Búscame 14.

El domingo por la mañana Ana se despertó sola en la cama. Estiró el brazo en busca de Nahuel, pero no lo encontró. Se desperezó y se levantó de la cama. Se alegró al ver encendida una de las lámparas de pie que había junto al sofá, aquello significa que ya tenían luz. Se dirigió a la pequeña cocina del sótano y sobre la barra encontró una nota de Nahuel: “Buenos días, preciosa. He ido a echar un vistazo por los alrededores para ver el alcance de los daños de la tormenta, no tardaré en regresar. Te he dejado el desayuno en la mesita que hay junto al sofá, el café está recién hecho. N.”

Ana se sirvió una taza de café, se sentó en el sofá y se comió el desayuno que Nahuel le había preparado. Nahuel entró en el sótano apenas veinte minutos más tarde, se acercó a Ana sonriendo y la besó en los labios.

—Buenos días, preciosa. ¿Ya has desayunado?

—Sí, todo estaba buenísimo. Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

—He salido a echar un vistazo, todavía está lloviendo pero lo peor ya ha pasado —informó—. La carretera está cortada a causa de los árboles caídos, así que de momento estamos aislados. La buena noticia es que he logrado conectar el generador de emergencia y funciona, ya tenemos luz.

— ¿Cuándo podremos regresar a la ciudad?

—El tráfico aéreo permanece cerrado, puede que lo restablezcan mañana o en un par de días como mucho —Nahuel se sentó en el sofá, colocó a Ana sobre su regazo y, armándose de valor, le dijo—: Ana, antes de regresar a la ciudad tengo que hacer una breve visita a mi familia.

—No te preocupes, yo puedo quedarme aquí.

—Había pensado que quizás querrías acompañarme —le soltó Nahuel.

— ¿Quieres que te acompañe a visitar a tu familia? —Le preguntó Ana empezando a agobiarse.

—Será una visita rápida, no puedo regresar a la ciudad sin ver a mis padres —Nahuel la estrechó entre sus brazos y añadió—: Te prometo que no te harán ninguna pregunta incómoda y respetaré nuestro acuerdo de ser discretos durante dos semanas.

Ana aceptó acompañarle a visitar a sus padres. Lo cierto era que no solo le daba miedo quedarse sola en esa casa enorme, sino que también sentía curiosidad por conocer a los padres de Nahuel.

El martes por la mañana, tras recoger sus cosas y meter el equipaje en el todoterreno, se dirigieron a casa de los padres de Nahuel antes de ir al aeropuerto para regresar a la ciudad. Nahuel parecía estar encantado de hacer aquella visita con Ana, pero ella cada vez estaba más nerviosa y estaba empezando a arrepentirse de haber querido ir.

—Relájate, no tienes nada de lo que preocuparte —trató de tranquilizarla Nahuel—. Mis padres te adorarán en cuanto te conozcan.

Nahuel aparcó frente a la casa de sus padres. Todavía quedaban algunas carreteras cortadas debido a los daños causados por la tormenta y tuvo que dar un rodeo, así que tardaron más de lo que había previsto. En cuanto llegaron, Irene escuchó el coche de Nahuel aparcando en la calle, se puso en pie y se dirigió a la puerta para recibir a su hijo mayor y a su acompañante. Irene sospechaba que aquella chica era muy especial para Nahuel, así que estaba emocionada y también nerviosa.

— ¡Hijo, qué alegría verte! —Lo saludó Irene abrazando a su hijo. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: Y supongo que esta preciosa señorita debe ser Ana, ¿verdad?

—Así es —le confirmó Nahuel a su madre. Colocó su brazo alrededor de la cintura de Ana y le dijo—: Te presento a Irene, mi madre.

—Un placer, señora Smith —la saludó Ana.

—Por favor, llámame Irene. El placer es mío, querida —le dijo Irene—. Hemos oído hablar mucho de ti y teníamos muchas ganas de conocerte.

—Mamá —le advirtió Nahuel a su madre.

Nahuel llamó la noche anterior a su madre para avisarla de que no iría solo a verles. A Irene le hizo muchísima ilusión que Nahuel le presentara a la que, según Irene sospechaba, era su novia. Pero Nahuel se encargó de advertirle a su madre que Ana trabajaba en la Agencia y que se estaban tomando las cosas con calma.

—Pasad al salón, ¿os apetece tomar un café? —Les preguntó Irene.

Nahuel asintió y, manteniendo a Ana agarrada por la cintura, la guió hasta el salón, donde se sentaron en el sofá. Irene se dirigió al despacho de su marido para avisar de la llegada de su hijo y acto seguido se dirigió a la cocina para preparar café.

—Hijo, ¿cómo estás? —Lo saludó James, el padre de Nahuel. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: ¿Y quién es esta hermosa señorita?

—Ella es Ana, papá.

—Un placer, Ana —la saludó James estrechándole la mano.

—Lo mismo digo, señor Smith.

—Por favor, llámame James —le rogó James—. Ha sido una tormenta dura, ¿habéis tenido muchos problemas con la casa?

—Ninguno, todo ha ido bien, incluso pude conectar el generador de emergencia —le explicó Nahuel—. La casa no ha sufrido ningún daño y nosotros hemos estado bien.

James y Nahuel continuaron hablando de la construcción de la casa, de sus materiales resistentes y de todas las cosas pendientes que quedaban por terminar mientras Ana les escuchaba prestando atención a todo lo que decían. Irene regresó al salón llevando una bandeja con cuatro tazas de café.

—Aquí tenéis el café y unas galletas artesanas que he comprado esta mañana —les dijo Irene sentándose junto a su marido—. Es una pena que os tengáis que ir tan pronto, podríais haberos quedado a comer.

—La próxima vez, mamá —le contestó Nahuel dando el tema por zanjado.

Pero Irene no quiso dar por zanjado aquel tema, así que continuó haciendo preguntas:

— ¿Cuándo pensáis regresar?

—Irene, no presiones a los chicos —la regañó James, echando un cable a su hijo.

—Me temo que me va a costar mucho trabajo convencer a Ana de que vuelva a acompañarme a la costa, entre la tormenta y las preguntas de mamá… —bromeó Nahuel.

Ana le dio un manotazo a Nahuel, fue un gesto impulsivo, una reprimenda por hacer pasar aquel mal trago a su madre, pero fue mucho menos discreto de lo que pretendió.

—No le hagas caso, Irene —le dijo Ana a la madre de Nahuel para tratar de animarla tras la pulla que le había lanzado su hijo—. Estaré encantada de venir a visitarte.

—Oh, Ana. Eres un cielo —le dijo Irene agradecida.

—Creo que es hora de irnos, si espero unos minutos más es posible que se unan en mi contra —les dijo Nahuel bromeando.

Se despidieron de Irene y James, se subieron al todoterreno y se dirigieron al aeropuerto privado de la costa. Ana se tensó en cuanto se bajó del vehículo y tuvo que subir al avión de la Agencia. Sabía que era uno de los aviones más seguros que existían, Nahuel se había encargado de hacérselo saber, pero Ana seguía sintiendo miedo a volar.

—No pasa nada, cariño —la tranquilizó Nahuel al mismo tiempo que le abrochaba el cinturón de seguridad y le echaba el brazo sobre los hombros para estrecharla contra su cuerpo—. Cierra los ojos y trata de descansar, llegaremos a la ciudad antes de que te des cuenta.

Tres horas más tarde, aterrizaron en uno de los aeropuertos privados de la ciudad. Ana había dormido durante casi todo el vuelo y se despertó un poco aturdida. Cuando se subieron al todoterreno que les estaba esperando, Nahuel le preguntó a Ana:

— ¿Quieres quedarte en mi casa esta noche o prefieres que te lleve a tu apartamento?

—Mejor a mi apartamento, tengo que deshacer la maleta, lavar la ropa y hace días que no veo a las chicas —le respondió Ana a pesar de que le apetecía muchísimo pasar otra noche con él—. Además, debemos tomarnos las cosas con calma.

—De acuerdo, tienes razón —se resignó Nahuel sin insistir—. Pero te voy a echar de menos esta noche.

A Ana le encantó aquella confesión de Nahuel. Ella también lo iba a extrañar durante la noche. Se había acostumbrado a dormir acompañada, a dormir entre sus brazos.

Nahuel aparcó frente al portal del edificio de Ana y bajó del vehículo para coger su maleta y acompañarla hasta la misma puerta para despedirse allí de ella:

—Mañana pasaré a recogerte a las ocho para ir a la Agencia —le dio un beso en los labios y añadió con la voz ronca—: Me ha encantado pasar estos días contigo.

—A mí también, has sido el anfitrión perfecto —le agradeció Ana. Le besó con dulzura en los labios y añadió—: Si no tienes planes para el próximo fin de semana, me gustaría darte una sorpresa.

— ¿La sorpresa incluye pasar juntos el fin de semana? —Ana asintió y Nahuel añadió—: Seré todo tuyo el fin de semana.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, demorando el momento de separarse, hasta que finalmente Ana entró en el edificio y Nahuel se volvió a subir al todoterreno para conducir hasta a su casa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.