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Enamórame 18.

Cuando Ruth se despertó, David seguía dormido a su lado. Con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Después se vistió e incluso se secó el pelo, pero David seguía dormido. Lo observó durante unos minutos y, viéndose incapaz de perturbar su sueño, decidió ir a la cocina y dejarle durmiendo.

Entró en la cocina y allí se encontró con Marisa, Tomás, Aitor y Alba; Ruth sonrió al comprender que el resto de la familia debía seguir durmiendo.

—Buenos días, tita Ruth —la saludó Aitor, que fue el primero en verla.

—Buenos días —saludó Ruth tímidamente.

—Buenos días, Ruth. Pasa y siéntate a desayunar con nosotros —la invitó Marisa—. ¿Dónde está David?

—Sigue durmiendo y no he querido despertarle, tengo la sensación de que no duerme tanto como debería —les confesó Ruth.

— ¿Te apetece café? —Le ofreció Tomás.

Ruth asintió y Tomás le sirvió una taza de café con leche mientras Marisa le servía un par de tostadas con mantequilla. Ruth lo agradeció con una amplia sonrisa, estaba hambrienta. Los padres de David la observaron desayunar y jugar con sus nietos y sonrieron felices.

— ¿Dónde está? —Se escuchó a David vociferar mientras bajaba las escaleras—. Si le habéis dicho algo…

—Buenos días, hijo —lo saludó Tomás cuando su hijo apareció en la cocina con cara de pocos amigos y añadió con tono de mofa—: Tranquilo, está aquí y solo la hemos invitado a desayunar.

—Ruth, ¿estás bien? —Exigió saber David.

—Sí, o al menos lo estaba hasta hace un momento —le regañó ella.

—Me he despertado y no te he visto y he pensado…

— ¿Has pensado que sería una maleducada y me iría sin decir nada?

—Lo siento, me he asustado —se disculpó David besándola en los labios.

—Tito David, ¿te vas a casar con la tita Ruth? —Preguntó Aitor y Ruth se puso pálida.

—Por supuesto, pequeño, pero antes tengo que convencerla —resolvió David con naturalidad, sin incomodarse lo más mínimo.

Los hermanos de David y su cuñado no se levantaron hasta la hora de la comida, por lo que David aprovechó para pasar la mañana a solas con Ruth. La llevó a la hípica de los vecinos y allí decidieron dar un paseo a caballo por los prados teñidos de verde y rojo debido a la hierba y a las amapolas que florecían en aquella época.

—Este lugar es increíble —pensó Ruth en voz alta.

—Me alegra oírlo, me temo que tendrás que venir a menudo —bromeó David haciendo referencia a las visitas que harían juntos a su familia.

—Tienes una familia maravillosa, un poco peculiar, pero maravillosa.

Entre risas, besos y caricias, regresaron a la mansión de los Garrido, donde se encontraron a toda la familia al completo, incluso los más perezosos ya se habían levantado.

—Buenos días, cuñada —la saludó Iván guiñándole un ojo con complicidad solo para fastidiar a su hermano.

— ¿Cuándo regresáis a la ciudad? —Quiso saber Marta.

—Regresaremos mañana después de comer, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de incorporarme de nuevo al hospital.

— ¿Has encontrado ya una casa o sigues en el hotel? —Preguntó Marisa.

—Todavía no he encontrado casa, pero estoy en ello —sentenció David y, volviéndose hacia Ruth, le preguntó para cambiar de tema—: ¿Te gustaría que después de comer diéramos un paseo por la montaña?

—Oh, claro —respondió Ruth algo confusa con el intercambio de miradas que hubo entre los progenitores de su amante.

Ruth no tenía ni idea de qué tenía planeado David, pero tampoco le importaba. Pese a le hubiera gustado pasar más tiempo a solas con él, tenía que reconocer que estar en compañía de su familia le gustaba, incluso lo pasaba bien con todos ellos. A pesar de ello, David no la dejaba ni un momento a solas, al menos no voluntariamente, y cuando lo hacía era a regañadientes, mirando primero a Ruth para confirmar que a ella le parecía bien.

Ruth se sentía feliz, una más de aquella inmensa y peculiar familiar. La amabilidad, generosidad y humildad de Marisa y Tomás la sorprendieron gratamente; la sinceridad y socarronería de Iván la hacían reír a carcajadas; admiraba la diplomacia y serenidad de Inés; y se sentía muy compenetrada con Marta, quizás por el amor al arte que ambas tenían. Sí, eran una familia peculiar, pero también una familia cariñosa y bien avenida donde la sinceridad era la clave para la armonía.

Después de comer, David fue con Ruth a dar un paseo, pero no sin antes lanzar una mirada de advertencia a cada uno de los miembros de su familia, por nada el mundo iba a permitir que le interrumpiesen en lo que pretendía hacer.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth al ver que cada vez se adentraban más en el bosque.

—Ahora lo verás, es una sorpresa —fue lo único que respondió él, con una amplia sonrisa en los labios.

Ruth odiaba las sorpresas, pero no fue capaz de decírselo al verle tan contento. Cerró la boca y continuó caminando de la mano de David mientras esquivaba piedras y raíces de árboles con las que de vez en cuando tropezaba.

Media hora después, estaban en un precioso claro en el bosque cubierto de amapolas y en el centro del claro yacía una pequeña cabaña de madera.

—Ya hemos llegado —anunció David con orgullo—. ¿Qué te parece?

—Es precioso. ¿La cabaña es de tu familia?

—Más o menos —. Ruth le miró enarcando las cejas y él, sabiendo que no se conformaría solo con esa respuesta, le explicó—: El terreno es de mi familia, pero la cabaña es mía. Yo mismo la construí hace algunos años. Cómo has podido comprobar, en casa de mis padres no hay mucha intimidad, así que la construí para poder escaparme de ellos y relajarme a solas de vez en cuando.

— ¿De verdad la has construido tú?

—Con mis propias manos —le confirmó—. Ven, te la enseñaré.

Era una cabaña sencilla, cuatro paredes de madera, un tejado, cinco ventanas y una puerta, pero a Ruth le pareció la cabaña más bonita del mundo. El interior tampoco era una gran cosa, tan solo un sofá cama, un pequeño cuarto de baño sin agua caliente (no había electricidad y el agua provenía de un pozo cercano a la casa), una mesa y un par de sillas.

—Aquí no hay lujos, pero la cabaña tiene su encanto.

—Y, ¿nunca has traído aquí a ninguna chica? —Quiso saber Ruth, sonriendo con picardía.

—No, solo a ti.

—Mm.

— ¿Qué pasa? ¿No te lo crees?

—Claro que me lo creo, no tienes por qué mentirme —le contestó Ruth frunciendo el ceño ante la idea de pensar que la mentía—. Estaba pensando que, si no has estado aquí con ninguna chica, eso significa que no has estrenado aún la cabaña, ¿no?

—Define estrenar —le pidió David divertido.

— ¿Has practicado sexo en esta cabaña?

—No, de hecho, creo que ni siquiera me he masturbado en ella —sonrió con descaro.

—Pues creo que tendremos que buscarle una solución a eso —sentenció Ruth antes de comenzar a desnudarse bajo la atenta mirada de David.

Tras hacer el amor dos veces en la cabaña, David y Ruth regresaron a la mansión y pasaron el resto del día con la familia de él. Jugaron a las cartas, charlaron de trabajo, hicieron planes para las vacaciones de verano que se aproximaban, etc., y Ruth se sintió una más de aquella familia pese a que apenas hacía un par de días que les conocía.

Enamórame 17.

Ruth descansaba boca abajo en la cama mientras David acariciaba lentamente la curva de su espalda. Ambos seguían desnudos después de una inmejorable sesión de sexo durante la hora de la siesta y, aunque ambos estaban satisfechos, ninguno de los dos se había saciado. Ruth ronroneó pegando su trasero contra la entrepierna de David, incitándolo a entrar en ella. Por supuesto, él no se hizo de rogar y volvieron a empezar.

Cuando por fin consiguieron que sus respiraciones se normalizaran, se dieron una ducha rápida y bajaron al salón para merendar con el resto de la familia.

—Hermanito, tienes cara de haber disfrutado de una buena siesta —se mofó Iván cuando les vio aparecer.

—La mejor siesta de mi vida —le confirmó David con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

Ruth recordó la advertencia de David sobre su hermano Iván y sonrió al comprender que todo formaba parte de su juego.

—Por favor, no me habléis de sexo que cada vez que Martín y yo nos ponemos a ello aparece uno de los dos monstruos para interrumpirnos, es como si tuvieran un radar y cada vez que nos acercamos…

—Nos hacemos una idea, Inés —la cortó Marisa pidiéndole prudencia con la mirada.

—Tranquila, en esta familia se habla tanto de sexo que al final se convierte en una conversación como cualquier otra —le dijo Tomás a Ruth meneando la cabeza de un lado a otro con desaprobación—. Yo prefiero vivir con la información justa, no necesito saber los detalles íntimos de mi familia, pero mi esposa insiste en que se hable de sexo y sentimientos abiertamente.

—Más que insistir, nos obliga —matizó David.

—No te quejes, gracias a eso tienes a dos hermanas dispuestas a darte consejo —le replicó Marta.

—Chicos, vais a asustar a Ruth y no querrá volver —les regañó Marisa.

—No te preocupes —le dijo David a Ruth bromeando—, no volveremos jamás.

—Estáis dramatizando, ¿os tengo que recordar qué me hicisteis a mí el primer día que llegué aquí con Inés? —Protestó Martín.

—No fue para tanto —dijeron todos al unísono haciendo reír a Ruth.

Aquella noche después de cenar, los cuatro hermanos, Martín y Ruth salieron a tomar una copa y dejaron a los niños con los abuelos en casa. Tras discutirlo durante un rato, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron ir al pub del hotel, ya que el otro pub al que consideraron ir estaba a más de veinte kilómetros, demasiado lejos para tomar una o dos copas.

—Tienes una familia fantástica —le dijo Ruth a David cuando entraron en el pub.

—Son bastante peculiares, no lo puedo negar, pero no los cambiaría por nada —la besó en los labios y le susurró al oído con la voz ronca—: Y a ti tampoco, pelirroja.

—Dejad algo para cuando lleguéis a casa, no se come delante de los pobres —se quejó Inés.

—Si seguís así me pondréis cachondo —se burló Iván.

—Yo también estoy a dos velas —se lamentó Marta.

—Por ese mismo motivo deberíais alegraros de que vuestro querido hermano goce de una extraordinaria vida sexual y no sea capaz de reprimirse ni en público —les dijo David abrazando a Ruth con orgullo.

—Supongo que prefiero tener un hermano salido que un hermano lloriqueando por los rincones —opinó Iván como quien pide la hora.

— ¿Llorando por los rincones? —Quiso saber Ruth.

—No les hagas caso —le dijo David quitándole importancia y, distrayéndola cambiando de tema, le preguntó—: ¿Quieres bailar?

Ruth aceptó, aunque solo fuera por la necesidad de sentir su cuerpo pegado al de ella. Rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Apoyó la cabeza sobre su hombro, cerró los ojos y dejó que él marcara el ritmo mientras bailaban. Tan absorta estaba entre sus brazos que no se dio cuenta que Iván estaba junto a ellos hasta que le escuchó preguntar:

— ¿Me permites bailar con mi cuñada?

David suspiró, la idea de alejarse de Ruth no le hacía ninguna gracia, pero si encima era para dejarla en brazos de su hermano…

—Solo una canción —le advirtió a Iván. Besó a Ruth en los labios y le susurró al oído antes de dejarla con su hermano—: Si quieres que le estrangule solo tienes que decírmelo.

Iván sonrió, pero ignoró las palabras de su hermano y agarró a su cuñada por la cintura pegándola a su cuerpo, solo para escuchar cómo David refunfuñaba y maldecía entre dientes mientras se alejaba de ellos.

—No te preocupes por él, lo superará —se burló Iván al ver cómo Ruth fruncía el ceño, preocupada por David.

— ¿Siempre estáis igual?

—Supongo que sí, nos gusta fastidiarnos —respondió Iván divertido—. David es como una roca, el hombre de hielo, como dice mi madre. Pero tú eres su punto débil, así que ahora todos nos aprovechamos de eso.

—Genial —dijo Ruth con sarcasmo.

—No te enfades, solo quiero hablar contigo a solas, estoy segura de que mi hermanito no te ha dicho muchas cosas que deberías saber —le dijo Iván atrayendo toda su atención—. David nos habló de ti el mismo día que te conoció en el restaurante del área de servicio. Ni te imaginas lo mucho que nos reímos de él cuando nos dijo que se había hecho pasar por camarero solo para poder escuchar tu voz.

—Puedo hacerme una idea —rio Ruth divertida.

—Nos llamaba desde la costa cada día solo para decirnos que era feliz y que había encontrado su alma gemela, pero su felicidad se esfumó cuando averiguó que le habían concedido una plaza de trabajo en el otro extremo del país —continuó hablado Iván—. Nunca lo había visto tan hundido y desolado, ninguno de nosotros sabíamos qué hacer. Decidió que lo mejor era cortar por lo sano y no volver a saber de ti, creía que todo sería más fácil si no hablaba contigo, pero se equivocó. No voy a negarte que, durante todo este tiempo, todos hemos intentado que se olvidara de ti, pero no lo conseguimos. Por eso, cuando hace tres semanas nos llamó para anunciarnos que había conseguido plaza en el hospital de la ciudad y que quería recuperarte, todos hablamos con él para hacerle entender que en tres años tu vida había podido cambiar y mucho. Sin embargo, él no se dio por vencido y nos prometió que volvería a enamorarte. Y, según hemos podido comprobar, no va por mal camino.

—No voy a hacerle daño, Iván. Al menos no intencionadamente.

—Lo sé, pero creía que debías conocer la otra versión de la historia antes de tomar una decisión. Espero que mi hermano no meta la pata.

—Hasta ahora, no podía ser más perfecto —le confesó Ruth suspirando al mirar a David, que no les quitaba los ojos de encima.

—Será mejor que regreses junto a él, aunque no lo reconozca, no puede estar más de cinco minutos separado de ti.

Entre risas y bromas, Iván se abrió paso entre la multitud y llevó a Ruth junto a David y al resto de sus hermanos. David la escudriñó con la mirada tratando de adivinar si el sinvergüenza de su hermano le había dicho algo que la incomodara, pero ella parecía divertida y fue testigo de la mirada de complicidad que se dedicaron los dos cuñados.

—Hermanito, si la cagas con Ruth, te advierto que yo no la dejaré escapar —bromeó Iván.

—No pienso dejarla escapar.

Inés instó a los hombres para que fueran a pedir unas copas y las dejaran a solas con Ruth, las hermanas también querían tener una pequeña charla con ella.

—Me quito el sombrero contigo, nunca había visto a David enamorado y contigo ha roto todas las expectativas —comentó Inés una vez se quedaron a solas.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Ruth con curiosidad.

— ¿Acaso no has visto cómo te mira? —Le preguntó Marta riendo—. Por no mencionar la charla que tuvo con cada uno de nosotros cuando decidió venir contigo a casa, ¡incluso nos amenazó con no volver a dirigirnos la palabra si hacíamos o decíamos algo que pudiera ofenderte!

—No se lo tengas en cuenta, solo está enamorado —le dijo Inés a Ruth quitándole importancia a aquella amenaza—. David se ha tomado su tiempo, pero creo que no podía haber escogido mejor.

—La verdad es que todo habíamos apostado cuánto tardabas en decir que no nos aguantabas más y te largabas, pero lo has hecho bien —comentó Marta.

— ¿Alguien apostó a mi favor?

—Mi madre y Martín, pero estoy segura de que David también hubiera apostado por ti si hubiera sabido lo de las apuestas —la animó Marta.

—Si se hubiera enterado se hubiera puesto hecho un basilisco y no nos habría dejado apostar, es demasiado susceptible con todo lo que tiene que ver contigo —la informó Inés.

—Entonces, ¿he pasado la prueba? —Quiso saber Ruth.

—La has superado con un sobresaliente, mis padres ya te consideran una hija más y nosotras una hermana —le aseguró Inés y añadió bromeando—: Y, antes de que digas nada, recuerda que a la familia no se la escoge, te toca la que te toca, así que es mejor que no te resistas y empieces a cogernos cariño.

Los chicos regresaron junto a ellas cargando con varias copas que dejaron sobre una mesa alta, donde las chicas habían dejado sus chaquetas y sus bolsos sobre los altos taburetes.

— ¿Todo bien por aquí? —Le susurró David a Ruth lanzando una mirada severa a sus hermanas.

—Todo perfecto —le confirmó Ruth tras darle un beso en los labios.

—Pelirroja, deja de provocarme.

Ruth se echó a reír y le abrazó, dejando que aquellos brazos fuertes la estrecharan con fuerza y la hicieran sentir al lugar al que pertenecía.

Se tomaron un par de copas mientras charlaban, bailaban y se divertían. Ruth encajó a la perfección con aquella familia tan peculiar y David sonrió satisfecho. La observó bailar junto a sus hermanas, reír ante las pullas de Iván y aceptar los consejos de Martín sin perder la sonrisa. De vez en cuando le tiraba un beso cuando sus miradas se encontraban y él tuvo que contener el deseo que sentía en más de una ocasión.

Regresaron a la mansión de los Garrido pasadas las cuatro de la madrugada, entre risas y tropezones, más achispados de lo que en realidad pensaban. Marisa y Tomás, tumbados en la cama de su habitación, cruzaron una mirada y se sonrieron. Ambos estaban convencidos que Ruth era la mujer perfecta para su hijo David.

Enamórame 16.

A la mañana siguiente Ruth se levantó de un salto al comprobar que eran más de las diez y seguían en la cama. Avergonzada porque sus anfitriones pensaran que era una marmota perezosa, trató de despertar a David para que se levantara. Él se despertó mientras Ruth le zarandeaba y vio el pánico en sus ojos.

—Cariño, ¿qué te pasa? —Le preguntó preocupado.

— ¡Mira qué hora es! Tus padres van a pensar que soy una holgazana.

Con los nervios que sentía en ese momento, a Ruth le había pasado por alto el apelativo con el que David la había llamado, y no era la primera vez.

—Pelirroja, ¿te he dicho alguna vez que estás muy sexy cuando te preocupas por tonterías?

—Ni lo sueñes —le advirtió al adivinar sus intenciones.

—Necesitas una sesión de relax, llenaré la bañera —sentenció David.

Y Ruth no pudo ni quiso contrariarle. Estaba nerviosa y David sabía cómo relajarla, el sexo con él en la bañera era uno de los mejores placeres de la vida.

Tras una sesión de relax en la bañera y desayunar en su apartamento independiente, David y Ruth se reunieron con los padres de él en el salón, que esperaban ansiosos la llegada del resto de sus hijos.

Ruth le había preguntado a David por sus hermanos y él, queriendo que ella supiera a lo que se enfrentaba desde el principio, fue sincero con ella. Primero le habló de Inés, la mayor de los cuatro hermanos. Inés estaba casada con Martín, un abogado que trabajaba en un bufete muy prestigioso, y tenían dos hijos: Aitor, de cinco años; y Alba, de tres.

—Inés es muy prudente y madura, siempre hemos bromeado diciendo que nació con cincuenta años —le había dicho David.

Después le habló de Iván, el tercero de los hermanos. Él y David se llevaban muy bien, pero se pasaban la vida chinchándose el uno al otro, era su forma de demostrar que se querían.

—Probablemente intente ponernos en alguna situación incómoda para nosotros y divertida para él, pero intenta no darle importancia o se divertirá todavía más —le advirtió David.

Y por último, le habló de Marta, la pequeña de los cuatro hermanos. David no se lo dijo, pero Ruth dedujo que Marta era su favorita por la manera en que hablaba de ella. Al parecer, Marta era una enamorada del arte, una cabeza loca y la persona más dulce e inocente que existía sobre la faz de la Tierra.

Ruth guardó toda la información que David le había facilitado sobre su familia para poder sacar algún tema de conversación con ellos y no meter la pata.

—Vamos a dar un paseo, quiero llevar a Ruth al área de servicio —informó David a sus padres.

—Pero tus hermanos llegan hoy —le dijo Marisa poniendo cara de perrito abandonado.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó David—. Estaremos aquí a la hora de comer.

Marisa sonrió complacida, estaba deseando ver la reacción de su hijo frente a las bromas de sus hermanos.

Media hora más tarde, David y Ruth bajaban del coche aparcado en el área de servicio dónde se conocieron. David le enseñó todo el complejo, incluido el hotel y las cocinas del restaurante. A Ruth le sorprendió saber que David conocía los nombres de todos los empleados y que además todos parecían adorarle como a un Dios.

—Ven, te voy a enseñar mi lugar secreto —le dijo David guiándola al interior del edificio de oficinas de más de diez plantas.

Ruth le siguió hasta el ascensor y subieron a la última planta. Accedieron a un estrecho pasillo con unas escaleras que daban acceso a la azotea. Ruth abrió la boca asombrada, desde allí se podía contemplar casi todo el valle y también el trazado de la autopista. Todo se veía tan diminuto desde allí arriba que Ruth se sintió grande pese a tener una estatura media.

—Aquí solía venir cuando necesitaba pensar a solas, eres la primera persona a la que traigo a este lugar —le susurró David.

—Si alguna vez nos enfadamos y te marchas, ¿será aquí donde te encuentre?

—Nunca me voy a marchar de tu lado, Ruth —le prometió—. Vivir sin ti fue una tortura, no pasaré una segunda vez por eso.

Ruth le abrazó y cerró los ojos, lo entendía perfectamente porque ella se sentía igual. No se veía capaz de volver a vivir sin él y, cómo le dijo Eva, lo mejor era asumirlo.

—Tenemos que regresar o llegaremos tarde a comer —le susurró David abrazándola desde atrás—. Estoy deseando que llegue la noche para tenerte solo para mí.

Cuando llegaron a la mansión de los Garrido, los hermanos de David ya estaban allí y Ruth se encontró con seis pares de ojos que la miraban con curiosidad. Tras echarles un rápido vistazo, supo quién era cada uno antes de que David se los presentara.

—Familia, ella es Ruth —anunció dedicándoles una mirada de advertencia, no estaba dispuesto a que ninguno de ellos se lo hiciera pasar mal a su chica. Se volvió hacia ella y, señalando a cada uno de ellos los fue nombrando—: Mi cuñado, Martín; mi hermana mayor, Inés; mi sobrino, Aitor; mi sobrina, Alba; mi hermano pequeño, Iván; y mi hermana pequeña, Marta.

—Encantada de conoceros —saludó Ruth con timidez.

Marisa les hizo pasar al comedor y sentarse a la mesa con la intención de darle unos minutos a Ruth para que se acostumbrara antes de que sus hijos comenzaran con el interrogatorio. Adoraba a sus hijos, pero a veces le daban ganas de darles una buena colleja cuando trataban de divertirse a costa del otro.

—David me ha dicho que eres relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad, debe de ser alucinante trabajar en algo así —comentó Marta mientras cenaban.

—No puedo quejarme, me gusta mi trabajo —le dijo Ruth encogiéndose de hombros—. David me ha dicho que te encanta el arte, si alguna vez estás por la ciudad y te apetece una visita privada por la galería solo tienes que avisarme, te prometo que no te defraudará.

—Ahora que lo mencionas, creo recordar que David comentó que este fin de semana has organizado la inauguración de una exposición de fotografía, ¿verdad? —La sonrisa maliciosa delató las intenciones de Iván, sin duda alguna sabía más de lo que decía.

—Así es, el autor es un buen amigo.

—Imagino que sí, si te ofreció posar para él —apuntilló Iván tratando sin éxito de ocultar la risa.

— ¡Qué envidia, siempre he querido hacer algo así! —Exclamó Marta fascinada.

— ¿Alguien quiere café? —Intervino Marisa incómoda bajo la atenta mirada de diversión de su marido.

Ruth miró a David alzando una ceja, sin poder creerse que le hubiera contado aquello a su hermano y que Iván lo soltase así como así en mitad de una comida familiar, la primera comida familiar de los Garrido a la que ella asistía. Tenía ganas de estrangularle allí mismo.

—Te dije que no había secretos entre nosotros —se defendió David alzando las manos en alto en señal de rendición.

—En esta familia no es posible tener secretos, pero tranquila que ya te acostumbrarás —le dijo Martín con resignación.

—No les hagas ni caso, siempre están igual —Marisa excusó a sus hijos al mismo tiempo que les fulminaba con la mirada.

—Si de verdad está dispuesta a pasar el resto de su vida con mi hermano, lo mejor es que sepa dónde se mete desde el principio —concluyó Inés mientras intentaba que Alba comiera un poco más.

—Si Ruth no quiere saber nada de mí por vuestra culpa, os arrojaré a los cocodrilos —bromeó David.

—A mí me gusta, ¿puedo llamarla tita Ruth? —Le preguntó Aitor a su tío David.

—Bueno, supongo que eso debes preguntárselo a ella.

El niño se volvió hacia a Ruth y, con una cara que era para comérselo, le preguntó a Ruth:

— ¿Puedo llamarte tita Ruth?

Ruth miró a David buscando la respuesta en sus ojos, sin saber muy bien qué responder. Si le decía que sí, quizás David se molestaba. Pero, decirle que no, no era una opción, se negaba a ser la bruja malvada de la película.

—Sí, supongo que sí —le respondió forzando una sonrisa ya que el muy sinvergüenza de David no la había ayudado.

— ¡Bien! —Exclamó el pequeño arrojándose a los brazos de su recién nombrada tía.

Después de comer, todos se retiraron a descansar. David también convenció a Ruth para echar la siesta, necesitaba estar con ella a solas y comprobar que estuviera bien. Como era de esperar, Ruth le reprochó que le hubiera contado a su familia que aparecía en las fotografías de una exposición erótica, pero no comentó nada sobre la petición de su sobrino para llamarla tita y eso le sorprendió.

—Genial, ahora todos saben que por ahí habrá un viejo verde masturbándose mientras mira mis fotografías —ironizó Ruth.

—Tranquila, ningún viejo verde se masturbará con tus fotografías —le aseguró David.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque las compré antes de que se inaugurara la exposición —le confesó—. No podía permitir que otra persona las tuviera en su poder y, aunque sé que probablemente te enfadarás, supongo que también debo decirte que he llegado a un acuerdo con Mike para sacarlas de la exposición. Y sí, puede que sea un hombre de cromañón como dice Marta, pero he comprado esas fotografías y puedo hacer con ellas lo que me dé la gana.

Ruth no supo qué decir, todavía estaba asimilando que David se hubiera gastado tres mil euros en cada una de sus fotografías solo para impedir que acabaran en manos de otra persona.

—Estás loco —le dijo sonriendo.

—Loco por ti, pelirroja.

David la besó apasionadamente y, sin darse apenas cuenta, estaban desnudos sobre la cama y haciendo el amor.

Enamórame 15.

Ruth llegó a su apartamento y preparó la maleta para pasar unos días con David y su familia. Lo repetía en voz alta una y otra vez para hacerse a la idea, todavía seguía sin creérselo. Cogió de su armario un par de modelitos para cualquier ocasión que se pudiera presentar, incluso cogió un vestido de noche solo por si acaso. Casi no pudo cerrar la maleta de todas las cosas que metió, pero finalmente lo consiguió.

David llegó al apartamento de Ruth pasadas las tres de la tarde, un poco más tarde de lo habitual pero bastante pronto teniendo en cuenta que había pasado por el hotel para recoger sus cosas y también por un restaurante a comprar la comida.

—No deberías haberte molestado, podría haber comprado yo la comida o incluso cocinar alguna cosa —le dijo Ruth sintiéndose mal.

—Te dije que yo me encargaría de todo —le respondió él besándola en los labios—. ¿Has preparado ya tu maleta?

—Es lo único que me has permitido hacer, así que no iba a defraudarte.

David sonrió, la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos. Todavía no se creía que Ruth hubiera aceptado acompañarle en su visita a casa de sus padres.

—Será mejor que salgamos ya, quiero llegar antes de que anochezca —dijo David separándose lentamente de ella—. Eres demasiado tentadora, deberías estar prohibida.

Media hora más tarde, Ruth y David se montaron en el coche. Les esperaban poco más de dos horas de camino hasta llegar a su destino. David notó la tensión en el cuerpo de Ruth y trató de tranquilizarla explicándole que sus padres eran encantadores y no se sentiría incómoda con ellos, aunque con sus hermanos sería otro cantar.

—Ya hemos llegado —anunció David con una sonrisa en los labios.

Ruth miró por la ventanilla y se quedó con la boca abierta cuando vio que accedían a una villa presidida por una enorme mansión.

— ¿Dónde estamos? —Preguntó confusa.

—En casa de mis padres.

— ¿Viven aquí?

—Acabo de decírtelo —le respondió escrutándola con la mirada—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, es solo que no pensaba que alguien que trabajaba de camarero en un área de servicio podría permitirse vivir aquí.

—Mis padres no trabajan en el área de servicio, son los propietarios —le explicó David divertido por la expresión confusa de ella—. En realidad, son los propietarios de más de la mitad de áreas de servicio del país.

—Entonces, ¿por qué trabajabas de camarero cuándo te conocí?

—La verdad es que no trabajaba de camarero, pero fingí serlo para poder acercarme a ti y hablar contigo —le confesó mostrando su sonrisa más traviesa—. La oficina de mi padre está junto al hotel del área de servicio, mis hermanos y yo pasábamos allí los días que no había clase y mi padre trabajaba, me he criado en esa área de servicio y, aprovechando que tenía unos días libres, decidí darme un paseo por el restaurante y recordar los viejos tiempos. Y entonces te vi, agarré la bandeja del camarero que estaba a punto de serviros y usurpé su identidad por un rato.

— ¿Por qué tardaste una semana en ir a buscarme a la costa?

—Tenía que ocuparme de algunos asuntos y mi madre figuraba entre ellos —recordó con diversión la cara de su madre cuando le dijo que se marchaba a la costa detrás de una chica a la que había visto cinco minutos.

—No creo que esté preparada para esto, no ha sido buena idea…

—Pelirroja, confía un poco en mí —. Le plantó un beso en los morros y bajó del coche rápidamente para ayudarla a bajar a ella. Le envolvió la cintura con su brazo y le preguntó con su eterna sonrisa en los labios—: ¿Preparada para conocer a mi familia?

—Sabes que no.

—Tonterías —sentenció guiándola hacia a la puerta principal de la majestuosa mansión de estilo victoriano.

No habían llegado al porche cuando la puerta se abrió y apareció una mujer que rondaba los sesenta años, pero a pesar de su edad tenía un cuerpo estupendo y vestía con mucha clase. A Ruth se le cortó la respiración, adivinó que aquella mujer era la madre de David y lo confirmó cuando la oyó decir:

—Hijo, ¡cuánto me alegro de verte! —Lo abrazó con cariño y acto seguido se volvió hacia a Ruth para saludarla—: Es un placer conocerte al fin, Ruth. Hacéis una pareja estupenda.

Y le plantó dos besos en la mejilla para después abrazarla de la misma manera que había abrazado a su hijo.

—Mamá, no la asustes que acaba de llegar —bromeó David. Agarró de nuevo a Ruth por la cintura y le dijo—: Te presento a Marisa, mi madre. Mamá, cómo ya sabes, ella es Ruth.

—Un placer conocerla, Marisa.

—Lo mismo digo, Ruth. Estaréis cansados del viaje, os dejaré que os instaléis y os espero en la cocina para tomar algo de beber —decidió Marisa—. He pedido que os preparan el apartamento de encima del garaje, allí tendréis toda la intimidad que necesitéis.

Ruth se ruborizó y David protestó sin demasiada convicción:

— ¡Mamá!

Pero Marisa desapareció con una sonrisa de complicidad dibujada en los labios. Estaba encantada de que por fin su hijo se hubiera rendido a lo evidente y hubiera decidido luchar por la única mujer a la que había amado.

David guió a Ruth hasta el apartamento independiente de la casa, donde se instalaron una vez se lo hubo enseñado. Ruth estaba muy nerviosa, casi histérica. La idea de conocer a la familia de David le aterraba, sobre todo ahora que sabía que tenían mucho dinero. Debido a su trabajo, ella estaba acostumbrada a tratar con personas de alto nivel adquisitivo, pero no se trataba de gente cualquiera, se trataba de los padres de David.

—Pelirroja, si no te calmas un poco tendré que hacerte el amor hasta que lo consiga —le susurró David abrazándola desde la espalda y añadió juguetón—: ¿Te apetece una sesión de relax en la bañera?

— ¡No!

— ¿Por qué no? —Exigió saber él levantando una ceja, visiblemente ofendido.

—Si tardamos en bajar, todos sabrán qué hemos estado haciendo —le respondió Ruth con un hilo de voz y con el rubor tiñendo sus mejillas.

David rio divertido al conocer a una Ruth tímida e insegura. Era increíble que aquella mujer espectacular, inteligente, trabajadora y buena estuviera allí con él y tuviera miedo de su familia.

—Quiero gustarle a tu familia —susurró con sinceridad.

—Cariño, les vas a encantar —le aseguró—. Pero, aunque no fuera así, tampoco me importaría lo más mínimo. No pienso renunciar a ti por nada ni por nadie.

Ruth asintió, se cuadró de hombros y respiró profundamente antes de salir de aquel amplio apartamento tipo loft situado sobre el garaje para dirigirse al salón principal de la casa. David la agarró de la mano y, una vez que Marisa les invitó a sentarse en el sofá, rodeó su cintura con el brazo, no iba a separarse ni un solo centímetro de ella y ella lo agradeció en silencio.

—Tienes una casa preciosa, Marisa —señaló Ruth con amabilidad.

—Me gustaba más cuando mis hijos eran pequeño y les veía correr y juguetear, ahora se nos ha quedado muy grande solo para nosotros dos —comentó Marisa mirando el reloj y pensando en su marido—. ¿Dónde se habrá metido este hombre?

—Estoy aquí, querida —dijo un hombre de la edad de Marisa que, tras darle un leve beso en los labios a su esposa, saludó a su hijo con un fuerte abrazo y miró a Ruth con una amplia sonrisa idéntica a la de David—. ¿Es que nadie me va a presentar a esta bella dama?

—Papá, ella es Ruth —habló David con orgullo. Se volvió hacia su pelirroja y, divertido al ver cómo se ruborizaba, añadió—: Él es Tomás, mi padre.

—Encantada de conocerle, Tomás —lo saludó Ruth estrechándole la mano.

—El placer es nuestro, hemos oído hablar mucho de ti —comentó Tomás con una sonrisa maliciosa en los labios.

Sin darse cuenta, Ruth apretó con fuerza la mano de David a causa de los nervios y él, apiadándose de ella, regañó a su padre:

—Papá, por favor.

—No tienes nada de lo que preocuparte, aquí todos teníamos muchas ganas de conocerte, David no ha dejado de hablar de ti y ya te sentimos una más de nuestra familia —intervino Marisa.

—Si seguís incomodándola, nos iremos a un hotel —gruñó David visiblemente enfadado.

—No pasa nada, todo está bien —le susurró Ruth con un hilo de voz. Se volvió hacia a los padres de David y, haciendo gala de su carisma, bromeó con ellos—: Siento curiosidad por saber qué habéis oído de mí, pero reconozco que me da miedo la respuesta.

—Oh, querida, David solo nos ha contado lo estupenda que eres y, teniendo en cuenta lo exigente que es él, estamos seguros de que no se equivoca —medió Tomás.

Durante la cena Ruth se relajó un poco, sus posibles futuros suegros eran personas encantadoras y no tenía nada de qué preocuparse con ellos. La trataron como a una más de la familia, se interesaron por su trabajo, aplaudieron su independencia económica como mujer del siglo XXI y quedaron encantados con la forma en la que su hijo la miraba.

Marisa le habló de lo buen niño que era David y, cuando Tomás les ofreció tomar una copa después de cenar, Marisa aprovechó para sacar el álbum de fotos familiar. Ruth sonrió a cada una de las fotografías, descubriendo a un David de niño tan irresistible como el adulto en que se había convertido. David la vio disfrutar en compañía de sus padres y reír con las anécdotas que le contaban de cuando era niño. La deseaba tanto que se agarraba al brazo del sofá para no echarse encima de ella en ese mismo momento y sin importar quién estuviera delante.

—Cariño, creo que ya es hora de ir a dormir —sentenció cuando ya no pudo soportarlo más.

—Tienes razón, hijo —le secundó Tomás—. Mañana será un largo día, me temo que tus hermanos tendrán ganas de guerra después de tanto tiempo sin verte.

—Buenas noches, pareja —les deseó Marisa.

—Buenas noches —dijeron Ruth y David al unísono.

David prácticamente arrastró a Ruth al apartamento independiente y, en cuanto cerró la puerta detrás de ellos, la estrechó entre sus brazos y la besó con urgencia. Ella no protestó, lo recibió de buen grado y, pocos minutos después, la ropa de ambos volaba por los aires y caía de cualquier manera en el suelo.

Enamórame 14.

El resto de la semana Ruth la pasó en una nube. Aprovechando sus vacaciones, pasaba las mañanas en casa de Ana, poniéndola al corriente de cada avance en su relación con David y desquitando los nervios que sentía por la inminente visita a casa de los padres de él, algo que ella todavía no terminaba de tener tan claro. Cuando David terminaba su turno en el hospital, se dirigía al apartamento de Ruth tras parar en un nuevo restaurante y allí comían a solas. Por la tarde, cuando decidían ver una película en el sofá, eran incapaz de contener su deseo y terminaban haciendo el amor. Y, en consecuencia, no habían terminado de ver ninguna de esas películas. Después Ruth preparaba algo ligero para cenar y antes de irse a dormir se daban un largo baño que incluía una sesión de sexo. David pasaba la noche con ella, abrazándola mientras dormía. Por la mañana se levantaba temprano, la besaba en los labios y se marchaba al hotel para ducharse y cambiarse de ropa antes de empezar con su turno en el hospital.

El viernes por la mañana, cuando David se levantó temprano para empezar con su rutina, ella se sintió sola en la cama. La necesidad de disfrutar de su compañía un rato más por las mañanas pudo más que todos sus temores y, cuando él la besó para despedirse, ella se oyó decir:

—Si dejaras el hotel y te quedases aquí no tendrías que irte tan pronto.

— ¿Es una invitación? —Le preguntó él arqueando una ceja.

—Ya te estás quedando aquí, pero si traes tus cosas podrás quedarte un rato más en la cama y no tendrás que madrugar tanto —argumentó Ruth, todavía medio dormida.

—Cuando salga del hospital traeré todas mis cosas —le susurró David antes de darle otro beso y marcharse.

Ruth apenas tardó un minuto en reaccionar y el pánico se apoderó de ella. No podía creer lo que le había propuesto a David y ahora no podía echarse atrás. Necesitaba reunir con urgencia al gabinete de crisis y, esta vez, necesitaba contar con un punto de vista masculino y decidió llamar a Mike también.

Y allí estaba, a las nueve de la mañana de un viernes sentada a la mesa de una cafetería con tres pares de ojos que no apartaban su mirada de ella.

— ¿Qué has hecho qué? —Preguntó Ana más divertida que escandalizada.

—Desde un punto de vista práctico, a mí no me parece una mala opción —opinó Mike.

—La cuestión no es si es práctico o no, la cuestión es que Ruth, nuestra Ruth, ha invitado a un hombre, a David para ser más concretos, a vivir en su apartamento —expuso Eva analizando la situación, a ella no se le escapaba nada. Miró a Ruth a los ojos y añadió—: Estás enamora de él, asúmelo.

—Pues espera a oír la última, ¿no os ha dicho que se va tres días con David a conocer a sus padres? —Anunció Ana sin poder parar de reír.

—Bruja —masculló Ruth fulminando a su amiga con la mirada.

—A mí me parece una historia de amor preciosa, tres años enamorados y ahora se reencuentran y descubren que ninguno de los dos ha sido feliz sin el otro —comentó Eva como si relatara el perfecto cuento de hadas.

—Yo no sé qué pinto aquí —musitó Mike incrédulo, ¿qué pintaba él en esa charla de chicas?

—Necesitaba una visión masculina pero, teniendo en cuenta que mis amigas en vez de ayudarme se ríen de mí o fantasean con comedias románticas de Hollywood, ahora tu opinión es la única que cuenta —bufó Ruth.

—Si ese tío te gusta, ve a por él —la aconsejó Mike—. A mí me pareció un buen tipo y no es difícil adivinar que está interesado en ti. Si sale bien serás feliz y si sale mal puedes volver a tu vida de antes y disfrutar del sexo con un hombre distinto cada semana, o cada noche si lo prefieres.

—Sea lo que sea lo que decidas, hazlo pronto —la apremió Eva—. Necesito saber si irás acompañada a mí boda —. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Y lo mismo te digo a ti, no pienso cambiar todas las mesas para añadir o quitar gente, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —dijeron firmes Mike y Ruth al unísono.

Ana estalló a reír a carcajadas, seguida de Mike y Ruth. Eva resopló y les fulminó con la mirada pero, un segundo más tarde ya estaba riendo con ellos.

—Cuéntanos eso de que vas a conocer a sus padres —le pidió Eva cuando lograron parar de reír.

—M dijo que quería enamorarme y para ello debía saber de dónde procedía y conocer a su familia, así que me ha invitado a ir con él —explicó Ruth encogiéndose de hombros.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Eva.

—A mí me parece una película de terror —se burló Mike, horrorizado con la idea de conocer a los padres de la mujer con la que se acostaba.

—Yo creo que es bastante interesante, nuestra pequeña Ruth está madurando y por fin va a conocer a la familia de su pareja —se mofó Ana.

—Teniendo amigos como vosotros, no me hacen falta enemigos —dramatizó Ruth haciendo que todos pusieran los ojos en blanco.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —Le preguntó Ana poniéndose seria por primera vez en toda la mañana.

—Joder, voy a conocer a mis posibles futuros suegros y cuñados, ¡estoy nerviosa! ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si no soy lo suficiente buena para su hijo el doctor?

— ¡Por el amor de Dios! ¿Te estás escuchando? —La regañó Eva—. Pues claro que les vas a gustar, es imposible que no le gustes a alguien. ¡Si hasta me gustas a mí a pesar de que no te soporto la mayoría de las veces!

—Coincido con la Barbie pija —comentó Mike—, no te soporto, pero me gustas.

—No sé por qué no cambio de amigos —gruñó Ruth.

— ¡Porque nos quieres! —Canturrearon Eva y Ana a la vez.

—Vale, esto es todo lo que puedo soportar —sentenció Mike poniéndose en pie—. Si de verdad quieres mi opinión, deja de pensar tanto las cosas y limítate a disfrutarlas. Si no te gustan, siempre puedes cambiarlas.

—Será mejor que te vayas, te estás poniendo cursi —se burló Ana y todas rieron.

—No sé cómo Nahuel y Derek os aguantan —dijo meneando la cabeza de un lado a otro antes de despedirse de aquellas locas que tenía por amigas.

— ¿Vosotras vais a darme algún consejo?

—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Mike, pero añadiría un par de cosillas sin importancia…

—Eva, no tengo tiempo para sutilezas.

—Evita decir palabrotas delante de tu familia política, asegúrate de estar siempre sonriente en su presencia y, lo más importante, que vean que su hijo es feliz a tu lado —recalcó Eva.

—David me ha dicho que su familia conoce toda nuestra historia —comentó Ruth.

— ¿Toda? —Casi gritaron a coro Ana y Eva.

—Toda, excepto los detalles más íntimos.

—Y él, ¿qué te ha dicho de sus padres? —Quiso saber Ana.

—Que no tengo nada de lo que preocuparme y que les voy a encantar —suspiró Ruth deseando que sus palabras fueran ciertas.

—Está intentado enamorarte, no te llevaría a casa de sus padres si creyera que te fueran a tratar mal —opinó Eva—. No te preocupes más, déjate llevar y disfruta del momento, desde que yo lo hago me va muy bien.

—Hasta que te quedes preñada y tengas que pasar la cuarentena —bufó Ana.

—Nahuel no te va a tocar hasta que el médico le dé permiso, quizás deberías sobornar al doctor para que hable con él —le aconsejó Eva—. Cuarenta días sin sexo es toda una tortura.

Entre risas y confesiones, las tres amigas terminaron de desayunar y se despidieron deseándole suerte a Ruth y haciéndole prometer que las llamaría cada día para mantenerlas informadas.

Cuando Ruth salió de la cafetería se sentía más segura y con más fuerzas para afrontar los próximos días. Estaría con David, él no dejaría que nada ni nadie estropeara su historia. Su cuento de hadas particular.