Archivo | enero 2018

Enamórame 13.

Ruth llegó a su apartamento con el tiempo justo para darse una ducha rápida y vestirse antes de que David pasara a recogerla. No tenía ni idea de qué ponerse, pero finalmente se decidió por unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes y un jersey fino de cuello de barco. Se puso unas manoletinas negras y se recogió el pelo en una coleta alta. Mientras se miraba en el espejo del cuarto de baño, escuchó el timbre de la puerta de su apartamento en vez del telefonillo.

Pensando que sería algún vecino que quería un poco de sal, abrió la puerta y se encontró de frente con David, quién se hizo paso hasta llegar a la cocina y descargar allí las cinco bolsas que llevaba en las manos.

— ¿Qué es todo eso? —Preguntó Ruth mientras él dejaba las bolsas sobre la encimera.

—He encargado la comida en el mejor restaurante de la ciudad —le respondió tras darle un leve pero cariñoso beso en la mejilla—. Espero que tengas hambre, he traído de todo.

—Estoy hambrienta —le aseguró Ruth, aunque no pensaba en la comida precisamente.

David sonrió complacido y se dispuso a servir los platos con la comida que había traído del restaurante. Ruth le echó una mano, todavía sorprendida por la actitud tan natural que él mostraba. Diez minutos más tarde, ambos estaban sentados en la cocina y degustando la exquisita comida que David había encargado al mejor restaurante de la ciudad.

Después de comer, Ruth se apresuró en recoger los platos y la cocina antes incluso de que David tuviera tiempo de levantarse. Él no dijo nada, se limitó a mirarla mientras ella hacía su tarea. Una vez hubo acabado, Ruth dio media vuelta para quedar frente a él y, armándose de valor, le preguntó:

— ¿Quieres hablar ahora?

—Ven aquí —le dijo él agarrándola de la mano y llevándola hasta el salón para sentarse en el sofá y colocándola a ella en su regazo—. Lo que sucedió ayer fue maravilloso, pero no era esa la intención que tenía. Quiero ir despacio contigo, Ruth. Quiero demostrarte que el sexo no es lo único que me interesa de ti, quiero ganarme tu confianza y quiero enamorarte.

—Vaya.

—Te me escapaste una vez, pelirroja, pero no dejaré que te me escapes por segunda vez.

—Entonces, enamórame —concluyó Ruth besándole con urgencia.

—De eso precisamente quería hablarte —apuntó David separando sus labios lentamente de los de ella—. El viernes conseguiré un par de semanas libres para que pueda buscar casa e instalarme. Había pensado en hacerles una visita a mis padres y quiero que me acompañes.

—A ver si lo he entendido, ¿quieres que vaya contigo a casa de tus padres? —La cara de Ruth era un poema.

—Cariño, para enamorarte primero necesito que me conozcas, que sepas quién soy realmente y, te guste o no, para eso tienes que averiguar de dónde procedo.

—Quieres que conozca a tus padres —comprendió Ruth—. Y, ¿si no les gusto?

—Pelirroja, no hay nadie capaz de resistirse a tu encanto —le aseguró David estrechándola entre sus brazos con fuerza—. Mis padres y mis hermanos te van a adorar en cuanto te conozcan.

¿Hermanos? ¿Además de a sus padres también iba a conocer a sus hermanos? Ruth tragó saliva y no dijo nada, al fin y al cabo era lo que ella quería, una relación formal con David. Pero no pudo evitar sentir el pánico ante todo lo que aquello significaba.

—Mi madre ha insistido en que nos alojemos en su casa, pero podemos hospedarnos en un hotel si te sientes más cómoda —continuó diciendo David, lo mejor sería soltarlo todo de golpe—. Todos están deseando conocerte, sobre todo mi hermana. Ella cree que seréis buenas amigas.

— ¿Le has hablado a tu familia de mí?

—Pelirroja, mi familia sabe de tu existencia desde el primer día que te cruzaste en mi camino en el restaurante del área de servicio, tan descarada y tentadora como solo tú eres.

—No trates de distraerme, ¿qué le has contado a tu familia sobre mí?

—La verdad —respondió el encogiéndose de hombros—. Mi madre nos lee la mente como un libro abierto, según ella porque nos ha parido, según mis hermanos y yo porque es medio bruja. El caso es que sabe cuándo nos pasa algo y no deja de insistir hasta que finalmente lo averigua, así que…

—Se lo has contado todo —dijo Ruth con un hilo de voz, acabando la frase de David.

—No te preocupes, no les he contado todos los detalles.

—Eso no hace que me sienta mejor.

—Creo que necesitas relajarte —opinó David divertido.

—Eso no te lo voy a discutir.

Sin decir nada más, David la colocó entre sus piernas, de espaldas a él, y comenzó a masajearle los hombros. Apenas pasó un minuto cuando se deshizo de su fino jersey y la dejó tan solo con la camiseta de tirantes y el sujetador. Ruth se dejó mimar, se estaba demasiado bien entre las extremidades de David, no se hubiera movido ni aunque comenzaran a salir arañas del sofá, y eso que ella temía a las arañas.

— ¿Tienes aceite corporal?

Ruth asintió y señaló la bolsa que había dejado sobre uno de los sillones con las velas y el aceite corporal que había comprado un par de horas antes.

—Vaya, veo que te has adelantado a los acontecimientos —bromeó al abrir la bolsa y ver lo que había dentro.

—Ya sabes lo que dicen, una chica precavida vale por dos.

David sonrió ante las palabras de ella, encendió las velas aromáticas y regresó a su posición detrás de Ruth con el bote de aceite corporal en las manos.

—Mm… Creo que es más complejo de lo que en un primer momento había pensado. Ven, vamos a la cama —sentenció arrastrándola del brazo hasta a su habitación—. Túmbate sobre la cama, pero antes quítate la ropa si no quieres que acabe pegajosa por el aceite.

—Creo que tú deberías hacer lo mismo con tu ropa, si no quieres que se manche, digo —le replicó Ruth con la voz ronca a causa de lo excitada que estaba. Se desnudó en menos de un minuto y añadió—: ¿Cómo quieres que me tumbe?

—Boca abajo —ordenó David mientras se desabrochaba la camisa sin ninguna prisa.

Ruth obedeció y pocos segundos después sintió cómo David se sentaba sobre su trasero y colocaba su enorme erección entre sus nalgas, haciéndola gemir de excitación.

—Pelirroja, no tengas prisa. Todo llegará, te lo aseguro —se mofó él.

Divertido con la impaciencia de ella, David decidió jugar un poco y provocarla. Masajeó su espalda, sus hombros, sus brazos y sus piernas, acercándose al centro de placer de ella y volviéndose a alejar, tentándola. Ella gimió de frustración en varias ocasiones, pero no dijo nada, se mantuvo a la expectativa.

—Date la vuelta —le ordenó con la voz ronca mientras se levantaba de encima suyo para que pudiera moverse. Ruth se dio la vuelta y dejó sus piernas alrededor de las caderas de David, quedando expuesta a él y sin sentir ningún tipo de pudor. Esta vez, fue David quién gimió. Sin embargo, se contuvo y continuó deleitando a Ruth con caricias placenteras mientras impregnaba todo su cuerpo en aceite. Comenzó por sus pechos, donde se entretuvo pellizcando los pezones hasta que respondieron con excitación. Prosiguió por su vientre y se detuvo a dibujar con el dedo un círculo alrededor de su ombligo. Finalmente, descendió hasta su monte de venus. Sus manos apenas la habían rozado y ella gimió extasiada, estaba muy excitada y eso le gustaba.

—Pelirroja, quiero saborearte —anunció antes de enterrarse entre sus muslos y recorrer toda su humedad con la lengua—. Sabes tan bien que me moriría feliz haciendo lo que estoy haciendo ahora mismo.

Ruth gimió, estaba al borde del orgasmo. Le agarró con fuerza de la cabeza para que quedase a su altura y le ordenó dominada por la lujuria:

—Te quiero dentro. Ahora.

David no se lo pensó dos veces, la besó en los labios con una sonrisa pícara y la penetró de una sola estocada, como sabía que a ella le gustaba. La embistió una y otra vez, fijando sus ojos en la expresión de ella, un recuerdo que jamás se permitiría olvidar, y juntos alcanzaron el clímax.

Aquella tarde no vieron ninguna película, disfrutaron del placer de la unión de sus cuerpos para acabar con el anhelo que habían sentido el uno por el otro desde hacía casi tres años.

Cita 107.

“Es más fácil engañar a la gente que convencerles de que han sido engañados.”

Mark Twain.

Enamórame 12.

A la mañana siguiente, Ruth llamó a Ana, necesitaba contarle todo lo que había ocurrido y desahogarse. No podía seguir engañándose a sí misma y, pese que había logrado posponer esa conversación pendiente, sabía que no podía seguir alargándolo más.

Ana la invitó a desayunar y, una hora más tarde, ambas se sentaban en el jardín de casa de Ana mientras desayunaban alegremente. Nahuel, el marido de Ana, estaba encerrado en su despacho trabajando, apenas pisaba la oficina desde que nació el bebé porque le resultaba imposible pasar tantas horas sin verles. Ana adoraba a su marido y a su bebé, pero también necesitaba un poco tiempo para ella y sus amigas, las echaba de menos.

—Bueno, ya está bien de hablar de mí —concluyó Ana.

— ¿Qué sabes de Eva? No he hablado con ella desde que nos vimos en la inauguración.

— ¡Por Dios, Ruth! No has venido hasta aquí para oírme hablar de mi aburrida vida de ama de casa ni para que te cuente lo ocupada que está Eva con los preparativos de la boda —le recordó su amiga al ver que seguía yéndose por las ramas—. ¿Vas a contarme qué ha pasado entre David y tú o voy a tener que torturarte para que confieses?

Ruth suspiró, había venido para eso, para hablar de David, así que no había ninguna razón para seguir evitando el tema.

—Ayer me acosté con él —confesó finalmente.

— ¿Ayer? ¿El sábado después de la inauguración no…? —Ana no supo cómo acabar de formular aquella pregunta, aunque tampoco hizo falta para que Ruth la entendiera.

—Estuvimos a punto, pero se echó atrás alegando que había bebido alguna de copa de más y que Mike había escogido un menú afrodisíaco para el catering, dijo que no quería que a la mañana siguiente me arrepintiera o, peor aún, que no recordara lo sucedido.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Ana emocionada.

—Eso lo dices porque no fuiste tú la que se quedó con el calentón toda lo noche.

—Será mejor que empieces a contármelo todo desde el principio.

Ruth asintió, bebió un trago de su zumo de melocotón y, empezando por el principio, le explicó todo lo que había sucedido con David desde la inauguración de la exposición de Mike hasta ese mismo momento. Ana la escuchó sin interrumpirla, prestando atención a sus palabras y a su expresión corporal. Era su amiga y la conocía lo suficientemente bien para saber qué estaba rondando por su cabeza.

—Sé que lo pasaste mal, pero en aquel momento ambos sabíais que lo mejor era que cada uno continuara por su camino. Sin embargo, después de casi tres años, él está aquí y lo primero y único que ha hecho es ir a buscarte. Puede que te dejara con el calentón, pero solo porque quería demostrarte que no había venido buscando sexo contigo, al menos no solo sexo —se corrigió Ana con una sonrisa traviesa en los labios—. Ya te dijo que no pretendía retomar vuestra relación donde la dejasteis, por eso ha decidido enamorarte de nuevo. Y, por mucho que intentes sabotearle, debes reconocer que el chico tiene mérito.

—Me siento idiota dejándome llevar por mis sentimientos, tengo la sensación de que hace conmigo lo que quiere y no puedo impedirlo por mucho que lo intente.

—Eso, querida amiga, es el amor —le aclaró Ana divertida—. ¿Crees que a mí me hace gracia estar todo el día en casa sin nada qué hacer? ¡Me aburro! Nahuel ha amenazado a todo el personal de la casa con despedirlos si permiten que yo mueva un solo dedo para hacer cualquier cosa. Lo único que se me permite es cuidar del bebé y solo durante el día porque de noche es Nahuel quién se ocupa de él. Tengo prohibido ir a la oficina y, por supuesto, ninguno de los empleados tiene permitido ponerme al corriente sobre asuntos de trabajo. Mi única distracción eres tú, Eva está demasiado ocupada con los preparativos de su boda y retozando con Derek por los rincones.

Ruth sonrió divertida, conociendo a esos dos, seguro que se pasaban el día retozando como decía Ana.

—Nahuel te quiere y cuida de ti. Incluso pasa la mayor parte del tiempo en casa para no perderos de vista a ninguno de los dos.

—Lo sé, pero a veces le mataría. Y el sexo, hasta que pase la cuarentena, tampoco es una opción a tener en cuenta —protestó poniéndose de morros como si fuera una niña pequeña.

En ese momento, apareció Nahuel con su perfecta sonrisa en los labios y, tras saludar a Ruth con un par de besos en la mejilla, se volvió a su mujer y le preguntó con sorna:

— ¿Ya le has contado a Ruth lo malvado que soy?

Ana bufó a modo de protesta y Nahuel se echó a reír. Besó a su esposa en los labios y, como si fuera una niña pequeña, le dijo con la voz suave:

—Preciosa, solo quiero que no te preocupes de nada que no seas tú y el pequeño Nahuel. Del resto, deja que me encargue yo.

—Lo sé —murmuró Ana dándose por vencida—, pero me aburro estando sola tanto tiempo y sin hacer nada.

—De eso quería hablarte, he estado trabajando desde casa estos días porque quiero que los tres nos tomemos unas pequeñas vacaciones —le explicó Nahuel, ahora con una sonrisa traviesa en los labios—. Pero antes, tienes que recuperarte.

— ¡Ya estoy recuperada!

—Preciosa, acabas de traer al mundo a nuestro primer hijo y quiero que estés al cien por cien antes de hacer ese viaje, quizás encarguemos allí al segundo…

— ¡De eso nada! —Protestó de nuevo Ana—. No pienso quedarme encerrada en casa nunca más.

— ¡Por favor, cualquiera que te escuche pensaría que te tienen secuestrada en un húmedo y oscuro sótano mientras te torturan terriblemente! —Se mofó Ruth, ganándose una mirada fulminante de su amiga.

—Déjalo, es inútil intentar hacerla entrar en razón —medió Nahuel. Se despidió de Ruth de la misma manera que la había saludado y después besó a su esposa en los labios antes de susurrarle con la voz ronca—: Preciosa, estaré en mi despacho si me necesitas.

Ana le escrutó con la mirada. ¿Aquello había sido una invitación? ¿Se había rendido y ya no quería respetar la cuarentena? Frunció el ceño cuando lo oyó reírse mientras se alejaba.

—Será…

—Sht, no lo digas —la regañó Ruth señalando el carrito de bebé donde dormía plácidamente el pequeño Nahuel.

Ambas amigas se miraron y comenzaron a reírse como dos colegialas. Ruth admiró la relación que su amiga tenía con su marido, ambos se compenetraban a la perfección y eran muy felices, al igual que Derek y Eva. Se preguntó si ella conseguiría tener esa complicidad con David y se sería feliz a su lado. Suspiró, solo había una manera de saberlo.

—Me voy ya a casa, no quiero que David pase a recogerme y yo todavía no haya llegado al apartamento —se despidió Ruth con un fuerte abrazo.

—No seas muy bruja con él y mantenme informada, ahora mismo la única emoción que hay en mi vida es tu historia con David —bromeó Ana.

Ruth tuvo que prometerle que la llamaría cada día para darle un reporte de todo lo que le pasara referente a David antes de poder marcharse de allí.

De camino a su apartamento, decidió parar en un supermercado donde compró un par de velas aromáticas, aceite corporal y una buena botella de vino. Tenía planes para esa noche, no estaba dispuesta a dormir sola otra vez.

Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

Cita 106.

“La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.”

Gabriel García Márquez.