyecto. Una vez que hubieran presentado el proyecto, se declararía y la terminaría de convencer para que ella le aceptara, haría lo imposible para que así fuera.

Déjame sin aliento 13.

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Una semana más tarde llegó el cumpleaños de Paula y Carolina asistió a la fiesta de cumpleaños acompañada por Lucas, aunque su familia ya estaba informada de ello. Paula se había encargado de hablarles a todos del “novio” de su tita Carol y su hermana Cristina había rematado la faena. Todos excepto su hermano Pablo, que ya sabía la verdad, quisieron conocer más detalles sobre el susodicho, pero Carolina les dijo que tan solo era un amigo con el que compartía proyecto y, por ello, muchas horas trabajando juntos. Debido al tono que utilizó dejaron de insistir, pero todos adivinaron que aquél chico era algo más que un amigo y compañero de proyecto y hoy lo iban a conocer.

Lucas estaba nervioso, no sabía cómo había explicado Carolina su presencia en la fiesta de cumpleaños de su sobrina y tampoco sabía cómo preguntárselo a ella, pero tenía que hacerlo si no quería verse en un aprieto.

–  Carolina, ¿tu familia sabe que voy a asistir a la fiesta de cumpleaños de Paula?

–  Sí, Paula te ha invitado y se lo ha dicho a todos y cada uno de los miembros de mi familia. – Respondió Carolina. Lucas abrió la boca para hablar pero Carol lo interrumpió: – Antes de que vuelvas a preguntarme nada, piensa si prefieres que te diga la verdad o una mentira piadosa.

–  Quiero la verdad, aunque estoy empezando a asustarme. – Le dijo Lucas antes de salir del coche. – ¿Quién se supone que soy? ¿Tu amigo? ¿Tu novio? ¿Un compañero de trabajo?

–  Tiene gracia, en realidad eres las tres cosas. – Le contestó Carol tratando de ocultar la risa.

–  Carolina, explícame eso, por favor.

–  Paula les dijo a todos que eras mi novio y yo lo intenté arreglar diciendo que tan solo éramos amigos que además trabajan juntos en un proyecto, pero Pablo me ha dicho que no fui muy convincente, así que no sé quién pensarán que eres exactamente. – Carolina le miró a los ojos y añadió: – Lucas, si no quieres venir aún estás a tiempo de echarte atrás, yo te cubro y no pasará nada.

–  Le prometí a Paula que iría y pienso ir, a menos que tú me pidas lo contrario. – Le contestó Lucas besándola en los labios. – En cuanto a lo de qué somos, deberíamos hablar de ello con calma, ahora no es el mejor momento. – Dijo mirando hacia la puerta de la casa de la hermana de Carol. – ¿Qué te parece si me presentas como a un muy buen amigo y dejamos que piensen lo que quieran?

–  Me parece bien. – Le contestó Carol sonriendo más relajada.

Se bajaron del coche y se dirigieron a casa de Cristina y Nacho, quienes les recibieron con una sonrisa que no iba a traer nada bueno. Mientras caminaban por el pasillo para dirigirse al salón y encontrase con el resto de invitados, Lucas se dio cuenta de cómo Carol se tensaba y se acercó a ella con discreción para susurrarle al oído:

–  Relájate, todo va a salir bien, cariño.

Nada más entrar en el salón, Paula se les echó a los brazos y, gritando eufórica, dijo:

–  ¡Tita Carol, has venido con tu novio!

Toda la familia se volvió para mirarlos, Cristina y Nacho emocionados porque Carol hubiera venido acompañada por su supuesto novio, Pablo divertido por la que se avecinaba, Ángela feliz y expectante porque su hija por fin parecía sentar la cabeza, y por último Antonio, a quién no le hacía ninguna gracia imaginarse a su hija pequeña, la niña de sus ojos, con un hombre, sobre todo teniendo en cuenta el historial de majaderos con los que ella había salido.

Carolina y Lucas intercambiaron una cómplice mirada y, cuando Lucas le miró sorprendido alzando una ceja, ella le respondió divertida casi en un susurro:

–  Al menos de esto yo no tengo la culpa.

Lucas tuvo que contener las ganas de reír, limitándose a sonreír. Se agachó para ponerse a la altura de Paula y le dijo colocándole una tiara plateada sobre la cabeza, uno de los muchos regalos que le había comprado Lucas:

–  Te prometí que vendría, princesa.

La niña lo abrazó feliz y se fue a jugar a las princesas. Lucas se puso de nuevo en pie y Carolina les presentó a todos los miembros de su familia:

–  A mi hermano Pablo ya le conoces y a mi hermana Cristina y su marido Nacho también. – Empezó a decir mientras Lucas les iba estrechando la mano a Pablo y Nacho y le daba dos besos a Cristina. – Y ellos son mis padres, Ángela y Antonio. – Se volvió hacia a sus padres y les dijo con tono de advertencia dirigiéndose a todos: – Él es Lucas.

Pablo trataba de aguantar la risa sin éxito, pero la risa se le quitó de golpe cuando Carolina le fulminó con la mirada. Ángela no estaba dispuesta a que aquel chico, fuera compañero de trabajo, amigo o novio de su hija, se sintiera incómodo y se fuera de allí con una mala imagen de la familia, por lo que se acercó a él sonriendo y, dándole un par de besos en la mejilla a modo de saludo, le dijo:

–  Encantada de conocerte, Lucas. – Y añadió con una sonrisa: – Gracias por venir, espero que sea la primera de muchas visitas.

–  Mamá. – Le advirtió Carolina molesta.

–  No he dicho nada, hija. – Dijo Ángela con fingida inocencia.

–  Ángela, deja a la niña que haga lo que quiera, parece un buen chico y lo vas a espantar. – La regañó Antonio mientras le estrechaba la mano de Lucas.

–  Paula, ¿quieres que te demos ya los regalos? – Le preguntó Carolina a su sobrina para cortar aquella conversación que se iba tergiversando. A su sobrina se le iluminaron los ojos y Carolina añadió: – Vamos, están en el coche. – Se volvió hacia a Lucas y añadió: – Lucas, ¿nos acompañas?

Dos minutos después, Lucas y Carolina sacaban del maletero todos los regalos que le habían comprado a Paula por su cumpleaños: un coche eléctrico con el que pasear por el jardín, dos vestidos de princesa, la tiara que Lucas ya le había dado, una muñeca con todos sus accesorios, pinturas para dibujar, y un largo etcétera. La niña estaba eufórica y no sabía qué regalo coger, todos le gustaban. Al ver que los minutos pasaban y ninguno regresaba al salón, la familia de Carolina decidió salir fuera de la casa y ver qué pasaba. Y en el jardín se los encontraron riendo mientras trataban de llegar hasta la casa cargados con todos los regalos. Rápidamente, Nacho y Pablo les echaron una mano y les ayudaron a llevar los regalos.

–  Os habéis pasado, ¿cómo le compráis todo eso a la niña? – Preguntó Cristina sin reproche alguno.

–  Eso tampoco ha sido culpa mía. – Murmuró Carolina para que tan solo Lucas la escuchara.

–  Venga, sentaos todos a la mesa que vamos a comer. – Les ordenó Ángela con su tono amable.

La comida transcurrió con normalidad. La familia de Carolina quería saber más sobre el hombre que la había acompañado, pues todos sabían que a ella no le gustaba mezclar a sus novios con su familia, pero con Lucas ella había hecho una excepción y eso solo podía ser por una razón: ese chico le importaba. Antonio se dio cuenta en cuanto entraron en la casa, había sido testigo de cómo Lucas trataba de tranquilizar a su hija que estaba hecha un manojo de nervios. Por ello cuando Carolina salió al jardín con Paula para estrenar su nuevo coche, Antonio las acompañó.

–  El arquitecto parece un buen chico. – Empezó diciendo Antonio. – Y también parece llevarse bien con Pablo, ¿hace mucho que se conocen?

–  ¿A dónde quieres ir a parar, papá? – Preguntó Carolina.

–  Hija, creo que es la primera vez que te veo tan feliz en mucho tiempo. Y, hasta donde sé, por él te has saltado todas tus propias reglas: trabajas con él, sois amigos, lo conocen tus amigos y tu familia, ¡incluso lo has traído a una celebración familiar! – Le dijo Antonio para, sin dejarla pronunciar palabra, después preguntar: – ¿Por qué no quieres llamar a las cosas por su nombre?

–  Papá, es más complicado de lo que crees y no quiero hablar de ello.

–  Está bien, como quieras. – Dijo Antonio resignado.

Acabaron saliendo todos al jardín y Carolina se acercó a Lucas con la intención de no alejarse, no se fiaba de su familia. Lucas sonrió para hacerle saber que estaba bien y no había nada de lo que preocuparse y, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, Antonio les observaba con una amplia sonrisa en el rostro.

Sobre las siete de la tarde, Carolina y Lucas se despidieron de todos y se marcharon de casa de Cristina y Nacho. Lucas arrancó el coche y, mientras conducía en dirección a su casa, le dijo a Carolina:

–  No ha ido tan mal, ¿no?

–  Supongo que podría haber sido peor. – Bromeó Carolina.

–  Tenemos una conversación pendiente, Carolina. – Le recordó Lucas pensando en la conversación que habían mantenido horas antes en ese mismo coche.

–  Lo sé, pero supongo que puede esperar hasta que acabemos el proyecto. – Musitó Carolina reacia a hablar del tema. Tenía claro que aquella historia acabaría, pero aún le quedaban tres semanas y pensaba disfrutarlas como lo había estado haciendo hasta ahora.

–  Supongo que puedo esperar tres semanas más. – Se resignó Lucas.

Déjame sin aliento 12.

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Diez días después de aquellas minivacaciones en Múnich, Carolina y Lucas seguían igual de compenetrados a la hora de trabajar y habían profundizado todavía más en su relación. Pablo y David pasaban a verla por casa y allí siempre estaba Lucas, por lo que terminaban cenando los cuatro juntos o los seis si Lorena y Jordi se unían a ellos. Ambos mantenían las distancias delante de sus amigos y se comportaban como dos compañeros de trabajo o dos buenos amigos, pese a que todos sabían lo que ocurría entre ellos. Lucas no quería presionarla y esperaba a que fuese ella quien diera el primer paso, pero ella también esperaba a que fuese él quien la besara o la abrazara delante de sus amigos, algo que nunca acababa ocurriendo.

Ése sábado por la mañana, su hermana Cristina se presentó con su marido y sus hijos en la puerta de su casa, cuando ella estaba trabajando con Lucas en el proyecto.

–  Cristina, Nacho, ¿ocurre algo? – Preguntó Carolina extrañada al verlos allí.

–  ¡Tita Carol! – Exclamaron sus sobrinos al verla al mismo tiempo que se le abalanzaban a los brazos.

–  Carol, necesitamos que te quedes con los niños hasta mañana. – Empezó a decir Cristina. – Ya sé que no te hemos avisado y que no tenemos ningún derecho a pedirte algo así, mucho menos de improviso, pero solo serán veinticuatro horas y te prometo que te lo compensaré. Mamá y papá se han ido al pueblo a ver a la tía Elisa y no regresarán hasta el lunes y Pablo está en Madrid con alguna de sus conquistas. Solo nos quedas tú.

–  Es un honor saber que contáis conmigo como última opción. – Ironizó Carol.

–  No queríamos molestar, sabemos que estás muy ocupada con el proyecto. – Le contestó su hermana poniendo ojitos de no haber roto un plato. – Un cliente muy importante de Nacho nos ha invitado a una cena de gala en su casa de la Costa Brava y si rechazamos esa invitación sería una grosería.

–  Vale, pero me debes una y de las gordas. – Terminó cediendo Carol. – ¿Has traído todo lo que necesitan? – Ambos asintieron felices y Carolina añadió: – Anda, pasad y explicarme todo lo que deba saber.

El matrimonió entró en el salón junto con sus dos hijos y se encontraron allí a Lucas. Carolina hizo las presentaciones oportunas comportándose con absoluta normalidad y, una vez su hermana y su cuñado le explicaron todo lo que debía saber sobre el cuidado de sus sobrinos y se marcharon, le dijo a Lucas:

–  Lo siento, pero no he podido negarme, mis padres y mi hermano están fuera de la ciudad.

–  No tienes que disculparte por nada, aunque tendremos que dejar el proyecto para mañana. – Le respondió Lucas divertido. Se puso en pie y, dirigiéndose a los dos niños, les preguntó: – ¿Queréis venir al zoo con la tita y conmigo?

–  ¡Sí! – Gritaron los dos niños eufóricos.

Carolina se quedó inmóvil. Hubiera esperado que Lucas hubiese salido corriendo al ver a aquellos dos críos eufóricos y traviesos correr por casa, pero en lugar de eso se ofreció a llevarlos al zoo.

–  ¿He metido la pata con lo del zoo? – Le preguntó Lucas mientras bajaban en el ascensor al ver que ella no pronunciaba palabra.

–  No, es solo que me ha sorprendido.

–  ¿Sorprendido para bien o para mal? – Quiso saber Lucas.

Carolina le dedicó una pícara sonrisa y Lucas la rodeó con sus brazos por la cintura con la intención de besarla pero, justo cuando estaba a punto de hacerlo, notó como algo le estiraba del pantalón y al mirar se encontró con la mirada traviesa de Paula, que le preguntó:

–  ¿Eres el novio de mi tita?

–  Eh… ¿Sí? – Preguntó mirando a Carolina. Y al ver que el rostro de ella era invadido por el pánico, añadió encogiéndose de hombros: – En cualquier caso, es mejor que tener que mentirle cada vez que nos pille besándonos.

–  Entonces, ¿tú también vendrás a mi cumple? – Insistió Paula.

–  Si me invitas y a la tita Carol le parece bien, me encantaría asistir a tu cumpleaños. – Le respondió Lucas alzándola a caballito sobre sus hombros y añadió sujetando a la pequeña de las piernas mientras ella se agarraba a su cabeza. – Agárrate fuerte, princesa.

Con Paula sobre los hombros de Lucas y Gerard en el carrito, los cuatro se dirigieron al zoo donde disfrutaron por igual niños y adultos. Lucas aprovechaba cada despiste de los niños para besar a Carolina y ella se ruborizaba continuamente, divirtiendo aún más a Lucas.

Paula era muy extrovertida y no dejaba de hablar, provocando continuamente las risas de los dos, y Gerard se quedó dormido en el carrito justo después de comer, el pobre estaba agotado.

Sobre a las siete de la tarde, regresaron a casa y allí se encontraron con Lorena y Jordi, que les miraron como a extraterrestres cuando les vieron aparecer con Paula y Gerard en plan familia feliz.

–  ¿Soy el único que se ha perdido algo? – Preguntó Jordi confundido.

–  Hola chicos. – Saludó Carolina sonriente. – Jordi, éstos son mis sobrinos: Paula y Gerard.

–  ¿Tú eres el novio de la Lore? – Le preguntó Paula a Jordi.

–  Pues espero que sí, pequeña. – Le contestó Jordi divertido.

–  Mi hermana y su marido se han ido a no sé qué gala de uno de sus clientes y me han dejado a cargo de estas dos fieras hasta mañana. – Les explicó Carolina.

–  ¿Necesitas que me quede contigo para mantenerlos a raya? – Le preguntó Lorena.

–  No, lo tengo todo controlado. – Respondió Carolina agotada mientras se dejaba caer en el sofá y sus sobrinos se le echaban encima.

–  Tenía pensado dormir fuera pero si quieres…

–  Gracias Lore, pero no es necesario, de verdad. – La interrumpió Carolina.

–  En ese caso, nosotros nos vamos. – Informó Lorena cogiendo su bolso y desapareciendo del apartamento seguida de Jordi.

–  Venga chicos, vamos a la ducha y después a cenar y a dormir. – Les dijo Carolina a sus sobrinos.

–  Id con la tita Carol a la ducha mientras yo preparo la cena. – Se ofreció Lucas.

–  Te prometo que te lo compensaré. – Le susurró Carolina al oído antes de desaparecer con sus sobrinos para dirigirse al baño.

Carolina bañó a los niños mientras Lucas preparó la cena y entre los dos les dieron de cenar y les llevaron a dormir a la habitación de invitados. Una vez los niños se durmieron, Carol se dejó caer en el sofá y dijo agotada:

–  Ser madre debería estar remunerado, ¡esto es agotador!

–  Ven aquí, también he preparado la cena para nosotros y cuando acabemos de comer te daré un masaje, cariño. – Le respondió Lucas tirando de ella para dirigirse a la cocina.

Carolina no daba crédito a todo lo que Lucas había hecho por ella y por sus sobrinos, jamás lo hubiera dicho de él el primer día que lo conoció, pero las cosas habían cambiado mucho entre ellos desde entonces.

–  ¿Quieres que me quede o prefieres que me marche? – Le preguntó Lucas después de cenar, cuando se sentaron en el sofá y vio que Carolina se estaba durmiendo en sus brazos.

–  ¿Quieres marcharte? – Se arriesgó a preguntar Carolina.

–  No quiero marcharme, pero estás agotada, deberías descansar y si me quedo no lo harás. – Le respondió Lucas sonriendo divertido. – Además tus sobrinos están durmiendo en la habitación de invitados, ¿qué les dirás cuando se despierten y yo siga aquí?

–  Les has dicho que eres mi novio, no se asustarán si te ven mañana aquí. Además, mi habitación tiene pestillo. – Añadió divertida.

–  De acuerdo, me quedo contigo pero con una condición. – Le susurró Lucas. – El próximo fin de semana nos vamos los dos solos lejos de la ciudad para desconectar de todo y de todos.

–  El próximo fin de semana es el cumpleaños de Paula y tú has prometido asistir. – Le recordó ella.

–  Pues el siguiente fin de semana. – Sentenció Lucas. – ¿Qué me dices?

Carolina sabía que aquello solo complicaría las cosas cuando el proyecto terminara y dejaran de verse, pero ya era demasiado tarde y, si iba a sufrir, al menos se encargaría de hacerlo por un buen motivo.

–  De acuerdo, iré contigo de fin de semana a dónde sea que me quieras llevar.

–  Trato hecho, cariño. – Le dijo Lucas sonriendo victorioso. Se levantó del sofá con ella en brazos y la llevó hasta la habitación donde la depositó con cuidado sobre la cama al mismo tiempo que le susurraba al oído: – Y ahora a dormir, preciosa. – Se metió con ella en la cama y la estrechó entre sus brazos para susurrarle al oído después: – Buenas noches, cariño.

Aquella noche, los dos durmieron abrazados a pesar de que no hubo sexo.

A la mañana siguiente, cuando Carolina se despertó y no encontró a Lucas a su lado, se levantó de la cama y se dirigió a la cocina, donde lo encontró desayunando con Paula y Gerard.

–  Buenos días, tita Carol. – La saludó Paula alertando a los demás de su presencia. – ¿Ya has descansado?

–  Buenos días, princesa. – Le dijo a Paula besándola en la cabeza y después hizo lo mismo para saludar a Gerard. Se acercó a Lucas que la observaba sonriendo pícaramente y, tras darle un beso en la mejilla, le susurró al oído: – Te lo compensaré doblemente.

–  No hay nada que compensar, siéntate y desayuna. – Le contestó Lucas sonriendo con dulzura al mismo tiempo que se recolocaba el pantalón en la zona de la entrepierna.

–  Tu entrepierna no opina lo mismo. – Le dijo burlonamente Carolina.

Desayunaron entre risas tras las ocurrencias de aquellos dos diablillos y después de recoger la cocina Carol se metió en el baño para ducharse mientras Lucas se quedaba con los niños en el salón pintando un dibujo. Fue justo entonces cuando Cristina y Nacho llegaron para recoger a sus hijos y Lucas les recibió. Cuando Carol salió del baño se encontró con su hermana y su cuñado, a quienes saludó rezando para que no preguntaran nada inapropiado delante de Lucas y por suerte, todo fue bien. Su hermana tenía prisa por regresar a su casa con sus hijos y, tras saludarla y recoger las cosas de Paula y Gerard, se marchó con su marido y sus hijos, dejándolos por fin a solas.

Déjame sin aliento 11.

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Al día siguiente Lucas se despertó y, tras comprobar que Carolina seguía completamente dormida, decidió llamar al servicio de habitaciones para que les subieran el desayuno a la habitación y así ella podría dormir un rato más. Como todos los días que se despertaba a su lado, hecho que ocurría cada vez con más frecuencia, Lucas se dedicó a observarla dormir. Disfrutaba de la imagen de ella durmiendo, parecía una diosa dulce y delicada, totalmente desnuda y envuelta en las blancas sábanas que la hacían parecer más sexy. Podría pasarse días enteros sin moverse de aquella cama tan solo por disfrutar del placer que suponía observar su belleza natural.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó cuando Carolina abrió los ojos. Le dio un beso en los labios y añadió divertido: – He pedido que nos suban el desayuno, hoy vamos a desayunar en la cama.

–  Mm… Quiero quedarme aquí para siempre. – Le respondió Carolina sonriendo.

–  Espero que no lo digas solo por el servicio de habitaciones. – Bromeó Lucas.

A Carolina le hubiera gustado decirle que la única razón por la que se quedaría allí para siempre era porque se lo había imaginado a él allí con ella, pero decidió guardarse sus sentimientos, ya iba a ser bastante duro como para encima hacerlo más difícil.

Tras desayunar en la habitación y darse una ducha juntos, ambos se dirigieron a las oficinas de Paul Wolf, el inversor del proyecto y director del futuro museo, donde tendrían que hacer una presentación del proyecto que continuaban diseñando.

Entraron en el edificio de oficinas y la recepcionista les indicó que el despacho de Paul Wolf se encontraba en la última planta y se dirigieron al ascensor.

–  Relájate o me obligarás a parar el ascensor para una sesión urgente de terapia. – Susurró Lucas una vez dentro del ascensor al ver a Carolina tan nerviosa. Colocó sus manos sobre los delicados hombros de ella y, tras darle un beso muy sensual en el cuello que casi la derrite, le susurró al oído: – Todo irá bien y después lo celebraremos juntos, así que puedes ir pensando a dónde quieres ir para celebrarlo.

–  ¿Al hotel? – Dudó Carolina.

–  Bueno, yo había pensado en algo diferente. – Le contestó Lucas sonriendo. – Vamos a la reunión y cuando salgamos de aquí dejas que yo me encargue de todo, tú solo tienes que preocuparte de relajarte.

Carolina se derretía con cada palabra, cada caricia y cada beso de Lucas, por lo que tuvo que coger aire para recomponerse cuando las puertas del ascensor se abrieron y Paul Wolf apareció en el vestíbulo para recibirlos. Tras saludarse, pasaron a la sala de reuniones, una espaciosa sala con una de las paredes de cristal que ofrecían una espléndida vista de la ciudad. Se sentaron alrededor de la mesa rectangular y Paul les presentó al resto de asistentes a la reunión. Estuvieron reunidos durante más de tres horas en las que Carol y Lucas expusieron su proyecto y contestaron las preguntas que los inversores les hicieron. Como era de esperar, Paul Wolf ya tenía planes para ellos y tuvieron que aceptar su invitación a comer pese a que a ninguno de los dos les apetecía.

A las cinco de la tarde por fin consiguieron despedirse de los inversores alemanes y regresaron al hotel para cambiarse de ropa.

–  ¿Qué me pongo? – Le preguntó Carolina al salir de la ducha envuelta en una diminuta toalla.

–  Lo que quieras, pero será mejor que te des prisa en vestirte o no saldremos de esta habitación. – Le respondió Lucas mirando lascivamente su cuerpo.

Carolina le dedicó una sonrisa burlona antes de regresar a la habitación para vestirse y Lucas decidió quedarse en el salón tratando de distraerse con la televisión para no abalanzarse sobre ella. Unos minutos después, Carolina salió de la habitación con un elegante vestido negro cogido al cuello, con un escote que le llegaba hasta el ombligo y que le dejaba la espalda al descubierto. Se había puesto unos zapatos negros de tacón de aguja que no parecían nada cómodos pero con los que ella caminaba como si fuera descalza.

–  Estás preciosa cariño, como siempre. – La piropeó Lucas besándola en los labios.

–  Y yo que creía que te gustaba más sin ropa… – Lo provocó Carolina.

–  Cariño, será mejor que no me provoques. – Le advirtió Lucas divertido.

Lucas había estado navegando por internet hasta dar con un restaurante donde llevar a cenar a Carolina y no cesó en su búsqueda hasta dar con el restaurante perfecto. El restaurante estaba a un par de manzanas del hotel, por lo que decidieron ir dando un paseo. Iban cogidos de la mano, dedicándose sugerentes miradas y besándose como dos adolescentes.

A las nueve en punto de la noche entraron en el restaurante y Carolina se quedó asombrada. Aquel lugar podría ser la escena de la película más romántica que uno pueda imaginar. Un maître les atendió en cuanto entraron y, tras dar los datos de la reserva, les acompañó a su mesa situada en la planta superior, una mesa apartada del resto de mesas, situada en un saliente con un ventanal con vistas a la transcurrida calle del centro de Múnich. Tan solo había una tenue luz que iluminaba escasamente los pasillos del restaurante junto con un par de velas en las mesas. A Carolina le encantó el ambiente romántico del restaurante, al mismo tiempo que su muralla protectora empezaba a resquebrajarse. Estaba bajando la guardia con Lucas siendo consciente del riesgo que aquello suponía, pero dispuesta a disfrutar de aquellos maravillosos momentos junto a él que la vida y el destino le estaban brindando.

–  Estás muy callada, ¿va todo bien o he metido la pata? – Le preguntó Lucas nervioso cuando el camarero se marchó tras servirles el vino.

–  Todo es perfecto: el lugar, la comida y, por supuesto, la compañía. – Le respondió Carolina con sinceridad. Se acercó aún más a él y le susurró al oído: – Y estamos en un lugar muy íntimo y discreto.

–  Cariño, si sigues provocándome así, no me hago responsable de mis actos. – Le advirtió Lucas con la voz ronca. Acercó sus labios al oído de ella y le susurró: – ¿Acaso quieres que te haga el amor sobre esta mesa, dónde cualquiera podría vernos?

Lejos de entrar en razón, Carolina se excitó. Imaginarse desnuda sobre aquella lujosa mesa del restaurante mientras Lucas la penetraba y con la posibilidad de ser descubiertos le parecía de lo más morboso y no dudó en seguir provocándolo durante la cena mientras él hacía lo imposible por ignorar aquellas provocaciones sin llegar a conseguirlo.

El camarero trajo un par de copas después de la cena y el café y Carolina supo que ya no regresaría hasta que le pidieran la cuenta u otra copa, en cuyo caso, no sería antes de quince o veinte minutos, suficiente como para que les diera tiempo a un pequeño adelanto de lo que iban a disfrutar aquella noche. Con discreción, llevó su mano bajo la mesa y la colocó sobre la rodilla de Lucas para ir ascendiendo por la cara interior de sus muslos hasta llegar a su entrepierna.

–  Cariño… – Le advirtió Lucas con la voz ronca pero sin impedir que Carol continuara con lo que estaba haciendo. Sopló para apagar la vela que iluminaba la mesa y a ellos y, sin que ella se lo esperara, la sentó sobre su erección e hizo que colocara las piernas por encima de sus rodillas para que le diera acceso al centro de su placer. – Eres una chica mala y ya te advertí lo que haría contigo si no dejabas de provocarme, cariño. – Llevó su mano derecha a la entrepierna de ella y, al comprobar la humedad, le susurró al oído: – Me encanta encontrarte siempre tan mojada y dispuesta para mí.

Carolina tan solo fue capaz de responder con un gemido que indicaba que no quería que parase. Lucas introdujo dos dedos en su vagina y Carol se arqueó buscando más placer, movimiento que Lucas aprovechó para llevar su mano izquierda a los pechos de ella, cubiertos tan solo por la fina tela del vestido. Un par de minutos después, Lucas dejó de acariciarla y Carolina gimió de frustración.

–  Lo sé cariño, solo será un segundo. – Le susurró con la voz ronca mientras alzaba ligeramente a Carolina con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha se desabrochaba el pantalón y dejaba salir su erecto miembro.

Sabiendo lo que Lucas pretendía, Carolina descendió al mismo tiempo que el duro pene de Lucas la penetraba.

–  Eres muy impaciente, cariño. – Le susurró Lucas tan excitado como ella.

Carolina volvió a responder con un gemido y Lucas ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera llegar juntos al éxtasis del placer. Ella se arqueaba mientras él jugaba con sus pezones con la mano izquierda, estimulaba su clítoris con la mano derecha y la embestía suavemente con su duro y erecto pene.

–  Dime, ¿era esto lo que querías? – Le susurró Lucas con voz ronca sin dejar de bombear dentro de ella ni de estimular su cuerpo. Carolina volvió a gemir a modo de respuesta y Lucas añadió para excitarla aún más: – Córrete cariño, no queremos que el camarero nos vea en esta situación… ¿o sí?

Carolina estalló en mil pedazos al escuchar aquellas palabras y dos segundos después notó como Lucas se tensaba y también alcanzaba el éxtasis, ahogando un gemido en su cuello que le hizo estremecer de nuevo, sintiendo los últimos espasmos de aquel intenso orgasmo.

En cuanto recobraron el aliento, Carolina sacó un par de pañuelos de papel de su bolso, le entregó uno a Lucas y con el otro se limpió sus partes íntimas antes de volver a encender la vela que volvió a iluminar tenuemente la mesa y a ellos. Lucas se limpió y acto seguido abrazó a Carolina y la besó en los labios, incapaz de no seguir manteniendo el contacto con ella.

–  ¿Estás bien, cariño? – Quiso asegurarse Lucas.

–  Más que bien, estoy perfecta. – Le respondió Carolina con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Tras pagar la cuenta y salir del restaurante, decidieron regresar al hotel caminando mientras daban un paseo cogidos de la mano y besándose cada dos pasos que daban. Les esperaba una maravillosa noche en la suite del hotel que ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciar.

Déjame sin aliento 10.

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Las semanas fueron pasando y Carolina y Lucas fueron avanzando en el proyecto para el museo y también en su relación. A las ocho de la mañana desayunaban y se ponían a trabajar en el proyecto hasta las ocho de la tarde, haciendo tan solo un pequeño descanso a la hora de comer. Lucas se quedaba a cenar con Carol todos los días, a veces a solas y a veces con Lorena y Jordi, y la mayoría de las noches se quedaba a dormir. La noche de los sábados, Lucas insistía en que la pasaran en su casa, allí tenían mayor intimidad ya que Lucas vivía solo.

Había pasado un mes y medio desde que empezaron a trabajar juntos en el proyecto y ese viernes tenían una nueva reunión con los hermanos Luján, quienes querían conocer de primera mano cómo iba evolucionando el proyecto.

–  Chicos, los inversores también quieren saber cómo va el proyecto. – Empezó a decir Moisés tras comprobar los avances y añadió esperando que sus dos mejores arquitectos no se les echaran encima: – Quieren reunirse con vosotros en Múnich.

–  ¿En Múnich? Trasladarnos a Múnich nos va a hacer perder tiempo, no tiene ningún sentido. – Protestó Carolina.

–  Están ansiosos por saber cómo va el proyecto y nos han dicho que si quedan satisfechos con el resultado final nos encargarán otros proyectos para museos de todo el mundo. – Les anunció Fernando orgulloso de sus arquitectos.

–  ¿Cuándo se supone que tenemos que irnos y cuántos días? – Quiso saber Lucas antes de dar a conocer su opinión.

–  Salís el lunes y regresáis el miércoles, solo tendréis que estar fuera un par de noches. – Les informó Moisés. – Sé que eso os supone perder tres días de trabajo, pero tenéis el proyecto muy avanzado y no creo que tres días os vayan a causar muchos problemas. Además, también os merecéis un descanso, tomároslo como unas minivaciones. Viajaréis en primera clase, os alojaréis en una suite de un hotel de cinco estrellas y, de los tres días, tan solo os reuniréis unas horas con los inversores, el resto del tiempo será para que vosotros lo disfrutéis como mejor os parezca.

–  Por mí no hay problema, ¿tú qué opinas, Carol? – Dijo Lucas sonriendo para sus adentros.

–  Da igual lo que opine, no tenemos elección. – Se resignó Carol, a quién no le hacía mucha gracia tener que viajar a Alemania.

Pese a las reticencias de Carolina, Lucas estaba encantado con la idea de viajar a Múnich con ella, sabía que en aquellas dos noches podía avanzar un poco más en su relación. Allí tendrían tiempo para dedicarse el uno al otro sin pensar en otra cosa. Le gustaba su trabajo, pero estaba empezando a flaquear en sus intentos por contenerse durante las horas pactadas para trabajar en el proyecto. Carolina respetaba aquella norma y él debía hacer lo mismo, ya se habían saltado suficientes normas.

El lunes siguiente por la mañana, Carolina y Lucas se dirigieron a Múnich. Nada más aterrizar, se dirigieron al hotel donde se hospedaban y se instalaron en la suite doble que la secretaria de Moisés había reservado. Carolina, a pesar de estar refunfuñando durante todo el vuelo, sonrió al entrar en la lujosa suite. Era un lugar amplio, lujoso pero sin estar cargado, y la elegancia superaba con creces la impersonalidad que suelen tener las habitaciones de hotel. La suite estaba compuesta por tres estancias separadas: dos habitaciones con baño propio y un amplio salón-comedor con acceso a una pequeña terraza desde donde se veía gran parte de la ciudad alemana. Lucas esperó a que Carolina se decidiera por una de las dos habitaciones para instalarse en la misma habitación que ella, no pensaba dormir en otra parte que no fuera la misma cama que ella y esperaba que ella no se opusiera. Carolina entró en una de las habitaciones y empezó a desvestirse para darse una ducha mientras Lucas le daba una propina al botones que había subido el equipaje y cerraba la puerta de la suite. Lucas se dirigió a la habitación donde estaba Carol y la encontró de espaldas, tratando de bajar la cremallera de su vestido sin éxito.

–  ¿Necesitas ayuda, muñeca? – Le preguntó Lucas acercándose para abrazarla desde la espalda. La estrechó entre sus brazos y le susurró al oído con voz ronca: – ¿Qué estás pensando hacer?

–  Estaba pensando en desnudarme y meterme en esa enorme bañera, ¿quieres acompañarme?

–  Estaría loco si no lo hiciera. – Susurró Lucas bajando despacio la cremallera de su vestido.

Tan solo unos minutos después, ambos estaban en la bañera, disfrutando de la expectación que aquellas caricias les hacían sentir. Lucas agarró por la cintura a Carolina y la atrajo más hacia a él, colocándola a horcadas sobre su regazo, de cara a él.

–  Me encanta tenerte así, cariño. – Susurró Lucas excitado. Carolina gimió al mismo tiempo que apretaba su pelvis contra la de Lucas y él, sabedor de lo que ella deseaba, le preguntó divertido: – ¿Qué es lo que quieres, preciosa? – Lucas no dejó que Carolina contestara, la levantó unos centímetros, lo justo para guiar su miembro hasta la cálida entrada de ella, y Carolina hizo el resto dejándose caer sobre él, empalándose. Empezó a salir y entrar de ella con mayor rapidez y, cuando estaba a punto de correrse, le ordenó en un susurro: – Pídemelo, cariño. Quiero oírlo.

–  Déjame sin aliento. – Le rogó Carolina excitada.

Lucas no la hizo esperar y aumentó el ritmo y la profundidad de sus embestidas hasta que ambos sucumbieron y se dejaron devorar por el placer. Si había algo que se les daba verdaderamente bien, era el sexo.

Después de instalarse en la suite, decidieron salir a comer a algún restaurante y más tarde fueron a pasear por las calles de Múnich, tenían tiempo de sobra para pasear como dos turistas y ninguno de los dos quería desaprovecharlos. Caminaban cogidos de la mano por las calles de la ciudad bajo un cielo gris que amenazaba con echarse a llover pero finalmente no lo hizo hasta que ellos hubieran regresado al hotel para cenar, horas más tarde.

Mientras cenaban, Carolina empezó a pensar en su relación con Lucas. Habían pasado más de dos meses desde que se conocieron aquella noche en el Zen en la que no dejaron de discutir pese a la atracción que sentían el uno por el otro. Desde entonces, las cosas habían cambiado mucho, pero más habían cambiado desde la noche en que ella acompañó a David a la fiesta de su empresa y después se encontraron en aquel pub extraño gracias a la encerrona de sus amigos. Su relación, hoy por hoy, era la de una pareja enamorada que disfrutaba de los momentos que compartían, que no eran pocos, se entendían entre ellos y, lo más importante, se echaban de menos el poco tiempo que no estaban juntos. Carolina sabía que ya era demasiado tarde para no sufrir cuando terminaran el proyecto e irremediablemente aquella relación también llegara a su fin, Lucas se había colado en su vida hasta convertirse en un pilar importante que en un mes y medio se derrumbaría. El daño ya está hecho, es tarde para mirar atrás, se dijo Carol. Ahora solo puedo disfrutar del tiempo que me queda con él y dejar el llanto y el dolor para cuando él no esté.

–  Cambio mi reino por tus pensamientos. – Bromeó Lucas al ver que ella parecía tener la cabeza en cualquier otro lugar menos allí.

–  Sería una pena que cambiaras tu reino por algo que no tiene ningún valor. – Siguió bromeando Carol.

–  Entonces, he debido hacer algo mal. – Al ver que Carol no le seguía, Lucas añadió: – Estamos los dos solos, cenando en el restaurante de un fantástico hotel en Múnich, donde nos espera una enorme suite y una noche de placer inimaginable pero tú tienes la cabeza en otro sitio. Más concretamente, en algo que no tiene ningún valor.

–  Solo estoy un poco nerviosa por la reunión de mañana, pero te prometo que no volveré a pensar en ello el resto de la noche. – Le susurró Carolina besándolo en los labios y añadió para hacerle sonreír: – ¿Vas a volver a dejarme sin aliento?

–  Solo si tú me lo pides, cariño.

Lucas también se había dado cuenta como, subconscientemente, había ido cambiando el apelativo con que llamaba a Carolina. Normalmente acostumbraba a llamarla “muñeca” pero en las últimas semanas “cariño” había ido ganando territorio y lo cierto era que a él no le importaba. Le gustaba aquella chica como ninguna otra antes le había gustado. Y no solo se trataba de su belleza, sino de esa lengua viperina que tanto le enfurecía y a la vez le excitaba, de la facilidad con la que ambos se adaptan para trabajar o incluso para convivir juntos, de que la echaba de menos aunque hiciera menos de cinco minutos que acabara de verla. Ya no se imaginaba la vida sin ella, por eso tenía que ir asentando su relación poco a poco antes de que terminaran el proyecto. El fin del proyecto era la fecha marcada y después de aquello ninguno de los dos sabía que pasaría, por eso Lucas quería asegurarse de que Carol entendiera que su relación no era puramente sexual y esperaba que se diera cuenta antes de esa fecha o de lo contrario él lo iba a tener difícil.

Tras la cena en el restaurante del hotel ambos subieron a la suite, donde Lucas se encargó de empezar a demostrarle a Carolina lo que sentía por ella. Carolina fue consciente de la dulzura y la ternura con que Lucas le hacía el amor, porque era eso lo que le hacía: el amor. No quiso pensar en nada, tan solo se dejó llevar por todo lo que él le hacía sentir y disfrutó como si aquella fuera la última vez.