Búscame 16.

Tras dos horas conduciendo, por fin Ana le indicó a Nahuel que tomara una salida en la autopista. Ana le continuó guiando por las carreteras hasta que tomaron un desvío por un camino sin asfaltar. Nahuel no sabía a dónde se dirigían y lo cierto era que tampoco le importaba, le bastaba con saber que pasaría el fin de semana con Ana.

Cuando Nahuel llegó al final del camino sin asfaltar, se encontró con una preciosa cabaña en mitad de una pradera rodeada de árboles. Parecía una imagen de postal, de esas que transmitían paz y serenidad.

— ¡Sorpresa! —Exclamó Ana divertida—. Espero que te guste el campo y la naturaleza, sino siempre podemos pasarnos todo el fin de semana en la cabaña, estoy segura de que encontraríamos algo para entretenernos.

—Creo que voy a empezar a detestar el campo —bromeó Nahuel abrazando a Ana desde la espalda—. ¿Me enseñas la cabaña?

Ana le agarró de la mano y tiró de él entrando en la cabaña. No era muy grande, parecía un apartamento tipo loft pero rústico, ideal para un fin de semana romántico. En el baño había un enorme jacuzzi pegado a un enorme ventanal desde donde se podían contemplar las vistas al valle y a las montañas.

—Puede que me arrepienta de preguntarte pero, ¿has estado aquí antes? —Le preguntó Nahuel con el ceño fruncido al mismo tiempo que miraba hacia el jacuzzi.

Ana sonrió burlonamente, pero al final le dijo la verdad:

—Estuve aquí hace un par de años, vine con las chicas un fin de semana para desconectar tras los exámenes finales de la universidad.

—No sabes cómo me alegra saber eso —le confesó Nahuel.

—Más tarde estrenaremos el jacuzzi, ahora tenemos que encender la chimenea, aquí la temperatura cae bajo cero por la noche —le dijo Ana al ver cómo Nahuel miraba el jacuzzi.

Antes de que anocheciera, Nahuel y Ana encendieron la chimenea, deshicieron las maletas y prepararon la cena, tan solo quedaba esperar a que el horno terminara de hacerla. Ana miró el reloj de pared y calculó que les quedaba una hora antes de que la cena estuviera lista, así que decidió aprovechar ese tiempo para mostrarse más cariñosa con Nahuel. Se acercó a él, lo agarró de la mano para guiarlo hasta el sofá donde, tras dejar que Nahuel se sentara, ella se colocó a horcajadas sobre él.

—Estás muy juguetona —comentó Nahuel divertido al mismo tiempo que la estrechaba entre sus brazos.

—Tengo ganas de jugar —le confesó Ana con una sonrisa traviesa en los labios.

Dos minutos más tarde, ambos estaban retozando desnudos sobre el sofá.

Pasaron el fin de semana encerrados en la cabaña, entregándose el uno al otro con ternura y pasión.

La semana siguiente mantuvieron la misma rutina: iban juntos a la Agencia, pasaban la mañana trabajando, almorzaban en algún restaurante cercano y después Nahuel la acompañaba a su apartamento. Nahuel le proponía a Ana todas las tardes que pasara la noche con él, pero ella tan solo aceptó el martes y el jueves. El viernes por la tarde, después de almorzar, Nahuel le dijo mientras conducía hacia su casa:

—Tenemos una conversación pendiente, ya han pasado dos semanas.

— ¿Quieres que hablemos ahora? —Le preguntó Ana sorprendida.

—Había pensado que podíamos cenar en mi casa y hablar allí tranquilamente —le confesó Nahuel—. ¿Te parece bien?

—Me parece genial —le confirmó Ana.

Llegaron a casa de Nahuel y se acomodaron en el sofá del salón para retomar la conversación que tenían pendiente. Nahuel tenía muy claro lo que quería, lo sabía desde el primer momento que conoció a Ana, pero solo había aceptado esas dos semanas de prueba porque no quería presionarla. Por ella estaba dispuesto a cualquier cosa. Ana también sabía lo que quería, quería a Nahuel en su vida. Pero todo estaba sucediendo demasiado rápido y tenía miedo, miedo de que él se arrepintiese y la dejara con el corazón roto.

—Cariño, no he cambiado de opinión —empezó a decir Nahuel mirándola a los ojos—. Te quiero en mi vida, lo quiero todo de ti. Sé que dijimos que nos lo íbamos a tomar con calma, pero lo cierto es que no quiero separarme de ti. Dormir sin ti se ha convertido en una tortura.

—A mí también me cuesta dormir cuando no estás conmigo —le confesó Ana. Se armó de valor y añadió—: Sé que estas dos semanas no han sido fáciles para ti y que accediste solo por complacerme, así que he querido demostrarte que yo también me implico en esta relación.

—Sé que te implicas, Ana —le aseguró Nahuel.

—Pero he querido dar un paso más —anunció Ana—. Les he hablado de ti a mis padres y quieren conocerte. Nos han invitado a ir de visita y quedarnos un fin de semana, les he dicho que te lo consultaría y les diría algo.

Nahuel sonrió satisfecho. El hecho de que Ana les hubiera hablado de su relación a sus padres significaba que veía su relación como algo sólido y real, estaba dispuesta a seguir adelante.

—Me encantará conocer a tus padres —le dijo Nahuel estrechándola entre sus brazos. Ana aprovechó la ocasión para colocarse a horcajadas sobre Nahuel y él añadió sonriendo antes de besarla en los labios—: Cariño, me encanta cuando te pones juguetona.

Ana correspondió ese beso apasionado, pero quería más, necesitaba más. Se deshizo de su camiseta y de la camiseta de Nahuel. Él se puso en pie con ella en brazos y la llevó hasta a la enorme cama de su habitación, donde se tomó su tiempo para desnudarla al mismo tiempo que acariciaba y adoraba cada centímetro de su piel. Ana gimió a modo de protesta, ansiaba sentir a Nahuel dentro de ella. Él la entendió perfectamente, así que no se hizo de rogar, se colocó sobre ella y la penetró despacio, gozando de aquella placentera sensación. Ana volvió a gemir, esta vez de placer. Nahuel entró y salió de ella, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Continuó con aquel ritmo hasta que notó como Ana se contrajo bajo su cuerpo y le susurró al oído:

—Déjate ir, cariño.

Ana se dejó ir con un leve gemido y Nahuel gruñó, derramándose dentro de ella. Nahuel se dejó caer sobre ella, pero acto seguido se volteó arrastrando a Ana con él y haciendo que ella quedar encima de él. La estrechó con fuerza entre sus brazos y le confesó en un susurro:

—Te quiero, Ana.

—Y yo a ti —le confesó Ana.

Desde esa noche, Ana se quedaba a dormir en casa de Nahuel todas las noches. El lunes por la mañana, nada más entrar en la Agencia, Nahuel besó a Ana delante de varios agentes y empleados con el fin de hacerles saber que estaban juntos y la voz se corrió por toda la Agencia. Nahuel también aceptó encantado la invitación de los padres de Ana y el fin de semana siguiente fueron al pueblo para visitarles. Nahuel tenía intención de reservar una habitación de hotel para pasar el fin de semana, pero Leonor y Ramón insistieron en que se quedaran en la casa familiar. Había sitio de sobra y, si lo preferían, también podían dormir juntos, insistió Leonor. Ese fin de semana no fue fácil para Nahuel, Ramón era un tipo duro y quería asegurarse de que Nahuel cuidaba bien de su única hija. Por suerte para Nahuel, Ana salió en su defensa y medió para que su padre dejara de incomodar a Nahuel. Fue un fin de semana peculiar, el primero de muchos. Irene y James, los padres de Nahuel, también insistieron en que fueran de visita, pero el recuerdo de las tormentas de aquel fin de semana que pasaron en la costa hizo que Ana retrasara el viaje semana tras semana alegando cualquier excusa. Nahuel no insistió porque no quería presionarla, confiando en que tarde o temprano Ana entrara en razón.

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