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Bajo la luz de la luna 15.

Bajo la luz de la luna

Alan y Elisabeth el sábado siguieron la misma rutina que el día anterior, salvo que por la noche se celebraba la gala anual de la empresa de Alan y todos tenían que vestir de etiqueta. Elisabeth, acompañada por Olivia y Marta, días atrás se había comprado para la ocasión un vestido de noche de Versace de color violeta con escote en palabra de honor y cola de sirena.

–  Estás preciosa, tanto que estoy pensando en pedir que nos suban la cena a la suite. – Le dijo Alan cuando la vio lista para bajar a cenar con los demás.

–  Tú también estás muy sexy con ese traje negro y esa corbata a juego con mi vestido, ¿cómo la has conseguido?

–  Marta me dijo que iba a acompañarte a comprar un vestido para la cena de esta noche y le pedí que me comprara una corbata a juego con tu vestido. – Le respondió Alan divertido. – Tengo que confesarte que el Versace que llevas te hace parecer una diosa sexy a la que voy a desear toda la noche.

–  Cuanto más se espera por conseguir lo que se desea más se disfruta cuando por fin lo consigues.

–  Acabarás matándome. – Le susurró Alan oído mientras la estrechaba entre sus brazos.

Se dirigieron al salón donde daría comienzo la gala con un cóctel de bienvenida y, mientras Alan hablaba con un par de compañeros de la oficina, la mujer del presidente se dirigió hacia a ella y la saludó con un cariñoso abrazo al mismo tiempo que le decía en inglés:

–  ¡Lady Elisabeth, qué coincidencia verte aquí!

Evelyn Boots era una amiga de la madre de Elisabeth desde que iban al instituto y aún seguían manteniendo el contacto. Entonces Elisabeth cayó en la cuenta: el marido de Evelyn, Guillermo Rojo, tenía una empresa de publicidad en España y si estaba allí solo podía ser por un motivo.

–  ¡Evelyn, qué sorpresa! – La saludó Elisabeth sin poder ocultar su nerviosismo mientras dirigía la mirada hacia a Alan para que no se diera la vuelta y descubriera el pastel.

–  Relájate, no pasa nada. – Le susurró Evelyn. – Supongo que no le has dicho que acabas de romper tu compromiso con Lord Hudson, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondió Elisabeth avergonzada por su estupidez. – Ni siquiera tiene idea de quién soy en realidad, Eve.

–  No seremos nosotros quien te descubra, pero deberías hablar con él cuanto antes. – Le aconsejó Evelyn. – Estas cosas siempre se terminan sabiendo y a él no le gustará enterarse por otra persona que no seas tú. Hablaré con Guillermo antes de que meta la pata.

–  Gracias, Eve.

Entregadas a aquella conversación, ninguna de las dos se dio cuenta que alguien las estaba observando y había escuchado toda la conversación.

Como si nada hubiera pasado, ambas se separaron discretamente y Elisabeth se acercó a Alan y éste cuando la vio aparecer la abrazó por la cintura y la besó en la mejilla para después presentarla a sus compañeros y sus respectivas esposas.

Volvieron a posar antes de entrar en el comedor, donde Guillermo Rojo dio un breve discurso de bienvenida antes de que todos empezaran a cenar. Alan presentó a Elisabeth y Guillermo y ambos se saludaron como si acabaran de conocerse, lo cual resultó bastante extraño, pero Evelyn se había encargado de alertar a su marido y pedirle que les siguiera la corriente y fingiera no conocer a Elisabeth y él obedeció a su mujer, aunque sabía que aquello no estaba bien.

Tras la cena, siguieron los brindis y el baile. Alan sacó a bailar a Elisabeth una balada de Adele, “Set in fire”. Muy apropiada, se dijo Elisabeth. Bailaron pegados el uno al otro mientras se miraban a los ojos con deseo y sus labios se aproximaban cada vez más hasta que finalmente se fundieron en un beso apasionado que les abstrajo de todo lo demás, incluidas las más de doscientas personas que estaban allí. Con el furor de la noche y la ayuda del alcohol, aquel beso pasó desapercibidos para todos, excepto para una persona que les sacó varias fotos sin que se dieran cuenta.

En cuanto acabó la canción, Alan y Elisabeth se retiraron a la suite. El deseo ya les invadía y después de aquel beso ninguno de los dos pudo reprimirse más. Entraron en la habitación y Alan la cogió en brazos y la llevó a la cama, le urgía la necesidad del contacto con ella y a ella le ocurría lo mismo. Elisabeth no esperó a que Alan le pidiera lo que ambos deseaban, sabía lo que quería y estaba dispuesta a dárselo. Hicieron el amor y se quedaron tumbados sobre la cama, abrazados el uno al otro.

–  ¿Puedo preguntarte algo de lo que me temo no te va a gustar responder? – Le preguntó Elisabeth con voz dulce.

–  Acabas de hacerlo. – Bromeó Alan, pero después añadió: – Adelante, kamikaze. Pregunta lo que quieras.

–  Me dijiste que una vez te sentiste perdido y quiero saber por qué.

Alan suspiró, aquel era un tema del que no le gustaba hablar, pero con Elisabeth le resultaba más fácil y decidió responder:

–  Laia era mi novia del instituto y yo la idolatraba, a pesar de que era de lo más superficial. Ya sabes, la adolescencia y sus incoherencias. – Le dio un beso en los labios y continuó: – Durante el primer año de universidad, Laia se quedó embarazada. Estaba a punto de dejar la universidad y ponerme a trabajar cuando escuché a Laia hablar por teléfono con una amiga y le contaba que el hijo que esperaba no era mío si no de un tipo con el que últimamente se había estado acostando. – Alan hizo una pausa en la que Elisabeth no supo qué decir y esperó a que Alan continuara hablando: – Un par de días después de descubrir la gran mentira, me enteré que Laia primero le contó lo del embarazo a su amante y cuando éste se desentendió, me hizo creer que el bebé era mío. Y entonces me pregunté en quién me había convertido. Me sentí perdido, pero no por el hecho de que Laia tuviera un amante, sino por el hecho de que yo mismo lo había permitido. No sé cómo explicarlo es como si…

–  Es como si te hubieras sentado a esperar mientras el tiempo pasaba y tú no hacías nada. – Acabó la frase Elisabeth.

–  No lo podría haber descrito mejor. – Le agradeció Alan dedicándole una dulce sonrisa. – Pero ya han pasado diez años y sé perfectamente quién soy y qué es lo que quiero.

–  ¿Eso significa que dentro de diez años sabré quién soy y qué es lo que quiero? – Bromeó Elisabeth.

–  Significa mucho más que eso, créeme. – Le susurró al oído mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos y disfrutaba de su dulce aroma. Vio que Elisabeth estaba haciendo un esfuerzo por mantenerse despierta y, tras darle un leve beso en los labios, añadió: – Será mejor que descansemos, es tarde y mañana regresamos a casa temprano. Buenas noches, pequeña kamikaze.

–  Buenas noches. – Murmuró Elisabeth medio dormida.

A la mañana siguiente, Elisabeth se despertó en la misma posición en la que se había dormido: entre los brazos de Alan. Tras darse una ducha, vestirse y hacer las maletas, bajaron al comedor a desayunar y se despidieron de los compañeros de Alan antes de regresar a la ciudad.

Durante el camino de regreso a casa, Elisabeth no dejó de darle vueltas a la cabeza sobre algo que le preocupaba y que no sabía cómo solucionar. Sabía que tenía que decirle la verdad a Alan y no podía demorarlo más, pero le daba miedo que se lo tomara mal y pensara que había querido mentirle. Después de lo que Alan le había contado que le hizo Laia, estaba segura de que no perdonaría una mentira y ella le había ocultado su compromiso con Mike, la cancelación de su compromiso y boda con Mike, y su verdadera identidad. A su favor solo se podía alegar que no había mentido, simplemente se había limitado a ocultar aquellas cosas que en su día le pareció que no eran importantes pero que ahora se habían convertido en una gran bola que le iba a caer encima. Debía hablar con él pero no quería estropear el maravilloso fin de semana que habían pasado juntos y decidió esperar al lunes, quizás podría prepararle una cena casera para cuando él llegara de trabajar, dicen que con el estómago lleno las malas noticias no parecen tan malas, o al menos eso creía haber oído Elisabeth.

Llegaron al apartamento y por la noche Alan convenció a Elisabeth para que pasara la noche con él, pese a que a la mañana siguiente tenía que levantarse temprano para ir a trabajar. Le gustaba estar con ella y había disfrutado tanto durante el fin de semana que Alan no quería que aquel día terminara y tuviera que separarse de Elisabeth.

Bajo la luz de la luna 14.

Bajo la luz de la luna

Después de haberse relajado en el jacuzzi, se instalaron en la suite y bajaron al salón donde estaba previsto que dieran la bienvenida a todos los invitados. Elisabeth se puso nerviosa cuando vio a tanta gente allí y ella no conocía a nadie. Alan se percató de que Elisabeth se tensaba y, para tratar de calmarla y se sintiera cómoda, le colocó el brazo alrededor de la cintura y le susurró al oído:

–  Creo que tú no te has relajado demasiado.

Elisabeth le miró a los ojos y le sonrió con complicidad antes de responder:

–  Tendremos que hacer terapia intensiva de relajación.

–  Regresemos a la suite, nadie se dará cuenta de que nos hemos ido. – Le propuso Alan.

–  ¡Alan, pero si has venido! – Exclamó un hombre a su espalda. Alan y Elisabeth se volvieron para mirarle y el hombre añadió: – ¡Y has venido muy bien acompañado!

–  Ya ves, Luís. Alguna vez tenía que venir y a Guillermo se le ha ocurrido que de este año no pasaba, así que aquí estoy. – Le dijo Alan estrechándole la mano a Luís, el director creativo. Agarró a Elisabeth por la cintura con posesión y le dijo con voz seria: – Elisabeth, te presento a Luís Cobo, el director creativo de la empresa.

–  Un placer conocerla, señorita Elisabeth. – La saludó Luís mientras cogía su mano y se la llevaba a los labios para besarla, mostrando su lado más seductor.

–  Luís. – Le advirtió Alan y el aludido captó de inmediato el mensaje. Alan le dio un beso en la mejilla a Elisabeth y le susurró: – Voy a por un par de copas, tardo un minuto.

Alan se marchó y Elisabeth se quedó con Luís, que la miraba como si quisiera comérsela y aquello la incomodaba.

–  Así que has venido con Alan, ¿eres su novia? – La interrogó Luís en cuanto tuvo ocasión. Elisabeth no respondió pero le desafió con la mirada y él añadió: – Supongo que no es asunto mío, disculpa.

Luís se retiró y la dejó sola rodeada de gente a la que no conocía, pero prefería estar sola que aguantando sus preguntas indiscretas.

–  ¿Qué ha pasado? – Preguntó Alan con la voz grave provocando un respingo en Elisabeth que no le había visto acercarse.

–  ¿Qué se supone que tiene pasar? – Preguntó Elisabeth desconcertada.

–  He visto como Luís salía huyendo y él nunca se separa de una chica preciosa mientras tenga ocasión.

–  No ha pasado nada, supongo que querrá saludar a sus compañeros. – Mintió Elisabeth.

Alan sabía que Elisabeth le estaba ocultando la verdad, pero lo dejó pasar al ver que no se sentía incómoda ni nerviosa, parecía relajada y a gusto y a él con eso le bastaba.

Apenas avanzaban un par de pasos hacia el centro del salón cuando algún compañero de trabajo de Alan los saludaba y les presentaba a su esposa o pareja con quien habían venido a acompañados. Cuando por fin lograron llegar a la mesa donde les habían ubicado junto al resto de directivos y sus respectivas esposas, Elisabeth se percató de la hostilidad que emanaba entre Alan y Luís. No sabía el por qué, pero estaba segura de que aquellos dos se odiaban y tenía la intuición de que ella acabaría estando en medio de alguna disputa entre aquellos dos, pues Luís no dejaba de provocar a Alan al adular a Elisabeth constantemente. Al principio Elisabeth se divertía, pero al ver cómo Alan pasaba de estar molesto a furioso, decidió que lo mejor era mantenerse al margen de aquella pelea de leones.

La comida fue bastante amena, pero después del café, Alan se las ingenió para escaparse con Elisabeth y dar una vuelta por los alrededores del hotel.

–  ¿Vas a darme veinticuatro horas de sinceridad? Te recuerdo que me dijiste que en los Pirineos responderías a todas mis preguntas. – Le recordó Elisabeth divertida.

–  Y soy un hombre de palabra. – Le contestó Alan besándola en los labios antes de añadir: – Pregunta lo que quieras saber.

–  ¿Por qué os odiáis Luís y tú?

–  No es odio exactamente, supongo que es rivalidad.

–  Los hombres y las mujeres somos muy diferentes en cuanto a relaciones sociales se refiere. – Le dijo Elisabeth. – Vosotros lo hacéis todo más fácil, os conocéis, encontráis algún tema en común del que podáis hablar y os hacéis amigos, pero las mujeres somos más malas, supongo que por eso siempre se me ha dado mejor tener amigos y no amigas.

–  Te metiste en el bolsillo a Oli y Marta el primer día. – Le recordó Alan. – Puede que Oli no cuente porque ella se lleva bien con todo el mundo, forma parte de su carácter, pero te aseguro que mi hermana es muy selectiva y exigente con sus amistades y sin embargo a ti te adora.

–  Las dos son estupendas y me han ayudado mucho desde que llegué.

–  Supongo que no te refieres a ir de compras para decorar y amueblar la casa y el apartamento. – Le dijo Alan bromeando.

–  A eso también, pero yo me refería a una ayuda más emocional.

–  ¿Por qué te has ido de Londres y te has venido a Barcelona tan repentinamente?

–  Necesitaba cambiar de aires, conocer gente diferente y poder ser yo sin más. – Le respondió Elisabeth encogiéndose de hombros. – ¿Alguna vez te has sentido tan perdido que has llegado a olvidar quién eras?

–  Sí, una vez. – Reconoció Alan y su mirada se volvió más oscura que nunca.

–  Aún no me has contado el porqué de esa rivalidad con Luís. – Le recordó Elisabeth para cambiar de tema al ver que Alan se tensaba.

–  Vale, pero te advierto que no te va a gustar oír la respuesta. – Le advirtió Alan con una media sonrisa que la hizo sonreír. – Luís empezó a salir con una chica y un día la trajo a un bar de copas donde solíamos ir todos los viernes al salir del trabajo. Ese día yo llegué más tarde y antes de ver a mis compañeros tropecé con ella cuando se dirigía al baño. Una cosa llevó a la otra y acabamos montándonoslo en el baño, pero como ella tardaba Luís fue a buscarla y nos pilló.

–  ¡Qué mala suerte tienes! – Exclamó Elisabeth divertida.

–  Pero eso no fue todo. – Continuó Alan. – El lunes siguiente nos volvimos a ver en la oficina y nuestro jefe nos reunió porque ambos nos habíamos presentado para la vacante de director ejecutivo y me la dieron a mí, aquello ya firmó nuestra rivalidad. Desde entonces tratamos de mantener las formas en público y nos dedicamos a putearnos en privado.

–  En tu defensa debo decir que tú no obligaste a esa chica a hacer nada que no quisiera y que si te dieron a ti el puesto de director ejecutivo es porque tu jefe creyó que tú estabas más capacitado que él, por lo que no tiene nada que reprocharte. – Opinó Elisabeth. – De hecho, te tendría que estar agradecido porque gracias a ti ahora sabe que aquella chica no le convenía.

Ambos se echaron a reír y a Alan le gustó poder hablar con ella de cualquier cosa con tanta naturalidad y sobretodo que, pese a lo que le contaba, ella seguía defendiéndolo. Nunca se había sentido así con ninguna chica, ni siquiera con Laia, y eso le sorprendió.

Continuaron hablando durante toda la tarde mientras paseaban por el valle y bordeaban el pequeño río que por allí pasaba. Regresaron al hotel sobre las ocho de la tarde y subieron directamente a la suite para ducharse y vestirse para la cena, donde tendrían que seguir haciendo vida social.

Cuando bajaron al salón un par de fotógrafos se habían colocado frente a la puerta del comedor donde hacían posar a los invitados para fotografiarlos. Elisabeth se tensó nada más verlos, no le gustaban los fotógrafos y le gustaban aún menos después de la anulación de su compromiso.

–  ¿Tenemos que hacernos la foto o es voluntario? – Se oyó preguntar Elisabeth.

–  No es obligatorio, pero todo el mundo se la hace. – Le respondió Alan y añadió desconcertado: – Si no quieres, no nos hacemos la foto. Pero después nos las regalan y sería un bonito recuerdo que me gustaría tener.

–  Vale, me has convencido.

Alan y Elisabeth posaron frente a los fotógrafos y entraron en el comedor, donde cenaron de nuevo con los empleados de la empresa. El único que allí faltaba era el presidente y director de la empresa y su esposa, que llegarían el sábado por la tarde para asistir a la cena de gala.

Aguantaron hasta después del café y la primera copa, pero después Alan se encargó de volver a ingeniárselas para escabullirse con Elisabeth y encerrarse en la suite, donde seguirían con su particular terapia de relajación.

Bajo la luz de la luna 13.

Bajo la luz de la luna

Después de aquella noche de pasión bajo la luz de la luna, Elisabeth y Alan pasaron el domingo junto a Olivia y Marcos. Alan sabía que Elisabeth había salido de Londres porque necesitaba tomarse un tiempo y cambiar de aires, se lo había oído decir a ella misma la primera noche que la conoció, por lo que no quería que se sintiera presionada y echarlo todo a perder. Los dos se comportaron con normalidad y se sonreían con complicidad. A última hora de la tarde, Alan le preguntó a Elisabeth si pensaba regresar al apartamento y ella le respondió que prefería quedarse en la casa, algo que no le gustó demasiado a Alan, pero optó por respetar su decisión.

El lunes Elisabeth se levantó al amanecer. Apenas había dormido en toda la noche pensando en el comunicado que saldría en la prensa y necesitaba salir a correr para despejarse. Estuvo más de dos horas corriendo por la playa y cuando regreso a casa se dio una ducha y llamó a Jason, quería saber a lo que se enfrentaba antes de hablar con su padre.

–  Ya estabas tardando en llamar. – Respondió Jason nada más descolgar.

–  Entonces no me hagas esperar y cuéntamelo ya.

–  Mike ha enviado el comunicado a la prensa, pero no ha enviado el comunicado que habíamos acordado el miércoles. – Empezó a decir Jason. – La buena noticia es que ha preferido enviar un pequeño escrito en el que dice que tras meditarlo mucho habéis decidido dejar la boda a un lado, pero no deja claro que ya no estáis juntos. Creo que tiene la esperanza de que vuelvas con él.

–  Al menos la prensa no se volverá loca buscándome, puede que ni siquiera sepan que estoy fuera del país. – Le dijo Elisabeth.

–  Elisabeth, puede que la noticia llegue a salir en la prensa española, deberías pensar si hay alguien a quien prefieras contar tu historia personalmente o si prefieres que se encargue de ello la prensa. – Le aconsejó Jason.

Durante el resto de la semana, Elisabeth siguió con la misma rutina: se levantaba, se iba a correr, se reunía con Olivia y Marta en la playa, hablaban de sus cosas, comían en el bar de Fernando y pasaban la tarde de compras en el centro comercial para aliviar el calor del verano que se aproximaba. Por la noche, cuando Elisabeth se quedaba a solas en su casa, buscaba en internet las noticias relacionadas con la cancelación de su boda.

Alan llamaba a Elisabeth por teléfono todas las noches, le preguntaba cómo estaba, qué había hecho ese día y le recordaba que había prometido acompañarle el fin de semana al evento que su empresa organizaba. A Elisabeth le gustaba que Alan fuera tan atento y estuviera tan pendiente de ella, pero por otra parte no podía evitar pensar en lo que le había advertido Jason. Tarde o temprano tendría que contarle que había huido de Londres tras romper su compromiso con Mike si no quería que se terminara enterando por la prensa.

El jueves por la tarde, Alan la fue a buscar a casa cuando salió de la oficina y juntos regresaron a la ciudad para salir hacia a los Pirineos al amanecer. Elisabeth estuvo a punto de pedirle a Alan que se quedara a pasar la noche con ella, pero finalmente decidió no hacerlo, era mejor tomarse las cosas con calma. Alan pensó lo mismo, también le apetecía pasar la noche con ella, pero no quería presionarla, intuía que si la presionaba lo más mínimo ella se iría tan rápido como llegó.

El viernes por la mañana, Alan y Elisabeth se levantaron al amanecer y, tras ducharse y vestirse cada uno en su apartamento, se pusieron de acuerdo para desayunar en la cafetería de la esquina antes de subirse al coche y conducir hasta los Pirineos.

–  Pareces nervioso, ¿estás bien? – Preguntó Elisabeth mientras desayunaban.

–  ¿No se supone que eso debería preguntarlo yo?

A partir de aquel momento, ambos se relajaron. Durante el camino que duró casi tres horas, escucharon música y Alan le habló de su trabajo. Era director ejecutivo de una empresa de publicidad internacional, pero con sede en España y presidente español. Por la manera de hablar de su trabajo, sabía que le gustaba y que se llevaba bien con sus compañeros de trabajo, motivo por el que Elisabeth no entendía que estuviera tan tenso, ¿acaso le ocultaba algo? Decidió no pensar en ello, ella también ocultaba muchas cosas. Las únicas que sabían toda la verdad eran Olivia y Marta y estaba segura de que ellas le guardarían su secreto.

–  Ya hemos llegado. – Anunció Alan sacándola de sus pensamientos.

Elisabeth miró por la ventanilla antes de bajarse del coche y se quedó fascinada. Las montañas era frondosas y verdes, incluso se podía ver un poco de nieve en los picos más altos. El hotel estaba situado en medio de un valle rodeado de montañas y era una enorme mansión con una piscina que bien podría ser olímpica. Se bajaron del coche y observaron en silencio aquel hermoso lugar. Sin duda alguna, a Elisabeth lo que más le gustó fue el hermoso paisaje y Alan pareció leerle la mente porque le susurró al oído:

–  Seguro que estás pensando en salir a correr por aquí.

–  Has acertado. – Reconoció Elisabeth sonriendo. – Es un lugar fantástico y me encanta, me alegro de haber venido.

–  Eso no deberías decirlo tan pronto, espera a que llegue el domingo. – Bromeó Alan. Sacó el equipaje de ambos del maletero y rápidamente dos botones del hotel se lo arrebataron de las manos para cargar con las maletas hasta su habitación y, siguiéndoles, agarró a Elisabeth por la cintura y le dijo: – Vamos a ver la habitación.

Una vez llegaron a la puerta de la habitación, Alan les dio un billete de 20€ de propina a los dos hombres y les hizo un gesto para que se retiraran. En cuanto se dieron la vuelta, Alan abrió la puerta de la habitación y dejó que Elisabeth entrara primero para después hacerlo él con las dos maletas que dejó en el pequeño hall y cerró la puerta de nuevo. Elisabeth sonrió al ver aquella suite, solo tenía una enorme cama y eso le facilitaría las cosas si así lo deseaba. Echó un rápido vistazo al amplio baño con jacuzzi y la zona que hacía de salón, con un sofá de tres plazas frente a un televisor de 50 pulgadas, una mesa de café, chimenea, un mueble bar con todo tipo de bebidas alcohólicas y no alcohólicas y un escritorio con una silla.

–  Y bien, ¿qué te parece? – Quiso saber Alan que la observaba divertido mientras ella inspeccionaba cada rincón de la suite.

–  Tenemos sofá, cama, televisor, alcohol y un enorme jacuzzi en el baño, ¿qué más puedo pedir?

–  Puedes pedir compañía. – Le sugirió Alan sonriendo con picardía.

–  ¿Me estás proponiendo un trío? – Preguntó Elisabeth con naturalidad.

–  ¿Qué? ¡No! Quiero decir…

–  ¿Una orgía? – Preguntó Elisabeth con voz y apariencia relajada, tratando de que Alan le dijera de una vez qué era lo que le estaba proponiendo.

–  Me refería a que solo yo sea tu compañía. – Le aclaró Alan y añadió sorprendido: – ¿Cómo has podido pensar en que iba a hacer un trío o una orgía con alguien del trabajo? ¿Te has olvidado de dónde estamos?

–  No sé, me lo has dicho de una manera… – Se defendió Elisabeth encogiéndose de hombros. – Estás demasiado tenso y a la defensiva, ¿estás seguro de que estás bien?

–  No, no estoy bien y menos cuando me vas proponiendo tríos y orgías. – Le respondió Alan un poco molesto.

–  Creo que a los dos nos vendría bien relajarnos un rato en el jacuzzi. – Le dijo Elisabeth sonriendo y arrastrándole del brazo hacia el baño.

Elisabeth abrió los grifos del jacuzzi para que se llenara de agua y empezó a desnudarse frente a Alan que la observaba sin decir nada. Elisabeth le sonrió, se acercó a él vestida tan solo con la ropa interior y comenzó a desabrocharle los botones de la camisa.

–  ¿Vas a conformarte solo conmigo? – Preguntó Alan todavía un poco molesto con Elisabeth pero sin poder rechazar su proposición.

–  Yo no me conformo con nada, tan solo intento conseguir lo que deseo y, en este momento, lo que deseo eres tú. – Le dijo Elisabeth con el semblante serio para que se olvidara del tema.

Alan sonrió, aquellas palabras decían más de lo que pretendían y sabía que solo era cuestión de tiempo que aquella misteriosa chica que tenía delante cayera rendida a sus pies.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi. A penas le dio tiempo a entrar cuando Alan la cogió y la sentó a horcajadas sobre él, presionando con su enorme erección la entrepierna de ella mientras la estrechaba entre sus brazos.

Hicieron el amor apasionadamente, se acariciaban, se besaban, se daban pequeños mordiscos de placer y juntos alcanzaron el clímax. Alan sostenía a Elisabeth entre sus brazos mientras recobraba su respiración y, tras besarla con ternura en la frente, le susurró al oído:

–  Vas a volverme loco, pequeña kamikaze.

Bajo la luz de la luna 12.

Bajo la luz de la luna

El sábado a media mañana los cuatro amigos se dirigieron hacia a la pequeña urbanización y comieron en el bar de Fernando. Después de comer, fueron de compras a un centro comercial cercano para comprar la comida y la bebida para la fiesta de la luna llena.

Cuando cayó la noche, los cuatro se dirigieron a la pequeña cala donde improvisaron una pequeña mesa colocando una toalla sobre la arena y otras dos a los lados donde se sentaron por parejas. Alan y Elisabeth no habían hablado en todo el día del beso que se habían dado la noche anterior, pero tampoco habían tenido la ocasión de quedarse a solas.

Elisabeth miraba hipnotizada la gran luna llena que se reflejaba en el mar e iluminaba la noche como si de un gran faro se tratara cuando Alan se acercó a ella por detrás y le susurró al oído con la voz ronca:

–  Es una preciosa noche de luna llena, ¿no te parece?

Sin dejar de mirar la luna llena, Elisabeth sonrió y susurró:

–  Me encantan las noches de luna llena.

Charlaron alegremente mientras cenaban y brindaban por aquella noche de luna llena. Encendieron una pequeña hoguera con algunas ramas secas y la delimitaron con piedras pese a estar sobre la arena de la playa y a escasos tres metros de la orilla del mar.

Elisabeth descubrió que aquellas fiestas de luna llena se basaban en cenar en la playa, emborracharse con los amigos y bañarse en el mar bajo la luz de la luna. Marcos contaba cientos de anécdotas de fiestas de la luna llena anteriores y todos reían divertidos.

–  ¿Te lo estás pasando bien? – Le preguntó Alan a Elisabeth cuando Marcos y Olivia se levantaron para pasear por la orilla.

–  Sí, me lo estoy pasando muy bien. – Le confirmó Elisabeth con una sonrisa coqueta en los labios.

–  Tengo que preguntarte algo. – Le confesó Alan dejando sus labios a escasos milímetros de los labios de Elisabeth. Elisabeth le miró a los ojos y contuvo la respiración hasta que le oyó preguntar: – ¿Te enfadarás si vuelvo a besarte?

Elisabeth no contestó y le besó a modo de respuesta. Fue un beso lleno de pasión y deseo que ambos anhelaban desde hacía semanas, pero sus cuerpos ansiaban más, mucho más.

–  Si seguimos así un segundo más no voy a poder parar. – Le dijo Alan con la voz ronca mientras se apartaba lentamente de Elisabeth y trataba de mantener la compostura.

Marcos y Olivia se acercaron a ellos y Marcos, con tono burlón, les dijo:

–  Chicos, nos vamos a casa a seguir con esta mágica noche y creo que vosotros deberíais hacer lo mismo. – Se volvió hacia a Elisabeth y añadió: – Te robo a Olivia esta noche, pero estoy seguro de que Alan estará encantado de hacerte compañía si así lo deseas.

–  Llámame si necesitas algo, da igual la hora que sea, ¿de acuerdo? – Le dijo Olivia a Elisabeth con un tono de preocupación que no pasó inadvertido.

–  No te preocupes, estaré bien. – La tranquilizó Elisabeth.

Olivia asintió y finalmente se marchó con Marcos. Elisabeth esperó hasta asegurarse de que aquellos dos ya estaban lo suficiente lejos como para no verles y escucharles y le dijo a Alan que estaba sirviendo un par de copas de vino:

–  Quiero bañarme en el mar bajo la luz de la luna.

Alan le entregó una de las copas y bebió un trago de la otra copa que dejó en sus manos, la miró fijamente a los ojos y le preguntó:

–  ¿Es una invitación a bañarme contigo?

Elisabeth no contestó, le dedicó una sonrisa traviesa, se puso en pie y se quitó el vestido ibicenco dejándolo caer al lado de Alan sobre la toalla, quedándose vestida tan solo con un diminuto conjunto de sujetador y culote de color fucsia, por suerte para ella, uno de los mejores conjuntos que tenía. Alan recorrió su cuerpo con la mirada y volvió a beber otro trago de vino de su copa antes de ponerse en pie y quedar frente a Elisabeth. Se quitó lentamente la camiseta y después hizo lo mismo con los pantalones mientras ella lo observaba llena de deseo. Alan se acercó y la cogió por la cintura para atraerla hacia a sí y estrecharla entre sus brazos antes de volver a besarla. Tras ese beso, Elisabeth le cogió de la mano y lo guio hasta a la orilla, donde ambos se miraron antes de zambullirse en el agua. Elisabeth sacó la cabeza a la superficie y se vio envuelta por los brazos de Alan, que la estrechó contra su cuerpo y le susurró al oído:

–  Estás preciosa bajo la luz de la luna.

Alan la besó en los labios y sus cuerpos volvieron a encenderse por el deseo de lo que aquella noche prometía. Las caricias y los besos cada vez les excitaban más hasta que Alan dijo con la voz ronca:

–  Eli…

Pero ella no le dejó hablar. Le besó en los labios provocándole y excitándole y después le dijo con una sonrisa maliciosa:

–  Olvídate de todo durante una noche. Ahora solo estamos tú y yo y ambos deseamos lo mismo, una noche bajo la luz de la luna.

Con aquellas palabras, Elisabeth le dejó muy claro a Alan lo que deseaba y también que sabía lo que él deseaba. Alan entendió el mensaje y no desaprovechó la oportunidad. En cuestión de segundos, Alan le quitó la ropa interior a Elisabeth e hizo lo mismo con la suya. Desnudos en el mar y bajo la luz de la luna llena, Alan adoró, acarició y besó cada rincón de la piel de Elisabeth mientras ella se dejaba hacer y hacía lo propio con Alan. Elisabeth se estrechó contra la erección de Alan y empezó a colocarse sobre su miembro, pero Alan la detuvo sosteniéndola por los muslos y le preguntó mirándola a los ojos:

–  ¿Estás segura de que quieres hacerlo?

–  ¿Estás seguro de que quieres que piense en ello ahora o prefieres que lo haga después? – Le respondió Elisabeth sonriendo burlonamente.

–  No quiero que mañana te despiertes y te arrepientas o, peor aún, que ni siquiera te acuerdes. – Le contestó Alan sin ningún rastro de estar bromeando.

–  Nunca me arrepiento de algo que he deseado hacer y he disfrutado haciéndolo, sería como ser hipócrita con uno mismo, ¿no crees? – Le respondió Elisabeth. – En cuanto a lo de no recordarlo, no estoy tan borracha para eso.

Elisabeth se encajó y descendió al mismo tiempo que se empalaba y Alan soltó un gruñido de placer que la hizo sonreír. Alan entraba y salía de ella con delicadeza y a Elisabeth le gustó el detalle, pero no era así como a ella le gustaba y estaba segura de que tampoco era como le gustaba a él, así que movió las caderas aumentando la velocidad, la frecuencia y, sobretodo, la intensidad. Alan entendió las exigencias de Elisabeth y no pudo evitar sonreír, Eli no dejaba de sorprenderle.

–  Vas a volverme loco, pequeña kamikaze. – Susurró Alan.

–  Los locos son los más felices. – Opinó Elisabeth.

El ritmo de las embestidas se fue acelerando y en pocos minutos ambos alcanzaron juntos el orgasmo entre gemidos de placer mientras se abrazaban satisfechos. Se quedaron abrazados en el agua del mar un par de minutos, hasta que ambos recobraron la respiración con normalidad y Alan se puso en pie sosteniendo a Elisabeth en los brazos y la llevó hacia a la hoguera para que se calentara. Se sentó sobre una de las toallas, colocando a Elisabeth entre sus piernas y se envolvió con otra de las toallas junto a ella. Permanecieron en silencio, abrazados frente a la pequeña hoguera de la que apenas quedaban ya las ascuas y envueltos en una toalla bajo la luz de la luna.

–  A partir de ahora, creo que me van a encantar las noches de luna llena. – Le susurró Alan al oído. – Lo malo es que solo ocurre una vez cada veintiocho días.

–  Pues será mejor que vayamos a casa y aprovechemos lo que nos queda de noche de luna llena. – Le propuso Elisabeth.

Alan no se lo pensó dos veces y, tras apagar las ascuas de la hoguera, vestirse y recoger las toallas, se dirigieron al coche y regresaron a casa de Elisabeth. Subieron directamente a su habitación y se metieron juntos en la enorme bañera vintage con cuatro patas doradas, donde volvieron a hacer el amor con la misma pasión que la vez anterior.

Pasaron la noche haciendo el amor y no se quedaron dormidos hasta el amanecer.

Bajo la luz de la luna 11.

Bajo la luz de la luna

A la mañana siguiente Elisabeth se levantó a las seis y salió a correr. Era la primera vez que salía a correr en toda la semana y su cuerpo lo necesitaba, era su particular forma de aliviar tensiones y últimamente tenía muchas. Se puso unos shorts de algodón y una camiseta de tirantes y salió a correr por la ciudad. No conocía demasiado la zona, así que decidió correr formando un cuadrado para no perderse. A las siete y media llegaba casi al portal cuando un coche que salía del parking casi la atropella. Se había asustado pero se paralizó solo cuando vio salir a Alan del coche.

–  ¿Te has vuelto loca? ¡Tienes que mirar antes de cruzar! – La regañó Alan con el corazón que parecía que se le iba a salir del pecho. Se acercó a ella y le preguntó preocupado: – Eli, ¿estás bien?

–  Eh… Sí, estoy bien. – Logró contestar Elisabeth. – Lo siento, iba distraída y no me he dado cuenta.

–  ¿Estás segura que estás bien?

–  Sí, no te preocupes.

–  De acuerdo, en ese caso voy a trabajar y nos vemos en unas horas pero, hazme un favor. – Alan se acercó a ella, la besó en la mejilla y susurró en su oído: – Intenta mantenerte sana y a salvo hasta que venga a buscarte, ¿de acuerdo?

Elisabeth tan solo fue capaz de asentir, se despidió haciendo un gesto con la mano y entró en el edificio sin mirar atrás, no fuera que se tropezara y cayera.

Una vez entró en su apartamento, se duchó y desayunó tranquilamente en la cocina. A las diez de la mañana recibió la llamada de Olivia, que había pasado la noche en casa de Marcos y se acababa de despertar.

–  En una hora estoy allí y hablamos, ¡tengo tantas cosas que contarte! – Le dijo Olivia alegremente.

–  No tardes, he quedado con Alan para ir a comer y me dijo que no hiciera planes a partir de las doce del mediodía.

–  Veo que tú también tienes muchas cosas que contarme. – Observó Olivia divertida.

–  No te creas, no tengo nada interesante que contar, al menos no por el momento.

Una hora más tarde, las dos amigas estaban juntas sentadas en el sofá y contándose confidencias. El tiempo se les pasó volando y a las doce y media Alan la fue a buscar. Elisabeth se subió al coche de Alan y lo saludó con un beso en la mejilla al mismo tiempo que Alan le decía bromeando:

–  Buenos días, kamikaze. ¿Has vuelto a saltar sobre un coche?

–  No, por hoy he tenido bastante. – Contestó Elisabeth ruborizada.

A Alan le gustó aquel rubor en sus mejillas y no pudo evitar sonreír. Había estado adelantando trabajo en la oficina para poder tomarse la tarde libre y estar con ella. La llevó a una masía a las afueras de la ciudad donde les acomodaron en una mesa en el jardín para aprovechar el buen día que hacía.

–  Bueno, será mejor que empiece con las preguntas antes de que se me acabe el tiempo. – Le dijo Alan divertido. Miró su reloj y añadió: – Son las dos de la tarde, así que tengo hasta las dos de la tarde de mañana para preguntarte cualquier cosa y tú tendrás que ser sincera.

–  Y, ¿qué quieres saber? – Preguntó Elisabeth algo incómoda.

Alan era consciente de que Elisabeth se sentía incómoda y, tratando de que se relajara y se tomara aquello como una oportunidad para conocerse mejor, le dijo:

–  Bueno, ¿qué te parece si empezamos por algo sencillo? Por ejemplo, ¿tienes hermanos?

–  No, soy hija única. – Respondió Elisabeth. – Aunque considero a Jason como a un hermano, sus padres y los míos siempre han sido muy amigos y son como de la familia.

–  ¿Has tenido alguna historia con Jason? Y ya sabes a lo que me refiero.

–  No, ya te he dicho que es como un hermano. – Le aclaró Elisabeth. – Sé que para ti no es lo mismo, pero desde mi punto de vista es como si tú tuvieras algo con Marta.

–  Te entiendo, a mí me pasaría lo mismo con Oli o con Alba. – Reconoció Alan. – ¿Qué has estudiado o de qué has trabajado?

–  Estudié ingeniería informática y he trabajado en una empresa internacional de sistemas de seguridad informáticos, concretamente en el diseño de algunos de esos sistemas. – Le explicó ella omitiendo que la empresa en la que había trabajado era la de su padre y el cargo era de directora de diseño de sistemas de seguridad. – Aunque ahora estoy en una especie de excedencia indefinida, ni yo misma sé cuándo volveré.

Alan continuó haciendo preguntas no demasiado personales a Elisabeth mientras comían en aquel alegre jardín de la masía. Cuando se marcharon de la masía, Alan decidió llevarla a uno de sus rincones preferidos de la ciudad a donde siempre iba cada vez que necesitaba estar solo y pensar sin que nada ni nadie le distrajera. Nunca había ido acompañado allí, era como su santuario, pero decidió hacer una excepción con Elisabeth. Alan condujo su coche hasta aparcar frente a una de las entradas del parque Güell. Elisabeth recordaba haber estado allí cuando era pequeña y le encantó regresar. Caminaron por aquellos caminos de tierra mientras admiraban el paisaje y el arte de la época del modernismo cuyo parque era una referencia hasta que llegaron a una especie de terraza cuyo borde era un largo banco de mosaico desde donde se podían contemplar las vistas de casi toda la ciudad. A pesar de ser un viernes de finales de junio después de la hora de comer, el parque estaba lleno de turistas que disfrutaban del buen tiempo al aire libre por uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.

–  Pues no es un sitio muy íntimo en el que poder relajarte. – Comentó Elisabeth.

–  En esta época del año no lo es, pero en invierno es perfecto y en primavera y otoño, si no vienes los fines de semana ni los festivos, también lo es. – Informó Alan. – Este lugar me encanta, es un lugar para pasear y divertirse pero también es un lugar con una gran cultura, puedes venir en familia y con amigos, da lo mismo que tengas cinco años o noventa, seas rico o pobre, aquí todo el mundo es bien recibido. – Alan miró a los ojos a Elisabeth y le preguntó: – ¿Qué haces tú cuando necesitas pensar?

–  Salgo a correr. – Respondió Elisabeth. – Cojo mi iPod, me ponga música y corro, aunque desde que estoy aquí no corro mucho.

–  Fernando me ha dicho que su padre te ve salir a correr todas las mañanas cuando abre el bar, sobre las seis y media de la mañana, y esta mañana casi te atropello cuando regresabas de correr, pequeña kamikaze. – Bromeó Alan. – ¿Tienes muchas cosas en qué pensar que requieran salir a correr todos los días?

–  Deberás ser más concreto si quieres una respuesta. – Le advirtió Elisabeth, que no se iba a dejar engañar con tanta facilidad.

–  Seré concreto: ¿tienes novio?

–  No, no tengo novio. – Le contestó Elisabeth analizando sus palabras para no mentir y no había mentido: Mike no era su novio.

–  En ese caso, ¿si te propongo algo, aceptarías? – Le preguntó Alan con una pícara sonrisa en los labios.

–  Tendrás que ser más concreto, atropella-kamikazes. – Bromeó Elisabeth.

–  De acuerdo. – Contestó Alan resignado. – El próximo fin de semana mi empresa organiza una pequeña gala en un hotel en el Pirineo donde van todos los empleados. – Empezó a explicar y continuó: – A mí no me van esas cosas y nunca asisto, pero este año mi jefe se ha empeñado en que debo asistir y, a ser posible, acompañado y he pensado que quizás te apetecería acompañarme.

–  ¿Quieres que vaya contigo a un hotel del Pirineo donde tu empresa organiza una gala durante todo el fin de semana? – Quiso asegurarse Elisabeth de haber entendido bien.

–  Lo sé, a mí tampoco me apetece en absoluto pasar el fin de semana con los compañeros del trabajo, pero si estoy contigo seguro que se me hace más llevadero.

–  ¿Me estás haciendo chantaje emocional? – Se mofó Elisabeth. Entonces se le ocurrió una idea y, sonriendo maliciosamente, le dijo divertida: – Iré contigo con una condición. – Alan la miró expectante y ella añadió: – Yo también quiero que me des un día de sinceridad.

–  Hecho, pero en el Pirineo. – Aceptó Alan estrechando la mano de Elisabeth para sellar el trato.

Tras pasar la tarde en el parque Güell, decidieron ir a cenar a una terraza de Las Ramblas. A Elisabeth le gustaba aquel ambiente, con las calles abarrotadas de gente de todas las clases. Podría pasarse horas sentada allí mirando a la gente pasar y no se aburriría.

Después de cenar recibieron la llamada de Marcos y Olivia y los cuatro se reunieron en el apartamento de Elisabeth para ver una película. Olivia fue la que escogió y, sin dudarlo, escogió una comedia romántica, lo que hizo reír con complicidad a Alan y Elisabeth. Vieron la película y, sobre las dos de la madrugada, los chicos se levantaron para despedirse. Olivia acompañó a Marcos a la puerta para despedirse de él con mayor intimidad mientras que Alan y Elisabeth se despidieron en el salón:

–  Son las dos de la madrugada, aún me debes doce horas de sinceridad. – Le dijo Alan acercándose a ella lentamente. – No creas que me voy a conformar con lo poco que me has contado, mañana seguiré haciendo preguntas.

–  Aprovecha, que pronto llegará mi turno. – Le respondió Elisabeth divertida.

–  Lo aprovecharé, puedes estar segura de ello. – Le confirmó Alan. Fue a darle un beso en la mejilla pero a mitad de camino se desvió y la besó en los labios, un breve e inocente beso en los labios. – Buenas noches, kamikaze.

–  Buenas noches, atropella-kamikazes. – Se despidió Elisabeth sonriendo tímidamente.

Ambos se quedaron con ganas de más, pero Olivia regresó al salón tras despedirse de Marcos y Alan decidió también regresar a su apartamento.