Búscame 10.

Con la excusa de preparar la maleta para ese repentino fin de semana, Ana se marchó de la Agencia después de almorzar, por supuesto Nahuel la acompañó a casa. Se despidieron frente al portal del edificio con un beso en los labios que, como ya era costumbre, Nahuel se vio obligado a frenar antes de que fuera a más.

Ana entró en el apartamento refunfuñando y Ruth, que estaba en la cocina, la escuchó.

— ¿Se puede saber qué te pasa? —Preguntó Ruth al escucharla.

— ¿Se puede saber qué haces tú aquí a estas horas?

—Me han dado la tarde libre, mañana tenemos un evento importante y mi jefe quiere que esté descansada. ¿Y tú?

—Nahuel me ha pedido que le acompañe a la costa este fin de semana para asistir a una gala benéfica —le respondió Ana molesta.

—Por tu humor cualquiera diría que te ha pedido que mates a alguien —se mofó Ruth—. ¿Qué tienes en contra de pasar un fin de semana con él en la costa?

—Cuando me lo ha propuesto me ha dejado claro que se trataba de una proposición profesional, sigue pensando en ir despacio —protestó Ana—. Pasar el fin de semana con él en su casa de la costa se va a convertir en una tortura a un mayor que trabajar con él.

—Cielo, Nahuel es un hombre —le recordó Ruth—. Tan solo tienes que utilizar tus armas de mujer y se olvidará hasta de su nombre.

— ¿Y qué quieres que haga? ¿Me desnudo y me meto en su cama? —Le replicó Ana.

—Chica, ¿es que no has oído hablar de la sutilidad?

—Tiene gracia que tú me hables de ser sutil —murmuró Ana.

—Te he oído —la acusó Ruth—. Pero soy buena amiga y te voy a dar unos consejos que te van a servir de ayuda.

—Ilumíname con tu sabiduría —dijo burlonamente Ana.

—Para empezar, muéstrate entusiasta, finge que te interesa asistir a la gala benéfica, que te mueres de ganas por conocer a más clientes y todo ese royo profesional —comenzó a decir Ruth ignorando el comentario de Ana—. Nahuel ha de pensar que ese viaje solo te interesa a nivel profesional, pero a la vez te tienes que mostrar divertida, amable y coqueta. Tienes que seducirle de una manera inocente, de manera que él ni siquiera sospeche de tus verdaderas intenciones.

—Ruth, yo no sirvo para esas cosas —protestó Ana—. Soy torpe por naturaleza.

—Bueno pues, si no se te da bien, siempre puedes contar con el plan B: te desnudas y te metes en su cama —bromeó Ruth entre risas.

Ana pasó la tarde haciendo la maleta y preparando su ropa para el día siguiente. Nahuel estaba a punto de enviarle un mensaje de buenas noches a Ana como hacía todos los días, pero finalmente decidió llamarla. No sabía el qué, pero estaba seguro de que algo no iba bien con ella. Al pedirle que la acompañara le había dejado claro que sus intenciones eran totalmente profesionales, sobre todo cuando le propuso alojarse en su casa, pero aquella aclaración parecía haberla molestado. Nahuel ya no sabía qué hacer, pensaba que ir despacio sería difícil pero satisfactorio, sin embargo le estaba resultando una verdadera tortura y sentía a Ana más alejada de él que nunca. Llamarla era lo más acertado, o al menos eso pensaba Nahuel.

—Hola preciosa —la saludó en cuanto Ana descolgó—. ¿Ya lo tienes todo preparado?

—Sí, estaba a punto de meterme en la cama —le respondió Ana con tono sugerente pero inocente, como le había aconsejado Ruth.

—Mañana pasaré a buscarte a las siete de la mañana, nuestro vuelo sale a las ocho —le anunció Nahuel.

—No hacía falta que me lo recordaras —le dijo Ana un poco molesta, decepcionada de que la llamara solo para eso.

—En realidad solo era una excusa para hablar contigo —le confesó Nahuel—. Tenía otros planes para nosotros este fin de semana, pero la gala lo ha cambiado todo —se sinceró Nahuel—. Ana, si no te apetece acompañarme lo comprenderé, no pasa nada. Prefiero que no vengas a que me acompañes y me odies por arrastrarte hasta allí.

Ana se sintió fatal, Nahuel hacía todo aquello solo para que ella se sintiera cómoda en la Agencia y también porque quería que su relación funcionase. Aun así, Ana decidió seguir con el consejo de Ruth y le respondió:

—La verdad es que me apetece mucho acompañarte, así tendré la oportunidad de conocer a otros clientes de la Agencia y ver en primera persona el trabajo que desarrollan los agentes durante la gala benéfica —comentó Ana, pues la Agencia Smith se encargaba de la seguridad del evento.

—Puede que no sea lo que hemos planeado, pero me gustaría invitarte a cenar el sábado —le propuso Nahuel—. Una tercera cita en la costa, ¿qué me dices?

—Suena muy tentador, supongo que no puedo negarme.

—Genial, nos vemos mañana entonces —se despidió Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —se despidió Ana antes de colgar.

Tras esa conversación, Ana fue en busca de Ruth a su habitación y le pidió ayuda, necesitaba acabar con aquella tortura perpetua y un fin de semana en la costa sería el escenario perfecto.

Al día siguiente a las siete de la mañana, Nahuel esperaba a Ana frente al portal del edificio. Le acompañaba Jason, quien les llevaría al aeropuerto privado donde despegaría el jet de la Agencia para llevarles a la costa. Nahuel la ayudó con las maletas en cuanto la vio traspasar el umbral del portal y la saludó con un beso en la mejilla:

—Buenos días, preciosa —le susurró al oído.

—Buenos días, señor Smith —le saludó Ana un tanto decepcionada por ese beso en la mejilla.

Nahuel sonrió al percatarse, pero no dijo nada. Jason les llevó hasta el aeropuerto privado y allí se subieron al jet de la Agencia. Ana se quedó fascinada, ella no estaba acostumbrada a tanto lujo y aquello la impresionaba.

—Ven aquí, estamos a punto de despegar —le anunció Nahuel agarrándola de la cintura para sentarla y abrocharle el cinturón de seguridad. La miró a los ojos, le dio un leve beso en los labios y le susurró al oído—: Estás preciosa.

Ana agradeció el cumplido con una sonrisa coqueta, dispuesta a llevar a cabo el plan de Ruth hasta el final.

Las dos primeras horas de vuelo fueron tranquilas, Nahuel se dedicó a trabajar desde su ordenador portátil y Ana aprovechó para seguir durmiendo, apenas había pegado ojo la noche anterior escuchando los consejos de Ruth. Media hora antes de aterrizar el avión atravesó una tormenta y las turbulencias despertaron a Ana, que preguntó asustada:

— ¿Qué ocurre?

—Turbulencias a causa de una tormenta —le informó Nahuel pero, al ver la expresión de pánico en el rostro de Ana, añadió—: No te preocupes, estamos a punto de aterrizar y no hay ninguna complicación.

El avión aterrizó sin demasiadas complicaciones, pero las turbulencias por suerte no desviaron al jet de su trayectoria. Justo antes de que el avión tocara tierra, Ana se aferró a la mano de Nahuel con fuerza.

—Tranquila, ya hemos aterrizado —la tranquilizó Nahuel para que abriera los ojos al mismo tiempo que le desabrochaba el cinturón de seguridad—. Hemos tenido suerte, se acerca una gran tormenta.

—No pienso volver a subirme a un avión antes de comprobar el parte climatológico —anunció Ana aterrada.

Salieron del jet y un tipo les esperaba frente a un todoterreno negro igual al de Nahuel. Nahuel saludó al tipo con un estrechón de manos, se hicieron algunas preguntas cordiales y el tipo le entregó las llaves del vehículo. Mientras Nahuel ayudaba a Ana a sentarse en el asiento de copiloto, el tipo cargó el equipaje en el maletero. Nahuel se despidió de él  con otro estrechón de manos y se subió al todoterreno junto con Ana.

—Ya estamos en la costa, ahora vamos a casa a instalarnos —anunció Nahuel.

Ana sonrió a pesar de que no se le había pasado el susto con las turbulencias durante el vuelo, seguía estando nerviosa y Nahuel le acarició la rodilla para tranquilizarla.

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