Archivo | enero 2018

Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

Cita 106.

“La sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve de nada.”

Gabriel García Márquez. 

Enamórame 10.

David condujo en silencio durante todo el tiempo que duró el camino de regreso al apartamento de Ruth. No la culpaba, pero no podía evitar sentirse frustrado. Maldijo entre dientes varias veces, disimulando para que ella no se diera cuenta. Estaba seguro de que aquel repentino cambio en ella se debía al efecto de la comida afrodisíaca y las copas de champagne. Mike tenía buena intención, pero no había pensado en la posibilidad de que Ruth se asustara al sentirse allí y saliera huyendo. Por lo menos no ha huido de mí y me ha pedido que la acompañe a casa, podría haber sido peor, pensó David mientras aparcaba frente al portal del edificio donde vivía Ruth.

Se bajó del coche y lo rodeó rápidamente para ayudar a salir a Ruth. Ella tropezó y él tuvo que sostenerla para que no se diera de bruces contra el suelo. Ruth se agarró con fuerza a él y le miró con auténtico deseo.

—Pelirroja, deja de mirarme así —le advirtió con la voz ronca.

—Me gusta que me llames pelirroja —ronroneó ella—. ¿Te apetece subir a tomar una copa?

— ¿Estás segura?

Ruth rodó los ojos y tiró de él para que la siguiera. Entraron en el portal del edificio y, tras saludar al portero, subieron en el ascensor hasta el ático. Ruth abrió la puerta y, colgando su chaqueta en el perchero, le preguntó:

— ¿Qué quieres beber?

—Agua —contestó él siguiéndola a la cocina—. Y tú también deberías, creo que hoy ya has bebido suficiente.

David se acercó lentamente hacia a ella, la agarró por la cintura y la miró a los ojos con un deseo intenso que la hechizó. Ruth cerró los ojos, tanta intensidad la extasiaba.

—Pero no puedo seguir, pelirroja. Por mucho que lo desee, te hice una promesa y voy a cumplirla —le susurró al oído. Dejó un reguero de pequeños besos sobre su cuello y, apartándose de ella, le confesó—: Ahora mismo, mi único deseo es hacerte el amor toda la noche, pero Mike me ha dicho que el catering de la inauguración era afrodisíaco y no quiero que eso influya en tu decisión.

—Si de verdad me deseas, rompe esa estúpida promesa y hazme el amor —le retó Ruth, estaba demasiado excitada para quedarse allí—. Necesito sentir tus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, tus besos erizando cada centímetro de tú piel y a ti dentro de mí.

—Lo deseo tanto o más que tú, pero no quiero que me odies mañana —le dijo David haciendo un esfuerzo para separarse de ella.

—No te odiaré —murmuró con un hilo de voz.

—Por si acaso, no me arriesgaré —sentenció David—. Creo que será mejor que me vaya, pero mañana vendré a traerte el desayuno y ver cómo estás, ¿de acuerdo?

—Puedes quedarte aquí, hay dos habitaciones vacías.

—Es una oferta muy tentadora, pero quiero hacer bien las cosas contigo, pelirroja. No hagas planes para mañana y, por favor, no bebas.

—Está bien —accedió Ruth con resignación—. Te veo mañana.

—Buenas noches, pelirroja —se despidió de ella cuando la acompañó a la puerta.

—Buenas noches —murmuró Ruth visiblemente frustrada.

David no pudo más que sonreír ante la reacción de ella. No quería hacerle el amor estando ella achispada y después de haberse hinchado a comer canapés afrodisíacos. Por mucho que ella lo deseara, no podía arriesgarse a hacer nada mal y perderla. Ruth era demasiado importante para él, ella era su prioridad.

Ruth tuvo ganas de gritar cuando David se marchó y la dejó sola en el apartamento. ¿Qué clase de hombre deja a una mujer sola y excitada en su apartamento un sábado por la noche? Uno que no está bien de la cabeza o al que no le intereso lo más mínimo, pensó disgustada.

Se metió en su cama e intentó dormir, pero solo consiguió dar vueltas y ponerse más nerviosa. David, en su habitación de hotel, tampoco pudo dormir. El deseo que sentía por Ruth le quitaba el sueño y su abultada entrepierna no hacía más que recordárselo.

Esperó a que amaneciera, se dio una ducha (de agua fría, por supuesto) y salió del hotel en busca de una panadería donde poder comprar el mejor desayuno de toda la ciudad. Sabía que ella se había sentido decepcionada ante su decisión de marcharse, pero pretendía compensarla pasando el día con ella.

Ruth se despertó con el sonido de su teléfono móvil, le había llegado un mensaje. Pese a que apenas había dormido, se levantó de la cama dando un salto, con la esperanza de que fuera un mensaje de David. Y así era: “Buenos días, pelirroja. Espero que estés despierta, en diez minutos estaré en tu apartamento con un rico desayuno. No me dejes esperando, no quiero que los vecinos me tomen por un acosador.” Ruth sonrió, además de guapo, amable y detallista, también era divertido. Se dirigió al cuarto de baño sin dejar de sonreír y se dio una larga ducha de agua caliente para relajarse. Justo cuando salía de la ducha, oyó el timbre de la puerta. Se estremeció al imaginar que sería David y que, cansado de esperar en la calle, se las había ingeniado para entrar en el edificio y llamar a su puerta. Se colocó la diminuta toalla lo mejor que pudo y abrió la puerta.

— ¡Joder! —Exclamó David al verla. Ella le miró enarcando sus cejas y añadió a modo de disculpa—: Lo siento, pero no esperaba encontrarte así.

—Oh —se ruborizó Ruth al darse cuenta de que aquella toalla apenas dejaba nada a la imaginación—: Lo siento, iré a cambiarme.

—Tampoco es que me moleste, pero es lo más sensato si no quieres que te arranque esa maldita toalla —murmuró David entre dientes.

Ruth sonrió para sus adentros mientras se dirigía a su habitación a vestirse. A ella le hubiera encantado que le arrancase la toalla y le hiciera el amor allí mismo, pero él tenía razón y lo mejor era actuar con sensatez. Además, después del calentón con el que la dejó la noche anterior, Ruth no iba a ponérselo fácil, estaba dispuesta a ejecutar una dulce venganza.

Se colocó una fina camiseta de tirantes (sin sujetador, por supuesto) y unos diminutos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus largas piernas. Cuando regresó al salón, observó cómo David la miraba de arriba abajo y pronunció algo entre dientes que ella no fue capaz de entender, aunque tampoco le hacía falta. Ella sonrió con inocencia, consciente del bulto que crecía en los pantalones de él, y se sentó a la mesa de la cocina, donde David había servido el desayuno que había comprado para ambos.

— ¡Caramba, has traído de todo! —Exclamó Ruth hambrienta mientras se llevaba un donut de chocolate a la boca.

— ¿Qué bebes para desayunar? ¿Café o zumo?

—Café, siempre café —sonrió como si fuera una niña pequeña en una tienda de caramelos.

Desayunaron en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos, sino más bien un silencio cómplice. Ambos se sentían a gusto en compañía del otro, pese a que habían pasado casi tres años, seguía existiendo esa fuerte conexión entre los dos.

— ¿Qué tal has dormido? —Preguntó David con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Bien, aunque te aseguro que podría haber dormido mejor —gruñó Ruth fulminándole con la mirada.

— ¿Debo suponer que la causa de no haber dormido mejor soy yo? —Se mofó él, divertido con la situación.

— ¿Qué me dices de ti? ¿Dormiste bien? —Le replicó Ruth molesta. Él tenía el aspecto de un dios, ni siquiera parecía afectado por el calentón de anoche.

—Apenas he pegado ojo —le confesó con naturalidad—. Llegué al hotel y me metí en la ducha, necesité más de una hora bajo el agua fría para serenarme. Intenté dormir un poco y, cuando amaneció, me levanté y volvía a ducharme con agua fría. Después compré el desayuno y aquí estoy. ¿Te sientes mejor, pelirroja?

No, Ruth no se sentía mejor. Pero optó por no decir nada. Terminó de desayunar en silencio y después se apresuró en recoger las sobras y fregar los platos que habían ensuciado. David estuvo tentado de abrazarla desde de atrás y llevarla a la habitación, pero se recordó que debía ser prudente con ella, no podía asustarla y que ella saliera huyendo.

Enamórame 9.

Ruth se puso nerviosa cuando vio a Mike hablando con David, pero los nervios pasaron al histerismo cuando vio que lo guía hasta a dónde se encontraban sus fotografías. Intentó zafarse de los del catering, de los músicos y de su propia ayudante para rescatar a David, a saber qué le estaría diciendo Mike. Pero uno de los accionistas de la galería de arte la interceptó a medio camino y no pudo más que sonreír y atenderle con amabilidad. Cuando por fin pudo librarse de él, buscó a David con la mirada y lo encontró charlando con Mike y su acompañante, la exuberante rubia de su vecina. Se dirigió hacia a ellos y los tres la recibieron con una amplia sonrisa, algo que a Ruth le hizo sospechar. Sin embargo, no dijo nada, no era momento ni lugar para reproches.

—Perdona por dejarte solo tanto tiempo —se disculpó Ruth con David.

—No te preocupes, sé que estás trabajando —le restó importancia él—. Tu amigo Mike me ha hecho compañía, es un tipo bastante peculiar.

—Oh, no. ¿Qué te ha dicho ese sin vergüenza?

—Tranquila, ha sido muy amable conmigo, me cae bien —le dijo riendo—. Estoy deseando ver sus fotografías.

Ruth se tensó, sabía que Mike era capaz de haberle dicho que ella aparecía en tres de esas fotografías, ella misma los había visto frente a las fotografías, aunque estuvieran tapadas por la suave cortina de seda roja. Eliminó aquellos pensamientos de su mente, al fin y al cabo, tarde o temprano David las vería. Se quitó el abrigo y David, como el caballero que era, rápidamente la ayudó y, una vez más, tuvo que hacer un esfuerzo para contener al ser primitivo que llevaba dentro.

—Joder, me vas a matar —le susurró con la voz ronca.

Ruth sonrió, satisfecha con los efectos que su vestido había causado en David. Él no dejaba de mirarla, era imposible resistirse a contemplar lo sexy y seductora que estaba Ruth con ese vestido rojo a juego con su pelo. Su entrepierna dio un brinco bajo sus pantalones al comprobar que el vestido dejaba completamente desnuda su espalda y además tenía un pronunciado y arriesgado escote. Colocó su brazo alrededor de la cintura de ella y la pegó a él con posesión, iba a ser una noche larga.

Los invitados comenzaron a llegar, entre ellos Ana, Nahuel, Eva y Derek. Ruth los saludó a todos con naturalidad, pero sus amigas notaron que estaba nerviosa, la conocían demasiado bien. También saludaron a David, ellas ya conocían la historia y estaban encantadas de que estuviera allí con Ruth. Nahuel y Derek, que no sabían que David hubiese vuelto a la ciudad, le saludaron educadamente, pero con la precaución de estar cruzando un campo de minas. Con esas chicas, uno nunca sabía cómo debía actuar.

Ruth no se separó de David más de lo necesario: cuando dio la bienvenida oficial a los invitados, presentó al autor de la exposición e informó de cómo comprar las fotografías (tan solo debían dirigirse al mostrador de administración, rellenar la documentación y firmarla para hacer efectiva la compra). David le agradeció que estuviera tan pendiente de él en una noche como aquella.

Ruth cogió un par de copas de champagne de la bandeja de uno de los camareros que pasaba por allí y le entregó una a David al mismo tiempo que le preguntaba:

— ¿Te apetece una visita guiada?

—Por supuesto —aceptó él encantado.

Las cortinas de seda roja habían sido retiradas, dejando la belleza y el erotismo de las fotografías al descubierto. Ruth le mostró todas y cada una de las fotografías y dejó las joyas de la corona para el final. David observó las tres fotografías de Ruth mientras ella observaba su reacción y esperaba su opinión.

—Sin duda alguna, son lo mejor de la exposición —aseguró él con la voz ronca.

— ¿Te gustan?

—Pelirroja, me encanta todo lo que tiene que ver contigo —le confesó excitado—. Pero esas fotos me matan, será mejor que deje de mirarlas o terminaré rompiendo mi promesa de ser un buen chico.

Ruth reprimió un gemido de excitación, hacía mucho tiempo que esperaba volver a oír aquella palabra con la que él se refería a ella cuando estaba juguetón. Suspiró con resignación, ahora no podía permitirse pensar en ello. Decidió llevar a David hasta las mesas donde se servían los canapés y comer un poco, le vendría bien para calmar su otro apetito. Mike sonrió al ver cómo su amiga y el médico saboreaban los deliciosos canapés afrodisíacos que él mismo se había encargado de incluir en el menú del catering, había sido un acierto.

El calor se apoderó del cuerpo de Ruth y trató de calmarlo con otra copa de champagne. Mala idea teniendo en cuenta que todavía estaba un poco achispada a causa del vino de la comida con Mike.

El director de la galería de arte y jefe de Ruth, al confirmar el éxito de Ruth, se acercó a ella para felicitarla y, cuando su jefe se quedó mirando al tipo que la rodeaba con posesión por la cintura, se vio obligada a hacer las presentaciones oportunas:

—Pablo, te presento a David Garrido —se volvió hacia a su acompañante y añadió—: David, te presento a Pablo Urrutia, mi jefe.

Ambos hombres se estrecharon la mano con cortesía, pero ninguno de los dos quedó satisfecho con aquella presentación. Su jefe quería saber quién era su acompañante, solo por curiosidad quería saber si Ruth había sentado al fin la cabeza; David se moría de ganas por gritar que Ruth estaba con él, que no eran dos simples amigos y que sería la madre de sus hijos, pero se contuvo.

Ella, cada vez más acalorada por la situación y por el brazo de David que le ardía alrededor de la cintura, decidió excusarse para ir al servicio.

— ¿Estás bien? —Quiso saber David.

—Sí, solo estoy un poco… acalorada —alegó Ruth y añadió antes de dar media vuelta y caminar hacia los aseos—: En seguida regreso.

David la vio alejarse y sus ojos se perdieron en la piel de su espalda desnuda. Sacudió la cabeza, si seguía así le dolerían los testículos más de una semana. Mike, al ver que David se quedaba de nuevo a solas, se acercó a él y le preguntó:

— ¿Qué le pasa a Ruth?

—Ha ido a refrescarse, está acalorada —murmuró David con la voz ronca.

—Me parece que no es la única por aquí que está acalorada, supongo que es el efecto que causa un catering afrodisíaco —comentó Mike mirando a su alrededor y sonriendo al comprobar que todos los invitados se mostraban más cariñosos de lo que hubiera sido normal.

David recordó cómo Ruth devoraba los exquisitos canapés y no tuvo dudas, ella no tenía ni idea de lo que Mike había tramado.

—Ella no lo sabe, ¿verdad?

—No hace falta que me lo agradezcas —le respondió Mike guiñándole un ojo antes de marcharse.

Tras refrescarse la nuca con agua, Ruth salió del baño encontrándose mejor, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de David desnudo sobre ella.

— ¡Joder, parezco una maldita quinceañera llena de feromonas! —Se reprendió mirándose en el espejo.

Tenía que acabar con aquello, tantos días sin sexo y con David tan cerca la estaban matando. Ambos querían lo mismo y tarde o temprano iba a suceder, a Ruth le pareció que cuanto antes pasara mejor, no estaba dispuesta a torturarse más. Cogió otra copa de champagne y se la bebió de un trago, tenía la boca seca y necesitaba infundirse valor. Se despidió de su jefe y se dirigió en busca de David antes de despedirse de Mike y del resto de sus amigos.

— ¿Estás bien?

—Sí, pero estoy cansada y un poco agobiada, ¿te importaría llevarme a casa?

—Eh, claro. Te llevo —afirmó David confuso, no esperaba que la noche terminara así.

Ruth se apresuró en despedirse de todos, que intuyeron rápidamente cuáles eran sus intenciones excepto David, que en aquel momento ya asimilaba que la noche había acabado para él. Ruth se sintió culpable al notar la chispa de decepción en los ojos de David cuando salían de la galería de arte pero se mantuvo fuerte y no se lo puso fácil, pese a que volvía a estar bastante achispada.

Cita 105.

“Ámame, bésame, besa mis labios, besa mi pelo, mis deseos, mis ojos, mi cerebro. Hazme olvidar.”

Charles Bukowski.