Archivo | abril 2018

Cita 119.

“El amor es una de las respuestas que el hombre ha inventado para mirar de frente a la muerte.”

Octavio Paz.

Las reglas del juego 12.

Entramos en el apartamento y, tras asearnos rápidamente en el cuarto de baño, preparamos la mesa y servimos la comida que mi desconocido había tenido el detalle de traer. Pese a que la cena había sido comprada en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, él no lo mencionó y yo no quise darle importancia, no quería que creyese que era una snob.

Casi no hablamos durante la cena, él parecía estar cansado y desganado, no había probado bocado y se dedicaba a darle vueltas con el tenedor a la comida de su plato. Deduje que no había aprovechado el día para descansar, me pregunté qué habría estado haciendo y me reprendí mentalmente por ello. Sacudí la cabeza para deshacerme de la curiosidad que sentía por él. Me levanté de la silla y recogí la mesa mientras él me escrutaba con la mirada entre sorprendido y curioso.

— ¿Es que nunca has visto a una chica recoger la mesa? —Bromeé.

—Nunca he visto a una chica tan sexy recoger la mesa —me corrigió con una sonrisa maliciosa en los labios—. Ven aquí, nena.

Alargó su mano para que la agarrase y cuando lo hice tiró de mí hasta dejarme sentada sobre su regazo. Ni siquiera me dio tiempo a abrir la boca para protestar, él tenía prisa por devorarme y comenzó por mi boca.

—Se me ha ocurrido una idea para agradecerte lo bien que se te da complacer a una caprichosa como yo —le susurré con tono sugerente. Él me miró esperando saber más y yo no me hice de rogar—: Aunque no lo admitas, sé que estás cansado y que apenas has dormido en los últimos días.

—Espero que tu idea no consista en dejarme dormir toda la noche —masculló entre dientes.

—Soy demasiado egoísta para eso, pero creo que mi idea te gustará —le aseguré—. De momento, te voy a desnudar.

—Me gusta cómo empieza esto.

Le llevé al dormitorio y comencé a desabrochar los botones de su camisa despacio para después quitársela y dejarla caer al suelo. Acaricié cada músculo de su torso desnudo y él me estrechó con fuerza por la cintura y besó con urgencia.

—Nena, ¿pretendes volverme loco?

—No seas impaciente, tendrás todo lo que deseas.

Me deshice de sus pantalones y de su ropa interior al mismo tiempo y le ordené que se tumbara en la cama boca abajo.

— ¿Qué vas a hacer?

Un ligero tono de desconfianza en su voz me hizo fruncir el ceño, ¿acaso no confiaba en mí? Yo me había prestado a todos y cada uno de sus juegos sin hacer preguntas y sin dudar lo más mínimo pese a que era un completo desconocido.

— ¿Confías en mí?

—Sí confío en ti, pero me sentiría más cómodo si me dijeras qué pretendes hacer conmigo.

—No tienes nada qué temer —le aseguré—. Estás cansado y tan solo pretendo darte un masaje para que te relajes.

— ¿Un masaje? ¿Quieres que me duerma? —Me preguntó haciéndose el ofendido.

—No te vas a dormir, créeme.

A regañadientes, conseguí que se tumbara boca abajo en la cama. Cogí mi neceser y saqué el bote de aceite de coco que utilizaba para hidratar mi piel, eso me serviría para mi propósito. Cogí un par de toallas del cuarto de baño, encendí un par de velas aromáticas y apagué las luces, dejando la habitación tenuemente iluminada.

—Nena, tardas demasiado y sigues vestida —protestó tumbándose boca arriba para averiguar qué estaba haciendo.

—Eso lo solucionamos ahora mismo —respondí comenzando a desnudarme frente a él, dejando a un lado el pudor y la vergüenza.

Me desnudé completamente bajo su atenta mirada de deseo y me excité observándole, tan pendiente de mí y tan erecto sin siquiera habernos tocado. Me hubiera abalanzado sobre él y le hubiera cabalgado hasta desfallecer por agotamiento, pero esta vez quería ser yo la que le diera placer a él. Era un hombre generoso en el sexo, se preocupaba por dejarme satisfecha más que de su propia satisfacción y quería recompensarle.

—Eres preciosa, nena.

—No te vas a salir con la tuya, date la vuelta —le regañé poniendo mis brazos en jarras.

Mi desconocido sonrió divertido, pero finalmente me obedeció y volvió a tumbarse boca abajo. Me subí a horcajadas sobre su trasero y acomodé mis nalgas sobre las suyas, arrancándole un gruñido que ahogó con la almohada. Me eché un poco de aceite de coco en las manos y me las froté para calentarlas antes de comenzar a masajear sus hombros y su cuello. Empecé con un masaje inocente, mis manos masajeaban profesionalmente su espalda, sus hombros y sus brazos con el único fin de relajar sus músculos. Él no protestó, disfrutó del masaje sin impacientarse, sin reclamar el sexo que tanto deseaba.

Coloqué mis rodillas a cada lado de sus caderas y, al mismo tiempo que me alzaba lo suficiente para que pudiera darse la vuelta y ponerse boca arriba, le ordené:

—Nene, date la vuelta.

Antes de que pudiera terminar la frase, él ya se había dado la vuelta e intentaba penetrarme con verdadera urgencia.

—Todavía no he acabado —le regañé impidiendo su intento. Él hizo un mohín y casi logró ablandarme, pero conseguí ignorarlo y añadí—: Deja que termine y disfruta del masaje, te prometo que no te arrepentirás.

No le quedó más remedio que resignarse, pero me apresuré a continuar con mi tarea antes de que cambiara de opinión. Me entretuve masajeando su pecho, jugué con sus pezones e incluso me atreví a lamerlos al mismo tiempo que restregaba mi sexo contra el suyo solo para provocarlo y ver su reacción.

—Nena, me vas a matar.

Su tono, lejos de ser una súplica, fue una advertencia. Si seguía con aquel juego del masaje acabaría con su paciencia y entre su cuerpo y el colchón. No es que no me atrajera aquella visión, pero por una vez quería ser yo quien dominara la situación, quien le colmara de placer y le hiciera gritar y gemir como un loco.

Me incliné hacia adelante para tumbarme sobre él y le besé en los labios. Inmediatamente, sus manos abarcaron mi trasero y lo apretó con fuerza para pegar nuestros genitales, haciéndome sentir la grandeza de su erección.

— ¿Has terminado de jugar?

—Todavía no —respondí con una sonrisa traviesa.

Le besé en la boca y descendí con mis labios por su cuello, su clavícula y su pecho, dejando un reguero de besos y caricias por dónde pasaba. Lamí, mordisqueé y besé sus pezones hasta ponerlos duros antes de continuar con mi recorrido descendente. Hice una pequeña pausa al llegar a su ombligo para besarlo y acto seguido fui directa hacia a su erecto pene. No me lo metí en la boca como cabía esperar, decidí torturarle un poco más y fui dándole leves besos desde la basa hasta el glande mientras acariciaba sus testículos. Una gota de semen brillaba en la punta de su glande y, sin poder contenerme, la limpié de un lametón, haciéndole gruñir.

—Nena, quiero follarte —me dijo con su voz de ordeno y mando.

—Todavía no —le dije empujándole para que volviese a tumbarse.

—Esto es una tortura —protestó agarrándose la cabeza como si tratara de evitar volverse loco.

En lugar de contestarle, decidí seguir con mi propósito e introduje la grandeza de su pene en mi boca. Lamí, chupé, absorbí y acaricié su pene mientras entraba y salía de mi boca. Lo sentí contraerse y tensarse con los primeros espasmos que alertaban de la inminente llegada de un orgasmo.

—Nena apártate, me voy a correr.

Pero no le hice caso y seguí dándole placer con mi boca hasta que se derramó dentro de mí. Me tragué el fruto de su placer y continué chupando su pene hasta dejarlo limpio mientras él recobraba la respiración.

—Ven aquí, nena —susurró agarrándome por los hombros para arrastrarme por su cuerpo y colocarme a su altura.

Me besó en los labios lentamente, con la pasión y la delicadeza justa para que fuese un beso perfecto. Tumbada sobre él, alcancé su pene con la mano y me empalé en aquella postura. Se hundió en mí despacio, arrancándome varios gemidos de placer que amortiguó atrapando mis labios con los suyos. Entró y salió de mí lentamente, acunándome y estrechándome entre sus brazos con fuerza. Mantuvo un ritmo tranquilo, pero la postura era idónea para estimular mi ya hinchado y excitado clítoris y el suave vaivén de nuestros cuerpos me hicieron alcanzar el clímax antes de lo que esperaba. Él me abrazó con fuerza y se movió estratégicamente para aumentar mi placer al mismo tiempo que estallaba conmigo en mil pedazos.

Me quedé completamente flácida sobre él, sin fuerza para poder moverme, pero a él no pareció importarle. Con su pene erecto todavía dentro de mí, nos arropó con la sábana y, tras darme un último beso en los labios, me susurró al oído:

—Duérmete preciosa, seguiremos cuando hayamos descansado.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en la misma postura, pero con los rayos de sol iluminando la habitación en lugar de las velas.

—Buenos días nena, ¿has dormido bien?

—Mm… He dormido muy bien y he descansado mucho —le susurré con descaro.

Sentí un respingo en mi vagina y no me costó demasiado adivinar que todavía seguía dentro de mí y estaba erecto.

—Mm… Parece que alguien se ha despertado juguetón —gemí excitada.

—Contigo es imposible que no me despierte juguetón —me replicó intercambiando nuestras posturas.

Una vez más, perdí la cuenta de las veces que me llevó al límite y me hizo estallar en mil pedazos. Tras la sesión de sexo mañanero en la cama, le siguió otra sesión en la ducha, en la cocina, sobre la mesa del comedor, en el sofá y, cómo no, también en la enorme bañera. Con él la pasión estallaba a cualquier hora y en cualquier lugar.

Las reglas del juego 11.

Llegué a casa de mi padre a las dos en punto de la tarde. Como de costumbre, salió al porche para recibirme y me dio uno de sus fuertes y reconfortantes abrazos. Siempre me había sentido segura y protegida con mi padre, quizás por su profesión o tal vez por su forma de cuidarme.

Me hizo pasar al salón y pude observar el cansancio en sus andares. Ya no era tan joven y, aunque se mantenía en forma, tener cincuenta años no era lo mismo que tener veinte. Recordé que me contó que los rebeldes habían secuestrado un bus escolar y, pese a que nunca hacía preguntas sobre su trabajo, decidí hacer una excepción:

— ¿Qué tal fue la operación? ¿Conseguisteis rescatar a los rehenes?

—Logramos reducir a los rebeldes y liberar a los rehenes, pero uno de los profesores resultó herido de gravedad durante el proceso. Ahora se encuentra estable en el hospital, pero es posible que tenga algún daño medular —se lamentó.

—Lo siento, papá —le dije besándole en la mejilla.

Su trabajo no era fácil, pero su cargo como General del Ejército era todavía más difícil de sobrellevar, sobre todo cuando una misión no sale perfecta. Las pesadillas nocturnas son un síntoma clave para determinar que un hombre ha estado en el ejército, todos los soldados lo confirman. Me había criado en una base militar, había formado parte de ese mundo tan duro y peligroso y, en cuanto cumplí los dieciocho años, me marché de allí. Yo quería ver mundo, viajar, conocer otras culturas, enamorarme y vivir una gran historia de amor eterna. Era una ilusa y tardé casi dos años en darme cuenta que la vida no es de color de rosa. Sobre todo si eres una eterna adolescente rebelde que no deja de meterse en líos y tu padre es el General del Ejército.

— ¿En qué estás pensando? —Me preguntó mi padre con curiosidad.

—Pensaba en cuánto han cambiado las cosas desde hace cinco años —le respondí tratando de animarle un poco.

— ¿Te refieres a la época en la que tenía que ir a buscarte a una comisaría? —Se burló con cierto tono de reproche—. Todavía tengo que soportar algunas de sus burlas, sobre todo del Comandante Sanders.

El Comandante Alfred Sanders era un gran amigo de mi padre y también mi padrino. Ambos trabajaban juntos en la misma base, eran dos hombres viudos y tenían un hijo del que cuidar. Había crecido junto a Brian, el hijo del Comandante Sanders, y prácticamente éramos como hermanos. Él era un par de años mayor que yo y, cuando cumplió dieciocho años, dejó la base militar para matricularse en la mejor universidad de derecho. Habían pasado más de nueve años desde entonces y Brian se había convertido en uno de los mejores abogados del país y había fundado su propio bufete. Hacía semanas que no hablaba con Brian, mi desconocido me había absorbido por completo y solo podía pensar en él.

— ¿Qué tal le va a Brian?

—Le ha prometido a Alfred que asistirá a la fiesta de Navidad de la base.

— ¡Para eso faltan meses, estamos en marzo! —Exclamé entre risas.

—Eso es lo único que ha podido confirmar con seguridad —me dijo ladeando la cabeza—. Os pasáis la vida diciendo que no queréis ser como vuestros padres y acabáis siendo peores.

Puede que no fuera justo, pero siempre acababan metiéndonos en el mismo saco. Le echaba de menos, cada vez nos veíamos menos y pensar en él me ponía triste.

Mi padre comenzó su campaña a favor de Brian y de la buena pareja que hacíamos, nunca desaprovechaba una ocasión para tratar de emparejarme con el hijo de su mejor amigo. Charlamos tranquilamente durante la comida y, tras tomar el café, me despedí de él y regresé a mi apartamento.

Lo primero que hice fue preparar una pequeña bolsa de deporte con ropa y productos de higiene íntima para dejar en el apartamento de mi desconocido. Escogí los conjuntos de lencería más sexys que tenía y un par de camisones para dormir. De momento, eso era todo lo que necesitaba.

Estaba a punto de meterme en la ducha cuando alguien llamó a la puerta. No me hizo falta abrir la puerta para adivinar que se trataba de Álex y Tony.

—Cielo, ¿qué tal ha ido? —Me saludó Tony en cuanto abrí la puerta.

—Genial, ha sido una noche memorable y esta noche repito.

— ¿Esta noche? —Preguntaron los dos al unísono.

Asentí sonriendo alegremente, no podía ocultar la sensación de felicidad que sentía por el simple hecho de volver a verle.

—Han sido dos semanas muy largas, tenemos que ponernos al día —les respondí guiñándoles el ojo con complicidad.

Como era de esperar, Álex y Tony querían saberlo todo y no me dejaron hasta que consiguieron que les contase todo.

—Cielo, te estás metiendo en la boca del lobo —me advirtió Álex.

—Por una vez, tengo que darle la razón a éste gruñón —le secundó Tony—. Me preocupa ese trato, ¿qué pasa si más adelante quieres más?

—De momento, tengo justo lo que quiero. Si más adelante la situación cambia, ya lo pensaré entonces —le contesté encogiéndome de hombros—. No voy a darle vueltas a la cabeza buscando soluciones a problemas que aún no existen.

Respetaron mi decisión como hacían siempre, pero sus caras eran como un libro abierto y supe que no estaban muy de acuerdo. Sabía que solo se preocupaban por mí y temían que aquella extraña y misteriosa relación acabara haciéndome daño, pero yo estaba decidida a seguir hasta el final con aquello. La atracción que sentía por mi desconocido cada vez se hacía más fuerte, ya no tenía la voluntad suficiente para dar vuelta atrás.

Dos horas más tarde, Álex y Tony consiguieron todas las respuestas que buscaban y se despidieron para regresar a su apartamento.

Eran las nueve de la noche cuando salía de la ducha y el teléfono móvil que me había regalado mi desconocido empezó a sonar. Sonreí como una idiota, sólo podía tratarse de él.

—Buenas noches, nena —Me saludó en cuanto descolgué—. ¿Has cenado ya?

—No, me pillas saliendo de la ducha.

—Mm… Desnuda y mojada, cómo me gustaría estar ahí ahora mismo —murmuró con la voz ronca. Carraspeó y añadió—: Había pensado en llevar algo de comida para cenar en el apartamento, ¿qué me dices?

—Suena tentador, estoy hambrienta —le respondí con un tono más que sugerente.

—Si vienes en coche puedes aparcarlo en la plaza de al lado, también es mía y así no tendrás que buscar aparcamiento fuera.

—De acuerdo.

—Te espero en una hora, no me hagas esperar, nena.

— ¿O me castigarás dándome unos azotes? —Bromeé provocándolo.

—Grrr. Nena, me pongo duro solo de escucharte.

—Te lo compensaré en una hora —le aseguré antes de colgar.

Me apresuré en vestirme y arreglarme, tenía que darme prisa si quería estar en el apartamento de mi desconocido en una hora. Cogí la bolsa con mis cosas mientras me felicitaba mentalmente por haberla dejado preparada y me subí al coche para encontrarme con él. Estaba nerviosa, hacía poco más de doce horas que le había visto por última vez y ya echaba de menos estar entre sus brazos y sentirme suya. ¿Tenían razón Álex y Tony y me estaba metiendo en la boca del lobo? Probablemente, pero no iba a dar marcha atrás.

Entré en el parking del edificio y aparqué el coche al lado del de mi desconocido, que me esperaba apoyado en el maletero de su coche. Me fijé en la bolsa de comida que llevaba en la mano y sonreí al reconocer el logo, era de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Bajé del coche, caminé hasta dónde se encontraba y, en un arrebato de pasión, me arrojé a sus brazos para besarle vorazmente.

—Mm… Mi caprichosa insaciable está muy impaciente —me susurró excitado—. Pero tendrás que esperar hasta después de cenar, eso no es negociable.

Hice un mohín y él me reprendió con un azote en el trasero que, lejos de dolerme, me excitó. El escaso trayecto en ascensor hasta su apartamento me pareció una auténtica tortura, tan solo deseaba besarle y que me hiciera suya allí mismo. A medio camino no aguanté más y pulsé un botón del panel para detener el ascensor.

—No quiero esperar a después de la cena —le dije con descaro.

—Nena, no vas a tener que pedírmelo dos veces —. Se colocó detrás de mí y, haciendo que me echara hacia adelante para que mi cuerpo quedara en forma de ele invertida, añadió mientras subía la falda de mi vestido y me quitaba el tanga—: Agárrate a los pasamanos y míranos en los espejos de las paredes.

Le obedecí sin rechistar y crucé mi mirada con la suya en el espejo. Estaba en una postura de lo más vulnerable, expuesta ante él, que acariciaba el punto en el que se unían mis piernas y esparcía la humedad de mi excitación.

—Estoy aquí para cumplir tus deseos, caprichosa —susurró—. ¿Cómo lo quieres?

—Lo quiero salvaje, rápido y fuerte.

No se hizo de rogar. Me penetró de una sola estocada, haciéndome gemir extasiada y provocándome los primeros espasmos que alertaban de la llegada inminente de un orgasmo. Entraba y salía de mí mientras con una mano acariciaba mi clítoris y con la otra esparcía el flujo de mi excitación hacia a la entrada de mi ano. Le dejé hacer hasta que sentí que uno de sus dedos tanteaba la entrada del ano con movimientos circulares, presionando de vez en cuando sin llegar a entrar.

— ¿Qué estás haciendo? —Pregunté nerviosa.

—Tienes un trasero muy tentador, nena.

—No.

— ¿No? —Repitió sonriéndome maliciosamente a través del espejo—. No hoy, pero pronto nena.

Aprisionó mi clítoris entre dos de sus dedos y lo estimuló a conciencia hasta llevarme al límite, momento en el que aprovechó para hundir su miembro en mi vagina y una de las falanges de su dedo en mi ano, haciéndome estallar al instante, provocándome un enorme orgasmo que me hizo gritar y gemir como una loca. Dos embestidas después, él se derramaba dentro de mí y me mordía en el hombro para ahogar un gruñido gutural.

—Vas a matarme —murmuró saliendo de mí y dándome un pequeño azote en el trasero que me hizo dar un respingo.

Cita 118.

La mayor gloria en la vida no consiste en no caer, sino en levantarnos cada vez que caemos.”

Nelson Mandela. 

Las reglas del juego 10.

Tras colgar el teléfono, mi desconocido se sentó a mi lado en el sofá y me escrutó con la mirada al darse cuenta del programa que estaba viendo. No dije nada, me hice la sueca y continué prestando atención a la televisión. Él sonrío divertido cuando emitieron un pequeño reportaje sobre los clubs swingers y yo me excité. En el reportaje, una pareja se besaba y se tocaba frente a otra pareja que hacía lo mismo.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentada en el sofá con las piernas abiertas, los pies sobre los hombros de mi desconocido y su boca pegada a mi sexo. Gemí excitada al sentir su lengua presionar contra mi clítoris al mismo tiempo que lo acariciaba con los dientes.

Apenas tardé un par de minutos en estallar en mil pedazos mientras él se bebía mi placer y sostenía mis piernas para que no las cerrara e impidiera que siguiera su tarea.

—Imagina que estás en ese club, imagina que estamos rodeados de gente que se excita mirándonos, que desea darte placer como yo lo estoy haciendo ahora —comenzó a decir junto a mi sexo—. Imagina que todos están desnudos, dándose placer junto a nosotros. Imagina que alguien se acerca y te acaricia los pechos, imagina que…

—No quiero imaginar nada más, quiero que me la metas ya —le ordené a punto de correrme.

—Mm… Como desees, caprichosa —aceptó tras acariciar mi clítoris con su lengua una última vez.

Esperaba que me penetrara como acostumbraba, de una sola y rápida estocada, pero en lugar de eso se hundió en mí lentamente, disfrutando del contacto piel con piel y de las vistas desde su posición.

—Oh, nena. Me encanta sentirte así —me dijo extasiado, cerrando los ojos y obligándose a abrirlos para mirarme. Abrió el albornoz para dejar mi cuerpo desnudo al descubierto y, acariciándome desde el cuello hasta la unión de nuestros cuerpos—. Eres preciosa, nena.

No fui capaz de hablar. Estaba en un estado de plenitud y placer que ni siquiera era capaz de pensar, tan solo podía disfrutar de lo que estaba sintiendo.

—Nena, mírame —me susurró clavando su mirada en la mía—. Quiero ver cómo te corres.

Una vez más, sus palabras fueron obedecidas por mi cuerpo de forma instantánea y un enorme orgasmo se apoderó de mí, haciéndome estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derraba en mi interior y se derrumbaba sobre mí.

Por primera vez, me pareció un hombre vulnerable, con la cabeza apoyada entre mis pechos, abrazándome con los ojos cerrados, y completamente exhausto. No pude evitar acariciar su rostro y él agradeció el gesto jugando con uno de mis pezones.

Estuvimos así hasta que sonó el interfono, el repartidor traía la pizza que mi desconocido había pedido. Dio un respingo y se apresuró en ponerse unos pantalones. Yo también me levanté y, tras recolocarme el albornoz para cubrir mi desnudez, le anuncié:

—Voy al cuarto de baño para asearme.

—Estás en tu casa —me respondió dándome un beso en los labios.

Sonreí como una boba y me dirigí al cuarto de baño casi flotando. Me sentía ridícula por cómo me hacía sentir y por la manera en la que reaccionaba mi cuerpo cuando se trataba de él.

Cuando salí del cuarto de baño, mi desconocido había preparado la mesa y me invitó a sentarme con él. Acepté su invitación y me senté con él. Me ofreció pizza y un refresco, acepté el refresco y rechacé la pizza. Le observé comer y confirmé que efectivamente estaba hambriento. Cuando terminó de comer la pizza, me miró con los ojos brillantes y supe que ya había maquinado algo.

— ¿Qué vas a proponerme? —Le pregunté con curiosidad.

—Nena, me he pasado los últimos días imaginando cómo te masturbas pensando en mí y me encantaría verte —me dijo sin pestañear.

—No.

— ¿No? ¿Por qué no?

—Me da vergüenza —le confesé con un hilo de voz.

—Nena, eso es ridículo —opinó acercándose a mí con una sonrisa traviesa en los labios. Me rodeó la cintura con sus brazos y, tras darme un leve beso en los labios, añadió—: No tienes nada de lo que avergonzarte, eres preciosa nena.

Desanudó mi albornoz y me lo quitó dejándolo caer al suelo. Me estrechó contra su cuerpo y me alzó en brazos para llevarme a la cama, donde me depositó con sumo cuidado. Me quedé tumbada sobre la cama y él se sentó en una banqueta de madera desde donde podía verme con toda perspectiva.

—Vamos nena, enséñame cómo lo hacías —me animó al mismo tiempo que se deshacía de sus pantalones cortos y se quedaba totalmente desnudo frente a mí—. Mira cómo me tienes solo de pensar en lo que vas hacer.

Dirigí mi mirada hacia su entrepierna y sonreí al comprobar que su miembro ya estaba erecto, listo para entrar en acción. Su seguridad me hizo sentir segura, dejé a un lado la vergüenza y busqué a la descarada que llevaba dentro. Comencé a acariciarme los pechos, abrí las piernas para mostrarle mi sexo y le vi relamerse los labios. Deslicé una de mis manos al punto de unión entre mis piernas y comencé a acariciarme bajo la atenta mirada de mi desconocido. Lo hice tal y como lo hacía en la soledad de mi habitación, solo que ya no tenía que imaginármelo, lo tenía delante de mí.

—Vas a matarme —me dijo pasados unos minutos—. Me muero de ganas por entrar en ti, nena.

—Hazlo —le invité a hacerlo alzando las caderas.

Él no lo dudó y se hundió en mí, lenta pero placenteramente. Cubrió todo mi cuerpo con el suyo, besó y acarició cada centímetro de mi piel y me llevó al clímax en numerosas ocasiones. Como siempre, me hizo perder la cuenta de los orgasmos que había tenido.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando nos desplomamos sobre la cama completamente agotados.

—Buenas noches, nena —susurró envolviéndome con sus brazos antes de quedarse dormido.

Dormí plácidamente entre sus brazos hasta que, cuando amaneció, sentí el vacío que dejó su cuerpo al separarse de mí. Gruñí medio dormida a modo de protesta, pero él me besó en los labios y me susurró que volviera a dormirme. Cerré los ojos y me dormí, pero me desperté de nuevo al sentir sus labios sobre los míos. Abrí los ojos y le vi sonreír. Se había duchado y vestido, el aroma perfume inundó mis fosas nasales y ronroneé al reconocer aquella fragancia.

—Nena, tengo que irme —me susurró al oído—. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, te he dejado una copia de las llaves en el cuenco que hay sobre la mesa de la entrada.

—Ni siquiera sé dónde estoy —murmuré excitándome con sus caricias sobre mi hombro.

—Estás en el centro, te he dejado la dirección anotada en un papel junto a las llaves, tenía la esperanza de que regresaras esta noche.

— ¿Esta noche? —Pregunté sorprendida, no me esperaba que quisiera que nos viésemos tan pronto.

—Llevo dos semanas deseando tenerte entre mis brazos, ¿crees que una noche es suficiente?

—Creo que no soy la única insaciable que hay por aquí —bromeé.

—Entonces, ¿vendrás esta noche?

—Sí, pero solo porque tengo la mañana libre, no voy a estar a tu disposición siempre que quieras. Al igual que tú tampoco vas a poder estar siempre que yo lo desee.

—No voy a conformarme con encuentros de dos o tres horas —me advirtió con el ceño fruncido.

—Mm… Me gusta que seas tan exigente —ronroneé.

—Nena, a mí me encanta que seas tan descarada y caprichosa.

—Entonces, quédate un ratito más.

—Me encantaría nena, pero no puedo —susurró con pesar. Hizo una pausa para besarme en los labios y añadió mostrándome su amplia y perfecta sonrisa—: Te llamaré más tarde, ten el móvil encendido y asegúrate de preparar una bolsa con ropa y todo lo que puedas necesitar, quiero que te sientas como en tu casa. O, si lo prefieres, también puedes quedarte en la cama todo el día hasta que regrese, te aseguro que a mí no me importaría.

— ¿Te das cuenta de que le estás abriendo las puertas de tu casa a una completa desconocida que podría ser una psicópata?

— ¿Te das cuenta de que has pasado varias noches con un completo desconocido que podría ser un psicópata? —Me replicó divertido.

—Me va el riesgo, siempre he sido una rebelde —bromeé.

—Sigue durmiendo, pequeña rebelde —se despidió tras besarme una última vez en los labios y añadió antes de marcharse—: No olvides las llaves, nena.

Mi desconocido se marchó y yo me quedé un rato más en la cama, estaba agotada y apenas tardé unos minutos en volver a quedarme dormida. Creo que habían pasado un par de horas cuando alguien me llamó por teléfono y me despertó.

—Hola papá, ¿ya has regresado a la ciudad? —Le saludé nada más descolgar.

—Sí, ya estoy en casa. Había pensado que podríamos comer juntos, ¿te apetece venir a casa o prefieres que vayamos a algún restaurante?

Lo medité durante un segundo. Tenía que pasar por casa, ducharme y cambiarme de ropa, tardaría lo mismo si iba a su casa o a cualquier restaurante.

—Mejor comemos en casa, ¿te veo a las dos?

—De acuerdo, no llegues tarde —me dijo antes de colgar.

Mi padre no era un hombre de muchas palabras, pero le encontré más callado de lo normal, sobre todo después de haber estado fuera más de dos semanas.

Me desperecé, me vestí y, antes de marcharme, hice la cama. El resto del apartamento estaba impecable y no pude evitar sorprenderme al pensar en mi desconocido limpiando a primera hora de la mañana mientras yo dormía plácidamente en la cama.