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Búscame 5.

Ana se instalaba en su nuevo despacho mientras Nahuel, sentado en uno de los sillones, leía en voz alta los contratos de trabajo y confidencialidad que debía firmar Ana. Una vez se los hubo leído, le dijo que podía revisarlos con tranquilidad más tarde, pero antes de la reunión de las once.

Una vez instalada en su despacho, Ana conectaba su nuevo ordenador portátil de empresa y encendía su nuevo teléfono móvil mientras Nahuel explicaba todo lo que debía saber sobre la Agencia Smith y sobre los servicios que ofrecía a sus clientes.

—La Agencia Smith es una agencia de seguridad privada, nuestros agentes son antiguos militares que han preferido trabajar en el sector privado —comenzó a explicar Nahuel—. Nuestro trabajo depende del cliente con el que tratemos. Trabajamos con varios clientes que requieren de nuestros servicios los 365 días al año, ellos son los VIP. La mayoría de nuestros servicios constan en seguridad privada personal, los llamados escoltas o guardaespaldas. Además, también ofrecemos seguridad privada en cualquier tipo de evento.

—Supongo que mi trabajo también consiste en ocuparme de las denuncias por agresión que tengan tus agentes, ¿no es así?

—Si se diera el caso, sí tendrías que hacerlo —le confirmó Nahuel—. A día de hoy nuestros agentes no tienen ni una sola denuncia por agresión estando de servicio pero, como te dije ayer, contarás con un equipo de abogados en los que podrás delegar algunos asuntos como ese.

— ¿Entiendo que, aunque no sea por agresión, existen otras denuncias? —Sospechó Ana.

—También ofrecemos el servicio de detective privado, la mayoría son por casos de celos, sospechas de infidelidades. Las personas que contratan nuestros servicios tienen un alto valor adquisitivo, por lo que cuando se obtienen pruebas de infidelidades que anulan acuerdos matrimoniales no suele gustar mucho al afectado —le respondió Nahuel encogiéndose de hombros.

— ¿Qué métodos usan los agentes para conseguir esa clase de información? —Quiso saber Ana.

—Por regla general, estos casos suelen resolverse tomando algunas fotografías de la persona en cuestión entrando y saliendo de un hotel cuando se supondría que debía estar en otro lugar.

— ¿Y qué servicios quiere contratar nuestro cliente de las once?

—Es uno de nuestros clientes VIP, le estamos dando servicio de escolta personal las veinticuatro horas del día, pero ayer por la tarde llamó para solicitar una reunión urgente.

— ¿No dijo nada más?

—No, pero me temo que se trata de uno de esos casos de infidelidad.

— ¿Por qué lo crees? —Preguntó Ana con curiosidad.

—Está casado, él y su mujer no se soportan, solo he tenido que sumar dos más dos —le respondió Nahuel encogiéndose de hombros—. Probablemente quiera divorciarse y eso supondría dividir toda su fortuna.

—Pero si tiene un acuerdo prematrimonial con una cláusula de infidelidad y demuestra que le es infiel, probablemente no tenga que darle ni un solo céntimo a su mujer —dedujo Ana.

—Eso es —confirmó Nahuel—. Pero solo son conjeturas, realmente no sé con certeza para qué ha solicitado esta reunión.

Ana echó una ojeada a los contratos y, tras revisar que todo estuviera en orden tal y cómo Nahuel le había asegurado, los firmó.

—Aquí tienes los contratos firmados —le dijo Ana al mismo tiempo que se los entregaba—. Me gustaría revisar la ficha del cliente, quiero estar al tanto de todos los servicios que tiene contratados y de los acuerdos a los que se ha llegado. También me gustaría conocer con más detalle todos los servicios que ofrece la Agencia, ¿crees que sería posible que le dedicara algunas horas al día para acompañar a algunos de esos agentes?

—Ana, esos agentes están cualificados para afrontar cualquier tipo de situación complicada que se les presente, no puedo dejar que los acompañes —le respondió Nahuel, quien no estaba dispuesto a correr el menor riesgo con la seguridad de Ana—. Si de verdad crees necesario estar presente durante esos servicios, puedo dejarte acceder al centro de mando para que hagas el seguimiento de la operación desde la Agencia.

—Eso no sería lo mismo —protestó Ana.

—No cambiaré de opinión, Ana.

— ¿Por qué?

—Porque no estoy dispuesto a poner tu vida y la de otros agentes en peligro, ¿te parece un buen motivo? -—Le replicó Nahuel que no pensaba dar su brazo a torcer en ese tema.

—Supongo que es un buen motivo —murmuró Ana un poco decepcionada.

—A ver cómo nos podemos organizar para que puedas ver en directo desde el centro de control los distintos servicios que ofrecemos, le diré a Elvira que coordine nuestras agendas y nos deje libres un par de horas al día en la que podamos observar algún servicio en directo —le dijo Nahuel dispuesto a complacerla sin ponerla en riesgo—. Ahora será mejor que nos centramos en la reunión, le pediré a Elvira que nos traiga el expediente del cliente.

Elvira se encargó de llevarles el expediente del cliente al despacho de Ana y también se encargó de coordinar las agendas de Nahuel y Ana para que pudieran asistir juntos al centro de control en el momento preciso en el que se llevara a cabo algunos de sus servicios para que Ana pudiera ser testigo sin exponerse a ningún peligro.

Juntos revisaron todo el expediente del cliente con el que estaban a punto de reunirse y Nahuel se encargó de solventar todas las dudas que le surgían a Ana.

A las once en punto, Elvira les anunció la llegada del cliente. Nahuel y Ana se pusieron en pie y acudieron a recibirlo al descansillo del ascensor. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, apareció un hombre de unos cuarenta años que con su carismática sonrisa y esos picarones ojos del mismo tono que el azul del mar le hacían muy atractivo.

—Buenos días, señor Smith —lo saludó Frank Parker, el recién llegado. Se volvió hacia Ana y, dedicándole su mejor sonrisa, añadió—: Veo que está muy bien acompañado.

—Buenos días, señor Parker —lo saludó Nahuel al mismo tiempo que le estrechaba la mano con firmeza—. Le presento a la señorita Fernández, la abogada de la Agencia —se volvió hacia a Ana y añadió con el mismo tono—: Señorita Fernández, le presento a nuestro cliente el señor Frank Parker.

—Un placer conocerla, señorita Fernández —la saludó Frank besando la mano de Ana.

—Lo mismo digo, señor Parker —respondió Ana forzando una sonrisa.

A Nahuel no le pasó por alto el tono seductor en la voz de Frank Parker y no le gustó nada el interés que mostraba por Ana. Sin poder evitarlo, Nahuel agarró a Ana por la cintura en un gesto bastante posesivo y dijo con tono de advertencia:

—Pasemos a la sala de reuniones, allí estaremos más cómodos y podremos ocuparnos del asunto que le ha traído aquí, señor Parker.

Ana intercambió una mirada con Nahuel, no entendía a qué venía esa reacción tan exagerada por parte de Nahuel, pero él tan solo la miró con gesto serio y, sin dejar de rodear la cintura de ella, los guio a la sala de reuniones.

Durante aquella reunión, Ana aprendió muchas cosas sobre la Agencia Smith y otras muchas más sobre su fundador y director.

Parker fue directo al grano y les dijo lo que quería:

—El caso es que mi esposa ha descubierto que le he sido infiel en numerosas ocasiones y quiere el divorcio —le dedicó una seductora sonrisa a Ana y añadió—: Tal y cómo están las cosas, ella se quedaría con un 70% de las acciones de la empresa y con la vivienda habitual por incumplimiento de contrato.

— ¿Qué es lo que quiere exactamente, señor Parker? —Le preguntó Nahuel queriendo que aquella reunión acabara cuanto antes, se le estaba acabando la paciencia.

—Mientras trato de alargar los papeles del divorcio, quiero que la Agencia la investigue, que la siga a todas partes y que encuentre cualquier cosa que demuestre un incumplimiento de contrato, de ese modo, la empresa continuará siendo mía y el resto de bienes y propiedades se dividirán en partes iguales —le respondió Frank, que seguía dedicándole seductoras sonrisas y miradas a Ana.

— ¿Qué opina, señorita Fernández? —Le preguntó Nahuel a Ana, quería conocer su opinión sobre el asunto al tratarse de un tema tan delicado moralmente hablando.

—Necesitaremos leer el acuerdo prematrimonial que firmó para saber cuáles son las cláusulas de incumplimiento —contestó Ana centrándose en pensar como una abogada—. No obstante, si su mujer no ha incumplido el contrato o no tenemos manera de demostrarlo, le sugiero que investigue qué pruebas tiene su esposa contra usted, tendrá que averiguar si cuenta con pruebas físicas que demuestren el momento exacto en el que se produjo la infidelidad, o en su caso las infidelidades, o con testigos. La Agencia se podría hacer cargo de dicha investigación, pero supondrá una investigación distinta al seguimiento de su esposa —añadió Ana.

—El dinero no es un problema, señorita Fernández —coqueteó Frank descaradamente y Ana pudo ver como los nudillos de Nahuel se volvían blancos de tanto que apretaba los puños—. Tengo que ocuparme de algunos asuntos y debo marcharme ya, pero llámame cuando tenga los contratos y vendré a firmarlos de inmediato. Y, si tiene tiempo, me encantaría poder invitarla a comer, señorita Fernández.

Nahuel se puso en pie y le tendió la mano a Parker invitándole a marcharse de una manera cordial al mismo tiempo que le decía:

—Le llamaremos en cuanto tengas redactados los contratos, señor Parker. Le acompaño al ascensor —se volvió hacia Ana y le dijo—: Señorita Fernández, espéreme en mi despacho para continuar con lo que teníamos pendiente.

—Un gusto conocerla, señorita Fernández —. Se despidió Frank de Ana besando su mano de manera sensual.

—Lo mismo digo, señor Parker —le respondió Ana forzando una sonrisa.

A Ana no le pasó por alto el tono frío y distante de Nahuel, así que obedeció sin hacer preguntas y se dirigió al despacho de Nahuel temiéndose que se avecinaba una discusión.

Búscame 4.

Ana entró en el apartamento con una sonrisa de oreja a oreja y sus dos amigas Eva y Ruth dedujeron que esa sonrisa no era solo porque la entrevista le hubiera ido genial, así que la acribillaron a preguntas. Ana, que no tenía paciencia para jugar a adivinanzas, se dejó caer en el sofá y anunció sin dejar de sonreír:

—Chicas, hoy he cometido la mayor locura del verano y me siento feliz.

—Habla por esa boquita —le dijo Ruth que todavía tenía menos paciencia que Ana.

—Si os digo que Nahuel es el director de la Agencia Smith, ¿me creeríais? —Preguntó Ana con su eterna sonrisa en los labios.

— ¡No puede ser verdad! – Exclamó Ruth riendo a carcajadas.

Pero la cara de Eva era un poema, a ella no le había parecido divertido en absoluto.

—Ana, ¿has aceptado un trabajo en el que Nahuel será tu jefe? —Preguntó Eva para asegurarse de haberla entendido bien.

—Sí, Eva. He hecho una locura —le confirmó Ana.

—No sé qué decir, Ana. Me esperaba esto de Ruth, que está como una cabra, ¿pero de ti? —Le espetó Eva totalmente incrédula—. Tú eres sensata, al menos la mayor parte del tiempo, ¿cómo te has dejado convencer por algo así?

—Por una vez, estoy de acuerdo con Eva —opinó Ruth—. ¿Qué pasará si él se cansa de ti o tú de él? Serás tú la que salga perdiendo, Ana.

Ana se vio obligada a contarles con todo detalle la conversación que había tenido con Nahuel y cómo había ido rebatiendo todos los peros que ella había puesto.

—Si firma el contrato de condiciones, me parece bien —opinó de nuevo Ruth.

—Pues a mí no me termina de convencer, Ana —insistió Eva—. ¿Has imaginado cómo sería trabajar para él después de haber discutido? Por muy a gusto que estuvieras en la Agencia te cansarías de verle y querrías cambiar de trabajo, lo que significa empezar de cero. ¿Estás dispuesta a arriesgarlo todo por una posible relación que no sabes cómo va a acabar? Podrías buscar otro empleo y seguir con él si es lo que quieres.

—Lo que Eva quiere decir es que si algo sale mal no solo le perderás a él, también perderás tu empleo —le repitió Ruth pero con otras palabras.

—No tengo nada que perder —les dijo Ana, quien solo quería el apoyo de sus amigas—. Si no me arriesgo no ganaré. Y si pierdo me quedaré igual que estaba ayer, sin él y sin trabajo.

—Es una manera de verlo —concluyó Ruth encogiéndose de hombros.

Aquello significaba que Ruth le daba el visto bueno, pero aún faltaba Eva por dar su opinión final y ella era la que más le preocupaba a Ana.

—Sigo sin saber qué decirte, Ana —empezó a decir Eva—. Si te soy sincera, a mí me parece una locura pero, si tú estás decidida a hacerlo, cuentas con todo mi apoyo.

—Gracias chicas, sois las mejores —les dijo Ana abrazándolas.

—Solo espero que no nos termines odiando si esto no sale bien —murmuró Eva.

Ana ignoró el comentario de Eva, la conocía demasiado bien y sabía que eso era lo máximo que podía esperar de una persona tan sensata como Eva, aquello significaba que, aunque fuera una locura, no era una locura de ingresar en un centro de salud mental.

Una vez pasada la euforia de la locura de Ana, Ruth les contó cómo había ido su entrevista. Ruth también había aceptado el empleo, sería la nueva relaciones públicas de la galería de arte de la ciudad. Ruth estaba encantada con su nuevo empleo, aprendería muchísimo más sobre arte y conocería a un montón de gente. Pese a que estaba triste por el modo en que su historia con David había acabado antes de empezar, Ruth se sentía mucho más animada gracias a ese empleo tan esperado y que tanto deseaba.

Eva relató cómo había sido su primer día de trabajo como asistente del director ejecutivo de una empresa de publicidad y, pese a que era casi cuarenta años mayor que ella, el tipo le cayó bien. Se mostraba dispuesto a enseñarle todo lo que debía hacer e incluso la ayudaba hasta que ella lo dominaba.

Todas se alegraron por la fortuna de ese día y Ana decidió sacar una botella de vino de la pequeña bodega de la cocina y sirvió tres copas para brindar por sus nuevos empleos y por el inicio de una nueva etapa en sus vidas.

A la mañana siguiente Ana se levantó antes de que sonara el despertador. Estaba nerviosa y apenas había conseguido dormir en toda la noche, pero se levantó de buen humor al recordar que volvería a ver a Nahuel.

A las ocho en punto Ana atravesó el portal del edificio y salió a la calle, donde se encontró a Nahuel apoyado en su todoterreno negro y dedicándole una amplia sonrisa.

—Buenos días, preciosa —la saludó Nahuel mientras Ana se acercaba. Le dio un leve beso en los labios que la pilló desprevenida y añadió—: He parado a comprar el desayuno, todavía recuerdo que tomas un café cortado con la leche natural y sacarina y también que adoras el chocolate —Nahuel le entregó una bolsa con dos Donuts de chocolate—. El café lo tienes en el posa vasos del coche.

—Si haces lo mismo con el resto de empleados de la Agencia, tendrás que decirme cómo evitas la ruina —bromeó Ana. Le devolvió un leve beso en los labios y añadió mientras se acomodaba en el asiento de copiloto—: Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

Nahuel sonrió complacido, se había propuesto conquistar a Ana, pues estaba seguro de que era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Eran las ocho y diez cuando Nahuel aparcó el todoterreno en su plaza de parquin de la Agencia y, tras bajarse del vehículo, ambos se dirigieron al ascensor. Ana se tensó, aquella caja metálica de apenas 3 m2 le pareció la tentación más grande del mundo y, teniendo en cuenta que formaba parte del lugar donde trabajaba, no podía permitirse bajar la guardia. Ya había cometido varias locuras últimamente, ahora debía centrarse en comportarse como una mujer madura y responsable.

— ¿No vas a comerte los Donuts? —Le preguntó Nahuel al ver que no había probado bocado, tan solo se había bebido el café.

—Pensaba compartirlos contigo mientras me pones al corriente de mis nuevas obligaciones como empleada —le respondió Ana con coquetería.

—Bien pensado —afirmó Nahuel.

El ascensor por fin llegó a la última planta y Nahuel guio a Ana hacia su despacho. Saludaron a Elvira, la secretaria de Nahuel, al pasar delante de su mesa y Nahuel aprovechó para pedirle que trajera un par de cafés, acto seguido ambos se encerraron en el despacho. Mientras Ana tomaba asiento en uno de los sillones y sacaba los Donuts de la bolsa de papel, Nahuel revisó su agenda y le dijo:

—Parece que tenemos un día bastante tranquilo, podrás instalarte en tu despacho hasta las once, que tenemos una reunión con uno de nuestros clientes VIP’s y quiero que estés presente.

— ¿Tengo que preparar algo para esa reunión? —Preguntó Ana.

—Será una reunión bastante simple, el cliente quiere contratar uno de nuestros servicios y te necesito para que confirmes que lo que nos pide lo podemos hacer dentro de la legalidad. Trabajamos sobre una línea muy fina que divide la legalidad de la ilegalidad.

—Aún no me has dicho en qué consisten esos servicios especiales que ofrecéis a los clientes VIP’s de la Agencia —le recordó Ana.

Justo en ese momento, Elvira llamó a la puerta del despacho y, tras obtener permiso, entró con una bandeja con dos tazas de café que dejó sobre el escritorio de Nahuel.

—Gracias —le agradeció Ana casi en un susurro.

Elvira le guiñó un con complicidad y se volvió hacia a Nahuel para decirle:

—Señor Smith, le he dejado la documentación que me pidió en el primer cajón de su escritorio y, si me necesita para algo más, estaré en mi mesa.

—Muchas gracias, Elvira —le agradeció Nahuel. Esperó a que Elvira se retirara y le propuso a Ana—: ¿Qué te parece si desayunamos antes de seguir hablando de trabajo?

Ana miró su reloj de pulsera y respondió:

—Nos quedan quince minutos para las ocho y media, será mejor que no tardemos o mi jefe pensará que soy una descarada que se escaquea el primer día —bromeó Ana.

Ambos desayunaron entre bromas y a las ocho y media Ana se levantó del sillón y se dirigió a su nuevo despacho para instalarse. Nahuel la acompañó y la puso al corriente sobre la reunión de las once con el cliente.

Búscame 3.

Nahuel le explicó a Ana con todo detalle en qué consistiría su trabajo en la Agencia Smith. Además de ser quién se encargase de redactar los contratos con los clientes, también sería la abogada de la Agencia y se tendría que encargar de todos los asuntos legales. Además, Ana deberá tener disponibilidad para viajar porque se requerirá de su presencia en las reuniones con los clientes que vivan en otras regiones y asistir a algunos eventos sociales en representación de la empresa. —Tendrás bajo tus órdenes a un equipo de abogados y una asistente personal que se encargará de coordinar nuestras agendas —prosiguió Nahuel informándola—. Tu despacho será el de despacho de al lado del mío, trabajaremos codo con codo y eso significa que pasarás la mayor parte de tu jornada laboral conmigo. —Eso complica las cosas, ¿no crees? —No —respondió Nahuel con rotundidad—. Ana, no te voy a negar que me interesas, pero no estás aquí por eso y quiero que te quede claro. El director de la empresa donde hiciste las prácticas es un viejo amigo y me dio muy buenas referencias sobre ti, tu historial académico es impecable y, aunque nos conocemos desde hace poco más de un mes, confío en ti y sé que puedes hacerlo —Nahuel hizo una pausa y añadió—: Tenemos una conversación pendiente, pero quiero que la mantengas al margen de esto. De hecho, contaba con que tenías el día libre después de la entrevista para invitarte a comer y hablar de ello. Nahuel la miró a los ojos y esperó una respuesta, pero Ana todavía seguía procesando toda aquella información. Cerró los ojos y, alegando que era mejor lamentarse que quedarse con la duda, le dijo: —Acepto, firmaré ese contrato. Nahuel sonrió aliviado, por un momento pensó que Ana rechazaría la oferta. Ana le devolvió la sonrisa a Nahuel, había echado de menos esa sonrisa. —Genial, te enseñaré tu despacho y el resto de la oficina —sentenció Nahuel—. ¿Cuándo podrías empezar a trabajar? —Mañana mismo, si te parece bien. —Me parece perfecto. Mañana te presentaré a tu asistente personal y al resto de tus compañeros y dejaré que te instales en tu despacho y te organices. Ahora vamos a ver tu despacho y la oficina y te invito a comer, así me pones al día sobre lo que has hecho desde que regresaste de la costa. Ambos se pusieron en pie y Nahuel acompañó a Ana al que sería su nuevo despacho. Era una estancia grande y muy luminosa con las mismas vistas que el despacho de Nahuel, pues estaban uno al lado del otro. Después le enseñó las zonas comunes de la oficina, como la sala de reuniones, la cafetería, el gimnasio y el centro de operaciones informático. Ana quedó totalmente impresionada con las instalaciones de la Agencia. —He visto en la página web los servicios que ofrecéis a los clientes y tengo curiosidad por saber qué clase de servicios especiales dais a vuestros clientes VIP’s y que no mencionáis en la web —le dijo Ana muerta de curiosidad. —Lo sabrás, pero antes debes firmar un contrato de confidencialidad —le dijo Nahuel—. No es nada personal, son normas de la Agencia y todos los empleados tienen que firmarlo. — ¿Son legales todos los servicios que ofrecéis? —Se aventuró a preguntar Ana. —Así es. Hasta ahora yo me encargaba de ese asunto, pero la Agencia crece y debo delegar algunas cosas. Necesito una mano derecha leal en la que pueda confiar y tú eres la única persona cualificada para ello en la que confío. A Nahuel le gustaba tenerlo todo bajo control, era un perfeccionista al que no le gustaba asumir ningún riesgo, por eso su Agencia había tenido tanto éxito y gozaba de buena reputación. Tras el tour por las instalaciones del edificio de la Agencia Smith, Nahuel dio por finalizada la entrevista e invitó a comer a Ana a un restaurante cercano a la Agencia. Nahuel envolvió con su brazo a Ana por la cintura y juntos salieron del edificio de la Agencia Smith, sin que a ninguno de los dos les importara lo que pensaran el resto de empleados, quienes creían que su jefe y la nueva abogada se acababan de conocer. —Bueno, ¿qué te ha parecido tu nuevo empleo y tu nuevo jefe? —Se aventuró a preguntar Nahuel con una sonrisa traviesa en los labios. —Creo que mi nuevo trabajo me va a encantar, pero es posible que tenga algún que otro problema con mi nuevo jefe —le siguió la broma Ana. — ¿Qué clase de problemas? —Quiso saber Nahuel—. ¿Crees que te acosa? —Añadió levantando una ceja y Ana no supo si estaba bromeando o no. —No me acosa, al menos por el momento —le tranquilizó Ana—. Pero me temo que es un hombre muy persuasivo. Nahuel se detuvo en mitad de la calle, miró a Ana a los ojos y le dijo casi en un susurro: —Ana, no quiero que te sientas incómoda y mucho menos presionada. Quiero seguir conociéndote fuera del trabajo, pero si tú no quieres saber nada de mí te prometo que me haré a un lado y nuestra relación será estrictamente profesional, sin resquemores ni nada por el estilo. —Agradezco tu intención, Nahuel, pero ambos sabemos que será imposible trabajar juntos ocho horas diarias si algo sale mal —intentó hacerle ver Ana—. Quiero intentarlo, pero eso no es una garantía de que todo vaya a salir bien. —Si quieres dejar la Agencia no te pondré ningún impedimento —le aseguró Nahuel—. Al contrario, te facilitaré las cosas e incluso redactaré una carta de recomendación. Redacta un contrato con las condiciones, te lo firmaré encantado si con eso consigo que confíes en mí. —Confío en ti, Nahuel —le aseguró Ana. Nahuel sonrió, se acercó a ella despacio y la besó con dulzura en los labios. Deseaba besarla de nuevo desde que se despidió de ella en la costa y había estado conteniéndose desde que había entrado en su despacho, pero ya no pudo aguantar más. —Te he echado de menos, preciosa —le susurró al oído. Ana se ruborizó y le dedicó una tímida sonrisa. Estaban parados en mitad de la calle de una de las vías más transitadas de la gran ciudad, pero el tiempo se había parado para ella en cuanto los labios de Nahuel tocaron los suyos. —Entremos en el restaurante —le dijo Nahuel envolviéndola con su abrazo. Entraron en el lujoso restaurante y Ana se alegró de haberse puesto su mejor vestido para la entrevista, pues allí todo el mundo iba de punta en blanco. Mientras el mître les acompañaba a la mesa que Nahuel había reservado, Ana se dedicó a observar a su acompañante. Estaba muy distinto a cuando lo conoció. Había cambiado el bañador y la tabla de surf por un traje de Armani y un maletín de negocios, pero a Ana le pareció que estaba igual de irresistible. Una vez sentados en la mesa y habiendo pedido vino para beber y la especialidad de la casa para comer, Nahuel se interesó por todo lo que Ana había hecho desde que regresó de la costa. En ese momento, Ana se sintió cómoda con Nahuel a pesar de que era su jefe, así que le explicó con todo detalle todo lo que había hecho desde entonces. Le contó que había estado terminando de desembalar algunas cajas de la mudanza, le habló de la entrevista de trabajo que tuvo el viernes anterior y también de la visita a su pueblo natal para pasar unos días con sus padres. Nahuel lo quería saber todo sobre Ana, le preguntó por su familia, por sus amigos, por sus gustos, por los lugares a los que había viajado, etc. Cuando se quisieron dar cuenta, ya eran las cinco de la tarde. Ana sacó su teléfono móvil del bolso y vio que tenía numerosas llamadas perdidas de sus padres, de sus amigas y también de Óscar. Decidió enviarle un mensaje a las chicas y a sus padres para que se quedaran tranquilos: “He conseguido el trabajo, luego os cuento, ahora no puedo hablar. Besos. A.” —Disculpa, les dije que les llamaría en cuanto saliera de la entrevista y estaban todos un poco preocupados —se excusó Ana. —No te preocupes —se volvió en busca del camarero y cuando lo encontró le hizo un gesto con la mano para que trajera la cuenta—. Yo también tengo que encargarme de un par de asuntos, te llevaré a casa. —No es necesario, vivo a un par de calles de aquí. —En ese caso, te acompañaré caminando —sentenció Nahuel, quien no estaba dispuesto a perder la posibilidad de pasar unos minutos más con ella. Nahuel pagó la cuenta, no sin antes discutir por ello con Ana, y ambos se marcharon del restaurante y pasearon de camino al apartamento de Ana. Cuando llegaron a la puerta del edificio, Nahuel la besó de nuevo en los labios y le susurró: —Te veo mañana, pasaré a recogerte a las ocho y desayunamos juntos. Ana fue a protestar, pero Nahuel la calló con otro beso y a Ana se le olvidó hasta cuál era su nombre. Tras la despedida en el portal del edificio, Ana subió a su apartamento y Nahuel se dirigió de nuevo a la Agencia, tenía varios asuntos de los que ocuparse y que había pospuesto para poder pasar un rato con Ana.

Búscame 2.

El sábado por la noche Daniel, el hermano mayor de Ruth, las invitó a la fiesta de uno de sus amigos y ellas aceptaron encantadas, hacía mucho tiempo que no iban a una fiesta en el pueblo.

—En realidad, mi amigo Óscar vive a las afueras, en la casa grande del lago —les dijo Daniel mientras conducía hacia a la fiesta de su amigo.

Ana sonrió. Durante el último curso de instituto Óscar, pese a ser tres años mayor que ella, la estuvo rondando y ella coqueteó con él algunas veces, pero fue un juego inocente que no acabó en nada. Ana recordaba aquella casa como un lugar oscuro y tenebroso, una casa medio en ruinas y con el jardín repleto de malas hierbas de más de un metro de altas. Pero esa vieja y cochambrosa casa había sido reformada por completo y el resultado era increíble: parecía una enorme mansión con vistas al lago. Óscar había comprado la propiedad a muy buen precio y, tras reformarla, el resultado final era espectacular.

Ana se sintió cómoda en aquel lugar, recordaba haber jugado de niña a ver quién era el valiente que se atrevía a explorar la casa abandonada del lago, como la llamaban por aquel entonces.

— ¿Ana? ¿Eres tú?

Ana dio media vuelta y sonrió al encontrarse con Óscar.

—La misma, pero con unos cuantos años más —le confirmó Ana—. Daniel me ha dicho que compraste la propiedad y reformaste la casa, has hecho un gran trabajo.

—Acompáñame y te enseñaré el resto de la casa, te va a encantar —le propuso Óscar, pero al percatarse de que Ana parecía incómoda, decidió invitar también a sus amigas—: ¿Nos acompañáis?

—Por supuesto, este lugar es impresionante —se unió Eva que se moría de ganas por ver la casa.

A Ruth no le quedó más remedio que acompañarlas, pese a que a ella poco le importaba aquella lujosa casa. Ruth no tenía ganas de fiesta, tan solo quería encerrarse en su habitación de cuando era niña y esperar junto a su teléfono móvil por si David había cambiado de opinión y decidía ponerse en contacto con ella.

Óscar les enseñó la casa, pero siendo el anfitrión de la fiesta poco rato más se quedó con ellas, pues debía saludar al resto de invitados.

Las tres amigas saludaron a varios de los invitados, la mayoría compañeros de instituto, tomaron un par de copas e incluso bailaron alguna canción, pero ninguna de ellas se estaba divirtiendo, tan solo fingían hacerlo.

Pasadas las tres de la madrugada, Daniel decidió que ya era hora de regresar a casa y ninguna protestó. Óscar se acercó a ellos para despedirse y aprovechó el momento para decirle a Ana:

—Me ha gustado volver a verte, quizás podamos salir a cenar un día y ponernos al corriente de nuestras vidas, ¿vas a quedarte mucho tiempo por aquí?

—Me marcho mañana después de comer —le respondió Ana aliviada porque así era.

—Otra vez será, llámame si vuelves por aquí.

Ana no le respondió, se limitó a dedicarle una media sonrisa lo bastante convincente para que Óscar no siguiera insistiendo. Daniel las llevó de regreso a casa y las chicas decidieron dar por finalizada la noche del sábado.

El domingo por la mañana Ana se levantó temprano y salió a correr por el camino del bosque, un lugar apartado por donde le gustaba salir a correr cuando era adolescente. Necesitaba aclarar sus ideas y decidir qué iba a hacer con su vida. Tras correr durante varios kilómetros, decidió sentarse sobre una roca plana que yacía en mitad del bosque. Observó a dos ardillas que bajaban de un árbol en busca de algo de comida y sonrió al ver sus graciosos andares.

—Ojalá mi vida fuera tan simple como la vuestra —pensó en voz alta sin dejar de observar a las dos ardillas.

Y es que Ana estaba hecha un lío. Óscar siempre le había gustado, pero era un chico mayor y ella tan solo una adolescente, por eso nunca hubo nada entre ellos. Sin embargo, cuando por fin parecía que él la veía como una mujer y no como a una niña, Ana se sintió mal y por eso no aceptó del todo su invitación a cenar. Se sintió mal por Nahuel y eso fue lo que tanto le molestó. Nahuel no se había puesto en contacto con ella y ella le era fiel pese a que su historia probablemente ya había terminado antes de comenzar.

Ana estaba agotada cuando regresó a casa de sus padres. Susana la envió a darse un baño relajante en cuanto la vio entrar completamente exhausta y no desaprovechó la ocasión para regañarla:

—Tienes que ser más responsable, si sigues corriendo así al final caerás enferma.

—Estoy bien, mamá —trató de tranquilizarla sin éxito—. Solo necesito volver a ponerme en forma.

Tras darse un baño, Ana bajó al comedor para comer con sus padres antes de regresar a la gran ciudad, donde podría encerrarse en su habitación y seguir pensando en Nahuel.

Después de comer, tras despedirse de sus familias y prometer que regresaría pronto a haberles una visita, las chicas se subieron al monovolumen de Ana y regresaron a su apartamento en la ciudad, su nuevo hogar.

Cansadas como estaban, decidieron pedir pizza a domicilio y, tras cenar, cada una se retiró a su respectiva habitación.

Ana comprobó su teléfono móvil antes de meterse en la cama y se sorprendió al descubrir que tenía un mensaje de Nahuel. Sonrió y lo leyó: “Te he buscado y creo que te he encontrado, tengo ganas de verte. ¿Tienes planes para mañana?” Ana contempló la posibilidad de no contestarle de inmediato y dejarle sufrir un poco por todo lo que ella había sufrido esos días sin tener noticias suyas, pero le pudo más la curiosidad y las ganas de hablar con él: “Tengo una entrevista mañana por la mañana, pero tengo toda la tarde libre. Si para entonces sigues interesado en verme, búscame.” La respuesta de Nahuel fue inmediata: “No lo dudes, te buscaré y te encontraré. Buenas noches, preciosa.”

En ese momento Ana no pensó en cómo la encontraría Nahuel, tan solo se alegró al saber que al día siguiente lo vería. Le hubiera gustado contárselo a sus amigas, pero era tarde y ya estaban durmiendo, así que decidió meterse en la cama y descansar.

A la mañana siguiente Ana se levantó de buen humor, se duchó y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, donde se encontró con Ruth.

—Buenos días —la saludó Ana con alegría.

—Buenos días —saludó Ruth con desgana, ella siempre tenía mal despertar—. He preparado café. Me voy ya que llegó tarde.

— ¡Suerte! —Le deseó Ana, pues su amiga Ruth también iba a una entrevista de trabajo.

Ana llegó a la dirección que le dieron por teléfono y en lo alto de la fachada del edificio pudo leer el nombre de la empresa: “Agencia Smith”. Traspasó la enorme puerta de entrada al edificio y se dirigió a la recepción para anunciar su llegada.

—Buenos días, soy Ana Fernández y tenía una entrevista de trabajo.

—El señor Smith la está esperando. Vaya hacia el ascensor y suba hasta la décima planta, allí la acompañarán al despacho del señor Smith —le dijo la recepcionista con una amplia sonrisa que dejaba al descubierto sus perfectos dientes.

Ana siguió las indicaciones de la recepcionista y subió en ascensor hasta la décima planta, la más alta del edificio. Allí la esperaba una mujer de unos cincuenta años que la recibió con una amplia sonrisa y la guio por el pasillo hasta llegar al despacho del señor Smith. Tras golpear suavemente la puerta, la mujer anunció la llegada de Ana:

—Señor Smith, la señorita Fernández ya está aquí.

Se hizo a un lado para que Ana pasara y se retiró. Ana dio un par de pasos, entró en el despacho y se quedó paralizada al ver a quién podía ser su nuevo jefe.

—Buenos días, señorita Fernández —la saludó Nahuel tendiéndole la mano de la forma más profesional posible.

Ana se quedó paralizada, Nahuel era a quien menos esperaba encontrarse en ese despacho y ella no entendía nada.

— ¿No te alegras de verme? —Le preguntó Nahuel sin dejar de sonreír.

—Supongo que esperaba encontrarte en cualquier otro lugar menos aquí —le confesó Ana—. ¿Por qué me has hecho venir?

—Yo necesito una abogada de confianza y tú necesitas un trabajo, creo que podemos llegar a un acuerdo —le respondió Nahuel haciendo un gesto para que tomara asiento—. Aunque, para ser sincero del todo, te diré que también tenía ganas de verte.

—No creo que sea una buena idea, Nahuel.

—No rechaces el empleo por mí, te aseguro que nuestra relación personal no interferirá en nuestra relación profesional —insistió Nahuel—. Podemos incluir un período de prueba en tu contrato y, si pasado ese tiempo sigues pensando que no es una buena idea, no me opondré a que te marches e incluso redactaré una carta de recomendación.

Ana lo pensó por un instante. No tenía nada que perder, era el mejor trabajo que había encontrado, estaba bien remunerado y ubicado en una zona céntrica de la ciudad, cerca de su apartamento.

—De acuerdo, escucharé tu oferta, pero no te prometo nada —le advirtió Ana.

Ana temía que aquello no saliera bien, pero decidió arriesgarse y escuchar la propuesta de trabajo de Nahuel.

Búscame 1.

El viernes por la mañana Ana fue a su entrevista de trabajo. La oferta pintaba bien, pero lo que no anunciaban era que trabajaría como abogada en el departamento de personal de una multinacional despidiendo gente. Necesitaba un trabajo y no podía rechazarlo así como así, pero dos días antes la habían llamado para hacer una entrevista en otra empresa y decidió ser sincera con el tipo que tenía delante:

—Agradezco su oferta, pero tengo pendientes algunas entrevistas más y no quisiera tomar una decisión hasta haber escuchado el resto de ofertas.

—Lo entiendo, pero entienda que nosotros no podemos dejar de buscar una empleada —le dijo el director de personal que le estaba haciendo la entrevista—. No obstante, no dude en ponerse en contacto conmigo si finalmente toma la decisión de quedarse con nosotros.

—Lo haré si así lo decido —le aseguró Ana estrechándole la mano a modo de despedida.

Ana salió del edificio con un sabor agridulce. Sin duda era una buena oferta de empleo, pero ella era demasiado sentimental para dedicarse a despedir a sus compañeros, eso era demasiado para ella.

Así que todas sus esperanzas de encontrar empleo se centraron en la misteriosa entrevista que tenía el próximo lunes. La habían llamado por teléfono dos días antes, tan solo le comentaron el sueldo bruto anual que percibiría y que su puesto básicamente consistiría en llevar la parte legal de una empresa internacional con sede en la ciudad. Era un gran puesto y un gran sueldo, pero a Ana le pareció demasiado bonito para ser verdad. Aun y así aceptó la entrevista y le dijeron que no sería posible hasta el lunes, ya que hasta entonces no estaría “el jefe”, que sería la persona encargada de hacerle la entrevista. Que el jefe en persona quisiera hacerle la entrevista no fue lo que la sorprendió, al fin y al cabo pasarían mucho tiempo juntos y sería lógico que quisiera conocer a la persona con quien compartiría su tiempo durante la jornada laboral. Pero lo que le sorprendió es que la secretaria que la llamó no mencionó el nombre de ese jefe ni el de la empresa, tan solo le dio la dirección y le indicó que se presentara allí el lunes a las nueve de la mañana.

Cuando se lo contó a las chicas las dos torcieron el gesto, aquella entrevista era un poco sospechosa. Eva decidió buscar en internet y comprobó que la empresa que allí estaba instalada era la sede de una empresa internacional que, efectivamente, buscaba un abogado empresarial. Eva siguió buscando y descubrieron que se trataba de una empresa de seguridad, ofrecían servicios que iban desde agentes como seguridad privada, dispositivos de seguridad propios de una agencia de espionaje y unos “servicios exclusivos para clientes VIP” que no venían descritos en la página web. El dueño de la empresa era también el presidente y el director general, Ana pensó que debía ser el hombre más ocupado del mundo si se encargaba de presidir y dirigir una empresa cómo esa. Le hubiera gustado saber más de él, pero en la página web tan solo se le mencionaba con las iniciales “N. S.” y tampoco había ninguna foto de él. Tendría que esperar al lunes para conocerle.

Ana condujo de regreso al apartamento y aparcó frente a la puerta del edificio. Lo tenía todo preparado, tan solo tenía que coger las maletas y guardarlas en el maletero. Esperaba que sus dos amigas también lo tuvieran todo listo y así poder poner rumbo hacia el pueblo para ver a su familia.

Contra todo pronóstico, Eva y Ruth estaban preparadas para marcharse y la esperaban junto a la puerta con las maletas en la mano.

Tras tres horas conduciendo, las chicas llegaron a su pueblo natal a la hora de comer. Nada más apearse del coche, medio pueblo fue a saludarlas. En un pueblo pequeño como el de ellas todo el mundo se conocía.

Ana abrazó a sus padres, los echaba de menos pese a que hablaba por teléfono con ellos todas las semanas. Los padres de Ana también echaban muchísimo de menos a su única hija. Entendían que ella ya era mayor para tomar sus decisiones y su decisión fue trasladarse a la gran ciudad, aunque a ellos les hubiera gustado que Ana se quedara en el pueblo.

—Te hemos echado de menos, princesa —le dijo su padre mientras la abrazaba.

—Y yo a vosotros —le confesó Ana a su padre—. Mamá, ¿qué te has hecho en el pelo? Estás guapísima, ¡pareces mi hermana!

— ¡Te has fijado! —Le dijo Susana con alegría. Le dio un codazo a su marido y añadió—: Tu hija lleva dos meses sin verme y se ha dado cuenta que he cambiado el color de mi pelo y tú, que duermes conmigo cada noche, ni siquiera te has fijado.

—Oh, vamos Susana, claro que me he fijado —le aseguró Ramón—. Lo que pasa es que no puedo decirte a cada momento lo guapa que estás porque si no perdería credulidad.

Susana le lanzó una fulminante mirada a su marido y él le lanzó un beso al aire para arreglar la situación. Ana disfrutó al ver a sus padres tan enamorados como siempre, aunque tuvieran una particular forma de demostrarlo.

—Cuéntanos, Ana. ¿Cómo han ido las vacaciones por la costa? —Le preguntó Susana a su hija mientras entraban en casa.

—Las vacaciones han sido perfectas —respondió Ana al mismo tiempo que suspiraba y se sentaba en uno de los taburetes de la cocina.

Ramón adivinó que se avecinaba una conversación de chicas, así que dejó a madre e hija charlar en la cocina mientras él se encargaba de preparar la mesa en el comedor.

— ¿Suspiras porque se han acabado tus vacaciones o porque has dejado atrás algo más que unos días en la costa? —Le preguntó Susana, que conocía demasiado bien a su hija.

— ¿Tanto se me nota? —Quiso saber Ana.

—Eres mi hija y te conozco bien, cielo —le recordó su madre—. ¿Cómo se llama?

—Se llama Nahuel.

—Bonito nombre, aunque no muy común en los chicos del norte.

—Así es, Nahuel es de un pequeño pueblo de la costa, del mismo pueblo donde nos alojamos durante las vacaciones —le aclaró Ana.

—Son diez horas en coche, pero tan solo dos en avión —calculó Susana.

—Nahuel vive en la ciudad, pero viaja a menudo a la costa para ver a su familia.

—Entonces la distancia no es un problema —concluyó Susana.

—El problema es que ese hombre me gusta demasiado.

—Eso no es un problema, cielo. A menos que él no quiera volver a verte y, si te ha conocido, dudo mucho que no quiera volver a verte.

—Eres mi madre, no tienes un punto de vista objetivo —bromeó Ana. Madre e hija rieron y Ana añadió—: Él se quedó unos días más en la costa, me dijo que quería volver a verme cuando regresara a la ciudad y le dije que me buscara, pero todavía no he tenido noticias de él.

— ¿Sabes si ha regresado ya a la ciudad?

—No lo sé, pero si no ha regresado ya poco le debe faltar.

—Temes que no te busque —adivinó Susana—. Cielo, estoy segura de que te buscará y no te lo digo porque sea tu madre. A ese chico le interesas, de lo contrario no te habría dicho que quería seguir viéndote. ¿Sabe dónde localizarte?

—Tiene mi número de teléfono y yo el suyo —le respondió Ana encogiéndose de hombros.

—Pero ninguno de los dos se decide a llamar, la juventud de hoy en día actuáis de una forma bastante extraña, me cuesta entenderos —reflexionó Susana.

—Se te da genial, mamá —le aseguró Ana y le dio un beso en la mejilla—. Echo de menos nuestras charlas sobre chicos.

—Pues deberías llamarme más a menudo —la regañó cariñosamente Susana—. La comida ya está lista, ayuda a tu padre a preparar la mesa.

Ana disfrutó de la comida con sus padres y de una posterior sobremesa con Ruth y Eva y sus respectivos padres.