Cállame con un beso 16.

Cállame con un beso

SILVIA.

A la mañana siguiente, pensando en lo que ocurrió la noche anterior, me levanto y me pongo mi bikini más sexy, consciente de que con él puesto Miguel no podrá quitarme el ojo de encima. Me pongo una camiseta blanca de tirantes y unos shorts tejanos con mis sandalias planas de color blanco. Me cepillo el pelo y dejo mi larga melena rubia suelta, en plan salvaje.

Bajo a la cocina y ya están todos desayunando, vuelvo a ser la última en levantarme. Estoy a punto de dar los buenos días cuando Lety, apuntándome con su dedo índice, me interroga:

–  ¿Qué hiciste anoche?

Miro a Miguel buscando una explicación, pero él se encoge de hombros y ladea la cabeza, no sabe qué le pasa a Lety. Vuelvo la vista hacia Lety y, tras servirme un vaso de zumo de melocotón y beber un trago, le digo con regocijo:

–  ¿Podría la fiscalía decirle al acusado el motivo por el cual se le interroga?

–  ¡No te hagas la tonta! – Me espeta Lety furiosa. – He visto las cervezas en la nevera. ¿Fuiste a ver a Lorenzo y no nos dijiste nada?

–  Estabais ocupados, no queríamos molestar. – Me excuso.

–  ¿Fuiste con Miguel? – Me pregunta sorprendida. – Eso explica su arañazo en el cuello.

–  ¿Qué? – Pregunto aturdida. Me acerco a Miguel y veo un arañazo que va desde su cuello y se pierde en el tejido de su camiseta. Me pongo pálida.

–  No es nada, en el camino de vuelta me arañé con una rama sin darme cuenta. – Dice Miguel.

Pero yo sé que no es verdad, se lo hice yo cuando intentó besarme la segunda vez en la cueva. Intentando recomponerme, me siento en uno de los taburetes y bebo otro trago de mi vaso de zumo.

–  ¿Crees que Lorenzo dejará entrar a Daniel si voy con él? – Me pregunta Lety.

–  Dile que es el hermano de Miguel y seguro que le dejará entrar. – Le respondo. – Por algún extraño motivo, a Lorenzo le cae bien Miguel.

–  ¡Pero si a Lorenzo no le cae bien nadie! – Exclama Lety. – Bueno, tú sí, pero nadie más.

–  Pues parece que Miguel sí. – Le repito.

–  Eso dice ella, pero lo cierto es que me amenazó. – Les cuenta Miguel.

–  Lorenzo ignora a todos mis acompañantes, tú eres el único con el que se ha dignado a dirigir una palabra y te ha regalado cuatro cervezas. – Le digo a Miguel. – Créeme, le caes bien.

–  ¿De qué coño estáis hablando? – Nos pregunta Daniel molesto por no entender nada.

Lety se lo explica todo mientras Miguel y yo nos miramos y evitamos al mismo tiempo. Estoy dando el último trago a mi zumo cuando veo que Lety y Daniel se besan y casi me atraganto. Todos se vuelven a mirarme y, tras volver a respirar con normalidad, le digo a Lety:

–  Es increíble, me has sometido a un tercer grado porque he ido a ver a Lorenzo y tú te estás morreando con Daniel y no me has dicho nada.

Ambos se ponen colorados, creo que ni siquiera se habían dado cuenta que Miguel y yo seguíamos en la cocina con ellos.

–  Yo no quiero saberlo. – Dice Miguel levantándose y saliendo al jardín por la puerta de la cocina con la toalla de la piscina colgada del hombro. – Me voy a dar un baño.

–  ¿Qué le pasa? – Me pregunta Daniel cuando su hermano desaparece. – Lleva rarísimo toda la mañana y cuando le hemos visto el arañazo pensábamos que os habíais peleado, pero cuando has bajado y parecíais normales…

–  Déjalo, Daniel. – Le corta Lety. – Creo que no lo estás arreglando.

–  Vamos a llegar a un acuerdo. – Les digo sin opción a negociación. – Vosotros no os metéis en mis asuntos y yo no me meto en los vuestros. – Les miro esperando a que asientan y, cuando lo hacen, añado con voz más suave: – La nevera del garaje está llena de cervezas de Lorenzo, coged las que queráis, coged el coche e iros a la playa un rato. Nos vemos a la hora de comer.

Ambos desaparecen de mi vista de inmediato y yo salgo al jardín en busca de Miguel, que está nadando en la piscina. Me dirijo hacia él y, cuando llego, Miguel ha salido de la piscina y se está tumbando en la hamaca.

–  ¿Te importa si te acompaño? – Le pregunto con naturalidad.

–  ¿De verdad te fías de mí? – Me pregunta burlonamente. – Después de lo de anoche, creía que hoy me echarías de tu casa nada más despertarte.

–  Fue una noche entretenida, nada más. – Le digo quitándole importancia a lo que ocurrió. – Siento lo del arañazo, no pretendía…

–  No lo sientas, me lo merecí. – Me interrumpe.

–  Miguel, si te cierras en banda no adelantamos nada. – Le digo sentándome en la hamaca de al lado donde él está sentado. – ¿Podemos seguir con la tregua? Discutimos todo el tiempo y eso no lo vamos a poder remediar, pero deberemos tomarnos las discusiones de otra manera. Por ejemplo, cuando te enfadas con tu hermano. – Le digo. – Supongo que discutirás a menudo con él pero luego esas discusiones no quedan en nada, ¿no?

–  ¿Quieres que tengamos una relación de hermanos? – Me pregunta con sarcasmo.

–  En lo que a discusiones se refiere, sí. – Le aseguro. – Si en una semana no somos capaces de superar todo esto, no me infiltraré contigo. Si esto no funciona, no me costará trabajo convencer a Fernando para infiltrarme con otra persona o que lo hagas tú con alguno de tus agentes.

–  ¿Qué me estás queriendo decir?

–  Te digo que, si no somos capaces de convivir en una situación normal y favorecedora, mucho menos vamos a ser capaces de infiltrarnos como una maldita pareja. Y, si es así, no tiene sentido que ambos estemos perdiendo el tiempo.

–  ¡Joder, Silvia! – Exclama. – ¿Te crees que esta situación es fácil para mí? Me estoy volviendo loco, a veces quiero matarte y otras solo besarte. Discutimos y luego nos reímos juntos. Me acabo de enterar de que mi hermano y Lety están juntos. Y, por si fuera poco, ayer me comporté como un ser primitivo contigo, te eché la culpa a ti y encima eres tú la que viene a hablar conmigo porque yo…

Esta vez soy yo quien le calla con un beso. Él se queda quieto, sin saber qué hacer. Despego mis labios de los suyos y, sonriendo burlonamente, le digo:

–  Hablas demasiado, cielo.

Me quito la camiseta y los shorts y, con mi mini bikini sexy, me tiro a la piscina. Sin poder verle, sé que Miguel tiene los ojos clavados en mí. Tras un breve chapuzón, regreso junto a Miguel y me tumbo en la hamaca. Él se ha puesto las gafas de sol, pero su gesto al recolocarse el bañador en la zona de la entrepierna le delata.

–  Si vas a tomarte la libertad de besarme para callarme, yo también haré lo mismo, cielo. – Me dice imitando mi apelativo.

–  Me parece justo. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Dónde están Daniel y Lety?

–  Tengo una nevera en el garaje llena de cervezas de Lorenzo, les dije que podían coger las que quisieran y que se fueran un rato a la playa. – Le contesto divertida. – Volverán a la hora de comer.

–  ¿Les has echado? – Me pregunta divertido.

–  Les he invitado a irse a dar una vuelta y les he dado todas las comodidades posibles, no se puede decir que los he echado. – Me defiendo. – Además, no me has dejado otra opción, Daniel me ha dicho que estabas muy raro y he tenido que amenazarles para que dejaran de interrogarme.

–  Estaba preocupado, no creía que te lo fueras a tomar tan bien.

–  Estamos juntos en esto, no creo que sea tan difícil tener que soportarnos durante una temporada. – Le digo bromeando. – Deberíamos empezar a organizar la operación, mientras antes empecemos con todo esto, antes acabaremos.

–  Mañana empezaremos, nos merecemos un día para disfrutar de la tregua. – Me dice sonriendo.

Y eso es lo que hacemos. Pasamos el día en la piscina y por la tarde se unen Daniel y Lety, felices tras, por lo que deduzco en sus caras, una dosis de buen sexo. Miguel y yo nos miramos y sonreímos, empezamos a entendernos con la mirada y eso me gusta.

Después de cenar, Lety y Daniel suben a la habitación con algunas cervezas de Lorenzo y Miguel y yo volvemos a sonreír al verles. Nosotros, en lugar de beber cerveza, decidimos salir al jardín y fumarnos unos cigarrillos de hierba de mi pequeña plantación en la villa.

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