Bajo la luz de la luna 15.

Bajo la luz de la luna

Alan y Elisabeth el sábado siguieron la misma rutina que el día anterior, salvo que por la noche se celebraba la gala anual de la empresa de Alan y todos tenían que vestir de etiqueta. Elisabeth, acompañada por Olivia y Marta, días atrás se había comprado para la ocasión un vestido de noche de Versace de color violeta con escote en palabra de honor y cola de sirena.

–  Estás preciosa, tanto que estoy pensando en pedir que nos suban la cena a la suite. – Le dijo Alan cuando la vio lista para bajar a cenar con los demás.

–  Tú también estás muy sexy con ese traje negro y esa corbata a juego con mi vestido, ¿cómo la has conseguido?

–  Marta me dijo que iba a acompañarte a comprar un vestido para la cena de esta noche y le pedí que me comprara una corbata a juego con tu vestido. – Le respondió Alan divertido. – Tengo que confesarte que el Versace que llevas te hace parecer una diosa sexy a la que voy a desear toda la noche.

–  Cuanto más se espera por conseguir lo que se desea más se disfruta cuando por fin lo consigues.

–  Acabarás matándome. – Le susurró Alan oído mientras la estrechaba entre sus brazos.

Se dirigieron al salón donde daría comienzo la gala con un cóctel de bienvenida y, mientras Alan hablaba con un par de compañeros de la oficina, la mujer del presidente se dirigió hacia a ella y la saludó con un cariñoso abrazo al mismo tiempo que le decía en inglés:

–  ¡Lady Elisabeth, qué coincidencia verte aquí!

Evelyn Boots era una amiga de la madre de Elisabeth desde que iban al instituto y aún seguían manteniendo el contacto. Entonces Elisabeth cayó en la cuenta: el marido de Evelyn, Guillermo Rojo, tenía una empresa de publicidad en España y si estaba allí solo podía ser por un motivo.

–  ¡Evelyn, qué sorpresa! – La saludó Elisabeth sin poder ocultar su nerviosismo mientras dirigía la mirada hacia a Alan para que no se diera la vuelta y descubriera el pastel.

–  Relájate, no pasa nada. – Le susurró Evelyn. – Supongo que no le has dicho que acabas de romper tu compromiso con Lord Hudson, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondió Elisabeth avergonzada por su estupidez. – Ni siquiera tiene idea de quién soy en realidad, Eve.

–  No seremos nosotros quien te descubra, pero deberías hablar con él cuanto antes. – Le aconsejó Evelyn. – Estas cosas siempre se terminan sabiendo y a él no le gustará enterarse por otra persona que no seas tú. Hablaré con Guillermo antes de que meta la pata.

–  Gracias, Eve.

Entregadas a aquella conversación, ninguna de las dos se dio cuenta que alguien las estaba observando y había escuchado toda la conversación.

Como si nada hubiera pasado, ambas se separaron discretamente y Elisabeth se acercó a Alan y éste cuando la vio aparecer la abrazó por la cintura y la besó en la mejilla para después presentarla a sus compañeros y sus respectivas esposas.

Volvieron a posar antes de entrar en el comedor, donde Guillermo Rojo dio un breve discurso de bienvenida antes de que todos empezaran a cenar. Alan presentó a Elisabeth y Guillermo y ambos se saludaron como si acabaran de conocerse, lo cual resultó bastante extraño, pero Evelyn se había encargado de alertar a su marido y pedirle que les siguiera la corriente y fingiera no conocer a Elisabeth y él obedeció a su mujer, aunque sabía que aquello no estaba bien.

Tras la cena, siguieron los brindis y el baile. Alan sacó a bailar a Elisabeth una balada de Adele, “Set in fire”. Muy apropiada, se dijo Elisabeth. Bailaron pegados el uno al otro mientras se miraban a los ojos con deseo y sus labios se aproximaban cada vez más hasta que finalmente se fundieron en un beso apasionado que les abstrajo de todo lo demás, incluidas las más de doscientas personas que estaban allí. Con el furor de la noche y la ayuda del alcohol, aquel beso pasó desapercibidos para todos, excepto para una persona que les sacó varias fotos sin que se dieran cuenta.

En cuanto acabó la canción, Alan y Elisabeth se retiraron a la suite. El deseo ya les invadía y después de aquel beso ninguno de los dos pudo reprimirse más. Entraron en la habitación y Alan la cogió en brazos y la llevó a la cama, le urgía la necesidad del contacto con ella y a ella le ocurría lo mismo. Elisabeth no esperó a que Alan le pidiera lo que ambos deseaban, sabía lo que quería y estaba dispuesta a dárselo. Hicieron el amor y se quedaron tumbados sobre la cama, abrazados el uno al otro.

–  ¿Puedo preguntarte algo de lo que me temo no te va a gustar responder? – Le preguntó Elisabeth con voz dulce.

–  Acabas de hacerlo. – Bromeó Alan, pero después añadió: – Adelante, kamikaze. Pregunta lo que quieras.

–  Me dijiste que una vez te sentiste perdido y quiero saber por qué.

Alan suspiró, aquel era un tema del que no le gustaba hablar, pero con Elisabeth le resultaba más fácil y decidió responder:

–  Laia era mi novia del instituto y yo la idolatraba, a pesar de que era de lo más superficial. Ya sabes, la adolescencia y sus incoherencias. – Le dio un beso en los labios y continuó: – Durante el primer año de universidad, Laia se quedó embarazada. Estaba a punto de dejar la universidad y ponerme a trabajar cuando escuché a Laia hablar por teléfono con una amiga y le contaba que el hijo que esperaba no era mío si no de un tipo con el que últimamente se había estado acostando. – Alan hizo una pausa en la que Elisabeth no supo qué decir y esperó a que Alan continuara hablando: – Un par de días después de descubrir la gran mentira, me enteré que Laia primero le contó lo del embarazo a su amante y cuando éste se desentendió, me hizo creer que el bebé era mío. Y entonces me pregunté en quién me había convertido. Me sentí perdido, pero no por el hecho de que Laia tuviera un amante, sino por el hecho de que yo mismo lo había permitido. No sé cómo explicarlo es como si…

–  Es como si te hubieras sentado a esperar mientras el tiempo pasaba y tú no hacías nada. – Acabó la frase Elisabeth.

–  No lo podría haber descrito mejor. – Le agradeció Alan dedicándole una dulce sonrisa. – Pero ya han pasado diez años y sé perfectamente quién soy y qué es lo que quiero.

–  ¿Eso significa que dentro de diez años sabré quién soy y qué es lo que quiero? – Bromeó Elisabeth.

–  Significa mucho más que eso, créeme. – Le susurró al oído mientras la estrechaba con fuerza entre sus brazos y disfrutaba de su dulce aroma. Vio que Elisabeth estaba haciendo un esfuerzo por mantenerse despierta y, tras darle un leve beso en los labios, añadió: – Será mejor que descansemos, es tarde y mañana regresamos a casa temprano. Buenas noches, pequeña kamikaze.

–  Buenas noches. – Murmuró Elisabeth medio dormida.

A la mañana siguiente, Elisabeth se despertó en la misma posición en la que se había dormido: entre los brazos de Alan. Tras darse una ducha, vestirse y hacer las maletas, bajaron al comedor a desayunar y se despidieron de los compañeros de Alan antes de regresar a la ciudad.

Durante el camino de regreso a casa, Elisabeth no dejó de darle vueltas a la cabeza sobre algo que le preocupaba y que no sabía cómo solucionar. Sabía que tenía que decirle la verdad a Alan y no podía demorarlo más, pero le daba miedo que se lo tomara mal y pensara que había querido mentirle. Después de lo que Alan le había contado que le hizo Laia, estaba segura de que no perdonaría una mentira y ella le había ocultado su compromiso con Mike, la cancelación de su compromiso y boda con Mike, y su verdadera identidad. A su favor solo se podía alegar que no había mentido, simplemente se había limitado a ocultar aquellas cosas que en su día le pareció que no eran importantes pero que ahora se habían convertido en una gran bola que le iba a caer encima. Debía hablar con él pero no quería estropear el maravilloso fin de semana que habían pasado juntos y decidió esperar al lunes, quizás podría prepararle una cena casera para cuando él llegara de trabajar, dicen que con el estómago lleno las malas noticias no parecen tan malas, o al menos eso creía haber oído Elisabeth.

Llegaron al apartamento y por la noche Alan convenció a Elisabeth para que pasara la noche con él, pese a que a la mañana siguiente tenía que levantarse temprano para ir a trabajar. Le gustaba estar con ella y había disfrutado tanto durante el fin de semana que Alan no quería que aquel día terminara y tuviera que separarse de Elisabeth.

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