Búscame 13.

Ana y Nahuel estaban durmiendo abrazados cuando les despertó el estruendo de un árbol cercano al caer. A Ana se le escapó un pequeño grito de pánico, estaba aterrada. Ambos se incorporaron en la cama: Ana por el miedo que sentía y Nahuel porque se disponía a levantarse para subir a la planta baja y mirar por la ventana para ver qué estaba ocurriendo.

— ¿A dónde vas? -—Le preguntó Ana agarrándose a él con fuerza al darse cuenta que pretendía levantarse.

—Voy a ver qué pasa ahí fuera.

—No, por favor —le rogó Ana reteniéndole en la cama.

Nahuel se levantó, encendió una vela que dejó sobre la barra de la cocina y el sótano se cubrió por una luz tenue. Regresó a la cama, agarró a Ana por la cintura y la colocó sobre su regazo. Ana estaba temblando, tenía frío y estaba asustada.

—No pasa nada, preciosa —le susurró Nahuel tras besarla en los labios.

Ese leve beso despertó la necesidad en Ana. Tenía una misión para ese fin de semana y no podía dejarla a un lado solo porque le dieran miedo las tormentas. Por muy grande y aterradora que fuera la tormenta que en ese momento les acechaba, Ana se obligó a continuar con su plan de seducción. La tenue luz de la vela le dejó de parecer tenebrosa, en ese momento le pareció una luz cálida y romántica. Arrastrada por el deseo, Ana besó a Nahuel en los labios, pillándole totalmente desprevenido. Fue un beso apasionado, un beso de necesidad. Nahuel le correspondió con la misma pasión, pero unos segundos después se separó lentamente de ella y le susurró:

—Ana…

Pero Ana volvió a besarle, no estaba dispuesta a dejarle echar el freno de nuevo. Se colocó a horcajadas sobre él al mismo tiempo que lo besaba. Él la abrazó y la estrechó contra su cuerpo para sentirla más cerca. Ambos se dejaron arrastrar por el deseo. Nahuel se deshizo de la camiseta de ambos con urgencia y acto seguido intercambió la posición con Ana para deshacerse del short y las braguitas de ella al mismo tiempo que jugueteaba mordisqueando sus pezones.

—Te he echado menos, preciosa —le susurró Nahuel.

Los besos, las caricias y la pasión cobraron protagonismo. Nahuel comprobó que Ana ya estaba preparada y la penetró lentamente, gozando de aquel contacto tan placentero. Hicieron el amor con delicadeza, aquello no se trataba solo de sexo, se trataba de amor. Entre gemidos y con un movimiento suave pero rítmico, ambos alcanzaron juntos el orgasmo. Nahuel se dejó caer a un lado y arrastró a Ana con él, colocándola encima de él y estrechándola entre sus brazos.

— ¿Todo bien? —Le preguntó Nahuel.

—Todo perfecto —le aseguró Ana.

—Me lo pones muy difícil —le susurró Nahuel divertido.

— ¿Yo te lo pongo difícil? —Le replicó Ana haciéndose la ofendida—. ¡Llevas tres semanas torturándome!

—Las mismas tres semanas que yo llevo duchándome con agua fría —reconoció Nahuel.

—Fuiste tú quién decidió hacer voto de castidad —le recordó Ana con tono burlón.

—No quería que pensaras que el sexo entre nosotros fuera el motivo por el que te he contratado en la Agencia —le confesó Nahuel—. Quiero que sigas siendo la abogada de la Agencia, pero también quiero tenerte en mi vida —le dio un beso en los labios y añadió—: No quiero presionarte, podemos tomarnos las cosas con calma.

—No hace falta que nos lo tomemos todo con calma —le dijo Ana.

— ¿A qué te refieres? —Le preguntó Nahuel frunciendo el ceño, adivinando que Ana no hablaba solo de sexo.

—No quiero pregonar a los cuatro vientos lo que hay entre nosotros dos, al menos no por el momento —le aclaró Ana. Nahuel frunció todavía más el ceño y Ana añadió—: Lo que quiero decir es que no tenemos que hacerlo público, sobre todo cuando todavía no tenemos claro qué clase de relación tenemos.

— ¿Quieres que nos veamos a escondidas? —Le preguntó Nahuel y le advirtió—: No tengo ninguna intención de mantener lo nuestro en secreto.

—No te pido que te escondas, tan solo que nos des tiempo para conocernos mejor antes de hacerlo público. ¿Qué pasa si mañana te das cuenta que no soy lo que buscabas?

—Eso no va a pasar, tengo muy claro lo que quiero y te quiero a ti —le aseguró Nahuel.

—De acuerdo, hagamos un trato —le propuso Ana—. Dejaremos esta conversación pendiente hasta dentro de un mes, si para entonces quieres seguir teniéndome en tu vida, le pondremos nombre a nuestra relación.

—Una semana —contra ofertó Nahuel.

—Tres semanas —negoció Ana.

—Dos semanas, ni para ti ni para mí —sentenció Nahuel.

Sellaron su acuerdo con un beso fogoso que alimentó el deseo de ambos, que volvieron a fundirse el uno con el otro, haciendo el amor apasionadamente.

A la mañana siguiente, Ana se despertó sobresaltada debido a un nuevo estruendo. No había dejado de llover en toda la noche, el viento huracanado no había dejado de soplar y los árboles caían como si fueran fichas de dominó. Nahuel, que estaba medio dormido, se dio cuenta del respingó que dio Ana y la estrechó entre sus brazos. Fue un gesto casi inconsciente, un gesto protector que a Ana le pareció muy tierno.

—Buenos días, preciosa —le susurró Nahuel besándola en el cuello—. ¿Has dormido bien?

—No podría haber dormido mejor —le confirmó Ana.

Pasaron el día encerrados en el sótano. Continuaban sin luz, pero se entretuvieron preparando la comida en una cocina de gas, escuchando la radio para estar al tanto de las últimas noticias, acariciándose, besándose y haciendo el amor.

A media tarde, Nahuel recibió la llamada de su madre.

—Hola mamá —la saludó Nahuel nada más descolgar—. ¿Estáis todos bien?

—Sí, estamos todos bien. ¿Y tú? —Le preguntó su madre preocupada—. No sé por qué te has quedado ahí solo, deberías haber venido a casa.

—No estoy solo, mamá —le confesó Nahuel mirando de reojo a Ana.

La madre de Nahuel ya sospechaba que no estaba solo, de lo contrario hubiese ido a visitarles en cuanto aterrizó en la costa, pero conocía muy bien a su hijo y sabía que era mejor no preguntar, Nahuel era muy receloso con su vida privada, sobre todo cuando se trataba de chicas.

— ¿Te ha acompañado Jason? —Preguntó Irene, la madre de Nahuel, sabiendo que Jason estaba en la ciudad.

—No, estoy con Ana —respondió Nahuel.

Ana miró a Nahuel. Estaba escuchando la conversación que él mantenía con su madre y se sorprendió al escuchar cómo la nombraba. Nahuel le dedicó una sonrisa socarrona al mismo tiempo que escuchaba lo que su madre le decía:

— ¿Ana? ¿La conozco?

—No, mamá. No la conoces todavía —le respondió Nahuel mirando a Ana.

Irene no era tonta. Durante el verano había visto a su hijo entrar y salir de casa, algunos conocidos le habían dicho que lo habían visto acompañado por una chica en la playa. Pero Irene no era una de esas madres agobiantes, ella se conformaba con saber que sus hijos estaban bien y eran felices, eso era lo único que le importaba.

—No has escogido el mejor fin de semana para pasar en la costa —comentó Irene—. Esa chica estará aterrada con la horrible tormenta, cuida de ella.

Irene era una mujer muy cariñosa y protectora. Sospechaba que aquella chica que estaba con su hijo era una chica de ciudad, pese a que se hubieran conocido en la costa, así que dio por hecho que no le gustarían las tormentas y que Nahuel, acostumbrado a ese tipo de clima, no le daría la menor importancia.

—No te preocupes, mamá. Estoy cuidando muy bien de ella —le dijo Nahuel al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona a Ana. Se estaba divirtiendo al verla sonrojarse.

—No te vayas sin hacernos una visita —le dijo su madre con tono de advertencia.

—Iré a visitaros antes de regresar a la ciudad —le prometió Nahuel.

Tras despedirse de su madre, Nahuel colgó y le dedicó una sonrisa traviesa a Ana. Tenía pensado pedirle a Ana que la acompañara a visitar a sus padres cuando la tormenta hubiese amainado, pero prefirió comentárselo al día siguiente, no quería que pasara la noche de morros como se temía que iba a suceder.

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