Búscame 4.

Ana entró en el apartamento con una sonrisa de oreja a oreja y sus dos amigas Eva y Ruth dedujeron que esa sonrisa no era solo porque la entrevista le hubiera ido genial, así que la acribillaron a preguntas. Ana, que no tenía paciencia para jugar a adivinanzas, se dejó caer en el sofá y anunció sin dejar de sonreír:

—Chicas, hoy he cometido la mayor locura del verano y me siento feliz.

—Habla por esa boquita —le dijo Ruth que todavía tenía menos paciencia que Ana.

—Si os digo que Nahuel es el director de la Agencia Smith, ¿me creeríais? —Preguntó Ana con su eterna sonrisa en los labios.

— ¡No puede ser verdad! – Exclamó Ruth riendo a carcajadas.

Pero la cara de Eva era un poema, a ella no le había parecido divertido en absoluto.

—Ana, ¿has aceptado un trabajo en el que Nahuel será tu jefe? —Preguntó Eva para asegurarse de haberla entendido bien.

—Sí, Eva. He hecho una locura —le confirmó Ana.

—No sé qué decir, Ana. Me esperaba esto de Ruth, que está como una cabra, ¿pero de ti? —Le espetó Eva totalmente incrédula—. Tú eres sensata, al menos la mayor parte del tiempo, ¿cómo te has dejado convencer por algo así?

—Por una vez, estoy de acuerdo con Eva —opinó Ruth—. ¿Qué pasará si él se cansa de ti o tú de él? Serás tú la que salga perdiendo, Ana.

Ana se vio obligada a contarles con todo detalle la conversación que había tenido con Nahuel y cómo había ido rebatiendo todos los peros que ella había puesto.

—Si firma el contrato de condiciones, me parece bien —opinó de nuevo Ruth.

—Pues a mí no me termina de convencer, Ana —insistió Eva—. ¿Has imaginado cómo sería trabajar para él después de haber discutido? Por muy a gusto que estuvieras en la Agencia te cansarías de verle y querrías cambiar de trabajo, lo que significa empezar de cero. ¿Estás dispuesta a arriesgarlo todo por una posible relación que no sabes cómo va a acabar? Podrías buscar otro empleo y seguir con él si es lo que quieres.

—Lo que Eva quiere decir es que si algo sale mal no solo le perderás a él, también perderás tu empleo —le repitió Ruth pero con otras palabras.

—No tengo nada que perder —les dijo Ana, quien solo quería el apoyo de sus amigas—. Si no me arriesgo no ganaré. Y si pierdo me quedaré igual que estaba ayer, sin él y sin trabajo.

—Es una manera de verlo —concluyó Ruth encogiéndose de hombros.

Aquello significaba que Ruth le daba el visto bueno, pero aún faltaba Eva por dar su opinión final y ella era la que más le preocupaba a Ana.

—Sigo sin saber qué decirte, Ana —empezó a decir Eva—. Si te soy sincera, a mí me parece una locura pero, si tú estás decidida a hacerlo, cuentas con todo mi apoyo.

—Gracias chicas, sois las mejores —les dijo Ana abrazándolas.

—Solo espero que no nos termines odiando si esto no sale bien —murmuró Eva.

Ana ignoró el comentario de Eva, la conocía demasiado bien y sabía que eso era lo máximo que podía esperar de una persona tan sensata como Eva, aquello significaba que, aunque fuera una locura, no era una locura de ingresar en un centro de salud mental.

Una vez pasada la euforia de la locura de Ana, Ruth les contó cómo había ido su entrevista. Ruth también había aceptado el empleo, sería la nueva relaciones públicas de la galería de arte de la ciudad. Ruth estaba encantada con su nuevo empleo, aprendería muchísimo más sobre arte y conocería a un montón de gente. Pese a que estaba triste por el modo en que su historia con David había acabado antes de empezar, Ruth se sentía mucho más animada gracias a ese empleo tan esperado y que tanto deseaba.

Eva relató cómo había sido su primer día de trabajo como asistente del director ejecutivo de una empresa de publicidad y, pese a que era casi cuarenta años mayor que ella, el tipo le cayó bien. Se mostraba dispuesto a enseñarle todo lo que debía hacer e incluso la ayudaba hasta que ella lo dominaba.

Todas se alegraron por la fortuna de ese día y Ana decidió sacar una botella de vino de la pequeña bodega de la cocina y sirvió tres copas para brindar por sus nuevos empleos y por el inicio de una nueva etapa en sus vidas.

A la mañana siguiente Ana se levantó antes de que sonara el despertador. Estaba nerviosa y apenas había conseguido dormir en toda la noche, pero se levantó de buen humor al recordar que volvería a ver a Nahuel.

A las ocho en punto Ana atravesó el portal del edificio y salió a la calle, donde se encontró a Nahuel apoyado en su todoterreno negro y dedicándole una amplia sonrisa.

—Buenos días, preciosa —la saludó Nahuel mientras Ana se acercaba. Le dio un leve beso en los labios que la pilló desprevenida y añadió—: He parado a comprar el desayuno, todavía recuerdo que tomas un café cortado con la leche natural y sacarina y también que adoras el chocolate —Nahuel le entregó una bolsa con dos Donuts de chocolate—. El café lo tienes en el posa vasos del coche.

—Si haces lo mismo con el resto de empleados de la Agencia, tendrás que decirme cómo evitas la ruina —bromeó Ana. Le devolvió un leve beso en los labios y añadió mientras se acomodaba en el asiento de copiloto—: Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

Nahuel sonrió complacido, se había propuesto conquistar a Ana, pues estaba seguro de que era la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.

Eran las ocho y diez cuando Nahuel aparcó el todoterreno en su plaza de parquin de la Agencia y, tras bajarse del vehículo, ambos se dirigieron al ascensor. Ana se tensó, aquella caja metálica de apenas 3 m2 le pareció la tentación más grande del mundo y, teniendo en cuenta que formaba parte del lugar donde trabajaba, no podía permitirse bajar la guardia. Ya había cometido varias locuras últimamente, ahora debía centrarse en comportarse como una mujer madura y responsable.

— ¿No vas a comerte los Donuts? —Le preguntó Nahuel al ver que no había probado bocado, tan solo se había bebido el café.

—Pensaba compartirlos contigo mientras me pones al corriente de mis nuevas obligaciones como empleada —le respondió Ana con coquetería.

—Bien pensado —afirmó Nahuel.

El ascensor por fin llegó a la última planta y Nahuel guio a Ana hacia su despacho. Saludaron a Elvira, la secretaria de Nahuel, al pasar delante de su mesa y Nahuel aprovechó para pedirle que trajera un par de cafés, acto seguido ambos se encerraron en el despacho. Mientras Ana tomaba asiento en uno de los sillones y sacaba los Donuts de la bolsa de papel, Nahuel revisó su agenda y le dijo:

—Parece que tenemos un día bastante tranquilo, podrás instalarte en tu despacho hasta las once, que tenemos una reunión con uno de nuestros clientes VIP’s y quiero que estés presente.

— ¿Tengo que preparar algo para esa reunión? —Preguntó Ana.

—Será una reunión bastante simple, el cliente quiere contratar uno de nuestros servicios y te necesito para que confirmes que lo que nos pide lo podemos hacer dentro de la legalidad. Trabajamos sobre una línea muy fina que divide la legalidad de la ilegalidad.

—Aún no me has dicho en qué consisten esos servicios especiales que ofrecéis a los clientes VIP’s de la Agencia —le recordó Ana.

Justo en ese momento, Elvira llamó a la puerta del despacho y, tras obtener permiso, entró con una bandeja con dos tazas de café que dejó sobre el escritorio de Nahuel.

—Gracias —le agradeció Ana casi en un susurro.

Elvira le guiñó un con complicidad y se volvió hacia a Nahuel para decirle:

—Señor Smith, le he dejado la documentación que me pidió en el primer cajón de su escritorio y, si me necesita para algo más, estaré en mi mesa.

—Muchas gracias, Elvira —le agradeció Nahuel. Esperó a que Elvira se retirara y le propuso a Ana—: ¿Qué te parece si desayunamos antes de seguir hablando de trabajo?

Ana miró su reloj de pulsera y respondió:

—Nos quedan quince minutos para las ocho y media, será mejor que no tardemos o mi jefe pensará que soy una descarada que se escaquea el primer día —bromeó Ana.

Ambos desayunaron entre bromas y a las ocho y media Ana se levantó del sillón y se dirigió a su nuevo despacho para instalarse. Nahuel la acompañó y la puso al corriente sobre la reunión de las once con el cliente.

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