Búscame 3.

Nahuel le explicó a Ana con todo detalle en qué consistiría su trabajo en la Agencia Smith. Además de ser quién se encargase de redactar los contratos con los clientes, también sería la abogada de la Agencia y se tendría que encargar de todos los asuntos legales. Además, Ana deberá tener disponibilidad para viajar porque se requerirá de su presencia en las reuniones con los clientes que vivan en otras regiones y asistir a algunos eventos sociales en representación de la empresa. —Tendrás bajo tus órdenes a un equipo de abogados y una asistente personal que se encargará de coordinar nuestras agendas —prosiguió Nahuel informándola—. Tu despacho será el de despacho de al lado del mío, trabajaremos codo con codo y eso significa que pasarás la mayor parte de tu jornada laboral conmigo. —Eso complica las cosas, ¿no crees? —No —respondió Nahuel con rotundidad—. Ana, no te voy a negar que me interesas, pero no estás aquí por eso y quiero que te quede claro. El director de la empresa donde hiciste las prácticas es un viejo amigo y me dio muy buenas referencias sobre ti, tu historial académico es impecable y, aunque nos conocemos desde hace poco más de un mes, confío en ti y sé que puedes hacerlo —Nahuel hizo una pausa y añadió—: Tenemos una conversación pendiente, pero quiero que la mantengas al margen de esto. De hecho, contaba con que tenías el día libre después de la entrevista para invitarte a comer y hablar de ello. Nahuel la miró a los ojos y esperó una respuesta, pero Ana todavía seguía procesando toda aquella información. Cerró los ojos y, alegando que era mejor lamentarse que quedarse con la duda, le dijo: —Acepto, firmaré ese contrato. Nahuel sonrió aliviado, por un momento pensó que Ana rechazaría la oferta. Ana le devolvió la sonrisa a Nahuel, había echado de menos esa sonrisa. —Genial, te enseñaré tu despacho y el resto de la oficina —sentenció Nahuel—. ¿Cuándo podrías empezar a trabajar? —Mañana mismo, si te parece bien. —Me parece perfecto. Mañana te presentaré a tu asistente personal y al resto de tus compañeros y dejaré que te instales en tu despacho y te organices. Ahora vamos a ver tu despacho y la oficina y te invito a comer, así me pones al día sobre lo que has hecho desde que regresaste de la costa. Ambos se pusieron en pie y Nahuel acompañó a Ana al que sería su nuevo despacho. Era una estancia grande y muy luminosa con las mismas vistas que el despacho de Nahuel, pues estaban uno al lado del otro. Después le enseñó las zonas comunes de la oficina, como la sala de reuniones, la cafetería, el gimnasio y el centro de operaciones informático. Ana quedó totalmente impresionada con las instalaciones de la Agencia. —He visto en la página web los servicios que ofrecéis a los clientes y tengo curiosidad por saber qué clase de servicios especiales dais a vuestros clientes VIP’s y que no mencionáis en la web —le dijo Ana muerta de curiosidad. —Lo sabrás, pero antes debes firmar un contrato de confidencialidad —le dijo Nahuel—. No es nada personal, son normas de la Agencia y todos los empleados tienen que firmarlo. — ¿Son legales todos los servicios que ofrecéis? —Se aventuró a preguntar Ana. —Así es. Hasta ahora yo me encargaba de ese asunto, pero la Agencia crece y debo delegar algunas cosas. Necesito una mano derecha leal en la que pueda confiar y tú eres la única persona cualificada para ello en la que confío. A Nahuel le gustaba tenerlo todo bajo control, era un perfeccionista al que no le gustaba asumir ningún riesgo, por eso su Agencia había tenido tanto éxito y gozaba de buena reputación. Tras el tour por las instalaciones del edificio de la Agencia Smith, Nahuel dio por finalizada la entrevista e invitó a comer a Ana a un restaurante cercano a la Agencia. Nahuel envolvió con su brazo a Ana por la cintura y juntos salieron del edificio de la Agencia Smith, sin que a ninguno de los dos les importara lo que pensaran el resto de empleados, quienes creían que su jefe y la nueva abogada se acababan de conocer. —Bueno, ¿qué te ha parecido tu nuevo empleo y tu nuevo jefe? —Se aventuró a preguntar Nahuel con una sonrisa traviesa en los labios. —Creo que mi nuevo trabajo me va a encantar, pero es posible que tenga algún que otro problema con mi nuevo jefe —le siguió la broma Ana. — ¿Qué clase de problemas? —Quiso saber Nahuel—. ¿Crees que te acosa? —Añadió levantando una ceja y Ana no supo si estaba bromeando o no. —No me acosa, al menos por el momento —le tranquilizó Ana—. Pero me temo que es un hombre muy persuasivo. Nahuel se detuvo en mitad de la calle, miró a Ana a los ojos y le dijo casi en un susurro: —Ana, no quiero que te sientas incómoda y mucho menos presionada. Quiero seguir conociéndote fuera del trabajo, pero si tú no quieres saber nada de mí te prometo que me haré a un lado y nuestra relación será estrictamente profesional, sin resquemores ni nada por el estilo. —Agradezco tu intención, Nahuel, pero ambos sabemos que será imposible trabajar juntos ocho horas diarias si algo sale mal —intentó hacerle ver Ana—. Quiero intentarlo, pero eso no es una garantía de que todo vaya a salir bien. —Si quieres dejar la Agencia no te pondré ningún impedimento —le aseguró Nahuel—. Al contrario, te facilitaré las cosas e incluso redactaré una carta de recomendación. Redacta un contrato con las condiciones, te lo firmaré encantado si con eso consigo que confíes en mí. —Confío en ti, Nahuel —le aseguró Ana. Nahuel sonrió, se acercó a ella despacio y la besó con dulzura en los labios. Deseaba besarla de nuevo desde que se despidió de ella en la costa y había estado conteniéndose desde que había entrado en su despacho, pero ya no pudo aguantar más. —Te he echado de menos, preciosa —le susurró al oído. Ana se ruborizó y le dedicó una tímida sonrisa. Estaban parados en mitad de la calle de una de las vías más transitadas de la gran ciudad, pero el tiempo se había parado para ella en cuanto los labios de Nahuel tocaron los suyos. —Entremos en el restaurante —le dijo Nahuel envolviéndola con su abrazo. Entraron en el lujoso restaurante y Ana se alegró de haberse puesto su mejor vestido para la entrevista, pues allí todo el mundo iba de punta en blanco. Mientras el mître les acompañaba a la mesa que Nahuel había reservado, Ana se dedicó a observar a su acompañante. Estaba muy distinto a cuando lo conoció. Había cambiado el bañador y la tabla de surf por un traje de Armani y un maletín de negocios, pero a Ana le pareció que estaba igual de irresistible. Una vez sentados en la mesa y habiendo pedido vino para beber y la especialidad de la casa para comer, Nahuel se interesó por todo lo que Ana había hecho desde que regresó de la costa. En ese momento, Ana se sintió cómoda con Nahuel a pesar de que era su jefe, así que le explicó con todo detalle todo lo que había hecho desde entonces. Le contó que había estado terminando de desembalar algunas cajas de la mudanza, le habló de la entrevista de trabajo que tuvo el viernes anterior y también de la visita a su pueblo natal para pasar unos días con sus padres. Nahuel lo quería saber todo sobre Ana, le preguntó por su familia, por sus amigos, por sus gustos, por los lugares a los que había viajado, etc. Cuando se quisieron dar cuenta, ya eran las cinco de la tarde. Ana sacó su teléfono móvil del bolso y vio que tenía numerosas llamadas perdidas de sus padres, de sus amigas y también de Óscar. Decidió enviarle un mensaje a las chicas y a sus padres para que se quedaran tranquilos: “He conseguido el trabajo, luego os cuento, ahora no puedo hablar. Besos. A.” —Disculpa, les dije que les llamaría en cuanto saliera de la entrevista y estaban todos un poco preocupados —se excusó Ana. —No te preocupes —se volvió en busca del camarero y cuando lo encontró le hizo un gesto con la mano para que trajera la cuenta—. Yo también tengo que encargarme de un par de asuntos, te llevaré a casa. —No es necesario, vivo a un par de calles de aquí. —En ese caso, te acompañaré caminando —sentenció Nahuel, quien no estaba dispuesto a perder la posibilidad de pasar unos minutos más con ella. Nahuel pagó la cuenta, no sin antes discutir por ello con Ana, y ambos se marcharon del restaurante y pasearon de camino al apartamento de Ana. Cuando llegaron a la puerta del edificio, Nahuel la besó de nuevo en los labios y le susurró: —Te veo mañana, pasaré a recogerte a las ocho y desayunamos juntos. Ana fue a protestar, pero Nahuel la calló con otro beso y a Ana se le olvidó hasta cuál era su nombre. Tras la despedida en el portal del edificio, Ana subió a su apartamento y Nahuel se dirigió de nuevo a la Agencia, tenía varios asuntos de los que ocuparse y que había pospuesto para poder pasar un rato con Ana.

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