Cállame con un beso 28.

Cállame con un beso

SILVIA.

Dos días después de que Sergei cenara en casa con nosotros, ya me encuentro mejor. Por fin la regla se me ha ido y ya no tengo náuseas ni vómitos. No suele ser así todos los meses, pero un par de veces al año siempre me da ese dolor infernal. El pobre Miguel se ha preocupado un montón y le he acabado diciendo que eran cosas de mujeres para que dejara de insistir en llamar a un médico. Aun así, no estaba del todo tranquilo y ha seguido cuidándome como si me estuviera muriendo. ¡Hombres!

–  Buenos días, cielo. – Le digo cuando me despierto y lo veo mirándome con amor.

–  Mmm… ¿La señora Hoffman despertando de buen humor? – Bromea. – Creo que ahora sí que tengo que llamar a un médico.

–  Me he despertado de muy buen humor y dispuesta a cobrarme mis derechos maritales que tanto te cuesta darme. – Bromeo.

Desde hace tres días no hacemos el amor y estoy hambrienta pero no de comida precisamente. Miguel, sonriendo con picardía, me coloca sobre él y, sin tiempo que perder, me penetra de un empujón, haciéndome gemir de placer. Hacemos el amor apasionadamente hasta llegar al clímax, momento en el que me derrumbo sobre él.

Cuando recobro la respiración, ruedo hacia un lado de la cama y reviso mi teléfono móvil. Leo el mensaje de Oleg que me confirma que todo está solucionado y le digo a Miguel:

–  Tengo que contarte algo, no quería decírtelo hasta estar segura, pero ya está todo confirmado.

Miguel se pone tenso y creo que también palidece. Se incorpora en la cama y, mirándome a los ojos, me anima a continuar:

–  Soy todo oídos.

–  Una vez que Sergei nos confirmó que los hermanos Petrov estaban detrás de todo, contacté con un amigo que tiene buena relación con ellos para que tratara de disuadirlos de su objetivo. – Le empiezo a decir con calma. – Mi contacto ha podido convencerlos para que se olviden de esos planos, les ha asegurado que han sido destruidos y no regresarán a buscarlos. Ya podemos volver a casa, gruñón.

–  ¿No tienes nada más que decirme? – Me pregunta.

–  No, ¿qué más quieres que te diga? – Contesto. – Miguel, acabo de decirte que lo hemos conseguido muchísimo antes de lo previsto y sin necesidad de entrar en una guerra de mafias y agencias, ¿no me has oído?

No lo entendía. ¿Qué le pasaba?

–  Sí, te he oído. – Me responde. – Y, ¿no tienes nada más qué decirme?

–  No te entiendo. – Le respondo empezando a cabrearme. – Algo más, ¿sobre qué?

–  ¡Sobre nada! – Me espeta furioso. – Haz tus maletas, volvemos a casa en el primer vuelo.

Para flipar. Hace un momento estábamos haciendo el amor y ahora está furioso.

–  Pero, ¿qué cojones te pasa? – Le espeto. Mi paciencia tiene un límite y ha sido rebasado.

–  Que no confío en ti, eso me pasa. – Su voz es tan fría que me deja congelada.

No entiendo nada, ¿qué ha pasado?

–  Miguel, si no te dije nada era porque no quería darte falsas esperanzas. – Le digo tras tragarme el poco orgullo y dignidad que me quedan. – Si hubiese sabido que te ibas a poner así, sin duda alguna te lo habría preguntado antes de meter en medio a Oleg.

–  ¡Me importa una mierda el caso! – Grita. – Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado, creía que podíamos confiar el uno en el otro, pero ya veo que no.

–  ¿En serio te estás poniendo así por no haberte contado lo de Oleg?

–  Deja de hacerte la tonta, Silvia. Sabes perfectamente a lo que me refiero. – Me contesta. – Eres una niñata incapaz de afrontar tus responsabilidades, incapaz de ser sincera e incapaz de hacer feliz a alguien.

Esta vez, a pesar de que ya no me queda dignidad, no pienso seguir rebajándome. Ni siquiera sé por qué se ha puesto así. Acabo de quitarnos varias semanas de trabajo, he evitado meternos en la boca del lobo y él me dice que no confía en mí. “Esto tiene que ver con nosotros y tú me has decepcionado”, me ha dicho. Si no tiene que ver con el caso ni con Oleg, ¿a qué se refiere? Yo no he hecho nada, he sido sincera con él, nos lo hemos pasado bien juntos, confío en él. ¡Joder, si hasta creo que estoy enamorada y yo no me he enamorado en la vida!

Esa misma tarde, Miguel y yo regresamos a Ciudad del Cielo. Tras llegar a casa de los de la Vega, Fernando nos hace pasar a su despacho y empieza a hablar:

–  Silvia, estoy impresionado. – Me dice. – No solo habéis acortado la duración de la operación, sino que encima lo habéis hecho con los mejores resultados.

–  Me alegra saber que estás contento. – Le respondo con sinceridad.

–  ¿Pasa algo? – Pregunta Fernando mirándonos alternativamente. – Parecéis…

–  Estamos cansados, papá. – Le interrumpe Miguel. – ¿Puedo irme ya? Mañana tendrás mi informe sobre la mesa de tu despacho.

Fernando asiente con la cabeza y Miguel sale del despacho sin hablarme, sin dirigirme ni una sola mirada, como si no estuviera.

Regresando en el avión, incómoda y enfurecida por la actitud de Miguel, he redactado mi informe y lo he grabado en un pendrive que aprovecho para entregarle a Fernando mientras me despido:

–  Aquí tienes mi informe, están todos los detalles y los datos de los contactos que nos han facilitado toda la información. Oleg ha quedado en enviarme pruebas que demuestren que los rusos no volverán a acercarse por aquí, aunque a mí me basta con su palabra, sé que tú querrás tenerlo todo bien atado para poder relajarte. En cuanto las reciba, te las enviaré. – Y, conteniendo con sorprendente éxito las lágrimas, añado: – Llama a mi padre si surge algún imprevisto y no me puedes localizar.

–  ¿Y no te puedo localizar? – Me pregunta Fernando preocupado. – ¿A dónde vas?

–  Necesito unas vacaciones, Fernando. Necesito relajarme y desconectar y no lo voy a conseguir si todo el mundo me localiza. – Le aclaro. – El único que podrá localizarme será mi padre y le diré que si me necesitas me avise y me pondré en contacto conmigo. – Y, para intentar tranquilizarle, le digo forzando una sonrisa: – Ya sabes que me gusta perderme cuando estoy de vacaciones.

–  Silvia, si ha pasado algo con mi hijo… – Empieza a decir. – Quiero decir, que si no se ha comportado como debería… Eres como mi hija, Silvia. ¿Lo sabes, verdad?

–  Todo está bien, Fernando. – Miento. – No tienes de qué preocuparte.

Thor, el guardaespaldas personal de Fernando, me lleva a un aeropuerto privado y allí me subo en un yet que me lleva de regreso a Ciudad de Perla. No me despido de Miguel, no quiero hacerlo y más cuando sé que actuaría con absoluta indiferencia. Por otra parte, nunca me han gustado las despedidas.

Cuando llego a Ciudad de Perla, mi padre me espera con Alan y Darek en el aeropuerto privado, Fernando le ha debido avisar. No sé qué les habrá dicho, pero ambos me escrutan con la mirada, intentando adivinar algo sin querer preguntármelo directamente. Finjo que no me doy cuenta y actúo con la mayor naturalidad que soy capaz, no tengo ganas de hablar, solo quiero encerrarme en mi habitación, meterme en la cama y llorar hasta quedarme dormida por agotamiento. Y eso es lo que hago.

Cuando despierto quince horas después, me encuentro a Lety sentada a los pies de mi cama, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.

–  Lety, ¿qué te pasa? – Le pregunto preocupada. – ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

–  Silvia, dime tú qué ha pasado con Miguel. – Me dice con un hilo de voz. – Alan me llamó anoche, tu padre y él están muy preocupados. Daniel me ha llamado esta mañana, Miguel está insoportable y se niega a hablar de ti ni de nada que tenga que ver contigo. Fernando no entiende nada, ayer lo dejaste de piedra cuando te fuiste de su casa nada más llegar, sin despedirte de Miguel. Y, hablando de él, Daniel me ha dicho que su hermano se ha enfurecido todavía más cuando ayer bajó a cenar y Fernando le dijo que te habías largado.

–  No sé qué ha pasado, Lety. – Le confieso entre sollozos. Lety me abraza y yo sigo hablando entre sollozos con más fuerza: – Todo iba bien y, sin venir a cuento, se enfureció, me dijo que no confiaba en mí, que era una niñata incapaz de nada. Al principio creía que lo decía porque le pedí a Oleg que interfiriera por mí y no se lo dije hasta saber que había dado resultado, pero él me dijo que no era nada que tuviera que ver con el caso, sino que yo le había decepcionado.

–  No lo entiendo, no tiene sentido. – Me responde Lety sin dejar de abrazarme.

–  Llevaba unos días un poco raro, pero entre nosotros todo iba bien.

–  ¿Un poco raro? ¿A qué te refieres?

–  Me preguntaba constantemente si tenía algo que contarle, si todo iba bien. – Contesto. – No sabía a qué se refería entonces y tampoco lo sé ahora, Lety.

–  Quizás descubrió algo y esperaba que tú se lo contaras.

–  ¿El qué? No hay nada que pudiera descubrir y que le sentara mal, no tiene ningún sentido. – Le respondo abatida. – No quiero seguir hablando de esto. Necesito salir de aquí, tomarme unas vacaciones, descansar, aclarar mis ideas… Creo que voy a tomarme una temporada sabática.

Tras darme una ducha y desayunar, entro en el despacho de mi padre dispuesta a hablar con él para decirle que me voy a tomar una temporada sabática. Como era de esperar, mi padre se percata de que algo no ha ido bien con Miguel, pero cuando le digo que no quiero hablar del tema él no insiste.

Ese mismo día, me dirigí  al aeropuerto y volé en el yet hasta Isla del Sol, donde pensaba esconderme de todo el mundo. Lo bueno que tiene Isla del Sol es que no hay aeropuerto, solo existe la pequeña pista de aterrizaje de la villa a la cual solo tiene acceso el personal que yo misma autorice y no pienso autorizar a nadie. La otra forma de llegar es en barco y la costa la controla Lorenzo, no tendré problema alguno en conseguir que vete la entrada de cualquier persona no nativa.

Necesito pensar, necesito aclarar mis sentimientos.

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