Alma Gemela.

Alma Gemela

“Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.”

 

 

Suspiró al leer aquel fragmento del poema. Sin terminar de leerlo, depositó el libro sobre la mesita auxiliar y cerró los ojos, dejando que aquellas palabras resonaran en su cabeza una y otra vez. Era como si hubiesen escrito aquellos versos pensando en él.

Recordó las duras palabras de su madre un par de noches atrás. Ella, siempre tan dulce y cariñosa, siempre tan comprensiva con su único hijo, le reprochó que, a su edad, siguiera soltero. La mujer quería disfrutar de sus nietos y verlos crecer, pero temía que ese momento jamás se llegara a producir. Y, la única razón, era su necedad.

Él era un hombre atractivo, muchas mujeres se le ofrecían a diario, no importaba si eran solteras, casadas, divorciadas o viudas; todas estaban dispuestas a complacerle. Desgraciadamente, sabía por experiencia propia que aquello no le saciaba, no le divertía lo suficiente como para repetir con alguna de esas mujeres. Le resultaba tan fácil tenerlas, que el juego perdía la gracia y él perdía su interés por ellas.

De igual modo, las mujeres que se empeñaban en dramatizar y complicar la relación le atormentaban, sacaban lo peor de él. Esas mujeres tampoco le satisfacían, también lo sabía por experiencia.

Resopló con resignación, quizás no existía una mujer perfecta para él. Tal vez, él no tuviera nunca un alma gemela con la que disfrutar día tras día y al que querer con la misma devoción que se querían sus padres.

Unos golpes en la puerta de su habitación le devolvieron a su aburrida realidad. Se frotó la cara con las manos, tratando de deshacerse de aquellos pensamientos negativos y, tras carraspear para aclararse la voz, dijo alzando la voz:

–Adelante.

La puerta se abrió y la figura de su madre apareció ante él. Lleva un par de días esquivándola, aquella última conversación que habían mantenido le había trastocado más de lo que esperaba.

–Cielo, ¿estás bien? –La preocupación por su hijo era palpable en su voz. – No debes darle tantas vueltas, algún día encontrarás a la mujer perfecta para ti.

–Y, ¿si no es así?

–Lo será, ya lo verás –insistió, totalmente segura de sus palabras.

Abrazó a su hijo con ternura, le deseó buenas noches y se marchó dejándolo en soledad para perderse de nuevo en sus pensamientos.

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