Cállame con un beso 1.

Cállame con un beso

SILVIA.

Me encanta esta isla. No tengo demasiadas vacaciones, pero cada vez que consigo juntar tres días libres aprovecho para escaparme e ir a Isla del Sol. Es el lugar perfecto para relajarme, ya sea en sus playas vírgenes, paseando por la selva, bañándome en los ríos o en los pequeños lagos subterráneos de las cuevas. Éste es el único lugar en el que me siento en casa.

Después de tomar el sol y darme un chapuzón en las aguas cristalinas de la paradisíaca playa, regreso a la villa donde Marisa, una de las cuidadoras de la casa, me espera nerviosa en el porche, haciéndome aspavientos con los brazos mientras yo aparco en la cochera.

–  ¿Qué ocurre, Marisa? – Le pregunto preocupada mientras me acerco a ella.

–  Señorita Torres, se ha dejado el teléfono móvil aquí y el señor Torres la ha estado llamando y, como no contestaba, ha llamado al teléfono fijo y he contestado…

–  ¿Qué quería, Marisa? – La interrumpo.

Marisa es una buena persona y una excelente ama de llaves de la villa, pero se pone histérica cuando alguien llama preguntando por mí y no me encuentra, sobre todo si el que llama es mi padre.

–  El señor Torres me ha pedido que le dijera que le llamara de inmediato, dice que se trata de algo importante. – Me responde con nerviosismo.

–  Gracias Marisa, ahora mismo le llamaré.

Entro en casa y subo las escaleras para dirigirme a mi habitación. Cojo el móvil que había olvidado sobre una de las mesillas de noche y compruebo las llamadas perdidas: veintitrés en total, dieciséis de mi padre y siete de Alan. Llamo a mi padre de inmediato, si tengo tantas llamadas perdidas en tan poco espacio de tiempo y estando de vacaciones (aunque solo sea una semana), es porque algo no va bien.

–  ¿Qué está pasando? – Le pregunto en cuanto mi padre descuelga el teléfono.

–  Silvia, menos mal que te localizo. – Me espeta aliviado. – Te he llamado un montón de veces, incluso le he pedido a Alan que te llamara por si no querías hablar conmigo…

–  Papá, empiezas a desesperarme como Marisa. – Le interrumpo desesperada. – ¿Se puede saber qué pasa?

–  Sé que estás de vacaciones y que si alguien se las merece esa eres tú, pero necesito que regreses a la ciudad. – Empieza a decirme mi padre. – Fernando necesita que le echemos un cable y tú eres la única capaz de poder ayudarle.

–  Supongo que no piensas decirme nada hasta que regrese, ¿verdad?

–  Lo siento, pero no quiero hablar de ello por teléfono. – Reconoce. – Alan está de camino en el jet y te traerá de vuelta. Te prometo que después de solucionar lo de Fernando te daré los días de vacaciones que quieras y no te molestaré.

–  No importa, papá. – Le contesto honestamente. – Fernando no es de los que piden ayuda a menos que de verdad la necesite. Te dejo, tengo que hacer las maletas.

–  Nos vemos en casa, Sil. – Me despide antes de colgar.

Mi padre vive en una inmensa mansión en Ciudad de Perla y, pese a que yo no paso allí más de un mes al año, mi padre se empeña en recordarme que su casa es mi casa y, en consecuencia, nuestra casa. Es una mansión preciosa, pero ese no es mi sitio, yo prefiero Isla del Sol.

Justo cuando termino de cerrar la última de mis maletas, Marisa aparece en mi habitación y, nerviosa como siempre, logra decirme:

–  Señorita Torres, el señor Vargas acaba de aterrizar con el jet en la pista.

–  Gracias Marisa y, por favor, llámame Silvia. – Le respondo con una sonrisa. – Te he dicho mil veces que no tienes que llamarme señorita Torres, solo Silvia.

–  De acuerdo, señorita Silvia.

–  Está bien, llámame cómo quieras. – Murmuro entre dientes. – Avisa a alguien para que baje mi equipaje y lo lleve al jet, me marcho esta misma tarde.

Marisa asintió y salió de mi habitación dispuesta a hacer lo que le había pedido y sin hacer preguntas, eso es lo que más me gusta de ella, nunca hace preguntas.

Cuando bajo las escaleras me encuentro con Alan en el hall, que me mira burlonamente con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa socarrona.

–  Pequeña, siento arruinarte tus vacaciones, pero he venido a por ti. – Me dice divertido.

Conozco a Alan desde que tengo uso de razón, nos hemos criado juntos y nos queremos como hermanos, de hecho, es el hermano mayor que siempre me hubiera gustado tener. Nos entendemos a la perfección, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo. Pero los hermanos también se pelean, ¿no? El padre de Alan era la mano derecha de mi padre y, Alan, igual que yo, fue criado y educado como un agente desde que nació. Sus padres murieron cuando él tenía quince años y mi padre se hizo con su custodia y con la de su hermana Lety, cosa que Alan sigue agradeciendo a día de hoy, trece años después.

–  Supongo que se trata de algo importante, ¿tú sabes algo? – Le pregunto al mismo tiempo que le doy un par de besos en la mejilla y un abrazo a modo de saludo.

–  Tu padre no ha querido darme detalles, solo sé que Fernando de la Vega le ha llamado porque necesita que le ayudemos en algún asunto, pero no sé de qué se trata. – Me responde sin poder esconder su tono de preocupación. – Lo único que puedo decirte es que ha pedido absoluta confidencialidad, por lo que deduzco que se trata de algo bastante delicado.

–  ¿Dónde y cuándo nos espera Fernando? – Pregunto sin demasiado interés.

–  Te espera mañana por la mañana en el aeropuerto de la sede de la Agencia de la Vega en Ciudad del Cielo, pero yo no voy a acompañarte, Fernando ha indicado expresamente que fueras tú la que se reuniera con él. ¿De verdad no sabes nada?

–  Ya te he dicho que no. – Respondo. – Vamos a la cocina a beber algo mientras cargan mi equipaje, estoy sedienta.

–  Sí vamos, yo también necesito beber algo. – Asiente Alan. Una vez en la cocina, saco un par de cervezas de la nevera y Alan me sugiere: – Puedes ir con mi hermana Lety, no creo que Fernando ponga objeción alguna.

–  ¿Es que no quieres venir conmigo? – Le pregunto haciéndome la ofendida.

–  Sabes que me encanta estar contigo, pero tu padre tiene otros planes para mí. – Me contesta divertido. – Te prometo que en cuanto pueda iré a verte. Tenemos que irnos ya, el jet ya estará listo y nosotros no tenemos tiempo que perder.

Tres horas más tarde, aterrizamos en el aeropuerto de Ciudad de Perla. Mi padre nos espera con Darek, su escolta personal y prácticamente su sombra, en un Hummer limusina de color negro.

–  Bonito coche, ¿me dejarás probarlo? – Le pregunto divertida a mi padre.

–  Olvídalo, no pienso dejarte mi coche nuevo. ¿Tengo que recordarte lo que hiciste con el último coche que te dejé?

Todos estallamos en carcajadas, todos excepto mi padre, a quién no le hizo nada de gracia que me cargara su recién estrenado coche de apenas una semana.

Darek conduce el Hummer hasta la enorme mansión de mi padre y yo me mantengo en silencio todo el trayecto hasta que entramos en el hall de la casa.

–  Papá, ¿pasamos a tu despacho?

–  Sí, vamos. – Me responde con voz calmada. Entramos en su despacho y me hace un gesto con la mano para que tome asiento. Le obedezco y espero pacientemente que continúe hablando: – Cómo te he dicho antes, he recibido una llamada de Fernando de la Vega y me ha pedido tu colaboración en un asunto bastante delicado y confidencial. Fernando cree que puede tener un topo en su agencia pero no ha querido alarmar a sus hijos, que están concentrados en una operación importante, así que ni siquiera ellos saben nada acerca de sus sospechas.

–  A ver si lo he entendido. – Le digo resoplando. Esto no va a acabar bien. – Fernando quiere que meta las narices en su agencia, en los expedientes de sus hombres y además quiere que lo haga a espaldas de sus hijos, los cuales no me conocen porque ni siquiera saben que existo. – Le miro desafiante y, sin apartar mis ojos de los suyos, le pregunto: – ¿De verdad crees que es una buena idea? ¿Qué pasará cuando sus hijos se enteren de que, además de que su padre les ha ocultado una seria sospecha que les pone en peligro, también hay una completa desconocida investigando a todos sus hombres y sin que ellos lo sepan ni lo hayan aprobado? ¿Puedes imaginar mi reacción si tú me hicieras lo mismo a mí?

–  Puede que no sea la situación idónea, pero es la que tenemos, Silvia. – Me contesta mi padre ignorando mi pregunta. – Fernando es consciente de que sus hijos se acabarán enterado tarde o temprano y que tendrá un problema con ellos, pero quiere seguir adelante.

–  Será una forma un tanto extraña de conocer a sus hijos. – Le replico. – Espero que luego no me reproches que no sea capaz de llevarme bien con ellos.

Justo cuando estoy a punto de salir del despacho, mi padre me dice:

–  Por cierto, ¿cuándo pensabas decirme que Abel te ha pedido que te cases con él?

–  No pensaba hacerlo. – Le confieso encogiéndome de hombros. – He rechazo su oferta y lo he dejado con él definitivamente.

–  ¿Te pide que te cases con él y le dejas?

–  Papá, le dejé muy claro desde el principio que no quería una relación seria, ambos nos pasamos la vida viajando, apenas nos vemos un par de veces al mes. ¿Qué clase de relación se puede tener con alguien a quién no ves?

–  Si de verdad estuvieras enamorada de él, eso no sería un problema para ti. – Concluye mi padre. – En cualquier caso, me alegro de que le hayas dicho que no a Abel, no es mal tipo, pero es demasiado serio y rígido, tú eres más alegre y espontánea.

Mi padre y yo nos echamos a reír. Abel es un buen tipo, pero como dice mi padre, es demasiado serio y correcto para mí y, si estuviera enamorada, la distancia no sería un problema.

Decido ir a buscar a Lety a su habitación y pedirle que me acompañe a Ciudad del Cielo, así podremos pasar más tiempo juntas y ponernos al día sobre los últimos acontecimientos.

 

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