Cállame con un beso 18.

Cállame con un beso

SILVIA.

Después de dos semanas en Isla del Sol, Miguel y yo decidimos pasar por Ciudad de Perla a saludar a mi padre antes de regresar a Ciudad del Cielo.

Miguel y yo como compañeros formamos un buen equipo, al menos en las tareas de oficina, ya veremos cómo se nos da en el campo de batalla y fingiendo ser un matrimonio. Nuestra relación ha mejorado bastante, seguimos discutiendo con frecuencia, pero poco rato más tarde se nos olvida y volvemos a nuestra peculiar normalidad.

–  ¡Pequeña, qué sorpresa! – Exclama Alan en cuanto me ve y corre a abrazarme.

Por el rabillo del ojo veo como Miguel resopla y pone mala cara aunque intenta disimular sin éxito. A pesar de ello y con toda la malicia femenina, me dejo abrazar y besar por Alan. Cuando por fin nos separamos, Miguel le estrecha la mano educadamente, pero sin demasiado entusiasmo.

–  Parece que le tienes cabreado, ¿qué le has hecho esta vez? – Me pregunta Alan en un susurro para que solo yo pueda oírle.

–  Nada. – Le contesto sonriendo.

Entramos en casa y mi padre sale de su despacho con cara de pocos amigos. Me mira a mí, después mira a Miguel y, finalmente, vuelve a mirarme a mí antes de preguntar:

–  Si no os habéis matado el uno al otro, ¿por qué estáis aquí?

–  Nosotros también nos alegramos de verte, papá. – Le digo a modo de respuesta. – Necesito coger ropa de abrigo y, de paso, hemos venido a verte. Nos quedaremos un par de días por aquí antes de regresar a Ciudad del Cielo.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunta mi padre a Miguel. ¿No se fía de mí o qué?

–  Queremos dejarnos ver durante una temporada por Alemania, creemos que es lo mejor antes de infiltrarnos en Moscú. – Le explica Miguel. – Viajaremos a Kiel desde Ciudad del Cielo y hemos pensado en pasar a saludarte ahora que tenemos tiempo.

Mi padre nos mira de arriba abajo a los dos. Cuando comprueba que ninguno de los dos está herido y que probablemente decimos la verdad, me dice sonriendo:

–  Enséñale las habitaciones de invitados a Miguel para que escoja la que más le guste. Me gustaría acompañaros esta noche, pero tengo que ir a una cena benéfica.

–  Entonces aprovecharé que no estarás esta noche para salir a cenar con Miguel y enseñarle la vida nocturna en nuestra ciudad. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  Alan, ¿irás con ellos? – Le pregunta mi padre.

–  Lo cierto es que no me han invitado. – Le responde Alan a mi padre. – Pero ya tengo planes para esta noche, Alejandro.

Mi padre nos mira de nuevo a Miguel y a mí y, antes de salir a toda prisa hacia a su habitación para cambiarse de ropa e ir a la cena benéfica, nos dice:

–  No creo que sea una buena idea que salgáis los dos solos por ahí, pero ya sois mayorcitos para actuar con responsabilidad y afrontar las consecuencias de vuestros actos.

–  ¿A qué ha venido eso? – Le pregunto a Alan en cuanto mi padre desaparece.

–  Cree que os vais a matar el uno al otro y pretende que yo haga de árbitro. – Me explica Alan.

–  Por cierto, ¿con quién has quedado esta noche? ¿Tienes una nueva amiga y no me dices nada? ¿Qué clase de relación tenemos? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Pequeña, desde que eres la señora Hoffman, nuestra relación se ha enfriado. – Me responde mirando de reojo a Miguel. Él también se ha dado cuenta de su gesto de disgusto cuando ambos nos tocamos o hablamos de intimidades. – Pero, si el señor Hoffman no te hace feliz y te divorcias, ya sabes en qué habitación encontrarme, pequeña.

Uff. Ahí se ha pasado. ¿Cómo se le ocurre decir eso? Le lanzo una mirada de reproche a Alan sin que Miguel se dé cuenta y, sorprendiéndome, Miguel le dice a Alan:

–  No te preocupes, aún no es la señora Hoffman y solo lo será por poco tiempo.

Alan y yo cruzamos una mirada, Miguel está furioso. Alan decide no decir nada más y, dedicándome una sonrisa pícara, desaparece.

Después de enseñarle a Miguel todas las habitaciones libres, decide quedarse con la habitación de invitados que está junto a mi habitación. Nos damos una ducha en nuestras respectivas habitaciones y, una hora más tarde, cuando bajo al salón, me lo encuentro charlando alegremente con Samuel, uno de nuestros agentes.

–  ¡Samuel! – Exclamo al verle. – ¿Qué haces tú por aquí?

–  En cuanto tu padre me ha dicho que estabas en casa, se me ha ocurrido venir a verte. – Me contesta al mismo tiempo que me abraza. – Echo de menos nuestras discusiones.

Samuel, sin pretenderlo, acaba de meter el dedo en la llaga. Miguel me mira arqueando una ceja, aunque no parece de muy buen humor…

–  ¿He dicho algo que no debía? – Nos pregunta Samuel mirándonos a Miguel y a mí.

–  Por lo visto, Silvia acostumbra a discutir con todo el mundo. – Musita Miguel ¿molesto?

–  ¿Con quién la has visto discutir? Que yo sepa, solo discute con Alan y conmigo. – Dice Samuel con naturalidad.

–  No le hagas caso, está en modo gruñón desde que hemos llegado. – Intento bromear con Samuel para relajar la tensión creada. – Creo que es el cambio de aires, no ha debido de sentarle nada bien.

–  Ya entiendo. – Dice Samuel riendo a carcajadas.

–  ¿Qué cojones es lo que tú entiendes? – Le gruñe Miguel.

–  Relájate, tío. – Le dice Samuel. – Solo estábamos bromeando. – Me da un abrazo y se despide: – Me tengo que ir ya, pero si mañana por la noche sigues por aquí, recuerda que tú y yo tenemos algo pendiente que resolver. – Me guiña un ojo y añade: – Sé buena hasta entonces.

Samuel estrecha la mano de Miguel y se marcha. Miguel y yo nos quedamos a solas y, tras ver su cara de pocos amigos, le pregunto con voz dulce:

– ¿Te apetece salir a cenar?

–  Con la cantidad de amigos que tienes, ¿quieres pasar la noche en mi compañía?

–  Supongo que no será la mejor noche de nuestras vidas, pero puede que hasta nos lo pasemos bien. – Le digo bromeando, intentando que se relaje. – ¿Qué me dices?

–  ¿A dónde pretendes llevarme? – Me pregunta ya más relajado.

–  Primero a cenar, que estoy hambrienta. – Le contesto. – ¿Te gusta la cocina tailandesa?

–  Quiero sentarme en una silla y comer en la mesa como una persona normal. – Me responde. – Algo más occidental me gustaría más.

–  Entonces, nada de comida china o japonesa. – Sentencio. – Te voy a llevar al restaurante de unos amigos donde sirven comida nacional y de buena calidad. Eso sí, tendremos que cambiarnos de ropa porque así no nos dejarán entrar. – Añado echándonos un vistazo de arriba a abajo.

–  ¿Traje y corbata? No, ni de coña. – Me dice Miguel enfurruñado.

–  ¿Aún estáis aquí? – Nos pregunta Alan a punto de salir.

–  Estamos intentando ponernos de acuerdo para elegir restaurante, pero sin demasiado éxito. – Le explico poniendo los ojos en blanco. – ¿Alguna sugerencia?

–  ¿Por qué no vas a tu restaurante favorito? Si Miguel no quiere ir contigo yo estoy dispuesto a hacer un intercambio de parejas y dejar que Miguel se vaya con mi cita para yo poder cenar contigo. – Bromea Alan guiñándome un ojo.

–  Lárgate, anda. – Le digo a Alan riendo. – No hagas esperar a tu cita.

Alan se marcha y Miguel vuelve a estar enfurruñado. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Tiene miedo de que le cobren por sonreír o qué?

–  ¿Qué te apetece comer? – Le pregunto.

Miguel resopla, me mira y, finalmente, me dice:

–  ¿Por qué no me has ofrecido llevarme a tu restaurante favorito?

¡Maldito Alan! Maldigo para mis adentros. No me apetece explicarle que mi ex, con el que de vez en cuando me sigo viendo, es el propietario del restaurante. Pero me apetece menos ir allí, encontrarme a mi ex y que Miguel se entere por otra persona. ¿Qué le contesto?

–  Es un sitio pijo, no podemos ir así vestidos. – Logro contestar.

–  No te preocupes, si es tu restaurante favorito, estoy dispuesto a cambiarme de ropa. – Me contesta sonriendo. – ¿Traje y corbata?

Asiento con la cabeza y ambos regresamos a nuestras respectivas habitaciones para cambiarnos de ropa y ponernos elegantes. Me pongo un vestido rojo de noche cogido al cuello con un escote que me llega casi hasta el ombligo y unos zapatos rojos de tacón de aguja de más de diez centímetros. Me aliso el pelo con la plancha un poco y me maquillo un poco más. Media hora más tarde, salgo de mi habitación.

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