Cállame con un beso 21.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Cuando me despierto y miro el reloj, son casi las doce del mediodía. Decido darme una ducha de agua fría y bajar a la cocina en busca de Silvia. Cuando llegamos a casa, Alejandro nos vio tirados en las escaleras y sin dejar de reír. No parecía estar enfadado por nuestro comportamiento, pero tampoco podía estar contento.

Al pasar por el salón, Alan me ve y me sigue hasta la cocina.

–  Silvia me ha pedido que te dijese que volverá sobre las dos de la tarde. – Me dice escudriñándome con la mirada.

–  ¿Se ha ido? – Pregunto sorprendido.

–  Ha tenido que encargarse de un asunto, pero no tardará en volver. – Me contesta con indiferencia y, antes de largarse, añade: – Por tu bien, espero que la repentina salida de Silvia no tenga nada que ver contigo ni con lo que quiera que hicierais anoche.

Joder, ¿llevo la palabra sexo escrita en la cara o qué? Y, ¿por qué se ha tenido que largar Silvia? ¿Ha huido para no tener que darme la cara? Sería ridículo, tarde o temprano lo tendrá que hacer.

Desayuno y decido salir al jardín y darme un chapuzón en la piscina a ver si se me aclaran las ideas, me refresco y evito cruzarme con Alan, al que está claro que no le caigo nada bien.

A las dos en punto de la tarde, puntual como un reloj, Silvia aparece en el jardín y se sienta en la hamaca de al lado de la mía. La miro y me percato de que tiene un ligero rubor e hinchazón en el pómulo izquierdo.

–  ¿Qué cojones te ha pasado? – Le pregunto preocupado.

–  No es nada, no te preocupes. – Me contesta quitándole importancia. – Siento haberte dejado solo toda la mañana, pero tenía que encargarme de un asunto. ¿Ha ido todo bien por aquí?

–  Dímelo tú.

–  ¿A qué te refieres? – Me pregunta.

–  A lo de anoche. – Le contesto. – Tu padre y Alan nos vieron tirados en las escaleras y yo ni siquiera sé qué está pasando por tu cabeza…

Me calla con un beso y yo me dejo callar hasta que me doy cuenta de dónde estamos y la aparto con suavidad pero con una sonrisa en los labios.

–  Relájate. – Me ordena. – Si te sientes mejor, haremos como si lo de anoche no hubiera pasado nunca.

–  ¡Cómo si pudiera hacer eso! – Le contesto sonriendo. – Solo necesito que me asegures que todo está bien, Silvia.

–  Todo está bien, para mí sigues siendo un gruñón con el que pienso seguir discutiendo por todo y estoy segura de que tú también lo crees, ¿verdad? – Me dice con naturalidad. – Venga, vamos a comer o cuando lleguemos Alan se lo habrá comido todo. – Debe de notar mi gesto de disgusto porque me pregunta escudriñándome con la mirada: – ¿Te pasa algo con Alan?

–  Nada, ¿por qué? – Miento.

Silvia se encoge de hombros y yo me encamino hacia a la cocina junto a ella para evitar seguir con esta conversación.

Comemos con Alan, pero él y Silvia no se dirigen la palabra. Me siento incómodo observando cómo se fulminan con la mirada y disimulan cuando me miran a mí. Por la tarde, Silvia y yo decidimos continuar con la organización de la operación y, como era de esperar, volvemos a discutir una y otra vez. Y eso mismo es lo que estamos haciendo cuando Alejandro entra en el salón y nos dice:

–  ¿Es que sólo dejáis de discutir cuando estáis borrachos?

–  Papá, no es asunto tuyo. – Le contesta Silvia con firmeza. – He dejado el informe de esta mañana sobre la mesa de tu despacho, no me puedo creer que me hayas llamado a mí para esto, se tendría que haber encargado Alan.

–  Mira, no sé lo que está pasando ni quiero saberlo. – Le dice Alejandro a su hija. – Pero no quiero que me metáis ni a mí ni a nada que tenga que ver con la agencia en medio de vuestros asuntos. Y eso también va por vosotros dos.

No sé qué decir, así que me limito a callar. Alejandro es un hombre que impone, pero su hija no lo debe de ver así porque le dice:

–  Entonces, encárgate de hacerle saber a Alan que no puede utilizar a mis agentes para seguirme a donde quiera que vaya.

¿Qué? ¿Ese idiota nos había puesto vigilancia toda la noche? ¡Joder, que lo hicimos en su local, en una terraza al aire libre!

Alejandro frunce el ceño y, antes de marcharse, le dice a su hija:

–  Ya me he encargado de eso.

Silvia resopla y Alejandro sale del salón. Me quedo mirando a Silvia esperando una explicación que no llega, así que le pregunto directamente:

–  ¿De qué estabas hablando? ¿Ese idiota nos ha estado vigilando toda la noche?

–  No te preocupes, ya me he encargado de todo y no hay ni una sola imagen o vídeo que dé a entender lo que pasó anoche. – Me responde.

–  Entonces, ¿por qué lo ha hecho?

–  El muy idiota salió a cenar con la compañera de Abel y se encargó de tenernos vigilados para que no nos encontráramos.

–  ¿La compañera de Abel?

–  Lucía Morales. – Me aclara. – Es compañera de Abel en una agencia americana. Siempre ha ido detrás de Alan y yo nunca le he caído bien.

–  ¿Qué es lo que te molesta? – Le pregunto arqueando una ceja.

¿Estaba celosa de esa tal Lucía porque había ido a cenar con Alan?

–  Me molesta que Alan me haya mentido, me molesta que haya salido con ella y me molesta aún más que la muy imbécil haya corrido a contárselo todo a Abel.

–  ¿Por qué tienes el pómulo hinchado, Silvia? – Le pregunto con impaciencia.

–  Me he peleado un poquito con Lucía. – Me confiesa con cara de no haber roto nunca un plato.

En ese momento, Alan irrumpe en el salón y, gritando, le pregunta a Silvia:

–  ¿Se puede saber qué le has hecho a Lucía? Acabo de estar con ella en el hospital, Silvia.

Silvia pone los ojos en blanco y dice con indiferencia:

–  Demasiado teatral, para mi gusto. Y, si tanto te molesta lo que he hecho, la próxima vez que quedes con ella asegúrate de que no hablas de mí.

–  ¡Joder, Silvia! ¿Se puede saber qué te pasa?

–  ¡Qué te pasa a ti! – Le increpa furiosa. – ¿Desde cuándo necesito tu visto bueno para acostarme con alguien? ¿Desde cuándo me lo reprochas?

–  Acabas de reconocerlo, te has acostado con él. – Dice Alan mirándome ¿sonriendo? No entiendo nada. – Lo siento pequeña, ya me conoces. – Añade sonriendo abiertamente y, tras darle un beso en la frente, se marcha escaleras arriba.

Silvia me mira y, con la culpabilidad en el rostro, me dice con un hilo de voz:

–  Lo siento, se me ha escapado.

Yo le sonrío y le respondo:

–  Creo que Alan ya lo sabía, solo quería escuchártelo decir a ti. Lo que no entiendo es lo de los reproches, ¿hay algo que quieras contarme?

–  Alan es un mujeriego y, tras un pequeño percance, le dije que nada de buscar sexo en el trabajo, aquello de donde tengas la olla no metas la polla. – Me explica. – Su reproche es porque yo puse esa regla y precisamente yo soy la que se la ha saltado.

–  Muñeca, las reglas están para saltárselas. – Le susurro al oído.

–  No. Deja de hacer eso. – Me dice con seriedad. – Anoche nos lo pasamos bien, pero debemos centrarnos en lo importante.

Como si pudiera centrarme en otra cosa que no fuera ella. Alejandro entra en ese momento al salón y nos hace pasar al comedor. Dos minutos después aparece Alan y se sienta a la mesa con nosotros. La cena transcurre con normalidad, hablamos de Lety y de su prolongación de las vacaciones para pasar unos días más con Daniel, de cómo llevamos la organización de la operación y de lo bien atado que lo tenemos todo.

Silvia se muestra entusiasta con todo lo relacionado con la operación y mi padre está encantado con su entusiasmo y yo me alegro de que esté contenta, necesito tenerla a mi lado el máximo tiempo posible.

4 pensamientos en “Cállame con un beso 21.

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