Archivo | septiembre 2017

Cita 88.

“Una vida libre de riesgos está lejos de ser una vida sana.”

Deepak Chopra.

Búscame 13.

Ana y Nahuel estaban durmiendo abrazados cuando les despertó el estruendo de un árbol cercano al caer. A Ana se le escapó un pequeño grito de pánico, estaba aterrada. Ambos se incorporaron en la cama: Ana por el miedo que sentía y Nahuel porque se disponía a levantarse para subir a la planta baja y mirar por la ventana para ver qué estaba ocurriendo.

— ¿A dónde vas? -—Le preguntó Ana agarrándose a él con fuerza al darse cuenta que pretendía levantarse.

—Voy a ver qué pasa ahí fuera.

—No, por favor —le rogó Ana reteniéndole en la cama.

Nahuel se levantó, encendió una vela que dejó sobre la barra de la cocina y el sótano se cubrió por una luz tenue. Regresó a la cama, agarró a Ana por la cintura y la colocó sobre su regazo. Ana estaba temblando, tenía frío y estaba asustada.

—No pasa nada, preciosa —le susurró Nahuel tras besarla en los labios.

Ese leve beso despertó la necesidad en Ana. Tenía una misión para ese fin de semana y no podía dejarla a un lado solo porque le dieran miedo las tormentas. Por muy grande y aterradora que fuera la tormenta que en ese momento les acechaba, Ana se obligó a continuar con su plan de seducción. La tenue luz de la vela le dejó de parecer tenebrosa, en ese momento le pareció una luz cálida y romántica. Arrastrada por el deseo, Ana besó a Nahuel en los labios, pillándole totalmente desprevenido. Fue un beso apasionado, un beso de necesidad. Nahuel le correspondió con la misma pasión, pero unos segundos después se separó lentamente de ella y le susurró:

—Ana…

Pero Ana volvió a besarle, no estaba dispuesta a dejarle echar el freno de nuevo. Se colocó a horcajadas sobre él al mismo tiempo que lo besaba. Él la abrazó y la estrechó contra su cuerpo para sentirla más cerca. Ambos se dejaron arrastrar por el deseo. Nahuel se deshizo de la camiseta de ambos con urgencia y acto seguido intercambió la posición con Ana para deshacerse del short y las braguitas de ella al mismo tiempo que jugueteaba mordisqueando sus pezones.

—Te he echado menos, preciosa —le susurró Nahuel.

Los besos, las caricias y la pasión cobraron protagonismo. Nahuel comprobó que Ana ya estaba preparada y la penetró lentamente, gozando de aquel contacto tan placentero. Hicieron el amor con delicadeza, aquello no se trataba solo de sexo, se trataba de amor. Entre gemidos y con un movimiento suave pero rítmico, ambos alcanzaron juntos el orgasmo. Nahuel se dejó caer a un lado y arrastró a Ana con él, colocándola encima de él y estrechándola entre sus brazos.

— ¿Todo bien? —Le preguntó Nahuel.

—Todo perfecto —le aseguró Ana.

—Me lo pones muy difícil —le susurró Nahuel divertido.

— ¿Yo te lo pongo difícil? —Le replicó Ana haciéndose la ofendida—. ¡Llevas tres semanas torturándome!

—Las mismas tres semanas que yo llevo duchándome con agua fría —reconoció Nahuel.

—Fuiste tú quién decidió hacer voto de castidad —le recordó Ana con tono burlón.

—No quería que pensaras que el sexo entre nosotros fuera el motivo por el que te he contratado en la Agencia —le confesó Nahuel—. Quiero que sigas siendo la abogada de la Agencia, pero también quiero tenerte en mi vida —le dio un beso en los labios y añadió—: No quiero presionarte, podemos tomarnos las cosas con calma.

—No hace falta que nos lo tomemos todo con calma —le dijo Ana.

— ¿A qué te refieres? —Le preguntó Nahuel frunciendo el ceño, adivinando que Ana no hablaba solo de sexo.

—No quiero pregonar a los cuatro vientos lo que hay entre nosotros dos, al menos no por el momento —le aclaró Ana. Nahuel frunció todavía más el ceño y Ana añadió—: Lo que quiero decir es que no tenemos que hacerlo público, sobre todo cuando todavía no tenemos claro qué clase de relación tenemos.

— ¿Quieres que nos veamos a escondidas? —Le preguntó Nahuel y le advirtió—: No tengo ninguna intención de mantener lo nuestro en secreto.

—No te pido que te escondas, tan solo que nos des tiempo para conocernos mejor antes de hacerlo público. ¿Qué pasa si mañana te das cuenta que no soy lo que buscabas?

—Eso no va a pasar, tengo muy claro lo que quiero y te quiero a ti —le aseguró Nahuel.

—De acuerdo, hagamos un trato —le propuso Ana—. Dejaremos esta conversación pendiente hasta dentro de un mes, si para entonces quieres seguir teniéndome en tu vida, le pondremos nombre a nuestra relación.

—Una semana —contra ofertó Nahuel.

—Tres semanas —negoció Ana.

—Dos semanas, ni para ti ni para mí —sentenció Nahuel.

Sellaron su acuerdo con un beso fogoso que alimentó el deseo de ambos, que volvieron a fundirse el uno con el otro, haciendo el amor apasionadamente.

A la mañana siguiente, Ana se despertó sobresaltada debido a un nuevo estruendo. No había dejado de llover en toda la noche, el viento huracanado no había dejado de soplar y los árboles caían como si fueran fichas de dominó. Nahuel, que estaba medio dormido, se dio cuenta del respingó que dio Ana y la estrechó entre sus brazos. Fue un gesto casi inconsciente, un gesto protector que a Ana le pareció muy tierno.

—Buenos días, preciosa —le susurró Nahuel besándola en el cuello—. ¿Has dormido bien?

—No podría haber dormido mejor —le confirmó Ana.

Pasaron el día encerrados en el sótano. Continuaban sin luz, pero se entretuvieron preparando la comida en una cocina de gas, escuchando la radio para estar al tanto de las últimas noticias, acariciándose, besándose y haciendo el amor.

A media tarde, Nahuel recibió la llamada de su madre.

—Hola mamá —la saludó Nahuel nada más descolgar—. ¿Estáis todos bien?

—Sí, estamos todos bien. ¿Y tú? —Le preguntó su madre preocupada—. No sé por qué te has quedado ahí solo, deberías haber venido a casa.

—No estoy solo, mamá —le confesó Nahuel mirando de reojo a Ana.

La madre de Nahuel ya sospechaba que no estaba solo, de lo contrario hubiese ido a visitarles en cuanto aterrizó en la costa, pero conocía muy bien a su hijo y sabía que era mejor no preguntar, Nahuel era muy receloso con su vida privada, sobre todo cuando se trataba de chicas.

— ¿Te ha acompañado Jason? —Preguntó Irene, la madre de Nahuel, sabiendo que Jason estaba en la ciudad.

—No, estoy con Ana —respondió Nahuel.

Ana miró a Nahuel. Estaba escuchando la conversación que él mantenía con su madre y se sorprendió al escuchar cómo la nombraba. Nahuel le dedicó una sonrisa socarrona al mismo tiempo que escuchaba lo que su madre le decía:

— ¿Ana? ¿La conozco?

—No, mamá. No la conoces todavía —le respondió Nahuel mirando a Ana.

Irene no era tonta. Durante el verano había visto a su hijo entrar y salir de casa, algunos conocidos le habían dicho que lo habían visto acompañado por una chica en la playa. Pero Irene no era una de esas madres agobiantes, ella se conformaba con saber que sus hijos estaban bien y eran felices, eso era lo único que le importaba.

—No has escogido el mejor fin de semana para pasar en la costa —comentó Irene—. Esa chica estará aterrada con la horrible tormenta, cuida de ella.

Irene era una mujer muy cariñosa y protectora. Sospechaba que aquella chica que estaba con su hijo era una chica de ciudad, pese a que se hubieran conocido en la costa, así que dio por hecho que no le gustarían las tormentas y que Nahuel, acostumbrado a ese tipo de clima, no le daría la menor importancia.

—No te preocupes, mamá. Estoy cuidando muy bien de ella —le dijo Nahuel al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona a Ana. Se estaba divirtiendo al verla sonrojarse.

—No te vayas sin hacernos una visita —le dijo su madre con tono de advertencia.

—Iré a visitaros antes de regresar a la ciudad —le prometió Nahuel.

Tras despedirse de su madre, Nahuel colgó y le dedicó una sonrisa traviesa a Ana. Tenía pensado pedirle a Ana que la acompañara a visitar a sus padres cuando la tormenta hubiese amainado, pero prefirió comentárselo al día siguiente, no quería que pasara la noche de morros como se temía que iba a suceder.

Búscame 12.

Ana se despertó con el terrible estruendo de un trueno. Se había echado en la cama después de comer y se había quedado dormida. Se despertó asustada y confusa. Despertarse en una cama ajena a la suya la hizo sentir desorientada. Se levantó de la cama y se dirigió al baño para asearse. El ruido del viento y la lluvia atravesaba las paredes de la casa, era perturbador. Pero Ana decidió mirar a través de la ventana de todos modos. Resignada con el fin de semana que le quedaba por delante, Ana optó por llamar por teléfono a Ruth, esperaba que ella fuera capaz de subirle el ánimo.

— ¡Ana, estábamos a punto de llamarte!  —Exclamó Ruth nada más descolgar. Activó el altavoz y añadió—: Estoy con Eva viendo las noticias, ¿estás bien?

—Estoy bien, parece que aquí estamos seguros —le respondió Ana.

— ¿Estás en su casa? —Quiso saber Eva.

—Sí y parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta.

—Ana, ¿es que no te has asomado a la ventana? —Le espetó Eva—. No es una tormenta es una ciclogénesis explosiva, ¡están evacuando a gran parte de la región!

—Gracias por tranquilizarme —le dijo Ana con sarcasmo—. Chicas, os he llamado para hablar de otro asunto. Han cancelado la gala, voy a quedarme encerrada con Nahuel en su casa, pero en la habitación de invitados.

—Puede que al final tengas que desnudarte y meterte en su cama —se mofó Ruth.

—De eso nada, tienes que ser sutil —opinó Eva—. Utiliza tu miedo a las tormentas para que sea él quien te ofrezca dormir en su cama.

—Sedúcele cómo tú sabes, Ana —insistió Ruth—. Ya lo hiciste una vez.

Nahuel subió las escaleras en busca de Ana al ver que eran las ocho de la tarde. Golpeó suavemente la puerta de su habitación y Ana, al escucharlo, se apresuró en despedirse de sus amigas:

—Chicas, tengo que colgar. Mañana os llamo y os cuento. Deseadme suerte.

— ¡Suerte! —Gritaron Ruth y Eva al unísono antes de colgar.

Ana abrió la puerta y se topó con Nahuel, que sonreía alegremente  para decir:

—Venía a despertarte, dormilona. ¿Has podido descansar?

—He dormido un par de horas —les respondió Ana encogiéndose de hombros—. Y tú, ¿has descansado?

—He estado trabajando desde mi despacho —le respondió Nahuel encogiendo los hombros igual que Ana.

Ana supo que algo pasaba, el gesto de Nahuel lo delataba. Parecía que Nahuel quisiera decirle algo y no se atreviera. Pero finalmente, Nahuel le confesó:

—Ana, vamos a tener que instalarnos en el sótano.

— ¿En el sótano? —Preguntó Ana extrañada.

—Así es —le confirmó Nahuel—. La tormenta ha alcanzado una fuerza 5, en el sótano estaremos más seguros ya que no hay ventanas —la cara de Ana fue un poema, así que Nahuel añadió—: No pasa nada, el sótano es un búnker. Es como un loft pero sin ventanas, te gustará.

Ana hizo un puchero, no le apetecía nada encerrarse en un sótano sin ventanas. Quería disfrutar de la costa en su pleno apogeo y no de su lado oscuro. Nahuel la miró divertido, la inocencia de Ana le parecía adorable, sobre todo cuando se ponía de morros.

—No sé qué te parece tan divertido —le reprochó Ana refunfuñando al ver a Nahuel sonriendo alegremente.

—Tú me pareces divertida —le contestó burlonamente—. Anda, recoge todo lo que necesites.

Mientras Ana se dedicó a meter en la maleta lo poco que había sacado, Nahuel recogió sus cosas, pasó por la cocina para coger toda la comida que había y lo llevó todo al sótano. Ana bajó las escaleras del sótano justo cuando Nahuel terminó de guardar la comida en la pequeña cocina.

—Vaya, esto es como un apartamento —comentó Ana impresionada.

—Casi todas las casas de la costa tienen un sótano igual, con este clima es lo más práctico —le respondió Nahuel—. Deja tus cosas donde quieras, ya ves que no hay mucho espacio. Tú dormirás en la cama, yo me apañaré en el sofá.

Ana no se pronunció, pero tenía muy claro que no iba a ser así, ella se encargaría de ello. La maldita tormenta, pese a tenerlos encerrados en el sótano, había conseguido que ambos pasaran la noche en la misma estancia, lo cual ya era un gran avance para Ana.

Tras dejar su maleta junto al armario que había al lado de la cama, Ana se acercó a Nahuel y le preguntó:

— ¿Qué hacemos para cenar?

—Pues hay de todo, María es la asistenta perfecta —anunció Nahuel.

Ana se alegró de que María estuviera casada con Jack y que además les sacara veinte años de diferencia, de lo contrario no le hubiera gustado nada que Nahuel la idolatrara de esa manera. No conocía a María, pero estaba deseando conocerla.

— ¿Qué te parece si preparamos una ensalada y un par de bistecs a la plancha? —Le propuso Ana.

—Me parece bien, pero deja que yo me encargue de la cena.

Nahuel se ocupó de la cena mientras Ana se dedicó a deshacer su maleta y guardar su ropa en una mitad del armario, dejando la otra mitad para Nahuel. Apenas una hora más tarde, ambos estaban sentados en dos taburetes con los platos sobre la barra de la cocina y con dos copas de vino.

—Por nosotros y por esta noche que, aunque no sea perfecta, estoy seguro que recordaremos siempre —brindó Nahuel.

Después de cenar, Ana ayudó a Nahuel a recoger la mesa y fregar los platos. Cuando todo estuvo recogido y limpio, decidieron sentarse en el sofá para ver las noticias en la televisión. El pronóstico del temporal no era nada bueno, era mucho peor de lo que habían previsto. Ana se percató del gesto de preocupación de Nahuel y ella se preocupó aún más de lo que ya estaba.

—Voy a ponerme el pijama, no quiero saber nada de la tormenta —murmuró Ana.

Nahuel asintió, tenía que saber qué estaba pasando ahí fuera para estar preparado ante lo que sucediese. Ana sacó su pijama del armario, un short diminuto de algodón y una camiseta de tirantes, se desnudó y se puso el pijama. Ni siquiera se molestó en entrar al baño para cambiarse, quería provocar a Nahuel, pero él parecía estar concentrado en las noticias, o al menos eso fue lo que pensó Ana. Sin embargo, lo cierto era que Nahuel no le quitó el ojo de encima, aprovechando el ángulo del espejo que tenía delante, vio cómo Ana se desnudaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo para concentrarse en lo que decía el presentador de las noticias para no lanzarse sobre Ana y devorarla como tanto deseaba.

Una vez con el pijama puesto, Ana se acomodó en el sofá junto a Nahuel. La temperatura había descendido considerablemente y Nahuel, al ver cómo Ana se acurrucaba en el sofá, le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia a él para estrecharla entre sus brazos. Estaba helada y Nahuel, demasiado tentado para centrarse en las noticias, apagó el televisor. Se puso en pie, agarró a Ana en brazos y la llevó a la cama, donde la depositó con sumo cuidado, como si fuera tan frágil que el cristal. Ana lo miró con el ceño fruncido, no estaba dispuesta a dormir sola en aquella cama.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Nahuel al verla de morros. Justo en ese momento cayó un rayo que iluminó todo el sótano y acto seguido todo se quedó a oscuras—. Nos hemos quedado sin luz.

—Tendríamos que haber comprobado la previsión meteorológica antes de viajar —se lamentó Ana.

Nahuel se tumbó en la cama junto a ella, la envolvió entre sus brazos y le susurró al oído:

—No pasa nada, preciosa.

—Puede que te parezca ridícula, pero tengo miedo —le confesó Ana avergonzada.

— ¿Quieres que me quede aquí contigo? —Le preguntó Nahuel con cautela. Ana asintió y se abrazó a él con más fuerza a modo de respuesta—. Supongo que eso es un sí —bromeó Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —murmuró Ana.

Estar entre los brazos de Nahuel la calmaba, él era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo. Se dejó abrazar y se acomodó junto a él. Nahuel la acunó hasta que, un rato más tarde, ambos se quedaron dormidos. Había sido un día largo, ambos estaban agotados.

Cita 87.

“Tú no te irás, mi amor, y si te fueras, aún yéndote mi amor, jamás te irías.”

Rafael Alberti.

Búscame 11.

Nahuel condujo más despacio de lo habitual, la tormenta había traído consigo un viento exagerado y se vio obligado a extremar la precaución en la carretera. Se percató de cómo Ana se aferraba con las manos al sillón, estaba tensa, casi igual de tensa que en el momento de las turbulencias en el avión a la hora de aterrizar. Apartó la vista de la carretera un instante para mirarla, pero rápidamente ella le señaló la carretera para que no se distrajera.

— ¿Estás bien?

—Sí —mintió Ana.

—Es obvio que no —le replicó Nahuel—. Si has cambiado de opinión y…

—He dicho que estoy bien —le interrumpió Ana bastante borde. Pero se dio cuenta en el acto de lo desagradable que había sonado su respuesta y añadió—: Disculpa, estoy un poco nerviosa.

A Ana no le gustaban nada las tormentas, le daban miedo desde que tenía uso de razón, pero no estaba dispuesta a confesarlo ante Nahuel. Miró por la ventanilla del vehículo, el cielo estaba cubierto de nubes negras, se avecinaba una gran tormenta.

Ajeno al temor que las tormentas le causaban a Ana, Nahuel comentó mientras aparcaba el todoterreno en el garaje de su casa:

—No parece una tormenta cualquiera, me temo que vamos a tener un tiempo complicado este fin de semana.

—Genial —murmuró Ana con sarcasmo.

Justo en ese momento, el cielo se iluminó, se oyó un terrible estruendo y Ana dio un respingo acompañado de un pequeño grito agudo.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Nahuel sonriendo burlonamente.

—No me gustan demasiado.

—Te dan miedo las tormentas —confirmó Nahuel riendo divertido—. Pensaba que te daba miedo volar y resulta que lo que te dan miedo son las tormentas.

—No me da miedo volar, pero reconozco que no me gustan las turbulencias —confesó Ana con un hilo de voz—. Nunca me han gustado las tormentas, pero me gustan menos si estoy subida en un avión a 1000 metros sobre el suelo.

—Anda, ven conmigo que te voy a enseñar la casa —le dijo Nahuel meneando la cabeza de un lado a otro al mismo tiempo que sonría divertido.

Nahuel colocó su mano sobre la espalda de Ana y le enseñó la casa. Ana ya había visto la casa por fuera, era una casa demasiado grande para una sola persona. Dejaron las maletas en el vehículo, que estaba aparcado en el garaje. Nahuel guió a Ana por un estrecho pasillo que conectaba el garaje con la cocina y le dijo:

—En la planta baja está la cocina, el comedor, el salón y un aseo. Desde la cocina puedes acceder al garaje y a la despensa —la guió haciendo un pequeño recorrido por la planta baja y después subieron las escaleras a la planta superior—. En esta planta están las habitaciones, todas con baño; mi despacho; y un aseo —señaló una de las puertas y añadió—: Ahí está mi habitación, tú puedes instalarte en la habitación de al lado, allí estarás cómoda.

Ana echó un vistazo a la habitación que Nahuel le mostraba. Era una habitación amplia, decorada como cualquier escaparate de exposición, impersonal. Ana no pudo evitar pensar en cuántas mujeres habrían pasado por aquella casa o, peor aún, cuántas habrían dormido en la cama de Nahuel. Como si le leyese el pensamiento, Nahuel comentó con naturalidad:

—Eres la primera invitada en esta casa. Terminaron de construirla este verano, cuando nos conocimos todavía no estaba acabada. Todavía tengo que amueblar el resto de las habitaciones y parte del salón, pero tenemos lo más básico.

—Tienes una casa preciosa —le dijo Ana.

Un rayo cayó y el estruendo le hizo dar un salto hacia atrás, pero Nahuel la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos, dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella.

—Nena, aquí estamos seguros —le susurró Nahuel—. En esta zona suelen haber huracanes, tornados y tifones, todas las edificaciones están preparadas para soportar las peores condiciones climatológicas.

—No pienso salir ahí fuera si hay un tornado, un huracán o cualquier fenómeno climatológico peligroso —le advirtió Ana—. Y mucho menos me voy a subir a un avión.

—Tranquila, te prometo que estarás bien —le aseguró Nahuel.

Cogieron las maletas del coche y se instalaron en sus respectivas habitaciones. Ana decidió darse un relajante baño en la enorme bañera del baño de su habitación. Necesitaba calmarse para controlar su pánico a las tormentas y su frustración al tener que dormir en otra cama que no fuera la de Nahuel. Cuando Ana salió de su habitación y entró en la cocina, se encontró a Nahuel con un delantal puesto, concentrado mirando por la ventana.

— ¿No amaina la tormenta? —Le preguntó Ana.

Nahuel se dio media vuelta para mirarla, le dedicó una sonrisa forzada y respondió señalando la televisión de la cocina:

—Me temo que no es una simple tormenta.

Ana prestó atención a lo que decía el presentador del informativo. Como bien había dicho Nahuel, no se trataba de una simple tormenta. Tres frentes iban a chocar sobre la región de la costa: un frente cálido procedente del sur, un frente frío procedente de las montañas y un frente aún más frío procedente del norte.

—”Dicho fenómeno climatológico se denomina ciclogénesis explosiva y traerá consigo lluvias, fuertes rachas de vientos huracanados, tornados y tormentas eléctricas. Las autoridades recomiendan no salir de casa durante las próximas horas y están evacuando zonas con riesgo de inundaciones. El ayuntamiento ha ofrecido los dos polideportivos para que familias que no se encuentren seguras en sus casas puedan instalarse allí, desde donde nos solicitan que hagamos un llamamiento a voluntarios que quieran colaborar aportando mantas, ropa y demás enseres que sean útiles para los refugiados.”

El presentador del informativo continuaba hablando, pero Ana decidió no seguir escuchando. Maldijo para sus adentros por encontrarse allí, en plena ciclogénesis explosiva o cómo narices se llamara la dichosa tormenta complicada. Ana se marchó de la costa un mes y medio atrás, le parecía impensable que no quedara rastro del sol ardiente ni de los turistas sonrientes. En su lugar, las nubes, la lluvia y la tormenta se habían apoderado del lugar idílico donde había veraneado pocas semanas antes.

—Ana, no te preocupes —le dijo Nahuel tratando de calmarla—. Te prometo que no voy a dejar que te ocurra nada, preciosa.

—No quiero ir a esa gala, no quiero ir a ninguna parte con esa tormenta ahí fuera —le dijo Ana aterrada.

—No vamos a ir a ninguna parte, la gala benéfica ha sido cancelada —la tranquilizó Nahuel sonriendo con ternura al mismo tiempo que la agarraba de la cintura para acercarla a su cuerpo y estrecharla entre sus brazos—. Pero me temo que no podremos regresar a la ciudad hasta que pase la dichosa tormenta.

—Supongo que la buena noticia es que mi jefe no me reñirá si el lunes no aparezco por la oficina —bromeó Ana. Echó un vistazo a la olla que había sobre los fogones de la cocina y le preguntó divertida—: ¿Estás cocinando?

—No, tan solo estoy calentando la comida —le confesó Nahuel—. ¿Recuerdas a Jack? —Ana negó con la cabeza y Nahuel le recordó—: Jack es el hombre que nos preparó el yate el día que fuimos a navegar. María es su esposa, ambos se encargan de mantener limpio y en orden el yate y ahora también la casa. Le pedí a María que nos preparara algo de comer, ya que supuse que llegaríamos sobre esta hora. También se ha encargado de llenarnos la nevera, así que esta noche podré demostrarte mis dotes culinarias.

Nahuel sirvió la comida que María había preparado y ambos comieron mientras charlaban y bromeaban. El viento soplaba cada vez más fuerte, la lluvia era más intensa y el estruendo de los truenos más fuertes, pero Ana se sintió segura con Nahuel.

Después de comer, Nahuel insistió en que se fuera a descansar un rato y Ana acabó obedeciéndole, pues realmente estaba agotada. Nahuel se encerró en su despacho, encendió el ordenador portátil que siempre le acompañaba y aprovechó para poner al día su correo electrónico.