Búscame 2.

El sábado por la noche Daniel, el hermano mayor de Ruth, las invitó a la fiesta de uno de sus amigos y ellas aceptaron encantadas, hacía mucho tiempo que no iban a una fiesta en el pueblo.

—En realidad, mi amigo Óscar vive a las afueras, en la casa grande del lago —les dijo Daniel mientras conducía hacia a la fiesta de su amigo.

Ana sonrió. Durante el último curso de instituto Óscar, pese a ser tres años mayor que ella, la estuvo rondando y ella coqueteó con él algunas veces, pero fue un juego inocente que no acabó en nada. Ana recordaba aquella casa como un lugar oscuro y tenebroso, una casa medio en ruinas y con el jardín repleto de malas hierbas de más de un metro de altas. Pero esa vieja y cochambrosa casa había sido reformada por completo y el resultado era increíble: parecía una enorme mansión con vistas al lago. Óscar había comprado la propiedad a muy buen precio y, tras reformarla, el resultado final era espectacular.

Ana se sintió cómoda en aquel lugar, recordaba haber jugado de niña a ver quién era el valiente que se atrevía a explorar la casa abandonada del lago, como la llamaban por aquel entonces.

— ¿Ana? ¿Eres tú?

Ana dio media vuelta y sonrió al encontrarse con Óscar.

—La misma, pero con unos cuantos años más —le confirmó Ana—. Daniel me ha dicho que compraste la propiedad y reformaste la casa, has hecho un gran trabajo.

—Acompáñame y te enseñaré el resto de la casa, te va a encantar —le propuso Óscar, pero al percatarse de que Ana parecía incómoda, decidió invitar también a sus amigas—: ¿Nos acompañáis?

—Por supuesto, este lugar es impresionante —se unió Eva que se moría de ganas por ver la casa.

A Ruth no le quedó más remedio que acompañarlas, pese a que a ella poco le importaba aquella lujosa casa. Ruth no tenía ganas de fiesta, tan solo quería encerrarse en su habitación de cuando era niña y esperar junto a su teléfono móvil por si David había cambiado de opinión y decidía ponerse en contacto con ella.

Óscar les enseñó la casa, pero siendo el anfitrión de la fiesta poco rato más se quedó con ellas, pues debía saludar al resto de invitados.

Las tres amigas saludaron a varios de los invitados, la mayoría compañeros de instituto, tomaron un par de copas e incluso bailaron alguna canción, pero ninguna de ellas se estaba divirtiendo, tan solo fingían hacerlo.

Pasadas las tres de la madrugada, Daniel decidió que ya era hora de regresar a casa y ninguna protestó. Óscar se acercó a ellos para despedirse y aprovechó el momento para decirle a Ana:

—Me ha gustado volver a verte, quizás podamos salir a cenar un día y ponernos al corriente de nuestras vidas, ¿vas a quedarte mucho tiempo por aquí?

—Me marcho mañana después de comer —le respondió Ana aliviada porque así era.

—Otra vez será, llámame si vuelves por aquí.

Ana no le respondió, se limitó a dedicarle una media sonrisa lo bastante convincente para que Óscar no siguiera insistiendo. Daniel las llevó de regreso a casa y las chicas decidieron dar por finalizada la noche del sábado.

El domingo por la mañana Ana se levantó temprano y salió a correr por el camino del bosque, un lugar apartado por donde le gustaba salir a correr cuando era adolescente. Necesitaba aclarar sus ideas y decidir qué iba a hacer con su vida. Tras correr durante varios kilómetros, decidió sentarse sobre una roca plana que yacía en mitad del bosque. Observó a dos ardillas que bajaban de un árbol en busca de algo de comida y sonrió al ver sus graciosos andares.

—Ojalá mi vida fuera tan simple como la vuestra —pensó en voz alta sin dejar de observar a las dos ardillas.

Y es que Ana estaba hecha un lío. Óscar siempre le había gustado, pero era un chico mayor y ella tan solo una adolescente, por eso nunca hubo nada entre ellos. Sin embargo, cuando por fin parecía que él la veía como una mujer y no como a una niña, Ana se sintió mal y por eso no aceptó del todo su invitación a cenar. Se sintió mal por Nahuel y eso fue lo que tanto le molestó. Nahuel no se había puesto en contacto con ella y ella le era fiel pese a que su historia probablemente ya había terminado antes de comenzar.

Ana estaba agotada cuando regresó a casa de sus padres. Susana la envió a darse un baño relajante en cuanto la vio entrar completamente exhausta y no desaprovechó la ocasión para regañarla:

—Tienes que ser más responsable, si sigues corriendo así al final caerás enferma.

—Estoy bien, mamá —trató de tranquilizarla sin éxito—. Solo necesito volver a ponerme en forma.

Tras darse un baño, Ana bajó al comedor para comer con sus padres antes de regresar a la gran ciudad, donde podría encerrarse en su habitación y seguir pensando en Nahuel.

Después de comer, tras despedirse de sus familias y prometer que regresaría pronto a haberles una visita, las chicas se subieron al monovolumen de Ana y regresaron a su apartamento en la ciudad, su nuevo hogar.

Cansadas como estaban, decidieron pedir pizza a domicilio y, tras cenar, cada una se retiró a su respectiva habitación.

Ana comprobó su teléfono móvil antes de meterse en la cama y se sorprendió al descubrir que tenía un mensaje de Nahuel. Sonrió y lo leyó: “Te he buscado y creo que te he encontrado, tengo ganas de verte. ¿Tienes planes para mañana?” Ana contempló la posibilidad de no contestarle de inmediato y dejarle sufrir un poco por todo lo que ella había sufrido esos días sin tener noticias suyas, pero le pudo más la curiosidad y las ganas de hablar con él: “Tengo una entrevista mañana por la mañana, pero tengo toda la tarde libre. Si para entonces sigues interesado en verme, búscame.” La respuesta de Nahuel fue inmediata: “No lo dudes, te buscaré y te encontraré. Buenas noches, preciosa.”

En ese momento Ana no pensó en cómo la encontraría Nahuel, tan solo se alegró al saber que al día siguiente lo vería. Le hubiera gustado contárselo a sus amigas, pero era tarde y ya estaban durmiendo, así que decidió meterse en la cama y descansar.

A la mañana siguiente Ana se levantó de buen humor, se duchó y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno, donde se encontró con Ruth.

—Buenos días —la saludó Ana con alegría.

—Buenos días —saludó Ruth con desgana, ella siempre tenía mal despertar—. He preparado café. Me voy ya que llegó tarde.

— ¡Suerte! —Le deseó Ana, pues su amiga Ruth también iba a una entrevista de trabajo.

Ana llegó a la dirección que le dieron por teléfono y en lo alto de la fachada del edificio pudo leer el nombre de la empresa: “Agencia Smith”. Traspasó la enorme puerta de entrada al edificio y se dirigió a la recepción para anunciar su llegada.

—Buenos días, soy Ana Fernández y tenía una entrevista de trabajo.

—El señor Smith la está esperando. Vaya hacia el ascensor y suba hasta la décima planta, allí la acompañarán al despacho del señor Smith —le dijo la recepcionista con una amplia sonrisa que dejaba al descubierto sus perfectos dientes.

Ana siguió las indicaciones de la recepcionista y subió en ascensor hasta la décima planta, la más alta del edificio. Allí la esperaba una mujer de unos cincuenta años que la recibió con una amplia sonrisa y la guio por el pasillo hasta llegar al despacho del señor Smith. Tras golpear suavemente la puerta, la mujer anunció la llegada de Ana:

—Señor Smith, la señorita Fernández ya está aquí.

Se hizo a un lado para que Ana pasara y se retiró. Ana dio un par de pasos, entró en el despacho y se quedó paralizada al ver a quién podía ser su nuevo jefe.

—Buenos días, señorita Fernández —la saludó Nahuel tendiéndole la mano de la forma más profesional posible.

Ana se quedó paralizada, Nahuel era a quien menos esperaba encontrarse en ese despacho y ella no entendía nada.

— ¿No te alegras de verme? —Le preguntó Nahuel sin dejar de sonreír.

—Supongo que esperaba encontrarte en cualquier otro lugar menos aquí —le confesó Ana—. ¿Por qué me has hecho venir?

—Yo necesito una abogada de confianza y tú necesitas un trabajo, creo que podemos llegar a un acuerdo —le respondió Nahuel haciendo un gesto para que tomara asiento—. Aunque, para ser sincero del todo, te diré que también tenía ganas de verte.

—No creo que sea una buena idea, Nahuel.

—No rechaces el empleo por mí, te aseguro que nuestra relación personal no interferirá en nuestra relación profesional —insistió Nahuel—. Podemos incluir un período de prueba en tu contrato y, si pasado ese tiempo sigues pensando que no es una buena idea, no me opondré a que te marches e incluso redactaré una carta de recomendación.

Ana lo pensó por un instante. No tenía nada que perder, era el mejor trabajo que había encontrado, estaba bien remunerado y ubicado en una zona céntrica de la ciudad, cerca de su apartamento.

—De acuerdo, escucharé tu oferta, pero no te prometo nada —le advirtió Ana.

Ana temía que aquello no saliera bien, pero decidió arriesgarse y escuchar la propuesta de trabajo de Nahuel.

2 pensamientos en “Búscame 2.

  1. Raquel te tengo un poco abandonada y antes se seguía más, A ver si me tomo un tiempo en esta novela que acabas de empezar y te sigo. Un abrazo muy grande.

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