Cállame con un beso 30.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de haberme desmayado en el jardín y darle un susto de muerte a Marisa, Lorenzo se había hecho con el control de mi casa y de mi vida. Marisa se asustó tanto que llamó a Lorenzo y le contó todo lo que estaba ocurriendo. Le dijo que desde que había vuelto no dormía, no comía, no hablaba y mucho menos sonreía. Lorenzo no tardó en presentarse en casa, cuando me desperté tumbada en el sofá del salón y vi al médico de la isla tomando mis constantes y a Lorenzo mirándome con gesto reprobador, supe que ya no había nada que yo pudiese hacer y le dejé tomar el control.

Lorenzo llamó a mi padre, pero no sé qué le dijo. Cuando le pregunté, me dijo que no era asunto mío, ¡para flipar! Me obligó a comer y después me ordenó que subiera a mi habitación, me metiera en la cama y durmiese, incluso me amenazó con lanzarme un dardo tranquilizante para caballos si no le obedecía. Creyéndole capaz de hacerlo, le obedecí.

Esta mañana cuando me he despertado, Lorenzo estaba sentado en un sillón junto a la ventana de mi habitación leyendo un periódico. En cuanto notó que me movía, apartó su mirada del periódico y, con gesto amenazador, me señaló una bandeja llena de comida que había sobre la mesa y dijo:

–  Siéntate y desayuna. Quiero ver cómo te alimentas, princesa.

Me senté y no me dejó moverme hasta haber acabado con toda la comida, que no era poca. Después me dijo que me fuera a duchar y que me esperaba en el jardín para mantener una conversación seria conmigo. Eso me hizo sentir culpable. Me he obsesionado tanto con Miguel que he dejado de comer y de dormir, ese descuido le ha pasado factura a mi cuerpo y ha preocupado a todos los que me rodean y me quieren.

Bajo al jardín y me siento junto a Lorenzo en un banco de madera, bajo la sombra de los árboles. A Lorenzo, a pesar de vivir en una isla en la que la temperatura media anual ronda los 30ºC y que 360 días al año el cielo es completamente azul, no le gusta el sol. ¡Menuda ironía!

–  Princesa, ¿vas a contarme qué te ocurre?

–  No quiero hablar de eso, Lorenzo.

–  De acuerdo, entonces hablaré yo. – Sentencia. – No sé qué está pasando por tu cabeza, pero obviamente no estás bien. El doctor nos dijo qué te habías desmayado por el agotamiento. Te sacó sangre mientras estabas inconsciente y esta mañana me ha llamado para darme los resultados y, ¿sabes qué me ha dicho? Como él había confirmado, te has desmayado por el agotamiento, que al parecer se ha visto agravado porque has dejado de comer y de hidratarte. ¿A caso quieres matarte, princesa? ¿Quieres matarnos a todos del disgusto? ¿Quieres matar a la pobre Marisa de un susto como el de anoche?

–  Lo siento, Lorenzo. – Me disculpo. – Sé que no hay justificación posible, pero ni siquiera me he dado cuenta que no comía, ni siquiera he tenido hambre. Tengo la cabeza en otra parte.

Lorenzo abre la boca para replicarme pero ve aparecer a Marisa y decide callarse. Ambos la observamos mientras camina hacia a nosotros con un papel en la mano. Se para a un metro de distancia frente a nosotros y me dice:

–  Señorita Silvia, tiene un mensaje del señor de la Vega.

–  ¿Ha llamado Fernando? – Pregunto preocupada. – ¿Hay algún problema?

–  No, señorita Silvia. El que ha llamado ha sido el señor Miguel de la Vega. – Me contesta sacándome del error y dejándome muerta. ¿Qué quería Miguel? ¿Es que no me había insultado ya bastante? – El señor Miguel, cuando le he dicho que usted no estaba en este momento, me ha dicho que necesitaba hablar con usted porque… – Se acerca el papel que sujeta en las manos a la altura de los ojos y, más despacio de lo que desearía, empieza a leer: – Porque ha descubierto que el señor Hoffman es un auténtico idiota y necesita hablar personalmente con la señora Hoffman para que ella lo sepa, pero dice que sin tu ayuda él no puede localizarla. También me ha pedido que añadiera que, si le ayudas, no te arrepentirás.

–  ¿Señor y señora Hoffman? ¿Quién cojones son esos? – Me pregunta Lorenzo.

–  Un matrimonio bastante peculiar. – Le respondo a Lorenzo y, volviéndome hacia a Marisa, le digo fría como el hielo: – Si el señor Miguel de la Vega vuelve a llamar, dígale que siento no poder ayudarle pero que la señora Hoffman y yo ya no tenemos nada que ver.

–  ¡Qué lástima! – Se lamenta Marisa. – Parecía desesperado por encontrar a esa mujer.

Marisa se marcha sumida en sus pensamientos y, cuando está lo suficientemente lejos como para no oírnos, Lorenzo me dice sonriendo:

–  Eres la señora Hoffman y él es el señor Hoffman y, a juzgar por el mensaje, ha metido la pata hasta el fondo. – Suspira profundamente y añade con voz dulce: – Princesa, tú estás mal y él está mal, ¿no crees que deberíais hablar y solucionar esto?

–  Lorenzo, déjalo, por favor. – Le suplico. – No quiero hablar con Miguel y tampoco quiero hablar del tema, ¿de acuerdo?

–  Como quieras, princesa. Si no quieres hablar con él, nadie puede obligarte.

Su sonrisa le delata y, mirándole a los ojos, no me molesto ni en disimular mi tono de amenaza y le advierto:

–  No te metas en mis asuntos, Lorenzo.

Lorenzo levanta ambas manos en señal de inocencia, pero no le creo nada. Este loco es capaz de ir a buscar a Miguel y encerrarnos juntos en algún sitio para no sacarnos de allí hasta habernos reconciliado o habernos matado. No me fío ni un pelo de él.

Entonces, me acuerdo de que Lorenzo ayer por la noche llamó a mi padre.

–  Lorenzo, ¿qué le dijiste a mi padre anoche?

Lorenzo palidece y yo también lo hago al ver su gesto de tierra trágame.

–  Princesa, estaba preocupado. – Me empieza a decir. – Creía que te había pasado algo y que tu padre me lo diría, pero él tampoco tenía ni idea de lo que te pasaba y entonces le dije que te habría dado un bajón de tensión o una lipotimia del calor, aunque no pareció convencerle mi respuesta.

–  ¡Joder, Lorenzo! – Protesto. – Llámale y dile que estoy bien.

–  Si le llamas tú, podrá comprobar que efectivamente estás bien. – Me replica.

–  Lorenzo, por tu culpa me someterá a un tercer grado y no estoy preparada para soportarlo. – Le suplico. – Por favor, necesito un poco de paz.

–  De acuerdo, pero tienes que prometerme que comerás cinco veces al día y beberás como mínimo dos litros de agua. – Condiciona. – Le diré a Marisa que no se separe ni un segundo de ti para asegurarnos de que te portas como una niña buena y nos obedeces.

–  Me tratas como si tuviera cinco años. – Le reprocho.

–  Te comportas como una niña de cinco años.

–  Touchée. – Contesto resignada. – Soy idiota, Lorenzo.

–  Todos los enamorados parecen idiotas, en eso estoy de acuerdo.

–  Estoy enamorada. – Afirmo en voz alta por primera vez. – Soy idiota y me he enamorado de otro idiota.

–  Eso significa que estáis hechos el uno para el otro. – Me contesta burlonamente.

–  No tiene gracia, Lorenzo. – Me quejo molesta. – De todos los hombres que hay en el mundo he tenido que enamorarme del hijo del futuro socio de mi padre y además un buen amigo de la familia. Idiota no, lo que soy es gilipollas. ¿Qué voy a hacer? Yo no puedo trabajar con él pero tampoco puedo pedirle a mi padre que cancele la fusión, lo desea desde hace años y por fin lo va a conseguir.

–  Tómatelo con calma, princesa. – Me tranquiliza. – Relájate en la sombra con esta maravillosa vista mientras yo llamo a tu padre y trato de tranquilizarlo.

–  Gracias por todo, Lorenzo. – Le agradezco antes de que se vaya.

–  Princesa, no tienes que darme las gracias. – Me contesta antes de desaparecer.

Y, como me ha pedido Lorenzo, me relajo a la sombra de los árboles mientras contemplo cómo se refleja el sol en el mar sin pensar absolutamente en nada.

Después de comer, Lorenzo me obliga a subir a mi habitación para echarme una siesta y amenaza con esposarme a la cama si oso desobedecerlo. ¡Esto es ridículo! Aun así, obedezco. Estoy demasiado agotada psicológicamente como para discutir por eso cuando realmente me siento cansada y además, tengo sueño.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.