Búscame 12.

Ana se despertó con el terrible estruendo de un trueno. Se había echado en la cama después de comer y se había quedado dormida. Se despertó asustada y confusa. Despertarse en una cama ajena a la suya la hizo sentir desorientada. Se levantó de la cama y se dirigió al baño para asearse. El ruido del viento y la lluvia atravesaba las paredes de la casa, era perturbador. Pero Ana decidió mirar a través de la ventana de todos modos. Resignada con el fin de semana que le quedaba por delante, Ana optó por llamar por teléfono a Ruth, esperaba que ella fuera capaz de subirle el ánimo.

— ¡Ana, estábamos a punto de llamarte!  —Exclamó Ruth nada más descolgar. Activó el altavoz y añadió—: Estoy con Eva viendo las noticias, ¿estás bien?

—Estoy bien, parece que aquí estamos seguros —le respondió Ana.

— ¿Estás en su casa? —Quiso saber Eva.

—Sí y parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta.

—Ana, ¿es que no te has asomado a la ventana? —Le espetó Eva—. No es una tormenta es una ciclogénesis explosiva, ¡están evacuando a gran parte de la región!

—Gracias por tranquilizarme —le dijo Ana con sarcasmo—. Chicas, os he llamado para hablar de otro asunto. Han cancelado la gala, voy a quedarme encerrada con Nahuel en su casa, pero en la habitación de invitados.

—Puede que al final tengas que desnudarte y meterte en su cama —se mofó Ruth.

—De eso nada, tienes que ser sutil —opinó Eva—. Utiliza tu miedo a las tormentas para que sea él quien te ofrezca dormir en su cama.

—Sedúcele cómo tú sabes, Ana —insistió Ruth—. Ya lo hiciste una vez.

Nahuel subió las escaleras en busca de Ana al ver que eran las ocho de la tarde. Golpeó suavemente la puerta de su habitación y Ana, al escucharlo, se apresuró en despedirse de sus amigas:

—Chicas, tengo que colgar. Mañana os llamo y os cuento. Deseadme suerte.

— ¡Suerte! —Gritaron Ruth y Eva al unísono antes de colgar.

Ana abrió la puerta y se topó con Nahuel, que sonreía alegremente  para decir:

—Venía a despertarte, dormilona. ¿Has podido descansar?

—He dormido un par de horas —les respondió Ana encogiéndose de hombros—. Y tú, ¿has descansado?

—He estado trabajando desde mi despacho —le respondió Nahuel encogiendo los hombros igual que Ana.

Ana supo que algo pasaba, el gesto de Nahuel lo delataba. Parecía que Nahuel quisiera decirle algo y no se atreviera. Pero finalmente, Nahuel le confesó:

—Ana, vamos a tener que instalarnos en el sótano.

— ¿En el sótano? —Preguntó Ana extrañada.

—Así es —le confirmó Nahuel—. La tormenta ha alcanzado una fuerza 5, en el sótano estaremos más seguros ya que no hay ventanas —la cara de Ana fue un poema, así que Nahuel añadió—: No pasa nada, el sótano es un búnker. Es como un loft pero sin ventanas, te gustará.

Ana hizo un puchero, no le apetecía nada encerrarse en un sótano sin ventanas. Quería disfrutar de la costa en su pleno apogeo y no de su lado oscuro. Nahuel la miró divertido, la inocencia de Ana le parecía adorable, sobre todo cuando se ponía de morros.

—No sé qué te parece tan divertido —le reprochó Ana refunfuñando al ver a Nahuel sonriendo alegremente.

—Tú me pareces divertida —le contestó burlonamente—. Anda, recoge todo lo que necesites.

Mientras Ana se dedicó a meter en la maleta lo poco que había sacado, Nahuel recogió sus cosas, pasó por la cocina para coger toda la comida que había y lo llevó todo al sótano. Ana bajó las escaleras del sótano justo cuando Nahuel terminó de guardar la comida en la pequeña cocina.

—Vaya, esto es como un apartamento —comentó Ana impresionada.

—Casi todas las casas de la costa tienen un sótano igual, con este clima es lo más práctico —le respondió Nahuel—. Deja tus cosas donde quieras, ya ves que no hay mucho espacio. Tú dormirás en la cama, yo me apañaré en el sofá.

Ana no se pronunció, pero tenía muy claro que no iba a ser así, ella se encargaría de ello. La maldita tormenta, pese a tenerlos encerrados en el sótano, había conseguido que ambos pasaran la noche en la misma estancia, lo cual ya era un gran avance para Ana.

Tras dejar su maleta junto al armario que había al lado de la cama, Ana se acercó a Nahuel y le preguntó:

— ¿Qué hacemos para cenar?

—Pues hay de todo, María es la asistenta perfecta —anunció Nahuel.

Ana se alegró de que María estuviera casada con Jack y que además les sacara veinte años de diferencia, de lo contrario no le hubiera gustado nada que Nahuel la idolatrara de esa manera. No conocía a María, pero estaba deseando conocerla.

— ¿Qué te parece si preparamos una ensalada y un par de bistecs a la plancha? —Le propuso Ana.

—Me parece bien, pero deja que yo me encargue de la cena.

Nahuel se ocupó de la cena mientras Ana se dedicó a deshacer su maleta y guardar su ropa en una mitad del armario, dejando la otra mitad para Nahuel. Apenas una hora más tarde, ambos estaban sentados en dos taburetes con los platos sobre la barra de la cocina y con dos copas de vino.

—Por nosotros y por esta noche que, aunque no sea perfecta, estoy seguro que recordaremos siempre —brindó Nahuel.

Después de cenar, Ana ayudó a Nahuel a recoger la mesa y fregar los platos. Cuando todo estuvo recogido y limpio, decidieron sentarse en el sofá para ver las noticias en la televisión. El pronóstico del temporal no era nada bueno, era mucho peor de lo que habían previsto. Ana se percató del gesto de preocupación de Nahuel y ella se preocupó aún más de lo que ya estaba.

—Voy a ponerme el pijama, no quiero saber nada de la tormenta —murmuró Ana.

Nahuel asintió, tenía que saber qué estaba pasando ahí fuera para estar preparado ante lo que sucediese. Ana sacó su pijama del armario, un short diminuto de algodón y una camiseta de tirantes, se desnudó y se puso el pijama. Ni siquiera se molestó en entrar al baño para cambiarse, quería provocar a Nahuel, pero él parecía estar concentrado en las noticias, o al menos eso fue lo que pensó Ana. Sin embargo, lo cierto era que Nahuel no le quitó el ojo de encima, aprovechando el ángulo del espejo que tenía delante, vio cómo Ana se desnudaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo para concentrarse en lo que decía el presentador de las noticias para no lanzarse sobre Ana y devorarla como tanto deseaba.

Una vez con el pijama puesto, Ana se acomodó en el sofá junto a Nahuel. La temperatura había descendido considerablemente y Nahuel, al ver cómo Ana se acurrucaba en el sofá, le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia a él para estrecharla entre sus brazos. Estaba helada y Nahuel, demasiado tentado para centrarse en las noticias, apagó el televisor. Se puso en pie, agarró a Ana en brazos y la llevó a la cama, donde la depositó con sumo cuidado, como si fuera tan frágil que el cristal. Ana lo miró con el ceño fruncido, no estaba dispuesta a dormir sola en aquella cama.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Nahuel al verla de morros. Justo en ese momento cayó un rayo que iluminó todo el sótano y acto seguido todo se quedó a oscuras—. Nos hemos quedado sin luz.

—Tendríamos que haber comprobado la previsión meteorológica antes de viajar —se lamentó Ana.

Nahuel se tumbó en la cama junto a ella, la envolvió entre sus brazos y le susurró al oído:

—No pasa nada, preciosa.

—Puede que te parezca ridícula, pero tengo miedo —le confesó Ana avergonzada.

— ¿Quieres que me quede aquí contigo? —Le preguntó Nahuel con cautela. Ana asintió y se abrazó a él con más fuerza a modo de respuesta—. Supongo que eso es un sí —bromeó Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —murmuró Ana.

Estar entre los brazos de Nahuel la calmaba, él era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo. Se dejó abrazar y se acomodó junto a él. Nahuel la acunó hasta que, un rato más tarde, ambos se quedaron dormidos. Había sido un día largo, ambos estaban agotados.

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