Cállame con un beso 8.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Decido regresar a casa en cuanto Silvia llama a Lety para decirle que no iba a venir a nuestra cena y que tampoco creía posible acudir después a tomar una copa. Lety la ha excusado diciendo que su asunto personal se había complicado un poco y, de no ser por la expresión de preocupación en su rostro, hubiese creído que se trataba de una excusa para no tener que verme. Así que, después de acabar mi cerveza, decido regresar a casa y dejar a los tortolitos a solas.

Cuando cruzo la verja que da acceso a la villa veo un montón de coches de nuestros agentes aparcados, incluido el del forense y el del médico. ¿Qué cojones ha pasado aquí?

Preocupado, aparco el coche y entro en casa corriendo. El en hall me encuentro con Thor, que custodia la puerta de la cocina desde donde proceden los gritos de una voz familiar, la voz de Silvia:

–  Estoy harta, Fernando. Me pides que venga y aquí estoy y me metes en toda esta mierda. ¡Joder, que casi nos matan y yo sigo sin saber qué cojones está pasando!

–  Lo sé y lo siento, Silvia. – Oigo la voz de mi padre. Thor abre la boca para reprocharme lo que estoy haciendo, pero le hago una señal para que no diga nada y poder seguir escuchando lo que mi padre está diciendo. – Tienes razón, no puedo seguir ocultándoselo a mis hijos. Sé que no me lo merezco, pero en estos momentos te necesito a mi lado, Silvia.

Ya no puedo aguantarlo más. Abro la puerta de la cocina y me encuentro a Silvia sentada sobre la encimera, con el brazo extendido y cubierto de sangre mientras mi padre le revisa el hombro. Está herida.

Ambos se giran para mirarme y, cuando la mirada de Silvia se cruza con la mía, le pregunto a mi padre lo más serenamente que puedo:

–  Papá, ¿qué está pasando?

–  ¿Papá? – Me pregunta Silvia sorprendida. Mira a mi padre y, con gesto incrédulo y molesto, le ruega con un hilo de voz: – Por favor, dime que no es tu hijo.

–  Lo es, ¿os conocéis? – Responde mi padre mirándome a mí.

Pero Silvia habla antes de que yo pueda abrir la boca:

–  ¡Joder Fernando, Daniel está con Lety!

–  Llama a Daniel y dile que venga inmediatamente con Lety. – Me ordena mi padre. – Infórmales de lo que ha pasado y asegúrate de que Daniel le dice a Lety que es mi hijo.

Asiento con la cabeza y obedezco, pero no aparto la mirada de Silvia durante todo el tiempo que dura la conversación con mi hermano que, como yo, tampoco entiende nada. Cuando cuelgo, me acerco a Silvia y reviso su hombro sin que ella me ponga impedimento alguno, pero la escucho decir casi en un susurro:

–  Solo es un rasguño.

–  La bala le ha rozado el hombro, pero ha sido limpia y no va a necesitar más que unos cuantos puntos de sutura. – Me informa mi padre. – El médico debe estar a punto de llegar.

–  Voy a buscarlo. – Les digo antes de salir de la cocina.

En el hall me encuentro con Pedro y le pido que busque al doctor y lo lleve a la cocina para que revise y cure la herida de Silvia. Después decido salir al jardín a fumarme un cigarrillo mientras espero que Daniel llegue con Lety.

La cabeza me da vueltas y me siento mareado. Mi padre le había dicho a Silvia que tenía razón y que no podía seguir ocultándonoslo a nosotros y que la necesitaba a ella a su lado. Hace un par de días me dijo que había estado comiendo con una mujer especial y que pronto la conoceríamos. ¿De verdad estaba mi padre con Silvia? ¿Cómo podía ser? Joder, mi padre tiene cincuenta años y Silvia debe tener unos veinticinco. Noto una presión en el pecho y, con intención de aliviarla, intento convencerme de que puede que sea un mal entendido y que no sean amantes. En estos momentos, preferiría cualquier cosa antes de que Silvia fuera la amante de mi padre o, peor aún, su hija secreta.

Daniel y Lety no tardan en aparecer y, cuando llegan hasta las escaleras del porche donde yo estoy sentado, Daniel me pregunta confundido mirando a su alrededor:

–  ¿Puedes decirme qué cojones está ocurriendo aquí?

–  No tengo ni idea, pero estoy seguro que nuestro padre nos lo va a explicar ahora mismo. – Le respondo furioso.

Me dirijo a la cocina seguida de Daniel y Lety, allí sigue mi padre hablando con Silvia, que tiene cara de pocos amigos.

–  Lety, ¿estás bien? – Preguntan mi padre y Silvia al unísono.

Lety asiente con la cabeza y después pregunta:

–  ¿Qué está pasando? Daniel me ha dicho que eres su padre y… – Se interrumpe al ver la herida en el hombro de Silvia, que ya ha suturado el doctor, y, pálida como una pared, pregunta: – ¿Qué te ha pasado?

–  No es nada, estoy bien. – Le responde.

–  La última vez que me dijiste eso tenías tres costillas rotas, ¿cómo esperas que te crea? – Le reprocha Lety realmente preocupada. Se vuelve hacia a mi padre y le pregunta: – Fernando, ¿está bien?

–  Está bien, solo le ha rozado una bala en el hombro, le han tenido que dar unos puntos pero está bien. – Le asegura mi padre con una sonrisa y un tierno abrazo.

¿Por qué las trata con tanta familiaridad?

–  ¿De qué os conocéis? – Pregunta por fin Daniel.

–  Será mejor que vayamos al salón y allí hablaremos más tranquilos. – Sale de la cocina en dirección al salón mientras nosotros le seguimos y, antes de entrar en el salón y sentarse en su sillón habitual, le dice a Thor con voz autoritaria: – Ocúpate de todo, no quiero que nadie nos interrumpa a menos que sea de vital importancia, ¿de acuerdo?

Thor asiente con un leve gesto de cabeza y asume el mando mientras nosotros entramos en el salón y tomamos asiento. Daniel y Lety se sientan en uno de los sofás y Silvia y yo nos sentamos en el sofá de en frente, junto al sillón donde mi padre está sentado. Mi padre abre una botella de vino y sirve cinco copas, las vamos a necesitar dado como está transcurriendo la noche.

–  Ya conocéis a Silvia y a Lety, pero dudo que os hayan dicho quiénes son realmente. – Empieza a decir mi padre. Coge la mano de Silvia y la aprieta en señal de afecto. – Silvia es la hija de Alejandro Torres y su fallecida esposa. La madre de Silvia murió al dar a luz y Alejandro hizo creer a todo el mundo que ese bebé también había muerto para mantener su vida a salvo. La crio y educó como a una agente desde que nació, igual que vosotros fuisteis educados. Silvia se ha convertido en una gran agente, una de las mejores en mi opinión. Muy poca gente sabe de su existencia, lo cual le facilita bastante las cosas. Si está aquí, es porque yo se lo pedí para que me ayudara con un asunto.

Su asunto personal, como lo llamaba Lety. No lo había llamado un asunto de trabajo, lo consideraba más un tema personal que laboral. ¿Era eso una buena señal?

–  ¿Con qué asunto? – Pregunta Daniel, que parece haber despertado.

Mi padre nos lo cuenta todo desde el principio. Al parecer, piensa que la misión donde murió uno de nuestros agentes infiltrados fue saboteada por un supuesto topo de nuestra agencia. Mi padre ha llegado a esa conclusión tras recibir una carta anónima en la que afirmaban que iban a por él y a por nuestra familia. Se puso en contacto con Alejandro Torres y, entre ambos, decidieron que la persona idónea para ayudarle era Silvia. Silvia canceló sus vacaciones y acudió en ayuda de mi padre, el cual no le dio toda la información desde el principio, de ahí su enfado con él. Silvia había leído todos los informes relacionados con la misión supuestamente saboteada y también había investigado a todos nuestros agentes. Entonces, ¿por qué no nos reconoció? ¿Realmente no sabía que éramos los hijos de Fernando de la Vega o antes había fingido no saber quién era?

–  Silvia, ¿investigaste a todos nuestros agentes? – Le pregunto.

Ella asiente con la cabeza, por su gesto deduzco que no le ha hecho gracia tener que meter las narices en nuestra agencia. Mi padre decide intervenir:

–  Silvia se negó a investigar vuestros expedientes, no eráis una amenaza y ella estaba en desacuerdo con llevar esto a vuestras espaldas desde el principio.

–  Y, ¿qué has averiguado? – Le pregunta mi hermano.

–  No estoy muy segura. – Responde Silvia lanzando una mirada de reproche a mi padre. – Si no existiera esa carta, estaría convencida de que Fernando está paranoico. Pero después de lo de esta tarde, puede que lo que dice esa carta sea verdad. Esos tipos nos siguieron al salir de la base y nos dispararon en mitad de la calle, sabían a por quién iban, debían conocer el coche. Al llegar a casa un tipo nos recibió a tiros en el jardín. Otros dos estaban en el despacho y otro bajaba las escaleras de la planta superior. Esos tipos venían buscando algo, han revuelto toda la casa. Uno de los tipos que encontré en el despacho tenía en las manos una carpeta con los planos y toda la documentación necesaria para fabricar un arma nuclear, aún sigo esperando una opinión al respecto de Fernando, pero continúa con omitiendo información.

–  Papá, ¿qué coño haces con esa documentación en tu despacho? – Le increpo.

–  Esa documentación son las pruebas que nuestro agente infiltrado pudo reunir antes de que lo mataran. – Me responde.

–  ¿Infiltraste a uno de tus agentes en el MOSSAD? – Pregunta Silvia incrédula.

–  ¿Cómo sabes que son del MOSSAD? – Le pregunta mi padre.

–  Conozco esa técnica, he trabajado con algunos agentes del MOSSAD y sé cómo están entrenados, aunque estos no parecen seguir su protocolo de actuación. – Bromea Silvia. – Puede que sean ex agentes que utilizan lo que han aprendido para su beneficio personal. ¿Dónde infiltraste a tu agente, Fernando?

–  Estaba infiltrado en la mafia rusa, Silvia. – Le contesta mi padre. – ¿Qué tiene que ver el MOSSAD con la maldita mafia rusa?

–  Asesinos a sueldo. – Sentencia Silvia. – Ex agentes del MOSSAD formados y entrenados para matar y la mafia rusa necesita a hombres entrenados para que hagan su trabajo sucio. Tengo algunos contactos en Moscú, quizás pueda averiguar algo.

–  Silvia, no quiero que sigáis en el hotel, me quedaré más tranquilo si os quedáis en casa con nosotros, todos estaremos encantados de que seáis nuestras invitadas y Amelia se llevará una grata sorpresa cuando regrese y te vea aquí. – Le dice mi padre. – Por la seguridad no te preocupes, pienso reforzarla y convertir esto en una fortaleza.

–  Fernando, te agradezco el detalle, pero no creo que sea una buena idea. – Le dice Silvia mirándome a mí y a mi padre no le cuesta atar cabos.

–  Si te encuentras bien, Miguel y Daniel os acompañarán a recoger vuestras cosas al hotel para que os trasladéis aquí y, cuando regreséis, espero que hayáis solucionado lo que sea que os traigáis entre manos porque os necesito trabajando codo con codo como un verdadero equipo. – Sentencia mi padre.

Todos obedecemos sin rechistar, los cuatro nos montamos en mi coche y conduzco en silencio hasta llegar al hotel. Todos necesitamos asimilar lo que está pasando.

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