Archivo | febrero 2018

Premonición.

Corría por el bosque detrás de Alec, que cada vez se alejaba más de mí. Le imploraba que me esperase, que no se fuese, pero él seguía corriendo sin siquiera volver la vista a atrás para mirarme. Tropecé con la raíz de un árbol y Alec desapareció, dejándome un gran vacío en el pecho que se convirtió en un dolor insoportable. Me desperté tras el sonido atronador que escapó de mi garganta.

—Estoy aquí, solo ha sido una pesadilla —escuché su voz susurrándome al oído y acto seguido sus brazos me rodearon para colocarme en su regazo.

No dijo nada más, me acunó entre sus brazos y aguardó pacientemente a que mi respiración se normalizara. Tenía la cara empapada en lágrimas y todavía era capaz de sentir el dolor en mi pecho, pero poco a poco me fui calmando.

— ¿Te encuentras mejor?

Asentí con la cabeza y escondí mi cara en su cuello aferrándome a él con fuerza, como si hubiera podido impedir que se marchase si así él lo decidiera.

—No te vayas —le rogué en un ronco susurro.

—No pienso irme a ninguna parte.

—Prométemelo.

—Te lo prometo, me quedaré contigo aquí para siempre si es lo que quieres —me prometió besándome en la frente—. Duérmete preciosa, seguiré aquí cuando despiertes.

No quería dormir, quería disfrutar de su compañía mientras pudiese. Aquella pesadilla me había dejado un mal sabor de boca, como si fuera una premonición de lo que estaba por venir. No quería despertarme y descubrir que había perdido a Alec, él era lo único que me mantenía en pie, la única razón por la que seguía queriendo vivir. El cansancio terminó por vencerme y me dormí, pero la inquietud me acompañó el resto de la noche.

Cita 111.

“Donde no puedas amar, no te demores.”

Frida Kahlo. 

Enamórame 20.

Seis meses después…

Ruth llegó al apartamento cansada del trabajo, era temporada de visitas de estudiantes de todas las edades y la galería se parecía más un colegio que a una galería de arte. Además, estaba un poco triste por dejar el apartamento en el que había vivido los últimos cuatro años, aunque estuviera emocionada por mudarse con David a su nueva casa con jardín.

— ¿Cómo ha ido el día, pelirroja? —La saludó David con un beso en los labios nada más entrar por la puerta.

—Horrible, deseando llegar a casa para acurrucarme contigo en el sofá.

—Pues hoy no va a poder ser, pelirroja —le advirtió tratando de ocultar su sonrisa, pero sin conseguirlo—. Tenemos planes, ve a ducharte que salimos en una hora.

— ¿A dónde vamos? No quiero salir, estoy cansada y solo quiero meterme en la cama contigo, abrazarme a ti y dormir hasta mañana.

—Y lo haremos, pequeña, pero antes tenemos que hacer algo. Ve a ducharte y no tardes.

Ruth resopló, pero le obedeció para no iniciar una discusión, él siempre acababa saliéndose con la suya.

Una hora más tarde, ambos salían del apartamento y se dirigían en coche hacia a su nueva casa. Ruth frunció el ceño cuando llegaron, no tenían previsto trasladarse hasta dentro de un par de semanas, cuando les llegaran los muebles.

— ¿Qué estamos haciendo aquí?

—No seas impaciente, es una sorpresa —le respondió David divertido—. Ven, deja que te ponga una venda en los ojos.

— ¿Una venda? ¿Para qué?

—Ya te lo he dicho, es una sorpresa —le susurró él con paciencia.

Ruth se dejó hacer, ya que la había arrastrado hasta allí, lo mínimo que podía hacer era dejar que le mostrara la sorpresa, pese a que ella odiaba las sorpresas.

David le vendó los ojos nada más salir del coche y la guio por el jardín hasta entrar en su nueva casa. Ya habían llegado los muebles y estaban colocados, Ana y Eva le habían echado una mano para que todo estuviera listo para esa noche.

David había planeado estrenar su nueva casa con una velada romántica. Le había preparado una cena en el jardín, con velas y flores; también tenía previsto llenar el jacuzzi de agua caliente y tirar algunos pétalos de rosas, como había visto en las películas; y, lo más importe, cada cinco segundos se tocaba el bolsillo interior de su chaqueta para comprobar que la cajita con el anillo de compromiso que había comprado para Ruth seguía estando en su sitio.

—Voy a quitarte la venda, preciosa.

Ruth tuvo que parpadear un par de veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz de la casa y se quedó sin respiración cuando comprobó que estaban todos los muebles y que toda la decoración exactamente igual a como ella la quería. Riendo a carcajadas y llorando emocionada, recorrió todas y cada una de las estancias de la casa, seguida de cerca por David, que disfrutaba viéndola reír.

—Eres tan perfecto que creo que no eres real, no te merezco —le dijo Ruth antes de abrazarle y besarle.

—Todavía no has visto lo mejor, ¿me acompañas al jardín?

Ruth asintió con curiosidad, embelesada por los detalles que David siempre tenía con ella para enamorarla aún más si era posible. Le siguió al jardín y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando vio una mesa preparada para dos comensales, iluminada con un precioso y antiguo candelabro y con un jarrón repleto de orquídeas blancas.

—Pelirroja, ¿no dices nada?

—No sé qué decir.

—Solo di que sí.

— ¿Sí a qué?

David sacó la pequeña caja de su bolsillo y la abrió para enseñársela a Ruth antes de decir:

—Cásate conmigo, pelirroja.

Ruth se quedó sin palabras, pero se arrojó a sus brazos a modo de respuesta. Se abalanzó sobre él con tanta fuerza que le hizo perder el equilibrio y acabaron revolcándose sobre el mullido césped del jardín. Entre besos y risas, David consiguió ponerle el anillo a Ruth en el dedo.

—Te quiero, pequeña pelirroja.

—Yo a ti también, grandullón —le susurró Ruth antes de besarle en los labios y desnudarse en el jardín de su nueva casa.

 

FIN

Enamórame 19.

Tras pasar aquel fin de semana en la mansión de los Garrido con la familia de David, ambos regresaron a la ciudad. David se instaló en el apartamento de Ruth hasta que encontrara una casa dónde vivir, aunque ninguno de los dos le quiso dar ninguna prioridad al tema.

Disfrutaron el uno del otro durante los pocos días de vacaciones que tuvieron y, pese a que habían planeado visitar un montón de monumentos y lugares emblemáticos de la ciudad, terminaron encerrados en el apartamento dando rienda suelta a su amor.

Cuando los días de vacaciones terminaron y regresaron a la rutina del trabajo, Ruth se sorprendió al comprobar lo fácil que le resultaba la convivencia con David y, cuando él le pedía que la acompañara a visitar alguna casa para trasladarse, ella le acompañaba pero solo para encontrar y mencionar todos y cada uno de los defectos de la casa en cuestión y evitar que David se trasladara. Estaba demasiado a gusto con él, no quería que se fuera.

—Hola cariño, ¿qué tal el día? —Le preguntó David en cuanto Ruth entró en el apartamento.

—Agotador —suspiró refugiándose en sus brazos, le encantaba que David la abrazara con aquella firmeza—. Me ha llamado Ana, nos ha invitado a todos a cenar en su casa. ¿Te apetece ir?

—Claro que sí, pelirroja. Además, nos vendrá bien socializar un poco, últimamente no salimos del apartamento.

—Creía que te gustaba —le replicó Ruth.

—Y me encanta, pero no debes dejar de lado a tus amigas.

David tenía razón y Ruth lo sabía, por mucho que disfrutaran de la intimidad, no podían dejar a sus amigos a un lado. Además, le apetecía ver a sus amigas y pasar el rato con ellas, las echaba de menos.

A las ocho en punto de la tarde, David y Ruth llegaban a casa de Ana y Nahuel. Derek y Eva ya estaban allí así que, tras saludar a todos, pasaron al salón. Con la excusa de enseñarles lo mucho que había crecido el pequeño Nahuel en tan solo unos días, Ana llevó a las chicas a la planta superior para hablar con ellas.

—Se os ve muy bien juntos —comentó Ana.

—Hacéis buena pareja y me gusta verte tan feliz, hacía tiempo que no te veía sonreír con tantas ganas —opinó Eva—. Por cierto, si vas a ir acompañada a mi boda, te agradecería que me lo hicieras saber lo antes posible, todavía tengo que organizar las mesas.

—Me gustaría que David me acompañara, pero no sé cómo preguntárselo, llevamos poco tiempo y asistir juntos a una boda significa hacer oficial nuestra relación.

—Ruth, vives con él y has pasado un fin de semana en casa de sus padres, siento decirte que esa relación ya es oficial —se mofó Ana.

—Si a ti te da corte, puedo preguntárselo yo —se ofreció Eva dándole una alternativa.

—Ni se te ocurra, ya hablaré yo con él.

—Cuéntanos qué tal te va, últimamente no hay quien te vea el pelo —pidió Ana deseosa de saber sobre la vida de su amiga.

Ruth les contó que estaba feliz, que David era un hombre encantador, que su familia había sido muy amable con ella y también les confesó que le ponía pegas a todas las casas que iban a ver porque no quería que se marchara del apartamento, quería que siguiera viviendo con ella.

— ¿No crees que sería más fácil si se lo dijeras directamente en lugar de criticar todas las casas que a él le gustan? —La regañó Eva.

—Tal vez, pero prefiero no arriesgarme.

—Ruth, no puedes ponerte la venda antes de tener la herida —trató de armarse de paciencia Ana para hacer entrar en razón a su amiga—. Déjate llevar, disfruta de la relación que tenéis y luego ya verás qué haces cuando llegue el momento.

Ruth lo meditó durante un momento, sabía que muy probablemente sus amigas tenían razón, pero a ella no le resultaba tan fácil dejarse llevar, al menos no con David. Él era su criptonita, su punto débil. Era el único hombre con el que había planeado un futuro y el único que le había destrozado el corazón en mil pedazos. Se sintió tan abandonada sin él que se juró a sí misma no volver a enamorarse. Envolvió su corazón en un caparazón de hielo y se convirtió en una persona muy distinta a la que era. Ella soñaba con ser la protagonista de un cuento de hadas y, pese a que ya no era una niña, todavía estaba a tiempo de crear su propio cuento.

—Hablaré con él y que sea lo que tenga que ser —sentenció Ruth con decisión.

Las chicas regresaron junto a Nahuel, Derek y David que charlaban animadamente. Ellos sonrieron al verlas, totalmente hechizados por el amor de aquellas tres peculiares amigas que un día les robaron el corazón y quedaron prendados de ellas.

—Ruth, David nos estaba contado que está buscando casa, pero parece que tú le pones pegas a cualquier casa que a él le guste —comentó Derek sonriendo burlonamente.

—No tiene buen gusto a la hora de escoger casa —murmuró Ruth ruborizada.

David sonrió. No eran imaginaciones suyas, Ruth trataba de impedir, o al menos aplazar, la compra de la casa. Él había dejado el hotel y vivía con ella en su apartamento, así que quiso creer que Ruth quería que viviese con él.

—Quizás debas plantearte el hecho de ir solo a ver casas, así Ruth no interferirá en tus decisiones y en pocos días tendrás una nueva casa —bromeó Nahuel solo para fastidiar a Ruth.

—Supongo que tenemos una conversación pendiente —concluyó David mirando a Ruth.

Los seis amigos cenaron mientras charlaban y bromeaban. Ruth agradeció que no volvieran a sacar el tema de la casa. Tenía claro que tendría que hablar con David del tema y que, probablemente, aquella conversación se produciría en cuanto regresaran al apartamento. Y no se equivocó.

En cuanto entró en el apartamento, se dirigió al dormitorio para ponerse cómoda, pero David la interceptó en mitad del pasillo y, cogiéndola en brazos, la llevó hasta el salón y se sentó en el sofá con ella en su regazo.

—Pelirroja, esta conversación no puede esperar más. ¿Quieres contarme por qué no quieres que me compre una casa en la ciudad?

—No quiero que te vayas, me gusta tenerte aquí —le confesó Ruth con un hilo de voz.

— ¿Quieres que vivamos juntos?

—Solo si tú quieres.

—Me encanta vivir contigo pero, si te soy sincero, preferiría que viviésemos en una casa más grande —le dijo David y, mirándola a los ojos, le preguntó—: Ruth, ¿te gustaría que buscásemos una casa para vivir juntos?

—Creo que es un poco pronto para comprar una casa, quizás podríamos quedarnos aquí una temporada y ver qué tal van las cosas —le propuso—. Si es que quieres seguir viviendo conmigo…

—Pelirroja, vivir contigo es lo único que deseo —le susurró David antes de estrecharla entre sus brazos y besarla.

—Por cierto, Eva quiere saber si vendrás conmigo a su boda —le dejó caer Ruth sin apenas separar sus labios de los de él.

—Iré donde tú quieras —murmuró David antes de comenzar a devorarla.

Cita 110.

“La resistencia emocional, la capacidad de recuperarse después de una experiencia adversa, es uno de los indicadores más confiables de quién vivirá largo tiempo.”

Deepak Chopra.