Cállame con un beso 5.

Cállame con un beso

SILVIA.

Cuando el camarero nos trae la comida, todos sonreímos más relajados. No sé por qué ha sacado el tema de Fernando, pero no estoy dispuesta a permitir ni una sola pregunta más. Si no llega a ser por la mirada suplicante de Lety, le hubiera dado un puñetazo en toda la cara. ¿A qué venía tanta pregunta? No deja de mirarme desde que hemos llegado y me está empezando a poner nerviosa. Decido ignorarle y empezar a comer, mi plato huele de maravilla.

Media hora después, nos hemos bebido dos botellas de vino y todos estamos más relajados, Lety incluso parece ligeramente achispada.

–  Tendremos que volver a este sitio, Sil. – Me dice divertida.

–  Puedo traerte siempre que lo desees. – Le dice Daniel y Lety se ruboriza.

Yo no puedo evitar sonreír y por el rabillo del ojo veo que Miguel también sonríe al ver a su hermano coqueteando con Lety.

No puedo evitar que me saque de mis casillas, pero también hay algo en Miguel que me atrae como si de un imán se tratara. ¿Por qué se ha interesado tanto en mi relación con Fernando?

–  ¿Silvia? ¿Puedes volver a la tierra, por favor? – Me pide Lety zarandeándome por el brazo. – Te estaba preguntando si te apetece que después vayamos a tomar una copa.

–  Como quieras, Lety. – Le digo encogiéndome de hombros.

–  Genial, después iremos a un pub tranquilo, en plan chill-out, que os va a gustar. – Nos dice Daniel, que se está esmerando en sacar adelante esta especie de cita doble. – ¿Queréis postre o café?

–  Yo paso del postre, pero sí me tomaré una copa de limoncello para bajar la comida. – Le responde Miguel con su mirada impenetrable.

–  Yo también paso del postre, estoy demasiado llena y me cuesta hasta respirar. – Bromeo. – Creo que una copa de limoncello nos vendrá bien a todos.

–  Pues limoncello para todos, entonces. – Sentencia Lety sonriente.

El camarero retira los platos y toma nota de nuestras copas, que nos las trae cinco minutos después. Con nuestra copa de limoncello en las manos, todos parecemos más relajados. Miguel sigue observándome disimuladamente, pero no lo suficiente para evitar que yo me dé cuenta.

No le he dirigido directamente la palabra desde mi acusación por someterme a un interrogatorio, pese a que él no ha dejado de intentarlo, aunque cada vez con menos frecuencia.

Después de que Daniel se ofreciera a pagar la cuenta, salimos del restaurante para dirigirnos al coche cuando Miguel le pregunta a Daniel:

–  Daniel, ¿crees que sería mejor llamar a un taxi?

–  Estoy bien para conducir, pero si me paran y me hacen soplar… – Se interrumpe para mirarme a mí y me dice: – Silvia, tú eres la que menos ha bebido, ¿sabes conducir? O, mejor dicho, ¿tienes carné de conducir?

Estoy a punto de responder cuando Lety se me adelanta:

–  ¡Ni de coña! No pienso montarme en un coche conducido por ella. – Los dos hermanos la miran sin comprender y ella decide aclarar sus palabras. – Para ella las limitaciones de velocidad significan que no puede ir a una velocidad inferior de la que indica. Su padre se compró un coche nuevo, se lo dejó a Silvia y lo siniestró, ¡un coche de dos semanas!

–  ¡Eso no fue culpa mía! – Protesto. Me vuelvo hacia Daniel y le digo: – Puedo conducir como una abuelita si lo preferís, pero es más aburrido. – Le sonrío burlonamente y añado: – No te preocupes, prometo comprarte un coche nuevo.

–  Eso, lejos de tranquilizarme, me ha puesto más nervioso. – Bromea Daniel. Me da las llaves del coche y añade con el semblante más serio: – No sé qué clase de coches has conducido, pero éste es muy potente, si pisas un poco el acelerador…

–  Tranquilo, sé pilotar un avión, no creo que conducir tu coche sea más difícil. – Le respondo divertida.

Mi mirada se cruza con la de Miguel y me sonríe, pero no le devuelvo la sonrisa, sigo molesta con él. Nos montamos en el coche y Lety se abrocha el cinturón de seguridad rápidamente, lo que provoca una carcajada en todos nosotros.

–  Vosotros reíros, pero dentro de poco me entenderéis. – Les dice Lety.

Daniel, que va a mi lado en el asiento del copiloto, me va guiando para llegar al pub chill-out donde nos dirigimos. Trato de conducir con tranquilidad, pero cuando llegamos a un tramo de autopista se me dibuja una sonrisa y Daniel me susurra:

–  Venga Silvia, enséñame qué eres capaz de hacer con un coche.

No me lo pienso dos veces y piso el acelerador a fondo, provocando un gritito de terror proveniente de la garganta de Lety y un resoplido de la boca de Miguel, que ladea la cabeza con gesto de desaprobación. Lo ignoro. Daniel sonríe y Lety, bueno, Lety ya está acostumbrada a estas cosas y en cuanto se baje del coche se echará a reír a carcajadas.

Pero entonces veo unas luces azules detrás nuestro y me doy cuenta que es la policía, que me está haciendo luces para que me pare a un lado de la carretera. Obedezco y paro a un lado de la calzada. Mientras el coche de policía hace lo mismo, busco mi bolso y saco mi cartera. Daniel me mira y me suplica:

–  Dime que tienes carné de conducir, Silvia.

–  Tranquilo, tengo carné de conducir y no va a pasar nada. – Trato de calmarlo. – Tú deja que yo me encargue de todo.

Oigo a Miguel murmurar algo que no debe ser nada bueno, así que le vuelvo a ignorar. Uno de los dos policías que nos han dado el alto golpea suavemente el cristal de mi ventanilla y la bajo.

–  Buenas noches, señorita. ¿Podría enseñarnos su documentación? – Me dice el policía más joven, que es muy atractivo y ¡me sonríe!

Saco mi tarjeta de la embajada, que me da absoluta inmunidad diplomática esté en cualquier lugar del mundo, y se la entrego al guapo policía. El policía la observa y, tras retirarse para comprobar la autenticidad del documento, regresa dos minutos más tarde y, devolviéndome la tarjeta, me dice sonriendo:

–  Parece que todo está en orden, pero debería intentar respetar los límites de velocidad…

–  Gracias por todo, agente. – Le digo guiñándole un ojo.

–  Buenas noches, señorita. – Se despide antes de dar media vuelta para subir a su coche.

Arranco el coche de nuevo y sigo conduciendo, esta vez un poco más lento. Daniel me mira asombrado y, tras pensarlo durante un instante, me pregunta:

–  ¿Tienes inmunidad diplomática?

Le miro fijamente a los ojos durante un segundo y vuelvo la vista hacia a la carretera antes de contestar:

–  Sí.

Daniel estalla en carcajadas y, para mi asombro, me dice bromeando:

–  Ahora entiendo cómo, conduciendo así, no estás en la cárcel.

Lety y yo nos unimos a las risas de Daniel, pero Miguel nos mira con cara de pocos amigos y todos dejamos de reírnos.

–  Habéis tenido suerte, hoy no ha ido tan rápido como otras veces. – Les indica Lety.

–  En realidad, no he sido yo, es el coche, que no corre más. – Les digo encogiéndome de hombros.

Paro el coche en el parking del pub donde me ha indicado Daniel y nada más bajarnos del coche, Daniel se pone al lado de Lety y coloca el brazo alrededor de su cintura, gesto que ella acepta con una sonrisa. Pongo los ojos en blanco, si esto sigue así, me voy a pasar la noche viendo cómo estos dos tontean y evitando mirar o hablar con Miguel.

Entramos en el pub, que no es otra cosa que un chiringuito de playa por el día que se ha convertido en un improvisado chill-out de noche, pero muy íntimo y acogedor. De fondo suenan baladas de Leona Lewis, Adele y Beyoncé, todo en un ambiente tranquilo. El lugar está lleno de parejas, pequeños grupos de chicos y chicas jóvenes y algún que otro solitario que viene en busca de una aventura nocturna.

–  Ahora está muy tranquilo, pero dentro de un rato se animará y pondrán música un poco más movida, aunque aquí siempre intercalan alguna balada. – Nos explica Daniel.

Nos sentamos en uno de los reservados del chill-out a escasos metros de la orilla y, mientras esperamos que el camarero venga a tomarnos nota, observo el mar y me entran ganas de darme un chapuzón, aunque lo descarto rápidamente.

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