Cállame con un beso 7.

Cállame con un beso

SILVIA.

El sábado a mediodía quedo con Fernando para comer, pero esta vez le pido que nos veamos en otro lugar más apartado y accede a verme en un pequeño bar de tapas situado en un barrio de la periferia donde no hacen preguntas. Cuando llego al bar, Fernando ya me está esperando sentado en una de las mesas del fondo del local. Me siento frente a él y, con una sonrisa, le digo:

–  Lo siento, pero el otro día Lety conoció a unos tipos y uno de ellos me dijo que me había visto hablando contigo y quiso saber qué clase de relación teníamos.

–  ¿Y qué le contestaste?

–  Nada, no es asunto suyo. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  Bueno, ¿qué opinas? – Me pregunta seriamente.

–  Sinceramente, creo que te has vuelto paranoico o que me ocultas información importante. – Le respondo claramente. – ¿Qué debo pensar, Fernando?

–  Tienes razón, hay algo que no te he contado. – Me confiesa. – Hace unos días recibí una carta anónima en la que alguien me advertía que tenía un topo en mi agencia. Teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, sospecho que puede ser cierto.

–  ¿No me ocultas nada más? – Insisto.

–  Si lo que dice la carta es cierto, el objetivo de ese topo es hundirme a mí, a mi familia y a toda la agencia, Silvia. – Me desvela preocupado. – ¿Qué se supone que debo hacer?

–  Por el momento, quiero que reúnas a todos tus hombres y les hagas saber lo importante que es la confidencialidad de nuestras misiones. – Le aconsejo. – No sería la primera vez que un agente habla más de la cuenta delante de quien no debe y sin saberlo. Por supuesto, sigo creyendo que debes poner sobre aviso a tus hijos por su propia seguridad y deberías hacerlo cuanto antes.

–  De acuerdo, reuniré a todos mis hombres en la base y les daré un sermón. – Me dice Fernando decidido a obedecerme. – Con mis hijos hablaré mañana por la mañana, esta noche tienen planes y no creo que los vea.

–  Lo más inmediato que podemos hacer es una lista de enemigos o gente a la que le favorezca borrarte de su camino, por decirlo de alguna manera. ¿Hay algún candidato para esa lista?

–  Supongo que cualquier director de cualquier agencia, con la excepción de tu padre, pero eso es solo porque éramos amigos antes de entrar en toda esta mierda.

–  No me estás entendiendo, Fernando. – Resoplo frustrada. – Necesito nombres de personas que realmente sacan algún beneficio al verte muerto y que sean capaces de matarte con sus propias manos o de enviar a alguien que lo haga en su nombre.

Fernando y yo intercambiamos varios nombres de posibles candidatos para nuestra lista durante toda la comida. Después de tomar el postre, café y una copa de orujo de hierbas para bajar la comida, Fernando y yo salimos del restaurante pasadas las cinco de la tarde.

Animada por él, decido aceptar su invitación a acompañarle a la base y enseñármela después de haberles dado el sermón a sus hombres. Fernando no hace ninguna presentación, sabe que prefiero mantener mi identidad a salvo, pero esa situación confunde a sus agentes y algunos incluso me miran con hostilidad. Estoy segura de que todos piensan lo que no es. Igual que Miguel, que cree que soy la amante de Fernando de la Vega.

A las siete salimos de la base y Fernando se empeña en acompañarme al hotel. Thor, que es el guardaespaldas y chófer personal de Fernando, conduce tranquilamente por las calles de Ciudad del Cielo hasta que de repente nos empiezan a disparar. Fernando y yo nos cubrimos tirándonos al suelo del vehículo mientras Thor intenta mantener la dirección y esquivar los disparos. Finalmente, Fernando le grita:

–  Cambia de dirección, dirígete a casa.

Thor obedece rápidamente y pocos minutos después logramos perder de vista a los dos coches que nos seguían y desde los cuales nos disparaban.

Cuando llegamos a casa de Fernando, una mansión que nada tiene que envidiar a la de mi padre en Ciudad de Perla, salgo del coche dispuesta a desahogarme cuando una bala impacta en una columna del porche de la casa, a escasos centímetros de mi cabeza. Me tiro al suelo y saco mi pistola, esto ha ido demasiado lejos. Localizado al tirador detrás de uno de los enormes árboles del jardín y, apuntando con determinación, acierto en el blanco. Thor, que se ha colocado a mi lado junto con Fernando, me dice:

–  Creo que hay más en la casa, ¿nos dividimos?

–  No conozco al personal, ni a sus hijos, ¿qué pasa si disparo a alguien que no debo? – Les pregunto molesta por la situación.

–  No te preocupes, mis hijos no están y el único personal que hay es Amelia, a la que conoces perfectamente y la que, por suerte, se ha cogido el fin de semana libre para ir a ver a su familia. – Me responde Fernando con preocupación.

–  Creo que lo mejor es mantenernos unidos, no conozco la casa y tú no puedes defenderte si tienes que proteger a Fernando. – Le digo con decisión. – Tú guíame y cubre mi espalda, yo cubriré el frente y los laterales. Fernando, tú saca el móvil y pide refuerzos, no sabemos lo que nos vamos a encontrar.

Ambos obedecen sin rechistar. Empiezo a entrar en la casa y, efectivamente, está todo revuelto. Quien quiera que haya entrado aquí lo ha hecho buscando algo que, según parece, no ha encontrado. Estando en el hall se oyen unos ruidos procedentes del despacho de Fernando y, decidida a acabar con esto cuanto antes, me dirijo hacia allí, abro la puerta y disparo a los dos tipos vestidos de negro y armados con metralletas que me encuentro allí. Dos menos. Entro en el despacho y le quito una carpeta de documentos que uno de los tipos sostenía en la mano. Me quedo blanca cuando me doy cuenta de lo que tengo en mis manos. Son los planos para construir un arma nuclear junto con un informe completo sobre cómo ponerlo en marcha y cómo utilizarlo. Si esto llega a caer en las manos equivocadas, el mundo entero tendría un grave problema.

Dejo la carpeta sobre el escritorio y me dirijo de nuevo al hall. Thor ha inspeccionado las cámaras de seguridad de la casa y ha comprobado que solo han entrado cuatro individuos, así que solo nos falta encontrar a uno. Justo en ese momento, se oyen unos pasos bajar las escaleras y, tras hacerle un gesto a Thor para que se esconda con Fernando, me abalanzo sobre el tipo y, dándole una patada en el estómago y un golpe en la cabeza con la culata de la pistola, el hombre se desploma y cae al suelo.

–  Tenemos que mantenerlo con vida si queremos saber qué han venido a hacer aquí. – Le explico a Thor que me mira sin comprender porque no le he matado.

Thor me coge por el codo y observa mi hombro antes de decir:

–  Te han dado en el hombro. La bala solo te ha rozado pero tendrán que darte unos cuantos puntos.

–  Mis agentes están de camino, entre ellos viene un médico, te podrá revisar la herida. – Me dice Fernando realmente preocupado. – ¿Te encuentras bien, Silvia?

–  Sí, es solo un rasguño. – Respondo tras revisar mi herida. – Fernando, los dos tipos que estaban en tu despacho tenían en sus manos los planos y las indicaciones para la fabricación de un arma nuclear. ¿Sabes algo de eso?

Su mirada lo dice todo, sigue ocultando cosas. Miro mi reloj y, al ver que son las nueve, decido llamar a Lety para decirle que no voy a poder ir. Ya tendré tiempo de hablar con Fernando cuando me haya calmado un poco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.