Bajo la luz de la luna 6.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth no dejaba de mirar el reloj de su muñeca mientras caminaba de un lado al otro del salón. Se había fumado más de tres cigarros en menos de una hora y se suponía que había dejado de fumar hacía meses. Oyó como un coche paraba frente a su casa y abrió la puerta justo en el que un taxi se alejaba. Agudizó la mirada y advirtió la silueta de Jason, que cruzaba el jardín caminando con gracia hasta que se paró frente a ella y, con el carisma que le caracterizaba, le sonrió y la saludó dándole un abrazo mientras la alzaba en sus brazos y daba vueltas sobre sí mismo:

–  ¡Por fin has entrado en razón!

–  Me temo que eres el único que se alegra de todo lo que ha pasado. – Le respondió ella sonriendo y añadió bromeando: – Siempre llevándole la contraria al resto del mundo.

–  Ya me conoces, soy abogado. – Bromeó Jason.

Abrazados, entraron en casa y se dirigieron al salón sin darse cuenta que, desde la distancia, alguien les había estado observando.

–  Suéltalo ya, mientras antes lo digas, antes te lo quitas de encima. – Le apremió Elisabeth, que odiaba que se anduvieran por las ramas. – ¿Qué has venido a decirme?

–  Mike está como loco buscándote, tu padre le ha dicho que sigo en New York para que pudiera venir a verte sin que me siguiera. – Empezó a explicarle Jason. – Mike ha enviado a uno de sus abogados a la oficina de tu padre para advertirle que, si no apareces en tres días, interpondrán una demanda contra ti y solicitaran una indemnización económica por daños morales, además de hacerte asumir todos los costes que la no-boda conlleva. Por no mencionar que la noticia se filtraría a la prensa, tendrías a medio mundo buscándote y tu foto aparecería en las noticias de todos los países.

–  Genial. – Ironizó Elisabeth. – Si anoche me emborraché, está noche pienso terminar en un hospital con un coma etílico.

–  Si ya no vas a ser Lady Elisabeth, la estirada esposa de Lord Hudson, supongo que puedes permitírtelo. – Se mofó Jason encogiéndose de hombros. – Ya pensarás mañana en tomar una decisión, aún te quedan tres días.

–  Debería buscarme un abogado más serio y profesional. – Se mofó Elisabeth.

–  Podrías hacerlo, pero sabes que no será tan bueno como yo. – Le respondió Jason divertido. – Por cierto, ¿me vas a presentar a tus nuevas amigas?

Elisabeth llamó a Olivia por teléfono y le dijo que quería que fuesen todos a cenar al bar de Fernando porque quería que conocieran a Jason. Olivia se encargó de avisar a su hermano Óscar y a Marta, que a su vez se encargaría de avisar a Alan y él avisaría a Marcos.

Media hora más tarde, Elisabeth y Jason entraron en el bar de Fernando y ya estaban allí todos esperándoles con curiosidad. Elisabeth agarró a Jason del brazo y caminó hacia a la mesa para siete personas en la que estaban sentados sus nuevos amigos.

–  Chicos, quiero presentaros a alguien. – Les dijo Elisabeth para llamar la atención de todos a pesar de que ya la había obtenido. – Él es Jason, un amigo. – Jason miró a Elisabeth enarcando las cejas con gesto de sorpresa, pues era mucho más que un amigo, era su mejor amigo desde que tenían uso de razón, pero Elisabeth continuó con las presentaciones: – Jason, ellos son Fernando, Óscar, Marta, Olivia, Marcos y Alan, los únicos amigos que tengo por aquí.

Olivia y Marta se levantaron rápidamente para saludar a Jason con un par de besos en la mejilla, encantadas con tener a semejante monumento delante, pero a los chicos no les hizo ninguna gracia, excepto a Fernando, que disfrutaba observando en silencio la situación. Jason fue consciente de lo que allí ocurría y le pareció divertido, sobre todo cuando se percató de que uno de ellos estaba más molesto que los demás y no dejaba de observar a Elisabeth con semblante serio.

Jason y Elisabeth se sentaron a la mesa y Elisabeth quedó entre Jason y Alan. Olivia le dio conversación a Jason y, cuando empezaron a hablar de leyes, ambos se evadieron. A Elisabeth le pareció graciosa la reacción de Marcos y, tratando de ocultar una sonrisa, se levantó y se dirigió hacia a la barra. Fernando se acercó para atenderla y, cuando la vio sonreír divertida, le preguntó con curiosidad:

–  ¿Qué te hace tanta gracia? – Elisabeth miró en dirección a Marcos y Fernando añadió: – Tú también te has dado cuenta y acabas de llegar, pero ellos llevan así toda la vida y aún no se quieren enterar. – Eli se volvió hacia a Marta y Óscar y después volvió a mirar a Fernando, que le aclaró: – Más de lo mismo, aquí nadie se quiere enterar de nada.

–  ¿Nunca has tratado de que lo vieran? – Le preguntó Elisabeth con cautela, no quería parecer indiscreta.

–  En estas cosas, es mejor mantenerse al margen. – Le respondió Fernando sonriendo. – Son ellos quienes tienen que tomar la decisión y lo harán cuando estén preparados para aceptarlo.

–  Supongo que tienes razón. – Le dijo Elisabeth.

Fernando siguió atendiendo a los clientes y Alan aprovechó que Elisabeth se había quedado sola para acercarse a ella. Se sentó en el taburete de al lado y le recordó:

–  Tenemos una partida pendiente, pienso ganar la apuesta.

–  ¿Quieres jugar ahora? – Le preguntó Elisabeth divertida.

–  No, he bebido un par de copas y estoy seguro de que te aprovecharías de mí. – Bromeó. – Quizás otro día, cuando estés menos ocupada. – Añadió mirando a Jason.

Elisabeth no supo qué responder. ¿Acaso aquello era una especie de insinuación? ¿O acaso era un reproche por la compañía de Jason? Fuera lo que fuera, no se atrevió a preguntar, tan solo se limitó a sonreír vagamente.

Jason también se percató rápidamente de lo que allí ocurría: si hablaba con Olivia, Marcos le miraba con cara de pocos amigos; si hablaba con Marta, era Óscar quién le miraba con cara de pocos amigos; y, si hablaba con Elisabeth, podía sentir la mirada fulminante de Alan. Divertido por aquella situación, Jason se acercó a Elisabeth y le preguntó susurrándole al oído:

–  ¿Qué te traes con el moreno que me mira como si quisiera matarme?

Elisabeth miró en la dirección en la que los ojos de Jason miraban y se topó con la mirada de Alan que, como ya le había dicho Jason, miraba con cara de querer matarle.

–  No me traigo nada con él, aunque tengo que reconocer que tiene algo que me encanta. – Le confesó Elisabeth encogiéndose de hombros. – A veces creo que mi presencia le molesta y otras veces creo que está tratando de ligar conmigo.

–  Si quieres salir de dudas, conozco un método infalible.

–  No sé si quiero saber lo que estás pensando…

–  Tú solo sígueme la corriente y, si tu hombre de hielo se vuelve cada vez más frío, será porque le interesas. – Le dijo Jason agarrándola por la cintura y pegando el cuerpo de ella al suyo mientras bailaban lentamente al ritmo de una balada romántica de Adele. Tras unos segundos en silencio, añadió: – Mira disimuladamente, ¿cómo te parece que está tu amigo?

–  Ni siquiera está mirando. – Le respondió Elisabeth tras comprobar que Alan estaba hablando con Marcos.

–  Solo está disimulando. – Le confirmó Jason. – Si me pongo a hablar con tu amiga Olivia, Marcos se acercará a nosotros y Alan, si es un tipo listo, aprovechará la ocasión para acercarse a ti.

Y todo surgió tal y cómo Jason había dicho. En cuanto se acercó a Olivia para hablar con ella, Marcos se les unió dejando a Alan a solas que, tras cruzar su mirada con la de Elisabeth, caminó despacio hacia a ella y, cuando la tuvo delante a escasos centímetros, le dijo con naturalidad:

–  Parece que tu amigo Jason ha causado muy buena impresión entre las féminas del local.

–  Jason es muy carismático y además muy atractivo, es normal. – Le contestó Elisabeth sin darse cuenta de lo que pretendía Alan.

–  ¿Y a ti no importa? – Preguntó Alan yendo directamente al grano.

–  No, no me importa. – Le aseguró Elisabeth sonriendo. – Jason y yo somos amigos, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y nuestra relación se parece más a una relación entre dos hermanos que a otra cosa. Es mi mejor amigo y le quiero mucho, pero de un modo maternal y para nada carnal.

A Alan le gustó oír aquello y se lo hizo saber a Elisabeth con una amplia sonrisa.

–  Me caes mejor cuando bebes, no pareces tan gruñón. – Le soltó Elisabeth sin pensar y se arrepintió en ese mismo momento.

–  Tendré que beber más a menudo. – Le respondió Alan divertido por su comentario. – Marta me ha dicho que estás decorando la casa, si necesitas ayuda para montar muebles…

–  Gracias, pero he contratado a una empresa para que se ocupe de todo. – Le explicó Elisabeth. – La próxima semana tendré que dejar libre la casa así que me instalaré en el apartamento y aprovecharé el tiempo que esté allí para organizar la decoración del apartamento.

–  ¿El apartamento? – Preguntó Alan sin tener idea de lo que hablaba Elisabeth.

–  Mis abuelos me dejaron en herencia un apartamento en Barcelona. – Le aclaró Elisabeth.

–  Pues llámame cuando estés en Barcelona, vivo y trabajó en la ciudad. – Le propuso Alan. – Quizás encontremos un hueco para salir a tomar un par de cervezas.

–  Tu hermana ya ha organizado la agenda de esa semana y Olivia la ha secundado: por la mañana a la playa, por la tarde de compras y por la noche de fiesta. – Le contestó divertida. – Pero estaremos encantadas de que te unas a nosotras en cualquiera de esas actividades, porque son las únicas que tenemos permiso para hacer.

Alan y Elisabeth estuvieron hablando y bromeando durante toda la noche. Jason pululaba de un lado al otro disfrutando con Fernando de las reacciones tan primitivas de los chicos que allí delante tenían cuando se acercaba a alguna de las chicas y ellas también disfrutaban de ver cómo ellos se mostraban algo celosos, aunque jamás lo reconocerían.

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