Búscame 1.

El viernes por la mañana Ana fue a su entrevista de trabajo. La oferta pintaba bien, pero lo que no anunciaban era que trabajaría como abogada en el departamento de personal de una multinacional despidiendo gente. Necesitaba un trabajo y no podía rechazarlo así como así, pero dos días antes la habían llamado para hacer una entrevista en otra empresa y decidió ser sincera con el tipo que tenía delante:

—Agradezco su oferta, pero tengo pendientes algunas entrevistas más y no quisiera tomar una decisión hasta haber escuchado el resto de ofertas.

—Lo entiendo, pero entienda que nosotros no podemos dejar de buscar una empleada —le dijo el director de personal que le estaba haciendo la entrevista—. No obstante, no dude en ponerse en contacto conmigo si finalmente toma la decisión de quedarse con nosotros.

—Lo haré si así lo decido —le aseguró Ana estrechándole la mano a modo de despedida.

Ana salió del edificio con un sabor agridulce. Sin duda era una buena oferta de empleo, pero ella era demasiado sentimental para dedicarse a despedir a sus compañeros, eso era demasiado para ella.

Así que todas sus esperanzas de encontrar empleo se centraron en la misteriosa entrevista que tenía el próximo lunes. La habían llamado por teléfono dos días antes, tan solo le comentaron el sueldo bruto anual que percibiría y que su puesto básicamente consistiría en llevar la parte legal de una empresa internacional con sede en la ciudad. Era un gran puesto y un gran sueldo, pero a Ana le pareció demasiado bonito para ser verdad. Aun y así aceptó la entrevista y le dijeron que no sería posible hasta el lunes, ya que hasta entonces no estaría “el jefe”, que sería la persona encargada de hacerle la entrevista. Que el jefe en persona quisiera hacerle la entrevista no fue lo que la sorprendió, al fin y al cabo pasarían mucho tiempo juntos y sería lógico que quisiera conocer a la persona con quien compartiría su tiempo durante la jornada laboral. Pero lo que le sorprendió es que la secretaria que la llamó no mencionó el nombre de ese jefe ni el de la empresa, tan solo le dio la dirección y le indicó que se presentara allí el lunes a las nueve de la mañana.

Cuando se lo contó a las chicas las dos torcieron el gesto, aquella entrevista era un poco sospechosa. Eva decidió buscar en internet y comprobó que la empresa que allí estaba instalada era la sede de una empresa internacional que, efectivamente, buscaba un abogado empresarial. Eva siguió buscando y descubrieron que se trataba de una empresa de seguridad, ofrecían servicios que iban desde agentes como seguridad privada, dispositivos de seguridad propios de una agencia de espionaje y unos “servicios exclusivos para clientes VIP” que no venían descritos en la página web. El dueño de la empresa era también el presidente y el director general, Ana pensó que debía ser el hombre más ocupado del mundo si se encargaba de presidir y dirigir una empresa cómo esa. Le hubiera gustado saber más de él, pero en la página web tan solo se le mencionaba con las iniciales “N. S.” y tampoco había ninguna foto de él. Tendría que esperar al lunes para conocerle.

Ana condujo de regreso al apartamento y aparcó frente a la puerta del edificio. Lo tenía todo preparado, tan solo tenía que coger las maletas y guardarlas en el maletero. Esperaba que sus dos amigas también lo tuvieran todo listo y así poder poner rumbo hacia el pueblo para ver a su familia.

Contra todo pronóstico, Eva y Ruth estaban preparadas para marcharse y la esperaban junto a la puerta con las maletas en la mano.

Tras tres horas conduciendo, las chicas llegaron a su pueblo natal a la hora de comer. Nada más apearse del coche, medio pueblo fue a saludarlas. En un pueblo pequeño como el de ellas todo el mundo se conocía.

Ana abrazó a sus padres, los echaba de menos pese a que hablaba por teléfono con ellos todas las semanas. Los padres de Ana también echaban muchísimo de menos a su única hija. Entendían que ella ya era mayor para tomar sus decisiones y su decisión fue trasladarse a la gran ciudad, aunque a ellos les hubiera gustado que Ana se quedara en el pueblo.

—Te hemos echado de menos, princesa —le dijo su padre mientras la abrazaba.

—Y yo a vosotros —le confesó Ana a su padre—. Mamá, ¿qué te has hecho en el pelo? Estás guapísima, ¡pareces mi hermana!

— ¡Te has fijado! —Le dijo Susana con alegría. Le dio un codazo a su marido y añadió—: Tu hija lleva dos meses sin verme y se ha dado cuenta que he cambiado el color de mi pelo y tú, que duermes conmigo cada noche, ni siquiera te has fijado.

—Oh, vamos Susana, claro que me he fijado —le aseguró Ramón—. Lo que pasa es que no puedo decirte a cada momento lo guapa que estás porque si no perdería credulidad.

Susana le lanzó una fulminante mirada a su marido y él le lanzó un beso al aire para arreglar la situación. Ana disfrutó al ver a sus padres tan enamorados como siempre, aunque tuvieran una particular forma de demostrarlo.

—Cuéntanos, Ana. ¿Cómo han ido las vacaciones por la costa? —Le preguntó Susana a su hija mientras entraban en casa.

—Las vacaciones han sido perfectas —respondió Ana al mismo tiempo que suspiraba y se sentaba en uno de los taburetes de la cocina.

Ramón adivinó que se avecinaba una conversación de chicas, así que dejó a madre e hija charlar en la cocina mientras él se encargaba de preparar la mesa en el comedor.

— ¿Suspiras porque se han acabado tus vacaciones o porque has dejado atrás algo más que unos días en la costa? —Le preguntó Susana, que conocía demasiado bien a su hija.

— ¿Tanto se me nota? —Quiso saber Ana.

—Eres mi hija y te conozco bien, cielo —le recordó su madre—. ¿Cómo se llama?

—Se llama Nahuel.

—Bonito nombre, aunque no muy común en los chicos del norte.

—Así es, Nahuel es de un pequeño pueblo de la costa, del mismo pueblo donde nos alojamos durante las vacaciones —le aclaró Ana.

—Son diez horas en coche, pero tan solo dos en avión —calculó Susana.

—Nahuel vive en la ciudad, pero viaja a menudo a la costa para ver a su familia.

—Entonces la distancia no es un problema —concluyó Susana.

—El problema es que ese hombre me gusta demasiado.

—Eso no es un problema, cielo. A menos que él no quiera volver a verte y, si te ha conocido, dudo mucho que no quiera volver a verte.

—Eres mi madre, no tienes un punto de vista objetivo —bromeó Ana. Madre e hija rieron y Ana añadió—: Él se quedó unos días más en la costa, me dijo que quería volver a verme cuando regresara a la ciudad y le dije que me buscara, pero todavía no he tenido noticias de él.

— ¿Sabes si ha regresado ya a la ciudad?

—No lo sé, pero si no ha regresado ya poco le debe faltar.

—Temes que no te busque —adivinó Susana—. Cielo, estoy segura de que te buscará y no te lo digo porque sea tu madre. A ese chico le interesas, de lo contrario no te habría dicho que quería seguir viéndote. ¿Sabe dónde localizarte?

—Tiene mi número de teléfono y yo el suyo —le respondió Ana encogiéndose de hombros.

—Pero ninguno de los dos se decide a llamar, la juventud de hoy en día actuáis de una forma bastante extraña, me cuesta entenderos —reflexionó Susana.

—Se te da genial, mamá —le aseguró Ana y le dio un beso en la mejilla—. Echo de menos nuestras charlas sobre chicos.

—Pues deberías llamarme más a menudo —la regañó cariñosamente Susana—. La comida ya está lista, ayuda a tu padre a preparar la mesa.

Ana disfrutó de la comida con sus padres y de una posterior sobremesa con Ruth y Eva y sus respectivos padres.

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