Cállame con un beso 14.

Cállame con un beso

SILVIA.

Los días en Isla del Sol van pasando y mi relación con Miguel no ha mejorado en absoluto desde que llegamos. Nos comportamos como si el otro no existiera. Apenas nos dirigimos la palabra y cuando lo hacemos es porque Lety y Daniel están delante y no queremos preocuparles más de lo que ya están.

Lety, cansada de ver cómo nos rehuimos, decide tomar cartas en el asunto durante la cena:

–  Es sábado por la noche, podríamos ir a tomar una copa al pueblo, ¿no os parece?

Una hora más tarde, estamos en un chill-out de la playa donde Lety y yo venimos siempre a bailar. Decidida a atraer la atención de Miguel, me he puesto un sencillo vestido ibicenco de tirantes que me queda muy favorecedor y unas sandalias blancas con un tacón de diez centímetros. El efecto causado en Miguel ha sido el esperado, desde que hemos llegado al chill-out no se ha separado de mí y ha fulminado con la mirada a todos los lugareños que se han acercado a saludarme.

Como era de esperar, Daniel y Lety nos abandonan para ir a la pista a bailar y Miguel y yo volvemos a quedarnos a solas. Bebo un trago de mi copa y, mientras la poso sobre la mesa para encenderme un cigarrillo, Miguel me dice:

–  Silvia, ¿piensas seguir ignorándome toda la noche igual que lo has hecho los últimos días?

–  Yo podría preguntarte lo mismo.

–  Se supone que estamos aquí para conocernos mejor y poder infiltrarnos juntos. – Lo vuelve a intentar de nuevo. – Al menos, dime por qué estás así conmigo.

–  ¿En serio necesitas que te lo diga? – Le pregunto furiosa. – Porque, si es así, no sé cómo tu padre te permite dirigir un tercio de su agencia.

–  Es por lo del faro, ¿verdad? – Me arriesgo a decir.

–  Es por todo. Si te digo la verdad, aún me estoy preguntando que pinto yo en todo esto. – Le confieso con desgana. – Si saben que nos pasamos la mayor parte del tiempo discutiendo, ¿por qué quieren que nos infiltremos juntos? ¡Si ni siquiera nos soportamos!

–  Lo hacen porque confían en que somos capaces de hacerlo y nosotros no les vamos a decepcionar, muñeca. – Me dice sonriendo. – Por cierto, me pediste que te recordara que debías hacerle una visita a Lorenzo, ¿está por aquí?

–  ¿Quieres que vayamos a saludar a Lorenzo? – Le pregunto sonriendo.

–  Tengo curiosidad por conocerle, siempre sonríes cuando lo mencionas.

Lo que acaba de decir me hace sonreír, no sé quién se creerá que es Lorenzo, pero estoy segura de que se equivoca totalmente y no pienso sacarlo de su error, ya se dará cuenta cuando se lo presente.

Tras despedirnos rápidamente de Lety y Daniel, les digo que nos llevamos el coche y que llamen a Jack para que les venga a buscar cuando quieran regresar a casa. Lety me mira con preocupación, pero le sonrío y ella se relaja. No le digo donde vamos, de lo contrario también querrá venir con Daniel.

Una vez dentro del coche, conduzco hasta la otra parte de la isla y nos pasamos todo el trayecto en silencio. Creo que nos da miedo hablar y romper el momento de paz que hay entre nosotros después de tantos días de guerra. Cojo el desvío del camino de tierra y Miguel me pregunta:

–  ¿Estás segura de que es por aquí?

–  Si vamos a infiltrarnos juntos, deberás tener un poco más de confianza en mí. – Le sugiero sonriendo divertida. – No te preocupes, conozco esta isla como la palma de mi mano.

Aparco el coche en una explanada que hay al final del camino de tierra y bajo de él al mismo tiempo que le digo a Miguel sin dejar de sonreír:

–  Ya hemos llegado.

Miguel sale del coche y observa todo lo que hay a su alrededor. Cuando se percata de que estamos en mitad de una montaña a punto de internarnos en el bosque, me pregunta:

–  ¿Quieres matarme y enterrar aquí mi cadáver?

–  Jamás haría eso, quiero demasiado a tu padre para matar a su primogénito. – Le respondo. – Pero hay veces que no me faltan ganas.

–  Eso hace que me sienta más tranquilo. – Bromea.

Cojo una bolsa de playa del maletero donde llevo siempre un par de toallas y una muda de ropa limpia por lo que pueda pasar y me pregunta:

–  ¿A dónde vas con eso?

–  Deja de hacer preguntas y confía en mí. – Le respondo sonriendo. – Ahora lo descubrirás.

Miguel me devuelve la sonrisa y yo me derrito. ¿Qué tiene este hombre para sacarme de quicio y a la vez derretirme con tan solo una sonrisa? Misterios de la vida.

Miguel coge mi bolsa de playa y caminamos a través de un estrecho camino entre árboles y plantas y Miguel saca su móvil del bolsillo para alumbrar el estrecho camino. Llegamos a un pequeño recinto vallado y aprieto el botón del interfono.

–  ¿Quién anda ahí a estas horas? – Escucho la voz de Lorenzo a través del interfono.

–  Lorenzo, soy Silvia. – Le respondo. – ¿Puedes abrirme?

–  ¡Silvia, qué sorpresa! – Me contesta al mismo tiempo que la puerta de la verja se abre. Caminamos unos metros más hasta que logro identificar la silueta de Lorenzo a escasos metros en frente nuestro y él, que también me ve, me abraza y exclama: – Creía que te habías ido de la isla sin venir a verme.

–  Tuve que irme inesperadamente, pero he vuelto para quedarme unos días. – Le respondo sonriendo.

Lorenzo, que se acaba de dar cuenta de la presencia de Miguel, me dice sin dejar de mirarle:

–  Vaya, veo que vienes muy bien acompañada. ¿Quién es este muchacho?

–  Lorenzo, te presento a mi amigo Miguel. – Le digo sin dejar de sonreír. – No te preocupes, es de confianza.

Al decir eso, Miguel me sonríe con dulzura y yo me derrito aún más. Lorenzo le tiende la mano y Miguel se la estrecha con firmeza.

–  Encantado de conocerle, Lorenzo. – Le dice Miguel.

–  Lo mismo digo, muchacho. – Le responde Lorenzo sonriendo. – Debes de ser un amigo muy especial para Silvia si te ha traído aquí.

Miguel me mira esperando una explicación, pero yo no se la voy a dar. En lugar de eso, le sonrío y, volviéndome hacia a Lorenzo, le digo:

–  Sé que es muy tarde y que hemos venido sin avisar pero tienes…

–  Coge lo que quieras, princesa. – Me responde amablemente – Estás en tu casa.

Le sonrío a modo de agradecimiento y entro en la pequeña cabaña de Lorenzo, abro la nevera y saco una botella de champagne, Lorenzo siempre las guarda para cuando yo vengo. Cojo un par de copas de cristal y lo meto todo con cuidado en una bolsa de plástico para después meterla en la bolsa de playa que Miguel se ha empeñado en llevar.

–  ¿Qué traes ahí? – Me pregunta divertido.

–  Muchacho, no hagas tantas preguntas. – Le responde Lorenzo. – Ya lo verás.

Me encojo de hombros y Miguel me sonríe. Esa sonrisa me está volviendo loca.

–  Princesa, llévate el walkie y una linterna, avísame si necesitáis algo, ¿de acuerdo? – Me dice Lorenzo entregándome un walkie. Lo cojo todo sin rechistar y añade: – Tened cuidado.

Tras despedirnos de Lorenzo, continuamos nuestro camino colina abajo, esta vez alumbrados por la potente linterna que Lorenzo nos ha prestado.

–  Muñeca, ¿no vas a decirme a dónde vamos? – Me pregunta Miguel divertido.

–  Vamos a una cueva subterránea de Isla del Sol, un lugar al que solo unos pocos privilegiados pueden acceder, Lorenzo es muy receloso con sus tierras. – Le respondo.

–  ¿Una cueva?

–  Cuando lo veas, lo entenderás. – Le contesto sin dejar de sonreír. – ¿Confías en mí?

–  Estoy en mitad de la nada, en una isla que no conozco y haciendo todo lo que me pides, ¿tú qué crees? – Me pregunta riendo. – De lo contrario, ni siquiera me hubiera subido al coche contigo.

Llegamos a la boca de la cueva y Miguel se detiene para comprobar la estabilidad de las milenarias paredes. Una vez se convence de que parece segura, me mira y me hace un gesto para que comencemos a adentrarnos en la cueva. Miguel lo observa todo con fascinación y me pregunta un montón de cosas hasta que llegamos donde yo quería. Frente a nosotros, aparece un lago subterráneo natural, con el agua tan cristalina que parece una piscina. Lorenzo ha encendido las tenues luces de alrededor del lago y Miguel se queda sin palabras, totalmente sorprendido, al ver la imagen.

–  ¿Es un lago de agua natural? – Consigue preguntarme después de un par de minutos.

–  Sí, el agua de lluvia y la humedad filtran a través de las rocas hasta que queda acumulada aquí. – Le explico tal y cómo Lorenzo me lo explicó a mí. – El agua se va renovando porque se va filtrando de nuevo entre las rocas hasta llegar al manantial donde nace uno de los ríos de la isla.

–  Este lugar es increíble, no parece real. – Me dice sin dejar de mirar hacia el lago.

Le cojo de la mano y le guío hasta la orilla, donde abro la bolsa de playa y saco las dos toallas para extenderlas y sentarnos sobre ellas. También saco la botella de champagne y las copas y veo que hay cuatro botellines de cerveza.

–  ¿De dónde ha salido esto? – Le pregunto alzando las cervezas.

–  Lorenzo se empeñó en dármelas. – Me contesta encogiéndose de hombros.

Le sonrío y meto la botella de champagne y dos botellines de cerveza bajo el agua entre las rocas para que se mantengan frías mientras le hago un gesto a Miguel para que se siente en una de las toallas.

2 pensamientos en “Cállame con un beso 14.

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