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Búscame 14.

El domingo por la mañana Ana se despertó sola en la cama. Estiró el brazo en busca de Nahuel, pero no lo encontró. Se desperezó y se levantó de la cama. Se alegró al ver encendida una de las lámparas de pie que había junto al sofá, aquello significa que ya tenían luz. Se dirigió a la pequeña cocina del sótano y sobre la barra encontró una nota de Nahuel: “Buenos días, preciosa. He ido a echar un vistazo por los alrededores para ver el alcance de los daños de la tormenta, no tardaré en regresar. Te he dejado el desayuno en la mesita que hay junto al sofá, el café está recién hecho. N.”

Ana se sirvió una taza de café, se sentó en el sofá y se comió el desayuno que Nahuel le había preparado. Nahuel entró en el sótano apenas veinte minutos más tarde, se acercó a Ana sonriendo y la besó en los labios.

—Buenos días, preciosa. ¿Ya has desayunado?

—Sí, todo estaba buenísimo. Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

—He salido a echar un vistazo, todavía está lloviendo pero lo peor ya ha pasado —informó—. La carretera está cortada a causa de los árboles caídos, así que de momento estamos aislados. La buena noticia es que he logrado conectar el generador de emergencia y funciona, ya tenemos luz.

— ¿Cuándo podremos regresar a la ciudad?

—El tráfico aéreo permanece cerrado, puede que lo restablezcan mañana o en un par de días como mucho —Nahuel se sentó en el sofá, colocó a Ana sobre su regazo y, armándose de valor, le dijo—: Ana, antes de regresar a la ciudad tengo que hacer una breve visita a mi familia.

—No te preocupes, yo puedo quedarme aquí.

—Había pensado que quizás querrías acompañarme —le soltó Nahuel.

— ¿Quieres que te acompañe a visitar a tu familia? —Le preguntó Ana empezando a agobiarse.

—Será una visita rápida, no puedo regresar a la ciudad sin ver a mis padres —Nahuel la estrechó entre sus brazos y añadió—: Te prometo que no te harán ninguna pregunta incómoda y respetaré nuestro acuerdo de ser discretos durante dos semanas.

Ana aceptó acompañarle a visitar a sus padres. Lo cierto era que no solo le daba miedo quedarse sola en esa casa enorme, sino que también sentía curiosidad por conocer a los padres de Nahuel.

El martes por la mañana, tras recoger sus cosas y meter el equipaje en el todoterreno, se dirigieron a casa de los padres de Nahuel antes de ir al aeropuerto para regresar a la ciudad. Nahuel parecía estar encantado de hacer aquella visita con Ana, pero ella cada vez estaba más nerviosa y estaba empezando a arrepentirse de haber querido ir.

—Relájate, no tienes nada de lo que preocuparte —trató de tranquilizarla Nahuel—. Mis padres te adorarán en cuanto te conozcan.

Nahuel aparcó frente a la casa de sus padres. Todavía quedaban algunas carreteras cortadas debido a los daños causados por la tormenta y tuvo que dar un rodeo, así que tardaron más de lo que había previsto. En cuanto llegaron, Irene escuchó el coche de Nahuel aparcando en la calle, se puso en pie y se dirigió a la puerta para recibir a su hijo mayor y a su acompañante. Irene sospechaba que aquella chica era muy especial para Nahuel, así que estaba emocionada y también nerviosa.

— ¡Hijo, qué alegría verte! —Lo saludó Irene abrazando a su hijo. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: Y supongo que esta preciosa señorita debe ser Ana, ¿verdad?

—Así es —le confirmó Nahuel a su madre. Colocó su brazo alrededor de la cintura de Ana y le dijo—: Te presento a Irene, mi madre.

—Un placer, señora Smith —la saludó Ana.

—Por favor, llámame Irene. El placer es mío, querida —le dijo Irene—. Hemos oído hablar mucho de ti y teníamos muchas ganas de conocerte.

—Mamá —le advirtió Nahuel a su madre.

Nahuel llamó la noche anterior a su madre para avisarla de que no iría solo a verles. A Irene le hizo muchísima ilusión que Nahuel le presentara a la que, según Irene sospechaba, era su novia. Pero Nahuel se encargó de advertirle a su madre que Ana trabajaba en la Agencia y que se estaban tomando las cosas con calma.

—Pasad al salón, ¿os apetece tomar un café? —Les preguntó Irene.

Nahuel asintió y, manteniendo a Ana agarrada por la cintura, la guió hasta el salón, donde se sentaron en el sofá. Irene se dirigió al despacho de su marido para avisar de la llegada de su hijo y acto seguido se dirigió a la cocina para preparar café.

—Hijo, ¿cómo estás? —Lo saludó James, el padre de Nahuel. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: ¿Y quién es esta hermosa señorita?

—Ella es Ana, papá.

—Un placer, Ana —la saludó James estrechándole la mano.

—Lo mismo digo, señor Smith.

—Por favor, llámame James —le rogó James—. Ha sido una tormenta dura, ¿habéis tenido muchos problemas con la casa?

—Ninguno, todo ha ido bien, incluso pude conectar el generador de emergencia —le explicó Nahuel—. La casa no ha sufrido ningún daño y nosotros hemos estado bien.

James y Nahuel continuaron hablando de la construcción de la casa, de sus materiales resistentes y de todas las cosas pendientes que quedaban por terminar mientras Ana les escuchaba prestando atención a todo lo que decían. Irene regresó al salón llevando una bandeja con cuatro tazas de café.

—Aquí tenéis el café y unas galletas artesanas que he comprado esta mañana —les dijo Irene sentándose junto a su marido—. Es una pena que os tengáis que ir tan pronto, podríais haberos quedado a comer.

—La próxima vez, mamá —le contestó Nahuel dando el tema por zanjado.

Pero Irene no quiso dar por zanjado aquel tema, así que continuó haciendo preguntas:

— ¿Cuándo pensáis regresar?

—Irene, no presiones a los chicos —la regañó James, echando un cable a su hijo.

—Me temo que me va a costar mucho trabajo convencer a Ana de que vuelva a acompañarme a la costa, entre la tormenta y las preguntas de mamá… —bromeó Nahuel.

Ana le dio un manotazo a Nahuel, fue un gesto impulsivo, una reprimenda por hacer pasar aquel mal trago a su madre, pero fue mucho menos discreto de lo que pretendió.

—No le hagas caso, Irene —le dijo Ana a la madre de Nahuel para tratar de animarla tras la pulla que le había lanzado su hijo—. Estaré encantada de venir a visitarte.

—Oh, Ana. Eres un cielo —le dijo Irene agradecida.

—Creo que es hora de irnos, si espero unos minutos más es posible que se unan en mi contra —les dijo Nahuel bromeando.

Se despidieron de Irene y James, se subieron al todoterreno y se dirigieron al aeropuerto privado de la costa. Ana se tensó en cuanto se bajó del vehículo y tuvo que subir al avión de la Agencia. Sabía que era uno de los aviones más seguros que existían, Nahuel se había encargado de hacérselo saber, pero Ana seguía sintiendo miedo a volar.

—No pasa nada, cariño —la tranquilizó Nahuel al mismo tiempo que le abrochaba el cinturón de seguridad y le echaba el brazo sobre los hombros para estrecharla contra su cuerpo—. Cierra los ojos y trata de descansar, llegaremos a la ciudad antes de que te des cuenta.

Tres horas más tarde, aterrizaron en uno de los aeropuertos privados de la ciudad. Ana había dormido durante casi todo el vuelo y se despertó un poco aturdida. Cuando se subieron al todoterreno que les estaba esperando, Nahuel le preguntó a Ana:

— ¿Quieres quedarte en mi casa esta noche o prefieres que te lleve a tu apartamento?

—Mejor a mi apartamento, tengo que deshacer la maleta, lavar la ropa y hace días que no veo a las chicas —le respondió Ana a pesar de que le apetecía muchísimo pasar otra noche con él—. Además, debemos tomarnos las cosas con calma.

—De acuerdo, tienes razón —se resignó Nahuel sin insistir—. Pero te voy a echar de menos esta noche.

A Ana le encantó aquella confesión de Nahuel. Ella también lo iba a extrañar durante la noche. Se había acostumbrado a dormir acompañada, a dormir entre sus brazos.

Nahuel aparcó frente al portal del edificio de Ana y bajó del vehículo para coger su maleta y acompañarla hasta la misma puerta para despedirse allí de ella:

—Mañana pasaré a recogerte a las ocho para ir a la Agencia —le dio un beso en los labios y añadió con la voz ronca—: Me ha encantado pasar estos días contigo.

—A mí también, has sido el anfitrión perfecto —le agradeció Ana. Le besó con dulzura en los labios y añadió—: Si no tienes planes para el próximo fin de semana, me gustaría darte una sorpresa.

— ¿La sorpresa incluye pasar juntos el fin de semana? —Ana asintió y Nahuel añadió—: Seré todo tuyo el fin de semana.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, demorando el momento de separarse, hasta que finalmente Ana entró en el edificio y Nahuel se volvió a subir al todoterreno para conducir hasta a su casa.

Búscame 13.

Ana y Nahuel estaban durmiendo abrazados cuando les despertó el estruendo de un árbol cercano al caer. A Ana se le escapó un pequeño grito de pánico, estaba aterrada. Ambos se incorporaron en la cama: Ana por el miedo que sentía y Nahuel porque se disponía a levantarse para subir a la planta baja y mirar por la ventana para ver qué estaba ocurriendo.

— ¿A dónde vas? -—Le preguntó Ana agarrándose a él con fuerza al darse cuenta que pretendía levantarse.

—Voy a ver qué pasa ahí fuera.

—No, por favor —le rogó Ana reteniéndole en la cama.

Nahuel se levantó, encendió una vela que dejó sobre la barra de la cocina y el sótano se cubrió por una luz tenue. Regresó a la cama, agarró a Ana por la cintura y la colocó sobre su regazo. Ana estaba temblando, tenía frío y estaba asustada.

—No pasa nada, preciosa —le susurró Nahuel tras besarla en los labios.

Ese leve beso despertó la necesidad en Ana. Tenía una misión para ese fin de semana y no podía dejarla a un lado solo porque le dieran miedo las tormentas. Por muy grande y aterradora que fuera la tormenta que en ese momento les acechaba, Ana se obligó a continuar con su plan de seducción. La tenue luz de la vela le dejó de parecer tenebrosa, en ese momento le pareció una luz cálida y romántica. Arrastrada por el deseo, Ana besó a Nahuel en los labios, pillándole totalmente desprevenido. Fue un beso apasionado, un beso de necesidad. Nahuel le correspondió con la misma pasión, pero unos segundos después se separó lentamente de ella y le susurró:

—Ana…

Pero Ana volvió a besarle, no estaba dispuesta a dejarle echar el freno de nuevo. Se colocó a horcajadas sobre él al mismo tiempo que lo besaba. Él la abrazó y la estrechó contra su cuerpo para sentirla más cerca. Ambos se dejaron arrastrar por el deseo. Nahuel se deshizo de la camiseta de ambos con urgencia y acto seguido intercambió la posición con Ana para deshacerse del short y las braguitas de ella al mismo tiempo que jugueteaba mordisqueando sus pezones.

—Te he echado menos, preciosa —le susurró Nahuel.

Los besos, las caricias y la pasión cobraron protagonismo. Nahuel comprobó que Ana ya estaba preparada y la penetró lentamente, gozando de aquel contacto tan placentero. Hicieron el amor con delicadeza, aquello no se trataba solo de sexo, se trataba de amor. Entre gemidos y con un movimiento suave pero rítmico, ambos alcanzaron juntos el orgasmo. Nahuel se dejó caer a un lado y arrastró a Ana con él, colocándola encima de él y estrechándola entre sus brazos.

— ¿Todo bien? —Le preguntó Nahuel.

—Todo perfecto —le aseguró Ana.

—Me lo pones muy difícil —le susurró Nahuel divertido.

— ¿Yo te lo pongo difícil? —Le replicó Ana haciéndose la ofendida—. ¡Llevas tres semanas torturándome!

—Las mismas tres semanas que yo llevo duchándome con agua fría —reconoció Nahuel.

—Fuiste tú quién decidió hacer voto de castidad —le recordó Ana con tono burlón.

—No quería que pensaras que el sexo entre nosotros fuera el motivo por el que te he contratado en la Agencia —le confesó Nahuel—. Quiero que sigas siendo la abogada de la Agencia, pero también quiero tenerte en mi vida —le dio un beso en los labios y añadió—: No quiero presionarte, podemos tomarnos las cosas con calma.

—No hace falta que nos lo tomemos todo con calma —le dijo Ana.

— ¿A qué te refieres? —Le preguntó Nahuel frunciendo el ceño, adivinando que Ana no hablaba solo de sexo.

—No quiero pregonar a los cuatro vientos lo que hay entre nosotros dos, al menos no por el momento —le aclaró Ana. Nahuel frunció todavía más el ceño y Ana añadió—: Lo que quiero decir es que no tenemos que hacerlo público, sobre todo cuando todavía no tenemos claro qué clase de relación tenemos.

— ¿Quieres que nos veamos a escondidas? —Le preguntó Nahuel y le advirtió—: No tengo ninguna intención de mantener lo nuestro en secreto.

—No te pido que te escondas, tan solo que nos des tiempo para conocernos mejor antes de hacerlo público. ¿Qué pasa si mañana te das cuenta que no soy lo que buscabas?

—Eso no va a pasar, tengo muy claro lo que quiero y te quiero a ti —le aseguró Nahuel.

—De acuerdo, hagamos un trato —le propuso Ana—. Dejaremos esta conversación pendiente hasta dentro de un mes, si para entonces quieres seguir teniéndome en tu vida, le pondremos nombre a nuestra relación.

—Una semana —contra ofertó Nahuel.

—Tres semanas —negoció Ana.

—Dos semanas, ni para ti ni para mí —sentenció Nahuel.

Sellaron su acuerdo con un beso fogoso que alimentó el deseo de ambos, que volvieron a fundirse el uno con el otro, haciendo el amor apasionadamente.

A la mañana siguiente, Ana se despertó sobresaltada debido a un nuevo estruendo. No había dejado de llover en toda la noche, el viento huracanado no había dejado de soplar y los árboles caían como si fueran fichas de dominó. Nahuel, que estaba medio dormido, se dio cuenta del respingó que dio Ana y la estrechó entre sus brazos. Fue un gesto casi inconsciente, un gesto protector que a Ana le pareció muy tierno.

—Buenos días, preciosa —le susurró Nahuel besándola en el cuello—. ¿Has dormido bien?

—No podría haber dormido mejor —le confirmó Ana.

Pasaron el día encerrados en el sótano. Continuaban sin luz, pero se entretuvieron preparando la comida en una cocina de gas, escuchando la radio para estar al tanto de las últimas noticias, acariciándose, besándose y haciendo el amor.

A media tarde, Nahuel recibió la llamada de su madre.

—Hola mamá —la saludó Nahuel nada más descolgar—. ¿Estáis todos bien?

—Sí, estamos todos bien. ¿Y tú? —Le preguntó su madre preocupada—. No sé por qué te has quedado ahí solo, deberías haber venido a casa.

—No estoy solo, mamá —le confesó Nahuel mirando de reojo a Ana.

La madre de Nahuel ya sospechaba que no estaba solo, de lo contrario hubiese ido a visitarles en cuanto aterrizó en la costa, pero conocía muy bien a su hijo y sabía que era mejor no preguntar, Nahuel era muy receloso con su vida privada, sobre todo cuando se trataba de chicas.

— ¿Te ha acompañado Jason? —Preguntó Irene, la madre de Nahuel, sabiendo que Jason estaba en la ciudad.

—No, estoy con Ana —respondió Nahuel.

Ana miró a Nahuel. Estaba escuchando la conversación que él mantenía con su madre y se sorprendió al escuchar cómo la nombraba. Nahuel le dedicó una sonrisa socarrona al mismo tiempo que escuchaba lo que su madre le decía:

— ¿Ana? ¿La conozco?

—No, mamá. No la conoces todavía —le respondió Nahuel mirando a Ana.

Irene no era tonta. Durante el verano había visto a su hijo entrar y salir de casa, algunos conocidos le habían dicho que lo habían visto acompañado por una chica en la playa. Pero Irene no era una de esas madres agobiantes, ella se conformaba con saber que sus hijos estaban bien y eran felices, eso era lo único que le importaba.

—No has escogido el mejor fin de semana para pasar en la costa —comentó Irene—. Esa chica estará aterrada con la horrible tormenta, cuida de ella.

Irene era una mujer muy cariñosa y protectora. Sospechaba que aquella chica que estaba con su hijo era una chica de ciudad, pese a que se hubieran conocido en la costa, así que dio por hecho que no le gustarían las tormentas y que Nahuel, acostumbrado a ese tipo de clima, no le daría la menor importancia.

—No te preocupes, mamá. Estoy cuidando muy bien de ella —le dijo Nahuel al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona a Ana. Se estaba divirtiendo al verla sonrojarse.

—No te vayas sin hacernos una visita —le dijo su madre con tono de advertencia.

—Iré a visitaros antes de regresar a la ciudad —le prometió Nahuel.

Tras despedirse de su madre, Nahuel colgó y le dedicó una sonrisa traviesa a Ana. Tenía pensado pedirle a Ana que la acompañara a visitar a sus padres cuando la tormenta hubiese amainado, pero prefirió comentárselo al día siguiente, no quería que pasara la noche de morros como se temía que iba a suceder.

Búscame 12.

Ana se despertó con el terrible estruendo de un trueno. Se había echado en la cama después de comer y se había quedado dormida. Se despertó asustada y confusa. Despertarse en una cama ajena a la suya la hizo sentir desorientada. Se levantó de la cama y se dirigió al baño para asearse. El ruido del viento y la lluvia atravesaba las paredes de la casa, era perturbador. Pero Ana decidió mirar a través de la ventana de todos modos. Resignada con el fin de semana que le quedaba por delante, Ana optó por llamar por teléfono a Ruth, esperaba que ella fuera capaz de subirle el ánimo.

— ¡Ana, estábamos a punto de llamarte!  —Exclamó Ruth nada más descolgar. Activó el altavoz y añadió—: Estoy con Eva viendo las noticias, ¿estás bien?

—Estoy bien, parece que aquí estamos seguros —le respondió Ana.

— ¿Estás en su casa? —Quiso saber Eva.

—Sí y parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta.

—Ana, ¿es que no te has asomado a la ventana? —Le espetó Eva—. No es una tormenta es una ciclogénesis explosiva, ¡están evacuando a gran parte de la región!

—Gracias por tranquilizarme —le dijo Ana con sarcasmo—. Chicas, os he llamado para hablar de otro asunto. Han cancelado la gala, voy a quedarme encerrada con Nahuel en su casa, pero en la habitación de invitados.

—Puede que al final tengas que desnudarte y meterte en su cama —se mofó Ruth.

—De eso nada, tienes que ser sutil —opinó Eva—. Utiliza tu miedo a las tormentas para que sea él quien te ofrezca dormir en su cama.

—Sedúcele cómo tú sabes, Ana —insistió Ruth—. Ya lo hiciste una vez.

Nahuel subió las escaleras en busca de Ana al ver que eran las ocho de la tarde. Golpeó suavemente la puerta de su habitación y Ana, al escucharlo, se apresuró en despedirse de sus amigas:

—Chicas, tengo que colgar. Mañana os llamo y os cuento. Deseadme suerte.

— ¡Suerte! —Gritaron Ruth y Eva al unísono antes de colgar.

Ana abrió la puerta y se topó con Nahuel, que sonreía alegremente  para decir:

—Venía a despertarte, dormilona. ¿Has podido descansar?

—He dormido un par de horas —les respondió Ana encogiéndose de hombros—. Y tú, ¿has descansado?

—He estado trabajando desde mi despacho —le respondió Nahuel encogiendo los hombros igual que Ana.

Ana supo que algo pasaba, el gesto de Nahuel lo delataba. Parecía que Nahuel quisiera decirle algo y no se atreviera. Pero finalmente, Nahuel le confesó:

—Ana, vamos a tener que instalarnos en el sótano.

— ¿En el sótano? —Preguntó Ana extrañada.

—Así es —le confirmó Nahuel—. La tormenta ha alcanzado una fuerza 5, en el sótano estaremos más seguros ya que no hay ventanas —la cara de Ana fue un poema, así que Nahuel añadió—: No pasa nada, el sótano es un búnker. Es como un loft pero sin ventanas, te gustará.

Ana hizo un puchero, no le apetecía nada encerrarse en un sótano sin ventanas. Quería disfrutar de la costa en su pleno apogeo y no de su lado oscuro. Nahuel la miró divertido, la inocencia de Ana le parecía adorable, sobre todo cuando se ponía de morros.

—No sé qué te parece tan divertido —le reprochó Ana refunfuñando al ver a Nahuel sonriendo alegremente.

—Tú me pareces divertida —le contestó burlonamente—. Anda, recoge todo lo que necesites.

Mientras Ana se dedicó a meter en la maleta lo poco que había sacado, Nahuel recogió sus cosas, pasó por la cocina para coger toda la comida que había y lo llevó todo al sótano. Ana bajó las escaleras del sótano justo cuando Nahuel terminó de guardar la comida en la pequeña cocina.

—Vaya, esto es como un apartamento —comentó Ana impresionada.

—Casi todas las casas de la costa tienen un sótano igual, con este clima es lo más práctico —le respondió Nahuel—. Deja tus cosas donde quieras, ya ves que no hay mucho espacio. Tú dormirás en la cama, yo me apañaré en el sofá.

Ana no se pronunció, pero tenía muy claro que no iba a ser así, ella se encargaría de ello. La maldita tormenta, pese a tenerlos encerrados en el sótano, había conseguido que ambos pasaran la noche en la misma estancia, lo cual ya era un gran avance para Ana.

Tras dejar su maleta junto al armario que había al lado de la cama, Ana se acercó a Nahuel y le preguntó:

— ¿Qué hacemos para cenar?

—Pues hay de todo, María es la asistenta perfecta —anunció Nahuel.

Ana se alegró de que María estuviera casada con Jack y que además les sacara veinte años de diferencia, de lo contrario no le hubiera gustado nada que Nahuel la idolatrara de esa manera. No conocía a María, pero estaba deseando conocerla.

— ¿Qué te parece si preparamos una ensalada y un par de bistecs a la plancha? —Le propuso Ana.

—Me parece bien, pero deja que yo me encargue de la cena.

Nahuel se ocupó de la cena mientras Ana se dedicó a deshacer su maleta y guardar su ropa en una mitad del armario, dejando la otra mitad para Nahuel. Apenas una hora más tarde, ambos estaban sentados en dos taburetes con los platos sobre la barra de la cocina y con dos copas de vino.

—Por nosotros y por esta noche que, aunque no sea perfecta, estoy seguro que recordaremos siempre —brindó Nahuel.

Después de cenar, Ana ayudó a Nahuel a recoger la mesa y fregar los platos. Cuando todo estuvo recogido y limpio, decidieron sentarse en el sofá para ver las noticias en la televisión. El pronóstico del temporal no era nada bueno, era mucho peor de lo que habían previsto. Ana se percató del gesto de preocupación de Nahuel y ella se preocupó aún más de lo que ya estaba.

—Voy a ponerme el pijama, no quiero saber nada de la tormenta —murmuró Ana.

Nahuel asintió, tenía que saber qué estaba pasando ahí fuera para estar preparado ante lo que sucediese. Ana sacó su pijama del armario, un short diminuto de algodón y una camiseta de tirantes, se desnudó y se puso el pijama. Ni siquiera se molestó en entrar al baño para cambiarse, quería provocar a Nahuel, pero él parecía estar concentrado en las noticias, o al menos eso fue lo que pensó Ana. Sin embargo, lo cierto era que Nahuel no le quitó el ojo de encima, aprovechando el ángulo del espejo que tenía delante, vio cómo Ana se desnudaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo para concentrarse en lo que decía el presentador de las noticias para no lanzarse sobre Ana y devorarla como tanto deseaba.

Una vez con el pijama puesto, Ana se acomodó en el sofá junto a Nahuel. La temperatura había descendido considerablemente y Nahuel, al ver cómo Ana se acurrucaba en el sofá, le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia a él para estrecharla entre sus brazos. Estaba helada y Nahuel, demasiado tentado para centrarse en las noticias, apagó el televisor. Se puso en pie, agarró a Ana en brazos y la llevó a la cama, donde la depositó con sumo cuidado, como si fuera tan frágil que el cristal. Ana lo miró con el ceño fruncido, no estaba dispuesta a dormir sola en aquella cama.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Nahuel al verla de morros. Justo en ese momento cayó un rayo que iluminó todo el sótano y acto seguido todo se quedó a oscuras—. Nos hemos quedado sin luz.

—Tendríamos que haber comprobado la previsión meteorológica antes de viajar —se lamentó Ana.

Nahuel se tumbó en la cama junto a ella, la envolvió entre sus brazos y le susurró al oído:

—No pasa nada, preciosa.

—Puede que te parezca ridícula, pero tengo miedo —le confesó Ana avergonzada.

— ¿Quieres que me quede aquí contigo? —Le preguntó Nahuel con cautela. Ana asintió y se abrazó a él con más fuerza a modo de respuesta—. Supongo que eso es un sí —bromeó Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —murmuró Ana.

Estar entre los brazos de Nahuel la calmaba, él era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo. Se dejó abrazar y se acomodó junto a él. Nahuel la acunó hasta que, un rato más tarde, ambos se quedaron dormidos. Había sido un día largo, ambos estaban agotados.

Búscame 11.

Nahuel condujo más despacio de lo habitual, la tormenta había traído consigo un viento exagerado y se vio obligado a extremar la precaución en la carretera. Se percató de cómo Ana se aferraba con las manos al sillón, estaba tensa, casi igual de tensa que en el momento de las turbulencias en el avión a la hora de aterrizar. Apartó la vista de la carretera un instante para mirarla, pero rápidamente ella le señaló la carretera para que no se distrajera.

— ¿Estás bien?

—Sí —mintió Ana.

—Es obvio que no —le replicó Nahuel—. Si has cambiado de opinión y…

—He dicho que estoy bien —le interrumpió Ana bastante borde. Pero se dio cuenta en el acto de lo desagradable que había sonado su respuesta y añadió—: Disculpa, estoy un poco nerviosa.

A Ana no le gustaban nada las tormentas, le daban miedo desde que tenía uso de razón, pero no estaba dispuesta a confesarlo ante Nahuel. Miró por la ventanilla del vehículo, el cielo estaba cubierto de nubes negras, se avecinaba una gran tormenta.

Ajeno al temor que las tormentas le causaban a Ana, Nahuel comentó mientras aparcaba el todoterreno en el garaje de su casa:

—No parece una tormenta cualquiera, me temo que vamos a tener un tiempo complicado este fin de semana.

—Genial —murmuró Ana con sarcasmo.

Justo en ese momento, el cielo se iluminó, se oyó un terrible estruendo y Ana dio un respingo acompañado de un pequeño grito agudo.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Nahuel sonriendo burlonamente.

—No me gustan demasiado.

—Te dan miedo las tormentas —confirmó Nahuel riendo divertido—. Pensaba que te daba miedo volar y resulta que lo que te dan miedo son las tormentas.

—No me da miedo volar, pero reconozco que no me gustan las turbulencias —confesó Ana con un hilo de voz—. Nunca me han gustado las tormentas, pero me gustan menos si estoy subida en un avión a 1000 metros sobre el suelo.

—Anda, ven conmigo que te voy a enseñar la casa —le dijo Nahuel meneando la cabeza de un lado a otro al mismo tiempo que sonría divertido.

Nahuel colocó su mano sobre la espalda de Ana y le enseñó la casa. Ana ya había visto la casa por fuera, era una casa demasiado grande para una sola persona. Dejaron las maletas en el vehículo, que estaba aparcado en el garaje. Nahuel guió a Ana por un estrecho pasillo que conectaba el garaje con la cocina y le dijo:

—En la planta baja está la cocina, el comedor, el salón y un aseo. Desde la cocina puedes acceder al garaje y a la despensa —la guió haciendo un pequeño recorrido por la planta baja y después subieron las escaleras a la planta superior—. En esta planta están las habitaciones, todas con baño; mi despacho; y un aseo —señaló una de las puertas y añadió—: Ahí está mi habitación, tú puedes instalarte en la habitación de al lado, allí estarás cómoda.

Ana echó un vistazo a la habitación que Nahuel le mostraba. Era una habitación amplia, decorada como cualquier escaparate de exposición, impersonal. Ana no pudo evitar pensar en cuántas mujeres habrían pasado por aquella casa o, peor aún, cuántas habrían dormido en la cama de Nahuel. Como si le leyese el pensamiento, Nahuel comentó con naturalidad:

—Eres la primera invitada en esta casa. Terminaron de construirla este verano, cuando nos conocimos todavía no estaba acabada. Todavía tengo que amueblar el resto de las habitaciones y parte del salón, pero tenemos lo más básico.

—Tienes una casa preciosa —le dijo Ana.

Un rayo cayó y el estruendo le hizo dar un salto hacia atrás, pero Nahuel la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos, dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella.

—Nena, aquí estamos seguros —le susurró Nahuel—. En esta zona suelen haber huracanes, tornados y tifones, todas las edificaciones están preparadas para soportar las peores condiciones climatológicas.

—No pienso salir ahí fuera si hay un tornado, un huracán o cualquier fenómeno climatológico peligroso —le advirtió Ana—. Y mucho menos me voy a subir a un avión.

—Tranquila, te prometo que estarás bien —le aseguró Nahuel.

Cogieron las maletas del coche y se instalaron en sus respectivas habitaciones. Ana decidió darse un relajante baño en la enorme bañera del baño de su habitación. Necesitaba calmarse para controlar su pánico a las tormentas y su frustración al tener que dormir en otra cama que no fuera la de Nahuel. Cuando Ana salió de su habitación y entró en la cocina, se encontró a Nahuel con un delantal puesto, concentrado mirando por la ventana.

— ¿No amaina la tormenta? —Le preguntó Ana.

Nahuel se dio media vuelta para mirarla, le dedicó una sonrisa forzada y respondió señalando la televisión de la cocina:

—Me temo que no es una simple tormenta.

Ana prestó atención a lo que decía el presentador del informativo. Como bien había dicho Nahuel, no se trataba de una simple tormenta. Tres frentes iban a chocar sobre la región de la costa: un frente cálido procedente del sur, un frente frío procedente de las montañas y un frente aún más frío procedente del norte.

—”Dicho fenómeno climatológico se denomina ciclogénesis explosiva y traerá consigo lluvias, fuertes rachas de vientos huracanados, tornados y tormentas eléctricas. Las autoridades recomiendan no salir de casa durante las próximas horas y están evacuando zonas con riesgo de inundaciones. El ayuntamiento ha ofrecido los dos polideportivos para que familias que no se encuentren seguras en sus casas puedan instalarse allí, desde donde nos solicitan que hagamos un llamamiento a voluntarios que quieran colaborar aportando mantas, ropa y demás enseres que sean útiles para los refugiados.”

El presentador del informativo continuaba hablando, pero Ana decidió no seguir escuchando. Maldijo para sus adentros por encontrarse allí, en plena ciclogénesis explosiva o cómo narices se llamara la dichosa tormenta complicada. Ana se marchó de la costa un mes y medio atrás, le parecía impensable que no quedara rastro del sol ardiente ni de los turistas sonrientes. En su lugar, las nubes, la lluvia y la tormenta se habían apoderado del lugar idílico donde había veraneado pocas semanas antes.

—Ana, no te preocupes —le dijo Nahuel tratando de calmarla—. Te prometo que no voy a dejar que te ocurra nada, preciosa.

—No quiero ir a esa gala, no quiero ir a ninguna parte con esa tormenta ahí fuera —le dijo Ana aterrada.

—No vamos a ir a ninguna parte, la gala benéfica ha sido cancelada —la tranquilizó Nahuel sonriendo con ternura al mismo tiempo que la agarraba de la cintura para acercarla a su cuerpo y estrecharla entre sus brazos—. Pero me temo que no podremos regresar a la ciudad hasta que pase la dichosa tormenta.

—Supongo que la buena noticia es que mi jefe no me reñirá si el lunes no aparezco por la oficina —bromeó Ana. Echó un vistazo a la olla que había sobre los fogones de la cocina y le preguntó divertida—: ¿Estás cocinando?

—No, tan solo estoy calentando la comida —le confesó Nahuel—. ¿Recuerdas a Jack? —Ana negó con la cabeza y Nahuel le recordó—: Jack es el hombre que nos preparó el yate el día que fuimos a navegar. María es su esposa, ambos se encargan de mantener limpio y en orden el yate y ahora también la casa. Le pedí a María que nos preparara algo de comer, ya que supuse que llegaríamos sobre esta hora. También se ha encargado de llenarnos la nevera, así que esta noche podré demostrarte mis dotes culinarias.

Nahuel sirvió la comida que María había preparado y ambos comieron mientras charlaban y bromeaban. El viento soplaba cada vez más fuerte, la lluvia era más intensa y el estruendo de los truenos más fuertes, pero Ana se sintió segura con Nahuel.

Después de comer, Nahuel insistió en que se fuera a descansar un rato y Ana acabó obedeciéndole, pues realmente estaba agotada. Nahuel se encerró en su despacho, encendió el ordenador portátil que siempre le acompañaba y aprovechó para poner al día su correo electrónico.

Búscame 10.

Con la excusa de preparar la maleta para ese repentino fin de semana, Ana se marchó de la Agencia después de almorzar, por supuesto Nahuel la acompañó a casa. Se despidieron frente al portal del edificio con un beso en los labios que, como ya era costumbre, Nahuel se vio obligado a frenar antes de que fuera a más.

Ana entró en el apartamento refunfuñando y Ruth, que estaba en la cocina, la escuchó.

— ¿Se puede saber qué te pasa? —Preguntó Ruth al escucharla.

— ¿Se puede saber qué haces tú aquí a estas horas?

—Me han dado la tarde libre, mañana tenemos un evento importante y mi jefe quiere que esté descansada. ¿Y tú?

—Nahuel me ha pedido que le acompañe a la costa este fin de semana para asistir a una gala benéfica —le respondió Ana molesta.

—Por tu humor cualquiera diría que te ha pedido que mates a alguien —se mofó Ruth—. ¿Qué tienes en contra de pasar un fin de semana con él en la costa?

—Cuando me lo ha propuesto me ha dejado claro que se trataba de una proposición profesional, sigue pensando en ir despacio —protestó Ana—. Pasar el fin de semana con él en su casa de la costa se va a convertir en una tortura a un mayor que trabajar con él.

—Cielo, Nahuel es un hombre —le recordó Ruth—. Tan solo tienes que utilizar tus armas de mujer y se olvidará hasta de su nombre.

— ¿Y qué quieres que haga? ¿Me desnudo y me meto en su cama? —Le replicó Ana.

—Chica, ¿es que no has oído hablar de la sutilidad?

—Tiene gracia que tú me hables de ser sutil —murmuró Ana.

—Te he oído —la acusó Ruth—. Pero soy buena amiga y te voy a dar unos consejos que te van a servir de ayuda.

—Ilumíname con tu sabiduría —dijo burlonamente Ana.

—Para empezar, muéstrate entusiasta, finge que te interesa asistir a la gala benéfica, que te mueres de ganas por conocer a más clientes y todo ese royo profesional —comenzó a decir Ruth ignorando el comentario de Ana—. Nahuel ha de pensar que ese viaje solo te interesa a nivel profesional, pero a la vez te tienes que mostrar divertida, amable y coqueta. Tienes que seducirle de una manera inocente, de manera que él ni siquiera sospeche de tus verdaderas intenciones.

—Ruth, yo no sirvo para esas cosas —protestó Ana—. Soy torpe por naturaleza.

—Bueno pues, si no se te da bien, siempre puedes contar con el plan B: te desnudas y te metes en su cama —bromeó Ruth entre risas.

Ana pasó la tarde haciendo la maleta y preparando su ropa para el día siguiente. Nahuel estaba a punto de enviarle un mensaje de buenas noches a Ana como hacía todos los días, pero finalmente decidió llamarla. No sabía el qué, pero estaba seguro de que algo no iba bien con ella. Al pedirle que la acompañara le había dejado claro que sus intenciones eran totalmente profesionales, sobre todo cuando le propuso alojarse en su casa, pero aquella aclaración parecía haberla molestado. Nahuel ya no sabía qué hacer, pensaba que ir despacio sería difícil pero satisfactorio, sin embargo le estaba resultando una verdadera tortura y sentía a Ana más alejada de él que nunca. Llamarla era lo más acertado, o al menos eso pensaba Nahuel.

—Hola preciosa —la saludó en cuanto Ana descolgó—. ¿Ya lo tienes todo preparado?

—Sí, estaba a punto de meterme en la cama —le respondió Ana con tono sugerente pero inocente, como le había aconsejado Ruth.

—Mañana pasaré a buscarte a las siete de la mañana, nuestro vuelo sale a las ocho —le anunció Nahuel.

—No hacía falta que me lo recordaras —le dijo Ana un poco molesta, decepcionada de que la llamara solo para eso.

—En realidad solo era una excusa para hablar contigo —le confesó Nahuel—. Tenía otros planes para nosotros este fin de semana, pero la gala lo ha cambiado todo —se sinceró Nahuel—. Ana, si no te apetece acompañarme lo comprenderé, no pasa nada. Prefiero que no vengas a que me acompañes y me odies por arrastrarte hasta allí.

Ana se sintió fatal, Nahuel hacía todo aquello solo para que ella se sintiera cómoda en la Agencia y también porque quería que su relación funcionase. Aun así, Ana decidió seguir con el consejo de Ruth y le respondió:

—La verdad es que me apetece mucho acompañarte, así tendré la oportunidad de conocer a otros clientes de la Agencia y ver en primera persona el trabajo que desarrollan los agentes durante la gala benéfica —comentó Ana, pues la Agencia Smith se encargaba de la seguridad del evento.

—Puede que no sea lo que hemos planeado, pero me gustaría invitarte a cenar el sábado —le propuso Nahuel—. Una tercera cita en la costa, ¿qué me dices?

—Suena muy tentador, supongo que no puedo negarme.

—Genial, nos vemos mañana entonces —se despidió Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —se despidió Ana antes de colgar.

Tras esa conversación, Ana fue en busca de Ruth a su habitación y le pidió ayuda, necesitaba acabar con aquella tortura perpetua y un fin de semana en la costa sería el escenario perfecto.

Al día siguiente a las siete de la mañana, Nahuel esperaba a Ana frente al portal del edificio. Le acompañaba Jason, quien les llevaría al aeropuerto privado donde despegaría el jet de la Agencia para llevarles a la costa. Nahuel la ayudó con las maletas en cuanto la vio traspasar el umbral del portal y la saludó con un beso en la mejilla:

—Buenos días, preciosa —le susurró al oído.

—Buenos días, señor Smith —le saludó Ana un tanto decepcionada por ese beso en la mejilla.

Nahuel sonrió al percatarse, pero no dijo nada. Jason les llevó hasta el aeropuerto privado y allí se subieron al jet de la Agencia. Ana se quedó fascinada, ella no estaba acostumbrada a tanto lujo y aquello la impresionaba.

—Ven aquí, estamos a punto de despegar —le anunció Nahuel agarrándola de la cintura para sentarla y abrocharle el cinturón de seguridad. La miró a los ojos, le dio un leve beso en los labios y le susurró al oído—: Estás preciosa.

Ana agradeció el cumplido con una sonrisa coqueta, dispuesta a llevar a cabo el plan de Ruth hasta el final.

Las dos primeras horas de vuelo fueron tranquilas, Nahuel se dedicó a trabajar desde su ordenador portátil y Ana aprovechó para seguir durmiendo, apenas había pegado ojo la noche anterior escuchando los consejos de Ruth. Media hora antes de aterrizar el avión atravesó una tormenta y las turbulencias despertaron a Ana, que preguntó asustada:

— ¿Qué ocurre?

—Turbulencias a causa de una tormenta —le informó Nahuel pero, al ver la expresión de pánico en el rostro de Ana, añadió—: No te preocupes, estamos a punto de aterrizar y no hay ninguna complicación.

El avión aterrizó sin demasiadas complicaciones, pero las turbulencias por suerte no desviaron al jet de su trayectoria. Justo antes de que el avión tocara tierra, Ana se aferró a la mano de Nahuel con fuerza.

—Tranquila, ya hemos aterrizado —la tranquilizó Nahuel para que abriera los ojos al mismo tiempo que le desabrochaba el cinturón de seguridad—. Hemos tenido suerte, se acerca una gran tormenta.

—No pienso volver a subirme a un avión antes de comprobar el parte climatológico —anunció Ana aterrada.

Salieron del jet y un tipo les esperaba frente a un todoterreno negro igual al de Nahuel. Nahuel saludó al tipo con un estrechón de manos, se hicieron algunas preguntas cordiales y el tipo le entregó las llaves del vehículo. Mientras Nahuel ayudaba a Ana a sentarse en el asiento de copiloto, el tipo cargó el equipaje en el maletero. Nahuel se despidió de él  con otro estrechón de manos y se subió al todoterreno junto con Ana.

—Ya estamos en la costa, ahora vamos a casa a instalarnos —anunció Nahuel.

Ana sonrió a pesar de que no se le había pasado el susto con las turbulencias durante el vuelo, seguía estando nerviosa y Nahuel le acarició la rodilla para tranquilizarla.