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Cállame con un beso 27.

Cállame con un beso

MIGUEL.

A la mañana siguiente, aprovecho que Silvia todavía está dormida para abrir el cajón de la cómoda donde anoche la vi esconder algo que no quería que viese. Hubiera podido preguntarle directamente, pero me hubiera arriesgado a que no me lo quisiese decir y que cambiara de sitio lo que fuera que hubiera guardado ahí, dejándome con las ganas de saber de qué se trata.

Abro el primer cajón de la cómoda y pongo blanco al ver dos test de embarazo, ambos utilizados y con un resultado que, sin leer las instrucciones, no puedo descifrar. ¿Un palito rosa? ¿Qué significa eso? ¿Está Silvia embarazada? ¡Joder, no hemos usado preservativo en ninguna ocasión! Tampoco me he preocupado porque ella no ha comentado nada, así que pensé que se tomaría la píldora y, como ambos hemos tenido acceso a nuestros expedientes médicos y estamos limpios, no había de qué preocuparse. Excepto de un embarazo, claro. Cojo uno de los prospectos de los dos test de embarazo (ambos con el mismo resultado) y lo guardo en mi cartera para leerlo cuando no haya peligro de que Silvia me descubra. Sin hacer ruido, vuelvo a meterme en la cama.

Ese mismo día pero más tarde, Silvia recibe una invitación a una fiesta de Sergei Ivanov, de quién sospechamos que podemos sacar bastante información si nos lo montamos bien. Como es lógico, aceptamos la invitación y aprovechando que ella está en el baño duchándose y arreglándose para la fiesta, decido leer el prospecto del test de embarazo y enterarme del puñetero resultado. Lo saco de la cartera y voy directamente al apartado de “interpretación del resultado.” “Si sale un palito azul no está embarazada, si sale un palito rosa está usted embarazada”, leo antes de ponerme pálido y marearme. Un palito rosa significa que está embarazada. Silvia está embarazada. Con cuidado de no ser descubierto, decido abrir el cajón de la cómoda para comprobar que el palito era rosa, aunque estoy convencido de ello, pero los test de embarazo ya no están allí. Silvia se ha deshecho de ellos. Debió de hacerse el test y cuando dio positivo debió comprar otro para confirmarlo. Puede que esto tuviera un margen de error, ¿no? Decido sacar de nuevo el prospecto y lo vuelvo a leer. El margen de error es del uno por ciento. Si se ha hecho dos test y los dos han dado positivo, no hay margen de error posible.

Silvia sale del baño completamente vestida y arreglada. Está preciosa con ese vestido rosa palo con escote en palabra de honor y un abrigo de pelo sintético de color blanco. Sin poder evitarlo, mi mirada se desvía hacia a su barriga, que sigue tan plana como siempre. Hace poco más de un mes que Silvia y yo nos acostamos juntos, así que si está embarazada, lo estará de un mes más o menos.

–  Muñeca, estás deslumbrante. – Le digo sonriendo como si no supiera nada. Le rodeo la cintura con mis brazos y, colocándole las manos en el vientre, la recuesto sobre mi pecho y le beso en la mejilla.

–  ¿Qué te pasa? – Me pregunta divertida. – Cada día estás más raro.

Me besa en los labios y me dedica una sonrisa.

Llegamos a casa de Sergei Ivanov, una increíble mansión llena de invitados vestidos de etiqueta y, tras cogernos los abrigos, nos hacen pasar al enorme salón donde todos los invitados charlan animadamente mientras toman una copa de champagne. Un camarero pasa a nuestro lado ofreciéndonos una bebida, yo cojo una copa pero Silvia la rechaza. Las embarazadas no beben alcohol.

–  ¿No te apetece champagne? – Pregunto con naturalidad.

–  No, creo que tengo el estómago un poco revuelto y no quiero beber alcohol. – Me responde con una sonrisa en los labios.

–  ¿Va todo bien, muñeca? – Insisto.

–  Claro, todo va bien. – Me miente. Y lo sé porque al responder ha evitado mirarme a los ojos.

No quiero presionarla, así que no insisto más. Durante toda la noche, no dejamos de saludar a todos los invitados, todos conocen a Irina, quieren felicitarla por la boda y conocer a su recién estrenado marido.

Sergei Ivanov por fin se acerca a saludarnos. Primero saluda a Silvia con un abrazo demasiado efusivo y duradero para mi gusto, después me mira de arriba a abajo mientras Silvia hace las presentaciones pertinentes y, finalmente, me estrecha la mano con firmeza.

–  Sergei, nos alegra haber venido a tu fiesta, que ha sido todo un evento. – Le dice Silvia con una amplia sonrisa. – Espero que puedas venir un día a casa y así ponernos al día, tenía muchas ganas de verte.

–  Yo también tenía muchas ganas de verte, Irina. – Contesta mirándome con desprecio. – Si te viene bien, mañana mismo iré a tu casa.

–  Eso sería maravilloso, Sergei. Te esperamos mañana a las nueve para cenar. ¿Vendrás acompañado?

–  No, iré solo. – Responde al mismo tiempo que se despide de ella con un abrazo y desaparece para atender al resto de invitados.

–  Ya está, así de fácil. – Me dice contenta.

–  A riesgo de no gustarme la respuesta, ¿has tenido algo con Sergei?

–  ¿Qué? ¡No! – Me contesta riendo. – ¿De dónde sacas eso?

–  De su forma de mirarme con odio, quizás. – Le digo molesto.

–  No se lo tengas en cuenta, siempre quiso que fuera la novia de su hermano, que es todavía más horrible que él. – Me aclara sonriendo. – Señor Hoffman, es usted un hombre muy celoso y posesivo.

–  Señora Hoffman, no lo sabe usted bien. – Le digo antes de besarla estrechándola contra mi pecho para abrazarla con fuerza.

Tras dar un par de vueltas por el salón saludando a algunos invitados más, decidimos que ya es hora de regresar a casa. Silvia tiene mala cara y cuando le pregunto qué le pasa me dice que no se encuentra muy bien. Nos metemos en la cama en cuanto llegamos, pero solo para dormir.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Silvia no está en la cama. Me levanto y la escucho vomitar en el baño. La puerta del baño está cerrada y no sé qué hacer. ¿Entro por si necesita ayuda? Pero, ¿si no quiere que esté allí? Deben de ser las náuseas matutinas del embarazo, la mayoría de las mujeres las padecen, ¿no? Joder, ¡no sé nada de embarazos! Dios, voy a ser padre. Creo que necesito sentarme. Estoy a punto de sentarme a los pies de la cama cuando oigo a Silvia tirar de la cadena y el grifo del lavabo salpicando agua en la pica. Golpeo suavemente la puerta del baño con la palma de la mano y pregunto:

–  Muñeca, ¿estás bien?

–  No, estoy fatal. – Me contesta tras abrir la puerta.

Está pálida y ojerosa, desde luego no tiene buena cara. La cojo en brazos y la llevo a la cama, donde la deposito con cuidado.

–  ¿Quieres que llame a un médico? – Le pregunto preocupado.

–  No, no te preocupes. No es nada. – Me responde llevándose las manos al vientre. – ¿Podrías traerme un vaso de zumo?

–  Ahora mismo lo traigo. – Le contesto tras besarla en la frente.

Después de subirle el zumo a Silvia, se duerme y la dejo descansar. Aprovecho la ocasión para navegar por internet e investigar sobre la mujer embarazada. Dos horas más tarde, Silvia entra en el despacho y rápidamente salgo de la página de embarazos que estaba leyendo.

–  ¿Te encuentras mejor?

–  Si, gracias. – Me responde sonriendo. – ¿Qué haces?

–  Estaba echando un vistazo al correo. – Miento. Alargo mi brazo y la atraigo hacia a mí para sentarla en mi regazo. – Muñeca, si no te encuentras bien anulamos lo de esta noche con Sergei.

–  Estoy bien, no te preocupes.

A las nueve en punto de la noche Sergei aparece en casa. Cenamos mientras Silvia y él hablan de cosas banales hasta que Silvia empieza a interrogarle sutilmente. Sergei, embobado con ella, responde encantado a todo lo que le pregunta. Así conseguimos enterarnos de que los hermanos Nikolay y Alexey Petrov son los que están detrás del asalto en casa de mi padre.

Una vez que escuchamos lo que queremos oír, Silvia se encarga de deshacerse de Sergei y volvemos a quedarnos a solas. Silvia sigue sin tener buena cara y me lo confirma cuando me dice:

–  Estoy un poco cansada, me voy a ir a dormir.

–  Mañana iremos al médico, da igual lo que digas.

–  Estoy bien, de verdad. – Me dice forzando una sonrisa. – Son cosas de mujeres, nada grave.

Será mentirosa. Está intentando hacerme creer que está con la regla y que los vómitos y las náuseas no tienen nada que ver con el embarazo. ¿Es que no piensa decirme que está embarazada? Y, ¿si el padre de ese bebé no soy yo? Estoy seguro de que desde que nos conocemos solo ha estado conmigo, pero de eso solo hace dos meses, podría estar ya embarazada. Aunque, por otra parte, los test de embarazo estaban aquí, por lo que ella ha descubierto que estaba embarazada en Moscú. No creo que tarde más de un mes o mes y medio en darse cuenta de su estado, así que ese bebé tiene que ser mío.

Cállame con un beso 26.

Cállame con un beso

SILVIA.

Tal y cómo habíamos previsto, en menos de dos meses, nos infiltramos en Moscú. Después de pasar un mes en Kiel, echo de menos a Frida, a Jeffrey, a Dave y sobre todo a Rayo. Miguel, que parece darse cuenta de mi tristeza, me da un beso en los labios y me susurra al oído:

–  Podrás venir a verles siempre que quieras.

Eso me alegra. Puedo venir de visita y lo mejor es que aquí seré la señora Hoffman, podré seguir besando a Miguel cada vez que quiera porque aquí seguiré siendo su mujer.

Cuando llegamos a mi casa en Moscú, Miguel se queda asombrado. La casa es un pequeño palacio que perteneció a la familia Koviakov desde antes de la guerra fría. Mijaíl y Svetlana, el matrimonio que cuida de la casa, nos dan la bienvenida y nos felicitan por nuestro matrimonio. Al no ver por ninguna parte a Natasha, la hija de Mijaíl y Svetlana, que es de mi edad y una gran amiga, pregunto por ella:

–  ¿Dónde está Natasha?

–  ¡Eso es lo que yo quisiera saber! – Protesta Mijaíl. – No sé qué le pasa a esta hija mía, pero cada día está más rara.

–  Irina, a lo mejor tú puedes hablar con ella para ver qué le pasa, nos tiene muy preocupados. – Me ruega Svetlana.

–  No te preocupes, hablaré con ella. – Le respondo abrazándola con dulzura.

Miguel nos mira y sonríe, creo que no se termina de acostumbrar de verme abrazar con cariño al personal de la casa.

Miguel y yo subimos a nuestra habitación para ducharnos y cambiarnos de ropa. Estoy a punto de cerrar la puerta del baño para meterme en la ducha cuando Miguel me lo impide y, con gesto pícaro, me pregunta:

–  ¿Cielo, no piensas esperarme?

Le sonrío y le dejo pasar sabiendo lo que va a venir a continuación. Y no me equivocaba. Una hora después, salimos de la bañera con la piel arrugada y una sonrisa en los labios.

Esa misma tarde, Natasha aparece por casa y decido hablar con ella para tranquilizar a sus padres, aprovechando que Miguel está ocupado revisando toda la documentación de mis negocios.

–  Estaré con Natasha en la biblioteca, llámame si necesitas algo.

Me doy la vuelta dispuesta a marcharme cuando Miguel me coge del brazo y me pregunta sonriendo:

–  Muñeca, ¿no se te olvida algo?

No sé a qué se refiere y le miro arqueando una ceja. Él parece percatarse de mi aturdimiento y decide darme una pista señalándose la mejilla con el dedo índice. ¿Un beso? ¿Es eso lo que quiere? Le sonrío y le doy un beso en la mejilla, pero él vuelve la cara atrapando mi boca con sus labios. Sorprendente, pero hoy el gruñón tiene ganas de jueguecitos. Salgo del despacho antes de que la cosa se caliente más, no quiero hacer esperar a Natasha y tengo muchas ganas de hablar con ella.

–  ¡Irina! – Grita Natasha al verme y corre a abrazarme. – Aún no me puedo creer que te hayas casado, tiene que ser un hombre perfecto para que te hayas casado con él.

–  Lo es. – Contesto con sinceridad. – Y, además, está muy bueno.

Ambas nos echamos a reír a carcajadas y me siento como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotras. Hablamos de lo que hemos estado haciendo durante todo este tiempo, le cuento mi supuesto romance con Erik Hoffman y la repentina boda, la luna de miel y lo mucho que le deseo, lo cual no es para nada falso. Natasha me explica que ha salido con algunos hombres pero que se ha enamorado de Vladimir Pavlov, mi mano derecha en Moscú. Sonrío, Vladimir es un buen hombre y también está muy bueno, pero su gesto delata una pizca de tristeza que no me pasa desapercibida.

–  Suéltalo, Natasha. – Le ordeno.

–  Está bien. – Accede. Coge aire y continúa: – Vladimir y yo hemos estado viéndonos a escondidas, nadie sabe que mantenemos una relación. Todo empezó como una aventura pero, con el paso de los meses, se ha convertido en algo más. Ahora creo que estoy embarazada y no sé cómo decírselo. No sé cómo se lo va a tomar.

–  ¿Crees que estás embarazada? Lo primero que debes hacer es asegurarte, a lo mejor te estás preocupando por nada. – Le sugiero.

–  Tengo miedo, no sé qué pasará si el test da positivo. – Me dice encogiéndose de hombros. – Confío en que me venga la regla y todo este malestar general desaparezca.

–  Tienes que hacerte el test y te sugiero que te lo hagas cuanto antes. – Insisto. – Vladimir regresará dentro de dos días y, si estás embarazada, necesitarás tiempo para asimilarlo, decidir lo que quieres hacer y encontrar una manera de decírselo a él.

Finalmente, consigo convencerla. Tras pasar por el despacho para decirle a Miguel que salgo de compras con Natasha, nos vamos a un centro comercial. Lo primero que hacemos es comprar dos test de embarazo (en el caso de que salga positivo, lo repetiremos para estar seguras), después nos paseamos por varias tiendas y compro ropa de abrigo (el frío de Moscú nada tiene que ver con el frío de Ciudad de Perla) y finalmente nos sentamos en una cafetería para descansar un poco antes de regresar a casa. Una vez en casa, nos aseguramos de que Miguel sigue encerrado en el despacho y, sin hacer ruido, nos dirigimos a mi habitación.

Natasha se hace el test de embarazo y da positivo, así que repite el test y nos confirma lo que ya sospechábamos: está embarazada.

–  Bueno, lo siguiente es pensar qué quieres hacer con el bebé. – Le digo. – ¿Quieres tener este bebé, Natasha?

–  Creerás que estoy loca, pero quiero a este bebé. Incluso aunque Vladimir no me apoye y me abandone, pienso luchar por este bebé. – Me confirma con seguridad.

–  Entonces, solo queda decírselo a Vladimir.

–  ¿Cómo lo hago? Cuando venga, le digo: “Oh, Vladimir, te he echado de menos. Ah, por cierto, estoy embarazada, vas a ser padre.”

–  Es una opción, pero yo escogería algo menos directo. Dejaría que se relajara y, en un momento íntimo, se lo confesaría. – Le propongo.

–  Sería más fácil si tú me prepararas un poco el terreno, Irina.

–  Ni de coña. – Me niego. – Esto es algo entre vosotros dos, Natasha.

–  No te pido que se lo digas, simplemente que hables con él y le preguntes qué intenciones tiene conmigo. – Me suplica. – Si te dice que soy solo una aventura pasajera no le diré nada sobre el embarazo, me iré a San Petersburgo y allí comenzaré una nueva vida lejos de él.

–  Está bien, hablaré con él pero de forma sutil, no esperes que saque mucho. – Cedo. – Anda, ve a guardar tu ropa, nos vemos luego.

Natasha sale de mi habitación y yo me dejo caer sobre la cama. Por el bien de Vladimir, más le vale tener buenas intenciones con ella. Oigo la puerta de la habitación abrirse y doy un respingo. Es Miguel. Rápidamente, escondo los test de embarazo en el primer cajón de la cómoda y, justo cuando lo estoy cerrando, se coloca detrás de mí, me abraza y me susurra al oído:

–  Muñeca, ¿por qué no me has dicho que has vuelto?

Cómo no sé qué responderle, decido besarle. En un abrir y cerrar de ojos, Miguel y yo estamos desnudos, tumbados en la cama, recorriendo el cuerpo del otro con las manos y con la lengua.

–  ¿Has comprado muchas cosas? – Me pregunta cuando nuestras respiraciones se normalizan.

–  Mucha ropa de abrigo para los dos, espero que te guste. – Le contesto. – Y también una pequeña sorpresa para ti.

–  ¿Para mí? ¿Qué sorpresa?

Saco una de las bolsas con el logotipo de la lencería y se la doy a Miguel al mismo tiempo que le explico:

–  No sabía por cuál decidirme, así que he comprado los dos.

Miguel abre la bolsa y saca los dos picardías que he comprado. Uno es un corsé y un culote con liguero de color azul eléctrico y negro y el otro es un camisón de rejilla de color rosa chicle con liguero que no deja nada a la imaginación.

–  ¿Quieres acabar conmigo? – Bromea. – Creo que paso de cenar, prefiero quedarme contigo y ver cómo te pruebas todo lo que te has comprado.

Tras varias bromas y risas, logro convencer a Miguel para bajar a cenar al comedor, donde la familia Vasiliev nos espera para servir la cena.

Miguel está de buen humor y disfruto viéndolo así. Natasha me sonríe divertida y me da el visto bueno en cuanto ve a Miguel aparecer. Durante la cena todos conversamos y reímos y Miguel me sorprende besándome con tanta naturalidad delante de todos ellos.

Cállame con un beso 24.

Cállame con un beso

SILVIA.

Cuando me despierto, estoy tumbada sobre Miguel mientras él me sonríe con dulzura.

–  Buenos días, muñeca. – Me saluda con un beso en la frente.

Le devuelvo la sonrisa y ruedo hacia un lado para tumbarme sobre la cama y dejarle libre de mi peso. Miguel se vuelve hacia a mí y vuelve a colocarme sobre él al mismo tiempo que me dice:

–  Señora Hoffman, ¿no está a gusto con su esposo?

–  En absoluto, simplemente pensaba que quizás le apeteciera respirar con normalidad sin la necesidad de cargar con mi peso. – Le contesto sonriendo.

–  No pienses por mí, muñeca. – Me responde abrazándome con fuerza. – En lo referente a ti, te quiero lo más cerca posible. ¿Nos damos una ducha antes de bajar a desayunar?

Asiento con la cabeza y Miguel me lleva en brazos a la ducha. Después de volver a hacer el amor y ducharnos, bajamos a la cocina.

Frida nos prepara de todo, excusándose por no saber qué me gustaría para desayunar. Tras agradecerle el esfuerzo por todo lo cocinado, le digo que cualquier cosa que prepare me parecerá bien y Frida me sonríe complacida.

Después de desayunar, Miguel me lleva al establo y decide enseñarme la finca y los alrededores montando a caballo. Yo me muestro encantada pero, cuando estoy a punto de subirme al caballo que me ha asignado Miguel, veo un caballo negro precioso que relincha nervioso y agitado. Estoy a punto de pedirle a Miguel que me deje montarlo cuando me dice:

–  Hace un par de años murió su criador y desde entonces no se deja montar, así que olvídate de él. Si sigo teniéndolo en el establo es porque me da pena sacrificarlo.

Estoy a punto de decirle que quiero intentar montarlo cuando pienso que eso nos llevará a una discusión y no quiero arruinar el día después de lo bien que nos estamos llevando desde que hemos llegado, así que le obedezco y subo al caballo que me ha asignado.

Miguel me enseña la finca y después paseamos por la orilla del mar a lomos de nuestros caballos. No discutimos en ningún momento, solo nos sonreímos y hablamos como si fuésemos amigos de toda la vida.

Los días pasan y Erik dedica todas las mañanas a sus negocios, dejándome sola en casa, bueno con Frida y algunos de sus hombres, los cuales no me quitan los ojos de encima pero ni siquiera se atreven a hablar conmigo. Aburrida y consiente de que Erik tardará un par de horas en volver, me dirijo hacia el establo decidida a montar al caballo negro salvaje. En el establo, me encuentro con un chico joven, quizás un par de años mayor que yo, que se dedica a cuidar de los caballos.

–  Buenos días. – Le saludo.

El chico alza la vista y cuando me ve me sonríe ampliamente antes de decir:

–  Buenos días, señora Hoffman. ¿Va a salir a dar un paseo a caballo?

–  No exactamente. – Le contesto encogiéndome de hombros. – Lo cierto es que he venido a ver al caballo negro, Erik me dijo que desde que su cuidador murió hace un año nadie ha podido montarlo porque se ha vuelto salvaje.

–  Soy Dave, mi padre era el cuidador de Rayo, el caballo negro. – Me dice el chico con una sonrisa nostálgica. – Mi padre decía que era el mejor caballo y lo cuidaba como si fuera una persona. Es un caballo inteligente, pero cuando murió mi padre se volvió loco.

–  Lo siento, no pretendía entristecerte…

–  No te preocupes, no pasa nada. – Me dice sonriendo. – Pero el señor Hoffman me matará si se entera que la he dejado acercarse a Rayo.

–  Yo no pienso decírselo pero si crees que sería una deslealtad verme y no decírselo, te aconsejo que te vayas a dar una vuelta durante la próxima hora. – Le sugiero divertida.

–  Creo que me voy a quedar aquí. – Me dice sentándose en una montaña de paja. – Si lo vas a hacer de todas formas, prefiero estar aquí por si me necesitas.

Cada vez que me acercaba a Rayo, éste relinchaba, se ponía nervioso e intentaba morderme. Nunca me había intentado morder un caballo antes, pero aun así, no me doy por vencida. Una hora más tarde, por fin consigo subirme a lomos de Rayo sin que acto seguido me tire sobre el montón de paja, evitando así que Dave vuelva a reírse de mí.

Durante un par de semanas, dedico las mañanas que Miguel no se queda en casa a seguir mi entrenamiento con Rayo. Cada día que pasa Rayo confía más en mí y hoy decido sacarlo del vallado para galopar con él fuera del recinto. A Dave la idea no le gusta en absoluto, pero tampoco puede evitar que lo haga sin salir perjudicado. Monto sobre Rayo a pelo, no le gusta la silla de montar y quiero que se sienta cómodo en nuestra primera salida. Dave está nervioso, no se fía de Rayo y teme que me ocurra algo, pero se calla y no dice nada. Tras trotar con Rayo durante un rato, empezamos a galopar a toda velocidad por el camino que lleva a la playa. Rayo es como una flecha, nunca había montado un caballo con tanta fuerza y tanta velocidad. Estoy tan contenta por mi paseo con Rayo que cuando me dirijo al establo no me doy cuenta que Miguel está de pie junto a Dave y una pareja. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y cara de pocos amigos.

–  Oh, oh, Rayo. – Susurro para que solo me escuche el caballo. – Creo que nos acabamos de meter en un buen lío, amigo.

Me paro frente a Miguel y forzando una sonrisa le digo:

–  Hola, cielo. Hoy has venido temprano.

–  Baja ahora mismo de ese caballo, Irina. – Me dice enfurecido. Hago lo que me pide sin rechistar y le entrego las riendas de Rayo a Dave, que me mira preocupado. – Te dije que no te acercaras a Rayo, que se había vuelto loco y tú, ¿qué haces? Vas y decides galopar con él como si nada. ¿Es que quieres matarte?

Miguel está furioso. De hecho, creo que nunca le había visto tan enfadado. La pareja me observa desde detrás de Miguel y el hombre, de unos treinta y pocos años, me pregunta:

–  ¿Cómo has conseguido montar a Rayo?

–  No ha sido fácil, es un caballo muy testarudo. – Le contesto sonriendo.

–  Káiser, Eva, ésta es Irina, mi mujer. – Nos presenta Miguel implacable.

–  Encantada. – Les digo estrechándoles la mano a ambos.

–  Me encantaría saber cómo te las has apañado para conseguir que Rayo te tolere, yo mismo lo intenté, salí volando y me abrí la cabeza. – Me confiesa el Káiser divertido.

–  Hace dos semanas traté de montarlo por primera vez, pero cada vez que lograba subirme a su lomo, él me lanzaba por los aires y aterrizada en una montaña de paja. – Respondo mirando a Miguel de soslayo, que cada vez está más furioso. – Empecé montándolo en el establo, lo saqué por el vallado y hoy, como lo he notado tranquilo y confiado, lo he sacado de la finca. Rayo es increíblemente rápido y fuerte, pero necesita ponerse en forma. – Me vuelvo hacia a Miguel y le digo con voz dulce: – Es un buen caballo, no puedes dejar que se muera de tristeza encerrado en el establo.

–  Llevas dos semanas montando a Rayo a mis espaldas, a pesar de que te dije expresamente que no te acercaras a él. – Me acusa impasible. – No siendo suficiente solo eso, lo sacas de la finca y galopas con él sin estar ensillado, ¿quieres matarte, joder? Estás loca y…

Le callo con un beso. No quiero discutir con él y mucho menos delante de estos extraños. Cuando despego mis labios de los suyos, le sonrío dulcemente y le susurro al oído:

–  Te he echado de menos, gruñón.

Miguel se ablanda y me sonríe. El Káiser, que se percata de ello, estalla en carcajadas para después decir divertido:

–  Erik, sin duda Irina es tu punto débil. En solo dos minutos ha hecho que pasaras de estar enfurecido a estar con cara de idiota enamorado.

–  Por eso me he casado con ella, por amor. – Le responde Miguel sonriendo para después volverme a besar y decirme con voz más suave: – La próxima vez que quieras montar a Rayo, quiero que me avises para ir contigo. – Hace una pausa y me pregunta: – Solo por curiosidad, ¿cómo has conseguido que Dave se prestara a esto?

–  No lo conseguí. – Le confieso encogiéndome de hombros. – Le di a elegir entre largarse y no tener nada que ver con el tema si me descubrías o quedarse y estar callado. El pobre los primeros días se ponía pálido cada vez que Rayo me lanzaba por los aires. No le regañes, creo que ya se lo he hecho pasar bastante mal.

Todos se ríen, incluido Miguel, y yo me relajo un poco. Regresamos a casa y por el camino Miguel me explica que el Káiser es un amigo y que ha venido con su mujer Eva para visitarnos y quedarse un par de días con nosotros. Mientras Miguel encarga a Frida que acompañe a los invitados a su habitación, yo aprovecho para escaparme a la habitación y darme una ducha, tengo una pinta horrible.

Cállame con un beso 25.

Cállame con un beso

MIGUEL.

En cuanto me aseguro de que el Káiser y su mujer están instalándose en su habitación, me dirijo hacia a mi habitación en busca de Silvia. Aún no me puedo creer lo que ha hecho, me han entrado ganas de matarla cuando la he visto subida a Rayo y galopando como una flecha. ¿Es que se había vuelto loca?

Pero la admiraba. Es increíble que en tan solo dos semanas haya podido ganarse la confianza de Rayo, que parecía haberse convertido en un caballo salvaje y malhumorado. Yo mismo había querido montarlo y desistí cuando me cansé de que me mordiera y me lanzara por los aires. Dave, el Káiser y algunos de mis hombres también quisieron probar, pero ninguno tuvo mejor suerte que yo.

Entro en la habitación en el preciso momento en que Silvia sale del baño envuelta en una toalla diminuta que apenas le tapa los pechos y la parte superior de sus muslos. Trato de mirarla a los ojos para centrarme en lo que quiero decir, pero me resulta imposible recorrer con la mirada su cuerpo casi desnudo. A pesar de semejante visión, no se me olvida el motivo por el que he venido a buscarla:

–  ¿Quieres matarme de un infarto? ¿O pretendes que mate a mi mujer delante de los invitados?

–  Empiezas a parecerte a mi padre, señor Hoffman. – Me dice divertida. – Relájate un poco, me gustabas más en nuestra luna de miel.

–  Estoy hablando en serio, joder.

–  ¡Y yo también! – Me espeta. – Me aburro aquí metida día y noche. Tú te vas todas las mañanas a ocuparte de tus negocios pero yo me quedo sola y aburrida. Si no llega a ser por Dave y Rayo probablemente a estas alturas ya me habría vuelto loca y tendría cincuenta amigos imaginarios.

–  ¿Tanto has disfrutado de la compañía de Dave? – Le pregunto molesto.

–  No me lo puedo creer, ¿estás celoso de Dave? – Me pregunta incrédula.

–  ¿Tengo motivos para estarlo?

–  En absoluto, cielo. – Me contesta acercándose a mí peligrosamente y, antes de besarme apasionadamente, me susurra: – La señora Hoffman solo tiene ojos para ti.

Así no hay quién se controle, joder. Si ya es bastante difícil de por sí, si me besa estando vestida tan solo con una diminuta toalla ya no hay nada que hacer. Me dejo llevar por ese beso y, una hora después, ambos estamos desnudos y agotados sobre la cama.

–  Será mejor que salgamos de aquí si no queremos que nuestros invitados piensen que somos unos mal educados. – Le digo besándole en la frente. – Venga muñeca, ya dormirás luego.

Cuando bajamos al salón, el Káiser y Eva nos sonríen, ambos intuyen lo que hemos estado haciendo todo este tiempo en nuestra habitación. Silvia se ruboriza ligeramente y ese rubor la hace parecer inocente y entrañable y, lo que es peor, me excita demasiado.

–  Erik me ha dicho que quieres pasar una temporada en Moscú, ¿echas de menos tu país? – Le pregunta el Káiser a Silvia.

–  Sí que lo echo un poco de menos, pero esa no es la razón por la que quiero regresar. – Le contesta ella. – Quiero enseñarle a mi marido mis propiedades y mis negocios, quiero que conozca a mis amigos y aprovechar para ver cómo van mis asuntos por allí, no me gusta tenerlos tan descuidados.

–  He oído hablar mucho y muy bien de ti, Irina. Cuando Erik me dijo que se había casado contigo no me lo podía creer. – Dice el Káiser. – En Rusia eres toda una leyenda y, ahora que te conozco en persona, tengo que decir que no solo eres una mujer preciosa y sencilla, sino que también eres humilde, fogosa a juzgar por la cara de idiota que pone Erik cada vez que te mira, y muy valiente. La única capaz de dominar la voluntad de Rayo desde que su cuidador falleció.

–  Káiser, te recuerdo que es mi mujer y que la tuya está sentada a tu lado. – Le aviso.

–  Estoy felizmente casado, amigo. – Me responde el Káiser sonriendo. – Pero eso no quita que admire la belleza, la inteligencia y la valentía de tu mujer.

Durante todo el fin de semana, el Káiser y Eva nos acompañan y salimos a cenar y a tomar unas copas con ellos. Silvia se muestra encantada de poder salir de la finca y anoto mentalmente que tengo que salir con ella más a menudo si no quiero que se busque otra distracción descabellada como la de montar a Rayo.

Cuando el Káiser y su esposa regresan a Berlín, decido llevar a Silvia a cenar a la ciudad. Jeffrey nos lleva hasta el centro y entramos en un restaurante cuya especialidad es la carne asada. Silvia me sonríe con dulzura y yo me derrito. Como diría el Káiser, ahora mismo tengo que tener cara de idiota.

Nos sentamos en una de las mesas más apartadas del local y, en vez de sentarme frente a ella, me siento a su lado para poder besarla, abrazarla y tocarla cada vez que quiera sin que la mesa me moleste.

–  ¿Qué te pasa? Estás muy… – Me dice sin acabar la frase.

–  Estoy muy… ¿qué? – La animo a que continúe.

–  No sé, estás cariñoso, sonriente y pegado a mí como un pulpo. – Me contesta divertida. – Creo que me estás malacostumbrando tratándome así.

–  ¿No te gusta?

–  Yo no he dicho eso, pero me sorprende. – Me confiesa. – Si el primer día que te conocí me hubieran dicho que acabaríamos así, no me lo hubiera creído.

–  Y ahora, ¿qué piensas?

–  Ahora intento no pensar en lo que estamos haciendo. – Me dice con tristeza. – Soy consciente de que no es buena idea llevar esto como lo estamos llevando, pero lo cierto es que así me resulta más cómodo sobrellevar todo esto.

–  ¿Más cómodo? ¿Te acuestas conmigo porque te resulta más cómodo? – Le pregunto molesto.

–  No he querido decir eso, al menos no del modo que tú lo has interpretado. – Me dice sonriendo con ternura y, después de besarme, me aclara: – Me siento a gusto y cómoda contigo. Me gusta no tener que contener mi apetito sexual cada vez que te veo, de lo contrario, nos volveríamos locos. ¿Podrías vivir conmigo en la misma casa y dormir en mi misma cama conteniendo tus ganas de besarme, acariciarme, tocarme y follarme?

–  No, no podría. – Le confieso excitado. – Creo que me volvería loco.

–  Pues a eso me refería.

–  Y, ¿cuándo todo esto acabe? – Le pregunto.

–  No lo sé, Miguel. – Me responde. – Ni siquiera quiero pensar en ello ahora. Ya veremos lo que ocurre de aquí a allí.

Sé muy bien lo que va a ocurrir porque ya está ocurriendo. Por primera vez en mi vida me he enamorado y ella ni siquiera quiere pensar en un futuro. Soy su aventura en esta misión, la clave para satisfacer su necesidad sexual sin levantar sospechas.

Después de cenar, Silvia quiere ir a tomar una copa y a bailar y, como no podía ser de otra manera, me convence de inmediato. La llevo a un pub tranquilo que hay a dos calles y nos sentamos junto a la barra mientras nos sirven las copas.

–  Te has quedado muy callado, ¿te pasa algo? – Me pregunta preocupada.

–  Solo estaba distraído. – Le contesto forzando una sonrisa. Como ella no deja de escudriñarme con la mirada, la beso en los labios y añado: – ¿Quieres bailar?

Silvia acepta encantada y bailamos hasta bien entrada la noche. Entre las copas de la cena y las de después, ambos estamos bastante achispados y nos dejamos llevar por la necesidad y el deseo, cayendo de nuevo en la tentación. Cuando llegamos a casa, ardiendo en deseos, la cojo en brazos y la llevo hasta a la habitación donde, tras colocarla sobre la cama, hacemos el amor hasta caer rendidos de agotamiento.

Cállame con un beso 23.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Al día siguiente, llegamos a Kiel, Alemania, donde poseo una casa de dos plantas y un pequeño terreno. Desde que hemos llegado, Silvia no ha dejado de mirar el paisaje y sonreír y yo me muestro feliz y encantado de que se tome esto tan bien. A partir de ahora, dejaremos de ser Silvia y Miguel para convertirnos en Irina Koviakov y Erik Hoffman. A pesar de estar en una misión, estoy feliz por poder tratar a Silvia como a mi esposa. A partir de ahora, seré como su sombra, no me apartaré de ella ni un segundo.

Jeffrey, mi chófer y seguridad personal (mejor dicho el de Erik Hoffman) nos viene a buscar al aeropuerto y allí empieza nuestra función. Oficialmente, ya somos un matrimonio.

–  Tienes una casa preciosa, cielo. – Me dice cuando llegamos a la pequeña casa que poseo en la ciudad de Kiel. – Aunque se nos quedará un poco pequeña si queremos tener niños, ¿no crees?

–  Cielo, si quieres compraremos otra casa más grande y a tu gusto. – Le respondo sonriendo como si de verdad fuera un recién casado. – Pero de momento, nos apañaremos aquí.

Silvia me sonríe con ternura y yo me derrito. Por ella sería capaz de irme a vivir a mitad del océano si me lo pidiera. Entramos en casa y le presento a Frida, el ama de llaves, ambas parecen caerse bastante bien nada más conocerse. Tengo que reconocer que oír como llaman a Silvia señora Hoffman me excita, aunque ella insiste en que la llamen Irina.

Jeffrey lleva nuestras maletas a la habitación mientras yo le enseño la casa a Silvia. Por último, le enseño nuestra habitación y, con una sonrisa pícara, le digo:

–  Señora Hoffman, esta será nuestra habitación.

–  Definitivamente, la casa entera necesita un toque femenino. – Bromea. – Pero tengo que reconocer que me encanta, señor Hoffman.

–  Te dejaré para que te refresques y descanses antes de la gran cena de esta noche. – Le digo sin dejar de sonreír. – Aquí es tradición celebrar una fiesta de bienvenida cuando llega el patrón, sobre todo si llega con una hermosa y sexy esposa.

–  Dame una hora y estaré lista para lo que quieras. – Me responde pícaramente.

Dejo que Silvia se asee y se acomode en la habitación mientras yo me encargo de saludar a mis hombres y darles la buena nueva. Todos se muestran encantados y deseosos de conocer a mi mujer, así que no rechistan cuando les pido que organicen una buena fiesta de bienvenida.

Cuando regreso a la habitación, Silvia está envuelta en una toalla, recién salida de la ducha, decidiendo qué ponerse. Veo el vestido blanco ibicenco que llevaba la primera noche que quedamos en la cita doble con mi hermano y con Lety y, como si me leyera el pensamiento, decide ponérselo.

Cuando estamos listos, bajamos al jardín donde han organizado una barbacoa con un montón de mesas y sillas para unos veinte comensales. Silvia sonríe al ver todo lo que mis hombres han organizado en tan poco tiempo y me susurra al oído:

–  Creo que me va a encantar ser la señora Hoffman.

Yo me río encantado y le susurro:

–  A mí también me encanta que seas la señora Hoffman. – Y, dicho esto, la beso. Al fin y al cabo, es mi recién estrenada mujer.

Uno a uno, le presento a Silvia a todos mis hombres y ella les saluda amablemente, ganándose el cariño de todos ellos al instante. Muchos de ellos ya habían oído hablar de Irina Koviakov y me sorprendo cuando alaban algunos de sus logros, que no son pocos. Silvia se muestra modesta, pero responde a todas y cada una de las preguntas que mis hombres le hacen hasta que, cansado de sentirme al margen, exclamo:

–  Os recuerdo que es la señora Hoffman y yo apenas he disfrutado de su compañía desde que hemos llegado.

Todos se quedan en silencio, un poco incómodos por mi comentario, pero Silvia, con su carisma y su sonrisa enigmática, se encarga de todo diciendo con tono juguetón:

–  ¿Celoso, cielo?

Todos se echan a reír, incluso yo me río.

–  ¿Debería estarlo, muñeca? – Le pregunto siguiéndole el juego.

Silvia me sonríe, se sienta en mi regazo y después me besa apasionadamente, dejándome sorprendido pero feliz. Cuando nuestros labios se despegan, mis hombres estallan en aplausos y gritos de “viva los novios” que nos hacen sonreír.

Después de cenar, bebemos y bailamos en el jardín junto a todos mis hombres, sus mujeres y las empleadas del hogar. Silvia está bailando con uno de ellos cuando veo que ella sonríe coquetamente y la sangre me empieza a hervir. Decidido a dejar claro que es mi mujer, me acerco a ellos y, con firmeza y determinación, se la arrebato de los brazos para ser yo quien baile con ella. Silvia, sin percatarse del objetivo de mi actuación, me sonríe alegremente y me dice:

–  Nunca hubiera creído que diría esto, pero me alegro de ser tu esposa y estar aquí. – Me mira con picardía y añade: – Y eso que aún no hemos tenido una noche de bodas en condiciones.

–  ¿Acabas de proponerme algo, cielo? – Le pregunto sorprendido.

–  Se supone que estamos casados y es normal que practiquemos sexo, ¿no crees?

–  Estoy totalmente de acuerdo. – Le contesto antes de devorarle la boca.

El beso nos excita y nuestras manos se empiezan a mover con voluntad propia, así que decido coger a Silvia en brazos y llevarla a la habitación ante la atenta mirada de todos los presentes. Silvia, lejos de amilanarse, me sonríe con complicidad.

Cuando llegamos a nuestra habitación, cierro la puerta y echo el pestillo. Silvia se dirige hacia el baño y abre el grifo para llenar el jacuzzi. Regresa con una sonrisa perversa, desliza los tirantes de su vestido por sus brazos y lo deja caer hasta a sus pies, quedándose en ropa interior frente a mí.

–  Esto no está bien, pero aun así no puedo evitarlo. – Me dice con la voz ronca por la excitación. Empieza a desabrocharme los botones de la camisa mientras añade: – Quiero una noche de bodas en condiciones, cielo.

–  Tus deseos son órdenes para mí, cielo. – Le contesto excitado mientras le acaricio su duro y firme trasero. – Estoy dispuesto a darte todo lo que me pidas.

Me termino de desnudar por completo y después hago lo mismo con Silvia. Frente a mí, totalmente desnuda, la coloco frente al espejo y yo me pongo tras ella. Silvia me mira a través del espejo y me sonríe, sabe a qué quiero jugar y lo acepta sin complejos. Coloco mis manos en su cintura y asciendo hasta llegar a sus pechos, los cuales masajeo al mismo tiempo que la beso en el cuello y le susurro:

–  Quiero que nos mires. Quiero que veas lo que te hago y cómo reacciona tu cuerpo a mis caricias. Quiero que te excites mirándonos.

Juego con sus pezones, estirándolos y apretándolos mientras la escucho respirar agitadamente. Cuando los pezones están duros, empiezo a descender por su abdomen hasta llegar a su monte de Venus, completamente depilado. Me detengo antes de adentrarme entra sus labios vaginales y Silvia me mira impaciente a través del espejo. Le sonrío lascivamente, consciente de la excitación que le estoy haciendo sentir, y me adentro en su entrepierna en busca de su clítoris. Su humedad me confirma su grado de excitación y, para excitarla aún más, le ordeno:

–  Date placer, quiero verte.

Silvia recuesta su cabeza sobre mi hombro y lleva su mano hasta su entrepierna. Tras apartar los labios vaginales, empieza a acariciarse sobre el clítoris al mismo tiempo que leves gemidos brotan de su garganta. Su imagen en el espejo me excita demasiado como para seguir siendo un personaje pasivo y decido entrar en acción. Mientras ella se acaricia el clítoris, yo le acaricio los pezones y dibujo un camino de besos desde su cuello hasta su hombro, recorriendo su clavícula.

–  Quiero darte placer, cielo. – Me dice con una sonrisa lasciva.

Silvia se arrodilla ante mí y se mete el pene en la boca. Lo acaricia con las manos al mismo tiempo que lo lame y lo devora con su lengua y su boca. Me siento en el paraíso, nada de esto me parece real, es como estar viviendo un sueño. Estoy demasiado al límite como para permitir que Silvia prosiga con su acción, por muy placentera que sea, así que la cojo de los hombros y la levanto del suelo. La cojo en brazos y coloco sus piernas alrededor de mi cintura. La apoyó contra la pared y, de un suave pero firme empujón, la penetro. La penetro una, dos, tres, diez veces mientras ella gime pidiendo más profundidad, abriéndose más para que mi miembro entre por completo en su interior. Le doy lo que me pide y, tras un par de estocadas más, ambos llegamos al clímax. Caemos al suelo y, para evitar que Silvia se haga daño o coja frío, la coloco sobre mí.

Cuando nuestras respiraciones se normalizan, le susurro al oído:

–  No sé qué me estás haciendo, pero me estás volviendo loco, muñeca.

–  Yo no hago nada, cielo. – Me responde con inocencia.

La abrazo con fuerza deseando que este momento no acabe nunca, pero pasados unos minutos Silvia me dice con voz de cansada:

–  Deberíamos meternos en la cama o nos quedaremos aquí dormidos.

Sin dejar que se mueva, me levanto con ella en brazos y me meto en la cama, colocándola sobre mí, tal y como estábamos en el suelo. Silvia se ríe pero no se queja, así que yo la abrazo y así nos quedamos dormidos toda la noche.