Cállame con un beso 2.

Cállame con un beso

MIGUEL.

Tras pasar la mañana con mi hermano Daniel en el campo de entrenamiento, un terreno de 100 hectáreas de montaña, bosque y río, decidimos regresar a casa y darnos una ducha antes de comer. Mi padre llevaba un par de días muy raro y esta mañana nos ha dicho que tenía planes para comer, que no le esperásemos.

–  ¿Crees que se ha echado novia? – Me pregunta mi hermano Daniel divertido. – La verdad es que no me importaría, pero me resultaría un poco raro. ¿Papá con novia? Siendo tan gruñón como lo eres tú, me cuesta creer que alguien le aguante más de una semana.

–  No seas ridículo, Daniel. Papá está demasiado ocupado para andar ligando a su edad, creo que se trata de algo sobre la agencia y nos lo está tratando de ocultar. – Le contesto. – Aunque todavía no tengo pruebas que lo demuestren.

–  ¿Todavía? – Me pregunta Daniel alzando una ceja. – ¿Qué te traes entre manos?

–  He escuchado a papá hablando por teléfono esta mañana con Aurora. – Le explico. – Le dijo que tenía que ocuparse de un asunto y que estaría en el restaurante del hotel Amanecer si necesitaban localizarle.

–  ¿Y qué piensas hacer? ¿Vas a presentarte allí y ver con quién ha quedado? – Me pregunta mi muerto de la risa. – Papá ya es mayorcito, deja que haga su vida.

Me dirijo a mi habitación sin contestar a mi hermano, si no quiere tener nada que ver con esto, mejor que no sepa nada.

Me doy una ducha y media hora más tarde estoy aparcando el coche en el hotel Amanecer. El coche de mi padre está en el aparcamiento y Thor, el guardaespaldas y sombra de mi padre, está dentro del coche esperándole. Si se tratara de un asunto relacionado con la agencia, Thor estaría con él. ¿Tendrá mi hermano razón y estará con una amante? Decido entrar en el hotel y reservar un par de habitaciones para el sábado por la noche con la excusa de echar un vistazo a través de los cristales del restaurante y poder comprobar con quién está mi padre.

La recepcionista me atiende con una sonrisa en los labios, no es la primera vez que vengo a este hotel y me conoce. Como el hotel está en el centro de la ciudad, a veces mi hermano y yo nos quedamos aquí cuando salimos de fiesta, así no tenemos que ir hasta a casa, que está a las afueras de la ciudad.

–  ¿En qué puedo ayudarle, señor de la Vega? – Me dice la recepcionista con voz dulce. – Si viene buscando a su padre, está en el restaurante con una señorita.

–  ¿Con una señorita? – Le pregunto sorprendido. ¿Sabe usted quién es esa señorita? – Le pregunto mostrando todo mi carisma para engatusarla.

–  No sé su nombre, pero se hospeda aquí con otra chica, que es a nombre de quién reservó la habitación. – Teclea en el ordenador y, tres segundos después, añade: – La reserva está hecha a nombre de la señorita Leticia Vargas, reservaron la suite presidencial y la tienen pagada por dos semanas, aunque han avisado que su estancia se puede prolongar más de lo previsto.

Echo un vistazo a través de los cristales del restaurante y observo a mi padre sentado en una mesa de espaldas a mí y frente a una chica joven de pelo rubio, que parece no estar de acuerdo con lo que sea que le esté diciendo mi padre. ¿Quién se supone que es? Me vuelvo hacia la recepcionista y, tras guiñarle un ojo y sonreírle, le susurro:

–  Preciosa, no le digas a mi padre que he estado aquí y reserva la habitación más cercana a la suite presidencial que tengáis libre. – La recepcionista asiente y me sonríe, no ha sido difícil de convencer.

Salgo del hotel y me dirijo hacia el coche sin que Thor logre verme. Una vez a salvo de ser descubierto, llamo a Pedro, uno de los mejores agentes que tenemos y uno de mis mejores amigos.

–  Pedro, necesito que entres en la base de datos y me digas qué encuentras con el nombre de Leticia Vargas. – Le digo en cuanto descuelga. – ¿Hay algo?

–  Sí, hay algo. – Me responde tras suspirar. – Pero el expediente es confidencial y no tenemos acceso, ¿qué es lo que quieres saber de ella?

–  Lo que sea, pero no preguntes por ahí, necesito que mantengas esto en secreto. Cuando encuentres algo, llámame.

–  Lo haré, pero no creo que pueda encontrar nada, el expediente está totalmente sellado y, por lo que puedo ver, solo dos personas en todo el mundo tienen acceso a él.

–  ¿Puedes averiguar quiénes son esas dos personas?

–  Puedo intentarlo, pero no te prometo nada. – Me advierte. – Nunca he visto un expediente tan sellado como el de la tal Leticia Vargas. Bueno sí, el expediente de Alejandro Torres, el amigo de tu padre, pero ese es el pez más gordo del océano.

–  Llámame cuando tengas algo, Pedro. – Le digo antes de colgar.

Arranco el coche y decido regresar a casa.

 

SILVIA.

Durante el primer plato, Fernando se muestra correcto y educado, preguntando cómo me va la vida, qué tal está mi padre y siendo más cordial de lo necesario. Pero cuando nos traen el segundo plato ya no aguanto más y, mirándole a los ojos, le digo:

–  Supongo que no me has hecho venir aquí para preguntarme cómo me van las cosas, ¿verdad, Fernando?

–  Directa al grano, como siempre. – Me dice Fernando riendo. – Pero tienes razón, no te he hecho venir aquí para preguntarte eso. De hecho, creo que tu padre ya te ha contado algo, ¿no es así?

–  Sí y, para serte sincera, no me ha gustado nada de lo que me ha contado. – Le confieso. – Pero quiero que tú me aclares qué quieres exactamente que haga. Será mejor que empieces por el principio, ¿por qué sospechas que tienes un topo en la agencia?

–  En la última misión, todo salió mal. Parecía que nuestros enemigos iban un paso por delante de nosotros e incluso perdimos a uno de nuestros hombres infiltrados. – Empieza a contarme con la preocupación en el rostro. – La infiltración iba perfectamente, estábamos consiguiendo muy buena información y nadie sospechaba nada, pero de repente lo ejecutaron. Ni siquiera él lo pudo intuir. Todos creen que lo descubrieron y le mataron, pero mi intuición me dice que no había forma de descubrirlo a menos que alguien le delatara.

–  ¿Qué se supone que quieres que haga? – Le pregunto. – ¿De verdad quieres que investigue a tus hombres y a espaldas de tus hijos? Si lo que sospechas es cierto, deberían estar prevenidos.

–  De momento, no quiero meter a mis hijos en esto, al menos hasta que pueda confirmarlo. No merece la pena que les preocupe por algo de lo que no estoy seguro.

–  Fernando, ¿eso es todo? – Le inquiero. Sé que hay algo que me oculta. Él asiente con la cabeza y mi paciencia empieza a agotarse. – Fernando, si estoy aquí es porque tú me lo has pedido, pero si no me lo cuentas todo me temo que voy a ser de poca ayuda.

–  Sabes todo lo que tienes que saber, Silvia.

–  Fernando, voy a hacer esto por el aprecio que te tengo, pero voy a trabajar incómoda. – Le informo. – Investigaré a tus agentes, excepto a tus hijos. Dudo que puedas sospechar de ellos y a mí no me parece correcto investigarles. Si mi padre me hiciera algo así, me pondría furiosa. También necesitaré todos los informes de la misión de la que me has hablado y sobre el agente infiltrado que mataron. Dile a tu secretaria que me los envíe por correo electrónico y los leeré esta tarde. Cuando lo haya leído te llamaré y volveremos a hablar. Entonces decidiremos cómo vamos a llevar todo esto. Si aceptas un consejo, yo pondría al corriente a tus hijos.

–  Cuando hayas leído los informes, lo hablamos de nuevo. – Me dice escurriendo el bulto. – Le diré a Aurora que te envíe todo lo que tenemos relacionado con el caso y esperaré tu llamada.

Después de la comida con Fernando, regreso a la suite del hotel donde Lety sigue tirada en el sofá leyendo una de sus novelas románticas.

–  ¿Qué tal te ha ido? – Me pregunta incorporándose en el sofá.

–  No muy bien, Fernando me oculta información y no me da buena espina. Por si fuera poco, sigue en sus trece de mantener a sus hijos al margen. – Le digo resignada. – Creo que Fernando sabe algo más o sospecha de alguien, pero no quiere decírmelo.

–  A lo mejor quiere una investigación con un punto de vista externo para confirmar sus sospechas y si él sospecha de antemano de alguien, su criterio no sería neutral.

–  No sé, quizás sea eso. – Le digo no muy convencida.

–  ¿Te apetece ir a la playa?

–  Ve tú, yo necesito echarme una siesta, pero después iré a darme un baño.

–  De acuerdo, luego nos vemos. – Me dice dándome un beso en la mejilla antes de salir de la suite.

Me meto en la cama y caigo profundamente dormida.

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