Cállame con un beso 29.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Sigo sin creer que se haya largado sin despedirse aunque, tal y como me he comportado con ella, no podía haber esperado otra cosa. ¡Joder! Probablemente ni ella haya asimilado que está embarazada y yo, en lugar de apoyarla y cuidarla, la insulto y la desprecio. Ni siquiera sabía de lo que le hablaba, creía que estaba enfadado porque había mantenido en secreto su conversación con Oleg hasta tener seguro que éste iba a conseguir la rendición de los hermanos Petrov. Debe pensar que soy un ogro. Ella ayudándonos y yo metiendo la pata hasta el fondo. Y lo peor de todo es que solo llevo dos días sin verla y me siento solo, vacío, infeliz y un verdadero gilipollas.

–  No sé qué coño habrá pasado en Moscú, pero me lo vas a contar. – Oigo la voz furiosa de Lety a mi espalda. ¿Qué hacía aquí?

–  Pregúntaselo a tu amiga. – Le respondo con desprecio.

–  Ya lo he hecho, pero antes de que me diera una puñetera respuesta que me lo aclarase, se ha largado a Isla del Sol, donde deniega todos los putos aterrizajes en la villa y ha convencido a Lorenzo para que nadie entre en la isla por mar. – Me espeta. – Se ha tomado una puñetera temporada sabática y filtra todas sus llamadas a través de Marisa, no hay forma de hablar con ella, no quiere hablar con nadie. Lorenzo me ha dicho que ni siquiera le ha recibido cuando ha ido a visitarla. ¿Qué está pasando, Miguel?

–  Cariño, cálmate. – Le dice mi hermano. – Miguel tampoco está muy bien que digamos.

–  Silvia está embarazada. – Suelto como una bomba.

–  ¿Qué? – Exclaman los dos al unísono. Lety se sienta en una silla y añade: – Oh, no. Eso no puede ser, Miguel. Silvia es muy precavida para esas cosas y te aseguro que no tiene ningún deseo de ser madre, al menos no antes de infiltrarse contigo.

–  ¿Te lo ha dicho? – Me interroga mi hermano.

–  No. – Le contesto. – Se fue de compras el mismo día que llegamos a Moscú y cuando regresó a casa se metió en la habitación directamente sin decirme que había llegado. Por casualidad, subí a la habitación y la encontré allí, guardando algo en la cómoda para que yo no lo viera. A la mañana siguiente, mientras ella dormía, busqué lo que ocultaba y encontré dos test de embarazos con resultado positivo. Esperé a que ella me lo dijera y cuando no lo hizo le empecé a preguntar indirectamente si tenía algo que contarme, pero ella se hacía la tonta, fingía que no sabía de qué le hablaba y yo me enfadé y le dije cosas horribles.

–  ¿Por qué te enfadaste? Tampoco te conoce tanto para contarte algo así. – Me pregunta Daniel.

–  ¡Joder, es tuyo! – Me grita Lety. – No me lo puedo creer, Silvia toma la píldora y además presume de utilizar siempre el preservativo. ¿Cómo se ha podido quedar embarazada? ¿Habéis ido a buscar un bebé o qué?

–  No hemos usado preservativo ni una sola vez y, en cuanto a las pastillas, nunca se las he visto tomar, ni siquiera las he visto de hecho. – Confieso.

–  No, no puede ser. – Insiste Lety. – Silvia me hubiera dicho algo.

–  Si no lo buscaba, no lo quería y se va a tomar una temporada sabática… – Dice Daniel. – Solo puede significar dos cosas, que necesita tiempo para asimilar y aceptar la noticia en soledad o quiere deshacerse de ese bebé sin que nadie se entere. Abortar y recuperarse para volver sin que nadie sospeche nada.

Lety le da una colleja y le regaña:

–  ¡Qué tacto, hijo! Pero no, Silvia no haría algo así. – Insiste. – Puede que sea la mujer más fuerte e independiente del mundo, pero también es muy humana y necesita el cariño de su gente. Desde luego, algo le pasa. A mí me respondió con evasivas a todo lo que le pregunté, me dijo que te habías enfadado y que no sabía el motivo, aunque algo me contó sobre lo que decías de lo de Oleg. Después me dijo que no quería hablar más del tema y se largó. Le he preguntado a Alejandro si le había contado algo pero lo único que me ha dicho es que algo había pasado entre vosotros dos y Silvia estaba furiosa, así que no insistió en hacerle preguntas, ella no soporta que se metan en sus asuntos y, con el humor que se traía, cualquiera se atrevía a decirle algo.

–  Necesito verla, ¿cómo puedo llegar a Isla del Sol? – Le pregunto.

–  No puedes. – Me contesta. – Si ella no da permiso para aterrizar y Lorenzo bloquea la costa, no hay forma de llegar a la isla. – Los ojos de Lety se empiezan a llenar de lágrimas y, antes de empezar a sollozar,  logra decirme: – Miguel, Silvia está mal. No sé si estará embarazada como dices, pero estaba destrozada y lloraba. Nunca la había visto llorar antes, Miguel.

–  Lo siento Lety, pero te prometo que lo arreglaré todo. – Trato de calmarla. – Necesito que me ayudes, necesito que contactes con Lorenzo para que pueda hablar con él.

–  De Lorenzo no vas a sacar nada, si Silvia le pidiese que destrozara el planeta en mil pedazos, Lorenzo lo haría sin preguntar por qué. – Me contesta Lety. – El único capaz de conseguir que Silvia nos deje entrar en la isla es mi hermano Alan.

–  Creo que no le caigo demasiado bien. – Comento.

–  A mi hermano le caes bien, Miguel. – Me dice Lety sorprendiéndome. – Intentó hacerla entrar en razón para que hablase contigo antes de irse y me obligó a venir aquí para intentar que tú hicieras algo para arreglarlo. De quien debes preocuparte es de Silvia, después de todo lo que le has dicho, no te va a ser fácil que te escuche y, si tiene las hormonas revolucionadas, espero que sepas defenderte bien, cuñado.

–  ¿Alguien me va a explicar qué cojones está pasando? – Irrumpe mi padre en la estancia gritando furioso. – Joder, no sé qué habrás hecho pero, por tu bien, espero que no le hayas puesto una mano encima a Silvia, Miguel.

–  Pero papá, ¿qué dices? – Le contesta Daniel. – ¿Cómo se te ocurre que Miguel pudiera pegar a una mujer? Y mucho menos a Silvia, que le mataría ante el más mínimo movimiento sospechoso.

–  No me refería a ponerle la mano encima de esa manera. – Le espeta mi padre. Acto seguido, se vuelve hacia a mí y añade: – Me acaba de llamar Alejandro, mañana a primera hora vendrá a Ciudad del Cielo para hablar contigo y, a juzgar por su tono de voz, deduzco que viene a hablar de Silvia.

Mi padre se marcha por donde ha venido como alma que lleva al diablo.

–  ¿Hay alguna posibilidad de que Silvia se lo haya contado a su padre? – Le pregunta Daniel a Lety.

–  No lo sé, Alejandro nunca se mete en los asuntos de Silvia, pero se tienen absoluta confianza y, de ser cierto que esté embarazada, si quiere seguir adelante, tarde o temprano se lo tendría que decir, ¿no? – Le contesta Lety mirándome compasivamente. – Espera a hablar con Alejandro, él es un buen hombre y muy comprensivo. Puedo asegurarte que Silvia salió de Ciudad de Perla sin contarle nada a su padre, pero no sé de qué han podido hablar desde entonces.

–  Intenta dormir un poco para estar lúcido mañana cuando hables con Alejandro, necesitas descansar un poco. – Me aconseja Daniel.

Y le hago caso. Llevo días sin dormir y, sabiendo que mañana Alejandro estará aquí no me ayuda a coger el sueño. ¿Es posible que Silvia le haya confesado que está embarazada? Si lo ha hecho y Alejandro viene a buscarme es porque yo soy el padre. Y quizás porque soy el padre viene a buscarme para matarme. Y si mi padre se entera le ayudará a matarme.

Y yo lo único que deseo es estar con Silvia, estrecharla entre mis brazos y besarla hasta perder la noción del tiempo. Quiero llevármela a Kiel y que vivamos siempre como el señor y la señora Hoffman.

La quiero y no puedo vivir sin ella. Y he metido la pata hasta el fondo.

Me meto en la cama habiendo tomado una decisión. Mañana por la mañana llamaré a Silvia y, si se niega a ponerse al teléfono, le dejaré un mensaje a Marisa y espero que ella se encargue de que Silvia escuche mis palabras aunque sean de la boca de Marisa.

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