Búscame 6.

Ana se dirigió al despacho de Nahuel y se sentó en uno de los sillones. Mientras esperaba a que Nahuel regresara, Ana se dedicó a imaginar lo que Nahuel le diría a continuación. No le había pasado por alto cómo le había agarrado por la cintura con posesión, cómo apretaba los puños cada vez que Parker le dedicaba una mirada o una sonrisa y cómo había dado por finalizada la reunión en cuanto Parker le había propuesto invitarla a comer. Ana pensó que Nahuel le recordaría una de las cláusulas de su contrato: estaba prohibido mantener cualquier tipo de relación sentimental y/o sexual con los clientes.

No tuvo que esperar mucho para descubrir la reacción de Nahuel. Entró en el despacho hecho una furia y cerró la puerta dando un portazo. Se sentó en su sillón tras la mesa de su despacho, miró a Ana con el ceño fruncido y, tras respirar profundamente, le dijo con tono imperativo:

—Mantente alejada de Parker.

— ¿Me lo dice como jefe o como amigo, señor Smith? —Le replicó Ana, a quién no le había gustado nada lo que había sucedido durante aquella reunión.

Ana le desafió con la mirada y Nahuel, tras resoplar y pasarse las manos por la cabeza con nerviosismo, le dijo suavizando su tono de voz:

—Te lo digo como jefe y como amigo. No están permitidas las relaciones de empleados con clientes, has firmado un contrato en el que te comprometes a cumplirlo —le recordó Nahuel—. Y, aunque no trabajaras en la Agencia, te diría lo mismo. Parker no goza de buena reputación en cuanto a las mujeres se refiere, Ana.

—No tengo ninguna intención de mantener ninguna relación sentimental con ningún cliente y mucho menos con uno que está casado y reconoce abiertamente que le es infiel a su esposa constantemente —le espetó Ana molesta.

—Conozco a Parker, Ana. Le has gustado en cuanto te ha visto y no es de los que aceptan un no por respuesta —le replicó Nahuel con el semblante serio—. Solo quiero que, si te molesta, no dudes en decírmelo, ¿de acuerdo? —Ana siguió de morros y con el ceño fruncido, así que Nahuel añadió para aclarar—: Ahora te estoy hablando como jefe, eso se lo diría a cualquier empleada que estuviera en tu situación.

—No te preocupes, serás el primero en saberlo —le contestó Ana.

A Nahuel no le pasó por alto que Ana seguía estando molesta, pero era necesario advertirla que las intenciones de Parker con ella no eran buenas. No tuvo el valor de reconocer ante Ana que además había sufrido un horrible ataque de celos cuándo Parker trataba de seducirla, eso era algo que primero tenía que asimilar. No podía engañarse a sí mismo: estaba celoso.

—Eso espero —murmuró Nahuel y, para relajar la tensión del ambiente, añadió—: Por cierto, has hecho un gran trabajo con Parker, para no saber nada apenas sobre nuestros servicios los vendes muy bien. ¿Cuándo crees que podrás tener listos los contratos de Parker?

—Hoy mismo los redactaré, te los entregaré antes de irme a casa para que los revises y, si todo te parece correcto, mañana mismo podrás llamar a Parker para que los firme —le aseguró Ana.

—Eso sería perfecto, le diré a Jason que se encargue del presupuesto, mientras antes empecemos con esto, antes lo terminaremos —convino Nahuel.

— ¿Jason? —Preguntó Ana con curiosidad.

—Jason Muller, mi socio y mejor amigo —le aclaró Nahuel—. Jason está fuera de la ciudad ocupándose de algunos asuntos, pero regresa mañana y lo podrás conocer. Él se encarga del departamento financiero.

—Pues me voy a mi despacho a redactar esos contratos —le dijo Ana poniéndose en pie.

—Ana, una cosa más —le dijo Nahuel antes de que se marchara. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: ¿Te apetece salir a almorzar conmigo más tarde?

—Búscame, ya sabes dónde encontrarme —le respondió Ana con tono juguetón antes de salir del despacho de Nahuel.

Ana se encerró en su despacho para concentrarse en redactar los contratos de Parker. Sentada frente a la mesa de su despacho, encendió el ordenador portátil y descargó el contrato estándar para esa clase de servicios y lo revisó de principio a fin. Se tomó la libertad de modificar algunas cláusulas y de quitar y añadir otras. Modificó algunos párrafos del contrato para que resultaran más concisos y entendibles. Por último, Ana añadió los datos del cliente, describió con precisión los distintos servicios que la Agencia le iba a ofrecer y pulsó la tecla imprimir.

Justo en el momento en el que los contratos salían de la impresora, Nahuel llamó a la puerta de su despacho, la abrió y le preguntó a Ana:

— ¿Estás lista para salir a comer?

—Llegas justo a tiempo, aquí tienes los contratos de Parker —le dijo Ana al mismo tiempo que le entregaba los documentos—. Me he tomado la libertad de modificar el contrato estándar para que sea más conciso y más entendible.

—Resolutiva, con iniciativa y muy eficaz, y todo en tu primer día —la premió Nahuel.

—Tendrás que esperar a revisarlos antes de afirmar eso —le contradijo Ana—. Puede que no te convenzan las modificaciones que he hecho.

—Lo revisaremos juntos después, ahora vamos a almorzar —concluyó Nahuel con una amplia sonrisa mientras guardaba los documentos en su maletín.

Nahuel estaba contento. No solo se había asegurado ver todos los días a Ana, también había contratado a la mejor abogada para la Agencia. Había entendido el negocio al instante, se había llevado a su terreno a uno de los clientes más importantes de la Agencia y había redactado unos nuevos contratos en un tiempo récord. Para celebrarlo, Nahuel decidió llevarla a almorzar a una masía situada a las afueras de la ciudad, donde pretendía pasar la tarde tranquilamente con ella.

Ana se sintió confusa cuando Nahuel aparcó el coche frente a una masía de campo a las afueras de la ciudad, pensó que inevitablemente estaba mezclado la vida laboral con la personal, dudaba que se llevara a todos sus empleados a almorzar a un sitio como aquel. Pero no dijo nada, a pesar de todo, Ana quería llegar hasta el final de aquella locura de verano que se estaba alargando a una locura de otoño. Sabía que existía una alta probabilidad de salir escaldada con esa historia, pero la tentación y la necesidad de estar con Nahuel le impedían pensar con lucidez.

Mientras almorzaban, Nahuel le hizo algunas preguntas sobre su familia, sobre su pueblo natal y sobre su infancia. Quería saberlo todo de ella y, cuanto más escuchaba, más le gustaba Ana. Después de almorzar, Nahuel le propuso pasar al jardín de la masía para acomodarse en una zona chill-out bajo la sombra de los árboles donde revisaron los contratos que Ana había redactado. De una manera sutil y eficaz, Nahuel se salió con la suya y pasó la tarde con ella.

Eran las siete y media de la tarde cuando Nahuel dejó a Ana frente al portal del edificio de su apartamento. Nahuel se bajó del coche y la acompaño hasta la misma puerta, allí se despidieron.

—Paso a recogerte mañana a las ocho, traeré el desayuno —le dijo Nahuel.

—Puedo ir caminando hasta a la Agencia, no es necesario que te molestes en venir a buscarme.

—No es ninguna molestia, es un placer —le susurró Nahuel.

—Está bien, pero mañana me encargo yo del desayuno —sentenció Ana—. Hasta mañana, Nahuel.

—Hasta mañana —le respondió Nahuel y acto seguido le dio un leve beso en los labios. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió mientras caminaba hacia su coche—: Mañana a las ocho, no lo olvides.

Cómo si pudiera olvidarlo, pensó Ana mientras lo veía alejarse en su todoterreno negro.

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