Búscame 11.

Nahuel condujo más despacio de lo habitual, la tormenta había traído consigo un viento exagerado y se vio obligado a extremar la precaución en la carretera. Se percató de cómo Ana se aferraba con las manos al sillón, estaba tensa, casi igual de tensa que en el momento de las turbulencias en el avión a la hora de aterrizar. Apartó la vista de la carretera un instante para mirarla, pero rápidamente ella le señaló la carretera para que no se distrajera.

— ¿Estás bien?

—Sí —mintió Ana.

—Es obvio que no —le replicó Nahuel—. Si has cambiado de opinión y…

—He dicho que estoy bien —le interrumpió Ana bastante borde. Pero se dio cuenta en el acto de lo desagradable que había sonado su respuesta y añadió—: Disculpa, estoy un poco nerviosa.

A Ana no le gustaban nada las tormentas, le daban miedo desde que tenía uso de razón, pero no estaba dispuesta a confesarlo ante Nahuel. Miró por la ventanilla del vehículo, el cielo estaba cubierto de nubes negras, se avecinaba una gran tormenta.

Ajeno al temor que las tormentas le causaban a Ana, Nahuel comentó mientras aparcaba el todoterreno en el garaje de su casa:

—No parece una tormenta cualquiera, me temo que vamos a tener un tiempo complicado este fin de semana.

—Genial —murmuró Ana con sarcasmo.

Justo en ese momento, el cielo se iluminó, se oyó un terrible estruendo y Ana dio un respingo acompañado de un pequeño grito agudo.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Nahuel sonriendo burlonamente.

—No me gustan demasiado.

—Te dan miedo las tormentas —confirmó Nahuel riendo divertido—. Pensaba que te daba miedo volar y resulta que lo que te dan miedo son las tormentas.

—No me da miedo volar, pero reconozco que no me gustan las turbulencias —confesó Ana con un hilo de voz—. Nunca me han gustado las tormentas, pero me gustan menos si estoy subida en un avión a 1000 metros sobre el suelo.

—Anda, ven conmigo que te voy a enseñar la casa —le dijo Nahuel meneando la cabeza de un lado a otro al mismo tiempo que sonría divertido.

Nahuel colocó su mano sobre la espalda de Ana y le enseñó la casa. Ana ya había visto la casa por fuera, era una casa demasiado grande para una sola persona. Dejaron las maletas en el vehículo, que estaba aparcado en el garaje. Nahuel guió a Ana por un estrecho pasillo que conectaba el garaje con la cocina y le dijo:

—En la planta baja está la cocina, el comedor, el salón y un aseo. Desde la cocina puedes acceder al garaje y a la despensa —la guió haciendo un pequeño recorrido por la planta baja y después subieron las escaleras a la planta superior—. En esta planta están las habitaciones, todas con baño; mi despacho; y un aseo —señaló una de las puertas y añadió—: Ahí está mi habitación, tú puedes instalarte en la habitación de al lado, allí estarás cómoda.

Ana echó un vistazo a la habitación que Nahuel le mostraba. Era una habitación amplia, decorada como cualquier escaparate de exposición, impersonal. Ana no pudo evitar pensar en cuántas mujeres habrían pasado por aquella casa o, peor aún, cuántas habrían dormido en la cama de Nahuel. Como si le leyese el pensamiento, Nahuel comentó con naturalidad:

—Eres la primera invitada en esta casa. Terminaron de construirla este verano, cuando nos conocimos todavía no estaba acabada. Todavía tengo que amueblar el resto de las habitaciones y parte del salón, pero tenemos lo más básico.

—Tienes una casa preciosa —le dijo Ana.

Un rayo cayó y el estruendo le hizo dar un salto hacia atrás, pero Nahuel la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos, dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella.

—Nena, aquí estamos seguros —le susurró Nahuel—. En esta zona suelen haber huracanes, tornados y tifones, todas las edificaciones están preparadas para soportar las peores condiciones climatológicas.

—No pienso salir ahí fuera si hay un tornado, un huracán o cualquier fenómeno climatológico peligroso —le advirtió Ana—. Y mucho menos me voy a subir a un avión.

—Tranquila, te prometo que estarás bien —le aseguró Nahuel.

Cogieron las maletas del coche y se instalaron en sus respectivas habitaciones. Ana decidió darse un relajante baño en la enorme bañera del baño de su habitación. Necesitaba calmarse para controlar su pánico a las tormentas y su frustración al tener que dormir en otra cama que no fuera la de Nahuel. Cuando Ana salió de su habitación y entró en la cocina, se encontró a Nahuel con un delantal puesto, concentrado mirando por la ventana.

— ¿No amaina la tormenta? —Le preguntó Ana.

Nahuel se dio media vuelta para mirarla, le dedicó una sonrisa forzada y respondió señalando la televisión de la cocina:

—Me temo que no es una simple tormenta.

Ana prestó atención a lo que decía el presentador del informativo. Como bien había dicho Nahuel, no se trataba de una simple tormenta. Tres frentes iban a chocar sobre la región de la costa: un frente cálido procedente del sur, un frente frío procedente de las montañas y un frente aún más frío procedente del norte.

—”Dicho fenómeno climatológico se denomina ciclogénesis explosiva y traerá consigo lluvias, fuertes rachas de vientos huracanados, tornados y tormentas eléctricas. Las autoridades recomiendan no salir de casa durante las próximas horas y están evacuando zonas con riesgo de inundaciones. El ayuntamiento ha ofrecido los dos polideportivos para que familias que no se encuentren seguras en sus casas puedan instalarse allí, desde donde nos solicitan que hagamos un llamamiento a voluntarios que quieran colaborar aportando mantas, ropa y demás enseres que sean útiles para los refugiados.”

El presentador del informativo continuaba hablando, pero Ana decidió no seguir escuchando. Maldijo para sus adentros por encontrarse allí, en plena ciclogénesis explosiva o cómo narices se llamara la dichosa tormenta complicada. Ana se marchó de la costa un mes y medio atrás, le parecía impensable que no quedara rastro del sol ardiente ni de los turistas sonrientes. En su lugar, las nubes, la lluvia y la tormenta se habían apoderado del lugar idílico donde había veraneado pocas semanas antes.

—Ana, no te preocupes —le dijo Nahuel tratando de calmarla—. Te prometo que no voy a dejar que te ocurra nada, preciosa.

—No quiero ir a esa gala, no quiero ir a ninguna parte con esa tormenta ahí fuera —le dijo Ana aterrada.

—No vamos a ir a ninguna parte, la gala benéfica ha sido cancelada —la tranquilizó Nahuel sonriendo con ternura al mismo tiempo que la agarraba de la cintura para acercarla a su cuerpo y estrecharla entre sus brazos—. Pero me temo que no podremos regresar a la ciudad hasta que pase la dichosa tormenta.

—Supongo que la buena noticia es que mi jefe no me reñirá si el lunes no aparezco por la oficina —bromeó Ana. Echó un vistazo a la olla que había sobre los fogones de la cocina y le preguntó divertida—: ¿Estás cocinando?

—No, tan solo estoy calentando la comida —le confesó Nahuel—. ¿Recuerdas a Jack? —Ana negó con la cabeza y Nahuel le recordó—: Jack es el hombre que nos preparó el yate el día que fuimos a navegar. María es su esposa, ambos se encargan de mantener limpio y en orden el yate y ahora también la casa. Le pedí a María que nos preparara algo de comer, ya que supuse que llegaríamos sobre esta hora. También se ha encargado de llenarnos la nevera, así que esta noche podré demostrarte mis dotes culinarias.

Nahuel sirvió la comida que María había preparado y ambos comieron mientras charlaban y bromeaban. El viento soplaba cada vez más fuerte, la lluvia era más intensa y el estruendo de los truenos más fuertes, pero Ana se sintió segura con Nahuel.

Después de comer, Nahuel insistió en que se fuera a descansar un rato y Ana acabó obedeciéndole, pues realmente estaba agotada. Nahuel se encerró en su despacho, encendió el ordenador portátil que siempre le acompañaba y aprovechó para poner al día su correo electrónico.

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