Bajo la luz de la luna 1.

Bajo la luz de la luna

Elisabeth Muller no sabía si subirse a un avión y dirigirse a más de 1100 km de distancia de su casa, su familia y sus amigos era una buena decisión, pero después de lo ocurrido lo único que le apetecía era desaparecer al menos durante una temporada.

Y allí estaba, subida en un avión viendo desde el aire como la ciudad en la que había nacido y en la que había vivido durante sus veintitrés años de vida se iba haciendo más pequeña hasta que la perdió de vista. Cerró los ojos y suspiró. Era un suspiro de alivio, necesitaba alejarse de aquel lugar y España le pareció la mejor opción para desconectar. Sus abuelos maternos eran españoles y, aunque se mudaron a Londres por motivos de trabajo cuando se casaron, regresaron a España antes de que su nieta Elisabeth naciera. Pero sus abuelos murieron diez años atrás y desde entonces ella no había regresado a España, a pesar de que le dejaron en herencia la casa de la playa en una pequeña urbanización de Castelldefels a 25 km de Barcelona y un apartamento en el centro de Barcelona. Ese fue el motivo por el cual había decidido dejar Londres y pasar una temporada en Barcelona, allí tenía una casa y un apartamento, por lo que no tendría que preocuparse en encontrar un sitio en donde alojarse, pues ya lo tenía.

Se puso los auriculares y encendió el iPod para escuchar algo de música. Cerró los ojos y trató de evadirse, pero su mente reproducía una y otra vez los recuerdos de los dos últimos días. No pudo evitar preguntarse si estaba haciendo lo correcto, pero trató de animarse al pensar que era lo mejor para ella en ese momento.

Cinco horas más tarde, Elisabeth se bajaba del taxi y cruzaba la verja del jardín delantero de la casa de la playa de sus abuelos. Todo estaba tal y cómo ella lo recordaba, aunque menos limpio. Desde que sus abuelos murieron, sus padres venían a España un par de veces al año para ocuparse del mantenimiento de la casa y el apartamento, con todo lo que ello conllevaba.

Tras abrir las ventanas y airear todas las estancias de la casa, deshizo las maletas y se dio una ducha. Había sido un día largo, no había pensado en que eran más de las diez de la noche y aún no había cenado, así que decidió pedir algo de comida a domicilio.

Al día siguiente, Elisabeth decidió salir a comprar. El día anterior había visto un bar a la vuelta de la esquina donde podría desayunar y dos calles más allá había un pequeño supermercado que le serviría para comprar todo lo que necesitaba. Se sentó en una de las mesas de la terraza del bar y le pidió al camarero un café y una tostada. Mientras esperaba a que le sirvieran, Elisabeth ojeaba el periódico que alguien había dejado olvidado sobre la mesa hasta que otro camarero distinto le trajo lo que había pedido.

–  Buenos días señorita, aquí tiene su desayuno. – Le dijo el joven camarero mostrándole una amplia sonrisa.

–  Gracias. – Le dijo Elisabeth sonriendo tímidamente.

–  ¿Eres nueva por la zona? No te había visto nunca por aquí. – Le dijo el chico tratando de ser amable y simpático.

–  Más o menos, voy a quedarme por aquí una temporada. – Le respondió Elisabeth.

–  Entonces, supongo que nos iremos viendo. – Le dijo el camarero y, tendiéndole la mano, añadió: – Por cierto, me llamo Fernando.

–  Encantada, yo soy Eli. – Le dijo Elisabeth estrechando su mano.

–  ¿Conoces a alguien por aquí, Eli?

–  Me temo que no, acabo de llegar y aún no conozco a nadie.

–  Pues eso tiene solución. – Sentenció Fernando. – Esta noche celebramos el cumpleaños de un amigo en el bar, pásate por aquí y estoy seguro de que te divertirás.

–  Gracias, puede que me pase por aquí. – Le agradeció Elisabeth. – No me vendría nada mal distraerme un poco.

–  Buenos días, Fer. – Saludó una chica más o menos de la edad de Elisabeth. – Necesito un café bien cargado o me dormiré aquí mismo.

–  Buenos días, Oli. – La saludó Fernando con un beso en la mejilla. – Te presento a Eli, acaba de llegar y va a quedarse por aquí una temporada.

–  Encantada, Eli. – La saludó Olivia amistosamente con dos besos en la mejilla. – Soy Olivia, aunque casi todo el mundo me llama Oli, una amiga de Fernando. ¿Te importa si me siento contigo?

–  Claro que no, adelante. – Le contestó Elisabeth haciéndole un gesto para que se sentara a su lado.

Olivia se sentó junto a Elisabeth y, como si se conocieran de toda la vida, entablaron conversación.

–  Esta noche celebramos la fiesta de cumpleaños de un amigo, ¿te apetece venir con nosotros? – Le propuso Oli. – Te aseguro que te lo pasarás muy bien y así conocerás a nuestros amigos, ¿te apuntas?

–  Claro que vendrá, además me ha dicho que le vendría bien distraerse un poco, ¿verdad, Eli? – Le preguntó Fernando.

–  Sí, creo que me vendrá bien. – Contestó Eli tímidamente.

Fernando se marchó para seguir trabajando y las chicas se quedaron a solas y continuaron charlando. Olivia le preguntó a Elisabeth cuánto tiempo iba a quedarse por la zona y ella le contestó encogiéndose de hombros:

–  Sinceramente, no lo sé. Llegué ayer de Londres porque necesitaba cambiar de aires, mis abuelos vivían aquí y cuando murieron me dejaron su casa en herencia, aunque no había regresado desde hace ya diez años. – Suspiró y añadió: – No tengo decidida una fecha para regresar, ni siquiera sé si quiero regresar.

Olivia notó su tono triste y quiso preguntar, pero decidió tratar de animarla y dejar que fuese ella quién se lo contara cuando se sintiera preparada.

–  Tengo que ir a comprar algunas cosas para la fiesta de esta noche, ¿te apetece acompañarme? – Le propuso Oli. – Hay un centro comercial aquí cerca, podemos comer algo por allí.

–  Precisamente iba a ir al supermercado a comprar algunas cosas, pero no encontraré allí todo lo que necesito. – Reconoció Elisabeth. – Por cierto, ¿conoces alguna empresa de alquiler de coches por aquí cerca? Necesito un vehículo para moverme y ni siquiera sé dónde buscar y no tengo internet en casa, aún tengo que llamar para que me la instalen. Y un móvil, necesito cambiar de número.

–  Espero que no estés huyendo de la justicia de tu país y me conviertas en tu cómplice. – Bromeó Olivia y Eli le sonrió. – Tranquila, en el centro comercial encontrarás todo lo que necesitas y si no lo encuentras te llevo a donde haga falta.

Tras pagar la cuenta y despedirse de Fernando, las dos chicas se subieron a un Opel Astra de color rojo y diez minutos más tarde aparcaban en el centro comercial.

Pasaron la mañana de compras, comieron en un McDonald y después Olivia la llevó a un concesionario donde Elisabeth compró un Audi A5 y a Olivia casi le dio algo cuando vio el precio del coche.

–  Tengo algo de dinero ahorrado y el coche es una inversión, no puedo coger un taxi cada vez que necesite moverme y no tengo intención de quedarme encerrada en casa. – Le dijo Elisabeth encogiéndose de hombros. – Aunque nunca he conducido un coche con el volante a la izquierda, puede que necesite algo de práctica.

–  Tardarán un mes en entregarte el coche, yo puedo llevarte a un pequeño solar para que conduzcas mi coche y cojas algo de práctica. – Se ofreció Olivia. – Acabo de terminar la carrera y ya he encontrado trabajo en bufete de abogados, pero no empezaré hasta septiembre así que estaré por aquí sin hacer nada hasta entonces.

–  Estamos a finales de mayo, te quedan tres meses por delante, ¿no has pensado en hacer nada especial durante todo este tiempo? – Preguntó Elisabeth al recordar que cuando ella acabó la carrera el año pasado se fue de viaje a Estados Unidos con sus amigas y cruzaron el país haciendo la Ruta 66.

–  Quedarme aquí con mis amigos es lo más especial que quiero hacer. – Le confesó Olivia suspirando profundamente. – Aunque te confieso que a veces a mí también me gustaría desaparecer de aquí una buena temporada.

–  Me temo que la culpa de eso la tiene algún chico. – Comentó Elisabeth segura de lo que decía.

–  Y no te equivocas. – Le confirmó Olivia. – Estoy enamorada como una idiota de un merluzo que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que siento, lo sabe todo el mundo menos él.

De camino a casa, Olivia le confesó que estaba enamorada desde niña de Marcos, uno de los mejores amigos de su hermano Óscar, pero que él tan solo la veía como a “su mejor amiga”, cosa que le recordaba cada vez que la veía. Olivia tenía miedo de decirle lo que sentía a Marcos porque no quería que perdieran la bonita amistad que tenían y, aunque a veces sufría, le gustaba tenerlo a su lado.

Olivia aparcó el coche frente a la casa de Elisabeth y la ayudó con las bolsas de todo lo que habían comprado. Antes de despedirse, quedó en regresar a buscarla en un par de horas para ir juntas a la fiesta en el bar. Elisabeth decidió darse una ducha y dudó en estrenar uno de esos modelitos que se había comprado tras la insistencia de Olivia, que no dejaba de repetirle que le quedaban muy bien, pero finalmente se decidió por unos vaqueros de tiro bajo y pitillo y una camiseta blanca de manga tres cuartos y cuello de barco, a Elisabeth nunca le había gustado llamar la atención, de eso ya se encargaba su apellido.

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