Archivo | febrero 2018

Enamórame 19.

Tras pasar aquel fin de semana en la mansión de los Garrido con la familia de David, ambos regresaron a la ciudad. David se instaló en el apartamento de Ruth hasta que encontrara una casa dónde vivir, aunque ninguno de los dos le quiso dar ninguna prioridad al tema.

Disfrutaron el uno del otro durante los pocos días de vacaciones que tuvieron y, pese a que habían planeado visitar un montón de monumentos y lugares emblemáticos de la ciudad, terminaron encerrados en el apartamento dando rienda suelta a su amor.

Cuando los días de vacaciones terminaron y regresaron a la rutina del trabajo, Ruth se sorprendió al comprobar lo fácil que le resultaba la convivencia con David y, cuando él le pedía que la acompañara a visitar alguna casa para trasladarse, ella le acompañaba pero solo para encontrar y mencionar todos y cada uno de los defectos de la casa en cuestión y evitar que David se trasladara. Estaba demasiado a gusto con él, no quería que se fuera.

—Hola cariño, ¿qué tal el día? —Le preguntó David en cuanto Ruth entró en el apartamento.

—Agotador —suspiró refugiándose en sus brazos, le encantaba que David la abrazara con aquella firmeza—. Me ha llamado Ana, nos ha invitado a todos a cenar en su casa. ¿Te apetece ir?

—Claro que sí, pelirroja. Además, nos vendrá bien socializar un poco, últimamente no salimos del apartamento.

—Creía que te gustaba —le replicó Ruth.

—Y me encanta, pero no debes dejar de lado a tus amigas.

David tenía razón y Ruth lo sabía, por mucho que disfrutaran de la intimidad, no podían dejar a sus amigos a un lado. Además, le apetecía ver a sus amigas y pasar el rato con ellas, las echaba de menos.

A las ocho en punto de la tarde, David y Ruth llegaban a casa de Ana y Nahuel. Derek y Eva ya estaban allí así que, tras saludar a todos, pasaron al salón. Con la excusa de enseñarles lo mucho que había crecido el pequeño Nahuel en tan solo unos días, Ana llevó a las chicas a la planta superior para hablar con ellas.

—Se os ve muy bien juntos —comentó Ana.

—Hacéis buena pareja y me gusta verte tan feliz, hacía tiempo que no te veía sonreír con tantas ganas —opinó Eva—. Por cierto, si vas a ir acompañada a mi boda, te agradecería que me lo hicieras saber lo antes posible, todavía tengo que organizar las mesas.

—Me gustaría que David me acompañara, pero no sé cómo preguntárselo, llevamos poco tiempo y asistir juntos a una boda significa hacer oficial nuestra relación.

—Ruth, vives con él y has pasado un fin de semana en casa de sus padres, siento decirte que esa relación ya es oficial —se mofó Ana.

—Si a ti te da corte, puedo preguntárselo yo —se ofreció Eva dándole una alternativa.

—Ni se te ocurra, ya hablaré yo con él.

—Cuéntanos qué tal te va, últimamente no hay quien te vea el pelo —pidió Ana deseosa de saber sobre la vida de su amiga.

Ruth les contó que estaba feliz, que David era un hombre encantador, que su familia había sido muy amable con ella y también les confesó que le ponía pegas a todas las casas que iban a ver porque no quería que se marchara del apartamento, quería que siguiera viviendo con ella.

— ¿No crees que sería más fácil si se lo dijeras directamente en lugar de criticar todas las casas que a él le gustan? —La regañó Eva.

—Tal vez, pero prefiero no arriesgarme.

—Ruth, no puedes ponerte la venda antes de tener la herida —trató de armarse de paciencia Ana para hacer entrar en razón a su amiga—. Déjate llevar, disfruta de la relación que tenéis y luego ya verás qué haces cuando llegue el momento.

Ruth lo meditó durante un momento, sabía que muy probablemente sus amigas tenían razón, pero a ella no le resultaba tan fácil dejarse llevar, al menos no con David. Él era su criptonita, su punto débil. Era el único hombre con el que había planeado un futuro y el único que le había destrozado el corazón en mil pedazos. Se sintió tan abandonada sin él que se juró a sí misma no volver a enamorarse. Envolvió su corazón en un caparazón de hielo y se convirtió en una persona muy distinta a la que era. Ella soñaba con ser la protagonista de un cuento de hadas y, pese a que ya no era una niña, todavía estaba a tiempo de crear su propio cuento.

—Hablaré con él y que sea lo que tenga que ser —sentenció Ruth con decisión.

Las chicas regresaron junto a Nahuel, Derek y David que charlaban animadamente. Ellos sonrieron al verlas, totalmente hechizados por el amor de aquellas tres peculiares amigas que un día les robaron el corazón y quedaron prendados de ellas.

—Ruth, David nos estaba contado que está buscando casa, pero parece que tú le pones pegas a cualquier casa que a él le guste —comentó Derek sonriendo burlonamente.

—No tiene buen gusto a la hora de escoger casa —murmuró Ruth ruborizada.

David sonrió. No eran imaginaciones suyas, Ruth trataba de impedir, o al menos aplazar, la compra de la casa. Él había dejado el hotel y vivía con ella en su apartamento, así que quiso creer que Ruth quería que viviese con él.

—Quizás debas plantearte el hecho de ir solo a ver casas, así Ruth no interferirá en tus decisiones y en pocos días tendrás una nueva casa —bromeó Nahuel solo para fastidiar a Ruth.

—Supongo que tenemos una conversación pendiente —concluyó David mirando a Ruth.

Los seis amigos cenaron mientras charlaban y bromeaban. Ruth agradeció que no volvieran a sacar el tema de la casa. Tenía claro que tendría que hablar con David del tema y que, probablemente, aquella conversación se produciría en cuanto regresaran al apartamento. Y no se equivocó.

En cuanto entró en el apartamento, se dirigió al dormitorio para ponerse cómoda, pero David la interceptó en mitad del pasillo y, cogiéndola en brazos, la llevó hasta el salón y se sentó en el sofá con ella en su regazo.

—Pelirroja, esta conversación no puede esperar más. ¿Quieres contarme por qué no quieres que me compre una casa en la ciudad?

—No quiero que te vayas, me gusta tenerte aquí —le confesó Ruth con un hilo de voz.

— ¿Quieres que vivamos juntos?

—Solo si tú quieres.

—Me encanta vivir contigo pero, si te soy sincero, preferiría que viviésemos en una casa más grande —le dijo David y, mirándola a los ojos, le preguntó—: Ruth, ¿te gustaría que buscásemos una casa para vivir juntos?

—Creo que es un poco pronto para comprar una casa, quizás podríamos quedarnos aquí una temporada y ver qué tal van las cosas —le propuso—. Si es que quieres seguir viviendo conmigo…

—Pelirroja, vivir contigo es lo único que deseo —le susurró David antes de estrecharla entre sus brazos y besarla.

—Por cierto, Eva quiere saber si vendrás conmigo a su boda —le dejó caer Ruth sin apenas separar sus labios de los de él.

—Iré donde tú quieras —murmuró David antes de comenzar a devorarla.

Cita 110.

“La resistencia emocional, la capacidad de recuperarse después de una experiencia adversa, es uno de los indicadores más confiables de quién vivirá largo tiempo.”

Deepak Chopra.

Enamórame 18.

Cuando Ruth se despertó, David seguía dormido a su lado. Con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Después se vistió e incluso se secó el pelo, pero David seguía dormido. Lo observó durante unos minutos y, viéndose incapaz de perturbar su sueño, decidió ir a la cocina y dejarle durmiendo.

Entró en la cocina y allí se encontró con Marisa, Tomás, Aitor y Alba; Ruth sonrió al comprender que el resto de la familia debía seguir durmiendo.

—Buenos días, tita Ruth —la saludó Aitor, que fue el primero en verla.

—Buenos días —saludó Ruth tímidamente.

—Buenos días, Ruth. Pasa y siéntate a desayunar con nosotros —la invitó Marisa—. ¿Dónde está David?

—Sigue durmiendo y no he querido despertarle, tengo la sensación de que no duerme tanto como debería —les confesó Ruth.

— ¿Te apetece café? —Le ofreció Tomás.

Ruth asintió y Tomás le sirvió una taza de café con leche mientras Marisa le servía un par de tostadas con mantequilla. Ruth lo agradeció con una amplia sonrisa, estaba hambrienta. Los padres de David la observaron desayunar y jugar con sus nietos y sonrieron felices.

— ¿Dónde está? —Se escuchó a David vociferar mientras bajaba las escaleras—. Si le habéis dicho algo…

—Buenos días, hijo —lo saludó Tomás cuando su hijo apareció en la cocina con cara de pocos amigos y añadió con tono de mofa—: Tranquilo, está aquí y solo la hemos invitado a desayunar.

—Ruth, ¿estás bien? —Exigió saber David.

—Sí, o al menos lo estaba hasta hace un momento —le regañó ella.

—Me he despertado y no te he visto y he pensado…

— ¿Has pensado que sería una maleducada y me iría sin decir nada?

—Lo siento, me he asustado —se disculpó David besándola en los labios.

—Tito David, ¿te vas a casar con la tita Ruth? —Preguntó Aitor y Ruth se puso pálida.

—Por supuesto, pequeño, pero antes tengo que convencerla —resolvió David con naturalidad, sin incomodarse lo más mínimo.

Los hermanos de David y su cuñado no se levantaron hasta la hora de la comida, por lo que David aprovechó para pasar la mañana a solas con Ruth. La llevó a la hípica de los vecinos y allí decidieron dar un paseo a caballo por los prados teñidos de verde y rojo debido a la hierba y a las amapolas que florecían en aquella época.

—Este lugar es increíble —pensó Ruth en voz alta.

—Me alegra oírlo, me temo que tendrás que venir a menudo —bromeó David haciendo referencia a las visitas que harían juntos a su familia.

—Tienes una familia maravillosa, un poco peculiar, pero maravillosa.

Entre risas, besos y caricias, regresaron a la mansión de los Garrido, donde se encontraron a toda la familia al completo, incluso los más perezosos ya se habían levantado.

—Buenos días, cuñada —la saludó Iván guiñándole un ojo con complicidad solo para fastidiar a su hermano.

— ¿Cuándo regresáis a la ciudad? —Quiso saber Marta.

—Regresaremos mañana después de comer, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de incorporarme de nuevo al hospital.

— ¿Has encontrado ya una casa o sigues en el hotel? —Preguntó Marisa.

—Todavía no he encontrado casa, pero estoy en ello —sentenció David y, volviéndose hacia Ruth, le preguntó para cambiar de tema—: ¿Te gustaría que después de comer diéramos un paseo por la montaña?

—Oh, claro —respondió Ruth algo confusa con el intercambio de miradas que hubo entre los progenitores de su amante.

Ruth no tenía ni idea de qué tenía planeado David, pero tampoco le importaba. Pese a le hubiera gustado pasar más tiempo a solas con él, tenía que reconocer que estar en compañía de su familia le gustaba, incluso lo pasaba bien con todos ellos. A pesar de ello, David no la dejaba ni un momento a solas, al menos no voluntariamente, y cuando lo hacía era a regañadientes, mirando primero a Ruth para confirmar que a ella le parecía bien.

Ruth se sentía feliz, una más de aquella inmensa y peculiar familiar. La amabilidad, generosidad y humildad de Marisa y Tomás la sorprendieron gratamente; la sinceridad y socarronería de Iván la hacían reír a carcajadas; admiraba la diplomacia y serenidad de Inés; y se sentía muy compenetrada con Marta, quizás por el amor al arte que ambas tenían. Sí, eran una familia peculiar, pero también una familia cariñosa y bien avenida donde la sinceridad era la clave para la armonía.

Después de comer, David fue con Ruth a dar un paseo, pero no sin antes lanzar una mirada de advertencia a cada uno de los miembros de su familia, por nada el mundo iba a permitir que le interrumpiesen en lo que pretendía hacer.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth al ver que cada vez se adentraban más en el bosque.

—Ahora lo verás, es una sorpresa —fue lo único que respondió él, con una amplia sonrisa en los labios.

Ruth odiaba las sorpresas, pero no fue capaz de decírselo al verle tan contento. Cerró la boca y continuó caminando de la mano de David mientras esquivaba piedras y raíces de árboles con las que de vez en cuando tropezaba.

Media hora después, estaban en un precioso claro en el bosque cubierto de amapolas y en el centro del claro yacía una pequeña cabaña de madera.

—Ya hemos llegado —anunció David con orgullo—. ¿Qué te parece?

—Es precioso. ¿La cabaña es de tu familia?

—Más o menos —. Ruth le miró enarcando las cejas y él, sabiendo que no se conformaría solo con esa respuesta, le explicó—: El terreno es de mi familia, pero la cabaña es mía. Yo mismo la construí hace algunos años. Cómo has podido comprobar, en casa de mis padres no hay mucha intimidad, así que la construí para poder escaparme de ellos y relajarme a solas de vez en cuando.

— ¿De verdad la has construido tú?

—Con mis propias manos —le confirmó—. Ven, te la enseñaré.

Era una cabaña sencilla, cuatro paredes de madera, un tejado, cinco ventanas y una puerta, pero a Ruth le pareció la cabaña más bonita del mundo. El interior tampoco era una gran cosa, tan solo un sofá cama, un pequeño cuarto de baño sin agua caliente (no había electricidad y el agua provenía de un pozo cercano a la casa), una mesa y un par de sillas.

—Aquí no hay lujos, pero la cabaña tiene su encanto.

—Y, ¿nunca has traído aquí a ninguna chica? —Quiso saber Ruth, sonriendo con picardía.

—No, solo a ti.

—Mm.

— ¿Qué pasa? ¿No te lo crees?

—Claro que me lo creo, no tienes por qué mentirme —le contestó Ruth frunciendo el ceño ante la idea de pensar que la mentía—. Estaba pensando que, si no has estado aquí con ninguna chica, eso significa que no has estrenado aún la cabaña, ¿no?

—Define estrenar —le pidió David divertido.

— ¿Has practicado sexo en esta cabaña?

—No, de hecho, creo que ni siquiera me he masturbado en ella —sonrió con descaro.

—Pues creo que tendremos que buscarle una solución a eso —sentenció Ruth antes de comenzar a desnudarse bajo la atenta mirada de David.

Tras hacer el amor dos veces en la cabaña, David y Ruth regresaron a la mansión y pasaron el resto del día con la familia de él. Jugaron a las cartas, charlaron de trabajo, hicieron planes para las vacaciones de verano que se aproximaban, etc., y Ruth se sintió una más de aquella familia pese a que apenas hacía un par de días que les conocía.

Enamórame 17.

Ruth descansaba boca abajo en la cama mientras David acariciaba lentamente la curva de su espalda. Ambos seguían desnudos después de una inmejorable sesión de sexo durante la hora de la siesta y, aunque ambos estaban satisfechos, ninguno de los dos se había saciado. Ruth ronroneó pegando su trasero contra la entrepierna de David, incitándolo a entrar en ella. Por supuesto, él no se hizo de rogar y volvieron a empezar.

Cuando por fin consiguieron que sus respiraciones se normalizaran, se dieron una ducha rápida y bajaron al salón para merendar con el resto de la familia.

—Hermanito, tienes cara de haber disfrutado de una buena siesta —se mofó Iván cuando les vio aparecer.

—La mejor siesta de mi vida —le confirmó David con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

Ruth recordó la advertencia de David sobre su hermano Iván y sonrió al comprender que todo formaba parte de su juego.

—Por favor, no me habléis de sexo que cada vez que Martín y yo nos ponemos a ello aparece uno de los dos monstruos para interrumpirnos, es como si tuvieran un radar y cada vez que nos acercamos…

—Nos hacemos una idea, Inés —la cortó Marisa pidiéndole prudencia con la mirada.

—Tranquila, en esta familia se habla tanto de sexo que al final se convierte en una conversación como cualquier otra —le dijo Tomás a Ruth meneando la cabeza de un lado a otro con desaprobación—. Yo prefiero vivir con la información justa, no necesito saber los detalles íntimos de mi familia, pero mi esposa insiste en que se hable de sexo y sentimientos abiertamente.

—Más que insistir, nos obliga —matizó David.

—No te quejes, gracias a eso tienes a dos hermanas dispuestas a darte consejo —le replicó Marta.

—Chicos, vais a asustar a Ruth y no querrá volver —les regañó Marisa.

—No te preocupes —le dijo David a Ruth bromeando—, no volveremos jamás.

—Estáis dramatizando, ¿os tengo que recordar qué me hicisteis a mí el primer día que llegué aquí con Inés? —Protestó Martín.

—No fue para tanto —dijeron todos al unísono haciendo reír a Ruth.

Aquella noche después de cenar, los cuatro hermanos, Martín y Ruth salieron a tomar una copa y dejaron a los niños con los abuelos en casa. Tras discutirlo durante un rato, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron ir al pub del hotel, ya que el otro pub al que consideraron ir estaba a más de veinte kilómetros, demasiado lejos para tomar una o dos copas.

—Tienes una familia fantástica —le dijo Ruth a David cuando entraron en el pub.

—Son bastante peculiares, no lo puedo negar, pero no los cambiaría por nada —la besó en los labios y le susurró al oído con la voz ronca—: Y a ti tampoco, pelirroja.

—Dejad algo para cuando lleguéis a casa, no se come delante de los pobres —se quejó Inés.

—Si seguís así me pondréis cachondo —se burló Iván.

—Yo también estoy a dos velas —se lamentó Marta.

—Por ese mismo motivo deberíais alegraros de que vuestro querido hermano goce de una extraordinaria vida sexual y no sea capaz de reprimirse ni en público —les dijo David abrazando a Ruth con orgullo.

—Supongo que prefiero tener un hermano salido que un hermano lloriqueando por los rincones —opinó Iván como quien pide la hora.

— ¿Llorando por los rincones? —Quiso saber Ruth.

—No les hagas caso —le dijo David quitándole importancia y, distrayéndola cambiando de tema, le preguntó—: ¿Quieres bailar?

Ruth aceptó, aunque solo fuera por la necesidad de sentir su cuerpo pegado al de ella. Rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Apoyó la cabeza sobre su hombro, cerró los ojos y dejó que él marcara el ritmo mientras bailaban. Tan absorta estaba entre sus brazos que no se dio cuenta que Iván estaba junto a ellos hasta que le escuchó preguntar:

— ¿Me permites bailar con mi cuñada?

David suspiró, la idea de alejarse de Ruth no le hacía ninguna gracia, pero si encima era para dejarla en brazos de su hermano…

—Solo una canción —le advirtió a Iván. Besó a Ruth en los labios y le susurró al oído antes de dejarla con su hermano—: Si quieres que le estrangule solo tienes que decírmelo.

Iván sonrió, pero ignoró las palabras de su hermano y agarró a su cuñada por la cintura pegándola a su cuerpo, solo para escuchar cómo David refunfuñaba y maldecía entre dientes mientras se alejaba de ellos.

—No te preocupes por él, lo superará —se burló Iván al ver cómo Ruth fruncía el ceño, preocupada por David.

— ¿Siempre estáis igual?

—Supongo que sí, nos gusta fastidiarnos —respondió Iván divertido—. David es como una roca, el hombre de hielo, como dice mi madre. Pero tú eres su punto débil, así que ahora todos nos aprovechamos de eso.

—Genial —dijo Ruth con sarcasmo.

—No te enfades, solo quiero hablar contigo a solas, estoy segura de que mi hermanito no te ha dicho muchas cosas que deberías saber —le dijo Iván atrayendo toda su atención—. David nos habló de ti el mismo día que te conoció en el restaurante del área de servicio. Ni te imaginas lo mucho que nos reímos de él cuando nos dijo que se había hecho pasar por camarero solo para poder escuchar tu voz.

—Puedo hacerme una idea —rio Ruth divertida.

—Nos llamaba desde la costa cada día solo para decirnos que era feliz y que había encontrado su alma gemela, pero su felicidad se esfumó cuando averiguó que le habían concedido una plaza de trabajo en el otro extremo del país —continuó hablado Iván—. Nunca lo había visto tan hundido y desolado, ninguno de nosotros sabíamos qué hacer. Decidió que lo mejor era cortar por lo sano y no volver a saber de ti, creía que todo sería más fácil si no hablaba contigo, pero se equivocó. No voy a negarte que, durante todo este tiempo, todos hemos intentado que se olvidara de ti, pero no lo conseguimos. Por eso, cuando hace tres semanas nos llamó para anunciarnos que había conseguido plaza en el hospital de la ciudad y que quería recuperarte, todos hablamos con él para hacerle entender que en tres años tu vida había podido cambiar y mucho. Sin embargo, él no se dio por vencido y nos prometió que volvería a enamorarte. Y, según hemos podido comprobar, no va por mal camino.

—No voy a hacerle daño, Iván. Al menos no intencionadamente.

—Lo sé, pero creía que debías conocer la otra versión de la historia antes de tomar una decisión. Espero que mi hermano no meta la pata.

—Hasta ahora, no podía ser más perfecto —le confesó Ruth suspirando al mirar a David, que no les quitaba los ojos de encima.

—Será mejor que regreses junto a él, aunque no lo reconozca, no puede estar más de cinco minutos separado de ti.

Entre risas y bromas, Iván se abrió paso entre la multitud y llevó a Ruth junto a David y al resto de sus hermanos. David la escudriñó con la mirada tratando de adivinar si el sinvergüenza de su hermano le había dicho algo que la incomodara, pero ella parecía divertida y fue testigo de la mirada de complicidad que se dedicaron los dos cuñados.

—Hermanito, si la cagas con Ruth, te advierto que yo no la dejaré escapar —bromeó Iván.

—No pienso dejarla escapar.

Inés instó a los hombres para que fueran a pedir unas copas y las dejaran a solas con Ruth, las hermanas también querían tener una pequeña charla con ella.

—Me quito el sombrero contigo, nunca había visto a David enamorado y contigo ha roto todas las expectativas —comentó Inés una vez se quedaron a solas.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Ruth con curiosidad.

— ¿Acaso no has visto cómo te mira? —Le preguntó Marta riendo—. Por no mencionar la charla que tuvo con cada uno de nosotros cuando decidió venir contigo a casa, ¡incluso nos amenazó con no volver a dirigirnos la palabra si hacíamos o decíamos algo que pudiera ofenderte!

—No se lo tengas en cuenta, solo está enamorado —le dijo Inés a Ruth quitándole importancia a aquella amenaza—. David se ha tomado su tiempo, pero creo que no podía haber escogido mejor.

—La verdad es que todo habíamos apostado cuánto tardabas en decir que no nos aguantabas más y te largabas, pero lo has hecho bien —comentó Marta.

— ¿Alguien apostó a mi favor?

—Mi madre y Martín, pero estoy segura de que David también hubiera apostado por ti si hubiera sabido lo de las apuestas —la animó Marta.

—Si se hubiera enterado se hubiera puesto hecho un basilisco y no nos habría dejado apostar, es demasiado susceptible con todo lo que tiene que ver contigo —la informó Inés.

—Entonces, ¿he pasado la prueba? —Quiso saber Ruth.

—La has superado con un sobresaliente, mis padres ya te consideran una hija más y nosotras una hermana —le aseguró Inés y añadió bromeando—: Y, antes de que digas nada, recuerda que a la familia no se la escoge, te toca la que te toca, así que es mejor que no te resistas y empieces a cogernos cariño.

Los chicos regresaron junto a ellas cargando con varias copas que dejaron sobre una mesa alta, donde las chicas habían dejado sus chaquetas y sus bolsos sobre los altos taburetes.

— ¿Todo bien por aquí? —Le susurró David a Ruth lanzando una mirada severa a sus hermanas.

—Todo perfecto —le confirmó Ruth tras darle un beso en los labios.

—Pelirroja, deja de provocarme.

Ruth se echó a reír y le abrazó, dejando que aquellos brazos fuertes la estrecharan con fuerza y la hicieran sentir al lugar al que pertenecía.

Se tomaron un par de copas mientras charlaban, bailaban y se divertían. Ruth encajó a la perfección con aquella familia tan peculiar y David sonrió satisfecho. La observó bailar junto a sus hermanas, reír ante las pullas de Iván y aceptar los consejos de Martín sin perder la sonrisa. De vez en cuando le tiraba un beso cuando sus miradas se encontraban y él tuvo que contener el deseo que sentía en más de una ocasión.

Regresaron a la mansión de los Garrido pasadas las cuatro de la madrugada, entre risas y tropezones, más achispados de lo que en realidad pensaban. Marisa y Tomás, tumbados en la cama de su habitación, cruzaron una mirada y se sonrieron. Ambos estaban convencidos que Ruth era la mujer perfecta para su hijo David.

Cita 109.

“Tengo una pregunta que a veces me tortura: ¿estoy loco yo o los locos son los demás? 

Albert Einstein.